ABSOLUTAMENTE A TODOS LOS HUMANOS LES LLEGARÁ SU HORA DE MUERTE.
CAPITULO IV: EL MISTERIOSO BOSQUE DE LA MUERTE
-
¿Qué es esto…? – preguntó uno de los vándalos que andaban cerca de la
esfera y se acercaron a ver lo que había en uno de los compartimientos
de esta.
- ¡Woah…! – el trío comenzó a sacar algunas de las armas
que había dentro. Eran unas escopetas de diseño un tanto extraño,
equipadas con una mira.
Ryuzaki dejó a un lado al rubio, al
castaño y a la pelinegra, para acercarse al compartimiento trasero de la
esfera. Mello y Light aún desconfiaban el uno del otro y se miraban con
desprecio, mientras que la jovencita de cabello negro al percatarse de
ello, se colocó en medio para evitar otro ataque impulsivo entre ambos.
El ojeroso buscó en el compartimiento de la esfera, donde había un
conjunto de extravagantes maletines guardados en él. Buscó entre todos
ellos y encontró dos, los cuales tenían escritos en su portada dos
apodos que el pelinegro rápidamente relacionó con sus dos compañeros:
"Psicópata" y "Choco delincuente".
"Estos deben de ser sus
trajes", pensó al mirarlos, y acto seguido se acercó de nuevo donde
estaban el rubio y el castaño. Arrojó cada maletín a su correspondiente
dueño y luego les ordenó:
- No hay tiempo que perder. Pónganselos antes de que comience la transportación.
- ¿De que estás hablando? – preguntó el castaño quien nuevamente se volvía a sentir confundido.
- ¿De qué nos va a servir ponernos esto? – dijo el rubio al abrir su maletín y sacar el traje para mirarlo.
- Ese traje los protegerá y los hará más fuertes.
- ¿Qué…! – exclamaron al unísono más incrédulos que antes.
-
Lo que dice Ryuzaki es cierto. – el siniestro hombre de tez morena
clara y facciones latinoamericanas se acercó donde el rubio en compañía
del norteamericano– Gracias a él he podido sobrevivir hasta el momento.
-
José… Roy… Por más que traten explicarme… - el rubio comenzó a tocarse
el lado izquierdo de su intacto rostro mientras hablaba con los que
alguna vez fueron sus subordinados – nada de esto puede ser cierto.
Todos nosotros estamos muertos…
El castaño nuevamente miró con
atención a su alrededor. Notó como algunos de los que se encontraban en
la habitación también se encontraban aconsejando al resto para ponerse
aquellos trajes negros. Pudo ver incluso a su padre, que ya lo tenía
puesto, tratando de aconsejar al grupo de pandilleros que además de
llevar un arma, también se pusieran el traje; a Naomi sacar un maletín
del compartimiento de la esfera, para después escoltar a la morena de
cabello corto al pasillo del departamento a ponerse el traje. Y a una
mujer rubia a la que no había visto antes, quizás porque al igual que su
padre, se encontraba en otra habitación del departamento cuando
observó, acercarse al rincón donde aún se encontraba llorando.
- Vamos. Tienes que ponerte tu traje antes de salir al exterior. – le dijo mientras tocaba su hombro para animarla.
El
castaño la miró con atención y no pasó ni un segundo para que la
reconociera como a los otros. Se trataba de nada más ni menos que la
gran ladrona que solía trabajar para L: Mary Kenwood, Wedy.
"Así
que ella también está aquí…" pensó el castaño. "Me pregunto… porque
todos ellos terminaron aquí… ¿Será por que todos murieron por el Death
Note…? No… Mi padre aunque hizo el trato de los ojos, murió por causas
naturales…"
- De acuerdo… - musitó el rubio al sus antiguos hombres – Iré a ponérmelo.
-
Tú también. – La pequeña pelinegra tomó el maletín que el castaño había
dejado en el piso para dárselo – Debes ponerte tu traje y llevar al
menos un arma contigo.
"Las personas que al parecer saben que está
ocurriendo o llevan puesto el traje o ya empezaron a ponerse el suyo.
Ryuzaki, mi padre y hasta Misora lo levan puesto. Y además quieren que
los demás también se lo pongan. No creo que esto lo hagan para
perjudicarme. No ganaré nada si no me lo pongo."
- Está bien…
El
castaño tomó el maletín y guiado por la pelinegra, se dirigió a un
rincón del pasillo para colocarse el traje. El castaño aún no estaba
seguro de querer ponerse aquel extraño traje. Sin embargo, decidió que
tal vez era mejor que continuar con aquel sucio y roto traje, manchado
con sangre. Se quitó poco a poco sus ropajes, comprobando que ya no le
quedaba ni una cicatriz o señal alguna de que hace unos momentos las
balas lo hubieran perforado. "Maldito Matsuda" pensaba al recordar el
mal rato que aquel agente le había hecho pasar. "Si en verdad estoy
vivo, debo encontrar la manera de salir de aquí para vengarme de esos
insectos." Continuó quitándose sus prendas hasta quedarse únicamente en
ropa interior. Luego comenzó a tratar de ponerse aquel "cosplay", que le
quedaba sumamente ajustado, tanto que este no le entraba de sus caderas
por más que trataba.
- Para que te quede no debes traer nada puesto… - le susurró desde lo lejos una suave y fémina voz.
El
castaño se extrañó y volteó hacia el final del pasillo para ver de
quien provenía esa voz, pero no vio a nadie. "Esa era la voz de aquella
niña de secundaria" El castaño frunció el ceño y sin dejar de vigilar
hacia el fondo del pasillo, se quitó toda la ropa y pasó a colocarse
aquel traje negro, abrochando cada parte a través de aquellas extrañas
chapas plateadas, que iban desde el cuello hasta los pies. Fue en ese
momento que un hombre maduro que también estaba vestido con uno de esos
trajes se acercó a él junto con una pequeña pistola de dos gatillos.
- Light, También debes llevar una de estas… - le ofreció el arma.
-
Padre… - algo ofuscado tomó la pistola mientras pensaba: "Ryuzaki y
Misora han estado aquí con él. Es probable que… Lo mejor será seguir
fingiendo hasta no estar seguro" - ¿Por qué estamos aquí…¿Es porqué
estamos muertos?
- Light… no estamos muertos. Pero si estás aquí, significa que… Kira ha…
"Así que aún no se lo han dicho…"
- Así es papá… - actuaba fingiendo pena e indignación – al final no pude detenerlo…
- Está bien… eso ya no importa.
Padre
e hijo regresaron de aquel rincón a la habitación de la esfera negra.
Light esta vez pudo notar como casi la mayoría de los que se encontraban
atrapados con él, ya tenían puesto aquel extraño traje. Entre ellos, ya
se encontraba el rubio de cabello largo.
- tú también debes
ponértelo. – le decía el ojeroso al pelirrojo que se había acercado
donde su amigo, aún sin soltar su consola portátil de videojuegos.
- Ese traje se ve bastante ridículo… yo paso.
- Matt… lo mejor será confiar en él. – le respondió el rubio. El pelirrojo solo permaneció callado.
Aparte
de él, todavía faltaban por ponerse el traje, uno de los pandilleros y
el vagabundo. Pero ambos solo estaban esperando su turno para ir a uno
de los rincones del pasillo para cambiarse. Entonces, la jovencita de
cabello negro nuevamente volvió a acercarse al castaño. Se percató de
que ya llevaba en el sujetador de su traje una pistola de dos gatillos, y
con amabilidad le ofreció otra pistola.
- Ten. También lleva una
de estas. – se trataba de un pistola diferente, poseía tres bocas en
lugar de una y no tenía un radar como la otra.
El castaño la tomó y
la examinó de inmediato. No estaba seguro de si realmente esas extrañas
pistolas fueran más que simples juguetes. Su concentración de repente
fue cortada cuando comenzó a mirar con pánico como aquella jovencita
comenzaba a desaparecer de la habitación. Era como si estuviera
desapareciendo poco a poco. Con ello, se podía ver en el interior de su
cuerpo donde iba desapareciendo, como si estuviera siendo rebanada poco a
poco.
- No te preocupes. – Decía mientras su rostro desaparecía y
sus labios aún continuaban presentes – Parece que soy la primera en ir…
El
castaño volteó hacia el ojeroso y la esfera buscando respuestas, y se
percató de que nuevamente el mensaje de la superficie de aquella esfera
había cambiado. Un contador de tiempo que llevaba 59 minutos e iba en
cuenta regresiva.
- ¡Rápido! – Gritó el pelinegro que vigilaba a
los demás desde el centro de la habitación - ¡Tomen cuantas armas puedan
y lleven los trajes de los que aún no se han cambiado!
El padre
del castaño junto con la mujer de cabello de largo y la rubia, hicieron
caso inmediato, mientras el hombre negro y alto detectó que ahora él
también era transportado y esperó con una sonrisa llegar al "lugar de la
misión". El castaño continuó viendo atónito lo que sucedía. Iba a
ordenarle al pelinegro de grandes ojos negros le dijera que estaba
ocurriendo, pero no tuvo tiempo, ya que antes de hacerlo, se dio cuenta
de que él también estaba desapareciendo poco a poco.
- ¿Pero qué…? – los demás ya no alcanzaron a escuchar lo que iba a decir, pues sus labios habían desaparecido.
El
castaño miró horrorizado como su cabeza se encontraba ahora en otro
sitio, esperando a que el resto de su cuerpo apareciera también.
- ¿Un bosque…?
Ahora estaba en lugar diferente. Estaba en el exterior. Rodeado de árboles y hierba baja. Era de noche, y estaba solo…
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