GORDA.
En
toda la manzana se escuchaba un desolador e inconsolable llanto
femenino. Los fuertes gritos provenían del departamento número setenta y
nueve del tercer piso del conjunto habitacional donde el asesino más
grande de la era moderna se hospedaba en compañía de su bella cómplice.
Light Yagami recién iba llegando de la escuela cuando reconoció la
chillona y desquiciante voz de Misa y corrió para averiguar lo que
ocurría.
— ¡Misa! —gritó agitado del cansancio tras abrir
estrepitosamente la puerta. La rubia gritaba ensordecedoramente desde un
rincón de su habitación, con el shinigami Ryuk observándola y riéndose
quedamente de ella. Light entró—. ¿Qué te ocurre, Misa?
—Light, no
me veas —sentenció entre tiernos y suaves llantos, acurrucada en el
extremo de la cama, casi pegada a la cabecera, dándole la espalda al
joven genio.
—Pero ¿por qué?
—Es que… es que… —su voz se
escuchaba desgastada de tanto llanto. Ryuk sólo la observaba de cerca
con un mohín de curiosidad—. Light… Misa… Misa… Misa está…
Light
la miró con un gesto bastante molesto, como si finalmente hubiese
comprendido cual era el tonto motivo de su berrinche. Cerró los ojos,
arqueó una ceja y se llevó la mano a la cara del bochorno mientras la
bella jovencita chillaba:
"¡MISA ESTÁ GORDA…!"
El grito se extendió hasta activar la alarma de un automóvil estacionado a dos cuadras del departamento.
—
¡Misa se puso gorda! —Gritaba sin dejar de llorar como una bebé—. ¡No
puedo soportarlo…! ¡Buaaahhh…! —lloraba y agitaba los brazos, golpeando
repetidas veces el colchón, cualquiera que la viera pensaría en que es
como una niña de cinco de años haciendo un berrinche. El también futuro
padre la observaba con reprocho total, mientras el entretenido shinigami
de alas negras se reía moderadamente, casi sin hacer aspaviento.
—Misa,
¡tú no estás gorda! —Acotó el castaño, irritado y a la vez tratando de
permanecer en sus cabales, haciendo el intento de tranquilizarla—. Sólo
estás preñada.
Misa cesó sus gritos y, con un rostro húmedo que indicaba necesidad de consuelo, volteó a verlo.
—Pero…
—tartamudeó. Por unos momentos pareciese que Light había conseguido
tranquilizarla, pero en eso Ryuk importunó con un comentario:
—Pues yo sí la veo bastante panzona.
Los
escandalosos llantos de la rubia se reanudaron, irritando los tímpanos
del genio. Light le lanzó una mirada asesina al indiscreto Ryuk, por lo
que éste se encogió de hombros y volteó hacia otro lado.
— ¡Ya
deja de llorar! —le ordenó a Misa con una voz totalitaria, tan
contundente fue su orden que la rubia paró en el instante. Luego se
levantó de la cama y caminó hacia él lentamente, con la carita
avergonzada, demostrando los pocos deseos que tenía que su novio la
viese así: con su alguna vez precioso y esbelto cuerpo deformado por el
bulto que comenzaba a cargar en su vientre, fruto de ya llevar cinco
meses y medio encinta. Ya no podía lucir sus prendas favoritas en
aquella situación, por lo que desde hace un par de meses tuvo que
hacerse a la idea de llevar únicamente ropaje de maternidad. Al
acercarse a su amado, éste pudo notar que llevaba puesta una bata de
maternidad cuyo color rosa pastel le venía muy apropiado a la rubia,
dado color de su tez.
—Misa ya no puede vestirse y verse tan
bonita como antes —dijo entre suspiros de tristeza y añoranza—. Por eso
es que ya no puedo pasearme por las calles. No si tengo que estar
vestida así. No quiero que los fanáticos de Misa se decepcionen al ver a
su ídolo gorda.
Light, para poder tranquilizarla, tuvo que recurrir a las palabras dulces. Por lo que la abrazó y le dijo:
—Misa,
¡pero si te vez preciosa así! Mírate. Tu rostro sigue siendo precioso. Y
estoy seguro que tus fans se morirían por verte en ese estado tan
tierno que es el de una joven madre esperando a un niño.
—Entonces… ¿Entonces por qué ya no quieres hacer el amor con Misa? —Acotó, con lo que tomó desprevenido al genio—. Tori-chan
me dijo que, después del primer semestre y hasta el inicio del tercero,
es seguro tener relaciones. ¡Es porque el gordo cuerpo de Misa ya no te
provoca deseo! ¿Verdad?
— ¿Y para que quieren hacer otro bebé si
todavía no ha salido este…? —las palabras de Ryuk cesaron en el momento
en que ambos asesinos voltearon a mirarlo de una forma tan intimidante
que hasta el mismo rey de los shingamis hubiese también callado.
Sabiéndose inoportuno y poco menos que indeseado, sacó sus negras alas
y, atravesando los muros del cuarto, se marchó, casi como huyendo de
ellos.
—Dime entonces si es por eso, Light —continuó Misa
taciturna—. A Light ya no le provoca nada el cuerpo de Misa ahora que
está así. Consideras que Misa ya no es digna de ti.
—Misa, no
digas tonterías —la abrazó aún más fuerte—. Yo te amo y siempre te
amaré. Si no hemos podido tener intimidad, es porque últimamente hemos
estado muy ocupados con los preparativos de la llegada de nuestro hijo. Y
en cuanto a tu figura, la recuperarás después del parto si te cuidas
bien.
—Y… ¿Y si a Misa le quedan estrías después del parto? ¿Y si
Misa se queda con algunos kilos de más luego de que nuestro bebé haya
nacido?
—Eso no va a pasar. Eres una mujer muy saludable y sabes como cuidarte mejor que ninguna otra.
—Otra cosa que teme Misa es que… después del parto las cosas ya no van a volver a ser las mismas que antes "entre nosotros".
— ¿A qué te refieres?
Misa se ruborizó. — Es que después del parto, es probable que Misa no vuelva a ser la misma de antes. Y entonces… ya no pueda… tú sabes… volver a "acoger" a Light tan… tan firme y apretujadito como antes de ser mamá… Entonces… entonces ya no vas a querer a Misa y te vas a buscar a otra que no haya tenido hijos.
Light
se abochornó por lo explicita que había sido la rubia. Aún cuando
trataba de mantenerse estoico, ganas no le faltaron de gritarle furioso
que se dejara de estupideces. Pero no podía arriesgarse a hacerla
estallar en lágrimas nuevamente; no ahora que su familia frecuentaba más
seguido a Misa y que, de maltratarla, ellos pudiesen notarlo. Por otro
lado, darle la razón requeriría de atentar contra su dignidad y su amor
hacia él.
—Misa, no sé de donde sacaste todo eso, pero tú eres la única para mí, y…
— ¿Entonces por qué ya no quieres hacer el amor con Misa?
La
situación era obvia: si Light quería convencer a la paranoica rubia de
algo, la práctica sería más efectiva que cualquiera de sus palabras.
Aprovechando que Ryuk se había ido del dormitorio, se apresuró a callar
con un beso a Misa y a hacerle el amor. Resultó que, efectivamente, tan
fácil y tan sencillo como concederle aquello, era el tranquilizarla.
Terminando, Misa lucía con una espectacular mueca de alegría y despidió a
su prometido con un beso. Toda la tarde se la pasó acariciando con amor
maternal su abultado vientre, pensando en como sería su vida una vez
que aquella criatura naciese y formara una familia con su amado Light.
Hace unas semanas se había practicado un ultrasonido, para vigilar el
correcto desarrollo del niño, con la condición de que el doctor
mantuviese en secreto el sexo del bebé, ya que había decidido que, al
igual que en tiempos de antaño, eso tendría que ser una sorpresa que se
descubriría en el momento de que la criatura viniese al mundo. Sayu le
había ayudado en incontables ocasiones a comprar cuanta cosa fuese
necesaria para el nacimiento; incluso habían acondicionado una
habitación de la residencia Yagami —ya que se había decidido que, una
vez nacido el infante, Ella y Light se mudarían con sus padres mientras
conseguían un apartamento más grande—, que antes era utilizada como
biblioteca, para que fuera el cuarto del bebé. En compañía de Light, de
un desapercibido Ryuk y de su joven cuñada Sayu, cruzaron cuanto centro
comercial, cuanta tienda de ropa, muebles, blancos, juguetes y hasta
comida infantil —aún cuando faltaba mucho tiempo para tener que
preocuparse por la alimentación no materna del niño— encontraban. Todas
las tardes en que se quedaba únicamente acompañada por el shinigami, se
la pasaba fantaseando, imaginando que clase de niño sería su hijo: si un
ejemplar estudiante, serio, talentoso y popular como su padre; o un
alegre, cariñoso y espontáneo angelito que enternecería con su encanto a
todos en cuanto lo conocieran. Bien podría también ser una jovencita:
una seria y talentosa alumna o una encantadora y ocurrente niña. No
importa. Fuese como fuese, sería el hijo de su amado dios; por ende
tendría que ser perfecto. Y por primera vez tendría a alguien a quien
amar, a quien idolatrar, tanto como a él.
Eran las siete de la
tarde. Misa yacía sentada, esperando a que su enamorado terminara de
ocuparse en la habitación del apartamento que había acondicionado como
centro de investigación, al lado de su padre y del resto del equipo que
investigaban el caso Kira. Tarareaba alegremente una canción de cuna
mientras se tocaba el vientre, simulando una especie de caricia
arrulladora, y le hablaba con palabras suaves a su bebé, como si en
realidad ya lo tuviese entre sus brazos y no dentro de ella. Ryuk el
shinigami, tras acabar de devorar una roja manzana, se acercó donde ella
y le dijo:
—Oye, Misa…
— ¿Qué quieres, Ryuk? —le miró con desconfianza al notar que observaba curioso como acariciaba su abdomen.
—Se
supone que el bebé está dentro de ti, creciendo lo suficiente hasta que
pueda nacer, ¿no? —Misa le asintió—. Aunque todavía hay algo que no
logro entender.
— ¿Qué?
— ¿Por dónde es que va a salir?
La
bajita rubia se sonrojó. — ¡Eres un pervertido! —Gritó y le arrojó un
cojín al rostro. Ryuk esbozó su singular muletilla de desconcierto y
retrocedió unos pasos al ver como la bella rubia perdía los estribos.
— ¿No me digas que por dónde mismo que entró?
—
¡Cállate, pervertido! —continuó arrojándole los cojines del sillón,
sólo que Ryuk esta vez los esquivaba volviéndose intangible,
atravesándolos conforme estos les pasaban, como si su cuerpo fuese
únicamente un holograma. En eso Matsuda salió del cuarto a tomar un poco
de aire, y vio a Misa sola, gritando y arrojando almohadillas al aire;
hecho que, como era de esperarse, le extrañó.
— ¿Qué estás haciendo, Misa-chan?
—Ma…
¡Matsu-chan! —La joven delató nerviosismo en su voz—. Lo que pasa es
que un horrible mosquito se metió a la sala, y a Misa le dio mucho
miedo, y lo espantó lanzándole los cojines. Pero no hay problema, el
mosquito ya se fue.
—No es cierto, yo sigo aquí —acotó el shinigami. Misa le ignoró.
—Un
mosquito, ¿eh? —El divertido y un poco inmaduro agente trató de bromear
al respecto y sacó su revolver—. No te preocupes, Misa-chan. Si
regresa, ¡yo te protegeré! —apuntó a la nada con su arma.
Misa rió. —Ay, Matsu, tú serías incapaz de dispararle a alguien, incluso a un mosquito.
— ¿Tú lo crees? —se sonrosó llevándose la mano a la nuca. Aizawa escuchó su risa y, molesto, le gritó:
— ¡Matsuda! ¡Más te vale que no estés perdiendo el tiempo!
El
detective se encogió de hombros y se apresuró a regresar a la
habitación, dónde sus compañeros. Misa se rió picadamente de él y su
suerte.
Continuará…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario