Capítulo XII
Pasaban unos minutos del medio día. En la concurrida Via Leonardo Da Vinci —boulevard
que dirigía al corazón de aquella histórica ciudad, capital de la región
autónoma de Sicilia—, circulaban, uno detrás de otro, ni más ni menos que siete
fastuosos vehículos: dos Mercedez Benz Brabus E V12, un Bentley Continental GT,
un Ferrari F430 y tres Rolls-Royce Phantom LWB; todos ellos de color negro y
con los cristales polarizados. Algunos peatones, al verles pasar, les echaban
un vistazo admirados; otros, en cambio, se aterraban un poco al intuir sobre
qué clase de gente podría haber a bordo, y se daban la media vuelta haciendo
como si no hubieran visto nada. Pero en realidad era casi imposible el no
discernirles pues llamaban muchísimo la atención.
Conducían ni muy rápido ni muy lento —entre los cuarenta
y cincuenta kilómetros por hora—, procurando conservar la misma distancia entre
ellos y manteniéndose en una sola fila. La caravana recorrió toda la autopista
hasta llegar al parque Giardino
Inglese, donde viraron a la derecha para continuar por la Via della Libertà. Recorrieron
varias cuadras hasta pasar por la Plaza
Ruggero Settimo, misma donde se cernía a sus espaldas el bellísimo Teatro Politeama Garibaldi, con
su imponente réplica del Arco del Triunfo en la fachada de la entrada, y su
característica cuadrilla de bronce en la cima de éste. Una vez ahí, los
vehículos giraron a la izquierda y continuaron su rumbo por la Via Emerico Amari. Gracias
a ello, la pasajera quien iba en el coche de en medio pudo apreciar a mayor
detalle la bellísima edificación, la cual había sido construida a mediados del
siglo XIX. Su estilo neoclásico, su simetría y su forma que se asemejaba a un
circo de la antigua Roma, eran dignos de admirar y conmoverse.
Los siete coches siguieron su rumbo hasta llegar a la Via Principe Di Scordia, dónde
dieron vuelta hacia la derecha. De ahí, se dirigieron a la plaza Ignazio Florio para luego
virar, una vez más, a la derecha, en la intercepción con la Via Principe Granatelli. Una
vez ahí, los siete automóviles se estacionaron de uno en uno a las puertas de
un hotel situado en la esquina, en frente de aquella histórica plaza.
Del Rolls-Royce del centro salió el chofer para abrirle
la portezuela a su distinguida pasajera. Entre tanto, un guapo joven de cabellos
castaños, quien recién había salido del edificio, se acercó, en compañía de su
fiel escolta, a recibirla.
—Por fin llegas, Chitoge —le dijo mientras se quitaba
sus lentes oscuros y los guardaba en el bolsillo de su traje. Se acercó y la
tomó de la mano para ayudarla a bajar del vehículo en lo que el chofer mantenía
sujeta la puerta.
Maximiliano la observó de reojo. Quería asegurarse que
estuviese adecuadamente vestida, tal y como se lo había ordenado. Miró sus
zapatos: sandalias rojas de tacón alto con tiras sobrepuestas hasta por arriba
del tobillo: bien. Un vestido cóctel de satén, del mismo color aunque un poco más
vivo, ligeramente por arriba de la rodilla, ajustado para resaltar su figura y
que dejaba expuestos hombros y cuello de una manera nada inelegante: bien. De
accesorios: un collar de cadena rolo de oro blanco, sosteniendo un dije de
diamante: bien. Unos aretes de plata largos y un reloj de oro en la muñeca del
mismo material, que hacía juego con su anillo de compromiso: bien. Maquillaje
elegante pero algo atrevido, del cual resaltaba por su color de labios rojo
intenso y el rímel de sus pestañas: bien. Su larga melena recogida en un moño
italiano que dejaba al descubierto su esbelto y estilizado cuello: bien. Pero
al final de toda esa perfección, en la parte más alta, encontró un terrible
defecto que lo desentonaba todo.
—Chitoge, quítate ese listón —le ordenó.
—¿Qué?
—Ya no eres una niña —comenzó a desabrocharle el accesorio, con mucho cuidado para no estropear el peinado—. Te dije
claramente que debías estar presentable.
Maximiliano miró con algo de desprecio aquel viejo y
maltratado listón rojo, durante uno o dos segundos, y luego se dispuso a
arrojarlo lejos. Sin embargo, Chitoge lo detuvo sujetándole de la muñeca.
—¡Espera! Está bien, no voy a usarlo. Pero, por favor,
déjame conservarlo.
"Ahora que recuerdo" pensó el italiano luego de
mirar con más detenimiento el trozo de tela, "cuando la conocí hace años, parece
ser que también llevaba puesto un listón idéntico. ¿Acaso será el mismo?"
—Está bien. Toma.
Chitoge lo guardó en su bolso de mano con mucho
cuidado. El castaño entonces le ofreció su brazo para encaminarla. Ella se
agarró de él y ambos caminaron hacia la entrada del hotel. Un considerable
número de soldati,
vestidos de negro y quienes habían salido del resto de los vehículos, se formaron
a los costados para resguardarles el camino. Karen los acompañó, caminando siempre
unos pasos detrás de ellos.
—¿Estás nerviosa? —Le preguntó el Sottocapo de los
Benedetti, mientras ambos iban en el elevador, rumbo al Pent-house.
—Algo —susurró tan bajo que apenas y se oyó, sin siquiera
voltear a verlo.
—¿Aún estás deprimida? —Maximiliano le hizo tal
interrogante tras haberse percatado que, además de ir encogida de hombros, la
rubia no paraba de mirar al suelo con los ojos entreabiertos.
Chitoge no le contestó.
—Ya veo —el joven se arreglaba entre tanto los gemelos de
los puños de su camisa—. Sigue costándote mucho acoplarte a este país, ¿no?
—Como no tienes idea —susurró en respuesta, de manera
fría y pausada—. No poder expresarme por mí misma la mayor parte del tiempo es
muy frustrante.
—Eres inteligente, Chitoge. Dentro de poco podrás
hablar italiano con soltura, no te desesperes.
Llegaron al último piso, a la suite más lujosa. Karen
permaneció a las puertas del elevador mientras que Maximiliano y Chitoge se
dispusieron a entrar. En medio del salón principal del Pent-house yacía,
sentado en un bello sillón acojinado de respaldo alto, un anciano de complexión
tan delgada que daba la impresión de ser poco menos que pellejo y huesos,
ataviado en una fina bata de algodón color vino. Llevaba puesta una cánula nasal,
la cual iba conectada a un concentrador de oxígeno portátil que había sobre la
mesita contigua a su asiento. Junto a ésta había también un pie de suero del
que colgaba un recipiente con una infusión intravenosa que el octogenario
recibía, gota por gota, a través del catete insertado en el dorso de su mano
derecha. Le acompañaban tres jóvenes enfermeras que parecían estar atendiéndole.
Éstas, en cuanto notaron la presencia de los visitantes, se hicieron a un lado
y se retiraron de manera discreta. La pareja se acercó a él.
—Buenas tardes, Maximiliano —le saludó el hombre enfermo, con una afectuosa sonrisa—. Veo que por fin la has traído.
—Buenas tardes, abuelo. Tal y como te lo prometí, he venido
a presentarte a mi futura esposa: ella es Chitoge Kirisaki. Chitoge,
él es mi abuelo: Maurizio Benedetti.
Chitoge se puso
nerviosa. Su escaso,
casi nulo italiano, la hacían sentir demasiada vergüenza como para siquiera intentar
saludarlo con un 'un piacere conoscerti';
temía pronunciarlo mal y no ser entendida, hacer el ridículo. Así que se
cohibió completamente y se limitó a hacerle una reverencia sin articular
palabra.
El anciano, al notar su encantadora torpeza, esbozó una
sonrisa de oreja a oreja, que surcó por las incontables arrugas de su demacrado
y decrépito rostro.
—No te pongas así, bella niña —dijo, para sorpresa de
la rubia, en el idioma inglés—. Yo ya sé perfectamente quién eres. Tú eres la
hija de Adelt y Hana.
—¿Usted conoce a mis padres? —Preguntó Chitoge, algo
asombrada.
—Así es, niña. No todo en mi vida han sido negocios
turbios. También soy dueño de una de las compañías constructoras más
importantes de Sicilia y accionista en varias empresas nacionales y transnacionales,
incluyendo la corporación de tu madre. Fue así como tuve el placer de conocerla
hace años. A tu padre, en cambio, lo he venido conociendo desde hace muchos más
años atrás. Él y mi difunto hijo solían ser acérrimos rivales. Pero, debido a
los lazos que establecí con Hana, los tres nos tuvimos que sosegar y llevarnos
bien —rió hasta que la tos lo obligó a parar—. Es por esa razón que ésta no es
la primera vez que conversamos, pequeña. ¿No lo recuerdas?
—¿En serio? —Chitoge se ruborizó un poco.
—Sí. Aunque tan sólo eras una niña la primera y única
vez que te vi en persona. ¡Pero mírate ahora! Te has vuelto una mujer muy
hermosa. No podría estar más contento de que hayas aceptado a mi nieto. Él…
—Empujó hacia atrás, con la yema de su dedo, sus pequeños anteojos—, él es un buen
chico. Es serio y responsable como lo fue su padre, que en paz descanse, pero
también es un poco obstinado y temperamental. Por favor, cuida mucho de él.
"Es verdad. Ya lo recuerdo" dijo Chitoge en
sus adentros, luego de haber indagado en las memorias de aquella fatídica
fiesta de cumpleaños.
—Lo haré —susurró en respuesta, lentamente, cerrando
los ojos e inclinando ligeramente la cabeza hacia abajo.
Maurizio tomó la mano de la hermosa jovencita y la
retuvo entre las suyas.
—Tienes mi bendición, niña mía. Por favor, haz feliz a
mi nieto.
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—¡RAKU-SAMA!
Gritó a todo pulmón Marika Tachibana en cuanto logró
divisar la figura de su amado desde la gran lejanía de la calle. Él, quien se dirigía
camino a su casa luego de una agotadora tarde de preparativos, apenas y se
había dado la media vuelta cuando ella ya se estaba impactando de lleno contra
él, derribándolo junto a ella al suelo.
—¡Raku sama! ¡Raku sama! —Le gritaba una y otra vez con
un extraño acento mientras lo tenía sometido en el piso, bien sujeto de los brazos
y con sus rodillas encajadas en el abdomen del chico—. ¡Por favor, dígame que
no es cierto! ¡Ragu sama! ¡Dígame que no es cierto!
Mientras ella gritaba y lloraba como una bebé, el pobre
Raku sentía que de un momento a
otro iba a caer inconsciente por falta de oxigeno .
—Me estás… aplastando… —alcanzó a decir a duras penas,
pues el cuerpo de Marika le había sacado todo el aire al hundírsele sobre el
abdomen.
Marika, en cuanto se dio cuenta de su traspié, se bajó
de él muy apenada.
—Lo siento mucho, Raku-sama. Yo…
Raku, quien se acababa de incorporar y se sacudía el
polvo, se preguntaba cómo fue que en pleno fin de semana Marika había sido
capaz de encontrado con tanta facilidad. Lo que no sabía era que ella, durante
el día de la ceremonia de finalización de cursos, le había insertado un pequeño
dispositivo de rastreo por debajo de la oreja, mismo que había robado de las
pertenencias de su padre.
—Tachibana, ¿qué estás haciendo aquí?
—Raku-sama —dijo con una entonación y gestos que dejaban
en evidencia su desesperación y desasosiego—. Vine a buscarle en cuanto me
enteré. Onodera-san me lo contó todo cuando me la topé en el centro.
—¿Pero cómo?
Raku se encogió de hombros. Recordó que no le había
advertido a Onodera que debía guardar en secreto su propósito de ir a buscar a
Chitoge. Que precisamente hubiese sido a Marika a quien se lo contase, era,
para él, una punzada de muy mala suerte.
—Raku-sama, ¿Por qué? —A la
joven se le veía entre molesta, indignada, asustada y hasta confusa—. ¿Por qué
insiste tanto en ir a por ella? ¿Acaso no le bastó la forma tan horrible en la
que ella lo despreció? ¿Piensa ir a rogarle que vuelva con usted luego de todo lo
que le hizo? ¿Acaso no tiene dignidad?
—Tachibana, yo… —el morocho se rascó la nuca.
No encontraba las palabras adecuadas para explicarle.
—Raku-sama, por favor, ¡no vaya! ¡No ponga en riesgo su
vida, por lo que más quiera!
—Tachibana, voy a estar bien. No tienes por qué
preocuparte…
—¡No intente engañarme! —Le gritó con ímpetu—. Mi padre
me explicó quién es el prometido de Kirisaki-san. Si usted insiste en
oponérsele, algo muy malo le podría pasar. Incluso…
Marika no pudo terminar la oración. En vez de eso, se
llevó las manos a la boca y ahogó un chillido. Su temor a tal atrocidad era
tanto que ni siquiera se atrevía a pensarlo, mucho menos a decirlo.
—Se lo ruego, Raku-sama —insistió—, desista. ¡No se
arriesgue! ¡Deje las cosas como están y acepte la decisión de Kirisaki-san!
La jovencita le suplicaba con las manos entrelazadas a la
altura del pecho, y los ojos vidriosos. Raku guardó silencio, apocado y
afligido por la angustia de su compañera. Luego de unos incómodos instantes, le
contestó:
—Lo siento, pero no puedo hacer eso —dijo en voz tenue,
desviando la mirada—. Sé que algo no debe andar bien. Chitoge no nos abandonaría
de ese modo a menos que algo la estuviera forzando. Es por eso que debo
averiguar qué es lo que está pasando.
—¡Ese sólo es su ego engañándolo! —Gritó desesperada.
El brillo en sus ojos delataba que de un momento a otro las lágrimas caerían—.
En realidad no hay ninguna prueba concreta de lo que dice. Raku-sama, usted
sólo quiere creer eso porque no puede soportar la idea de que Kirisaki-san le
ha dejado, y le resulta más cómodo creer que es una mentira que resignarse. No
quiere aceptar que ella lo abandonó. No quiere aceptar que usted nunca le
importó. ¡Acepte las cosas de una vez! O dígame: ¿qué es lo que hará cuando vaya y la
vea feliz, al lado de esa persona, y le diga que no debió haber venido? ¿Qué es
lo que hará si ella lo vuelve a despreciar y humillar? ¿En verdad vale la pena?
—Tachibana —musitó Raku, de manera pausada, lenta—,
puede que tengas razón. En realidad yo no tengo ninguna prueba, y ni siquiera
tengo una idea concreta de qué podría ser lo que en realidad pasó. Quizás sólo
me estoy engañando a mí mismo. Pero… ¡es por eso mismo que necesito hablar con
ella de nuevo!
Tachibana, al escuchar aquella última sentencia, se
quedó pasmada.
—Si en verdad es esto lo que ella quiere o no —siguió
el joven—, quiero que personalmente me lo vuelva a decir o que me confiese la
verdad. Aún si la probabilidad es de un uno por ciento o menos, mientras esa
posibilidad exista, no le puedo dar la espalda a Chitoge y abandonarla a su
suerte. Debo asegurarme a cualquier costo, o de lo contrario, mi corazón nunca
volverá a estar tranquilo.
Marika cerró con fuerza los ojos, hizo una mueca
apretando cuanto fue capaz la mandíbula, hasta casi crujirle los dientes, y negó
sacudiendo la cabeza.
—Dígame qué es lo que ella ha hecho, Raku-sama… Respóndame,
por favor, si ella ha hecho alguna vez tal o cual cosa como para que usted
confíe en ella de esa manera tan ciega. ¿Qué es lo que ella ha hecho por usted,
que lo hace preocuparse y arriesgarse hasta estos extremos? ¿Qué cosa tan
espléndida pudo haber hecho para que usted siga creyendo en ella aún después de
todo lo que le hizo? ¿O acaso piensa en verdad que, de estar los roles
invertidos, ella haría lo mismo por usted? Si ella de verdad fuera, aunque
fuese la cuarta parte de lo considerada que es usted con ella, ¡jamás le habría
hecho nada de lo que le hizo, Raku-sama! ¡Ella lo botó, en frente de todos,
despreciando sus súplicas, dándole la espalda mientras su guardaespaldas le
hería! ¡Eso debería bastar como prueba de que usted nunca le importó realmente!
¡Porque no hay excusa, Raku-sama! Eso jamás… ¡jamás se le haría al ser amado,
no importa cuales puedan ser tus razones! Esa mujer fue inmisericorde y cruel
con usted… y aún así… ¡Aún así usted me dice que la quiere volver a ver!
A Marika le dolía la garganta; casi se quedaba afónica
de tanto grito, que la voz por poco y se le quebraba completamente durante sus
últimas sentencias. Su mirada era el vivo retrato de la frustración, el furor, el desapruebo y, en lo
más profundo de sus ojos, los celos.
Raku reflexionó sus palabras. Recuerdos de Chitoge se
le vinieron a la mente como parvada de pichones a la copa de un árbol. ¿En
verdad Chitoge sería capaz alguna vez de llegar tan lejos por él, como él a
menudo lo hacía por ella? Esta fue la pregunta que dio vueltas sin parar,
dentro de sus pensamientos.
De entre todas sus remembranzas, una de las que más
destacó fue aquella ocasión en la que, cuando apenas se habían conocido y no se
aguantaban el uno al otro, se pusieron a buscar su colgante perdido en los
jardines del colegio. Pese a haberle gritado esa tarde, en un arrebato de ira,
que ya no tenía que seguir ayudándolo, Chitoge continuó buscando por cuenta
propia su tan preciado objeto en secreto, para después hacerle saber que sólo
lo había hecho para cerrar el trato que tenían.
Recordó también
la vez en que Chitoge le había devuelto su colgante, el cual a él se le había
caído sin darse cuenta; pero no le dijo que ella lo había mandado a reparar pues
se había roto de la cadena. Recordó la ocasión en que Chitoge le había regalado
chocolates por ser San Valentín, y el cómo ella le dio a entender con suma obstinación
que sólo lo había hecho por el mero compromiso de ser ‘novios’.
Y, aunque no era capaz de recordarlo por sí mismo, tomó
también en cuenta aquella ocasión en la que había perdido la memoria, y le contaron
que ella había sido quien cuidó de él todo ese tiempo, pese a que luego ella
misma minimizara tal acción.
Recordó lo mucho que Chitoge había estado atenta a su
operación del apéndice, y que había sido ella quien les dio aviso a todos sus amigos
para que fueran a visitarlo al hospital. Y que incluso ella misma fue por la
noche a verlo.
Y, finalmente, recordó las palabras de Kosaki acerca de
que había sido Chitoge quien le había ayudado a no rendirse en varias ocasiones,
especialmente aquel San Valentín en que se pasaron la tarde haciendo chocolate
juntas.
—Lo siento —contestó finalmente, luego de esa larga
reflexión, con la voz propia de alguien que pide disculpas por no ser capaz de
cumplir la petición que le han hecho—, pero por mucho que lo digas, yo sé que
Chitoge no es la clase de persona que dices. Chitoge podrá ser a veces
demasiado orgullosa, terca y renuente a ser sincera, pero cuando se trata de
ayudar a sus amigos, ella jamás le ha dado la espalda a nadie. Chitoge es esa
clase de persona que, aún cuando está molesta contigo, siempre buscará la
manera de ayudarte sin que te des cuenta. Porque a ella realmente no le
interesa que los demás reconozcan o aprecien sus acciones. Y es tan poco
honesta que siempre buscará el cómo hacerle creer a los demás que sus
atenciones no las hace por motivos desinteresados. Ese es el tipo de persona
que es Chitoge.
»Es por eso que yo no puedo creerme así como así que Chitoge
nos abandonaría de esa forma. Quizás está haciendo lo que siempre ha hecho;
quizás, al igual que en otras ocasiones, ella sólo está tratando de hacernos
creer que no le importamos, quizás porque pensó que así todo sería más fácil tanto
para ella como para nosotros. Si esa tarde Chitoge no estaba siendo honesta, entonces
quiero hablar con ella de nuevo hasta hacer que me diga toda la verdad. Puede
que tengas razón, Tachibana, puede que no esté siendo para nada racional con
esto. Quizá sólo es algo que quiero creer, pese a todas las evidencias. Pero de
algo sí estoy seguro —tras una breve pausa, exclamó con firmeza—: ¡Chitoge no se
merece que pensemos lo peor de ella! Ella es nuestra amiga, y no le voy a dar
la espalda. Chitoge merece que confiemos en ella. ¡Yo confío en ella!
Esto fue todo lo que Marika pudo soportar. Estalló en
lágrimas y corrió hacia los brazos de su amado. Desconsolada, hundió su bello
rostro en su pecho. Él trató de consolarla acariciándole el cabello.
Aún si no era lo suficientemente sincera como para
admitirlo, aquella tarde, por primera vez en su vida, Marika se sintió real y
rotundamente derrotada y opacada por esa otra mujer.
—Voy a estar bien —le aseguró con todo el corazón su
príncipe—. Te prometo que voy a regresar sano y salvo. No tienes que
preocuparte por nada.
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