FANFICTION: Los hombres mueren, las leyendas no. (Death Note) Especial 2

LOS HOMBRES MUEREN, LAS LEYENDAS NO.

CAPÍTULO ESPECIAL: "Prima Nocte"

"¿Qué es lo que voy a hacer…?" Se preguntaba una y otra vez la joven Karen, quien no dejaba de dar vueltas alrededor de su alcoba pensando en la propuesta que su amigo, Price, le había hecho hace unas horas. Pese a ser una jovencita con una gran capacidad de entendimiento, sus sentimientos hacia el joven de negros ojos, y la proposición que le había hecho la estaban enloqueciendo al punto de subirle los colores al rostro.

"Hoy en día es completamente normal que a mi edad las niñas hagan ese tipo de cosas, pero… ¡me siento como si aún tuviese nueve años o menos!"

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— ¿Qué dices entonces, Kitty? —Preguntó con tierna voz el guapo detective—. Sé que nunca lo has hecho antes, y es por eso que me encantaría ser yo quien te enseñase.

Pero Price… —tartamudeó con sus mejillas enrojecidas—. Me da mucha vergüenza… Yo…

No te preocupes. Te confieso que yo tampoco lo he hecho antes con ninguna otra chica, y a mí también me da un poco de pena. No me imagino que a estas alturas tuviese que aprender con alguna mujer de mi edad, sería muy vergonzoso. En cuanto se diese cuenta que jamás lo he hecho antes, se burlaría un poquito de mí —el moreno hizo esta tremenda confesión con una dulce sonrisa y sin ningún pudor. Incluso Kitty no pudo evitar abrir la boca de los incrédula—. Tú y yo nos conocemos desde pequeños y juntos hemos aprendido muchas cosas. Creo que sería muy dulce que también aprendiéramos esto juntos. Realmente me sentiría muy gozoso. Ya que eres tan linda, cualquiera en mi lugar lo estaría.

La inocente jovencita Kitty, cuya mirada estaba clavada en el piso, volteó a mirar el rostro de Price. No había ninguna malicia en sus ojos, sus palabras eran sinceras, como siempre las son en él, y Kitty pudo apreciarlo.

Price… a mí también me gustaría… pero es que me da mucha pena… ¿No crees que si los demás se enteran podrían…?

Nadie tiene por qué saberlo si no quieres —sonrió cual si fuese un niño pequeño y calmado—. Ese será nuestro pequeño secreto. Planeemos con tiempo el lugar y la hora. Hasta entonces no digamos nada.

De acuerdo… entonces dame tiempo para prepararme. Que sea dentro de tres días, a las diez de la noche, en la habitación para huéspedes desocupada que está a cinco puertas de tu habitación.

— ¿A las diez? Pero tú apenas y puedes estar despierta hasta las ocho y media.

No te preocupes. Dormiré una siesta por la tarde para poder aguantar. Además, si no queremos que nadie se entere, tenemos que ser cautelosos. Tiene que ser cuando ya todos se hayan ido a dormir…

Pero…

Ya está decidido —esta vez había sido ella quien le sonrió, transmitiéndole confianza. Price le correspondió el gesto, se despidió dándole en la mejilla un beso, y se fue. Kitty se recostó en su cama y, tras divagar y pensar en el enorme compromiso que acaba de echarse, comenzó a darse cuenta de lo precipitado que había sido tomar tremenda decisión. Que ahora se encontraba entre la espalda y la pared. Incluso, por primera vez en su vida, sintió que había perdido los deseos de dormir, pasando hasta casi media noche en vela.

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"Me parece increíble que Price, siendo tan atractivo y tan sociable, nunca lo haya hecho antes. Pero no creo que él me esté mintiendo. Él no es así. Jamás haría algo tan ruin como engañarme sólo para aprovecharse de mí. Le he prometido que aceptaría; no me queda más que prepararme física y emocionalmente para el momento; hacerme a la idea de que no se trata de algo malo para así estar lo menos nerviosa posible y que todo salga bien."

La jovencita de cabellos rojos no sabía que los esfuerzos de ambos por mantener aquel importante evento en secreto habían sido en vano, pues hubo alguien que, por azares malignos del destino, había podido escuchar la supuesta conversación secreta. Rock, quien se había escabullido buscando a Price para pedirle consejo respecto a un caso, había supuesto que hallaría a su compañero en la habitación de Kitty, por lo que había ido a buscarlo allá; un agudo grito de la más joven le había alertado y le había hecho pensar que la conversación que tenían habría de ser interesante; y, dispuesto a averiguar de que conversaban, se había escondido para escuchar, pegado a la puerta de la alcoba, lo que quedaba de su plática.

"¡No puedo creerlo!" había pensado con escepticismo y pánico mientras se escabullía entre los pasillos tras haber memorizado la fecha, hora y lugar del evento. No había tiempo que perder. "¡Tengo que decírselo a Queeny!"

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La sensual agente Queeny, pese a su carácter casi siempre estoico, esta vez no podía parar de reír. Incluso su estomago comenzaba a dolerle de tantas carcajadas. Su hermano casi se sonrojaba de la ira mientras la observaba mofándose, carcajeándose de sus palabras. Todos los que pasaban cerca de la oficina donde los mellizos conversaban, volteaban extrañados de escuchar la voz de su jefa tan alegre, tan jocosa.

— ¡Te digo que es verdad! ¡YO MISMO LOS ESCUCHÉ! —sentenció Rock, irritado de ver que su hermana no tomase en serio ni una de sus palabras.

— Sí… —tartamudeaba sin parar de reír, apretando su abdomen con fuerza y tratando de no perder el equilibrio y caer al suelo— ¡Cómo no…! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja…! ¡Price es un pederasta y convenció a Kitty de acostarse con él, diciéndole que él también es virgen! ¡Jajajajaja! ¡Y nosotros somos los gemelos fantásticos! —Tuvo incluso que sostenerse de su escritorio para no caer al suelo.

—Si yo no hubiese escuchado esto con mis propios ojos —sentenció sin reparar siquiera en la incoherencia de su frase—, tampoco lo creería, ¡pero es la verdad! ¡El sábado en la noche irán a verse en la habitación ciento cuarenta y nueve, una de las habitaciones para huéspedes de honor; esa que precisamente tiene una enorme cama y baño privado!

Queeny no le contestó. En lugar de eso intensificó sus risas.

—Allá tú si no me crees —el moreno se dio la media vuelta caminando hacia la puerta mientras le daba un sorbo a la lata de soda que llevaba—. Yo, por mi parte, tomaré medidas al respecto. No puedo quedarme con los brazos cruzados.

— ¿Y que piensas hacer…? —balbuceó Queeny entre carcajadas—. ¡Ay, mi pancita…! ¡Jajajajaja! ¿Vas a detenerlos o qué…?

—Claro que no. Lo que haré será instalar cámaras ocultas y micrófonos en el "lugar de la acción".
La voluptuosa mujer paró de reír y frunció el ceño.

— ¡Eres un depravado! ¿Sabías?

Rock, luego de oír esto, cerró la puerta de la oficina sin salir de la misma y se regresó furioso a encarar a Queeny.

— ¡Mira quién me lo está diciendo! ¡Tú eres la última persona en el mundo que se va a jactar de ser superior a mí moralmente!

— ¡Cállate! ¡Yo siempre he llevado mi vida sexual de una manera responsable, sin importar lo que digas!

— ¿Responsable? ¿Tener relaciones con tu profesor de matemáticas, siendo tú una mocosa, fue ser responsable…?

A través de un pellizco Queeny le hizo callar, pues el departamento de la INTERPOL, plagado de agentes que la conocían a ella, no era un buen lugar para ponerse a hablar de este tipo de cosas.

— ¡Cállate! —Le sentenció quedamente—. Él y yo nos queríamos y no le hacíamos daño a nadie con nuestra relación. Además, tú también has tenido relaciones con jovencitas.

—Sí, pero no eran tan jóvenes como tú, ni yo tan viejo como ese viejo verde —le contestó también en voz baja, de esa que se usa cuando se pretende ser discreto o se sospecha de que alguien pudiese estar espiando.

—Pero aún así eran menores de edad.

—Hoy en día es completamente normal que la vida sexual sea muy activa a partir de los dieciséis. Y más del sesenta por ciento de las jóvenes norteamericanas tienen su primera experiencia antes de los quince años. Ya ni siquiera a los padres les alarma que sus hijas a esa edad les pidan consejos.

— Entonces ¿por qué me reclamas lo del profesor Joseph? Yo ya tenía quince años.

—Porque eran otros tiempos. Y porque ese viejo tenía treinta y cinco años. ¡Podías haber sido su hija!

—Eres un hipócrita, ¿lo sabías? —La bella morena se ruborizó un poco y frunció el ceño—. No es que realmente te importe o creas que haya hecho algo realmente inmoral. Sólo lo utilizas como algo que puedes reprocharme. Eso… y porque aún me guardas rencor de haberme adelantado a ti, hermanito —guiñó coquetamente el ojo, acompañándolo con una sonrisa burlona.

Rock, inconscientemente, se ruborizó. —Eso me tiene sin cuidado. Por mi parte puedes revolcarte con cuantos viejos encuentres. Yo también puedo hacer lo mismo con las mujeres que se crucen por mi camino. Y si no me quieres creer lo que te digo, ¡entonces no me creas! Esa "pelos de cereza rancia" ya no es una "niñita", ¿Entiendes? Ni mucho menos Price. Vine a decirte todo esto porque creí que te interesaría intervenir, como siempre lo haces con todo. Pero si te parece totalmente absurdo, entonces deja a este paranoico divertirse un poco —una despreciable mueca de morbo y una sonrisa libidinosa se pintaron en el rostro del moreno mientras sentenciaba—: ¡Ese Price si que me da envidia! ¡Mira que hacerlo con una pelirroja natural, virgen y menor de quince…! ¡Ja, ja, ja,ja! ¡Eso de tener amigas de la infancia tiene su retribución!

Queeny trató de callarlo arrojándole un portalápices, pero su hermano ya había cerrado la puerta y salido de su oficina, por lo que el objeto se estrelló en ésta.

"Ese mal nacido" pensó la sensual agente. "¿Cómo se atreve a levantar esa clase de falsos sobre alguien como Price, que es su mejor amigo…? Además es ridículo que invente que Price dijera que es virgen. Porque… Porque… yo… —se ruborizó un poco y casi se le escapó una rara sonrisa—.Si quisiese acostarse con alguien no tendría porqué mentir al respecto y menos con… ¡En qué tonterías estoy pensando! Rock sólo está tratando de verme la cara.

La duda y el miedo se apoderaron de sus pensamientos. No pudo dejar de divagar al respecto durante el resto de la tarde.

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El sol brillaba de manera extraordinaria sobre los jardines de recreación del colosal orfanatorio. Entre los verdes paisajes se encontraban, jugando a los "quemados", un grupo de pequeñas niñas, acompañadas de un jovencita que ya era al menos siete años mayor que las demás, y, sin embargo, se llevaba de maravilla con las más jóvenes. Dicha joven llevaba puesta su blanca y desarrugada camisa de manga larga que le tapaba hasta las manos, de lo enorme que éste le quedaba. Hoy más que nuca deseaba llevar puesta aquella prenda que alguna vez fue de su gran amigo. Sonreía de oreja a oreja mientras perseguía a las otras niñas; su mente divagaba, pensaba una y otra vez en Price y en lo que probablemente, mañana por la noche, harían. Un dulce secreto que los uniría más, un recuerdo que prevalecería en ellos durante el resto de sus vidas. Aún si el destino los tuviese que volver a separar, aquel recuerdo, aquella experiencia que ambos tendrían, se quedaría marcada en ambos por el resto de sus vidas. Kitty correteó hasta alcanzar a la pequeña Sandy; para detenerla tuvo que tumbarla con delicadeza al piso. El pasto se sentía fresco, confortante. Era toda una delicia para ambas sentir en sus pieles, aún con sus ropas interponiéndose, aquellas refrescantes y olorosas hierbas. No paraban de reír mientras la mayor sujetaba a la más chica y ambas rodaban en el suelo.

— ¡Ahora tú las traes! —gritó la pelirroja, sometiendo a Sandy por los brazos, tendiéndola boca arriba.

— ¡De acuerdo! ¡Me rindo…! —contestó semi fingiendo resignación pero sin dejar de reír—. ¡Ahora suéltame! Si no, ¿cómo quieres que te persiga?

Kitty agitó su cabeza para darle a la pequeña con su sumamente larga cabellera escarlata, un latigazo que la obligó a cerrar los ojos. La jovencita aprovechó para huir lo más lejos posible de ella y, así, reanudar el juego.

Desde lo lejos, a un lado de una de las entradas que conecta al edificio con los jardines centrales, yacía Queeny, observando con nostalgia a los niños jugar. No podía evitar recodar, al verlos, sus días de infancia en el orfanato de Inglaterra. La sensual agente observó de reojo a Kitty y no pudo evitar encontrar cierto parecido que la hacía reflejarse a sí misma en ella.

"Yo sólo era unos cuantos meses mayor que ella —pensó— cuando tuve mi primera relación con otro hombre. Y ese hombre, Charles… era muchísimo mayor que yo. ¿Por qué, entonces, me sorprendería que ella quisiese a Price de aquella manera? ¡No! Es mentira. Es una mala broma del imbécil de Rock. Ellos dos se quieren como si fuesen hermanos. Pero… si fuese cierto, ¿quién soy yo para decidir si lo que hacen está bien o mal?"

Luego de aquellos momentos de reflexión, caminó hacia los jardines, donde el grupo de pequeños. Iba a acercarse a saludar a Kitty, pero antes que ella llegó el joven Price, y la bella genio, al reconocerlo, se abalanzó sobre éste para abrazarlo.

— ¡Price! —la pelirroja acariciaba con su mejilla el pecho del trigueño en lo que su larga melena se esparcía sobre su camisa. Él únicamente la abrazaba, arrimándola a su torso, envolviéndola con sus brazos; era tan alto que la joven apenas le llegaba por debajo de los hombros.

—Hola, Kitty —sonreía con aquella sonrisa tan infantil, tan inocente que le caracterizaba.

Queeny, al verlos abrazarse así, sintió que los colores comenzaban a subírseles al rostro. Era normal que ellos se abrazasen así, siempre lo había visto así. Pero ¿qué tal si el "cariño" que se manifestaban con aquellos abrazos era en realidad de otro tipo? ¿Y si aquello que su tormentoso hermano le advirtió, fuese cierto? Rock, dentro de sus límites, podía ser muchas cosas excepto un fanfarrón.

—H-hola Price. Veo que saliste temprano de la junta —alcanzó a decir la curvilínea detective, mas, tanto por el bullicio de los niños que se arremolinaron junto a él y a Kitty como por lo bajo que habló, ninguno de los presentes la escuchó.

—Price… —insistió.

—Queeny —por fin se había dado cuenta de su presencia y volteó a verla con una sonrisa—. No es común verte a estas horas, ni mucho menos en estos lugares.

—Sí. Es que hoy precisamente es mi día libre, por lo quise venir a saludar a Kitty. Hola, Kitty… Kitty… ¡Kitty!

Con un gesto hizo alusión a que ella continuase tan abrazada, tan adherida a su gallardo amigo. Ella ni siquiera la había notado, por lo que al momento de que se soltarse del moreno, no esbozó ninguna expresión de pena. Price, pensando que probablemente Queeny quería hablar con ella de algo, se apartó del grupo de niños. La sensual mujer aprovechó y se dirigió a Kitty.

— ¿Podríamos hablar a solas?

Ambas caminaron hasta alejarse del grupo y se sentaron en una de las bancas próximas a las áreas verdes. Hace poco la hora de recreo había terminado, por lo que se habían quedado prácticamente solas.

—Kitty, quería hablar contigo sobre el cambio tan positivo que ha habido en tu actitud, en tu manera de desenvolverte con otros. En el orfanato notaban que eras alguien distante a las demás personas, que sólo convivías y hablabas con los demás para lo más elemental. Pero, desde que te reconciliaste con Price, has comenzado a desenvolverte con cada uno de los niños del lugar.

—Bueno. Es que ellos me tomaron mucho cariño. Todo gracias a Price y las cosas bellas que les ha contado sobre mí. Recuerdo que cuando éramos niños Price también incitaba a los demás para que me dejasen jugar con ellos, pero yo siempre los rechazaba, o permanecía junto a los niños, a regañadientes, fastidiándolos con mi actitud. No fue sino hasta años después que comprendí lo mal parado que dejaba a Price con eso. Pero ya no voy a cometer el mismo error. De ahora en adelante debo ser amistosa y fraternal con todos aquellos que busquen mi compañía y buscar, también, la compañía de ellos.

—Tú quieres mucho, realmente mucho a Price, ¿no es así? —la sensual morena acarició con suavidad el sedoso cabello de la adolescente. Ésta se sonrosó ante la pregunta.

—Sí —susurró sin poder evitar cerrar los ojos de la pena—. Ahora siento que hasta lo quiero más que cuando éramos niños.

"¿Más que cuándo eran niños…?" meditó algo asustada Queeny. Por más que le daba vueltas a lo que pudiese significar aquellas palabras si se leían entre líneas, no podía encontrar otra traducción más clara que aquella de que los sentimientos de la taheña hacia su mentor de la infancia, habían cambiado.

— ¿Y ahora qué tanto lo quieres?

"¿A qué viene esa pregunta?" Kitty comenzó a desconfiar y se preguntó sobre las intenciones de Queeny. Era probable que ella ya sospechase del plan que se traían ella y Price, por lo que ahora trataba de sacarle información que le rectificara sus dudas. Así como también esto podría ser sólo una paranoia suya, que podría llevarla a delatarse a sí misma en un vano intento por ocultar algo que no tiene por qué ser ocultado. ¿Cómo podría sospechar Queeny de algo como esto? Al menos, claro está, que ella hubiese escuchado la conversación. Entonces no lo sospecharía, lo sabría. Después de todo, Queeny era una socióloga y tenía nociones sobre conducta más que suficientes para leer su miedo a ser descubierta de algo. ¿Pero ser descubierta de qué? Sería la pregunta de su mentora si ella no lograba actuar con naturalidad. Debía, pues, poner su mente en blanco y contestar lo que le preguntase sin pensar en lo absoluto sobre lo que ella estaba a punto de hacer con su gran amigo en un par de días más. No es que le importase que todos se enteraran. ¿Qué tenía de malo? No obstante, ellos querían privacidad, por lo que guardar las apariencias era indispensable.

—Lo quiero como si fuese mi hermano mayor… o como un tío. Tal vez sea porque siempre quise tener a alguien a quien poder ver como la figura protectora y fraternal que no tuve por carecer de una familia.

—Comprendo —musitó Queeny en respuesta, con un tono de voz un tanto melancólico—. Todos los seres humanos necesitamos de una imagen paterna que nos dé cariño y seguridad. Por mucho que los profesores y demás pedagogos del internado se esfuercen por ser ese soporte emocional para los huérfanos, la verdad es que siempre hará falta uno que sea tuyo y dirigido a ti. Pero, a decir verdad, Price es tan joven que la diferencia de edades entre ustedes dejará de ser significativa dentro de poco. No creo que puedas o quieras verlo como a un papá o a un tío. Y, por lo regular, un hermano no siempre hace de figura protectora. Más bien es como un compañero, con el que aprendes a vivir, y aprendes de lo que él ya ha vivido conforme vas creciendo. Dime, aquí entre nosotras, si alguna vez has llegado a pensar que el cariño que sientes que por él se está tornando a otro tipo de cariño.

El silencio reinó por algunos instantes. La joven de azules ojos suspiró y volteó a ver a Queeny con un aire estoico.

—Si piensas que estoy empezando a enamorarme platónicamente de él, mi respuesta es no. Yo siempre lo voy a ver y a querer como al niño curioso y ocurrente que conocí de pequeña. Aunque debo reconocer que es muy apuesto y que, de haberlo conocido en otras circunstancias, quizás sí me hubiera enamorado perdidamente —sonrió pícaramente—. Y es que él es tan especial, tan único, tan dulce…

—No malinterpretes —Queeny volvió a acariciar su sedoso pelo—. No te recriminaría que te estuvieses encariñando de ese modo con él. Te confieso que a mí también… a mi también llegó a enloquecerme Price, y hasta me le llegué a insinuar. Pero eso fue hace mucho tiempo y ahora únicamente somos compañeros y buenos amigos.

— ¿Es en serio? —A Kitty le parecía sorprenderle tal confesión, pese a que en realidad ya lo había imaginado; creyendo que, de haber sido así, algunas huellas o secuelas en el comportamiento de ambos lo atestiguaría—. ¿Entonces a ti te gustaba Price?

—Sí —afirmó un poco apenada—. Y eso que yo soy mayor que él. ¡Qué vergüenza!

—La edad no es tan importante, como uno piensa, en el amor…

Esta sentencia le cayó como un balde de agua fría, por dentro, a la curvilínea morena. Ahora, lo que había empezado como una débil suposición, ya era toda una sospecha que iba creciendo.

—Es cierto. De todas maneras, Price ya tenía dieciocho años en aquellos tiempos.

—Oye… ¿A qué momentos te refieres? Y hace un momento dijiste que ahora sólo son buenos amigos. ¿O sea que llegaron a ser algo más?

Quenny carraspeó apenada al comprender que había hablado de más. No obstante no creía que tuviese que ocultar realmente algo. Pero, aún así, meditó las cosas.

"Si lo que me dijo Rock es cierto, Kitty debe creer que Price es virgen. Y si todo lo que ese descarado me contó es verdad, entonces Price sí le mintió a Kitty para convencerla. No puedo creerlo…"

—Pues no pasó nada importante. Salimos un par de veces, sí. Pero nunca tuvimos algo verdaderamente formal. Fue algo así como una travesura entre adultos. Esto es algo que nadie, ni siquiera Rock, sabe. Voy a pedirte que guardes el secreto, pues, de enterarse él y la gente, se armaría un bullicio. Tú sabes como son.

Kitty pareció haber meditado las palabras de su confidente y permaneció callada por unos instantes.

—Y en esas citas que tuvieron, ¿llegaron a tener la oportunidad para…?

— ¡No! ¡Nunca! —gritó aterrorizada.

— ¿Nunca hicieron qué?

La morena comprendió su error y su descuido. Trató de repararlo, aminorarlo con una respuesta oportuna aunque sospechosa que, aunque no declarara directamente sobre ese tema, sí lo dejase en claro por mera lógica simple.

—Nunca llegamos a besarnos. Él no pudo atreverse. A final de cuentas decidió que sólo podíamos ser amigos —mintió con espectacular persuasión. No obstante, la linda pelirroja no era fácil de engañar y su misma seguridad mostrada luego de haberse puesto nerviosa, eran evidencia más que suficiente de su mentira.

—Ya veo… Pero yo no iba a preguntar eso…

— ¿Entonces?

—No. Nada. Si no se besaron, no creo que sea necesario preguntar por lo otro.

Queeny suspiró aliviada y rió sobriamente. Tal risa contagió a Kitty y ésta también rió.

Y así permanecieron sentadas, bajo la sombra de aquel joven olmo, platicando de cosas triviales. De vez en cuando Queeny trataba de sacarle a Kitty más información que le ayudase a comprobar que lo había oído de su hermano sólo había sido una mentira. Pero la duda no se disipó ni un poco.

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Mientras caminaban por los pasillos de las oficinas de Roger's, Price y Queeny comenzaron a charlar sobre algunos asuntos concernientes al orfanato. Fue en determinado momento que la curvilínea dama intentó abordar otro tema.

—Price, ¿puedo hacerte una pregunta?

— ¿Qué ocurre?

—Es sobre Kitty.

— ¿Qué ocurre con ella?

Efectivamente, Queeny estaba titubeando demasiado al respecto; sobre cómo abordar el tema sin que Price lo malentendiese o, peor aún, se diese cuenta —-de ser todo esto cierto— que había sido descubierto. No obstante, recordó que él es como un niño que no toma en cuenta las indirectas ni tampoco los mensajes entre líneas. Por lo que debía decírselo sin evasivas ni falsedades.

—Veo que estás muy contento de tenerla de vuelta contigo.

— ¡Por supuesto! ¡Es maravilloso que ella esté aquí!

— ¿Qué es ella para ti, exactamente?

—Ella vale mucho para mí. Estar con ella me fascina. Pese a todo, cuando estoy junto a Kitty, es como si los años nunca hubiesen pasado. Como si aún fuéramos los mismos que cuando habitábamos en Wammy's. Y ya que esa fue la etapa más bella de mi vida… estar con ella significa volver a vivir aquella época tan bella, en la que no tenía ninguna otra preocupación que velar por la felicidad de mis amigos y de ella.

—Entiendo —contestó conmovida de su compañero—. Esa niña también te quiere mucho, Price. Tal vez más de lo que puedes imaginar. Pero ella desea más que nada volver al internado de Inglaterra. Tarde o temprano tendrán que separarse de nuevo. No quiero que ahora ustedes, por haberse encariñado así, por haberse acostumbrado a estar tanto tiempo juntos, vallan a pasarla mal cuando tengan que despedirse.

—Es por eso mismo que hemos decidido divertirnos lo más que podamos; para que cuando llegue la hora de decirnos adiós de nuevo, no haya ningún arrepentimiento en ese aspecto —contestó con una sonrisa en todo el rostro.

"Ningún arrepentimiento. Divertirse cuanto puedan. Entiendo…" pensó la de morena piel, cabizbaja.

—Y… ¿qué es, pues, exactamente lo que sientes por ella?

—La amo —contestó así sin más, con una amplia sonrisa de labios cerrados y cerrando los ojos—. De eso no hay ninguna duda.

La sensual morena abrió sus verdes ojos, cual platos soperos, al escuchar esto. Se abochornó y giró la cabeza en dirección opuesta del joven director del orfanatorio. Luego de un breve instante sin saber que responder, agregó:

—Ella aún es una niña. No digo que tenga algo de malo que la quieras de esa forma, Price. Pero me parece que deberías de esperar a que creciese un poco más. Pero si ella, muy en el fondo, también siente lo mismo que tú…

— ¿Madurar…? Pero si ella es mucho más madura que yo. Además yo estoy consiente de que también me ama. Ella misma me lo ha dicho.

— ¿Realmente lo crees?

—No lo creo. Lo sé.

Las mejillas de Queeny se sonrojaron. Tal parecía que ella por fin había interpretado, comprendido las cosas de cierto modo que, quizás, no sería necesario explicar.

—Debo irme, Price —Queeny tomó su propio rumbo por los corredores del internado, perdiéndose de vista para el ojinegro. Price pudo intuir que el comportamiento de su compañera había sido un poco distinto al habitual mas no le cogió mucha importancia y le dejó marcharse.

Por su parte, la moza oficial se dirigió al lugar donde su hermano le había advertido que Kitty y Price se habían citado: a aquella habitación para huéspedes de honor que, por el momento, se encontraba deshabitada pero lista para ser ocupada en cualquier momento; y que era el lugar perfecto para este tipo de situaciones que requerían de privacidad y comodidad. Incluso la guapa joven recordó que ella también había llegado a utilizar aquellos cuartos de la institución para llevar a cabo algunas relaciones casuales con hombres. Por lo que ella, al menos en ese aspecto, no era quién para reclamar lo que estaban ellos por hacer. Tampoco era nadie para reclamarles sus diferencias en edad, pues ella nunca se cohibió por ser demasiado joven para el hombre del que se había enamorado por vez primera. "Si realmente se quieren, no debería ver con oprobio que se deseen. Pero si en realidad están confundiendo sus sentimientos, podrían estar por hacer algo de lo que van a arrepentirse, y cargaran con el remordimiento, por el resto de sus vidas, cada vez que uno recuerde al otro."

Entró a la habitación y comenzó a revisarla. Para su desgracia descubrió que las sospechas que la habían llevado a revisar la habitación, habían resultado ciertas. Encontró, en el cuarto, pequeñas cámaras de espía y micrófonos escondidos en todas partes: en los muebles, paredes, cortinas, lámparas del techo. "¡Esto es horrible!" pensó mientras retiraba encolerizada y la vez horrorizada, los aparatos. Sabía perfectamente quien los había colocado.

— ¡Oye! —del baño salió el irascible Rock, tras darse cuenta que Queeny era la que había venido a sabotearle—. ¿Qué estás haciendo?

— ¿Que qué estoy haciendo? ¿Qué estas haciendo tú aquí?

— ¡Eso mismo te iba a preguntar! —gritó el discípulo del mejor detective del mundo, quien cargaba un par de dispositivos espía que estaba por instalar en la bañera, en el brazo, y una soda de limón en el otro—. ¡Me llevó casi una hora instalar todas esas cámaras!

— ¡Pedazo de animal! ¡Crees que voy a permitir que hagas algo tan rastrero como esto! —le gritó con un intimidante gesto, parecido al de una chacal rabiosa. Típicos gestos eran comunes en ella cuando se peleaba, de manera extrema, con su hermano.

— ¿Y qué puede importarte que yo ponga cámaras en esta habitación vacía? Según tú, yo sólo te dije eso para jugarte una mala broma y, por consecuente, no me creíste ni una palabra. ¿Por qué te preocupas, entonces, de que me ponga a hacer esto? Tal vez lo hago para hacerte dudar más de lo que, al parecer, ya estás dudando. ¿No crees?

— ¡Precisamente por eso no voy a dejar que lo hagas! —Se defendió—. No consentiré que sigas más con esta broma de mal gusto; no te solaparé ni un instante más que sigas con esto —tiró de la rabia, al piso, los pequeños aparatos que había quitado y los pisó, haciéndolos añicos.

—Queeny… —el gesto de Rock cambió de enojado a cínico y divertido—. Tu gesto te delata. Tienes miedo de lo que está por ocurrir y no sabes que hacer. Relájate. En este caótico universo, las cosas ocurren porque sí… podrá uno descubrir mediante la ley de "causa y efecto", "acción y reacción" el cómo es que ocurren y hasta saber que hay que hacer para que ocurran las cosas que queremos que ocurran. Pero no puedes darle un sentido moral a todo. Así es la vida. Suponiendo que eres capaz de hablar con ellos y sugestionarlos a ambos para que se arrepientan de su plan y lo cancelen… ¿Qué crees que es lo que ocurrirá si lo haces?

— ¡Cállate!

Pero el sinvergüenza no le hizo caso. —Si lo intentas, sólo conseguirás que uno de los dos se de cuenta; no sé si esa mocosa pueda, pero seguramente Price lo hará, pues sugestionar a la gente es algo que se nos enseñó a hacer desde que venimos aquí. Si eso ocurre, sabrán que los descubriste, y, aunque no tengan el valor para enfrentar la verdad y lo nieguen haciéndose los tontos, el bochorno y la vergüenza les estropearan por completo los pocos días que les quedan juntos. Es decir: Ya no podrán seguir llevándose tan bien por lo que les queda de tiempo juntos aquí. La pena de saber que habrá alguien que los va a observar y cuestionar, no se los permitirá. Esto también ocurriría, y en peor medida, si decides enfrentarlos directamente y decirles que los has descubierto… El bochorno sería aún peor y…

— ¡Te dije que te calles!

Ambos se observaron con miradas desafiantes, agresivas; como si felinos salvajes, esperando cada quien a que el otro intentara o diera un paso en falso, fuesen. Las discusiones entre ellos siempre eran así, su orgullo era demasiado grande para dejar que el otro le sometiera a su voluntad. Ella conservadora y él rebelde; ella tan moralista y él tan hedonista; ella tan firme y él tan voluble. Resultaba casi inexplicable que dos hermanos que se criaron juntos, bajo las mismas disciplinas, fuesen tan distintos en pensamientos y tan iguales en temperamento.

—Yo no pienso intervenir —luego de tanta conversación en silencio, Queeny contraatacó a la pedantería de su mellizo—. Yo, desde pequeña, he sido partidaria de que los seres humanos deben seguir a su corazón, sin importar el qué dirán de los demás. Aún si lo que están por hacer es un error, es su error, y ellos habrán de saber porqué se atreven a cometerlo. No son ningunos tontos. Es por eso que no permitiré que te entrometas. Ya es bastante que te hayas enterado de sus planes para que, encima de eso, quieras entrometerte más. ¿Es que no tienes respeto hacia la vida privada? Si su deseo es, precisamente por lo delicado de su obrar, evitar que la gente se entere, debemos respetarlo y hacer que nunca nos enteramos. Es muy su vida —pronunciar esto le recordó el mal sabor de boca que tuvo cuando era una joven quinceañera; cuando su profesor y primer amante tuvo que pedir ser transferido a otro colegio, luego de que Rock tomara cartas en el asunto y le amenazara, diciéndole que revelaría el secreto de su relación con Queeny si no se marchaba; la trigueña no se enteró de esto hasta que, años después, su hermano se lo confesó—. ¿Lo entiendes? ¡ES MUY SU VIDA…!

Ver la expresión de Queeny le bastó a su mellizo para que este comprendiera la razón de su furor. Trató de tranquilizarse; pelear con ella no era agradable cuando, finalmente, conseguía hacerla sentir verdaderamente mal.

—Sabes que lo hice por tu bien, Queeny. No me importa si él realmente te quería o no. Como tu hermano debía de intervenir. No podía quedarme con los brazos cruzados.

— ¡Estúpido! —Contestó con voz a punto de quebrarse—. ¡Eso sólo fue tu ego y tus estúpidos celos adueñándose de ti!

— ¡Oh! ¡Ahora yo soy el malvado porque quise protegerte de ti misma!

— Protegerme no significa que te pongas irascible y pelees por hacer lo que tú consideres bueno para mí. Lo admito, fui una tonta por ilusionarme con alguien como él. Pero era mi ilusión, y en lugar de ayudarme a comprenderlo para que yo misma recapacitase mis acciones, nos separaste por medio del chantaje.

La habitación enmudeció. Rock miró a Queeny con la mirada encendida, los puños apretados y el ceño totalmente fruncido. Luego de unos segundos, sus fieros ojos comenzaron a calmarse y, bajando la guardia, caminó hacia la puerta, pasando cerca de la sensual morena.

—Digas lo que digas, tú siempre serás mi hermana. Y si algo te llega a pasar, será como si a mí también me pasase. Olvida lo que dije; no voy a espiar a esos dos por muy tentador que sea. Sólo estaba bromeando pues sabía desde un principio que tú no me dejarías hacerlo.

Queeny, un poco menos tensa, dio la media vuelta para mirarle. —Más te vale que sea cierto.

—Entonces, ¿no piensas Intervenir esta vez?

—No… —cerró los ojos y soltó un suspiro—. Esta vez no.

— ¿Por qué…?

Queeny volteó la cabeza y ya no respondió. Su hermano, al verla, se dio la media vuelta y salió del cuarto. La razón por la que esta vez Queeny no tuvo ánimos de intentar intervenir, estaba relacionada a que, de una u otra manera, Kitty le recordaba a ella y a su ilusión que alguna vez vivió cuando tuvo su edad y se enamoró de su profesor de álgebra.

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Eran las nueve con quince minutos de la noche, y una jovencita de piel muy blanca y cabello rojo como la sangre dormitaba profundamente en su cama. De pronto, un reloj despertador digital comenzó a emitir un pequeño aunque constante sonido. Pasaron tres minutos así y la taheña no se inmutó en lo absoluto. Hasta que, pasados cinco minutos más, tomó de un brusco movimiento el aparato y lo estrelló contra el piso, para luego volver a permanecer acurrucada en su colchón. Pasaron así otros diez minutos. Entonces la jovencita se despertó de golpe con los nervios a punto de estallarle.

"¡Qué estoy haciendo! ¡Ya no me queda tiempo que perder!"

Corrió a la regadera tan apresurada que ni siquiera se percató en que tenía que quitarse su ropa antes de abrir la llave, por lo que sus prendas se empaparon junto con ella. Con el chorro de agua cayéndole, se las quitó como pudo, haciéndosele más complicada la labor debido a que la tela se le había impregnado a la piel por culpa del agua. Su extremadamente larga cabellera se enredó con su blusa por lo que le tomó un buen tiempo poder sacársela. Ahora sólo le quedaba tiempo suficiente para vestirse, pero prefirió no apresurarse y salir del baño hasta haberse aseado bien. Especialmente porque este día debía de estar de lo más pulcra para la reunión. Salió del baño y buscó entre los cajones de ropa. Por primera vez en su vida, trató de ponerse un sujetador — ¿Qué pensaría Price al notar que no llevaba puesto uno?—, pero no pudo. Pues sus nervios le habían traicionado al grado de entorpecer sus manos y romper el que intentó ponerse. Al final optó por no llevar ninguno y ponerse una musculosa, lo suficientemente ajustada para servir de reemplazo. Se colocó una mini falda negra (nunca en su vida tuvo la oportunidad de probarse una) pero no le gustó, pues pensó que simplemente el usar faldas no iba con ella, y se puso unos jeans azules y su tan querida vieja camisa de manga larga. Salió por la ventana y escaló, cual acróbata de circo, las paredes. Finalmente llegó a un balcón. Ahí le esperaba Price, su amigo; que con su singular sonrisa la recibió y encaminó hacia adentro de la habitación.

Disculpa la demora, Price. Pero ni el despertador puede conmigo.

Lo sabía. Espero que no estés cansada todavía.

No. Ya me siento bien. ¡En serio! ¡Estoy despierta como una joven liebre por la mañana!

Sí, se te nota —comentó con dulce voz.

"Esto es maravilloso. ¡Maravilloso!" se decía a sí mismo Rock. Sus ojos, verdes como las hojas brillaban de emoción mientras observaban, en la pantalla, a Price y a Kitty. Esperaba ansioso que la acción comenzase, recostado en la enorme y lujosa cama de la habitación continua al cuarto donde se encontraban sus espiados. El libertino había tenido la fortuna de que quedasen tres cámaras espías, con sus respectivos micrófonos, intactas. Ahora sólo debía ponerse cómodo y observar el espectáculo. Abrió de un golpe una de las latas de soda que llevaba consigo, pero, antes de poder darle un sorbo, una delgada y aterciopelada mano le arrebató la bebida. Volteó desconcertado y observó con horror quien era el intruso.

—Maldito… —Queeny le quitó también el control remoto y apagó la TV—. No tienes vergüenza.

El trigueño trató de huir pero su hermana le sujetó por la camisa y lo estrelló contra el colchón.

— ¡Me mentiste! ¡Dijiste que no ibas a espiarlos! ¡Eres un mal nacido!

Aunque en un principio Rock estaba asustado, se despabiló, se liberó, escapó del colchón y contraatacó con venenosa labia.

— ¡Dime, entonces, qué estás haciendo aquí! —Exclamó sin gritar—. ¡Tú también viniste a espiarlos!

— ¡No! ¡Yo no soy…!

Rock le taponó la boca y le ordenó con un gesto que guardara silencio. —Silenció… O nos van a oír…

— ¿Qué?

—Esta habitación está al lado de donde ellos se encuentran. Hice unos cuantos orificios para que el sonido se filtrara; por si las cámaras llegasen a tener un percance y, así, poder seguir espiándolos. Si gritas nos pueden oír.

—Hijo de tu…

—Shhht… ¡Qué no hagas ruido! —susurró enérgicamente—. Tú también estás aquí porque querías espiarlos. No ganas nada con negarlo.

—No… yo sólo quería cerciorarme de que realmente esto es lo Kitty quiere. ¿Que tal si ella se arrepiente en el último momento o justo a mitad del acto y…?

—Te entiendo. Asegurémonos entonces que esto es lo que quieren hacer realmente.

Ya no tenía caso, para ninguno de los dos, negarlo. La curiosidad les carcomía y pelear no los llevaría a nada. Todo lo que les quedaba era hacer tregua y actuar en complicidad para evitar ser descubiertos. Rock le pidió a Queeny, con un ademán de su mano, el control remoto que le había arrebatado, pero ella se lo negó.

—No vamos a verlos. Sólo nos acercaremos a oírlos y, una vez que nos hayamos asegurado que todo está bien, nos marchamos y les dejamos en paz.

—De acuerdo… —suspiró de resignación. Luego encaminó a su melliza al lugar del muro donde había elaborado los orificios filtradores de sonido. Pegaron sus oídos a los mismos para escuchar:

Tengo miedo —se escuchaba, un poco nerviosa, la suave voz de la taheña.

Yo también —le contestó la de Price.

— ¿De qué podrías tener miedo?

De lastimarte.

Ju, ju, ju… ¡No seas ridículo!

Esta también es la primera vez que lo hago. Estuve leyendo sobre como debe de hacerse… pero aún así me siento algo nervioso.

No lo parece. Sigues igual de sonriente, como siempre.

Pues lo estoy.

Los hermanos oyeron la jocosa risa de ambos. Su imaginación los estaba arrastrando a terrenos indebidos. Queeny sentía miedo de lo que estaba por pasar y Rock apretaba los dientes y los puños de impaciencia.

—No puedo creer —dijo Rock— que ese mal nacido insista en engañarla con decirle que también es virgen. Quien lo viera, tan bonachón que aparenta ser…

Queeny entrecerró los ojos de decepción. Efectivamente, ella sabía que el joven detective estaba mintiendo.

— ¿Comenzamos ya? —musitó Kitty con nerviosidad.

— ¿Para qué la prisa? Tenemos aún mucho tiempo.

Es que…

De acuerdo. Déjame poner la música.

"¿Música?", exclamaron, al unísono, los mellizos. Luego de unos instantes un melodioso Vals se escuchó.

— ¡Qué romántico! —Queeny se conmovió—. ¡Van a hacerlo al son de una bella melodía!

—A mí me parece de lo más cursi —el apuesto trigueño apartó su oreja del muro para darle un trago a su soda en lata—. Ya me estoy aburriendo…

Fue en ese momento que notó un haz de luz provenir de los orificios. Luz que se filtraba desde la habitación de al lado.

—Vaya, vaya… —dijo el moreno con aire un tanto irónico—. No sabía que tenían planeado hacerlo con las luces encendidas.

—No tiene nada de malo, Rock.

— ¡Aay! —de pronto, la pelirroja de corta edad se quejó—. ¡Me estás lastimando!

Los verdes ojos de ambos espías casi se desorbitaron.

Lo lamento. Soy muy torpe.

No, está bien. Yo también tengo la culpa por… ¡Aay!

— ¡No puedo creer que ya estén haciendo eso! ¡Aún es muy pronto! ¡Es que ese idiota no sabe que así sólo conseguirá lastimarla! —gritó Rock.

Price, ¿oíste algo?

Creo que sí.

— ¡Idiota! ¡Van a descubrirnos! —Queeny le tapó la boca al descuidado de su hermano. Durante unos momentos más, no se escuchó otro sonido más que el romántico vals.

Continuemos —pidió kitty con voz apenada.

Sí…

No pasaron ni tres segundos cuando la taheña gritó de nuevo. Esta vez con más intensidad.

— Lo… ¡Lo siento!

Unos suaves llantos entonados por la voz de la pelirroja hicieron detonar el pánico en los mellizos, quienes ya no se sentían a gusto con sólo escuchar lo que ocurría.

— ¡E-ese idiota, si sigue así, va a lastimar gravemente a la mocosa esa! —Susurró Rock a su hermana—. ¡Debemos hacer algo!

Le arrebató el control remoto a Queeny y encendió de vuelta el televisor. Queeny no le detuvo, pues también quería ver que atrocidad estaba ocurriendo para después correr de inmediato a detenerla. Ambos se quedaron totalmente atónitos cuando observaron la escena…

La cama de la alcoba había sido removida, dejando el cuarto despejado; con la luz encendida podía apreciarse, perfectamente, a la joven pareja, quien se encontraba bailando al ritmo del vals.

— ¡Aay! Price, ¡volviste a pisarme!

— ¡Lo lamento!

Como se nota que nunca antes lo habías hecho…

"¡¿QUE QUÉ…?!" Gritaron los espías sin reparar en que los espiados los escucharían. Rock lanzó, encolerizado, su control remoto contra la pantalla, rompiendo el cristal y haciéndola estallar posteriormente. La explosión fue escuchada desde el otro lado de la pared y Kitty soltó un chillido de pánico.

— ¿Qué están haciendo? —berreó la curvilínea agente al entrar al dormitorio en compañía de Rock. Ambos se veían bastante furiosos y confusos.

— Todo… ¿Todo este tiempo estuvieron bailando? ¡Esto es de lo más estúpido!

— ¿Qué están haciendo aquí? —preguntó Price con un gesto medio bobo e ingenuo. La pequeña Kitty se abrazó fuertemente a él, asustada.

— ¡Esa misma pregunta debería hacerte yo a ti! —Reclamó Queeny—. Rock me dijo que los escuchó planear el verse en este lugar. ¿Qué tenían pensado hacer en secreto?

Price y la pelirroja se miraron y, tras observar a detalle los gestos de sus compañeros, esta última comprendió en parte lo que ocurría.

—Parece que nos descubrieron —el ojinegro sonrió amistosamente—. Miren, Kitty y yo teníamos planeado aprender a bailar juntos. Le dije que sería bastante divertido sí aprendíamos los dos, al mismo tiempo, uno del otro; ya que yo tampoco sé bailar.

— Price, ¿no sabes bailar? —preguntó Queeny con incredulidad.

— ¡No! —respondió animosamente, como un niño pequeño.

—No. Eso no fue lo que yo escuché —Rock estaba descontrolado por el escepticismo—. Dijeron que querían guardar el secreto porque tenían miedo de lo que fuese a pensar la gente…

"No te preocupes. Te confieso que yo tampoco lo he hecho antes con ninguna otra chica, y a mí también me da un poco de pena. No me imagino que a estas alturas tuviese que aprender con alguna mujer de mi edad, sería muy vergonzoso. En cuanto se diese cuenta que jamás lo he hecho antes, se burlaría un poquito de mí. Tú y yo nos conocemos desde pequeños y juntos hemos aprendido muchas cosas. Creo que sería muy dulce que también aprendiéramos esto juntos. Realmente me sentiría muy gozoso. Ya que eres tan linda, cualquiera en mi lugar lo estaría."

—Precisamente porque sabíamos que tú ibas a burlarte de nosotros —Kitty despegó su rostro del pecho de Price para encarar, con su cutis totalmente enrojecido, al morocho de piel bronceada—. De Rock me lo esperaba, ¿pero de ti, Queeny? ¿Entonces fue por eso que hablaste conmigo? ¿Por qué querías asegurarte de que lo que tu estúpido hermano te había dicho era cierto?

—No, Karen. No malinterpretes las cosas —se defendió Queeny, un poco arrepentida de sus actos—. Lo hice porque Rock me había dado a entender que harían otra cosa.

— ¿Qué cosa? —preguntó el inocentón de Price.

— No, ¡nada importante!

— ¿Cómo que nada importante? —exclamó con furia el mellizo—. Price, tú le habías dicho a la mocosa esa que querías enseñarle a hacerlo y que tú… que tú…

Rock nunca se había sentido tan estúpido como se sintió aquella vez. El haber sacado conjeturas tan atrevidas, con aquellos diálogos tan imprecisos, fue un error tan grande que aquel que se dice el sucesor más activo del detective más grande de la era moderna, no debería haber cometido nunca. A Kitty no le costó nada entender que había sido lo que había malinterpretado el revoltoso detective, por lo que su mirada se tornó como la de un asesino y se fue acercando a él, tronándose los nudillos, cual peleador preparándose para herir gravemente a alguien.

—Rock… ¿Cómo pudiste difamar sobre mí, algo tan obsceno y tan… tan…?

El joven dobló las manos, volteó donde Queeny, y miró horrorizado que esta también le veía con intenciones asesinas.

—Por tu ineptitud nos hiciste pasar un mal rato a todos, Rock…

—Tranquilas, tranquilas —rogó inútilmente—. Todos podemos cometer errores en esta vida. Incluso yo. ¿Verdad, Price?

—Déjame ver si entendí —contestó un poco enrevesado con la situación—. Pensaste que lo que le había propuesto a Kitty era tener sexo. Le dijiste a Queeny, y ambos acordaron venir a espiarnos.

Ahora la pelirroja no solamente veía furibunda al trigueño, sino también a su melliza.

— ¡No! ¡Rock fue quien trató de espiarlos! ¡Hasta colocó cámaras de seguridad en la habitación!

— ¡CERDOS! —Kitty ya no pudo seguir escuchando más y se abalanzó sobre Rock. "¡Juro que esta vez sí voy a matarte! ¡Voy a matarte!" gritaba mientras repartía puñetazos, a diestra y siniestra, sobre el cuerpo del trigueño. Queeny, igual de enardecida o más, se le unió en la faena. Price trató inútilmente de separarlas.

El ruido de los gritos, insultos y golpes alertó al equipo de seguridad, quien se movilizó de inmediato al sitio. El alboroto que provocaron aquella noche fue tanto que se escuchó hasta lo más profundo de los jardines centrales del vasto edificio. En una enorme habitación, debajo de los suelos del orfanatorio, yacía un albino de apariencia engañosamente joven, sentado en el piso, apilando unos cubos de plástico en una especie de torre a escala. El silencio del sitio le permitió apreciar, desde lo lejos, algunos de los gritos provocados por la partida de jóvenes que se suponían estaban destinados a cargar, algún día, con su empresa. Una vibración, provocada aparentemente por un fortísimo golpe, hizo que uno de los cubos de la torre se tambaleara, amenazando con caer de su sitio y provocar el derribo de toda la construcción. Afortunadamente no fue así y el albino sólo tuvo que reacomodar el objeto.

"Estos jóvenes de hoy… Sí que viven la vida de un modo intenso" susurró sin dejar de ocuparse en su pasatiempo.

CONTINUARÁ…

NOTAS FINALES: Espero que este capítulo especial (que por ser tan especial no tiene nada que ver con Death Note, ja, ja) les haya gustado un poco. Esta pequeña historia auto conclusiva, al igual que la del "tomo" uno, tiene por objeto explayar en los personajes: su carácter, sus sentimientos y su manera de relacionarse con los demás personajes. Esto previendo que en la historia no se dará el tiempo suficiente para hablar del desarrollo de los protagonistas una vez iniciada la trama que no dejará conocer la vida de ellos en tiempos de paz. Si me preguntan porqué, les respondería que se trata de un intento desesperado por mi parte para hacer que se encariñen con mis OCs (risas). En el primer especial pudimos darnos una idea de cómo era la amistad entre Karen y Sato; hoy pudimos ver más sobre el cariño que se tienen Price y la relación agridulce entre Queeny y Rock. Es probable que a partir de aquí los siguientes capítulos especiales tengan que ser flash backs donde se explicarán algunas situaciones más de la historia como el incendio de la casa Wammy de winchester y la concepción de Sato (risas), así como otros misterios que se irán dando. Es por eso que es sobremanera importante que me dejen sus críticas, las cuales me ayudan a darme una idea de que tan bien le estoy dando congruencia a la historia y si hay detalles por mejorar. Gracias por leer LHMLLN y nos estaremos leyendo.
Por cierto, ya he iniciado la reedición de los capítulos anteriores y también tengo pensado abrir un blog dedicado únicamente al fic una vez avanzado el proceso de reedición.

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