Capítulo 0.
—Pero papá —balbuceaba con un aire de desilusión la
pequeña Chitoge; quien contemplaba, a través de la ventanilla de la limusina, las
concurridas y pintorescas calles de la ciudad de Palermo—, ¡te dije que no
quería ir!
—Lo siento, Chitoge —le contestó su padre, quien
parecía estar más interesado en asegurarse que su corbata estuviera acomodada
correctamente—, pero ya que venimos hasta acá de improviso, no pude conseguir a
alguien de confianza que cuidara de ti. Además, ¡anímate, que es una fiesta!
Estoy seguro que te divertirás.
—Eso no es cierto… —hizo un puchero que ella misma
podía ver reflejado en el cristal de la ventanilla.
A sus doce años, Chitoge odiaba mucho el tener que
asistir a ese tipo de reuniones. A su criterio, ni siquiera se les debería llamar
fiestas a tales eventos tan aburridos, a los que de vez en cuando era
arrastrada por sus padres. La música clásica estaba bien, le agradaba, pero no era
lo acorde para lo que se supone que es una fiesta; la gente, que siempre
asistía de traje o con pomposos y hasta ridículos vestidos, tampoco le parecía
de lo más divertida y amena como para pasar un buen rato. "Preferiría haberme
quedado en el hotel y ver una película" pensaba mientras miraba las resplandecientes
edificaciones de aquella bella ciudad, de la que ni siquiera había tenido tiempo
de recorrer y apreciar como es debido.
—Yo sé que me voy a aburrir un montón. Papá, ¿por qué
tenemos que ir?
—Pues verás… —Adelt se puso un poco nervioso, o más
bien asustado—, la persona que organiza el evento es un contacto muy importante
tanto para tu madre como para mí, y ya que ella está demasiado ocupada para
asistir, me dijo que dónde se me ocurriera faltar algo muy malo iba a pasarme…
Un aura negra de mala fortuna se formó alrededor de él.
Chitoge miró con pena a su padre "Ya veo. Pobre papá."
—Papá —Chitoge se cruzó de brazos e hizo un puchero aún
más exagerado—, supongo que a esa fiesta de cumpleaños la mayoría de los que
irán son de Italia, ¿no?
—Habrá varios como nosotros que vienen de otros países,
pero sí, la gran mayoría seguramente son italianos.
—Entonces, ¿cómo se supone que me voy a divertir si ni
siquiera sé hablar italiano? No voy a poder chalar con ninguno de ellos…
—Dime, Chitoge, ¿te gustaría que luego contratara un
profesor privado para que te enseñe a hablar italiano?
—No, gracias —susurró. "Para entonces ya será muy
tarde" se lamentó en sus adentros.
La limusina se trasladó hasta llegar a la colina de Baida, ubicada en los suburbios de la
zona oeste de aquella gran urbe, en contraposición al puerto que yacía en el lado
este. De ahí, el vehículo tomó rumbo por una carretera hacia el suroeste, adentrándose
en las afueras de la ciudad, hasta por fin llegar a la residencia donde se efectuaba
aquella gran fiesta.
La mansión era enorme. Tenía a sus espaldas las
montañas y por el frente una preciosa vista panorámica de toda la ciudad, gracias
a la favorecida latitud de la colina en la que estaba erigida. "¿Es una
mansión, un palacio, o un castillo?" Se preguntó Chitoge al verla,
confundida por esa fachada tan del estilo barroco, las resaltantes torres de
las esquinas, que se alzaban casi el doble de alto que el resto del complejo, y
los amplios balcones ubicados en la parte más alta de éstos. Tanto ella como su
padre fueron bien recibidos por los porteros.
Por dentro, todo el lugar estaba iluminado por
candelabros artificiales que le daban una gama muy cálida y elegante a cada una
de las habitaciones y a los pasillos. Era en el salón central, el más grande de
todo el complejo, donde se estaba llevando a cabo la celebración. Ahí, una gran
cantidad de personas se arremolinaban, conversando unas con otras, produciendo
un molesto bullicio que, de tan sólo oírlo, la pequeña Chitoge frunció el entrecejo.
Había también una banda sinfónica tocando música instrumental en vivo a un
costado del salón. La bella entonación de los violines, el piano, las flautas,
los violonchelos y demás instrumentos llenaban el ambiente de una solemnidad y
elegancia sin par.
"Lo sabía, todos están hablando en italiano"
pensó la rubia, llena de pesadez. Para hacer aún más fastidiosa la situación,
no había visto a un solo niño de su edad en todo el recinto, tal y como se lo
había temido. Y es que todas las fiestas a las que sus padres la llevaban
ataviada con ropa así de formal, eran exactamente iguales: un montón de adultos
y viejos aburridos cotilleando entre ellos. No pasó mucho tiempo para que su
padre terminara enfrascándose en una conversación con varios de éstos, al punto
de descuidarla, detalle que la enfureció.
—Papá, iré por algo para beber.
—De acuerdo, no te tardes.
Se hizo paso entre toda la muchedumbre. Muchos de
ellos, al verla, comenzaban a cuchichear en el idioma que tanto le frustraba a
Chitoge no poder entender:
"Oye, ya viste a
esa niña. Es bellísima."
"¿De dónde
es?"
"Me parece que es
la hija de Kirisaki."
—Oye, jovencita —una señora de mediana edad se acercó a
ella—. ¡Qué mona eres! ¿Dónde están tus padres?
Pero, para desgracia de ambas, Chitoge no podía
entender el italiano en lo absoluto. "Perdón, pero no se hablar en ese
idioma" le contestó en inglés con mucha pena.
—Vaya, no sabes hablar italiano. —Suspiró un poco
decepcionada aquella mujer. Chitoge le hizo una leve reverencia a modo de
disculpa y se alejó.
"Por eso le dije a papá que no quería venir…"
refunfuñó en sus pensamientos.
Finalmente llegó a la barra de aperitivos y se acercó
donde el ponche. Mientras se servía un poco, divisó a lo lejos una figura que
llamó mucho su atención.
Era una jovencita, de cabello muy rojo que le llegaba
hasta los hombros y cuyo fleco casi le tapaba los ojos, de tez muy pálida,
rostro largo y facciones muy pequeñas, exquisitas, a excepción de las cuencas
de los ojos y sus pestañas, que eran enormes. No parecía ser de nacionalidad
italiana como el resto de caras que Chitoge había visto desde que se bajó del
avión. Yacía respaldada en la pared adyacente a la puerta del salón, apartada
de la muchedumbre, cruzada de brazos, con los ojos cerrados y una expresión un
tanto irritada e impaciente, aunque conservando un porte estoico. En vez de
llevar vestido de gala como todas las demás, iba con un traje y corbata negros
que la hacían parecer como recién salida de un funeral. Daba la impresión de
que ella no quería estar en aquel recinto pero permanecía en él por mero
compromiso, al igual que ella. Por su apariencia, Chitoge podía decir con toda seguridad
que debía tratarse de la persona más joven que había en el salón, sin contarse
a ella misma. Con la esperanza de que aquella chica, quizá, estuviera pasando
por su misma situación de aislamiento, se acercó a saludarla:
—¡Hola! ¿Sabes hablar en inglés? —Le lanzó una sonrisa.
La pelirroja abrió los ojos y le miró sin inmutar su
frío gesto.
—Lasciami in pace, cagna.
—¿Eh? ¿Qué dijiste…?
Le dio la espalda a la rubia y se retiró fuera del
salón.
"Maldición, ella tampoco sabe hablar inglés"
pensó Chitoge con desilusión. Unos chuscos ríos de lágrimas brotaron de sus
ojos de manera exagerada.
Resignada a su suerte, Chitoge intentó buscar a su
padre para, al menos, estar con él en lo que finalizaba su martirio. Se hizo
paso entre todos los presentes, quienes no paraban de cotillear y reírse ante
posibles chistes e ironías que se contaban unos a otros.
Adelt ya no se encontraba en el sitio dónde ella recordaba
haberse separado de él, por lo que Chitoge decidió buscarle, deambulando entre
el enorme salón. De repente, divisó una mesa donde al menos unos cinco o seis
jovencitos, cuyas edades calculó que oscilaban entre los diez y los quince
años, estaban sentados, celebrando y platicando alegremente. ¡Por fin había
encontrado chicos de su edad con los cuales convivir! Se acercó muy ilusionada
para saludarles pero, para su desgracia, ninguno de ellos podía entender sus
palabras. Todos eran italianos y sus edades muy cortas como para exigirles que
hablasen con soltura un segundo idioma. A pesar del enorme impedimento que
significaba no hablar la misma lengua, Chitoge hizo el esfuerzo por
incorporarse al grupo, tratando de comunicarse con gestos. Pero al cabo de unos
momentos la situación se tornó demasiado incómoda. Sentía como si ellos se
estuviesen burlando de ella aprovechándose de que no podía entenderles.
"Y esa rubia tan boba ¿de dónde salió?" dijo
una de las dos chicas del grupo a sabiendas que ella no podía comprender sus
palabras. El resto del grupo se rió y fue ahí donde ya no le fue necesario hablar
el mismo idioma para leer tan hostil ambiente, por lo que Chitoge se dio la
media vuelta y se retiró.
Tal experiencia la había dejado verdaderamente molesta,
furiosa. Quería llorar de la rabia pero se aguantó con todas sus fuerzas; no
les daría esa satisfacción a esos imbéciles. Caminó cuan lejos pudo de aquel
rincón, hasta terminar en el otro extremo del recinto, donde había, en la parte
central, un extenso balcón exterior, que se expandía hacia todo lo largo del
salón. Éste estaba conectado al salón a
través de una gran cantidad de enormes puerta ventanas de madera y cristal, y
que asomaba hacia el basto jardín trasero de la residencia. Desde dentro del
recinto, se percató que había dos personas afuera conversando. Era ni más ni
menos que aquella misma chica de cabello rojo que había conocido hacía unos
momentos, junto a otro joven de su misma edad que iba ataviado con un smoking
blanco. Ver de nuevo a esa antipática e insoportable jovencita no le causó ni
la menor de las gracias. "Otra vez esa…" Una vena se le marcó en la
cien y apretó los dientes. De repente, vio a dicha joven hacerle una reverencia
a su interlocutor para luego disponerse a entrar al salón. Chitoge pensó en
escabullirse de ahí, pasar desapercibida, pero era demasiado tarde; por lo que
permaneció ahí, parada, tratando de fingir indiferencia. Aquella pelirroja pasó
justo a un costado suyo. Chitoge pudo sentir como su fría mirada se clavaba en
ella por unos instantes, detalle que la hizo enrabietarse aún más. "Si no
estuviéramos en una fiesta formal, ajustaría cuentas con esa insufrible…"
pensó.
Cuando Chitoge volvió a poner atención a su alrededor,
cayó en cuenta que aquel otro muchacho, desde el exterior, se le había quedado
viendo con atención. Sus miradas se cruzaron desde la lejanía, a través de una
de las tantas puerta ventanas que conectaban el salón con los balcones.
Entonces el joven comenzó a caminar de vuelta al recinto.
"¡Oh, no! Viene para acá." Recordando la
terrible experiencia con los otros niños, Chitoge pensó que lo mejor sería
alejarse y no entablar contacto con aquel otro chico, pues temía que el
resultado habría de ser el mismo. Se dio la media vuelta y empezó a alejarse,
pero a los apenas cuatro o cinco pasos, sintió su muñeca siendo sujetada por
una mano.
Giró la cabeza para corroborarlo: era aquel mismo
jovencito el que la estaba deteniendo.
—Suéltame, por favor —le rogó—. Aunque quisieras no me
vas a poder entender…
—Espera, tú solo sabes hablar en inglés, ¿verdad?
Chitoge se sorprendió.
—¿Sabes hablar inglés?
—Sí —contestó el adolescente luego de soltarle—. Desde
pequeño he estudiado varias leguas. Actualmente domino el español y el inglés
aparte de mi legua natal, y estoy estudiando otros cinco idiomas más: Francés,
Portugués, alemán, eslovaco y sueco. Aunque me llevará un tiempo dominarlos.
Chitoge se quedó impresionada y, a la vez, muy
contenta. ¡Tan joven y ese chico ya dominaba tantas lenguas!
—Vaya, ¡debes ser muy inteligente! —Exclamó con
entusiasmo—. Yo sólo se hablar en inglés y japonés básico.
—¿Japonés? Ese idioma... me dijeron que ese idioma es
uno de los más complicados de todo el mundo. Tú sí que debes ser inteligente.
Chitoge rió. El alabo le había gustado bastante
viniendo de alguien como él.
—Y dime —continuó el chaval de castaños cabellos—, ¿se
puede saber que haces tan sola en la fiesta?
La rubia se encogió de hombros.
—Nada. Desde que llegué no me la he pasado muy bien que
digamos. Perdí de vista a mi padre y me puse a buscarlo. Sólo unos cuantos
adultos saben hablar inglés pero todos ellos sólo se la pasan hablando en
italiano con los demás. No tengo a nadie con quién pasarla debido a eso. ¡Esta
fiesta es tan aburrida!
—Ya veo. Pues yo también comenzaba a sentirme igual;
por eso salí al balcón a tomar un poco de aire fresco. Esta fiesta, como dices,
es horrible —un toque de tristeza se dibujó en su rostro al momento de decir
aquella última línea.
—Vaya que lo es.
—Por cierto, no me he presentado. Mi nombre es
Maximiliano Benedetti. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—¿Yo? Mi nombre es Chitoge, Chitoge Kirisaki —contestó
a la par que tendía su mano para saludarlo formalmente—. Mucho gusto.
—El placer es mío. —Tomó su mano y la acercó a él tanto
como pudo para después inclinarse y besar con formalidad su dorso.
Chitoge, quién solo se había esperado un simple apretón
de manos, se quedó extrañadísima y los colores se le subieron al rostro.
Maximiliano, al notarlo, esbozó una pequeña sonrisa.
—Por cierto: ¿Tú y Karen ya se conocieron?
—¿Karen?
—Sí. La persona que estaba conmigo hace unos instantes.
Por la forma en que se miraron la una a la otra pensé que ya se habían conocido.
—Oh, no —cuchicheó—. Me la topé unos momentos atrás, y
quise saludarla, pero como no sé hablar italiano, no pude platicar con ella…
—¿De qué hablas? Karen también puede hablar inglés con
soltura.
—¿Cómo? —Exclamó Chitoge, quien por dentro estaba a
punto de estallar de cólera. "Esa perra… ¡Me tomó el pelo!"
—Te pido disculpas por ella si por alguna razón te
llegaste a sentir amedrentada por su actitud. A ella no le gusta tener que
relacionarse con personas a las que no conoce bien, pero ella es, a pesar de lo
que pueda parecer, una buena persona.
—¿Estás seguro? —Chitoge arqueó una ceja.
—Sí. Lo sé porque ella ha estado a mi lado desde hace
ya mucho tiempo.
La rubia no entendió muy bien a qué se había referido
aquel muchacho con semejante sentencia.
—Por cierto —continuó el jovencito de cabello castaño—,
¿quieres que te ayude a buscar a tu padre?
—No, no es necesario.
—Por favor, déjame ayudarte. En tu condición no puedes
preguntarles a los demás si lo han visto.
Chitoge se sintió un poco conmovida. Él debía de ser la
primera persona que conocía en todo el lugar, no, en el país entero que se
portaba tan amable con ella. Asintió con la cabeza. Ambos caminaron rumbo al
centro del salón.
—Por cierto, ¿cómo es tu padre? —Le preguntó a la
jovencita. Ella pasó a describírselo—. Ya veo. ¿Y a qué se dedica?
Chitoge bajó la mirada y se puso nerviosa. —Preferiría
no tener que hablar de eso —respondió.
—Está bien. Si él fue invitado por mi abuelo, puedo
hacerme a una idea…
—¿A qué te refieres?
—Nada. Olvídalo.
—¿Y tú? ¿Viniste aquí también por tus padres?
—No. —Suspiró—. Mi madre murió cuando era un bebé. Y mi
padre también falleció hace un par de años.
Chitoge sintió pena al escucharle. Ladeó la cabeza y
miró hacia el piso. Maximiliano pudo notarlo y se irritó. A él no le gustaba
que los demás sintiesen compasión o lástima por él.
—Entonces, ¿con quién viniste hasta acá? —Preguntó la
rubia con curiosidad.
—Con nadie. Yo vivo aquí.
—¿Qué? ¿En serio? —Chitoge se asombró.
Mientras andaban por los alrededores del recinto algunos
de los presentes comenzaron a fijarse en ellos.
“¿De dónde salió esa niña que acompaña al nieto de
Maurizio?” le preguntó una mujer a su esposo. Ambos les observaban desde su
mesa. “Me parece que es la hija de los Kirisaki” le contestó. “Vaya, vaya… ¿Quién
lo diría…?”
—Oye —continuó la pequeña Chitoge—, por cierto, Maximi…
Maxilimi… Maximirialo… ¡Ay! ¿Cómo era?
Maximiliano rió con discreción, tapando con cuidado su
boca con la mano, al ver la expresión de frustración y vergüenza en la
encantadora niña.
—Es un nombre muy ridículo y largo, ¿no es así?
—¡No, para nada! Es sólo que no estoy acostumbrada a
pronunciar palabras de ese tipo.
—Si así lo prefieres, puedes llamarme solamente 'Max'.
Eso suena más 'inglés', ¿A que sí?
—B-bueno… Entonces… Max, ¿Con quién vives entonces?
—Con mi abuelo. Él es el dueño de esta mansión.
—¿Tu abuelito?
"Ya veo. Entonces es su abuelito el que cumple
años" concluyó Chitoge.
—Sí. De hecho, prácticamente todos los invitados son o parientes
o conocidos suyos. Tu padre no debe ser la excepción. Por ejemplo —señaló a la
barra de aperitivos—, ¿ves a esos que están conversando allá?
Chitoge observó a aquellos tres hombres maduros con
copa en mano. Uno de ellos llevaba un habano y el del centro no dejaba de
parlotear mientras el tercero parecía estar hastiado de tener que escucharlo
pero igual pretendía reírse de sus chistes.
—Ellos son mis tíos —acotó el castaño—. Los hermanos
menores de mi difunto padre.
—Se parecen un montón —exclamó extrañada la joven
Chitoge.
—Es porque son trillizos.
"ooooohhhh!" exclamó maravillada la joven
rubia. Era la primera vez que veía unos trillizos de verdad en persona.
—Chitoge —el jovencito miró con seriedad a su
acompañante—. ¿Vienes conmigo afuera?
—¿Qué? ¿Pero por qué?
—Porque ya me fastidié de este salón. No soporto estar
rodeado de toda esta gente.
Chitoge guardó silencio; no podía entender tal actitud
tan huraña en su acompañante pues, hasta ese momento, no le había parecido que
aquel niño fuese del tipo de gente que detestase estar rodeado de los demás; al
menos esa no fue la primera impresión que le había dado con su amabilidad hacia
ella, que no era más que una extraña para él.
—Ya buscaremos a tu padre. ¿Vienes o no?
—Pues…
No es como si Chitoge tuviese más ganas que él de
permanecer en el salón, pues hasta hace unos momentos ella tampoco veía la hora
de que todo ese martirio terminara. Así que, a final de cuentas, accedió
asintiendo con la cabeza.
Cuando salieron del recinto, Chitoge notó que por fuera
de éste se encontraba aquella desagradable pelirroja de mirada fría, recargada
en la pared y cruzada de brazos, con su misma cara inexpresiva que tanto le
había comenzado a crispar. Intentó no prestarle atención, pero cuando ella y su
acompañante le llevaban de unos nueve a diez metros de distancia, volteó por
mera curiosidad hacia atrás y notó que ella había comenzado a seguirlos.
—¿Por qué nos persigue? ¿Nos está acosando o qué? —Le
preguntó a Max, con enojo y preocupación, luego de comprobar que ella no había
dejado de estar trás de ellos, sin importar cuanto habían caminado por los
corredores de la residencia.
—No te asustes, ese es su trabajo.
—¿Qué?
—Ella ha estado conmigo desde que era pequeño. Tiene la
obligación de seguirme a todas partes y no perderme de vista. Incluso si no
puede entrar en la misma habitación que yo, me espera por fuera. En casos como
estos ella me acompañaría de cerca pero quizá pensó que al venir contigo sería
mejor observarme desde lejos para darnos un poco de privacidad.
"¿Privacidad? ¡A eso no se le puede llamar privacidad!"
Para Chitoge esto era la cosa más rara y sin sentido alguno que había oído. Lo
peor de todo era que, aún de espaldas, podía sentir como aquella extraña
muchacha clavaba sus fríos y punzantes ojos verdes en ella.
Luego de haber bajado por varias escaleras y recorrido un
sinnúmero de pasillos que a la pequeña rubia le parecieron laberínticos, por
fin llegaron al jardín trasero de la mansión. A Chitoge le brillaron los ojos
de la impresión. Era tan enorme, como ninguno que hubiese visto antes —y eso que
el de su hogar no era para nada despreciable—. Más enorme que la mansión misma,
quizás una hectárea o dos de terreno. Había cuatro laberintos de arbustos en
cada esquina y una enorme fuente con la estatua de un querubín de mármol en el
centro. El par de jovencitos caminaron por el extenso paraje mientras Karen se
quedó parada cerca de la entrada al edificio, vigilándoles desde la lejanía.
Max comenzó a contarle a la rubia detalles sobre quienes eran algunos de los
invitados más distinguidos del evento, y Chitoge le relataba su pasada
experiencia con el grupo de niños con los que se había topado. Él le platicó
que ya les conocía, igual que a sus padres; le reveló sus nombres y le confesó
que tampoco se llevaba muy bien con ellos. Le contó algunos secretos vergonzosos
sobre ellos para que pudiera utilizarlos en su contra en una ocasión futura. Ambos
rieron. Se sentaron en un banco cerca de la fuente central; el sonido del
borboteo del agua fluyendo era tan relajante que la misma Chitoge cerró los
ojos, agudizó su sentido del oído y se deleitó con la melodía de las gotas
estrellándose en el agua. La mayor parte de la iluminación no venía de las
estacas con lámpara incrustadas en el césped sino de la luna y las estrellas
del completamente despejado cielo. Cuando Chitoge tomó total consciencia de
toda la belleza que le rodeaba, reconoció que aquel jovencito no se había
equivocado en su decisión de alejarse del bullicio. El tiempo se les fue
conversando toda clase de cosas. Chitoge reía, se asombraba y relataba con entusiasmo
sus propias experiencias. Sin darse cuenta, la profecía de su padre de que se
divertiría en aquel evento se había vuelto realidad. Una hora o más fue lo que
quizás duraron en aquel hipnótico trance, pero ¿a quién de los dos le importaba
el tiempo? A ninguno.
—Tu abuelo debe ser alguien muy importante —sentenció
la joven Chitoge, ya entrada en suficiente confianza—. Digo, para que tantas
personas hayan asistido a su fiesta de cumpleaños y viva en una mansión así de
grande y bonita.
—En efecto —acotó el castaño—, él es un hombre muy
influyente y poderoso. Pero ésta no es su fiesta de cumpleaños.
—¿De verdad? Es que como me dijiste que prácticamente
todos los invitados eran conocidos suyos… ¿Pero entonces de quién es la fiesta?
—Mía.
A Chitoge se le cayó la mandíbula y sus ojos casi se le
salieron de las cuencas.
—C-¿cómo? ¿Tú eres el que cumple años?
—Sí, hoy cumplo catorce.
—¿Y por qué no me dijiste? ¿Y por qué te saliste si
esta era tu fiesta?
—Porque no quería que fueras condescendiente conmigo sólo
por algo tan trivial. Y sobre lo segundo: ya te lo dije, no soporto estar
rodeado de esas personas. A ellos en realidad yo no les caigo bien. Sólo
vinieron porque querían quedar bien con mi abuelo. En el fondo sé que muchos de
ellos me detestan.
—¿Por qué? —Preguntó Chitoge, un poco apenada por él—.
No lo entiendo.
—Es una historia un poco complicada… Pero, en resumidas
cuentas, es porque soy el heredero de mi abuelo y hay mucha gente que no está
de acuerdo con esto.
Chitoge, al ver la expresión que acababa de hacer su
nuevo amigo, bajó la mirada.
Hubo unos segundos de total silencio entre los dos.
—Chitoge —le dijo Maximiliano poniéndose de pie y
caminando unos pasos hacia la fuente.
—¿Sí?
—Cuando sea mayor —la miró directamente a los ojos—,
voy a estar a cargo de una gran empresa y seré muy importante. Será una
responsabilidad muy enorme y es por eso que tengo que prepararme lo mejor que
pueda. Estoy casi completamente convencido de que no voy a poder hacerlo yo
solo. Voy a necesitar que alguien me ayude. Oye, sabes, eres una persona muy
inteligente. Tú podrías ayudarme a lograrlo.
—¿Yo? —Se señaló a si misma con incredulidad.
—Sí. Si te casas conmigo tú pasarías a ser también la
dueña de todo esto y me tendrías que ayudar a dirigirlo. ¿Qué dices? ¿Te quieres
casar conmigo?
—¡Qué disparates estás diciendo!
Chitoge ahora sí que se había molestado. Sus mejillas
se pusieron rojas como el interior de una sandía, y ganas de abofetear a su
interlocutor no le faltaron.
—Hablo muy en serio.
—¿Cómo?
—Ya te lo dije, me he estado preparando todo este
tiempo para asumir el mando de mi familia y dar la talla. Y una de mis mayores
preocupaciones es tener a una buena esposa que esté a mi altura y me ayude. Tú
pareces cumplir con los requisitos porque eres inteligente, muy inteligente,
como yo.
La atmósfera se enrareció. A la rubia de ojos azules
jamás se le había pasado en la cabeza que su primera propuesta de matrimonio en
la vida sería a esa edad, y mucho menos de la mano de alguien que acababa de
conocer. Aunque, ¿realmente habría por qué tomarse en serio todo esto? Era
absurdo por dónde se le intentase ver. No obstante no había ni un solo indicio
en la actitud de aquel jovencito del que se pudiese aferrar para tomar esto
como un juego, un chiste o una tontería. Él iba muy en serio y se le veía en la
mirada. Chitoge se amedrentó y rápidamente buscó una excusa para zafarse de tan
tremendo aprieto.
—Pero es que tú no puedes pedirle eso así nada más a
alguien —contestó algo nerviosa, desviando la mirada y trabándose en algunas
partes—. Nosotros sólo somos unos niños aún. Y por lo visto deben faltarte aún
muchos años para poder heredar todo esto, porque primero debes ser un adulto.
Max estaba sorprendido. Él, que solamente esperaba un
rotundo no por respuesta, pensó que
el que aquella jovencilla se hubiese tratado de justificar con tales argumentos
podía ser interpretado como una buena señal; que ella, sin darse cuenta, había
cedido uno o dos pasos ante él. Por lo que decidió aprovechar esta oportunidad:
—Entonces… una vez que me haya convertido en adulto,
¿puedo volver a preguntarte si quieres ser mi esposa?
Chitoge tragó saliva. Su rostro se puso aún más rojo
que al inicio y fue incapaz de seguir mirando de frente al joven cumpleañero.
—Bueno, si en ese entonces no has conseguido un mejor
partido que yo… y si por alguna razón yo tampoco me he casado, supongo que nada
te puede impedir que vuelvas a preguntármelo. Pero eso no garantiza para nada
que mi respuesta vaya a cambiar —contestó Chitoge, creyendo que seguir el juego
era la mejor manera de terminarlo y sepultarlo de una buena vez.
—Por mí está bien. Cuando llegue ese momento haré lo
que tenga que hacer para que me aceptes.
Continuaron conversando por unos instantes más junto a
aquella fuente. En todo momento fueron vigilados desde la lejanía por aquella
jovencita pelirroja de semblante estoico, cuyo gesto delataba su frustración de
no poder escuchar ni un ápice de su conversación.
Pero ella ya no era la única que les observaba en esos
momentos, pues en el balcón del salón principal había dos hombres, quienes hace
unos minutos habían salido del salón a tomar un poco de aire fresco,
conversando a la par que los veían atentos.
—Parece ser que ya se llevan bien —le comentó Adelt al
anciano que le acompañaba, de esa forma tan relajada que tanto le caracterizaba
de otros de su mismo oficio.
—Je, no sería mala idea tomarles una foto, ¿no lo
crees? Por cierto, ¿No crees que tu hija se parece mucho a Hana?
—Sí. Es igual de hermosa que ella.
—Es una pena que tu esposa no haya podido asistir.
—Ya sabes como es ella. Siempre ocupada.
Cuando Max y Chitoge entraron en consciencia de cuánto
tiempo ya había transcurrido, se apresuraron a volver al salón a reanudar su
búsqueda del padre de la rubia. Cuando lo encontraron, se llevaron la grata sorpresa
de que éste se encontraba conversando alegremente junto al abuelo de
Maximiliano, cual viejos camaradas, sentados junto a una mesa y con una botella
de vino que ya llevaba más de la mitad consumida.
Adelt, al apreciar lo tan amigos que se habían vuelto
los dos jovenzuelos, les ofreció tomarles una foto como recuerdo de aquel día,
a lo que ellos accedieron con mucho gusto. Adelt preparó la cámara mientras el
anciano se posicionaba para acompañar a los niños. Cuando su padre dio la
señal, Chitoge sonrió; en cambio, Maximiliano permaneció con su mismo semblante
melancólico. Cada familia guardó una copia de la fotografía como recuerdo.