Justicia
Desde que tengo uso de memoria, yo siempre he vivido una vida recta.
Mi
madre me enseñó como a cualquier otro niño que en la vida hay cosas
malas y cosas buenas. Cosas que están bien y cosas que están mal. Que
las personas buenas tienden a respetar a las demás, a ayudarlas y a
protegerlas; mientras que las personas malas solo se interesan en sí
mismos, destruyen y no piensan en las consecuencias que perjudicaran a
los otros e incluso llegan a sentir placer en el sufrimiento ajeno. Y me
dijo, que si todas las personas del mundo fuéramos buenas, el mundo
sería un lugar mejor. Que lo ideal sería que todos pudiéramos aprender
que es bueno y que es malo, para así evitar hacer lo que es malo y
siempre hacer lo correcto. De hecho, diferenciar lo bueno de lo malo no
es difícil. Y es por eso que yo también, podía ser una persona de bien.
Le
pregunté entonces, porqué había personas malas si lo mejor para todos
sería que todos fuéramos buenos. Ella me dijo que ser una persona de
bien no es fácil, pues a veces se requiere de sacrificios e
incomodidades para poder hacer lo que es correcto algunas veces.
Desde
pequeño, me hice a la idea de que siempre sería una persona de bien, y
que alentaría a los que estuvieran a mi alrededor a que ellos también
quisieran ser buenos. No obstante, siempre noté que la mayoría de los
niños de mi edad, preferían ser malos. Les gustaba abusar de aquellos
que eran más débiles que ellos, y encontraban placer en ello. Darme
cuenta de eso me hacía perder las esperanzas y creer que tal vez el ser
una persona de bien no bastaría para cambiar tu entorno. Nuevamente, le
pregunté desconsolado a mi madre si las personas malas siempre serían
más que las buenas. Y llorando le expresé mi tristeza por ello. Ella me
contestó:
"No llores… si bien es cierto que hay muchas personas
malas, eso no significa que las personas buenas tengan siempre que
sufrir por su culpa. Pues tarde o temprano, todas las personas que le
hagan daño a los demás serán castigados, y así, dejarán de lastimar a
los demás. A eso se le llama, Justicia."
Justicia… mi madre me
dijo que el proteger a las personas inocentes y castigar a las personas
que deliberadamente hicieron algo malo, es hacer justicia. Y que así
como hay muchas personas que hacen cosas malas, entre las personas de
bien también están aquellas que se dedican a proteger a los débiles y a
hacer que las personas malas reciban su castigo. Que las personas que se
dedican a ello se les conocen, como justicieros.
Un justiciero. A
mi corta edad quedé fascinado con la explicación simple y agraciada de
lo que es un justiciero. Tanto, que desde ese entonces, me propuse no
solo ser una persona de bien. Mi propósito de ahora en adelante también
sería proteger a las personas buenas de las atrocidades de la gente
egoísta y perversa, para que así ellos puedan sentirse libres de ejercer
una vida recta sin el temor de ser atormentados por los inicuos.
Pero
esos deseos y fervores no eran más que buenos y sinceros pensamientos
que tuve en los días de mi infancia. Porque hasta donde yo recuerdo, yo
siempre me tuve que esforzar enormemente para hacer lo que estaba
correcto. No solo me esforcé por ser el mejor de mi clase, sino que
además, siempre me preocupaba por guiar a mis compañeros por el camino
recto. Haciendo conciencia en ellos, predicándoles con el ejemplo,
mostrándoles lo importante que era que todos viviéramos en armonía y
respetando los intereses del prójimo. Ayudarnos los unos a los otros.
Tristemente, a la mayoría de mis compañeros de clase no parecía
importarles todo eso. Simplemente parecía que solo eran niños egoístas
que únicamente les interesaba su beneficio propio. Y que además hallaban
placer en atormentar a los que a diferencia de ellos, respetaban a sus
demás compañeros y trataban de ser buenos. Yo no soportaba ver tales
actos de maldad. Que el justo sufriera a merced del inicuo era sumamente
desalmado. Era por eso que jamás me quedaba de brazos cruzados ante la
maldad de los abusivos. Aún cuando el número de niños abusivos me
superaban por mucho, yo los enfrentaba. Ver que la mayoría del salón
permitía que los abusivos agredieran a un prójimo, ya fuera por temor o
simple indiferencia, me causaba algo de decepción. Aún así, yo nunca me
rendía y defendía a cualquier compañero de mi clase. Si yo no lo hacía,
tal vez nadie más lo haría. A final de cuentas, parecía que la maldad
por lo regular terminaba por vencer al bien, y los abusivos terminaban
por herir a sus victimas sin importar mis esfuerzos para evitarlo. No
obstante, mis esfuerzos no eran en vano. Aún cuando no conseguía
proteger a mi compañero, él podía apreciar de corazón aquel noble gesto,
y con un fraternal "gracias" suyo, sentía como mis esfuerzos no habían
caído en saco roto, pues le había demostrado que aún existen personas en
este mundo que están dispuestas a luchar contra el mal y defender al
débil.
Me dediqué de todo corazón a dar justicia, protegiendo al
débil y luchando para que el ruin obtuviera su castigo. Sabía
perfectamente las consecuencias que esto traería. Que aquellas personas
que se dedicaban a abusar de los otros voltearían hacia mí y me verían
como su enemigo. Que todos ellos me verían como una amenaza y tratarían
de doblegarme. Pero no estaba solo. Mi madre me dijo que aquellos que
luchan de corazón por defender al débil y prevalecer la justicia, serían
reconocidos y apoyados por las personas de bien y por Dios mismo. Y
así, teniendo a la justicia y a Dios de mi parte, logré encabezar en
varias ocasiones a mis compañeros, para así confrontar a aquellos
malhechores que gustaban de aprovecharse de los que eran más débiles.
Como había estipulado, el número de enemigos fue creciendo, y cada vez
ellos me veían más como una amenaza. Su odio hacia mí los llevaba a
tratar de hacerme claudicar de mi ideal, pero por más que ellos se
arremolinaban en contra mía. Yo seguía firme en mis convicciones. Yo
permanecería firme y seguiría ayudando a las personas de bien.
Pero
ese tan solo fue mi pequeño mundo de niño. En realidad, no comencé a
ejerce realmente el rol de un defensor de la justicia hasta después de
haber entrado en la secundaria. Allí tomé el papel de monitor
estudiantil y me dediqué a reportar y prevenir los abusos y crímenes con
más seriedad. El número de personas que se ponían en mi contra se fue
incrementando. Pero lejos de intimidarme, yo tenía la esperanza de que
algún modo mis esfuerzos siempre seguirían marcando una diferencia a
favor de la justicia. De alguna manera, podía sentir como era observado y
reconocido por Dios, y que él no pasaría por alto mis esfuerzos y me
tendería una mano para proteger a los de buen corazón. Aquellos que se
oponían a mi ideal continuarían haciéndome frente. Ellos me superaban en
número, e incluso a la hora de encararlos, las personas a las que yo
había defendido de ellos preferían darme la espalda y me dejaban
luchando solo. No es que yo los hubiera defendido esperando alguna vez
retribución de su parte, pero me entristecía el ver como esta sociedad
era capaz de clamar justicia y paz sin estar dispuesta a luchar con
todas sus fuerzas para lograrlo. Sin sacrificios no hay recompensa. Sin
esfuerzos ni sacrificios la justicia no bajaría del cielo.
Como
era de esperarse, hubo ocasiones en que terminé gravemente herido y
humillado por haber luchado solo contra aquellos que se disponían a
vivir de manera corrupta. Dichas peleas me hacían dar cuenta de algo. Lo
que mi madre me había advertido desde hace tiempo atrás era cierto. Es
más fácil sucumbir ante los deseos de egoísmo. Los humanos dispuestos a
ser rectos y vivir en armonía si son atacados por los corruptos, pueden
llegar a peder la fe y renunciar a la eterna lucha que implica
mantenerse en el camino recto. Cuando sentía los golpes de aquellos
vandalos sobre mi cuerpo, era más el dolor sentía en mi corazón por
pensar en lo corrompidos que ellos estaban por dentro,y que tal vez
ellos se volvieron corruptos debido a que alguna vez también recibieron
esa clase de golpes.
Pero… ¿Entonces cómo era que yo a pesar de
todo me mantenía en el mismo sendero…? Los humanos tenemos la
oportunidad de elegir, y siempre podemos elegir en hacer lo correcto.
Sufrir no es un pretexto para volverse inicuo. Y es por eso que tal vez
uno no deba sentir pena ni piedad por los que han caído en el abismo de
la maldad.
Ni mucho menos, permitirles que siguieran corrompiendo a los otros.
En
aquel entonces, mi madre, la mujer que me había enseñado lo que es la
justicia. La mujer que todo este tiempo me estuvo alentando a llevar una
vida recta. La mujer que me enseñó que la paz no se llega sino a través
de sacrifico y lucha, que uno nunca debía claudicar ante la maldad. Que
los malos solo gobernarían sobre los débiles si toda la gente dejaba de
luchar contra ellos. Ella… en un acto egoísta en el que solo quería que
yo me mantuviese a salvo aunque mis demás compañeros siguieran
sufriendo, me reprochó mis esfuerzos y trató de desalentarme diciéndome
que al final, todos mis esfuerzos serían en vano.
"¿Qué intentas demostrar…? Pareces un tonto luchando tú solo. Jamás conseguirás nada y solo provocarás que te hagan daño…"
Ella
no comprendía que yo sería incapaz de permitir que una injusticia se
diera frente a mí sin que yo luchara contra ella. Que el dolor que yo
sentiría si consintiera esa clase de abusos sería mil veces más grande
que las heridas que ellos pudieran provocarme. Yo traté de hacérselo
entender. Pero lejos de escucharme, mi madre consideró que lo que hacía
no solo era en vano, sino también que carecía de sentido y que parecía
una tontería defender de corazón los ideales que ella misma me había
inculcado. Ella me prohibió rotundamente que luchara por los ideales que
ella misma me había inculcado y motivado a defender. Ella no fue justa
conmigo. Mi madre no se conmovió ante mis esfuerzos y buenas
intenciones. Aún cuando ella me había enseñado lo que es correcto e
incorrecto, ella ahora estaba ciega por su egoísta amor de madre y solo
pensaba en protegerme a mí, aun cuando mi deber era también ver por la
seguridad de los demás. No. Ella ya no era la misma mujer recta que me
había inducido por el camino del bien. Tal vez nunca lo fue. Tal vez
solo lo aparentó. Esa, fue la decepción más grande de mi vida.
¿A caso todo lo que me había dicho en aquel entonces era mentira…?
Todo
parecía incierto. Parecía que solo un milagro me ayudaría a continuar
con mi contienda de proteger al justo y evitar que los corruptos
doblegaran a los demás al camino del mal. Con aquel grupo de vándalos
que tenían aterrorizada a toda la clase y con mi madre que me había dado
la espalda y ya no me permitiría hacerles frente, solo podía haber
quien pudiera ayudarme.
Dios.
Porque Dios siempre ha de ayudar al justo en su cruzada y siempre ha de mantener las tinieblas a raya.
Y
si Dios desea que todos los humanos seamos justos, Dios ha de apoyar y
observar con buenos ojos a los que luchen por el mismo propósito.
Y si yo soy una persona de bien, y Dios ayuda al justo cuando este suplica su ayuda. Dios tarde o temprano debería de ayudarme.
A
pesar de que mi madre me había dicho que Dios me ayudaría a hacer
justicia, yo nunca quise pedirle ayuda a Dios. Sin embargo, tal vez la
hora de que Dios me ayudara había llegado. Porque si en algún momento
habría de necesitar su ayuda, ese momento había llegado. Era
precisamente en ese momento que necesitaba una prueba de que las
palabras de mi madre acerca de la justicia eran ciertas y correctas. Una
señal de dios bastaría para rectificarlo. Y Entonces, Dios hizo el
milagro.
El grupo de delincuentes de mi clase, robaron un
automóvil para salir a cometer atrocidades por toda la cuidad. Creyeron
que como siempre, su crimen quedaría impune. Pero esta vez no fue así.
Finalmente, Dios los juzgó. Sufrieron un accidente fatal que cobró sus
vidas y los eliminó. Ellos murieron. Pero no solo ellos. Su crimen
también tomó la vida de otra persona. La persona que también fue
eliminada, fue mi madre.
Al principio, mi corazón se llenó de
miedo y dolor. Mi madre había muerto por culpa de ellos. Mi madre no
merecía morir también. O quizás… Si realmente esto fue obra de Dios, él
debió haber tenido sus razones para hacerlo. Mi madre había resultado no
ser una mujer tan justa. Y así como la muerte de aquellos alumnos había
devuelto por completo la paz no solo a mi salón sino a toda la escuela,
en cierto modo la muerte de mi madre me había brindado nuevamente la
oportunidad de seguir defendiendo mis convicciones.
¿Acaso Dios hizo esto para ayudarme?
¿Acaso esto lo hizo para demostrarme que mi lucha era justa y que no debía dudar?
¿Acaso Dios concedió mis deseos?
Todas
las personas que había encontrado un obstáculo en mi lucha por la
justicia habían sido eliminadas de un solo golpe. ¿Realmente se trataba
de una coincidencia? O será… ¿O tal vez será que Dios escuchó mi suplico
y accedió a ayudarme, pues vio que realmente yo no poseo maldad en mi
corazón y mis intenciones de proteger al débil del injustos son
correctas y nobles ante sus ojos? Esto no podía ser una coincidencia. No
podía serlo. Yo había deseado fuertemente y en el fondo de mi corazón
que las personas que se interponían en mi camino se borraran, y Dios las
eliminó. Definitivamente Dios me había ayudado.
De ser así, el
mensaje que Dios me había mandado estaba más que claro: Yo debía
continuar sin importar lo que pasase por el camino que yo había elegido.
Aquello en lo que siempre había creído era correcto y Dios quería
ayudarme a seguir sin importar lo que pasase. No podía defraudar a Dios.
Yo debía corresponderle y seguir protegiendo a la justicia. Continué
dedicando mi vida a luchar contra la maldad que encontraba a mi paso.
Y
no pasó mucho tiempo para darme cuenta de algo: El hombre con el tiempo
tiende a dirigirse hacia el camino de la maldad, y las personas de bien
que son atormentadas por aquellos corruptos, tarde o temprano iban
cediendo hasta volverse también inicuos. Lamentablemente esto parecía no
ocurrir al revés. Era indiscutiblemente más factible que una manzana
podrida corrompiera a una sana que esta le quitara lo podrido a la otra.
La maldad era entonces como un defecto que una vez adquirido era casi
imposible de eliminar en un ser humano una vez que este se adueñaba de
él. Para mantener a raya la maldad de los justos era necesario entonces,
mantener a raya el injusto del justo. Esto era fácil de comprender. Las
prisiones eran el más claro ejemplo de esto. La única manera de evitar
que los justos se pudrieran era haciendo a un lado a los que ya habían
caído. Pero… ¿realmente esto era posible…?
Estaba decidido. Yo
dedicaría mi vida en cuerpo y alma a luchar contra la injusticia y a
proteger el débil del corrupto. Fue por eso que entendí que mi destino
era estudiar la carrera de leyes y así adquirir los conocimientos
necesarios para discernir más a detalle la línea entre justicia e
injusticia y ayudar a resguardarla. Un Kenji, es quien tiene el trabajo
de perseguir y castigar a los criminales que acometen contra el inocente
en nuestro gobierno. Se puede decir que un Kenji tiene un trabajo
parecido al de Dios. Si yo realmente quería ayudar a Dios a salvaguardar
la justicia y proteger al débil, esta carrera era la opción más cercana
a mi propósito. Yo emularía a Dios lo más posible. Yo seguiría el
ejemplo de Dios.
Como dato curioso de mi vida. A lo largo de ella,
siempre que volteaba hacia una persona y yo sentía de corazón que el
mundo estaría mejor sin ella, ocurría que esta persona era eliminada. Y
más asombroso aún, mi presentimiento no estaba equivocado. Esa persona
al ser eliminada, garantizaba una mejor vida y paz hacia una gran
cantidad de personas que estaban involucradas a él. Yo de antemano lo
sabía, más jamás esperaba que justo cuando yo concluyera eso la
eliminación se daría en aquellos sujetos.
¿Coincidencia…? ¿O acaso un milagro…?
¿O acaso… todo esto era obra de Dios…?
¿En realidad mi pensamiento no tenía nada que ver y era Dios quien hacía estas eliminaciones?
O
será qué… ¿Yo era alguien cuyo discernimiento entre lo justo y lo
injusto era tan elevado que había alcanzado una alta similitud con el de
Dios…? ¿Yo era capaz de saber que vidas eran necesarias eliminar para
salvaguardar las vidas de los demás?
Esto no podía ser una
coincidencia. El numero de personas a las que yo creía era necesario
eliminar y Dios eliminaba ya habían llegado a nueve. Si realmente mis
esfuerzos habían dado fruto y ahora era capaz de discernir con facilidad
que medidas eran necesarias para impartir la justicia, entonces podía
confiar en mí mismo y en que Dios siempre estaría de mi lado. Que
indudablemente era capaz de ayudarle a Dios a eliminar la maldad.
Di
siempre todo lo mejor de mí, nunca fui corrupto. Yo hacia mi trabajo
por convicción y pasión y no por compensación alguna como la mayoría de
las personas. Realmente sentía que con mi vida se estaba marcando una
gran diferencia a favor de la justicia. No obstante, yo sentía que esto
no sería suficiente para cambiar las cosas. Por mucho que mi conciencia
me dijera que yo estaba haciendo más que la mayoría para promover la
justicia, yo sabía que erradicar por completo la maldad aún estaba muy
lejos. Pero jamás me rendiría. Pues sabía que Dios me había encomendado
esta labor y me había demostrado ayudándome cuando más lo necesité que
jamás debería rendirme. Así que seguí adelante, ejerciendo dentro de mis
límites humanos, la justicia.
Pues la justicia aunque sea divina, es para los humanos y Dios nos usa a los humanos para impartirla en la tierra.
Y un día, ocurrió otro milagro…
Dios nuevamente reconoció mis esfuerzos y bajó personalmente a la tierra a ayudarme.
Esto
no era una coincidencia. La gente corrupta estaba siendo eliminada con
mano de hierro y la sociedad estaba empezando a purificarse. Finalmente
Dios decidió tomar cartas en el asunto y comenzó a hacer eliminaciones
como siempre las había hecho. Solo que esta vez él no se detendría hasta
limpiar el mundo por completo. Dios pudo ver en mí la sinceridad de mis
intenciones y bajó personalmente a nuestro mundo, y no descansaría
hasta que la justicia venciera a la maldad.
Dios siempre tuvo mis
ojos sobre mí, pero ahora más que nunca era necesario mostrarme ante él y
confirmarle que sin importar lo que ocurriera, yo continuaría a sus
órdenes como siempre lo he estado.
Ya se había probado que yo
tenía la capacidad de juzgar al mismo nivel y criterio que Dios. Y Dios
debía saberlo. Entonces presentarme ante él y demostrarle que yo estaba
dispuesto incluso a más era mi prioridad. Así lo haría… y así fue…
Y fue entonces que el más grande de todos los milagros ocurrió…
Dios
me reconoció como el único ser humano digno de portar su poder para
juzgar al corrupto como él. Él sabía claramente que poseía un criterio
tan elevado como el suyo y me encomendó un gran poder que no debería
poseer un simple mortal. Pues confiaba profundamente en mí, y sabía que
mi discernimiento de justicia casi tan perfecto como el suyo me hacían
digno portador de su juicio divino.
Dios me ha elegido de entre
todos los mortales. Decidió que si alguien era capaz de ayudarlo a
erradicar la maldad que tanto tiempo había corrompido al mundo. De ahora
en adelante ya no sería solo un servidor de la justicia. Ahora yo sería
la mano de Dios. El objeto por el cual la justicia de Dios se
manifestaría en el mundo. Dios me había pedido ayuda y confió únicamente
en mí… me concedió el permiso para ser junto con él la justicia.
La justicia…
La justicia es sin duda separar lo corrupto de lo íntegro.
La
justicia es diferenciar con claridad que es lo que sirve y no sirve. Lo
podrido de lo indemne y eliminar los rancio para salvaguardar lo sano.
Y
eso es lo que haría, sin importar las consecuencias, aún de ser
necesario entregar parte de mi vida, yo lo haría. Pues mi vida siempre
le perteneció a la justicia. Mi vida y mis sacrificios habrían de traer
justicia al mundo. Dios reinaría y traería justicia al mundo. Yo mismo
entregaría mi vida y tomaría cuantas vidas fueran necesarias para
lograrlo. Porque a final de cuentas solo los justos que están dispuestos
a dar su vida por la justicia, son los que merecen vivir, y sin embargo
sus vidas habrán de dar por la justicia. A cualquier precio la justicia
debía eliminar a la maldad.
Dios así lo había mandado. Y Dios es la justicia.
La justicia a la que desde niño yo siempre me entregué en cuerpo y alma.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario