LOS HOMBRES MUEREN, LAS LEYENDAS NO
TOMO I: RETURN
CAPITULO 1: PASADO
El día había pasado muy rápido para los dos jóvenes, como de costumbre. La hora de despedirse había llegado y ambos se encontraban ya en el mismo sitio donde cada cual tomaba su camino hacia su hogar. Mientras tanto, el plateado shinigami observaba de cerca a ambos jóvenes sin que ninguno de los dos se pudiese percatar de su presencia.
—A pesar de que te tardaste, fue divertido luchar contigo. Probemos el próximo juego que salga de nuevo —le comentó el rubio a su pelirroja amiga como frase de despedida.
—¡Ah! Eso me recuerda… ¡la apuesta! Max, ahora tendrás que hacer algo que yo te pida —dijo muy animada y con un tono dulce.
—Oye, pero si ninguno de los dos ganó —reclamó Max confundido mientras continuaba devorando la bolsa de papas fritas que llevaba en sus manos—. ¡Fue un empate!
—Exacto. Y como empatamos, los dos perdimos, ¿no? La apuesta castigaba al perdedor —le guiñó un ojo en señal de su victoria.
—Pero entonces tú también tendrías que hacer algo para mí —le dijo al tiempo que masticaba su papa frita.
—No me importa. Me sacrificaré para que no tengas alternativa.
—De acuerdo, Kitty… —suspiró—, ¿Qué vas a querer que haga?
La chica sonrió maliciosamente pues, al parecer, obtendría finalmente algo que quería desde hace tiempo.
—Dime cual es tu verdadero nombre.
—¿Qué…? —Se ruborizó—. Kitty, ya te dije que no te lo voy a decir nunca.
—Estas obligado a cumplir mi orden.
Max no se esperaba que Kitty fuera a pedirle algo tan infantil. La verdad es que no tenía deseos de decírselo, aunque su vida no corriera ningún peligro por darle a saber algo que, muchos excepto ella, ya sabían.
—Ya te dije que no tienes por qué saberlo. Tú siempre me has llamado Max, con eso te debería bastar.
—Vamos. Al fin y al cabo tú ya sabes cual es el mío.
—Bueno… —el chico sonrió malignamente—. De acuerdo. Pero con una condición… No lo haré hasta que tú hayas hecho tu castigo.
—No. Dime tu nombre primero y después te juro que haré lo que me pidas que haga.
— ¿Cómo sé que después de decirte mi nombre cumplirás tu castigo también?
—Confía en mí. Con tal de que me lo digas haré cualquier cosa.
"Que fácil. Ahora solo tengo que pedirle algo que de seguro no se atreverá a hacer, pero que no parezca que lo pido porque se que no lo haría, y con eso bastará para que me deje en paz" —fueron los pensamientos del rubio de ojos maple para evitar que su amiga lo obligase a confesar.
—Bien. Entonces, el precio para saber mi nombre es… —volvió a tragar una papa frita y después de haberla deglutido por completo miró directamente a Kitty a los ojos para decirle su castigo—, tu primer beso…
— ¡¿Q-qué?!... —la chica se desconcertó y sus mejillas se volvieron a encender como hace unos momentos atrás—. Oye… que ya tengo 14 años. ¿Por qué piensas que yo nunca he dado mi primer beso?
Cuando Max vio el enfado y vergüenza de Kitty, supo que su plan había dado resultado y que solo le faltaba cerrar la conversación.
—Fácil. Lo sé porque no creo que los que viven en ese manicomio les guste tener romances, y yo soy la única persona con quien te juntas aparte de ellos… Je, la verdad creo que es un buen cambio. No porque me gustes o algo por el estilo, pero si voy a decirte algo que siempre he tratado de mantener en secreto, no sé que mejor castigo que éste. Así tendré algo tuyo que guardar en caso de que quieras revelarle mi nombre a alguien. —Max comentó descaradamente mientras Kitty ya no aguantaba las ganas de matarlo—, pero entenderé si no puedes, por lo que entonces que nadie haga nada y los dos quedamos a mano. Al fin y al cabo, eso de la apuesta hasta se me había olvidado…
Al ver que su amiga se quedaba en silencio y con la mirada oculta tras el flequillo de sus rojos cabellos, Max sonrió victorioso y se dio la media vuelta para retirarse—. Nos vemos entonces. Este mismo día, en dos semanas.
Kitty permaneció inerte por unos instantes, con los ojos cerrados y la cabeza cabizbaja. Max pensó que se había logrado salir de nuevo con la suya, pero justo cuando apenas llevaba unos pasos de haberse retirado, la tierna y suave voz de su amiga lo detuvo.
—Ya veo… —Kitty murmuró en voz baja, aún con los ojos cerrados y la cabeza hacia abajo, haciendo que su compañero de nuevo volteara a mirarla con sorpresa—. Supongo que es un trato justo…
Kitty, aún con las mejillas rojas, abrió sus azules ojos y miró directamente a Max a la cara, dándole una tierna sonrisa. Una sonrisa tan dulce e inocente, que cuando Max la miró, se quedó petrificado de la impresión y tiró la bolsa de papas fritas que traía consigo al piso. Él no se esperaba una respuesta así de parte de Kitty. La jovencita comenzó a acercarse donde su amigo hasta quedar frente a él. Y sin dejar de mirarle, volvió a sonreírle tiernamente, para después elevar su cuerpo levantándose de puntillas hasta quedar a la misma altura que su amigo y unir sus suaves labios con los de él. Max no pudo mover ni un solo músculo durante esos momentos. Cuando sintió esos tiernos labios en su boca, una corriente de adrenalina recorrió todo su cuerpo paralizándolo. Después de ello, Kitty se alejó unos pasos y volteó a mirar a Max de nuevo y, con una cara muy apenada y a la vez segura de sí misma, le dijo:
—Listo… Ahora ya no te queda otra solución que decirme tu nombre. Ya cumplí mi castigo y ahora solo faltas tú.
Max no se esperaba que su amiga fuera a llegar tan lejos. Aún se encontraba semiparalizado por lo que acababa de vivir hace un instante. Aceptando su derrota, poco a poco fue asintiendo con la cabeza y se dispuso a revelarle cual era su verdadero nombre a la jovencita…
—Puff… Ju Ju Ju.… —la pelirroja trataba de contener su risa pero al final no aguantó—. ¡JA JA JA JA JA JA JA JA JA! ¡No puedo creer que seas de ascendencia japonesa! —Gritaba burlonamente mientras señalaba con el dedo a su amigo—. Como eres rubio y tus ojos no son rasgados… Sabía que no eras inglés por tus modales tan toscos, pero… ¿japonés? ¡JA JA JA JA JA JA!
—Cállate. Por eso no te lo quería decir. No tienes idea de cómo se burlan mis compañeros de clase por mi nombre.
—Pues claro, con lo tentador que es "Sa—to—shi" —le balbuceó burlonamente.
—Si me vas a empezar a llamar así, entonces llámame Sato, que es como me llaman los que me conocen —contestó apenado y molesto.
—Mmm… Me quedo mejor con Max.
—Menos mal… —suspiró el rubio en señal de alivio—. Bueno, supongo que ahora sí es momento de irnos.
—Espera —la pelirroja se acercó de nuevo a Max y, sin ningún aviso, le conectó una fuerte bofetada en el rostro.
— ¡Ay, ay, ay! ¿Por qué hiciste eso?
—Por haberme obligado a darte mi primer beso. Adiós. —La chica se dio la media vuelta y comenzó a correr suavemente por la calle sin detenerse y sin esperar a la respuesta de su amigo, quien se enfadó por su brusco acto—. Cuídate mucho, no vayas a meter la pata más de lo normal.
— ¡Obligarte! ¡Pero si te dije claramente que si querías podíamos olvidarnos de todo eso! —le gritó Max sin recibir respuesta de Kitty, quien se siguió alejando hasta perderse de vista.
Max, se quedó parado y confundido en el cruce, sobándose la bofetada que le había marcado el rostro. El beso que había recibido por parte de su amiga lo había hecho sentirse de una manera muy extraña. Aún sentía como su corazón palpitaba fuerte y no podía dejar de recordar aquel momento que consideró bizarro y anormal. Kitty era su mejor amiga y, hasta entonces, no le importaba que ella fuera bella, o siquiera si ella era niña. Porque siempre jugaba o hablaba con ella juegos y charlas comunes, como si se tratara de un amigo, de un compañero de juegos. Él la quería mucho porque era la única persona con quien se identificaba y podía conversar de cosas interesantes y amenas, y con quien podía comportarse tal como era, sin mascaras ni modales que él consideraba tontos. Aún con sus pensamientos en conflicto, se encaminó hacia su apartamento, pues ya era muy tarde y pronto sería la hora de la cena. Pero de lo que no se percató, fue que en realidad no se había quedado solo. Aquel dios de la muerte de armazón plateado que lo venía siguiendo desde que estaba con su amiga en el parque, aún continuaba detrás suyo, incluso hasta llegar a su hogar.
La puerta de aquel pequeño y acogedor apartamento se abrió y un grito de aviso no se dejó esperar.
— ¡Mamá! Disculpa la tardanza —gritó el jovencito mientras se dirigía rápidamente a su habitación—. Estaba en el parque con unos amigos de la escuela y me distraje más de la cuenta.
—Sato —una maternal voz que provenía de la cocina del apartamento le dio la bienvenida—. Me tenías preocupada. La cena ya está por salir, así que lávate las manos y apresúrate.
El joven rubio subió las escaleras del apartamento para llegar a su habitación. Se encontraba cansado y solo iba a cambiarse de ropa para bajar a cenar. Cuando dejó caer su camisa roja a la cama y miró hacia su desordenado escritorio, se percató que en él había algo que no había dejado cuando se marchó al local de videojuegos: Una pequeña libreta abierta con la pasta color negro. Extrañado, se acercó lentamente para confirmar que esa libreta no era de él. Miró a través de las páginas abiertas y observó, escrito con una letra muy bizarra y deforme, la frase This note is the Death Gods´s note cubriendo casi las dos páginas.
"Que ridículo…" —pensó al leer esas palabras. Iba a tomar la libreta para hojearla, pero en ese momento escuchó la voz de su madre nuevamente.
— ¡Sato!, ya serví tu plato. ¡Ven antes de que se enfríe!
Max dejó el asunto para después de la cena y se apresuró a bajar al comedor junto con su madre. Aquella libreta permaneció en el escritorio, sin que Max la tocara.
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"¿Por qué me habrá pedido eso de castigo? Sé que lo hizo porque creyó que con eso me echaría para atrás y así ya no me tendría que darme su nombre, pero… ¿entonces no pudo haber elegido otro castigo? ¿Fue coincidencia que se le ocurriera pedirme eso? ¿O en realidad sí quería darme su nombre pero únicamente a cambio de eso? Si es así… ¿Significa que él…?"
Estos eran los pensamientos que inundaban la mente de la jovencita de cabellos escarlatas, mientras caminaba por el jardín de la mansión del orfanato, camino a su habitación. Casi todo el trayecto había permanecido corriendo, pero una vez dentro de los jardines del orfanato, comenzó a caminar con más lentitud, mientras reflexionaba en lo que acababa de vivir hace unos momentos.
"Debo estar volviéndome loca" —la chica comenzó a trepar por aquel enorme árbol que le daba acceso al mundo exterior desde la ventana de su cuarto—. "¿Cómo pude acceder a semejante cosa sólo para que no se saliera con la suya? ¿Qué consecuencias traerá después? ¿Por qué no me pareció algo imposible de hacer…?"
Kitty se trepó por la rama que se acercaba más al balcón de su habitación y, con una agilidad digna de sus 14 años de edad, saltó cayendo óptimamente dentro de su cuarto. Justo cuando empezó a dirigirse a su cama para dejarse caer del cansancio en ella, una voz intrusa que la hizo voltear hacia un lado de la ventana, perturbó su tranquilidad.
—Hola, Karen. ¿Te divertiste allá afuera?
— ¡Aarón! ¿P-pero qué estás haciendo en mi cuarto…?
Se trataba de un pequeño niño, cuya edad se podía calcular en no más de trece años, de cabello negro y rebelde, con un par de anteojos enormes que casi ocultaban sus finísimas facciones. Su tez, aún todavía mas clara que la de su compañera, no dejaba discernir donde comenzaba con exactitud la piel de sus brazos y terminaba la tela de su camisa. Su vestimenta casual y desalineada era muy semejante a las que llevaba Karen, solo que no tan desajustada.
—Sé que no es propio de un caballero allanar el aposento de una dama, pero quería comprobar de manera rotunda mis sospechas… —el crío se acercó tres pasos hacia su amiga—. Eres muy osada al haber escapado de nuevo, aún después del lío en que te metiste con el señor Gerald. Veo que sus palabras te entraron por un oído y te salieron por el otro.
"Maldición. Como sabe que me salí sin permiso, no puedo acusarlo de haber entrado en mi cuarto, porque entonces él me delataría. Primero debo saber que trama…" —pensó la jovencita y luego respondió.
—Así que ya sabes de mis salidas… Si llevas tanto tiempo sabiéndolo, pudiste haberme delatado en vez de no hacer nada y después reclamarme.
—No soy tu niñero ni mucho menos tengo la obligación de hacerte entrar en razón. —El infante se recostó desvergonzadamente en la cama de su compañera—. Vine aquí porque ansío con vehemencia que me reveles los motivos de tus pequeñas huidas secretas, mi querida Karen.
—Eso es algo que no te importa. Y si me vas a acusar con el señor Gerald por no decírtelo, ¡hazlo! Ya encontraré la manera de salir de esta y vengarme de ti.
—Tranquila… La verdad sí tenía planeado chantajearte tal y como tú dices, pero viendo que es inútil hacerlo contra alguien que no tiene la más mínima pizca de arrepentimiento, sería una perdida de tiempo por mi parte. A las mentirosas como tú solo se les puede sacar un secreto a través de otro…
Aquel crío se levantó de la cama de la muchacha, quedando sentado en ella, mientras que la pelirroja se le acercó con la intención de correrlo de su alcoba.
—Karen, dile a la o a las personas con las que te reúnes cuando te escapas que muy pronto ya no podrán volver a verse. Vas a ser transferida a USA.
— ¡¿Qué?! —Al escuchar esto Karen sintió una profunda depresión—. ¿De dónde sacas esos disparates? ¡¿Acaso me estas mintiendo?!
—No te exaltes y deja que te explique: Después de que saliste de la oficina del señor Gerald, unos segundos después de que te fuiste, vi como entraba un sujeto al que nunca había visto antes por el orfanato. Yo estaba ahí cerca, por lo que mi curiosidad me llevó a espiarlos. —El muchacho se levantó y caminó hacia el balcón mientras continuaba relatando su vivencia—. Acerqué mi oído a la puerta para escuchar de qué hablaban. Supuse que lo más seguro era que se trataría de ti, ya que era muy claro, por el hecho de que ese señor estaba esperando desde antes de que hablaras con el señor Gerald, y entró inmediatamente después de ti…
Karen se encontraba temerosa ante la posibilidad de que lo que Aarón le estaba diciendo fuese cierto. Aarón era una persona muy seria, y, a pesar de que le gustaba incomodar a las personas, no era de los que se dedicaran a hacer bromas o decir mentiras.
—Su plática era muy aburrida —añadió—. Solo se dedicaban a decir lo talentosa que eras, y de lo importante que era para ellos que te desarrollaras al máximo. Revelaron que para hacerte entrar en razón, seria conveniente que estuvieras un tiempo en USA, para que allí conocieras a cierto individuo, cuyo nombre no dijeron. El señor Gerald aceptó la propuesta de ese hombre y le dijo que en un mes serías transferida, no sin antes hablar contigo.
La jovencita de cabellos rojos no podía contener más sus lágrimas que estaban a punto de derramarse de sus ojos. Su vida, a pesar de ser huérfana, había sido muy feliz, y mudarse a otro país, aunque fuera solo por unos meses, no estaba en sus planes. Ella simplemente no aceptaba que se hubiera tomado una decisión tan importante sobre su vida sin siquiera consultarlo con ella. Después de escuchar estas palabras, apretó los puños y se dispuso a salir de su cuarto para encarar a su asesor, quien le había jugado sucio. Sin embargo, fue detenida por su amigo quien la sujetó del brazo.
—Si vas ahora y les dices que sabes de esto, sabrán que yo escuché su plática y me meterás en problemas por habértelo dicho…
—Y si yo hago eso, tú les dirás sobre mis salidas del orfanato para que se enojen más conmigo que contigo, y entonces ya no habrá manera de que pueda convencerlos de que no me transfieran —le contestó la pelirroja con un tono de disgusto—. En verdad que son despreciables… Todos ustedes…
—Si vine a decírtelo, fue para que estuvieras advertida y pudieses idear la manera de salir de ésta. Espera a que el señor Gerald te comente personalmente sobre esto, o presiónalo para que se vea obligado a revelártelo. Entonces encuentra el método para persuadirlo de que no lo haga. De ser necesario, puedes contar conmigo.
—Ya veo… —La pelirroja bajó la mirada apenada—. Tú sólo estas tratando de ayudarme… Lo siento…
—Karen. A mi tampoco me agrada la idea de que te vayas lejos. Por eso vine, para advertírtelo… Pero si quieres que esté de tu lado quiero que primero me digas el porqué y a donde te vas cuando te escapas. De lo contrario, creeré, igual que el señor Gerald, que hay algo malo en ti que debe ser corregido, y no podré pensar que el que te vayas no sea lo correcto.
La chica comprendió las intenciones de Aarón. Supo que en realidad podía confiar en él, o al menos eso pensó, por lo que decidió revelarle sobre adonde y con quien iba cada vez que se desaparecía del orfanato. Se sentó junto con su compañero en su cama y comenzó a platicarle sobre su amigo.
—Tú eras muy pequeño cuando ocurrió, así que no sé si lo recuerdes. Pero hace casi cinco años, cuando yo acababa de cumplir los diez años, salí del orfanato y me perdí.
—Lo recuerdo. Todos los adultos estaban como histéricos ese día.
—Bueno, pues en realidad yo me había escapado a propósito. Quería explorar el mundo que estaba allá afuera y que no había visto antes. Estaba asqueada del orfanato, e incluso pensé en no regresar a él. Todo iba bien, pero cuando ya me encontraba muy lejos, comenzó a llover muy fuerte. Quise refugiarme en un callejón, pero allí se encontraban tres sujetos. Se me acercaron, y tal parece que querían molestarme. Uno de ellos me sujetó cuando quise alejarme. Estaba asustada, y comencé a llorar… —Karen comenzó a poner un rostro de angustia. Tal parecía que recordar aquel día todavía la hacía sentir mal—. En eso, vi que alguien les arrojó a esos sujetos unas bolsas que reventaron en sus caras, salpicándoles un extraño polvo blanco. Los tres tipos gritaron de dolor y me soltaron. Se frotaban los ojos y gritaban que no podían ver nada. Yo estaba muy asustada y no sabia por donde huir. En eso sentí una mano sujetarme el brazo y una voz me dijo: "Rápido, debemos irnos". Quise soltarme por miedo de que esa persona me fuera a hacer daño, pero cuando volteé y vi que se trataba de un niño, al igual que yo, y me dijo que me ayudaría a escapar, lo seguí y juntos corrimos hasta un lugar seguro.
— ¿Y qué estaba haciendo él en ese lugar a esas horas?
—Fue lo que le pregunté. Me dijo que quería hacerles una broma a ese grupo de vándalos y que no esperó que, además de ser unos vagos, también resultasen ser unos pedófilos —ambos jóvenes rieron levemente al haber comentado Karen aquella tontería—. Luego de eso estuvimos conversando un buen tiempo. Me consoló y cuando le conté sobre la razón por la que me había escapado, sobre lo sola y vacía que me sentía por dentro y sobre lo presionada que me sentía por las expectativas que tenían todos de mí, me dijo que no debería escapar, y que si me sentía triste, lo que debía de hacer era únicamente tomar la vida con más tranquilidad, hacer las cosas que me gustaban hacer primero y después cumplir con mis obligaciones, y aprender a divertirme. Que no importa en donde vivas ni lo que seas o hagas, puesto que las obligaciones más importantes que tiene una persona ante todo es ser feliz y hacer feliz a los que nos rodean. Después de que la lluvia se calmó, me acompañó de regreso al orfanato. Y cuando se despidió me dijo que le había fascinado conocer a una niña como yo, y que nada le haría más feliz tener una amiga como yo, ya que los niños de su edad lo consideraban un fenómeno y él los despreciaba por ser tan poco especiales y vacíos. Yo le dije que, como agradecimiento, podría escaparme de vez en cuando para estar y jugar con él. Y desde entonces él y yo somos amigos.
—Ya veo… tiene sentido. Es por eso que no solo te escapas de vez en cuando del orfanato —el infante se levantó de nueva cuenta de la cama de su compañera y tras alejarse unos pasos la encaró con un aire de seriedad—, sino que también es por ese tipo que te despreocupas por las enseñanzas y solo te dedicas a dormir y a pasearte por los jardines. —Poco a poco fue cambiando su tono de seriedad hacia uno sarcástico, ganándose una mirada de desprecio de la pelirroja—. ¡Así que la talentosa y superdotada Karen Olsen vive y ve la vida como un caramelo porque un estúpido conformista le dijo que no valía la pena sacar lo mejor de uno!
—Estas equivocado. ¡Él no es ningún estúpido! —Karen se levantó y se acercó a Aarón con una mueca de enfado—. Tal vez pienses que él ve las cosas de esa manera porque es un tonto, pero en realidad es una persona muy astuta y creativa. Es cierto que es un poco irresponsable y despreocupado, pero para nada es conformista. ¡Me oíste! ¡No vuelvas a expresarte mal de él! Si no fuera por él, tal vez ya estaría harta de este sitio y me hubiera largado desde hace mucho.
El de ojos grises se quedó en silencio por unos momentos, mientras observaba y leía el rostro de su amiga. Aquel rostro le decía más que todas las palabras que su compañera pudo haberle seguir diciendo.
—Ya veo… —el infante le sonrió a su amiga—. No estoy del todo seguro de qué clase de persona sea ahora ese tipo, pero para que tú lo quieras y defiendas tanto, debe de tratarse de alguien especial. Después de todo le debo una por haberte salvado —le guiñó un ojo como señal de aceptación.
—Gracias —la jovencita suspiró aliviada—. No tienes idea de lo mucho que significa él para mí.
—Sí… Oh, ya es tarde. Pronto van a servir la cena. Será mejor que bajemos antes de que empiecen a buscarnos…
— ¡Es cierto! Bueno, mientras adelántate, debo cambiarme antes de bajar…
—De acuerdo. No tardes.
El joven se dio la media vuelta y caminó hasta la puerta de la alcoba, pero justo antes de que tocara la perilla de la puerta, su brazo fue sujetado por la mano de Karen.
—Ah, y otra cosita más antes de que te vallas… —Sin darle tiempo de reaccionar a Aarón, la chica le conectó una poderosa bofetada que le dejó marcado en rojo la huella de su mano sobre el rostro, para después abrir la puerta y derribarlo fuera de su cuarto con un empujón—. ¡Nunca más vuelvas a entrar en el cuarto de una jovencita como yo sin su permiso! ¡ATREVIDO!
La pelirroja cerró de un fuerte golpe su puerta dejando al niño en el piso y con un ardor en el rostro. A pesar de que la reacción de su compañera había sido muy agresiva, Aarón comprendió que en parte se lo merecía por su descaro de entrar al cuarto de una chica, por lo que se tragó su enojo y se levantó soltando un pequeño gruñido de enfado, y se fue caminando hacia el comedor de la mansión, sobándose la mejilla y haciendo berrinches por su suerte.
"Karen solía ser una niña demasiado seria. Parecía una mujer treintañera atrapada en un cuerpo de sólo nueve años. ¿Me pregunto qué clase de demente debe de ser su amiguito para que ahora sea tan inestable y agresiva?" —fueron los pensamientos que cargaron la mente de Aarón mientras caminaba adolorido por el pasillo de las habitaciones de las chicas, mientras una que otra niña volteaba a verlo extrañada de su presencia en ese sitio.
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Si había una cualidad de Max que se podía apreciar a simple vista, ésta era su manera de comer. Su apetito era muy feroz, y sin ningún recato en sus modales, siempre se disponía a devorar los platillos con gran velocidad. Su madre era la más consciente de ello y por eso siempre le servía grandes raciones de alimento. La hora de la cena era el momento del día en que pasaban más tiempo juntos, ya que Max si no estaba en la escuela, estaba jugando afuera o encerrado en su habitación.
—Sato, ¿cómo te fue en la escuela? —la bella madre le preguntó a su hijo mientras éste seguía devorando las raciones de comida que tenía enfrente.
— ¿Eh…? Pues… —contestaba entre degluciones—, como siempre. No me va perfecto ni tampoco mal…
—Ya veo… —su gesto se volvió melancólico.
Max notó en su madre una cierta tristeza. No comprendía bien porqué a menudo su mamá se ponía así cuando estaba con él. Ella no frecuentaba amistades y, por un fondo económico que recibió de un seguro bancario, se dedicaba únicamente al trabajo doméstico de ama de casa; el contacto con otras personas para ella era muy limitado.
—Mamá, ¿qué te ocurre…? ¿Estás triste? —dejó de comer por unos momentos para preguntarle, esperando su respuesta.
— ¿Eh…? No… lo que pasa es que últimamente has crecido y…
—Y te recuerdo a papá. ¿No es así?
—Sí… hasta por tu forma de ser te pareces. —La bella mujer miró con dulzura a su hijo y acercó su mano para acariciarle el cabello—. ¿Sabes? Al igual que tu padre eres muy guapo. No me sorprendería que tuvieras muchas admiradoras.
—No… ¡Que va! Todas piensan que soy inmaduro, raro e introvertido.
—Pues no me sorprendería que tuvieras una que otra admiradora secreta —le guiñó insinuantemente mientras le daba unas palmaditas en la cabeza—. Dime, ¿ya has besado a alguna chica?
Estas últimas palabras hicieron a Max recordar aquel beso que recibió de su amiga Kitty hacía poco más de un par de horas, lo que hizo que su rostro se ruborizara y adquiriera un gesto apenado.
—N-no… nunca…
— ¡Ja ja ja! —rió maliciosamente—. ¡Tu cara me lo dice todo!
Max se zafó rápidamente de su madre y se levantó de su silla esquivando su mirada, avergonzado de qué su cuerpo le hubiese delatado.
—D-debo de hacer un trabajo de la escuela… Me queda poco tiempo para terminarlo. —El jovencito se apresuró a subir a su alcoba, dejando en la mesa a su madre, quien sonreía de oreja a oreja por el delator comportamiento de su hijo; quien era el único tesoro que tenía en la vida.
Max llegó a su habitación con su pecho saltando por los latidos de su corazón, pues aunque conversar con su madre sobre esa clase de asuntos ya no le era poco inusual, el haber recordado aquella escena con Kitty y el imaginarse que su madre se llegase a enterar de lo que le ocurrió, lo hacía sentirse lleno de vergüenza.
Una vez que pudo tranquilizarse, se acercó a su escritorio para utilizar su PC. Se sentó y comenzó a encender el aparato, y cuando hizo a un lado la basura que estaba encima de la mesa y tomó una bolsa de papas fritas ya abierta para comer su contenido, recordó el momento en que había entrado a su cuarto, antes de bajar a cenar, y notó que algo estaba faltando.
— ¿Qué pasó con ese cuaderno negro…? Estaba aquí y ya no está. Y lo que es más… ¿de dónde salió esa libreta desde un principio? ¿Lo habré imaginado…?
Decidiendo que tal vez se trató de una ilusión, continuó con su andanza en el PC y se conectó al Messenger, donde un contacto suyo ya lo estaba esperando. Un mensaje instantáneo no se dejó esperar y en el recuadro de conversación, se desplegó en el cuadro de imagen para mostrar un numero cero dibujado con un estilo y fuente muy llamativos.
—Hola Max. ¿Cómo estas? —fueron las primeras palabras escritas en la conversación del Messenger.
—Hola Zero. Estoy bien, no me quejo. Dime, ¿ya tienes los archivos que te pedí?
—Así es —aquel personaje le mandó por el Messenger una descarga de archivos a Max—. Conseguí las contraseñas de las 15 cuentas de correo que me pediste. Fue muy fácil, mi crackeador no tardó ni una hora en descifrarlas todas.
—Eres el mejor, Zero —escribió Max mientras descargaba el archivo que Zero le había mandado—. Con esto podré jugarles una buena broma. Gracias.
—Sabes que si se trata de algo divertido, puedes contar conmigo.
Zero era un amigo virtual que Max había conocido a través del Messenger. En realidad no sabía mucho sobre él. Solo que se dedicaba a hackear paginas privadas y cuentas de correo como pasatiempo. Había ocasiones en que Zero le ayudaba a entrar a páginas web y violar cuentas de Messenger para hacer bromas, y otras en que se dedicaban a jugar videojuegos de destreza en línea. A pesar de no conocerse en el mundo real, ellos dos eran muy unidos y se llevaban muy bien.
— ¿Sabes algo, Max? —Le escribió Zero—. El otro día entré a los archivos del departamento de policía de mi país, ¿y qué crees que descubrí?
—Conociéndote, de seguro algo interesante.
—Me di cuenta de que los crímenes y delitos que transmiten en las noticias y los periódicos no son ni la cuarta parte de los que la policía tiene en sus archivos. Es más, ni siquiera transmiten los casos más terribles. Si con ver el noticiario sentía que el mundo era violento y corrupto, con ver aquellos casos sentí que la humanidad era una aberración incontenible.
—Sabes, lo que me dices es comprensible. A los medios de comunicación solo les interesa el rating, no les importa informar amenamente. Si los noticiarios pasan los casos sobre crímenes y delitos, lo hacen porque saben que la gente los verá por el morbo. Las personas son morbosas y en cierta forma les divierte saber las desgracias de los demás, ya sean desastres naturales, asaltos, secuestros, violencia, accidentes y hasta asesinatos. Todo eso alimenta el morbo humano, pero por mucho que el morbo llame la atención, a ellos no les interesa que nos enteremos de todas las atrocidades, ya que el morbo de la gente tiene un limite, y siempre habrá algunos hechos que causaran más asco que curiosidad. Mientras ellos puedan llenar su hora de noticiario o sus columnas periodísticas serán felices. Así que solo seleccionan aquellos casos que consideren lo suficientemente drásticos para que les interese a la gente, pero que no sean demasiado atroces, para que así la sociedad no se alarme ni se asuste del mundo.
—Como siempre me respondes con gran razonamiento, Max. Pero el punto que intento abordar es: ¿No crees que el mundo últimamente se ha vuelto una porquería? Así como van las cosas, tal vez Kira regrese pronto…
Las palabras de Zero pintaron fugazmente un gesto de aborrecimiento en Max. Él simplemente no podía escuchar que se hablara de aquel legendario personaje sin que eso perturbara su calma.
—Kira no va a regresar… él se fue para nunca volver.
— ¿Cómo puedes estar tan seguro de ello? Si muchas personas aún esperan su regreso.
—Porqué él no era ningún dios. Si lo hubiera sido no hubiera matado a gente inocente para protegerse. Solo era una persona con un poder desconocido, que quiso convertirse en un dios a través de ese poder.
—Max, contéstame: ¿Qué es un dios entonces para ti?
— ¡Qué pregunta tan tonta…! Simplemente los dioses no existen. Son sólo expectativas de los humanos para hallar la salvación a través de un ser ininteligible.
—Ya veo… tal vez sea cierto. Pero te diré lo que para mí es un dios en un sentido más realista: Un dios es una figura, nombre o emblema a las que las personas depositan sus esperanzas y sueños, y encuentran a través de él, un significado a su existencia, y un orden y ley al caótico universo. Tal vez Kira no resultó ser eterno y tal vez nunca regrese, pero aún hay muchas personas que creen en él y por miedo a su regreso han aprendido a vivir de una manera pacifica. Actualmente hay muchas sectas que alaban a Kira y proclaman que pronto regresará para poner orden de nuevo en el mundo.
—Poner orden… lo único que hacía era mantener a raya a las personas a través del miedo a la muerte. No puedo creer que la gente lo admirara por eso.
— ¿Sabes? El miedo ha sido el instrumento con el que todas las religiones han mantenido el orden a lo largo de los años. Todas hablaban de eternos y severos castigos para el que corrompiera las leyes que establecían, condenas eternas en el infierno para los pecadores, sufrimiento en la siguiente vida para los que en la anterior habían hecho mucho daño; y por el contrario, recompensa en un paraíso perfecto para aquellos que lograron seguir las reglas de dicha religión. Viéndolo de ese modo, Kira no era peor que los otros dioses.
—Los otros dioses no provocaron las muertes de vidas inocentes.
— ¿Cómo las victimas de la cacería de brujas de Salem, o las de las cruzadas?
—Eso lo hicieron los humanos que creyeron falsamente en aquellos dioses. Eso prueba que los dioses son un fraude, y Kira fue el mayor de ellos.
—Noto que siempre que tocamos el tema de Kira te molestas. ¿Se puede saber el porqué?
Max no contestó aquella pregunta. En vez de eso, continuó probando las contraseñas que Zero le había mandado en las cuentas de Messenger de las victimas. En lo que él había chateado con Zero, ya había entrando en más de diez cuentas de Messenger. Todas ellas las fue saboteando, utilizándolas para enviarles troyanos indetectables a los correos de los contactos de cada cuenta, mandando correos ofensivos a alguno de ellos, modificando sus perfiles de usuario con datos falsos y vergonzantes como "soy homosexual pasivo" o "me prostituyo para pagar mis estudios", y, por ultimo, cambiar su contraseña actual para que ya no pudieran entrar de nuevo a su cuenta. No fue sino hasta haber terminado de sabotear los Messenger que Max le contestó a su amigo.
—Kira simplemente no me simpatiza. Lo que es más, lo odio. No sé si la justicia exista realmente, pero él trató de alcanzarla de un modo equivocado. Un pecado no se puede castigar cometiendo otro pecado. Aún cuando debo admitir que la sociedad mejoró mucho mientras él se encargaba de matar a los criminales, él nunca pudo borrar de los corazones de las personas ese egoísmo y falta de amor que llevaba a que la gente hiciera cosas malas. Y lo peor de todo… también mataba a las personas inocentes que intentaban ponerse en su contra. Eso iba totalmente en contra de todo lo que él predicaba. Por lo tanto, todas esas personas que él mató, todas esas vidas que quitó, no sirvieron de nada. Solo fue otro asesino más… el más grande de toda la Historia…
—Tienes razón… en realidad, Kira solo era un asesino. Un poderoso asesino que quiso convertirse en Dios usando su poder. Pero siempre que veo a las sectas que lo adoran y que depositan sus esperanzas en él, pienso que en cierto modo lo consiguió. Puede que las personas que mató no bastaron para cambiar por completo al mundo, pero tampoco creo que todo lo que hizo haya sido en vano.
—Bueno, yo tampoco creo que haya sido del todo en vano, pero el mundo que Kira creó se perdió con los años. Así que todas esas muertes ya no importan tanto en estos tiempos. Kira es cosa del pasado. Los criminales ya no temen que sean asesinados. No a 15 años de la desaparición de Kira.
Max había terminado de hacer otras cosas en la red para cuando había contestado el mensaje a Zero. El rubio castaño comenzó a sentir cansancio, pues había pasado ya bastante tiempo en su PC y había permanecido casi todo el día afuera. Así que decidió irse a la cama; no sin antes despedirse de su amigo.
—Bueno Zero, será mejor que me vaya. En mi país ya son pasadas de las 11:00pm.
—De acuerdo Max. Cuídate y no hagas demasiadas tonterías sin invitarme.
Max se desconectó de su cuenta de Messenger y apagó su PC. Aquella maldad que hizo con los correos de aquellos conocidos de su colegio lo había dejado satisfecho por el día de hoy. Con un gesto de fatiga se fue dirigiendo hacía su desordenada cama, que entre los objetos que había encima de ella, hubo una en particular que llamó la atención del muchacho: una delgada libreta de pasta negra que yacía en medio del colchón. Max recordó que la había visto antes en su escritorio, pero cuando había entrado no se encontraba en ninguna parte, ni siquiera ahí.
— ¿Mmm…? ¿Cuándo llegó aquí? Pensé que fue solo mi imaginación… —El jovencito tomó la libreta con sus manos para verla detenidamente—. ¿De quien será esta libreta…? La única persona que entra en mi alcoba de vez en cuando es mamá. ¿Será de ella? —comenzó a hojear el cuaderno para confirmar que se trataba del mismo que había visto hace unas horas, abriéndolo en la parte donde venía aquella oración tan extraña—. Este es el cuaderno del dios de la muerte… Qué absurdo… No creo que sea de mamá… Más bien parece ser de algún demente creyente de lo oscuro, o peor, de algún seguidor de Kira.
Max continuó hojeando la libreta mientras se preguntaba de quién podría ser y qué estaba haciendo ahora en su cuarto. Fue entonces cuando miró la última página del cuaderno y observó que en ella venía escrito un largo mensaje:
Los humanos que han llegado a poseer este tipo de objeto han sido muy pocos, ya que en realidad estos cuadernos no pertenecen a este mundo. Sin embargo, una vez que caen en él, se vuelven parte del mismo. Ahora este libro es tuyo. He estado observándote desde mi mundo, y decidí que tú podrías ayudarme. Para eso te di este cuaderno. Porque con él, no solo tendrás el poder, sino también el derecho ante los ojos de los dioses de matar a los humanos.
— ¡Que estupidez! —Exclamó y luego arrancó la hoja del escrito con escepticismo—. Tengo sueño… Mejor me duermo… Ya averiguaré mañana quien me hizo esta broma tan ridícula… —se recostó y cerró los ojos para después hacer un gesto de angustia. El cuaderno permaneció a un lado suyo. Aunque había exclamado que sólo se trataba de una broma pesada, en realidad él no creía posible que alguien pudiese entrar en su cuarto y dejar aquel objeto. Pensar que alguien pudiese haber entrado, sin que su madre ni él se dieran cuenta, a su habitación, lo hacía sentir miedo de aquella persona. Dicho temor hizo que, una vez dormido, comenzase a tener pesadillas, y empezó a tener el mismo sueño que solía tener desde hacía algunos años, cada mes aproximadamente: Que una voz lo llamaba mientras recorría una vereda oscura y surrealista, buscando a su padre desesperadamente. La voz lo llamaba por su verdadero nombre y aclamaba una y otra vez: "Venganza, Sato… Debes buscar venganza…" La voz se hacía cada vez más intensa hasta que la niebla que estaba enfrente suyo mientras avanzaba se iba disipando hasta que pudo discernir a un sujeto que estaba en frente suyo, cuyo rostro desfigurado mostraba una expresión de sufrimiento. Aquella voz provenía de aquel hombre, que con un horrendo grito, hizo a Max estremecerse: "¡VENGANZAAAAA!"
Max despertó con un fuerte grito de terror y, justo cuando levantó la mirada, vio algo que lo hizo dar un alarido aún más potente: Vio, a través de las penumbras, una silueta monstruosa de cuyo rostro se discernían dos orbes escarlata que brillaban intensamente mientras observaban, detenidamente, al aterrorizado muchacho. Aquella figura que divisaba lo hizo sudar frío y retroceder lentamente en dirección contraria mientras continuaba encima de su cama hasta caer al piso.
— ¡¿Q-qué demonios eres tú...?! ¡RESPONDE!
—Ha llegado la hora, Yagami Satoshi … —De entre las sombras fue emergiendo el cuerpo de aquella enorme criatura plateada—. He venido porque por fin llegó la hora de que tú me ayudes…
— ¿De… de qué me estas hablando…? —Max, aún temeroso, comenzó a encarar al monstruo—. ¡Te pregunté quién o qué rayos eres!
—No grites… o harás que la otra humana de esta casa se despierte…
— ¡¿M-mi madre?! ¡Si le haces algo a mi madre te juro que…!
—Guarda silencio —interrumpió el shinigami plateado—, si lo haces te explicaré y responderé a cada una de tus preguntas.
Max no confiaba absolutamente en aquel monstruo, pero al darse cuenta que con hacer un escándalo no ganaría otra cosa que involucrar a su madre, guardó silencio y esperó a que aquel demonio le explicara lo que estaba pasando.
—Mi nombre es Deementy, y aquella libreta que tiraste solía ser mía. Ahora es tuya. Con ella podrás matar a los humanos a tu antojo sin ponerles un dedo encima…
— ¿De… de que me estas hablando…? —Max recogió la libreta que había caído al piso—. ¿Cómo se supone que vas a matar a alguien con esto…? Además… ¡te dije que me explicaras que cosa eres tú!
— ¿Qué qué soy yo…? La verdad es que ni siquiera nosotros mismos sabemos qué somos o para qué existimos. Pero por nuestro oficio se podría decir que para ustedes somos… —se acercó un poco más a Max, el cual esta vez no retrocedió y lo encaró para recibir su respuesta— shinigamis…
— ¿Dices que eres un dios de la muerte? —Su gesto se volvió molesto y escéptico—. Los dioses no existen… y los shinigamis solo son una leyenda de mi país.
—Tienes razón, no somos dioses… pero nos dedicamos a acortar la vida de los humanos. Esa es nuestra única obligación si queremos seguir con vida… Y esa libreta —señaló hacia el cuaderno que Max cargaba—, es nuestra herramienta… Si escribes en ella el nombre de un ser humano cuyo rostro conozcas, ese humano irremediablemente morirá. Ese cuaderno se dio a conocer entre los humanos como Death Note, hace algunos años…
Max permaneció en silencio. Aún permanecía escéptico ante las palabras de aquella criatura. Sin embargo, trató de encontrar algún sentido en todo lo que aquel dios de la muerte le dijo, hasta que finalmente lo encontró.
—Si lo que dices es cierto… —abrió y hojeó el cuaderno con la mirada oculta tras su enorme flequillo—, entonces cualquier humano que se apoderará de una libreta como ésta podría matar a los demás a su antojo, sin dejar pistas de cómo lo hizo… ¿No es así…?
—Cierto…
— ¿Y dijiste que hace unos años ese cuaderno se dio a conocer como Death Note por los humanos…? —Deementy le asintió—. Eso quiere decir que hace unos años, una de estas libretas cayó en manos humanas, ¿no?
—Así es. Ya han pasado más de 20 años desde que aquellas libretas cayeron en este mundo…
— ¿Y dices que ahora esta libreta es mía y que puedo hacer lo que quiera con ella, verdad?
—Bueno, te la di a cambio de que me ayudes a recuperar algo que quiero. Pero no me importa que hagas con ella en cuanto hagas lo que te pido.
—Olvídalo… —el rubio se levantó y ofreció al shinigami la libreta—. ¡No voy a convertirme en un verdugo como lo fue Kira! —El shinigami permaneció en silencio sin tomar la libreta de vuelta y esperando a que el humano se explicara—. Si lo que me dices es cierto, entonces Kira no fue ningún dios… Sólo fue otro humano demente que creyó que podía juzgar a las personas y utilizó esta libreta como arma. ¿Acaso quieres que me convierta en su sucesor? ¡Si es así, vete a darle esta porquería a otro humano porque yo jamás me haría pasar por ese mal nacido! —arrojó con fuerza el cuaderno al piso.
—Te equivocas. Ya te dije que no me importa para que utilices esa libreta. Mi objetivo es solo recuperar algo que se quedó en este mundo… Si te rehúsas a ayudarme —mostró una hoja de papel que llevaba en su enorme mano y empuñó en la otra un raro instrumento de escritura— te mataré. Eso y más te mereces por tener en tus venas la sangre de ese bastardo…
— ¿Acaso estas hablando de mi padre…? —La mirada de Max se inundó de resentimiento, tristeza e ira—. Mi padre… ¡Él fue un gran hombre! ¿Me oíste? ¡Él fue uno de los pocos policías que no le tuvieron miedo a Kira y luchó para atraparlo! ¡Y es por eso que odio a Kira! ¡Porque él mató a mi padre, y mi padre no era ningún criminal! ¡Lo mató solo porque estuvo a punto de atraparlo…! —Gritó con la voz a medio quebrarse.
El shinigami plateado sonrió malignamente al escuchar los baladros del humano, quien había derramado un par de lágrimas y lo veía furioso por su comentario.
—Así… que eso fue lo que te dijeron… —con una despreciable carcajada hizo a Max enfurecerse aún más, al grado que éste intentó callarlo con un golpe que no consiguió darle, pues su puño atravesó al dios de la muerte haciendo que el rubio se estrellara en el piso—. Escúchame bien, Satoshi Yagami. Kira no fue quien mató a tu padre…
—Entonces… —Max quedó atónito ante las palabras de Deementy—. ¿Quién lo mató?
El shinigami sonrió por dentro, pues había encontrado la manera de manipular al humano.
—Si me ayudas a conseguir lo que quiero, tal vez te lo diga… No, incluso si decides ayudarme, tendrías que enfrentarte a los responsables de la muerte de tu padre… Cara a cara…
Max se quedó paralizado ante las confusas palabras del dios de la muerte. Había comprendido que toda su vida se la pasó odiando a la persona equivocada. Ahora sabía que la persona que había matado a su padre desde antes de que él naciera seguía vivo, y saber que se le estaba dando la oportunidad de averiguar la verdad que se le había ocultado durante toda su vida, lo hizo murmurar con gran acierto las intenciones de aquel monstruo:
—Entonces… quieres que te ayude a recuperar algo, que de seguro posee la misma persona responsable de que mi padre muriera, y a cambió, tú me darás esta libreta que me dará el poder necesario para lógralo. Así no sólo te estaré ayudando, sino que también me estaría dando la oportunidad de vengarme de aquel sujeto por haber asesinado a mi padre. Pero por otra parte, si me rehúso a ayudarte, me mataras y buscaras a alguien más que te ayude…
—Así es. Aunque francamente preferiría que tú lo hicieras, pues fue tu padre quien provocó esto, y decidí que tú, como su hijo debes enmendarlo —poco a poco el gran shinigami de color plateado se fue elevando ante los ojos del humano que resignado a su suerte lo observaba atravesar el techo de su habitación—. Te daré un plazo de 24 horas para que te decidas. Hasta entonces piénsalo bien… o eliges ayudarme… o eliges la muerte…
El joven Max vio al shinigami desaparecer de su vista y se quedó petrificado por dentro. Aquellos ojos del dios de la muerte reflejaban un intenso rencor cuando le miraban, tanto que por primera vez el rubio ojimaple supo lo que era el verdadero terror. Su corazón se encontraba casi petrificado, no tanto por la apariencia y el carácter intimidante de aquel demonio, sino más bien por aquellas palabras que le había dicho: "Kira no fue quien mató a tu padre", "Mereces la muerte por llevar la misma sangre que ese bastardo", "Tu padre lo provocó todo, por eso tú debes de enmendarlo".
Max permaneció en el suelo, sintiendo que su corazón no volvería a estar tranquilo hasta que todas sus dudas fueran esclarecidas por completo.
CONTINUARÁ…
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