FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) capítulo 3


Capítulo III



"¿Por qué? ¿Por qué? ¡Rayos, Tsugumi! ¿Por qué lo hiciste?" Chitoge en verdad estaba molesta. Pisaba con tanta fuerza que, si se prestaba la debida atención, podían escucharse sus pasos retumbar a lo largo de los pasillos de la mansión, junto al rechinar de sus dientes. "¿Cómo se atrevió Tsugumi a espiarnos? Si yo le hubiera… si Raku y yo nos hubiésemos puesto a hablar de lo que me contó Papá, y yo me le hubiera confesado, Tsugumi se habría dado cuenta que él y yo no somos novios de verdad."

En efecto, no era para menos que esa casualidad los haya salvado. Tsugumi, a pesar de todo, no dejaba de ser una subordinada que Claude había mandado con el objetivo de tenerlos vigilados. Si se llegase a enterar de que su relación con Raku es sólo una actuación, nada le garantizaría a Chitoge que ella se guardaría el secreto a favor de mantener la paz entre las familias. Y ahora, con tan tremenda decepción que se había llevado, mucho menos que antes podía confiar en ella. Pero lo que más le dolía era el pensar que una de sus mayores amigas de toda la vida acababa de traicionar a tal extremo su confianza. Eso, sumado a la frustración de haber fracasado en su intento de confesar sus sentimientos, la tenía bastante abrumada.

Vio que al fondo de uno de los corredores que conducían al salón principal, yacía de pie aquella silenciosa acompañante de Max, justo al lado de la entrada y en compañía de un puñado de escoltas de su padre. “De seguro él y papá están conversando allá adentro.” Pensó en pasar a verlos pero recordó que su ropa se había empapado a causa de la reciente lluvia. "No. Mejor me doy un baño antes, que no quiero que se entere que andaba afuera. Espero que a Max no se le ocurra decírselo."

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Adelt, padre de Chitoge y el máximo líder de la organización delictiva internacional conocida como 'The Beehive', se hallaba sumamente sorprendido por tan inesperada visita. El hecho de que él haya venido hasta su mansión, desde el extranjero, sin haber dado previo aviso, daba mucho que pensar. Era como si aquel jovenzuelo, por alguna razón, estuviera tratando de pasar inadvertido; lo que por experiencia lo hizo sospechar de sus intenciones. Tomaron asiento, uno frente al otro, en los lujosos y mullidos sillones de aquel bello y espacioso salón de invitados. Adelt le preguntó si gustaba un trago, Max lo rechazó alegando que en este país él aún era muy joven para beber alcohol. Ambos rieron.

—Y bien —dijo Adelt—, ¿se puede saber a qué debo el honor de tu visita, jovencito? ¿Qué es lo que querías hablar en privado conmigo?

—Antes que nada, permítame disculparme por haber venido hasta aquí sin previo aviso. Pero una vez que le haya contado sobre las circunstancias que me trajeron hasta aquí, estoy seguro que comprenderá el por qué tuve que hacerlo.

—No te preocupes, muchacho. Está bien.

—Señor, usted fue un contacto importante para mi difunto padre. Se podría decir incluso que usted fue un camarada, un amigo de confianza para él. Es por ese motivo que ahora, que se me ha presentado este gran evento de mi vida, pensé en usted y en buscar fortalecer aquellos lazos que existieron con mi familia.

—¿Y bien?

—Quiero que usted sea el primero fuera de mi familia en enterarse que he tomado la decisión de suceder a mi abuelo.

—¿Qué? —Adelt abrió los ojos como platos—. Pero muchacho, ¿no eres…?

—¿Demasiado joven? Sí, es lo que muchos han pronunciado. Pero no hago esto por mero capricho y ambición. Mi abuelo, como sabrá, ya es un hombre de edad muy avanzada. Pasa de los ochenta años y su salud últimamente se ha deteriorado bastante. Recientemente ha sido su consigliere quien ha tenido que dar la cara en los asuntos importantes y reuniones con las otras familias asociadas. Como podrá imaginar, ya han comenzado las habladurías de que él ya no es quien toma las decisiones y que, además, ya no tiene la lucidez necesaria para seguir llevando el mando. La familia Benedetti necesita de un líder que unifique e inspire seguridad y cohesión dentro de la organización, ya que sin estas, la lealtad y la confianza entre cada uno de los integrantes se podrían deteriorar. Además, es muy probable que dentro de poco él llegue a morir, lo que dejaría un vacío en nuestra familia. Es por eso que debo asumir las riendas y tomar el control cuanto antes, tal y como dictaba la voluntad de mi padre, y convertirme en su sucesor legítimo.

—¿Entonces dentro de poco serás reconocido como el nuevo Don de la familia?

—Bueno, no precisamente. Mi abuelo mientras viva seguirá siendo el Don y la máxima autoridad; yo sólo pasaré a ser el encargado de todas las responsabilidades para que así él pueda retirarse y descansar. Claro que, viéndolo de un punto de vista más cínico, se podría decir que sí, pues todo el poder y facultad decisiva pasarán a mí.

—Muy bien, muchacho, te felicito. Tu padre estaría orgulloso.

—Pero no todo es tan sencillo. Como es de esperarse, hay personas que alegan que yo aún soy demasiado joven y falto de experiencia para dirigir a los Benedetti. Ganarme la confianza y la aprobación de todos va a ser sumamente difícil. En especial por los hermanos de mi padre, quienes están presionando a mi abuelo para que cambie de parecer y elija a uno de ellos como el nuevo Sottocapo.

—¿Y has venido aquí para…?

—Señor Adelt —El joven se puso de pie y le miró con decisión—, voy a hacer todo lo que sea necesario para ser reconocido como el Sottocapo de mi familia. Es por eso que he venido a proponerle algo…

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Chitoge acababa de tomar una ducha. Le molestaba un poco que el cabello aún estuviese algo húmedo. Andaba en pijama rumbo a la cocina, quería pedirles a los cocineros que le prepararan algo de cenar. De pronto, escuchó la voz de su padre gritar desde el otro extremo del pasillo.

"¿Papá?"

Los hombres de su padre se arremolinaron alrededor del salón de invitados. Chitoge tuvo un mal presentimiento y corrió hacia allá, temerosa, a averiguar qué ocurría.

—Papá, ¿estás bien?

—Señorita —uno de los gánster, al percatarse, le cerró el paso—, manténgase alejada por su bien.

—¿Qué está pasando?

A lo lejos divisó a Max, quien acababa de salir del salón, y a su asistente, quien de inmediato se acercó para escoltarlo. Ambos caminaron rumbo a la salida mientras los gánsters los miraban con una expresión de desconfianza y rabia. Adelt se asomaba desde la puerta del salón. Su rostro, que hasta ese entonces su hija siempre lo había visto con un semblante tranquilo y relajado, ahora reflejaba cólera y hostilidad. Por su parte Max, aunque aún mantenía aquel perfil serio y recatado de siempre, se le percibía un mohín de decepción en su mirada. El castaño se percató que desde la lejanía Chitoge había observado toda la escena. Dirigió sus ojos hacia ella. Por un leve instante la mirada de ambos coincidieron.

—Señor —Maximiliano detuvo el paso y se dio la media vuelta a encarar a Adelt—, déjeme decirle que su negativa no me hará cambiar mis planes. Con su consentimiento o sin él, haré lo que tenga que hacer para ganarme el favor de mi familia y honrar la memoria de mi padre.

—Lárgate —le respondió Adelt de manera punzante. La misma Chitoge quedó impresionada de oírlo tan disgustado—. No sé si tienes agallas o si sólo eres demasiado estúpido para venir aquí a decirme semejantes disparates. Ya no eres bienvenido aquí. Regresa a Italia y no vuelvas a pisar esta ciudad nunca.

—No. El que usted se haya negado no va a cambiar mis planes, sólo los hará más difíciles de lograr. ¡Pero no voy a rendirme!

—¡Fuera!

Max y su escolta se retiraron. Ya había dejado de llover pero el frío y la humedad aún imperaban en el ambiente. El joven miró hacia el cielo, pensando en todo lo que tendría que hacer de ahora en adelante.

—Chitoge… —Adelt, al percatarse de que su hija había presenciado todo el quilombo, se acercó a ella—. ¿Viste a ese hombre?

—Papá, ¿él no era aquel niño que conocimos hace mucho cuando fuimos a Italia? ¿Qué pasó?

—Chitoge —posó sus manos en los hombros de su hija—. Ten mucho cuidado. No entables conversación con él. No dejes que se acerque a ti.

—¿Qué?

—Ese hombre es peligroso. ¿Me oíste?

—Pero papá…

—Es una orden.

Chitoge guardó silenció y asintió con timidez. Su padre solía ser un hombre muy sereno, que siempre guardaba la compostura hasta en los momentos más increíbles, pero hoy fue la primera vez que lo veía así de molesto y resentido. ¿Qué clase de conversación pudo haber tenido con Max para que se pusiera tan sobresaltado? Adelt le ordenó que se fuera a su habitación y ella obedeció.

—Claude —llamó a su fiel lugarteniente, quien se hallaba en medio de la muchedumbre.

—Sí, señor.

—Necesito que vigiles exhaustivamente a Chitoge siempre que esté fuera de casa hasta nuevo aviso. Por ningún motivo vayas a permitir que ese infeliz se acerque a ella.

—Será un placer, jefe. Déjelo todo en mis manos.

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Tsugumi y su tutor tuvieron una audiencia de emergencia en un pequeño salón del sótano de la mansión, donde el gangster solía entrenar e instruir a su aprendiz.

—Seishirou.

—¿Sí, señor Claude?

—Requiero que a partir de mañana refuerces tu vigilancia sobre la señorita. Si es necesario, síguela a todas partes mientras esté fuera de casa. No la pierdas de vista en ningún momento. Yo haré lo mismo desde la distancia, así que tú hazlo desde cerca, escóltala a donde quiera que vaya.

—Sí, señor, pero… Dígame. ¿Acaso la señorita se encuentra en peligro?

—Así es, Seishirou. No puedo darte todos los detalles aún. Toma —le ofreció un sobre amarillo. Tsugumi lo abrió. Sacó la fotografía de un hombre mayor acompañado de un niño de cabello castaño y una niña que parecía ser Chitoge a una menor edad, y un retrato a lápiz de un hombre joven—. ¿Ves a esta persona? Todo lo que pudimos conseguir de él fue esta fotografía de cuando era un niño. Pero con este retrato hablado de cómo luce en la actualidad debería bastarte para reconocerlo. Tu misión será vigilar a la señorita y no permitir por ningún motivo que se acerque a ella.

—¿Qué?

—Lo que oíste. No permitas bajo ninguna circunstancia que él se acerque a la señorita. Bajo ningún motivo él deberá entablar ninguna clase de conversación con ella. Si en algún momento él llegase a intentar acercársele, deberás mantener a la señorita alejada de él e informarme para que podamos ayudarte cuanto antes. Ese sujeto, no te mentiré, es extremadamente peligroso y sus intenciones con la señorita no son para nada buenas.

“Ese hombre...” pensó Tsugumi, “ese hombre es el mismo que se topó con la señorita y Raku Ichijou cuando estaban conversando en las afueras de la mansión. El mismo que se presentó a sí mismo como Maximiliano Benedetti. Entonces es verdad que él es…”

—¿Qué pasa, Seishirou? ¿Por qué te quedas callado? Dime, ¿crees poder ejecutar esta misión con éxito?

—¿Eh? —Tsugumi espabiló—. Sí… ¡Sí, Señor! ¡Haré todo lo que esté a mi alcance para mantener a raya a ese sujeto!

—Por cierto, ¿ya no ha vuelto a aparecerse el espía desde aquella ocasión?

—No. Desde ese día en que Paula y yo detectamos su presencia ya no volvimos a saber de él… Espere, no me diga que… ¿No me diga que esto debió ser obra suya?

—Al parecer, Seishirou, es lo más probable. Por eso no debemos bajar la guardia. También dile a White Fang —refiriéndose a Paula por su sobrenombre en el submundo— que por orden directa de nuestro jefe ella deberá ayudarte en esta misión.

Tsugumi asintió.

—Y una cosa más —agregó el gánster—, por ningún motivo la señorita debe enterarse de la situación. Es por demás innecesario hacer que se preocupe. ¿Me oíste?

—Sí, señor Claude. Cuente conmigo. Protegeré a la señorita; con mi vida de ser necesario.

—Así se habla.

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Al día siguiente fue día de escuela y Chitoge asistió como de costumbre, por lo que el plan para mantenerla vigilada se ejecutó a primera hora. Claude por su parte y con la ayuda de algunos subordinados, monitoreaba la escuela en cada una de las esquinas del complejo y en los  sitios aledaños. Su objetivo era detectar a cualquier intruso que tratara de infiltrarse en el plantel como la última vez. Paula, por otro lado, se movía de un lado para otro dentro de las instalaciones; su objetivo era asegurar desde adentro la seguridad y la ausencia de gente sospechosa. Tsugumi, en cambio, tenía la misión más importante de todas: seguir de cerca y vigilar a Chitoge a cada momento sin perderle el rastro. No obstante…

—¡Ya deja de seguirme! —gritó la malhumorada rubia, quien caminaba a paso raudo por los corredores camino al baño.

—Pero señorita, por favor, déjeme explicarle —le rogaba una Tsugumi que caminaba tres pasos detrás de ella.

—¡No quiero oír ninguna excusa! Estoy enojada contigo.

—Lo entiendo, señorita. Sé que ayer hice muy mal en desobedecer sus órdenes. Pero, por favor, quiero que se le quite esa idea de que lo hice con mala intención.

—¿Sin mala intención? —Chitoge detuvo su paso, volteó hacia Tsugumi y arqueó una ceja—. ¿Me quieres tomar el pelo? Tuviste mucha suerte de que en ese momento nos interrumpieran. Mira que si hubieras escuchado lo que estaba a punto de decirle a ese idiota, jamás de los jamases te lo hubiera perdonado.

—Sé que es muy difícil de creer esto, señorita, pero es la verdad. No era mi intención violar su privacidad ni mucho menos traicionar a su confianza. Es sólo que yo estaba… no sé como decirlo, tan preocupada por usted que mi cuerpo se movió contra mi voluntad. Cuando me di cuenta yo ya me había subido a ese árbol y no podía bajarme de ahí por miedo a que usted me descubriera y pensara lo peor de mí. Sé que eso no me exenta de mi culpa y de mi gran error. Sé que ahora mismo he perdido toda la confianza que alguna vez usted tuvo en mí… pero… pero…

—Pero, ¿qué?

Tsugumi quería explicarle que se hallaban en situación de alerta y que tenía como máxima prioridad vigilarla sin quitarle uno ojo de encima, pero parte importante de la operación era el evitar que ella se enterase, así que no se lo podía decir. Tenía que encontrar otra manera de persuadirla, cosa que, quizás, no era tan mala idea, ya que en el fondo lo que más deseaba era el hacer las paces con su señora y ganarse, aunque fuese parcialmente, su perdón.

—Quiero que sepa que si en algún momento yo me llegara a enterar de un secreto suyo que la comprometiera o la pudiera meter en problemas, yo la apoyaría a usted y a nadie más que a usted, señorita.

—¿Cómo?

—Lo que escucha, señorita. Aunque yo sea una sicario del Beehive, y el señor Claude sea mi tutor, y su padre sea el jefe de nuestra organización; yo fui criada desde pequeña con el único propósito de servirle y protegerla a usted. Por lo tanto, mi lealtad siempre será con y para con usted, señorita, por encima de cualquier otra cosa. Así sea contra su propio padre, yo siempre me pondré de su lado. Jamás lo dude, señorita.

—Tsugumi —musitó algo liada Chitoge—, ¿por qué me estás diciendo esto?

—Así que no debe nunca temer, señorita. Yo jamás haría algo que signifique ponerme en su contra, aún si se me diera esa orden. Creo… yo creo que la razón por la que usted no quería que ni yo ni nadie más en la mansión nos enteráramos de su conversación con Raku Ichijou, era porque usted y Raku Ichijou iban a hablar de algo muy personal, que no les conviene que los demás se enteren. Si es así, déjemele asegurarle que aunque esa noche me hubiera enterado por accidente de lo que no debo, jamás, pero jamás usaría esa información para lastimarla o comprometerla. Antes que eso, me llevaría el secreto a la tumba.

"¿Por qué Tsugumi me estará diciendo todo esto?" se preguntó Chitoge, "será acaso que… ¿será que ella ya sabe que lo de Raku y yo es una actuación? ¿Y no se lo ha dicho a Claude para no meternos en problemas?"

Nada estaba más lejos de la realidad. El malentendido que Tsugumi se había hecho en base a lo poco que escuchó y lo mucho que malinterpretó esa noche, era harina de otro costal.

—Tsugumi, entonces, ¿me estás tratando de decir que tú ya sabes la verdad?

"¿Se refiere a que ella y Raku Ichijou están esperando un…?" Tsugumi sintió un estupor. Estaba muy avergonzada de si misma por haberse enterado de un secreto de su señora de tal calibre sin haber tenido antes su autorización para saberlo. Pero lo hecho, hecho estaba y ya no tenía ningún caso negarlo.

—Sí, señorita, así es. Desde hace una semana que había notado un comportamiento raro en usted, y también por la forma en que comenzó a salir más íntimamente con Raku Ichijou tras eso, y su insistencia por mantener en secreto su conversación dónde de seguro usted tenía planeado decírselo; todo eso me llevó a enterarme de su secreto.

A Chitoge se le puso la cara roja como nunca en su vida.

"Entonces Tsugumi ya sabía todo este tiempo que Raku y yo no somos novios de verdad, pero nunca nos delató con Claude porque prefirió ponerse de nuestro lado, e hizo como si aún no lo supiera para cubrirnos. Y hace una semana se enteró que él me gusta de verdad y que iba a declararme…"

—Y… ¿Qué piensas al respecto? —dijo Chitoge en voz muy tenue, con la mirada en el piso.

"La señorita debe sentirse muy avergonzada de que yo me haya enterado de su embarazo" pensó Tsugumi luego de ver su reacción.

—¿Crees que hice mal en…?

—¡No, no, no, señorita! —le interrumpió Tsugumi con ímpetu y agitando las manos—. Usted no tiene la culpa de nada. ¡Toda la culpa la tiene ese miserable de Raku Ichijou! Él, y solo él, es el verdadero responsable. Pero no se preocupe, señorita, yo personalmente me aseguraré que él tome la responsabilidad de sus acciones.

—Tsugumi, gracias, pero no creo que las cosas sean tan fáciles. Si él no quiere, no hay forma de que yo pueda…

—¡Para nada! —Tsugumi sacó su pistola y empezó a hacer ademanes de violencia y tortura con ella—. Él tiene que asumir la responsabilidad como el hombre que se supone que es. Si se atreve a negarse, yo misma le cortaré la lengua, le sacaré los ojos, le aplastaré cada uno de sus dedos, lo arrojaré a una fosa llena de lobos hambrientos…, y lo que quede de él, si es que queda algo, lo bañaré en aceite hirviendo hasta que queden sólo cenizas.

"Tsugumi me está diciendo todo esto para hacerme sentir mejor y para animarme." Chitoge se echó a reír jocosamente.

—Señorita. ¿Se encuentra bien?

—Muchas gracias, Tsugumi, ahora me siento más tranquila al saber que cuento con tu apoyo.

—S-señorita —Tsugumi, al ver la sincera sonrisa de Chitoge, sintió el inmenso alivio de saberse perdonada. Correspondió al detalle con la suya propia.

—Espero que esta vez cumplas tu palabra y no se lo vayas a contar a nadie más. Por cierto, ve sabiendo que Kosaki y Ruri también lo saben, aunque no del todo.

—¿La señorita Onodera y Miyamoto?

—Sí. Tenía que contárselo a alguien para no cargar yo sola con todo el peso. Y me dijeron que no había nada como hablar de tus problemas a tus amigos de confianza. No es que no te considere también mi amiga, Tsugumi, pero si te lo decía, no estaba segura de que no se lo fueras a decir a Claude.

—¿Al señor Claude? —Una horripilante imagen de un Claude enloquecido de rabia disparándole sin piedad a Raku Ichijou, quien huía aterrado de su verdugo, cruzó por la mente de Tsugumi, lo que la llevó a tener un fuerte escalofrío y una mueca amarga. Sacudió la cabeza y dijo—: De ninguna manera lo haría, señorita, o de lo contrario su bebé se quedaría sin padre antes de nacer.

Ambas rieron.

—Espera…  —Chitoge reaccionó a tales palabras—, ¿dijiste bebé?

—Por cierto, señorita. Perdone mi atrevimiento pero…  —La sicario acercó su mano y le acarició con suavidad el vientre a Chitoge, acción que por si sola bastó para dejar petrificada a la rubia—, ¿me permitiría regalarle una canastilla con accesorios para su bebé? También me gustaría ofrecerme a ayudarle en sus cuidados.

—De… ¿De qué estás hablando? ¿Cuál bebé?

—¿Cómo que cuál bebé? El que usted está esperando de Raku Ichijou.

Hubo un silencio incómodo. Tan profundo que hasta se oía el silbar del viento. Chitoge quedó inmóvil, con la expresión desencajada; no sabía ni cómo reaccionar. Tsugumi la observó extrañada.

Mientras tanto, en otro extremo de la escuela, unos jóvenes de segundo año paseaban por los corredores del patio central. Iban platicando muy despreocupados y alegres hasta que uno de ellos dijo:

—¿Oyeron eso?

—¿Oír qué?

—Suena como si una estampida se estuviera aproximando a nosotros. Y no solo eso… ¡el piso está temblando!

—¿Estás loco? —Contestó el más fanfarrón del grupo—. ¿Cómo va a…?

Y antes de que se dieran cuenta, los cinco alumnos fueron arrollados por dos cuerpos que corrían a velocidades sobrehumanas, como si fuesen simples pinos de boliche. Las responsables habían sido Chitoge y Tsugumi, quienes iban enfrascadas en una demencial carrera. Corrían tan rápido que los otros alumnos y profesores apenas y las vislumbraban durante unos instantes antes de perderlas de vista. Una estela de polvo era lo único que dejaban como rastro.

—¡Tsugumi, déjame en paz! —Gritó la exasperada rubia, quien iba al frente—. ¡Lo has malinterpretado todo!

—¿De qué habla, señorita? —Tsugumi hacía uso de todas sus fuerzas para no quedarse atrás—. ¡Yo sólo quería ayudarla para que así pudiera continuar sin problemas con sus estudios y que el peso no fuera demasiado para usted!

—¡Cállate! ¡Y déjame sola!

—¡Ya le dije que no puedo hacerlo, señorita!

"Qué horror" pensó Chitoge, "Tsugumi en realidad no sabe nada y sólo se hizo una idea equivocada de lo que le quería decir a ese idiota. Quiero decirle que todo es un malentendido pero entonces le tendría que explicar lo que en verdad le iba a decir a Raku esa noche. Que ella haya pensado eso de mí, me quiero morir de sólo pensarlo. ¡Quiero que me trague la tierra! ¿Y ahora cómo voy a salir de esta?"

Su persecución las llevó a darle la vuelta a la escuela, por dentro y por fuera, repetidas veces. Inclusive Paula, quien andaba en su labor de patrullar la escuela desde adentro, las vio pasar por el mismo corredor al menos unas tres veces. Parecía que ninguna de las dos iría a ceder. Pero en un momento dado, cuando estaban rodeando en círculos el edificio del plantel, Chitoge se percató de la presencia de alguien conocido frente a la entrada y paró en seco.

—Señorita… —dijo Tsugumi en medio de jadeos, con las manos apoyadas en las rodillas—, por favor…, no vuelva a tratar de huir así de…

Estupefacta, se percató que el motivo por el cual Chitoge se había detenido, fue para observar a aquel hombre elegantemente trajeado, quien ahora caminaba hacia ellas, a paso lento, mientras hablaba por celular.

—Max —silabó Chitoge.

"No puede ser cierto." Tsugumi quedó como una piedra. No podía creer que aquel sujeto haya tenido el descaro de venir personalmente a la escuela.

—La he encontrado, Karen —le dijo el castaño a su asistente a través del teléfono móvil—. Dime, ¿terminaste con lo que te encargué?

—Sí, señor. Todos los hombres del Beehive que se encontraban merodeando el perímetro los he inmovilizado. Lo he hecho tal como me lo ordenó: los dejé uno a uno fuera de combate sin herirlos de gravedad, así evitaremos que nuestras acciones sean aún más vistas como un acto hostil. Sin embargo, hubo un hombre al que no pude emboscar, se dio cuenta de mi presencia y puso resistencia…

A unos pocos metros del lugar donde Karen pasaba su informe, yacía, respaldado en la pared e inconsciente, Claude. Tenía su traje manchado de cabo a rabo de su propia sangre y el rostro cubierto completamente desfigurado por las heridas. Sus anteojos, hechos trizas, estaban esparcidos en el suelo.

—No tuve más opción que herirlo en el proceso —agregó la mujer—. Es muy probable que haya más guardaespaldas dentro de la escuela. Iré a apoyarlo de inmediato.

—Sí, aquí te espero.

Max colgó su teléfono móvil. Continuó acercándose a Chitoge.

—<Chitoge —dijo en idioma anglosajón—, vine a verte.>

—<¿Qué?>

—<¡Aléjese de la señorita!> —Tsugumi, desde su posición, ya estaba apuntándole con su revolver al invasor.

—¿Tsugumi, qué estás haciendo? —Gritó la rubia muy desconcertada.

—Señorita, perdóneme. Tengo órdenes directas de su padre de no dejar que este infeliz se acerque a usted.

—¿Pero qué…?

—No me pregunte —gritó con desesperación—, sólo confíe en mí. Ese sujeto es muy peligroso.

—¡Hey, Chitoge, Tsugumi! —Raku se metió a la escena desde la entrada del plantel—. El profesor me mandó por ustedes. Ya se tardaron y dice que si no… ¿Pero qué es lo que está pasando aquí?

"¿Qué está haciendo él en la escuela?" se preguntó al ver que se trataba del mismo sujeto que había conocido anoche."¿Y por qué Tsugumi le está apuntando con un arma?" Y es que la inmensa agresividad que se reflejaba en el rostro de la guardaespaldas de Chitoge hacia el intruso, no era para pasarse por alto.

—<Chitoge. Necesito hablar contigo> —le dijo el castaño en el idioma inglés.

—¡No le escuche señorita! —Tsugumi apoyó desafiante su dedo en el gatillo de su revolver—. <Y tú, te dije que te alejaras. ¡No te atrevas a dar otro paso!>

—¡Tsugumi! —Reclamó Chitoge—. ¡Basta!

—Confíe en mí, señorita. ¡Raku Ichijou —se dirigió a él sin despegar los ojos del invasor—, llévate de inmediato a la señorita a adentro de la escuela y busquen a Paula!

Por su parte, Raku seguía sin entender qué era lo que pasaba, pero aún así obedeció y se acercó a Chitoge. La tomó de la mano y trató de encaminarla, pero ella se resistió.

—Espera, Raku.

—<Chitoge —insistió Max—, no te mentiré. Tu padre y yo tuvimos un enfrentamiento anoche y eso ocasionó un arrebato de hostilidad hacia mí. Pero debes creerme cuando te digo que yo jamás te haría daño. Por favor, déjame…>

—<¡Que te calles!> —vociferó Tsugumi con aún más fuerza y rabia que antes.

—¡Tsugumi, por favor, ya déjalo en paz! —Insistió la rubia.

—Pero señorita…

—Cuando lo conocí hace unos años, él fue una buena persona conmigo. Yo no creo que él haya cambiado, así que le daré una oportunidad.

—No, señorita. No se deje engañar. Por favor, entienda. Mi misión en estos momentos es mantener a ese hombre lejos de…

—¡TSUGUMI!

—S-señorita… —La sicario se encogió de hombros.

—Tú me dijiste… me dijiste que tú eres mi protectora, que tu lealtad es hacia mí y no a la banda ni a mi padre. Que si tuvieras que elegir a quién seguir, sería a mí. Pues bien, Tsugumi, aquí me vas a demostrar si todo eso que me dijiste era cierto. Si Papá te ordenó esto y yo te ordeno que lo dejes acercarse a mí, ¿a quién vas a obedecer?

—Señorita… por favor, no me haga tener que…

Los brazos de Tsugumi empuñando el arma comenzaron a temblar. Su corazón se llenó de dolor por cuan terrible predicamento había caído. Poco a poco fue bajando su pistola. Cayó de rodillas a la par que se echó a llorar, conteniendo cuanto pudo sus gimoteos.

—<Gracias por tu voto de confianza, Chitoge> —dijo Max, aliviado.

—<Y bien, ¿qué es lo que quieres?>

—<¡Aléjate de la señorita, bastardo!>

Todos voltearon hacia la entrada de la escuela. Ahí estaba Paula con sus dos pistolas empuñadas y apuntándole al italiano. Se le veía muy fiera y decidida a disparar antes que razonar.

"Paula, gracias a Dios" pensó Tsugumi con optimismo. "Ella no tiene por qué detenerse aunque la señorita se lo ordene."

Pero el alivio no le duró mucho. En menos de un instante, los cañones de las pistolas de Paula se hicieron añicos al compás de dos disparos consecutivos, ante sus atónitos ojos.

—<No te atrevas a hacerle daño a mi señor.>

Aquella misteriosa mujer que siempre escoltaba a Maximiliano se hallaba aproximadamente a unos quince metros de distancia, por el lado izquierdo de la entrada del plantel. Empuñaba un arma de fuego de alto calibre con silenciador. A su habitual vestimenta de traje y boina negra de anoche llevaba ahora añadidos unos lentes oscuros, los cuales hacían ver a su bello aunque inexpresivo rostro aún más frío y fiero.

Paula y Tsugumi la miraron acercarse. Por alguna razón presentían que ya la conocían de algún lado. Pero no fue sino hasta que escucharon su nombre que por fin supieron su identidad.

—<Gracias, Karen.>

Las palabras del castaño las dejaron heladas. "No es posible" pensó Tsugumi, quien estaba tan sobrecogida que sus piernas comenzaron a temblar. "Si ese hombre en verdad es el nieto de Benedetti, esa mujer entonces tiene que ser…"

—¿Pero qué está pasando aquí? —Raku, quien hasta ese momento no había podido decir nada en medio de todo el caos y confusión, trató de poner en orden las cosas a su manera—. ¿Cómo se atreven a disparar armas en una escuela a mitad del día?

—<Vamos a tranquilizarnos todos> —decretó Max con un dejo único de autoridad.

Raku no sabía si confiar o no en él. Tsugumi no lo hacía, pero Chitoge sí. ¿A quién de las dos debería hacerle caso?

—<Chitoge. —Max, decidido a aprovechar la oportunidad, caminó hasta estar frente a la rubia—. La verdad es que habría preferido hablar de esto contigo a solas, en un lugar más pertinente. Pero dudo mucho, dadas las circunstancias, que las personas que te acompañan estén de acuerdo en que te lleve a conversar a otro sitio. He venido a proponerte lo que dejamos pendiente aquella noche cuando nos conocimos…>

—<¿Aquella noche?> —La rubia intentó recordar los detalles de aquella fiesta de hace cinco años, pero se quedó a medias.

Max sacó un estuche de su bolsillo. Lo abrió descubriendo un anillo de oro con un bellísimo diamante incrustado en él. Ante los ojos estupefactos de los presentes, tomó la mano de Chitoge e insertó el anillo en su dedo. Ella se ruborizó. Su mente fue incapaz de asumir y procesar lo que estaba sucediendo, hasta el momento en que él le dijo:

—<Chitoge, cásate conmigo.>

‘¿QUÉ?’

Gritaron al unísono Raku, Paula, Tsugumi y la misma Chitoge. Max esperó pacientemente, en silencio y sin perder su porte estoico, la respuesta.

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