Capítulo III
"¿Por qué? ¿Por qué? ¡Rayos,
Tsugumi! ¿Por qué lo hiciste?" Chitoge en verdad estaba molesta. Pisaba
con tanta fuerza que, si se prestaba la debida atención, podían escucharse sus
pasos retumbar a lo largo de los pasillos de la mansión, junto al rechinar de
sus dientes. "¿Cómo se atrevió Tsugumi a espiarnos? Si yo le hubiera… si
Raku y yo nos hubiésemos puesto a hablar de lo que me contó Papá, y yo me le
hubiera confesado, Tsugumi se habría dado cuenta que él y yo no somos novios de
verdad."
En efecto, no era para menos que esa
casualidad los haya salvado. Tsugumi, a pesar de todo, no dejaba de ser una
subordinada que Claude había mandado con el objetivo de tenerlos vigilados. Si se
llegase a enterar de que su relación con Raku es sólo una actuación, nada le
garantizaría a Chitoge que ella se guardaría el secreto a favor de mantener la
paz entre las familias. Y ahora, con tan tremenda decepción que se había
llevado, mucho menos que antes podía confiar en ella. Pero lo que más le dolía
era el pensar que una de sus mayores amigas de toda la vida acababa de
traicionar a tal extremo su confianza. Eso, sumado a la frustración de haber
fracasado en su intento de confesar sus sentimientos, la tenía bastante
abrumada.
Vio que al fondo de uno de los
corredores que conducían al salón principal, yacía de pie aquella silenciosa
acompañante de Max, justo al lado de la entrada y en compañía de un puñado de
escoltas de su padre. “De seguro él y papá están conversando allá adentro.”
Pensó en pasar a verlos pero recordó que su ropa se había empapado a causa de
la reciente lluvia. "No. Mejor me doy un baño antes, que no quiero que se
entere que andaba afuera. Espero que a Max no se le ocurra decírselo."
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Adelt, padre de Chitoge y el máximo
líder de la organización delictiva internacional conocida como 'The Beehive',
se hallaba sumamente sorprendido por tan inesperada visita. El hecho de que él haya
venido hasta su mansión, desde el extranjero, sin haber dado previo aviso, daba
mucho que pensar. Era como si aquel jovenzuelo, por alguna razón, estuviera
tratando de pasar inadvertido; lo que por experiencia lo hizo sospechar de sus
intenciones. Tomaron asiento, uno frente al otro, en los lujosos y mullidos sillones
de aquel bello y espacioso salón de invitados. Adelt le preguntó si gustaba un
trago, Max lo rechazó alegando que en este país él aún era muy joven para beber
alcohol. Ambos rieron.
—Y bien —dijo Adelt—, ¿se puede
saber a qué debo el honor de tu visita, jovencito? ¿Qué es lo que querías
hablar en privado conmigo?
—Antes que nada, permítame
disculparme por haber venido hasta aquí sin previo aviso. Pero una vez que le
haya contado sobre las circunstancias que me trajeron hasta aquí, estoy seguro
que comprenderá el por qué tuve que hacerlo.
—No te preocupes, muchacho. Está
bien.
—Señor, usted fue un contacto
importante para mi difunto padre. Se podría decir incluso que usted fue un
camarada, un amigo de confianza para él. Es por ese motivo que ahora, que se me
ha presentado este gran evento de mi vida, pensé en usted y en buscar fortalecer
aquellos lazos que existieron con mi familia.
—¿Y bien?
—Quiero que usted sea el primero
fuera de mi familia en enterarse que he tomado la decisión de suceder a mi
abuelo.
—¿Qué? —Adelt abrió los ojos como
platos—. Pero muchacho, ¿no eres…?
—¿Demasiado joven? Sí, es lo que
muchos han pronunciado. Pero no hago esto por mero capricho y ambición. Mi
abuelo, como sabrá, ya es un hombre de edad muy avanzada. Pasa de los ochenta
años y su salud últimamente se ha deteriorado bastante. Recientemente ha sido su
consigliere quien ha tenido que dar
la cara en los asuntos importantes y reuniones con las otras familias
asociadas. Como podrá imaginar, ya han comenzado las habladurías de que él ya
no es quien toma las decisiones y que, además, ya no tiene la lucidez necesaria
para seguir llevando el mando. La familia Benedetti necesita de un líder que
unifique e inspire seguridad y cohesión dentro de la organización, ya que sin
estas, la lealtad y la confianza entre cada uno de los integrantes se podrían
deteriorar. Además, es muy probable que dentro de poco él llegue a morir, lo
que dejaría un vacío en nuestra familia. Es por eso que debo asumir las riendas
y tomar el control cuanto antes, tal y como dictaba la voluntad de mi padre, y
convertirme en su sucesor legítimo.
—¿Entonces dentro de poco serás
reconocido como el nuevo Don de la familia?
—Bueno, no precisamente. Mi abuelo
mientras viva seguirá siendo el Don y la máxima autoridad; yo sólo pasaré a ser
el encargado de todas las responsabilidades para que así él pueda retirarse y
descansar. Claro que, viéndolo de un punto de vista más cínico, se podría decir
que sí, pues todo el poder y facultad decisiva pasarán a mí.
—Muy bien, muchacho, te felicito. Tu
padre estaría orgulloso.
—Pero no todo es tan sencillo. Como
es de esperarse, hay personas que alegan que yo aún soy demasiado joven y falto
de experiencia para dirigir a los Benedetti. Ganarme la confianza y la
aprobación de todos va a ser sumamente difícil. En especial por los hermanos de
mi padre, quienes están presionando a mi abuelo para que cambie de parecer y
elija a uno de ellos como el nuevo Sottocapo.
—¿Y has venido aquí para…?
—Señor Adelt —El joven se puso de
pie y le miró con decisión—, voy a hacer todo lo que sea necesario para ser
reconocido como el Sottocapo de mi familia. Es por eso que he venido a
proponerle algo…
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Chitoge acababa de tomar una ducha.
Le molestaba un poco que el cabello aún estuviese algo húmedo. Andaba en pijama
rumbo a la cocina, quería pedirles a los cocineros que le prepararan algo de
cenar. De pronto, escuchó la voz de su padre gritar desde el otro extremo del
pasillo.
"¿Papá?"
Los hombres de su padre se
arremolinaron alrededor del salón de invitados. Chitoge tuvo un mal
presentimiento y corrió hacia allá, temerosa, a averiguar qué ocurría.
—Papá, ¿estás bien?
—Señorita —uno de los gánster, al percatarse,
le cerró el paso—, manténgase alejada por su bien.
—¿Qué está pasando?
A lo lejos divisó a Max, quien
acababa de salir del salón, y a su asistente, quien de inmediato se acercó para
escoltarlo. Ambos caminaron rumbo a la salida mientras los gánsters los miraban
con una expresión de desconfianza y rabia. Adelt se asomaba desde la puerta del
salón. Su rostro, que hasta ese entonces su hija siempre lo había visto con un
semblante tranquilo y relajado, ahora reflejaba cólera y hostilidad. Por su
parte Max, aunque aún mantenía aquel perfil serio y recatado de siempre, se le percibía
un mohín de decepción en su mirada. El castaño se percató que desde la lejanía Chitoge
había observado toda la escena. Dirigió sus ojos hacia ella. Por un leve instante
la mirada de ambos coincidieron.
—Señor —Maximiliano detuvo el paso y
se dio la media vuelta a encarar a Adelt—, déjeme decirle que su negativa no me
hará cambiar mis planes. Con su consentimiento o sin él, haré lo que tenga que
hacer para ganarme el favor de mi familia y honrar la memoria de mi padre.
—Lárgate —le respondió Adelt de
manera punzante. La misma Chitoge quedó impresionada de oírlo tan disgustado—.
No sé si tienes agallas o si sólo eres demasiado estúpido para venir aquí a
decirme semejantes disparates. Ya no eres bienvenido aquí. Regresa a Italia y
no vuelvas a pisar esta ciudad nunca.
—No. El que usted se haya negado no
va a cambiar mis planes, sólo los hará más difíciles de lograr. ¡Pero no voy a
rendirme!
—¡Fuera!
Max y su escolta se retiraron. Ya
había dejado de llover pero el frío y la humedad aún imperaban en el ambiente.
El joven miró hacia el cielo, pensando en todo lo que tendría que hacer de
ahora en adelante.
—Chitoge… —Adelt, al percatarse de que
su hija había presenciado todo el quilombo, se acercó a ella—. ¿Viste a ese
hombre?
—Papá, ¿él no era aquel niño que
conocimos hace mucho cuando fuimos a Italia? ¿Qué pasó?
—Chitoge —posó sus manos en los
hombros de su hija—. Ten mucho cuidado. No entables conversación con él. No
dejes que se acerque a ti.
—¿Qué?
—Ese hombre es peligroso. ¿Me oíste?
—Pero papá…
—Es una orden.
Chitoge guardó silenció y asintió
con timidez. Su padre solía ser un hombre muy sereno, que siempre guardaba la
compostura hasta en los momentos más increíbles, pero hoy fue la primera vez
que lo veía así de molesto y resentido. ¿Qué clase de conversación pudo haber
tenido con Max para que se pusiera tan sobresaltado? Adelt le ordenó que se
fuera a su habitación y ella obedeció.
—Claude —llamó a su fiel
lugarteniente, quien se hallaba en medio de la muchedumbre.
—Sí, señor.
—Necesito que vigiles exhaustivamente
a Chitoge siempre que esté fuera de casa hasta nuevo aviso. Por ningún motivo
vayas a permitir que ese infeliz se acerque a ella.
—Será un placer, jefe. Déjelo todo
en mis manos.
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Tsugumi y su tutor tuvieron una
audiencia de emergencia en un pequeño salón del sótano de la mansión, donde el
gangster solía entrenar e instruir a su aprendiz.
—Seishirou.
—¿Sí, señor Claude?
—Requiero que a partir de mañana
refuerces tu vigilancia sobre la señorita. Si es necesario, síguela a todas
partes mientras esté fuera de casa. No la pierdas de vista en ningún momento.
Yo haré lo mismo desde la distancia, así que tú hazlo desde cerca, escóltala a
donde quiera que vaya.
—Sí, señor, pero… Dígame. ¿Acaso la
señorita se encuentra en peligro?
—Así es, Seishirou. No puedo darte
todos los detalles aún. Toma —le ofreció un sobre amarillo. Tsugumi lo abrió.
Sacó la fotografía de un hombre mayor acompañado de un niño de cabello castaño y
una niña que parecía ser Chitoge a una menor edad, y un retrato a lápiz de un
hombre joven—. ¿Ves a esta persona? Todo lo que pudimos conseguir de él fue
esta fotografía de cuando era un niño. Pero con este retrato hablado de cómo
luce en la actualidad debería bastarte para reconocerlo. Tu misión será vigilar
a la señorita y no permitir por ningún motivo que se acerque a ella.
—¿Qué?
—Lo que oíste. No permitas bajo
ninguna circunstancia que él se acerque a la señorita. Bajo ningún motivo él
deberá entablar ninguna clase de conversación con ella. Si en algún momento él
llegase a intentar acercársele, deberás mantener a la señorita alejada de él e
informarme para que podamos ayudarte cuanto antes. Ese sujeto, no te mentiré,
es extremadamente peligroso y sus intenciones con la señorita no son para nada
buenas.
“Ese hombre...” pensó Tsugumi, “ese
hombre es el mismo que se topó con la señorita y Raku Ichijou cuando estaban
conversando en las afueras de la mansión. El mismo que se presentó a sí mismo
como Maximiliano Benedetti. Entonces es verdad que él es…”
—¿Qué pasa, Seishirou? ¿Por qué te
quedas callado? Dime, ¿crees poder ejecutar esta misión con éxito?
—¿Eh? —Tsugumi espabiló—. Sí… ¡Sí,
Señor! ¡Haré todo lo que esté a mi alcance para mantener a raya a ese sujeto!
—Por cierto, ¿ya no ha vuelto a
aparecerse el espía desde aquella ocasión?
—No. Desde ese día en que Paula y yo
detectamos su presencia ya no volvimos a saber de él… Espere, no me diga que…
¿No me diga que esto debió ser obra suya?
—Al parecer, Seishirou, es lo más
probable. Por eso no debemos bajar la guardia. También dile a White Fang
—refiriéndose a Paula por su sobrenombre en el submundo— que por orden directa
de nuestro jefe ella deberá ayudarte en esta misión.
Tsugumi asintió.
—Y una cosa más —agregó el gánster—,
por ningún motivo la señorita debe enterarse de la situación. Es por demás
innecesario hacer que se preocupe. ¿Me oíste?
—Sí, señor Claude. Cuente conmigo.
Protegeré a la señorita; con mi vida de ser necesario.
—Así se habla.
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Al día siguiente fue día de escuela
y Chitoge asistió como de costumbre, por lo que el plan para mantenerla
vigilada se ejecutó a primera hora. Claude por su parte y con la ayuda de algunos
subordinados, monitoreaba la escuela en cada una de las esquinas del complejo y
en los sitios aledaños. Su objetivo era
detectar a cualquier intruso que tratara de infiltrarse en el plantel como la
última vez. Paula, por otro lado, se movía de un lado para otro dentro de las
instalaciones; su objetivo era asegurar desde adentro la seguridad y la
ausencia de gente sospechosa. Tsugumi, en cambio, tenía la misión más
importante de todas: seguir de cerca y vigilar a Chitoge a cada momento sin
perderle el rastro. No obstante…
—¡Ya deja de seguirme! —gritó la
malhumorada rubia, quien caminaba a paso raudo por los corredores camino al
baño.
—Pero señorita, por favor, déjeme
explicarle —le rogaba una Tsugumi que caminaba tres pasos detrás de ella.
—¡No quiero oír ninguna excusa!
Estoy enojada contigo.
—Lo entiendo, señorita. Sé que ayer
hice muy mal en desobedecer sus órdenes. Pero, por favor, quiero que se le quite
esa idea de que lo hice con mala intención.
—¿Sin mala intención? —Chitoge detuvo
su paso, volteó hacia Tsugumi y arqueó una ceja—. ¿Me quieres tomar el pelo?
Tuviste mucha suerte de que en ese momento nos interrumpieran. Mira que si hubieras
escuchado lo que estaba a punto de decirle a ese idiota, jamás de los jamases
te lo hubiera perdonado.
—Sé que es muy difícil de creer esto,
señorita, pero es la verdad. No era mi intención violar su privacidad ni mucho
menos traicionar a su confianza. Es sólo que yo estaba… no sé como decirlo, tan
preocupada por usted que mi cuerpo se movió contra mi voluntad. Cuando me di
cuenta yo ya me había subido a ese árbol y no podía bajarme de ahí por miedo a que
usted me descubriera y pensara lo peor de mí. Sé que eso no me exenta de mi
culpa y de mi gran error. Sé que ahora mismo he perdido toda la confianza que
alguna vez usted tuvo en mí… pero… pero…
—Pero, ¿qué?
Tsugumi quería explicarle que se
hallaban en situación de alerta y que tenía como máxima prioridad vigilarla sin
quitarle uno ojo de encima, pero parte importante de la operación era el evitar
que ella se enterase, así que no se lo podía decir. Tenía que encontrar otra
manera de persuadirla, cosa que, quizás, no era tan mala idea, ya que en el
fondo lo que más deseaba era el hacer las paces con su señora y ganarse, aunque
fuese parcialmente, su perdón.
—Quiero que sepa que si en algún
momento yo me llegara a enterar de un secreto suyo que la comprometiera o la
pudiera meter en problemas, yo la apoyaría a usted y a nadie más que a usted,
señorita.
—¿Cómo?
—Lo que escucha, señorita. Aunque yo
sea una sicario del Beehive, y el señor Claude sea mi tutor, y su padre sea el
jefe de nuestra organización; yo fui criada desde pequeña con el único
propósito de servirle y protegerla a usted. Por lo tanto, mi lealtad siempre
será con y para con usted, señorita, por encima de cualquier otra cosa. Así sea
contra su propio padre, yo siempre me pondré de su lado. Jamás lo dude,
señorita.
—Tsugumi —musitó algo liada
Chitoge—, ¿por qué me estás diciendo esto?
—Así que no debe nunca temer,
señorita. Yo jamás haría algo que signifique ponerme en su contra, aún si se me
diera esa orden. Creo… yo creo que la razón por la que usted no quería que ni
yo ni nadie más en la mansión nos enteráramos de su conversación con Raku
Ichijou, era porque usted y Raku Ichijou iban a hablar de algo muy personal,
que no les conviene que los demás se enteren. Si es así, déjemele asegurarle
que aunque esa noche me hubiera enterado por accidente de lo que no debo,
jamás, pero jamás usaría esa información para lastimarla o comprometerla. Antes
que eso, me llevaría el secreto a la tumba.
"¿Por qué Tsugumi me estará
diciendo todo esto?" se preguntó Chitoge, "será acaso que… ¿será que ella
ya sabe que lo de Raku y yo es una actuación? ¿Y no se lo ha dicho a Claude
para no meternos en problemas?"
Nada estaba más lejos de la
realidad. El malentendido que Tsugumi se había hecho en base a lo poco que
escuchó y lo mucho que malinterpretó esa noche, era harina de otro costal.
—Tsugumi, entonces, ¿me estás
tratando de decir que tú ya sabes la verdad?
"¿Se refiere a que ella y Raku
Ichijou están esperando un…?" Tsugumi sintió un estupor. Estaba muy
avergonzada de si misma por haberse enterado de un secreto de su señora de tal
calibre sin haber tenido antes su autorización para saberlo. Pero lo hecho, hecho
estaba y ya no tenía ningún caso negarlo.
—Sí, señorita, así es. Desde hace
una semana que había notado un comportamiento raro en usted, y también por la
forma en que comenzó a salir más íntimamente con Raku Ichijou tras eso, y su
insistencia por mantener en secreto su conversación dónde de seguro usted tenía
planeado decírselo; todo eso me llevó a enterarme de su secreto.
A Chitoge se le puso la cara roja
como nunca en su vida.
"Entonces Tsugumi ya sabía todo
este tiempo que Raku y yo no somos novios de verdad, pero nunca nos delató con
Claude porque prefirió ponerse de nuestro lado, e hizo como si aún no lo
supiera para cubrirnos. Y hace una semana se enteró que él me gusta de verdad y
que iba a declararme…"
—Y… ¿Qué piensas al respecto? —dijo
Chitoge en voz muy tenue, con la mirada en el piso.
"La señorita debe sentirse muy
avergonzada de que yo me haya enterado de su embarazo" pensó Tsugumi luego
de ver su reacción.
—¿Crees que hice mal en…?
—¡No, no, no, señorita! —le
interrumpió Tsugumi con ímpetu y agitando las manos—. Usted no tiene la culpa
de nada. ¡Toda la culpa la tiene ese miserable de Raku Ichijou! Él, y solo él,
es el verdadero responsable. Pero no se preocupe, señorita, yo personalmente me
aseguraré que él tome la responsabilidad de sus acciones.
—Tsugumi, gracias, pero no creo que
las cosas sean tan fáciles. Si él no quiere, no hay forma de que yo pueda…
—¡Para nada! —Tsugumi sacó su
pistola y empezó a hacer ademanes de violencia y tortura con ella—. Él tiene
que asumir la responsabilidad como el hombre que se supone que es. Si se atreve
a negarse, yo misma le cortaré la lengua, le sacaré los ojos, le aplastaré cada
uno de sus dedos, lo arrojaré a una fosa llena de lobos hambrientos…, y lo que
quede de él, si es que queda algo, lo bañaré en aceite hirviendo hasta que
queden sólo cenizas.
"Tsugumi me está diciendo todo
esto para hacerme sentir mejor y para animarme." Chitoge se echó a reír
jocosamente.
—Señorita. ¿Se encuentra bien?
—Muchas gracias, Tsugumi, ahora me
siento más tranquila al saber que cuento con tu apoyo.
—S-señorita —Tsugumi, al ver la
sincera sonrisa de Chitoge, sintió el inmenso alivio de saberse perdonada.
Correspondió al detalle con la suya propia.
—Espero que esta vez cumplas tu
palabra y no se lo vayas a contar a nadie más. Por cierto, ve sabiendo que
Kosaki y Ruri también lo saben, aunque no del todo.
—¿La señorita Onodera y Miyamoto?
—Sí. Tenía que contárselo a alguien
para no cargar yo sola con todo el peso. Y me dijeron que no había nada como
hablar de tus problemas a tus amigos de confianza. No es que no te considere
también mi amiga, Tsugumi, pero si te lo decía, no estaba segura de que no se
lo fueras a decir a Claude.
—¿Al señor Claude? —Una horripilante
imagen de un Claude enloquecido de rabia disparándole sin piedad a Raku Ichijou,
quien huía aterrado de su verdugo, cruzó por la mente de Tsugumi, lo que la llevó
a tener un fuerte escalofrío y una mueca amarga. Sacudió la cabeza y dijo—: De
ninguna manera lo haría, señorita, o de lo contrario su bebé se quedaría sin
padre antes de nacer.
Ambas rieron.
—Espera… —Chitoge reaccionó a tales palabras—,
¿dijiste bebé?
—Por cierto, señorita. Perdone mi
atrevimiento pero… —La sicario acercó su
mano y le acarició con suavidad el vientre a Chitoge, acción que por si sola bastó
para dejar petrificada a la rubia—, ¿me permitiría regalarle una canastilla con
accesorios para su bebé? También me gustaría ofrecerme a ayudarle en sus
cuidados.
—De… ¿De qué estás hablando? ¿Cuál
bebé?
—¿Cómo que cuál bebé? El que usted
está esperando de Raku Ichijou.
Hubo un silencio incómodo. Tan
profundo que hasta se oía el silbar del viento. Chitoge quedó inmóvil, con la
expresión desencajada; no sabía ni cómo reaccionar. Tsugumi la observó
extrañada.
Mientras tanto, en otro extremo de
la escuela, unos jóvenes de segundo año paseaban por los corredores del patio
central. Iban platicando muy despreocupados y alegres hasta que uno de ellos dijo:
—¿Oyeron eso?
—¿Oír qué?
—Suena como si una estampida se
estuviera aproximando a nosotros. Y no solo eso… ¡el piso está temblando!
—¿Estás loco? —Contestó el más
fanfarrón del grupo—. ¿Cómo va a…?
Y antes de que se dieran cuenta, los
cinco alumnos fueron arrollados por dos cuerpos que corrían a velocidades
sobrehumanas, como si fuesen simples pinos de boliche. Las responsables habían
sido Chitoge y Tsugumi, quienes iban enfrascadas en una demencial carrera. Corrían
tan rápido que los otros alumnos y profesores apenas y las vislumbraban durante
unos instantes antes de perderlas de vista. Una estela de polvo era lo único que
dejaban como rastro.
—¡Tsugumi, déjame en paz! —Gritó la exasperada
rubia, quien iba al frente—. ¡Lo has malinterpretado todo!
—¿De qué habla, señorita? —Tsugumi
hacía uso de todas sus fuerzas para no quedarse atrás—. ¡Yo sólo quería
ayudarla para que así pudiera continuar sin problemas con sus estudios y que el
peso no fuera demasiado para usted!
—¡Cállate! ¡Y déjame sola!
—¡Ya le dije que no puedo hacerlo,
señorita!
"Qué horror" pensó
Chitoge, "Tsugumi en realidad no sabe nada y sólo se hizo una idea
equivocada de lo que le quería decir a ese idiota. Quiero decirle que todo es
un malentendido pero entonces le tendría que explicar lo que en verdad le iba a
decir a Raku esa noche. Que ella haya pensado eso de mí, me quiero morir de
sólo pensarlo. ¡Quiero que me trague la tierra! ¿Y ahora cómo voy a salir de
esta?"
Su persecución las llevó a darle la
vuelta a la escuela, por dentro y por fuera, repetidas veces. Inclusive Paula,
quien andaba en su labor de patrullar la escuela desde adentro, las vio pasar
por el mismo corredor al menos unas tres veces. Parecía que ninguna de las dos
iría a ceder. Pero en un momento dado, cuando estaban rodeando en círculos el
edificio del plantel, Chitoge se percató de la presencia de alguien conocido
frente a la entrada y paró en seco.
—Señorita… —dijo Tsugumi en medio de
jadeos, con las manos apoyadas en las rodillas—, por favor…, no vuelva a tratar
de huir así de…
Estupefacta, se percató que el
motivo por el cual Chitoge se había detenido, fue para observar a aquel hombre
elegantemente trajeado, quien ahora caminaba hacia ellas, a paso lento,
mientras hablaba por celular.
—Max —silabó Chitoge.
"No puede ser cierto."
Tsugumi quedó como una piedra. No podía creer que aquel sujeto haya tenido el
descaro de venir personalmente a la escuela.
—La he encontrado, Karen —le dijo el
castaño a su asistente a través del teléfono móvil—. Dime, ¿terminaste con lo
que te encargué?
—Sí, señor. Todos los hombres del
Beehive que se encontraban merodeando el perímetro los he inmovilizado. Lo he
hecho tal como me lo ordenó: los dejé uno a uno fuera de combate sin herirlos de
gravedad, así evitaremos que nuestras acciones sean aún más vistas como un acto
hostil. Sin embargo, hubo un hombre al que no pude emboscar, se dio cuenta de
mi presencia y puso resistencia…
A unos pocos metros del lugar donde
Karen pasaba su informe, yacía, respaldado en la pared e inconsciente, Claude.
Tenía su traje manchado de cabo a rabo de su propia sangre y el rostro cubierto
completamente desfigurado por las heridas. Sus anteojos, hechos trizas, estaban
esparcidos en el suelo.
—No tuve más opción que herirlo en
el proceso —agregó la mujer—. Es muy probable que haya más guardaespaldas
dentro de la escuela. Iré a apoyarlo de inmediato.
—Sí, aquí te espero.
Max colgó su teléfono móvil.
Continuó acercándose a Chitoge.
—<Chitoge —dijo en idioma
anglosajón—, vine a verte.>
—<¿Qué?>
—<¡Aléjese de la señorita!>
—Tsugumi, desde su posición, ya estaba apuntándole con su revolver al invasor.
—¿Tsugumi, qué estás haciendo?
—Gritó la rubia muy desconcertada.
—Señorita, perdóneme. Tengo órdenes
directas de su padre de no dejar que este infeliz se acerque a usted.
—¿Pero qué…?
—No me pregunte —gritó con
desesperación—, sólo confíe en mí. Ese sujeto es muy peligroso.
—¡Hey, Chitoge, Tsugumi! —Raku se
metió a la escena desde la entrada del plantel—. El profesor me mandó por
ustedes. Ya se tardaron y dice que si no… ¿Pero qué es lo que está pasando
aquí?
"¿Qué está haciendo él en la
escuela?" se preguntó al ver que se trataba del mismo sujeto que había
conocido anoche."¿Y por qué Tsugumi le está apuntando con un arma?" Y
es que la inmensa agresividad que se reflejaba en el rostro de la
guardaespaldas de Chitoge hacia el intruso, no era para pasarse por alto.
—<Chitoge. Necesito hablar
contigo> —le dijo el castaño en el idioma inglés.
—¡No le escuche señorita! —Tsugumi
apoyó desafiante su dedo en el gatillo de su revolver—. <Y tú, te dije que
te alejaras. ¡No te atrevas a dar otro paso!>
—¡Tsugumi! —Reclamó Chitoge—.
¡Basta!
—Confíe en mí, señorita. ¡Raku
Ichijou —se dirigió a él sin despegar los ojos del invasor—, llévate de
inmediato a la señorita a adentro de la escuela y busquen a Paula!
Por su parte, Raku seguía sin
entender qué era lo que pasaba, pero aún así obedeció y se acercó a Chitoge. La
tomó de la mano y trató de encaminarla, pero ella se resistió.
—Espera, Raku.
—<Chitoge —insistió Max—, no te
mentiré. Tu padre y yo tuvimos un enfrentamiento anoche y eso ocasionó un
arrebato de hostilidad hacia mí. Pero debes creerme cuando te digo que yo jamás
te haría daño. Por favor, déjame…>
—<¡Que te calles!> —vociferó
Tsugumi con aún más fuerza y rabia que antes.
—¡Tsugumi, por favor, ya déjalo en
paz! —Insistió la rubia.
—Pero señorita…
—Cuando lo conocí hace unos años, él
fue una buena persona conmigo. Yo no creo que él haya cambiado, así que le daré
una oportunidad.
—No, señorita. No se deje engañar.
Por favor, entienda. Mi misión en estos momentos es mantener a ese hombre lejos
de…
—¡TSUGUMI!
—S-señorita… —La sicario se encogió
de hombros.
—Tú me dijiste… me dijiste que tú
eres mi protectora, que tu lealtad es hacia mí y no a la banda ni a mi padre.
Que si tuvieras que elegir a quién seguir, sería a mí. Pues bien, Tsugumi, aquí
me vas a demostrar si todo eso que me dijiste era cierto. Si Papá te ordenó
esto y yo te ordeno que lo dejes acercarse a mí, ¿a quién vas a obedecer?
—Señorita… por favor, no me haga
tener que…
Los brazos de Tsugumi empuñando el
arma comenzaron a temblar. Su corazón se llenó de dolor por cuan terrible
predicamento había caído. Poco a poco fue bajando su pistola. Cayó de rodillas
a la par que se echó a llorar, conteniendo cuanto pudo sus gimoteos.
—<Gracias por tu voto de
confianza, Chitoge> —dijo Max, aliviado.
—<Y bien, ¿qué es lo que quieres?>
—<¡Aléjate de la señorita,
bastardo!>
Todos voltearon hacia la entrada de
la escuela. Ahí estaba Paula con sus dos pistolas empuñadas y apuntándole al
italiano. Se le veía muy fiera y decidida a disparar antes que razonar.
"Paula, gracias a Dios"
pensó Tsugumi con optimismo. "Ella no tiene por qué detenerse aunque la
señorita se lo ordene."
Pero el alivio no le duró mucho. En
menos de un instante, los cañones de las pistolas de Paula se hicieron añicos al
compás de dos disparos consecutivos, ante sus atónitos ojos.
—<No te atrevas a hacerle daño a
mi señor.>
Aquella misteriosa mujer que siempre
escoltaba a Maximiliano se hallaba aproximadamente a unos quince metros de
distancia, por el lado izquierdo de la entrada del plantel. Empuñaba un arma de
fuego de alto calibre con silenciador. A su habitual vestimenta de traje y
boina negra de anoche llevaba ahora añadidos unos lentes oscuros, los cuales
hacían ver a su bello aunque inexpresivo rostro aún más frío y fiero.
Paula y Tsugumi la miraron
acercarse. Por alguna razón presentían que ya la conocían de algún lado. Pero
no fue sino hasta que escucharon su nombre que por fin supieron su identidad.
—<Gracias, Karen.>
Las palabras del castaño las dejaron
heladas. "No es posible" pensó Tsugumi, quien estaba tan sobrecogida
que sus piernas comenzaron a temblar. "Si ese hombre en verdad es el nieto
de Benedetti, esa mujer entonces tiene que ser…"
—¿Pero qué está pasando aquí? —Raku,
quien hasta ese momento no había podido decir nada en medio de todo el caos y
confusión, trató de poner en orden las cosas a su manera—. ¿Cómo se atreven a
disparar armas en una escuela a mitad del día?
—<Vamos a tranquilizarnos todos>
—decretó Max con un dejo único de autoridad.
Raku no sabía si confiar o no en él.
Tsugumi no lo hacía, pero Chitoge sí. ¿A quién de las dos debería hacerle caso?
—<Chitoge. —Max, decidido a
aprovechar la oportunidad, caminó hasta estar frente a la rubia—. La verdad es
que habría preferido hablar de esto contigo a solas, en un lugar más
pertinente. Pero dudo mucho, dadas las circunstancias, que las personas que te
acompañan estén de acuerdo en que te lleve a conversar a otro sitio. He venido
a proponerte lo que dejamos pendiente aquella noche cuando nos conocimos…>
—<¿Aquella noche?> —La rubia intentó
recordar los detalles de aquella fiesta de hace cinco años, pero se quedó a
medias.
Max sacó un estuche de su bolsillo.
Lo abrió descubriendo un anillo de oro con un bellísimo diamante incrustado en
él. Ante los ojos estupefactos de los presentes, tomó la mano de Chitoge e
insertó el anillo en su dedo. Ella se ruborizó. Su mente fue incapaz de asumir
y procesar lo que estaba sucediendo, hasta el momento en que él le dijo:
—<Chitoge, cásate conmigo.>
‘¿QUÉ?’
Gritaron al unísono Raku, Paula,
Tsugumi y la misma Chitoge. Max esperó pacientemente, en silencio y sin perder
su porte estoico, la respuesta.
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