FANFICTION: Clases particulares (Pokémon S&M) capítulo 2


Clases particulares.

Capítulo 2: Pero me acuerdo de ti.


Cuando me desperté en la camilla de la enfermería había pasado al menos unas dos horas. La enfermera me dijo que no tenía nada grave, que me marchara a casa y si mañana aún me sentía mal, fuera a ver al médico y me tomara unos días de descanso. Lana, Lillie y el resto de mis compañeros se veían muy preocupados por mí, así que traté de animarlos con una sonrisa y prometiéndoles que mañana vendría a clases como si nada. Pero de todas las miradas, la que más se quedó grabada con fuego en mi mente fue la de Kukui-sensei.

“Contrólate, o nos van a descubrir” creo que fue lo que sus ojos trataron de decirme. No es como si él estuviera molesto conmigo o algo así; más bien, pareciera que estaba algo ansioso.

Le conté a Papá lo que pasó y me dijo que podía descansar en mi habitación todo el día, que él se encargaría solo del restaurante. Más tarde, Mamá me llevó la cena a mi cuarto.

Recostada en mi cama, me puse a pensar en una manera de evitar que esto se volviera a repetir. Tsareena se acurrucó junto a mí, supongo a vigilar que no me volviera a sentir mal.

“Fue porque todo este tiempo estuve evadiendo el problema en lugar de afrontarlo.” Llego a esa conclusión luego de haberlo meditado mucho. “Si lo que quiero es poder superarlo algún día, no puedo simplemente hacer como que nada de esto ocurrió. Tengo que aceptarlo, tengo que aprender a vivir con ello.”

Me dispongo a recordar de uno en uno los acontecimientos de ese fatídico viernes: La obstinación con la que le supliqué a Kukui-sensei que me diera una última oportunidad de aprobar la materia. La inmensa rabia que me invadió cuando me dijo que lo haría a cambio de que hiciéramos cosas indecentes ahí mismo, en el mismo salón de clases donde mis amigos y yo convivimos a diario. La tristeza e impotencia al momento de aceptar el trato. El estar frente a su ‘cosa’, el mirar directamente la parte privada de un hombre adulto por primera vez; su dureza, su calor que casi me quema las manos al momento de apretarlo con fuerza; el aroma y recio sabor de su miembro al momento de recorrerlo con mi lengua desde la punta hasta la raíz y al metérmelo en la boca hasta casi ahogarme. Mi respiración agitada a mil, mi piel sudorosa a causa del incipiente aumento de temperatura en mi cuerpo, tembloroso por los nervios y el constante miedo de que alguien pasara y nos descubriera. Mi pecho inflamado de la excitación y el morbo, alimentados por mi lado más irracional y salvaje, por una faceta que hasta ese momento desconocía de mí. Mis dedos acariciando con ansiedad mi zona más íntima sin importarme que mi profesor me estuviera mirando; la descarga de placer que al fin dio alivio a toda esa tensión acumulada. Kukui-sensei vaciando su caliente y cremosa esencia en mi boca, el sabor y aroma penetrante de ésta, su textura viscosa al pasarlo por mi garganta. El remordimiento y la vergüenza que me invadieron una vez que mi mente aterrizó de vuelta a la realidad.

No sé con exactitud cuánto tiempo me la pasé recordando los hechos una y otra vez, pero debió ser bastante ya que al voltear a ver a Tsareena descubro que ella ya se había quedado profundamente dormida. Miro en el reloj despertador de mi buró que ya pasan de las doce de la noche. Quiero dormirme, pero no dejo de dar vueltas y revolcarme en mi colchón. Por más que intento no puedo parar de pensar en el ‘palo’ de carne de Kukui-sensei, en cómo lo acariciaba y chupaba con total demencia. Ya no lo aguanto, tengo que hacer algo para calmarme.

Entonces, no sé cómo es que me ocurre, pero llevo mi mano a mi entrepierna, meto mis dedos por debajo de mi ropa interior y me pongo a acariciar con suavidad mi coñito. Siendo sincera, no había vuelto a tocarme ahí desde ese día, pues estuve bastante ocupada en el campamento de verano como para tener tiempo. Bueno… eso y porque no quería volver a hacer algo que me pudiera recordar lo sucedido. En el instante que la yema de mis dedos toca aquel pequeño botoncito que habita en la parte alta de mi zona más privada, la sensación de alivio y placer es inmediata. Continuo masajeándome mientras me chupo y lamo el dedo pulgar de mi otra mano imaginando que se trata del miembro de mi profesor. Al cabo de unos minutos, una nueva descarga eléctrica de inmensurable placer estalla en medio de mis piernas haciéndome estremecer desde los dedos de los pies hasta las puntas del pelo. Mi cuerpo se relaja, mis pensamientos se disipan y el tan anhelado sueño por fin se deja venir. Estoy toda sudada y mi pijama y mi braguita se han ensuciado, pero no me importa, ya mañana en la mañana tomaré un baño. Lo importante ahora es que por fin estoy conciliando el sueño luego de tantas horas sin poder dormir.


Al día siguiente asisto a la escuela como de costumbre. Me siento mucho más alegre y con más energía que ayer. ¡Es un milagro! Mis propios amigos lo notan y se alegran de que, sea lo que sea que haya tenido, al parecer por fin se me ha pasado. Todo ha vuelto a la normalidad, excepto por un detalle:

Cada que miro de cerca a Kukui-sensei, se acerca a mí o me habla, los recuerdos y parte del remordimiento que creía había superado al fin, vuelven a atormentarme. No lo soporto, por lo que de una manera para nada sutil comienzo a evadirlo o alejarme de él.

En clases de educación física me quedo hasta atrás del grupo para no tenerlo cerca.

Cuando me hace preguntas en clase las respondo de manera muy cortante, incluso con un simple ‘sí’, ‘no’ o ‘no sé’.

Siempre que va a pasar cerca de mi pupitre me giro en sentido contrario o bajo el rostro como si estuviera viendo mi libreta.

—Oye, Mallow —me llama Lillie luego de que acabara de verme dar la media vuelta cuando Kukui-sensei caminó al lado de mí—, ¿te sucede algo?

—¿Qué? ¿A mí? No, para nada. ¿Por qué la pregunta?

—No, por nada. Olvídalo.

Esto está mal, si sigo así van a empezar a sospechar de nuevo. Sé que mientras él sea mi profesor y yo asista a esta escuela es inevitable que nos veamos todos los días, pero el sólo hecho de tenerlo cerca incita a que todos esos recuerdos tan horribles regresen a atormentarme.

La hora de salida llega. Antes de marcharme le pido a Tsareena que me espere en el aula y me dirijo al baño. Y entonces…

—¡Hey, Mallow! —me saluda el profesor, con quien me topo por casualidad en los pasillos—. ¿Cómo estás? ¿Ya te sientes mejor? Me tuviste muy preocupado el primer día de clases, pero es bueno ver que… ¿Mallow?

No me detuve ni a saludarlo. Sólo seguí mi camino si ni siquiera voltear a verlo, como pretendiendo que él no existe.

—Está bien, Mallow. Si sigues sintiéndote incómoda por lo que ocurrió aquel día, te daré tu espacio para que te recuperes.

De repente me detengo. Y sin dejar de darle la espalda, le digo en voz baja:

—No tiene por qué preocuparse por eso, sensei, ya estoy bien. Le prometo que no volverá a suceder algo parecido a lo de ayer, así que pierda cuidado. Nuestro secreto está a salvo.

—Ya veo. Te lo agradezco, Mallow. Pero lo que yo quería decirte era que…

—Pero —me apresuro a seguir hablando—… Sensei, yo…, yo quiero pedirle un favor.

“Le suplico que no vuelva a acercarse a mí, y que trate de hablarme lo menos posible en clase. Por favor, no me salude ni volteé a verme a menos que otras personas estén presentes y tenga que hacerlo. Y si de casualidad nos encontramos fuera de la escuela, haga como que no nos conocemos y pase de mí, que yo también voy a hacer lo mismo cuando lo vea a usted. Si me hace ese favor, le juro que mantendré en secreto lo que sucedió aquella tarde, y todo volverá a la normalidad.

Desde mi lugar oigo que a Kukui-sensei se le escapa un leve suspiro.

—Comprendo —me dice con un tono de voz algo apagada—. De acuerdo, Mallow, te lo prometo.

Reanudo mi camino, pensando que en cualquier momento el profesor me alcanzaría o me diría desde la distancia que no está de acuerdo con esto, que no es una buena idea distanciarnos el uno del otro así como así, pues eso podría provocar aún más sospechas. Pero al girarme hacia atrás descubro que él ya se había marchado.

—Kukui-sensei —murmullo—. Es usted un tonto.


—Oye, Mallow —me dice Lana. Ella y yo nos hallábamos almorzando en el patio de la escuela, sentadas en el pasto a la sombra de un frondoso árbol—, ¿puedo hacerte una pregunta?

—¿Qué pasa? —contesto mientras me dedico a saborear uno de los ricos onigiris que yo misma preparé para ambas.

—¿Por qué evades a Kukui-sensei?

Casi me atraganto al oír esto.

—¿D-de qué estás hablando? —Doy un par de manotazos al aire, el onigiri por poco se me cae al suelo—. Yo estoy normal, para nada he estado evadiendo al profesor. ¿De d-dónde sacaste eso?

—Es que cada que Kukui-sensei se acerca te volteas para otro lado, haces como que no lo ves o te vas para otra parte. Y cuando Sensei te pregunta algo de la clase le contestas muy rápido, como si no quisieras hablar con él.

—Eso no es cierto. Te estás imaginando cosas.

—¿Tú crees?... oh, mira, ahí viene el profesor. ¡Profesor, por aquí!

—¡Espera, Lana! —Intenté taparle la boca pero ya era demasiado tarde—. ¿Qué estás haciendo?

Kukui-sensei se acerca a nosotras. —¿Qué sucede, Lana?

—Mallow preparó estos deliciosos onigiris, y creo que esta vez le quedaron muy, pero muy ricos. ¿Quiere probar uno?

—¿En serio? A ver. —Kukui-sensei toma el onigiri que Lana le ofrece y le da un mordisco—. ¡Delicioso!

—Verdad que sí, sensei. —Lana sonríe fingiendo total inocencia. ¡Qué ganas tuve en ese momento de zarandearla!

—No cabe duda que Mallow se convertirá algún día en una grandiosa chef —afirma Kukui-sensei—. Cada día te superas más, Mallow. ¿No lo crees así?

Yo, entretanto, me había acurrucado sobre mí misma, con el rostro apuntando al piso.

—S-sí… Sí. Supongo —contesto en voz muy baja, que casi ni se escucha.

Kukui-sensei se despide y vuelve a su camino.

—¿Lo ves? —Lana me sonríe victoriosa. Y yo estoy tan avergonzada que ni energías me quedan para enfadarme con ella.

En lugar de eso, permanezco quieta sin decir una sola palabra.

—Oh, no. Mallow, lo siento. —Lana parece haber entendido que esta vez se pasó de la raya conmigo; luce arrepentida—. No era mi intención que te pusieras triste.

—No, está bien. Tienes razón, Lana, la verdad es que no me gusta estar cerca de Kukui-sensei.

—Pero, ¿Por qué? ¿Sucedió algo?

Estas palabras se sintieron como un cuchillo enterrándose en mi pecho.

—No. Es solo que… es solo que Kukui-sensei no me agrada. Eso es todo.

—Pero Mallow, a ti te agrada todo el mundo. Y antes tú te llevabas muy bien con el profesor.

Ya no le respondí.

—Está bien —me dice—, si no quieres hablar de eso ya no te voy a seguir molestando.

Lana se levanta del pasto, se sacude sus pantaloncillos y camina de regreso a las instalaciones de la escuela. Falta muy poco para que la hora de descanso termine.

—Pero —añade antes de entrar al edificio—… me duele mucho verte así de triste por él. Sea lo que sea que tengas, por favor, recupérate pronto, ¿sí?

Lana tiene razón. Sin importar lo que haya sucedido aquella tarde, no vale la pena dejar que esto me siga deprimiendo por siempre. Decidí que me iba a olvidar de esto, que lo iba a superar y continuar con mi vida. Aunque nunca vuelva a tener la confianza para estar a solas con Kukui-sensei, por lo menos debería poder hablarle con naturalidad cuando estamos con otras personas.

Antes de levantarme, Tsareena se acerca a mí y me observa fijamente. ¿En qué estará pensando?

FANFICTION: Clases partículares (Pokémon Sun&Moon) Capítulo 1


Clases particulares.

Capítulo 1: Volverte a ver.



La gente suele pensar que cuando a uno le pasan cosas muy buenas, eres muy dichoso o simplemente te diviertes mucho en algo, el tiempo tiende a pasarse mucho más rápido de lo normal; haciendo que, en un abrir y cerrar de ojos, los momentos más alegres y felices de nuestra vida se acaben demasiado rápido, en un abrir y cerrar de ojos. Pero en mi caso puedo decir con total seguridad que a mí me sucedió exactamente lo contrario: las vacaciones de verano en aquel campamento culinario de Akala fueron tan increíbles, y yo fui tan feliz estando ahí, que sentí como si esos dos meses hubieran durado en realidad una vida entera.

Pues no hubo un solo día, ni un solo instante de mi estadía en aquel inolvidable campamento, sin que una anécdota o experiencia maravillosa se hiciera presente y pasara a ocupar un lugar especial en mi corazón. Todo lo que experimenté y descubrí allá fue tal que hasta me atrevo a pensar que aprendí y pulí mis habilidades en la cocina más de lo que he venido haciendo al lado de mi familia en el restaurante de Papá durante toda mi vida.

Fue gracias a eso —supongo— que mi mente se mantuvo lo suficientemente ocupada como para ponerme a pensar en cómo era mi vida antes de ingresar ahí: de mis amigos, la escuela, el restaurante, o…

O sobre aquella áspera, tan extraña y ‘singular’ experiencia que tuve a tan sólo unos días de comenzar las vacaciones. Como si se hubiese tratado de un mal sueño del que me desperté hace apenas un par de minutos, mi mente la hizo a un lado y yo me dediqué a lo mío hasta convencerme a mí misma de haberla olvidado.

Pero ahora, en el presente, de vuelta a mi vida habitual en Melemele; ahora, que estoy de regreso en el mundo real, no puedo parar de observar con recelo la fachada de mi escuela, que pareciera decirme a gritos que ya no tengo escapatoria ni lugar en dónde seguir refugiándome. El mismo remordimiento y culpa que me invadió el pecho ese día estaba de vuelta, igual de fresco y pertinaz.

No quiero entrar a clases, mas no tengo otra opción.

Tsareena me observa fijamente. Hasta el momento ella no se ha enterado de nada de lo que pasó ese día, pero estoy segura que ya debe sospechar algo. No debo permitir que nadie jamás lo sepa, ni ella, ni mi familia, ni mis amigos, nadie. Quiero llevarme esta pena conmigo a la tumba y así pretender por el resto de mis días que nada de esto ocurrió jamás.

—¡Hey, Mallow! —La voz de Ash me llama. Yo salgo de mi trance, me estremezco y grito asustada.

—¿Eh? ¿Q-qué pasa? —digo nerviosa.

—¿Qué haces ahí parada? Ya es tarde.

Es verdad, Ash por lo regular suele ser de los últimos en llegar a la escuela. Y si él ya está aquí significa que ya debo llevar mucho tiempo ahí parada.

—¡Ven, vamos a clases! —Me toma de la mano y me arrastra junto con él. Curioso, es bastante parecido al día en que nos conocimos, sólo que esa vez fui yo la que lo tomó de la mano y lo acompañó para que conociera las instalaciones de la escuela Pokémon.

No hay remedio: Ahora mismo voy camino a donde mi mayor temor espera a por mí. ¿Qué puedo hacer? ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en el campamento de cocina y no tener que regresar jamás a esta maldita escuela!

Al entrar al salón, veo que ya se encuentra ahí el resto de mis compañeros. Es la primera vez en semanas que estamos juntos otra vez. Kiawe, Lana, Sophocles y Lillie, todos me dan la bienvenida con un amistoso ‘alola’. Y yo, muy a duras penas, les devuelvo el saludo intentando sonreír como siempre lo he hecho.

—Mallow, ¿te sientes bien? —me pregunta Lana, que me observa preocupada desde su pupitre. Yo, haciendo gala de todas mis fuerzas, actúo para mis amigos; no quiero preocuparlos. Sonrío y trato de mostrarles a la Mallow alegre y optimista de toda la vida, a la que ellos están más que acostumbrados y esperan ver.

—Nada, nada. ¡Es que me siento tan contenta de estar aquí otra vez que anoche casi no pude dormir! —Río un poco.

En mi mundo CAP 33 (Adelanto)






(Hola. Antes que nada: lamento mucho, pero muchísimo la espera, en estos momentos estoy haciendo todo lo posible por terminar el capítulo, así que si aún hay alguien siguiendo este fic, les dejo por mientras este pequeño adelanto.)





    —¡Mi señor!
   Maximiliano Benedetti se dio la media vuelta. En la lejanía del otro extremo del recinto, junto a la entrada, se hallaba la figura de aquella persona especial, la única en el mundo en quien él había aprendido a confiar.
   —Karen…
   Los dos caminaron diligentemente hacia el centro del enorme salón circular, hasta yacer uno frente al otro.
   —Me alegro mucho de ver que se encuentra a salvo, mi señor —se apresuró a decir la joven asesina, con un tono de voz que denotaba sincero alivio.
   —Me has arrebatado las palabras de la boca, Karen. Yo también estaba empezando a preocuparme por ti. Dime, ¿te encuentras bien? —Ella le asintió—. ¿Cómo fue que supiste que me encontraría aquí?
   —Deduje que en una situación crítica como ésta lo más importante para usted sería la salvaguardia de su prometida, así que de inmediato pensé en este lugar.
   —Nunca dejas de sorprenderme, Karen —le dijo a la vez que le dedicaba una sobria mirada en señal de beneplácito. Luego señaló con sus ojos hacia la pequeña y única ventana del muro—. Hablando de eso, ¿pudiste avisarle a nuestro regime de la situación? ¿Cómo es que aún no han llegado sus hombres a auxiliarnos?
   Karen le contó sobre su experiencia en las colinas altas, su llamada a Giovanni y el terrible descubrimiento que se llevó al hablar con él. Conforme Maximiliano fue escuchando los detalles, sus cejas se iban frunciendo de la incredulidad.
   —No puedo creerlo —exclamó, conteniendo su rabia cuanto le fue posible—. Simplemente no puedo creer que inclusive Andolini, el hombre de mayor confianza y quien fuera mano derecha de mi padre, y que hasta hace poco se había mantenido al margen de este conflicto, haya decidido ponerse del lado de ellos…
   —Me temo que hemos subestimado los alcances de las influencias de los señores Benedetti —dijo Karen bajando la mirada—. ¿Quién iba a pensar que tendrían a su disposición a mercenarios de ese nivel?
   —No, Karen. —Maximiliano negó con la cabeza—. Los infiltrados que consiguieron colarse a la mansión, y muy seguramente la persona que te interceptó en las afueras, no son obra suya.
   —¿Qué dice, mi señor? Pero, entonces, ¿quién más podría estar detrás de ellos?
   —El grupo que se ha infiltrado a la mansión son efectivos pertenecientes al Beehive.
   Karen boqueo y abrió mucho los ojos.
   —Lo sé muy bien —continuó Maximiliano— porque recién me enteré de que entre sus filas se encuentran esas dos sicarios que conocimos en Japón, las mismas que se hacían pasar por estudiantes del colegio al que asistía Chitoge.
   —Black Tiger… y esa otra.
   La joven apretó los puños al punto de auto infringirse daño.
   —¿Sucede algo, Karen? ¿Por qué te pusiste tan pálida?
   Karen tragó saliva. Tuvo que hacer uso de todo su coraje para poder mirar a su señor a los ojos al momento de confesarle lo que le había ocultado durante el incidente de anoche en la plaza de Zisa.
   —No puede ser. —Maximiliano se llevó la mano al rostro—. Karen, ¿por qué no me lo dijiste en ese momento?
   —Su prometida se encontraba presente, mi señor. No podía permitir que ella se enterara de la presencia de ese hombre en la ciudad.
   —¡Ya lo sé! Me refiero a: ¿Por qué no me lo dijiste después?
   —Iba a hacerlo, mi señor, se lo juro; pero, al final, no pude. Concluí que no había necesidad de preocuparlo pues ya bastantes problemas tenía con los que lidiar en ese momento. Además, estaba claro que ese hombre, luego de ver el incidente que la señorita Chitoge tuvo con su madre, se había dado por vencido y por eso salió huyendo de ahí. Mi señor, yo… —Karen se arrodilló frente a él—. En verdad lo lamento mucho. Si desea castigarme en este mismo instante, lo aceptaré con gusto.
   —Está bien, Karen. Tienes razón, hiciste lo correcto. —Con un ademán Maximiliano le indicó que se pusiera de pie—. En nada significativo hubiera cambiado la situación. No estoy molesto contigo, al contrario: me acabas de quitar un enorme peso de encima. Si esas dos sicarios del Beehive se encuentran trabajando para él, eso significa que en realidad Adelt aún no se ha rebelado contra mí. ¡Claro! ¡Todo tiene más sentido ahora! Ya se me hacía bastante extraño que Adelt se decidiera a hacer algo tan imprudente como eso, puesto que Chitoge jamás se le perdonaría.

   —¿Está seguro de eso, mi señor? Podría ser que tanto el padre de su prometida como el hijo del maestro de los Shuei, o incluso él mismo, estén confabulados.
   —No, Karen. Ponte a analizar bien los hechos: si Raku Ichijou ya tenía un plan tan elaborado para llevarse a Chitoge con él, ¿por qué una noche antes del golpe se arriesgaría a acercarse a ella? Era demasiado peligroso y echaba en saco roto toda una operación que en teoría hubiese sido mucho más efectiva y con probabilidades de éxito. Estoy completamente seguro que esta tramoya está siendo llevada cabo desde la completa ignorancia. Y si es así, significa que ni Adelt ni Ichijou tienen algo que ver aquí.
   —¿Y si entonces es con los hermanos de su padre con quienes hizo un pacto?
   —Eso es menos probable aún. Los primeros invasores han estado actuando todo este tiempo con perfecto sigilo. Se hicieron con los planos de la mansión, cortaron el suministro eléctrico de la zona y bloquearon la señal de los teléfonos móviles para que no pudiéramos pedir refuerzos; luego se infiltraron sin dar tiempo de que nuestras defensas pudieran alertar su llegada. Su plan era actuar lo más rápido posible, asestar su golpe de tal modo que el resto de mis hombres en los alrededores no se dieran cuenta a tiempo y llegaran a acorralarlos. Si hubieran tenido la certeza de que nadie más vendría a auxiliarnos, no se hubieran tomado todas esas molestias para evitar que nos pusiéramos en contacto con nuestro equipo. En cambio, el segundo grupo, ni bien llegaron, se pusieron a atacar de frente aprovechando su superioridad numérica. Lo hicieron así porque ellos sí tenían la certeza de que nadie más iba a venir a la mansión sin importar cuanto ruido hiciesen, y porque previeron que por mi supuesta ausencia la mansión apenas y estaría protegida. Porque ellos sí sabían de antemano que Giovanni y sus hombres estarían fuera de la jugada.
   »No, Karen, ellos no están trabajando en equipo, ni siquiera tienen un fin en común. Mientras que las familias enviadas por mis tíos pretenden asesinar a Chitoge para responsabilizarme de esto ante su padre y su organización, el hijo de Ichijou vino hasta aquí con el propósito de llevársela sana y salva. Por lo que en realidad los dos frentes están tan enemistados el uno con el otro como nosotros a ellos. Que nos atacaran al mismo tiempo, y que las acciones de ambos los beneficiasen mutuamente, no es más que una mera coincidencia, o como me gusta a mí llamarlo: una consecuencia de lo inevitable.
   »Y dado que Chitoge es el objetivo de ambos frentes, fue que decidí venir a custodiar personalmente el acceso a su habitación. Voy a asegurarme de que nadie siquiera se le acerque.
   —Y así será, mi señor. Yo misma me encargaré de que así sea.
   —No, Karen, esta vez lo haré yo solo. Tú ve y ayuda a Cinque a deshacerse de los intrusos que vinieron por parte de ese imbécil. Bajo ningún motivo debemos permitir que alguien más los identifique. Por mucho que sea el hijo de Ichijou el perpetrador, no deja de haber entre sus secuaces miembros de la banda de Adelt.
   Karen movió la cabeza en negación.
   —Por favor, mi señor, no me pida que me separe otra vez de usted. Es demasiado peligroso. A los intrusos ya les debe faltar muy poco para llegar a esta torre. Si alguno de ellos lograra escabullirse hasta donde se encuentra usted, entonces… —cerró los ojos y sacudió la cabeza con fuerza—. Se lo ruego, mi señor, ordéneme que permanezca a su lado para protegerle. Cinque, Quattro y Due pueden hacerse cargo ellos solos. Además, los refuerzos ya vienen en camino y…
   Maximiliano la tomó de los hombros.
   —Entiende, Karen. No debemos subestimar a nuestro enemigo. La única capaz de derrotar a dos de los sicarios más fuertes del Beehive con una probabilidad de éxito del cien por ciento, eres tú. Tú eres mi brazo fuerte, mi bastión más grande. Sólo a ti podría confiarte una enmienda de semejante calibre. No te preocupes por mí, voy a estar bien. Sé cómo cuidarme solo, tú lo sabes mejor que nadie.
   »Por favor, quita esa cara. Recuerda que no importa qué tan difíciles se tornen los problemas, tú y yo siempre salimos de ellos. Tú y yo siempre sobrevivimos, Karen, siempre nos anteponemos ante los retos que se nos ponen de frente. Así ha sido desde el día en que nos conocimos. Y juro ante el legado de mi familia y la memoria de mi padre que hoy no va a ser la excepción.
   Karen desvió la mirada. Sus brazos tiritaban de la impotencia, de la inconformidad.
   —Mi señor… yo… usted…
   —¿Recuerdas lo que nos propusimos ese día, cuando aún éramos niños? Que tú y yo trabajaríamos juntos y que no descansaríamos hasta llegar a lo más alto, y desde ahí les haríamos pagar con creces por todo lo que nos hicieron sufrir. Karen, conocerte fue lo mejor que me pudo haber pasado. Tu compañía me dio un motivo para seguir adelante, para no dejarme abatir por las desgracias y el desprecio de mi familia. Tú me salvaste incontables veces, no sólo de la muerte, sino también de mis propios demonios internos. Por favor, Karen, ya falta muy poco para que nuestros objetivos por fin se vean cumplidos; ésta tan sólo es nuestra última prueba. Ya no te estoy ordenando que hagas esto como un superior a su subordinado, Karen, te lo estoy pidiendo como tu amigo. Por favor, ¿harías esto por mí?
   Karen guardó silencio, cerró los ojos y bajó la cara. Si ella había accedido antes a separarse de su señor, fue porque no contaba con que se iría a demorar tanto en desempeñar tal tarea y porque al enemigo le tomaría un buen tiempo alcanzar los pisos más altos de la mansión. Pero ahora, con el inminente asecho de quienes querían ver a su señor muerto, le costaba mucho más trabajo resignarse a tomar ese riesgo.
   —Entiendo, mi señor —dijo al fin, en voz baja—. Déjelo todo en mis manos. Sean diez, sean cien o sean miles los enemigos de mi señor, yo los aplastaré a todos.
   Hizo una reverencia y se dispuso a marcharse. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo durante uno o quizás dos segundos de dubitación, luego se giró de vuelta hacia su señor, y en un acto que tomó por sorpresa al mismísimo Maximiliano, corrió de vuelta a sus brazos. Habían pasado años desde la última vez que se permitió a sí misma abrazarlo tan cariñosa y efusivamente.
   —Mi señor…, yo a usted le quiero tanto. Le quiero más que a nada en este mundo.
   —Extraño los tiempos en que te dabas la libertad de no ser tan formal conmigo cuando estábamos a solas —dijo Maximiliano acariciando su mejilla—. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que me llamaste por mi nombre.
   A los pocos segundos de haberse separado, Maximiliano Benedetti advirtió unas pequeñas manchas de sangre en su camisa, que iban desde la parte alta del abdomen al pecho. Y en el piso de cerámica, un camino de pequeñas gotas carmesí que conducían a la puerta por la que Karen acababa de salir del recinto.






En mi mundo.
Capítulo XXXIII









   —Ya casi llegamos —alertó Migisuke luego de advertir que los disparos ya podían oírse pese a la composición especial de los muros—. Aniki, será mejor que te mantengas atrás de nosotros. Esto se va a poner peligroso.
   Él, Raku, Tsugumi y Paula decidieron acelerar su paso. De pronto, el sonido de papas fritas siendo masticadas se filtró en sus comunicadores.
   “Váyanse preparando, chicos. —Era la voz de Oblivion—. Aún no consigo entender muy bien lo que está sucediendo, pero los hombres de la familia Benedetti… ahmmm ¿cómo lo digo? Se están portando de una manera un tanto extraña. Como si les hubiera pegado la rabia o…”
   La voz del hacker dio paso a la estática y luego al silencio absoluto. Los audífonos en los oídos de Migisuke, Raku y Tsugumi se sobrecalentaron hasta el punto de hacerles daño. Los tres gritaron del dolor, se los sacaron rápido y los arrojaron lejos. Y no sólo los comunicadores, sino que otros aparatos electrónicos, como el control de los explosivos plásticos y sus dispositivos de visión nocturna, acababan de sufrir la misma suerte.
   —¿Qué fue eso? —dijo Tsugumi.
   La risa de una seductora voz de mujer se oyó desde un lugar desconocido del pasillo. —¿Qué se siente que les den a probar de su propio truco? —se ufanó la misma con extrema soberbia.
   “¡Una bomba de PEM!” Tsugumi y el resto miraron a su alrededor. No se veía a nadie. De pronto, una sombra escurridiza se deslizó en menos de medio parpadeo por uno de los muros, primero de un extremo a otro y después en sentido opuesto.
   —¿Vieron eso? —preguntó Paula. Su colega y el policía asintieron; una gota de sudor frío comenzaba a deslizarse en la sien de éste último. Raku, en cambio, no entendía nada de lo que estaba pasando.
   —No hay remedio —exclamó Tsugumi—. Debemos apurarnos. Las escaleras están a la vuelta del corredor.
   —Pero, ¿quién nos guiará ahora? —preguntó Migisuke, perplejo y rascándose la nuca.
   —Por mí mejor —berreó Paula—. Y si no, podemos preguntárselo a los demás.
   —No, Paula —dijo Tsugumi—. Estoy segura que la bomba de PEM debió haber alcanzado también al resto del equipo. Pero no importa, ya sólo nos falta una planta más por recorrer antes de llegar a la torre objetivo. La última planta está compuesta en su mayor parte por el salón de eventos y los corredores que conducen a las cuatro torres de la mansión. Podemos hacerlo. Nuestro deber ahora es abrirnos paso por la barricada de los Benedetti. ¡Vamos!
   —¡Sí! —contestaron al unísono.
   Sin embargo, tanto ella como Raku no dejaban de tener un mal presentimiento.
   Llegaron. El corredor en esa zona desembocaba en un gran salón abierto con unas amplias escaleras erigiéndose al fondo del mismo, por el centro. Ahí, una trinchera custodiada por al menos una veintena de mafiosos armados hasta los codos la resguardaban de sus compañeros, con quienes entablaban una feroz batalla.
   Pero había algo extraño en la apariencia de los Benedetti, cuyos rostros se asemejaban a los de un animal salvaje. Mostraban los dientes, salivaban y emitían ruidos semejantes a los gruñidos de un perro de caza. Espuma blanquecina escurría de sus retorcidas bocas. Venas sobresalían a lo largo y ancho de sus frentes y cuellos. Sus movimientos no eran precisamente muy avispados; daba la sensación de que sus cuerpos se movían más por instinto que por intelecto.
   Una bala perdida estuvo a punto de alcanzar a Raku de no ser que Tsugumi lo agarró del cuello de su playera y lo tumbó al suelo justo a tiempo.
   “¡Eso estuvo muy cerca!” pensó el pobre muchacho, con la sangre hirviéndole de tanta adrenalina y las facciones completamente desencajadas.
   Migisuke tomó a Raku y lo llevó a una de las dos barricadas —improvisadas con el mobiliario del salón— de sus compañeros. Tsugumi y Paula se unieron a la lucha disparando a discreción con su excepcional puntería. Como era de esperarse, a los pocos instantes lograron acertar a varios de sus enemigos.
   Y entonces vieron cómo éstos, para su gran desconcierto, no se inmutaban ante el daño recibido y continuaban atacando sin reparo alguno.
   —¡Es inútil! —gritó un compañero del equipo—. ¡A menos que les inflijas muchísimo daño o les vueles la cabeza, los bastardos no caerán! ¡Es por eso que aún no hemos podido deshacernos de ellos!
   —¿Qué dices? —Paula se giró. Entonces uno de los soldati Benedetti saltó fuera de la barricada y se abalanzó sobre ella, cuchillo en mano, con una velocidad sobrehumana.
   —¡Paula, cuidado! —Tsugumi intentó mandarlo a volar de un puñetazo pero el sujeto apenas y se echó uno pasos hacia atrás antes de volver a acometer. La sicario lo tomó del brazo y lo mandó a volar con una llave de judo; no obstante, el tipo le opuso mucha más resistencia de la que se esperaba.
   “¡Es muy fuerte! Tuve que emplearme a fondo para poder someterlo.”
   Paula y Tsugumi corrieron a atrincherarse junto a los demás. Discutieron entre todos alguna posible estrategia para deshacerse de esos bastardos.
   —¿A alguno de ustedes les queda un explosivo que no sea demasiado potente como para poder usarlo aquí adentro? —interrogó el avispado Bruce.
   Tsugumi hurgó en su ropa. —Los detonadores eléctricos están arruinados, pero tengo unas cuantas granadas de mano.
   —Excelente. —Paula le arrebató la granada—. Con esto será suficiente. —Le quitó el seguro y la arrojó a la trinchera enemiga tan rápido que no dio tiempo a Tsugumi de decirle que no se precipitara.
   La granada, sin embargo, fue interceptada a mitad del camino por una sombra que fue apenas perceptible por lo rápido que se deslizó en el aire.
   —¿Qué demonios? —dijo Paula.
   La granada nunca estalló. Al parecer alguien la había tomado y sujetado de la espoleta a tiempo.
   Aquella risa femenina de hace unos momentos se volvió a escuchar. —Por fin los tengo justo donde los quería. Bienvenidos a su tumba.
   —No puede ser —dijo Paula—, ¡esa voz de nuevo!

FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) cap 32









La oscuridad reinaba las afueras de la ciudad. Tan solo la luna y las estrellas, con su tenue y fría luz, se dignaban a alumbrar los vastos senderos y áreas boscosas a las faldas del monte Cuccio. No había casi nada de viento ni ninguna otra fuente de ruido que pudiera turbar la pasividad del ambiente. Bien se podría asegurar que, de no haber sido por los eventos suscitados a los pies de la mansión Benedetti, aquella noche habría estado destinada a ser una particularmente tranquila y ordinaría. Con la excepción —gran excepción— de aquel derrumbe que se acababa de suscitar hace apenas unos minutos en las zonas más altas de la montaña.

Esto y una docena más de pensamientos se paseaban por la mente de un apuesto joven siciliano, quien llevaba ya buen tiempo dedicándose a observar, desde la terraza de una de las dos torres frontales de la mansión, la feroz batalla campal entre los Benedetti y los invasores de familias traidoras.

Lo más seguro es que si Fio lo viese así: holgazaneando, perdiendo el tiempo en vez de ponerse a hacer su trabajo, ahora mismo le estaría gritando toda clase de improperios y reprimendas. Tan sólo imaginárselo bastó para que el apuesto joven se encogiera de hombros y arrugara un poco el entrecejo.

—Maldita sea…

Se llevó a la boca un cigarrillo, uno de esos bastante largos y delgados, con un delicado sabor a menta, y le prendió fuego sirviéndose de un rudimentario fósforo de madera. La calada que le dio fue tan minúscula que cualquiera pensaría que quería hacer durar el cigarrillo de aquí hasta el amanecer.

—Ni hablar…

Se puso a examinar a fondo el fino hilillo blanco que el cigarrillo, cuya boquilla permanecía en todo momento presa de sus delgados labios, desprendía, poniendo especial atención a la dirección exacta que tomaba al deslizarse hacia el cielo y la velocidad y tiempo que tardaba en difuminarse por completo. Cuando hubo tomado suficientes acotaciones mentales, redirigió la mirada de vuelta a donde el patio frontal de la mansión, ahí donde se estaba llevando a cabo un tiroteo casi igual de sangriento que aquellos en los que él, en tiempos pasados, había sido partícipe.

—Y yo que en verdad pensé —murmuró— que ya no iba a ser necesario que interviniese.

Pero ahora que su compañero había sido abatido, no tenía opción.

Si bien aquellos forasteros que se acababan de postrar frente a la entrada de la residencia no lo estaban haciendo del todo mal, un verdadero siciliano jamás dejaría sus asuntos en las manos de terceros —de unos completos desconocidos, de hecho—. Y menos si los susodichos, hace apenas unos segundos le estuvieron disparado a su colega de igual modo que al resto de invitados. Aunque, claro está, su viejo amigo había tenido también parte de la culpa, pues fue él quien les atacó primero ni bien apenas llegaron.

—Si esos sujetos en verdad son del Beehive —dijo en voz baja, con una tonalidad medio aviesa, medio taciturna—, y aún si fuera cierto eso de que ahora son nuestros asociati, no podría ser menos importante para el caso. Desconfiaré de ellos lo mismo que desconfío de los demás bastardos.

Dicho esto, sacó del interior de su gabardina su viejo y queridísimo rifle: un M14 semiautomático que él mismo había reconstruido y modificado un sinfín de veces. Su pasatiempo favorito era desmontarlo pieza por pieza, limpiar y reparar cada una de sus partes, inspeccionarlas meticulosamente y reemplazarlas con otras que él mismo le mandaba a fabricar. Había removido la culata, dándole a la empuñadura una forma más parecida a la de una escopeta recortada para que así le resultase más cómodo asir el fusil con el brazo extendido. También le había montado un cañón muchísimo más largo del habitual, fabricado de una aleación considerablemente más pesada pero a su vez más resistente y duradera.

El rifle, pese a carecer de culata, medía un total de un metro con veintidós centímetros de largo, y pesaba más de ocho kilos.

Y, sin embargo, el acabado del guardamano y la empuñadura —hechos con la más fina madera de nogal— entre otros detalles, hacían a su viejo M14 asemejarse más a una especie de lupara siciliana de colosales dimensiones que a un rifle militar de mediados del siglo pasado.

El joven siciliano se puso a examinar con recelo cada una de las balas que acababa de sacar del bolsillo de su gabardina. Conforme las iba introduciendo al cartucho del rifle, las fue contando: una, dos, tres, cuatro…, hasta llenarlo con la número nueve.

—Carlo, mi amigo —susurraba al viento—, tú nunca quisiste escucharme. Si me hubieras hecho caso, si tan sólo hubieras comprendido el significado de mis palabras, esto quizás no te habría sucedido.

Atrincherado en el vehículo blindado de su tropa, el capodecina a cargo de uno de los tres escuadrones de soldati enviados por la familia Inzerillo ordenaba a sus hombres que bajo ningún motivo fueran a disminuir la intensidad de su ofensiva:

—¡Sigan disparando! ¡Ya sólo es cuestión de tiempo para que…!

Pero antes de que pudiese concluir su oración, su garganta y cuello fueron atravesados. Parte de la mandíbula se desprendió de su rostro en el acto, y sus ropas se bañaron con los borbotones de sangre que fluyeron sin cesar. El infortunado hombre se desplomó ante los incrédulos ojos de sus subordinados.

Uno de ellos se apuró a indicar con un ademán de su brazo que a partir de ahora él estaría a cargo. No obstante, y antes de siquiera poder dar su primera orden, una bala perforó su cráneo llevándose consigo una considerable porción de sesos. El agujero, que le surcaba desde arriba de su frente hasta por debajo de la nuca, tenía cuanto menos la circunferencia de una pelota de golf, por lo que se podía perfectamente mirar a través de él.

—Tú nunca trataste a las balas con el debido respeto que se merecen, Carlo —seguía hablando el joven siciliano en soliloquio—, tú nunca supiste darles el valor que tienen. Sólo porque siempre has tenido a tu disposición cuanta munición querías, te creías en el derecho de desperdiciarlas a tu antojo. —Cuando sentenció esto, él ya había terminado de contar hasta el último agujero en el suelo dejado por la lluvia de balas de la minigun de su amigo—. Y todo por ese tonto afán tuyo de intimidar y jugar con tus enemigos, de demostrarles cuan superior eres. Sabes muy bien que yo jamás he simpatizado con esa manera tuya de hacer las cosas.

La panda de mafiosos profirió toda clase de maldiciones en dialecto siciliano mientras se apresuraban a refugiarse debajo de la furgoneta. No obstante, a uno de ellos le abrieron el pecho de un balazo; después a otro, y a otro, y a otro más. Las balas atravesaban el acero blindado cual mera mantequilla y herían de muerte a su víctima al asestarles siempre en un punto crítico, como si el que les estuviese asesinando supiera con exactitud milimétrica la posición que ellos habían adoptado al momento de esconderse, como si sus ojos pudieran ver a través del acero.

—Pero no te preocupes —agregó—, puedes descansar tranquilo, que a partir de ahora yo me encargaré de esto a mi manera.

Los miembros de la familia Inzerillo estaban cayendo uno a uno. Por primera vez en la noche encararon la posibilidad de que muy probablemente ninguno de ellos iba a regresar de ese lugar con vida.



En mi mundo.
Capítulo XXXII




Si hay algo en esta vida a lo que siempre le he rendido casi el mismo respeto y devoción que a la Familia misma, eso sin lugar a dudas es a las balas.

De pie, mirando hacia el profundo abismo que yacía frente a sus pies con el rabillo de su ojo derecho, manteniendo la postura siempre erguida, con ese porte impasible y estoico por el que era tan bien reconocido tanto dentro como fuera de su Familia, y con el cual parecía iradiar un aura de soberbia y extrema profesionalidad, el joven siciliano asía su rifle tan solo valiéndose de su brazo derecho mientras que con la mano izquierda retiraba el cigarrillo de su boca para tirar las cenizas al vacío. El humo que brotaba de la boca del cañón de su rifle se desvanecía lentamente, en sincronía con el que dejaba escapar de entre sus finos y entristecidos labios.

Desde niño siempre estuve fascinado con la idea de que algo tan diminuto y simple como lo es una bala, tuviera el potencial de arrebatar en cuestión de segundos la vida de cualquier hombre.

Vio las cenizas caer desde el techo de la torre, un viaje de más de sesenta metros, hasta el patio frontal de la mansión; y en el momento justo en que éstas tocaron el suelo, jaló del gatillo. El corazón de un sicario de la familia Inzerillo quedó reducido a una masa amorfa a causa de la onda expansiva generada por el impacto de bala en su chaleco blindado, al que de todos modos perforó con suma facilidad entre su cuello y hombro.

Para que una persona pueda llegar a convertirse en un prominente hombre de negocios, en un brillante médico, en un artista consumado, en un político influyente y poderoso, se requiere de años y años de preparación y formación académica, de una apropiada alimentación tanto física como mental y espiritual, de cultivar con esmero toda clase de relaciones personales, acumular experiencias valiosas, aprender conocimientos útiles, tomar las decisiones acertadas y ser bendecido por un sinfín de convenientes y fructíferas casualidades…

A una distancia como esa, una persona común y corriente hallaría imposible diferenciar las facciones de dos personas caminando juntas, que más le parecería estar viendo a un par de bichos moviéndose entre la tierra.

Pero él era un caso especial. Incluso con la poca luz que la luna y las estrellas le brindaban, era capaz de distinguir cada uno de los poros en los rostros de todos los intrusos, el color de sus ojos, las arrugas y suciedad en sus ropas, las cicatrices y lunares de su piel. Quienes le conocen le decían a menudo, en un plan entre la burla y la admiración, que él había nacido, que él era dueño de los ojos de Dios.

Son incalculables las diligencias necesarias para lograr que ese bebé recién nacido se convierta en un futuro en el extraordinario hombre adulto que yace en lo más profundo de su potencial. En esta vida, el éxito y la gloria son un juego al que todos pueden jugar, pero solo un puñado de entre millones puede aspirar a ganar.

Jaló el gatillo, y el brazo derecho de quien se hallaba al costado de la anterior victima se desprendió del resto de su cuerpo. El miembro mutilado cayó al suelo sin que su mano dejara de sujetar el revolver.

En cambio, para ponerle fin a los futuros negocios del empresario, hacer desaparecer los talentos y habilidades forjadas durante años y años de estudio del médico, borrar de la existencia todas las ideas que aún yacen cautivas dentro de la imaginación del artista, o truncar de golpe la promisoria carrera del prolífico político, tan solo son necesarios unos cuantos gramos de plomo, unos cuantos más de pólvora, apuntar y jalar del gatillo en el momento y lugar correcto.

Jaló del gatillo, y las tripas de otro mafioso se empezaron a desperdigar de su vientre. El desgraciado cayó de rodillas para al final desplomarse en medio de un charco de su propia sangre.

Tan rápido y tan simple como eso. Tan solo mueves el dedo hacia atrás… ¡y BAM! Listo. Ahora el hombre que solía estar vivo ya no es más que un cumulo de carne inerte, tan carente de alma y de vida como las piedrecillas que puedes recoger de una pila de guijarros.

Jaló del gatillo… y nada más pasó. El joven siciliano arqueó una ceja y lo intentó de nuevo. Nada.

—¿Qué? ¿Ya se acabaron? —Le desmontó el cartucho a su M14. Observó su interior. Vacío. Hizo una mueca medio incrédula a la par que se rascaba la nuca—. Qué fastidio. Habría jurado que todavía debían quedar unas dos o tres balas más. En fin…

No importa lo que diga la gente estúpida. Las balas fueron, son y serán hechas con un único propósito: matar. Esa es la verdadera e innegable razón por las que fueron creadas por el hombre.

Metió la mano en otro de los bolsillos de su gabardina. —Bueno, ya probamos las anti blindaje, ahora vamos a probar las explosivas.

Una, dos, tres, cuatro…

Sin embargo, a diferencia de otras armas de asesinato como los cuchillos, las sogas de alambre o inclusive las flechas, las balas son objetos de un solo uso. Una vez que las disparas, éstas ya no pueden volver a utilizarse. Eso significa que una bala tan sólo tiene una, tan solo una oportunidad de cumplir con el propósito para el que fue hecha.

Los miembros de la familia Inzerillo, aunque ya se encontraban más alertas, aún no daban con la ubicación del responsable. El Balcón desde el que estuvieron siendo atacados hace unos momentos estaba vació, al igual que el resto de ventanales, los cuales permanecían cerrados. No imaginaban que su nuevo verdugo se hallaba esta vez a una distancia muchísimo mayor que su predecesor, a más del doble de altura, oculto entre la lobreguez del cielo y los colores opacos de los muros de la torre. Sin embargo, uno de los francotiradores del equipo de Oblivion ya lo había localizado, informando de inmediato a su dirigente.

“No sé por qué —pensó Oblivion al verlo gracias a la cámara de la mira telescópica de uno de sus francotiradores— pero tengo un mal presentimiento. El tipo ése no parece ser tan peligroso como el anterior. Pero… pero…”

Y de pronto, durante una leve fracción de segundo o menos, los ojos de aquel misteriosos sujeto dejaron de mirar hacia el abismo y se giraron hacia donde el francotirador, oculto entre la maleza de la colina a cientos de metros, yacía apuntándole y filmándole, para después fijarlos de vuelta a dónde sus víctimas.

¿Lo había imaginado? ¿O en verdad ese hombre acababa de voltear a verle del mismo modo que él le veía detrás del monitor?

“¡No! En cualquier caso, no es a mí a quien habría visto sino a…”

Una gota de sudor comenzó a deslizarse lentamente por debajo de su pálida sien.

—¡Imposible! —se le escapó en voz alta. Luego se talló los ojos con fuerza, reacomodó sus anteojos y se apresuró a decir—: Creo que debo dejar de ver tanto Netflix y anime de temporada.

Nueve.

Mas ya no hubo tiempo para seguir conversando con sí mismo, pues sin previo aviso, una de las furgonetas que formaban parte de la barricada de los Inzerillo estalló. El chasis salió disparado unos tantos metros de altura, cual corcho de botella de champán al destaparse. Los restos de quienes se atrincheraban detrás del vehículo terminaron completamente calcinados. Al caer, el chasís de la furgoneta por poco y aplasta al grupo de sicarios aledaños de no ser porque éstos se hubieron echado a correr a tiempo.

Una bala que no logra dar en el blanco se convierte en una bala que nunca podrá cumplir con su destino. Su razón de existir se habrá perdido para siempre.

A los pocos segundos el vehículo contiguo explotó de la misma manera. Fue entonces que los Inzerillo que quedaban aún con vida comprendieron que tenían que alejarse lo más pronto posible de la barricada de coches maltrechos por las balas. 

Es por esto que el deber de un tirador es asegurarse que las balas siempre den en su objetivo; a cualquier costo, a cómo dé lugar. No hay excusas. Desperdiciarlas es igual a faltarles el respeto.

Familia Benedetti.
Tirador experto, anteriormente aprendiz y asistente del guardaespaldas personal de Marzio Benedetti, así como sicario de alto rango bajo sus órdenes directas.
Nombre clave: Numerale Due.
Especialidad: Asesinato.

Uno a uno, fueron explotando las furgonetas del convoy de la familia Inzerillo que quedaban. Ya sumaban nueve los coches destruidos, quedando solamente uno intacto —si es que se le puede llamar así a tener los cristales rotos, las llantas destruidas y el chasis tan abollado por los disparos que ya ni se podían abrir las puertas—. Los agentes de las familias atacantes se enfocaron de lleno en encontrar al responsable, hasta que uno de los capodecina de los Santa Maria de Gesu lo consiguió.

—¡Bruto bastardo! —bramó.

Y él y sus compañeros le dispararon lo mejor que les era posible en su situación.

—Lamento decirles —masculló Due mientras veía cómo las balas de sus enemigos pasaban a no menos de medio metro de su posición. Una que otra ni eso conseguían pues rebotaban en los muros de la torre— que a esta distancia, con la escaza luz y por el tipo de armas que portan, les resultará imposible darme.

Hasta que uno de las balas le acertó a su cigarrillo, apagándolo y llevándose consigo más de la mitad del tabaco. El resto del cigarro permaneció en su boca solo que ahora ligeramente torcido.

—¿O quizás no?

Disparó en dirección al tipo que por mera suerte le había pagado su cigarrillo, pero nada pasó. El cartucho estaba vacío otra vez. “Diablos” cuchicheó en lo que se apresuraba a volver a llenar el cartucho. Una, dos, tres, cuatro…

—Qué tan poco acostumbrado tengo que estar a tener que repartir tantos tiros en una misma ocasión —dijo a modo de auto reprimenda— para que me pase esto. Aplastar a las hormigas definitivamente no es trabajo para mí. Ay, Carlo, ¿por qué tenías que ausentarte?

Hana Kirisaki y su equipo no pudieron permanecer indiferentes a esto. La empresaria, con gran desaforo, tomó su celular. “¿Qué demonios está pasando?” gritó entre otras preguntas urgentes.

—No, Madame —Oblivion, desde su habitación, se apresuró a responderle—: le juro que esto no es obra de mis chicos. Aunque suene una locura, esto es obra de un único sujeto que, al parecer, es de los Benedetti. Sí, ya lo sé, a mí también me agarró por sorpresa. Recién acabo de consultar su identidad en mi base de datos. Me temo que, a diferencia de los otros tipos, no hay mucha información suya disponible. —A un lado de las ventanas emergentes con las grabaciones en directo de las cámaras de sus colaboradores había una con la fotografía e información del sujeto en cuestión; el pie de foto en cursivas decía: “Numerale Due”—. Pero por lo que puedo leer aquí el rango de ese monigote es tal que si lo comparamos con un  videojuego él sería el equivalente al subjefe con el que tienes que pelear antes de ir a por el jefe final.

—¿Y qué esperas entonces para deshacerte de él? —le ordenó Hana—. ¿Tienes idea de lo que podría pasar una vez se haya despachado a todos aquí afuera?

—Sí, Madame, ya había pensando en hacerlo. Pero, ¿y si mejor nos esperamos un poco? Digo, para que así se cargue a todos esos palurdos por nosotros.

—¡No, idiota! ¡Con un sujeto así no hay que correr riesgos! Hazlo de una buena vez, ¿entendido?

Oblivion se mordió el labio inferior. La señora esposa del Jefe tenía razón: un tipo así era demasiado peligroso, más peligroso que el primer sujeto, pues ya no quedaba tanto tiempo ni tantos distractores para asegurarse que se mantendría ocupado, y, sin duda su manera de actuar era más eficiente. Una vez que ese bastardo haya acabado con todos los invasores de la afueras de la residencia, lo más probable es que decidiría volver al interior de la mansión a buscar a los intrusos que lograron infiltrarse, es decir: sus hombres. Seishirou, Paula y el resto del equipo se las verían difíciles si tuvieran que lidiar con semejante engendro. Pero, por otro lado, dejarlo deshacerse de la basura para que así no hubiese ningún inconveniente a la hora del escape, era una idea tentadora, muy tentadora.

 Hana colgó furiosa su teléfono móvil y pasó a ordenarles a sus hombres que se dedicaran exclusivamente a proteger la entrada, que no les dispararan a los intrusos a menos que fuese necesario para mantenerlos alejados de la puerta. Facilitarle el trabajo a ese malnacido cargándose a sus presas era contraproducente para sus planes de mantenerlo fuera del alcance del muchacho y sus amigos. De ser necesario incluso, ordenaría a algunos de sus hombres dejar de proteger el portón para atacar y mantener ocupado al bastardo.

Nueve.

La cabeza del hombre que le había apagado el cigarrillo reventó como un globo lleno de pintura roja, ante el asco unánime de su tropa, la cual resultó salpicada de pies a cabeza.

“Las balas de onda expansiva son tan divertidas” pensó Due mientras le prendía fuego a su cigarrillo cortado a la mitad.

Los hombres de Santa Maria de Gesu continuaron atacando a su verdugo.

—Pierda cuidado, jefe —dijo Redhawk, el francotirador que hasta ese momento no le había quitado los ojos de encima al siciliano. En el centro de su mira telescópica reposaba la sien de su objetivo—, todo está bajo control. Tan sólo deme la orden y él será historia.

¿Qué hacer? Oblivion se debatía entre el asesinarlo de una buena vez o aprovecharse de su talento para deshacerse de los estorbos que quedaban. Quizás su única oportunidad estaría mientras él estuviera tan ocupado como ahora. ¿Y si llegaban más refuerzos de los Benedetti a apoyarlo? ¿Y si de pronto decidía que los invasores de afuera ya no significaban un problema y se devolviera a darles caza al equipo de Seishirou? Y hablando de ellos: trató de nuevo de ponerse en contacto con alguien, pero fue en vano. Todavía no volvía la señal y ya a estas alturas era más que obvio que no lo haría. Se preguntaba si al menos ya habían conseguido deshacerse de la barricada de sicarios en estado berseck y llegar a la quinta planta. El tiempo se agotaba. Primera vez en su carrera que asumía el liderato de una misión y casi todo lo que podría haber salido mal, había salido mal.

—¡Vamos! —gritó al techo—, a que no puedes hacer que la cosas se pongan peores, ¿eh? ¡Qué estás esperando, tú, vago de mierda! ¡Te reto!

Y al cabo de unos segundos, su desafío fue aceptado.

Una sombra que se deslizaba entre la penumbra, sorteando árboles, arbustos y rocas con certeros saltos y fintas; una sombra, cuya silueta no daba suficiente tiempo para discernir su identidad, se aproximaba cuesta abajo a la zona del conflicto. Tan silenciosa que aún sin el estruendo del tiroteo es probable que nadie se hubiera percatado a tiempo de su llegada, quizás solo aquel que era conocido por poseer los ojos Dios habría podido de no estar tan concentrado en su trabajo.

La sombra dio un gran salto desde el área arboleada y aterrizó dentro de los jardines frontales de la propiedad. A la velocidad de una ráfaga de aire, se escabulló hacia una de las cuatro aglomeraciones de vehículos que rodeaban la fachada del edificio. Cinco de los hombres de Santa Maria de Gesu recibieron sendas balas en sus espaldas, balas de tan grueso calibre que ni sus chalecos antibalas les salvaron de una muerte instantánea. Otro de ellos alcanzó a gritar de sorpresa antes de que aquella silueta escurridiza se abalanzara sobre él para después girar a su alrededor decenas de veces en menos de un suspiro. El cuerpo de la victima cayó partido en rodajas.

La ametralladora y la boina del muerto habían sido tomadas por aquella silueta —que ya al menos se podía vislumbrar que tenía forma humana—, que luego corrió a conectarle una patada en la cabeza a otro sicario rompiéndole el cráneo, la mandíbula y el cuello. Los hombres de SMG intentaron contraatacar, pero su verdugo, sin dejar de brincar de victima en victima decapitándolos de una patada al cuello a su vez que les hundía una bala en el cerebro a quienes estaban al costado de ésta, esquivaba todos los disparos como si su cuerpo fuese intangible o se moviera más rápido que las mismas balas.

Oblivion al momento de ver esto en el monitor, dejó caer su taza al suelo, rompiéndola en pedazos.
Hana y sus hombres quedaron pasmados. Ellos tampoco daban cabida a lo que veían.

Due, algo desconcertado por lo abrupto que había sido su llegada, dejó de lado su trabajo y miró atento hacia donde se había formado una formidable charca color carmesí.

—Es… es… —balbuceó uno de los Inzerillo, que al ser ellos los más próximos al convoy de los Santa Maria de Gesu, habían presenciado con lujo de detalle la masacre— ¡Imposible! —y señaló a la perpetradora de semejante carnicería: una mujer esbelta y de larga cabellera, cuyo color de pelo era idéntico al de la incontable sangre derramada a su alrededor, se dedicaba a recoger su cabello adentro de la boina que le había arrebatado al cuerpo de una de sus victimas—. ¡Esa mujer acabó ella sola con todo un escuadrón de los Santa Maria de Gesu en un instante!

—Es… —balbuceaban algunos de ellos, la mayoría sicarios experimentados.

¡Sanguigna!

La asesina, con sus fríos ojos verdes, le dio un rápido vistazo a la zona de guerra. Quizás para contar cuantos infelices faltaban por asesinar. Las tres familias y el equipo de Hana le observaron temerosos hasta que por simple instinto de supervivencia los primeros se decantaron a dispararle todos a la vez.

—Vaya —dijo Due—, pero si se trata de Karen. ¿Qué está haciendo aquí afuera? ¿Cuándo fue que se salió?
—Bien, bien —exclamó con pesadumbre un nervioso Oblivion que todavía no paraba de preguntarse el cómo pudo ella haber sobrevivido al derrumbe—, ahora sí que te luciste. Eso me pasa por abrir mi bocota. —Luego se dio una bofetada con cada mano, aspiró hasta llenar sus pulmones y pasó gritar con todas sus fuerzas—: ¡Por al amor de Arceus, no permitan, bajo ningún motivo vayan a dejar que esa mujer entre a la mansión! ¡Que alguien, quien sea, la mate!

—No tienes ni por qué decirlo —masculló Hana Kirisaki antes de escupir su cigarrillo y apuntar con sus dos uzis hacia su nuevo objetivo. Sus hombres le secundaron.

Dos de los tres francotiradores la asediaron; Hana y su equipo, el grupo más numeroso a estas alturas del enfrentamiento, se sumaron a los esfuerzos de las tres familias que quedaban en pie.

Karen corría de un punto a otro, evadiendo la lluvia de balas, refugiándose en los chasises desfigurados, defendiéndose con las pistolas y subfusiles que arrebataba de los cuerpos con los que se cruzaba hasta vaciar la munición; luego tiraba el arma y corría a por otra. Los más cercanos a matarle eran los francotiradores ocultos a cientos de metros del conflicto, pero ella o evadía a tiempo o bloqueaba sus disparos con una patada de su tacón izquierdo.

“¿Qué debo hacer?” se preguntó. Quedarse a luchar con todos esos malnacidos era una pérdida de tiempo; lo que en realidad urgía era detener a los intrusos que se habían infiltrado a los interiores de la residencia. “¿Me olvido de ellos y me abro paso por la entrada?” Miró a donde el vehículo empotrado en la puerta con su pelotón de hombres armados custodiándolo. “No, aunque lo hiciera, si los intrusos llevan bastante ventaja probablemente no podré alcanzarlos a tiempo.” Tenía que encontrar la manera de llegar a su señor antes que ellos. La única alternativa para llegar antes a las plantas superiores sería escalando, pero con todos esos bastardos atacándole no lo lograría. “Tiene que haber algo que pueda hacer”.

Y entonces, miró hacia la cima de las torres frontales. Y en una de ellas vislumbró la figura de un conocido.

“¡Due!”

Rápidamente gesticuló con sus labios una serie de palabras sin emitir ningún sonido.

—Hey, Karen… espera, ¿qué dices? —Due levantó una ceja—, ¿que quieres que te cubra mientras escalas hasta aquí arriba? Oh, vamos, Karen, puedes hacerlo tú sola sin problemas, no necesitas mi ayuda para eso. ¿Qué? —“No me cuestiones, tan solo hazlo” fue lo último que leyó de sus labios antes de que volviera a su faena de correr, esquivar y disparar—. Está bien, está bien. Ya voy.

Alzó su rifle y preparó su mano izquierda para dar una señal a Karen.

—¡No puede ser! —Oblivion no requirió de mucha perspicacia para darse cuenta de lo que el tipo de la gabardina planeaba. Sus ojos casi se salen de sus cuencas. Se levantó desaforado del suelo, agarró con fuera el micrófono de su auricular y gritó a todo pulmón—: ¡Redhawk, hazlo ahora!

El francotirador jaló el gatillo. A una velocidad de más de doscientos metros por segundo, la bala se precipitó hacia la cabeza de Due.

Due abrió mucho los ojos, su rostro se giró levemente hacia la izquierda, apuntó con su rifle un poco por encima de su hombro y disparó; todo esto en menos de una fracción de segundo—. No me molestes.

Ambas balas chocaron de frente, pero la disparada por el siciliano destrozó a la otra y siguió en línea recta hasta llegar al escondite de Redhawk, introducirse en el cañón del fusil de francotirador, atravesarlo y herir gravemente a su portador. La Onda expansiva arruinó la cámara de la mira, por lo que la comunicación con la computadora de Oblivion se cortó.

—No… no puede ser cierto —murmuró el hacker, estupefacto. El aliento casi se le acaba cuando tuvo que decirles a los dos francotiradores que seguían en pie que no intentaran nada, que era inútil, que era mejor no delatar su posición ante semejante monstruo.

—Eso fue por lo que le hiciste a Carlo —dijo el siciliano—. Agradece que no lo hayas matado, porque entonces tú también habrías corrido la misma suerte.

Volteó de nuevo hacia el jardín frontal, y con un ademan de su brazo dio la señal a Karen. Ella comenzó a escalar a base de potentes y acrobáticos saltos por los muros y balcones de la mansión. Sin pensárselo, las familias rivales le dispararon. Karen se las apañaba para esquivar la mayoría de los tiros; no obstante, una bala estuvo a punto de darle en el hombro. Entonces Due la desvió con una de las suyas. Karen escaló al tercer piso, luego el cuarto… otra bala por poco le hería en una pierna, pero Due volvió a proteger a su amiga frenándola con otro disparo. Karen llegó al quinto piso, y tres balas más estuvieron a punto de alcanzarla. Due la volvió a proteger repitiendo el método. Karen llegó a la torre y se puso a correr en vertical por el concreto plano y sin relieves. Ahora estaba más vulnerable pese a la distancia de más de treinta metros al ya no poder seguir saltando en zigzag. Por ello, otras tres balas estuvieron a punto de derribarla, pero nuevamente Due la protegió neutralizándolas con sus propios disparos. Como dato curioso, las balas que Due utilizaba no solo desviaban las del enemigo, sino que seguían su trayecto y terminaban acertando a uno de ellos.

Karen llegó a la orilla de la torre, dio un último salto y aterrizó a salvo en la azotea. Due se acercó a ella. Ahora los dos estaban fuera del alcance de las tres familias.

—Hola, Karen —le saludó—, ¿cómo te va?

Ella le ignoró. Pero luego, mientras caminaba hacia la puerta, sin girarse siquiera hacia donde Due, se detuvo y le dijo:

—Dame un informe rápido de la situación.

—¿Eh? Para serte franco no sé muchos detalles. La última vez que supe algo, los intrusos todavía no llegaban a la cuarta planta. Cinque y Bambi se están haciendo cargo de ellos mientras que Tre y yo fuimos asignados a lidiar con los intrusos de afuera, pero él fue herido hace poco, así que aquí estoy yo terminando el encargo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se te informó de la ubicación de los intrusos?

—No lo sé… unos ¿veinte, treinta minutos?

Karen apretó los puños.

—No hay tiempo que perder. Ven conmigo.

—¿Y qué pasará con los atacantes del patio?

—Déjalos. Son basura, yo misma lo confirmé. Hay que darle prioridad a quienes ya están infiltrados y no permitir que lleguen hasta donde nuestro señor y la señorita Kirisaki. Si por casualidad estas basuras lograran entrar también, nos desharemos de ellas luego.

—Oh, vamos —le dijo Due con una pequeña mueca mordaz—, tómatelo con calma, Karen. De seguro Quattro ya debió haberse hecho cargo de todos ellos.

—No estés tan seguro de eso.

Una ráfaga de viento sacudió el cabello de ambos.

—¿A qué te refieres? Y, a todo esto: ¿Se puede saber qué diantres estabas haciendo afuera de la mansión en un momento como éste?

—Mi Señor me encomendó salir del área de bloqueo de señal para pedir refuerzos. Entonces fui emboscada por uno de ellos. Esa desgraciada me hizo perder más tiempo del que hubiera deseado —dijo Karen, con furia. Due, al escuchar esto, levantó levemente una ceja—. Ahora mismo no sé si los hombres de Gio podrán llegar a tiempo; a ellos también les tendieron una trampa. Y tampoco podemos fiarnos de los regimes a cargo de los señores Benedetti. Ellos en parte también han orquestado todo esto.

Due abrió mucho los ojos para inmediatamente cerrarlos y soltar una risa nasal.

—Si uno o varios de los invasores —agregó Karen— resultara ser aunque fuera una fracción de fuerte que la persona con la que me topé allá afuera, entonces Quattro no podrá hacerse cargo ella sola.

—Cinque se encuentra dirigiendo las defensas de la mansíon.

—No, no es suficiente. Debó ir a dónde mi señor.

Due se giró de vuelta a la orilla de torre. Desde esa zona de la azotea ya no podía mirar lo que estaba pasando allá abajo, pero sí que se escuchaba el tiroteo que para nada había menguado su intensidad.

—¿Quién lo diría? Las cosas al final se pusieron más movidas de lo que había previsto. ¿No es divertido? Todo ese caos me transporta a los viejos tiempos, me pone hasta nostálgico. Apuesto a que nuestro maestro estaría muy satisfecho de ver toda esta acción. ¿No lo crees, Karen?

Volteó de regreso, buscando la respuesta de su compañera, y por fin se dio cuenta que ella ya no estaba.

—¡karen! ¡No me dejes hablando solo como si fuera un estúpido! —suspiró—. En fin, tú ganas. Pero no creas que voy a ponerme a correr ni nada. Caminaré. ¿Te quedó claro?

Tiró y aplastó lo quedaba de su cigarrillo y se dispuso a entrar a la mansión. Pero antes, notó que en el piso había una sucesión de gotas de sangre justo donde Karen había pasado. ¿Sería acaso la sangre de sus victimas que acaba de matar hace unos momentos?

“No, toda esa se le debió de haber caído o secado cuando se puso a correr para llegar hasta acá. ¿Qué demonios pasó? ¡Por Dios! No me quiero ni imaginar…”

Recordó lo del derrumbe de hace unos minutos, y no tardó en vincularlo con la pequeña anécdota de su amiga. Sus labios quedaron abiertos unos instantes antes de volver a su acostumbrado estoicismo.

—Sí, definitivamente estaría muy contento.


CONTINUARÁ…