(Hola. Antes que nada: lamento mucho, pero muchísimo la espera, en estos momentos estoy haciendo todo lo posible por terminar el capítulo, así que si aún hay alguien siguiendo este fic, les dejo por mientras este pequeño adelanto.)
—¡Mi señor!
Maximiliano Benedetti se dio la
media vuelta. En la lejanía del otro extremo del recinto, junto a la
entrada, se hallaba la figura de aquella persona especial, la única
en el mundo en quien él había aprendido a confiar.
—Karen…
Los dos caminaron diligentemente
hacia el centro del enorme salón circular, hasta yacer uno frente al
otro.
—Me alegro mucho de ver que se
encuentra a salvo, mi señor —se apresuró a decir la joven
asesina, con un tono de voz que denotaba sincero alivio.
—Me has arrebatado las palabras de
la boca, Karen. Yo también estaba empezando a preocuparme por ti.
Dime, ¿te encuentras bien? —Ella le asintió—. ¿Cómo fue que
supiste que me encontraría aquí?
—Deduje que en una situación
crítica como ésta lo más importante para usted sería la
salvaguardia de su prometida, así que de inmediato pensé en este
lugar.
—Nunca dejas de sorprenderme,
Karen —le dijo a la vez que le dedicaba una sobria mirada en señal
de beneplácito. Luego señaló con sus ojos hacia la pequeña y
única ventana del muro—. Hablando de eso, ¿pudiste avisarle a
nuestro regime de la situación? ¿Cómo es que aún no han llegado
sus hombres a auxiliarnos?
Karen le contó sobre su experiencia
en las colinas altas, su llamada a Giovanni y el terrible
descubrimiento que se llevó al hablar con él. Conforme Maximiliano
fue escuchando los detalles, sus cejas se iban frunciendo de la
incredulidad.
—No puedo creerlo —exclamó,
conteniendo su rabia cuanto le fue posible—. Simplemente no puedo
creer que inclusive Andolini, el hombre de mayor confianza y quien
fuera mano derecha de mi padre, y que hasta hace poco se había
mantenido al margen de este conflicto, haya decidido ponerse del lado
de ellos…
—Me temo que hemos subestimado los
alcances de las influencias de los señores Benedetti —dijo Karen
bajando la mirada—. ¿Quién iba a pensar que tendrían a su
disposición a mercenarios de ese nivel?
—No, Karen. —Maximiliano negó
con la cabeza—. Los infiltrados que consiguieron colarse a la
mansión, y muy seguramente la persona que te interceptó en las
afueras, no son obra suya.
—¿Qué dice, mi señor? Pero,
entonces, ¿quién más podría estar detrás de ellos?
—El grupo que se ha infiltrado a
la mansión son efectivos pertenecientes al Beehive.
Karen boqueo y abrió mucho los
ojos.
—Lo sé muy bien —continuó
Maximiliano— porque recién me enteré de que entre sus filas se
encuentran esas dos sicarios que conocimos en Japón, las mismas que
se hacían pasar por estudiantes del colegio al que asistía Chitoge.
—Black Tiger… y esa otra.
La joven apretó los puños al punto
de auto infringirse daño.
—¿Sucede algo, Karen? ¿Por qué
te pusiste tan pálida?
Karen tragó saliva. Tuvo que hacer
uso de todo su coraje para poder mirar a su señor a los ojos al
momento de confesarle lo que le había ocultado durante el incidente
de anoche en la plaza de Zisa.
—No puede ser. —Maximiliano se
llevó la mano al rostro—. Karen, ¿por qué no me lo dijiste en
ese momento?
—Su prometida se encontraba
presente, mi señor. No podía permitir que ella se enterara de la
presencia de ese hombre en la ciudad.
—¡Ya lo sé! Me refiero a: ¿Por
qué no me lo dijiste después?
—Iba a hacerlo, mi señor, se lo
juro; pero, al final, no pude. Concluí que no había necesidad de
preocuparlo pues ya bastantes problemas tenía con los que lidiar en
ese momento. Además, estaba claro que ese hombre, luego de ver el
incidente que la señorita Chitoge tuvo con su madre, se había dado
por vencido y por eso salió huyendo de ahí. Mi señor, yo… —Karen
se arrodilló frente a él—. En verdad lo lamento mucho. Si desea
castigarme en este mismo instante, lo aceptaré con gusto.
—Está bien, Karen. Tienes razón, hiciste lo correcto. —Con
un ademán Maximiliano le indicó que se pusiera de pie—. En nada
significativo hubiera cambiado la situación. No estoy molesto
contigo, al contrario: me acabas de quitar un enorme peso de encima.
Si esas dos sicarios del Beehive se encuentran trabajando para él,
eso significa que en realidad Adelt aún no se ha rebelado contra mí.
¡Claro! ¡Todo tiene más sentido ahora! Ya se me hacía bastante
extraño que Adelt se decidiera a hacer algo tan imprudente como eso,
puesto que Chitoge jamás se le perdonaría.
—¿Está seguro de eso, mi señor?
Podría ser que tanto el padre de su prometida como el hijo del
maestro de los Shuei, o incluso él mismo, estén confabulados.
—No, Karen. Ponte a analizar bien
los hechos: si Raku Ichijou ya tenía un plan tan elaborado para
llevarse a Chitoge con él, ¿por qué una noche antes del golpe se
arriesgaría a acercarse a ella? Era demasiado peligroso y echaba en
saco roto toda una operación que en teoría hubiese sido mucho más
efectiva y con probabilidades de éxito. Estoy completamente seguro
que esta tramoya está siendo llevada cabo desde la completa
ignorancia. Y si es así, significa que ni Adelt ni Ichijou tienen
algo que ver aquí.
—¿Y si entonces es con los
hermanos de su padre con quienes hizo un pacto?
—Eso es menos probable aún. Los
primeros invasores han estado actuando todo este tiempo con perfecto
sigilo. Se hicieron con los planos de la mansión, cortaron el
suministro eléctrico de la zona y bloquearon la señal de los
teléfonos móviles para que no pudiéramos pedir refuerzos; luego se
infiltraron sin dar tiempo de que nuestras defensas pudieran alertar
su llegada. Su plan era actuar lo más rápido posible, asestar su
golpe de tal modo que el resto de mis hombres en los alrededores no
se dieran cuenta a tiempo y llegaran a acorralarlos. Si hubieran
tenido la certeza de que nadie más vendría a auxiliarnos, no se
hubieran tomado todas esas molestias para evitar que nos pusiéramos
en contacto con nuestro equipo. En cambio, el segundo grupo, ni bien
llegaron, se pusieron a atacar de frente aprovechando su superioridad
numérica. Lo hicieron así porque ellos sí tenían la certeza de
que nadie más iba a venir a la mansión sin importar cuanto ruido
hiciesen, y porque previeron que por mi supuesta ausencia la mansión
apenas y estaría protegida. Porque ellos sí sabían de antemano que
Giovanni y sus hombres estarían fuera de la jugada.
»No, Karen, ellos no están
trabajando en equipo, ni siquiera tienen un fin en común. Mientras
que las familias enviadas por mis tíos pretenden asesinar a Chitoge
para responsabilizarme de esto ante su padre y su organización, el
hijo de Ichijou vino hasta aquí con el propósito de llevársela
sana y salva. Por lo que en realidad los dos frentes están tan
enemistados el uno con el otro como nosotros a ellos. Que nos
atacaran al mismo tiempo, y que las acciones de ambos los
beneficiasen mutuamente, no es más que una mera coincidencia, o como
me gusta a mí llamarlo: una consecuencia de lo inevitable.
»Y dado que Chitoge es el objetivo
de ambos frentes, fue que decidí venir a custodiar personalmente el
acceso a su habitación. Voy a asegurarme de que nadie siquiera se le
acerque.
—Y así será, mi señor. Yo misma
me encargaré de que así sea.
—No, Karen, esta vez lo haré yo
solo. Tú ve y ayuda a Cinque a deshacerse de los intrusos que
vinieron por parte de ese imbécil. Bajo ningún motivo debemos
permitir que alguien más los identifique. Por mucho que sea el hijo
de Ichijou el perpetrador, no deja de haber entre sus secuaces
miembros de la banda de Adelt.
Karen movió la cabeza en negación.
—Por favor, mi señor, no me pida
que me separe otra vez de usted. Es demasiado peligroso. A los
intrusos ya les debe faltar muy poco para llegar a esta torre. Si
alguno de ellos lograra escabullirse hasta donde se encuentra usted,
entonces… —cerró los ojos y sacudió la cabeza con fuerza—. Se
lo ruego, mi señor, ordéneme que permanezca a su lado para
protegerle. Cinque, Quattro y Due pueden hacerse cargo ellos solos.
Además, los refuerzos ya vienen en camino y…
Maximiliano la tomó de los hombros.
—Entiende, Karen. No debemos
subestimar a nuestro enemigo. La única capaz de derrotar a dos de
los sicarios más fuertes del Beehive con una probabilidad de éxito
del cien por ciento, eres tú. Tú eres mi brazo fuerte, mi bastión
más grande. Sólo a ti podría confiarte una enmienda de semejante
calibre. No te preocupes por mí, voy a estar bien. Sé cómo
cuidarme solo, tú lo sabes mejor que nadie.
»Por favor, quita esa cara.
Recuerda que no importa qué tan difíciles se tornen los problemas,
tú y yo siempre salimos de ellos. Tú y yo siempre sobrevivimos,
Karen, siempre nos anteponemos ante los retos que se nos ponen de
frente. Así ha sido desde el día en que nos conocimos. Y juro ante
el legado de mi familia y la memoria de mi padre que hoy no va a ser
la excepción.
Karen desvió la mirada. Sus brazos
tiritaban de la impotencia, de la inconformidad.
—Mi señor… yo… usted…
—¿Recuerdas lo que nos propusimos
ese día, cuando aún éramos niños? Que tú y yo trabajaríamos
juntos y que no descansaríamos hasta llegar a lo más alto, y desde
ahí les haríamos pagar con creces por todo lo que nos hicieron
sufrir. Karen, conocerte fue lo mejor que me pudo haber pasado. Tu
compañía me dio un motivo para seguir adelante, para no dejarme
abatir por las desgracias y el desprecio de mi familia. Tú me
salvaste incontables veces, no sólo de la muerte, sino también de
mis propios demonios internos. Por favor, Karen, ya falta muy poco
para que nuestros objetivos por fin se vean cumplidos; ésta tan sólo
es nuestra última prueba. Ya no te estoy ordenando que hagas esto
como un superior a su subordinado, Karen, te lo estoy pidiendo como
tu amigo. Por favor, ¿harías esto por mí?
Karen guardó silencio, cerró los
ojos y bajó la cara. Si ella había accedido antes a separarse de su
señor, fue porque no contaba con que se iría a demorar tanto en
desempeñar tal tarea y porque al enemigo le tomaría un buen tiempo
alcanzar los pisos más altos de la mansión. Pero ahora, con el
inminente asecho de quienes querían ver a su señor muerto, le
costaba mucho más trabajo resignarse a tomar ese riesgo.
—Entiendo, mi señor —dijo al
fin, en voz baja—. Déjelo todo en mis manos. Sean diez, sean cien
o sean miles los enemigos de mi señor, yo los aplastaré a todos.
Hizo una reverencia y se dispuso a
marcharse. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo durante uno o
quizás dos segundos de dubitación, luego se giró de vuelta hacia
su señor, y en un acto que tomó por sorpresa al mismísimo
Maximiliano, corrió de vuelta a sus brazos. Habían pasado años
desde la última vez que se permitió a sí misma abrazarlo tan
cariñosa y efusivamente.
—Mi señor…, yo a usted le
quiero tanto. Le quiero más que a nada en este mundo.
—Extraño los tiempos en que te
dabas la libertad de no ser tan formal conmigo cuando estábamos a
solas —dijo Maximiliano acariciando su mejilla—. Ya no recuerdo
cuando fue la última vez que me llamaste por mi nombre.
A los pocos segundos de haberse
separado, Maximiliano Benedetti advirtió unas pequeñas manchas de
sangre en su camisa, que iban desde la parte alta del abdomen al
pecho. Y en el piso de cerámica, un camino de pequeñas gotas
carmesí que conducían a la puerta por la que Karen acababa de salir
del recinto.
En
mi mundo.
Capítulo
XXXIII
—Ya casi llegamos —alertó
Migisuke luego de advertir que los disparos ya podían oírse pese a
la composición especial de los muros—. Aniki, será mejor que te
mantengas atrás de nosotros. Esto se va a poner peligroso.
Él, Raku, Tsugumi y Paula
decidieron acelerar su paso. De pronto, el sonido de papas fritas
siendo masticadas se filtró en sus comunicadores.
“Váyanse preparando, chicos.
—Era la voz de Oblivion—. Aún no consigo entender muy bien lo
que está sucediendo, pero los hombres de la familia Benedetti…
ahmmm ¿cómo lo digo? Se están portando de una manera un tanto
extraña. Como si les hubiera pegado la rabia o…”
La voz del hacker dio paso a la
estática y luego al silencio absoluto. Los audífonos en los oídos
de Migisuke, Raku y Tsugumi se sobrecalentaron hasta el punto de
hacerles daño. Los tres gritaron del dolor, se los sacaron rápido y
los arrojaron lejos. Y no sólo los comunicadores, sino que otros
aparatos electrónicos, como el control de los explosivos plásticos
y sus dispositivos de visión nocturna, acababan de sufrir la misma
suerte.
—¿Qué fue eso? —dijo Tsugumi.
La risa de una seductora voz de
mujer se oyó desde un lugar desconocido del pasillo. —¿Qué se
siente que les den a probar de su propio truco? —se ufanó la misma
con extrema soberbia.
“¡Una bomba de PEM!” Tsugumi y
el resto miraron a su alrededor. No se veía a nadie. De pronto, una
sombra escurridiza se deslizó en menos de medio parpadeo por uno de
los muros, primero de un extremo a otro y después en sentido
opuesto.
—¿Vieron eso? —preguntó Paula.
Su colega y el policía asintieron; una gota de sudor frío comenzaba
a deslizarse en la sien de éste último. Raku, en cambio, no
entendía nada de lo que estaba pasando.
—No hay remedio —exclamó
Tsugumi—. Debemos apurarnos. Las escaleras están a la vuelta del
corredor.
—Pero, ¿quién nos guiará ahora?
—preguntó Migisuke, perplejo y rascándose la nuca.
—Por mí mejor —berreó Paula—.
Y si no, podemos preguntárselo a los demás.
—No, Paula —dijo Tsugumi—.
Estoy segura que la bomba de PEM debió haber alcanzado también al
resto del equipo. Pero no importa, ya sólo nos falta una planta más
por recorrer antes de llegar a la torre objetivo. La última planta
está compuesta en su mayor parte por el salón de eventos y los
corredores que conducen a las cuatro torres de la mansión. Podemos
hacerlo. Nuestro deber ahora es abrirnos paso por la barricada de los
Benedetti. ¡Vamos!
—¡Sí! —contestaron al unísono.
Sin embargo, tanto ella como Raku no
dejaban de tener un mal presentimiento.
Llegaron. El corredor en esa zona
desembocaba en un gran salón abierto con unas amplias escaleras
erigiéndose al fondo del mismo, por el centro. Ahí, una trinchera
custodiada por al menos una veintena de mafiosos armados hasta los
codos la resguardaban de sus compañeros, con quienes entablaban una
feroz batalla.
Pero había algo extraño en la
apariencia de los Benedetti, cuyos rostros se asemejaban a los de un
animal salvaje. Mostraban los dientes, salivaban y emitían ruidos
semejantes a los gruñidos de un perro de caza. Espuma blanquecina
escurría de sus retorcidas bocas. Venas sobresalían a lo largo y
ancho de sus frentes y cuellos. Sus movimientos no eran precisamente
muy avispados; daba la sensación de que sus cuerpos se movían más
por instinto que por intelecto.
Una bala perdida estuvo a punto de
alcanzar a Raku de no ser que Tsugumi lo agarró del cuello de su
playera y lo tumbó al suelo justo a tiempo.
“¡Eso estuvo muy cerca!” pensó
el pobre muchacho, con la sangre hirviéndole de tanta adrenalina y
las facciones completamente desencajadas.
Migisuke tomó a Raku y lo llevó a
una de las dos barricadas —improvisadas con el mobiliario del
salón— de sus compañeros. Tsugumi y Paula se unieron a la lucha
disparando a discreción con su excepcional puntería. Como era de
esperarse, a los pocos instantes lograron acertar a varios de sus
enemigos.
Y entonces vieron cómo éstos, para
su gran desconcierto, no se inmutaban ante el daño recibido y
continuaban atacando sin reparo alguno.
—¡Es inútil! —gritó un
compañero del equipo—. ¡A menos que les inflijas muchísimo daño
o les vueles la cabeza, los bastardos no caerán! ¡Es por eso que
aún no hemos podido deshacernos de ellos!
—¿Qué dices? —Paula se giró.
Entonces uno de los soldati Benedetti saltó fuera de la
barricada y se abalanzó sobre ella, cuchillo en mano, con una
velocidad sobrehumana.
—¡Paula, cuidado! —Tsugumi
intentó mandarlo a volar de un puñetazo pero el sujeto apenas y se
echó uno pasos hacia atrás antes de volver a acometer. La sicario
lo tomó del brazo y lo mandó a volar con una llave de judo; no
obstante, el tipo le opuso mucha más resistencia de la que se
esperaba.
“¡Es muy fuerte! Tuve que
emplearme a fondo para poder someterlo.”
Paula y Tsugumi corrieron a
atrincherarse junto a los demás. Discutieron entre todos alguna
posible estrategia para deshacerse de esos bastardos.
—¿A alguno de ustedes les queda
un explosivo que no sea demasiado potente como para poder usarlo aquí
adentro? —interrogó el avispado Bruce.
Tsugumi hurgó en su ropa. —Los
detonadores eléctricos están arruinados, pero tengo unas cuantas
granadas de mano.
—Excelente. —Paula le arrebató
la granada—. Con esto será suficiente. —Le quitó el seguro y la
arrojó a la trinchera enemiga tan rápido que no dio tiempo a
Tsugumi de decirle que no se precipitara.
La granada, sin embargo, fue
interceptada a mitad del camino por una sombra que fue apenas
perceptible por lo rápido que se deslizó en el aire.
—¿Qué demonios? —dijo Paula.
La granada nunca estalló. Al
parecer alguien la había tomado y sujetado de la espoleta a tiempo.
Aquella risa femenina de hace unos
momentos se volvió a escuchar. —Por fin los tengo justo donde los
quería. Bienvenidos a su tumba.
—No puede ser —dijo Paula—,
¡esa voz de nuevo!
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