La oscuridad reinaba
las afueras de la ciudad. Tan solo la luna y las estrellas, con su tenue y fría
luz, se dignaban a alumbrar los vastos senderos y áreas boscosas a las faldas del
monte Cuccio. No había casi nada de viento ni ninguna otra fuente de ruido que
pudiera turbar la pasividad del ambiente. Bien se podría asegurar que, de no haber
sido por los eventos suscitados a los pies de la mansión Benedetti, aquella
noche habría estado destinada a ser una particularmente tranquila y ordinaría. Con
la excepción —gran excepción— de aquel derrumbe que se acababa de suscitar hace
apenas unos minutos en las zonas más altas de la montaña.
Esto y una
docena más de pensamientos se paseaban por la mente de un apuesto joven siciliano,
quien llevaba ya buen tiempo dedicándose a observar, desde la terraza de una de
las dos torres frontales de la mansión, la feroz batalla campal entre los
Benedetti y los invasores de familias traidoras.
Lo más seguro
es que si Fio lo viese así: holgazaneando,
perdiendo el tiempo en vez de ponerse a hacer su trabajo, ahora mismo le
estaría gritando toda clase de improperios y reprimendas. Tan sólo imaginárselo
bastó para que el apuesto joven se encogiera de hombros y arrugara un poco el
entrecejo.
—Maldita sea…
Se llevó a la
boca un cigarrillo, uno de esos bastante largos y delgados, con un delicado sabor
a menta, y le prendió fuego sirviéndose de un rudimentario fósforo de madera. La
calada que le dio fue tan minúscula que cualquiera pensaría que quería hacer durar
el cigarrillo de aquí hasta el amanecer.
—Ni hablar…
Se puso a examinar
a fondo el fino hilillo blanco que el cigarrillo, cuya boquilla permanecía en
todo momento presa de sus delgados labios, desprendía, poniendo especial atención
a la dirección exacta que tomaba al deslizarse hacia el cielo y la velocidad y
tiempo que tardaba en difuminarse por completo. Cuando hubo tomado suficientes acotaciones
mentales, redirigió la mirada de vuelta a donde el patio frontal de la mansión,
ahí donde se estaba llevando a cabo un tiroteo casi igual de sangriento que aquellos
en los que él, en tiempos pasados, había sido partícipe.
—Y yo que en
verdad pensé —murmuró— que ya no iba a ser necesario que interviniese.
Pero ahora
que su compañero había sido abatido, no tenía opción.
Si bien aquellos
forasteros que se acababan de postrar frente a la entrada de la residencia no
lo estaban haciendo del todo mal, un verdadero siciliano jamás dejaría sus asuntos
en las manos de terceros —de unos completos desconocidos, de hecho—. Y menos si
los susodichos, hace apenas unos segundos le estuvieron disparado a su colega de
igual modo que al resto de invitados. Aunque,
claro está, su viejo amigo había tenido también parte de la culpa, pues fue él
quien les atacó primero ni bien apenas llegaron.
—Si esos sujetos
en verdad son del Beehive —dijo en voz baja, con una tonalidad medio aviesa,
medio taciturna—, y aún si fuera cierto eso de que ahora son nuestros asociati, no podría ser menos importante
para el caso. Desconfiaré de ellos lo mismo que desconfío de los demás
bastardos.
Dicho esto, sacó
del interior de su gabardina su viejo y queridísimo rifle: un M14
semiautomático que él mismo había reconstruido y modificado un sinfín de veces.
Su pasatiempo favorito era desmontarlo pieza por pieza, limpiar y reparar cada
una de sus partes, inspeccionarlas meticulosamente y reemplazarlas con otras que
él mismo le mandaba a fabricar. Había removido la culata, dándole a la
empuñadura una forma más parecida a la de una escopeta recortada para que así le
resultase más cómodo asir el fusil con el brazo extendido. También le había
montado un cañón muchísimo más largo del habitual, fabricado de una aleación considerablemente
más pesada pero a su vez más resistente y duradera.
El rifle, pese
a carecer de culata, medía un total de un metro con veintidós centímetros de
largo, y pesaba más de ocho kilos.
Y, sin
embargo, el acabado del guardamano y la empuñadura —hechos con la más fina
madera de nogal— entre otros detalles, hacían a su viejo M14 asemejarse más a una
especie de lupara siciliana de
colosales dimensiones que a un rifle militar de mediados del siglo pasado.
El joven siciliano
se puso a examinar con recelo cada una de las balas que acababa de sacar del
bolsillo de su gabardina. Conforme las iba introduciendo al cartucho del rifle,
las fue contando: una, dos, tres, cuatro…, hasta llenarlo con la número nueve.
—Carlo, mi
amigo —susurraba al viento—, tú nunca quisiste escucharme. Si me hubieras hecho
caso, si tan sólo hubieras comprendido el significado de mis palabras, esto quizás
no te habría sucedido.
Atrincherado
en el vehículo blindado de su tropa, el capodecina
a cargo de uno de los tres escuadrones de soldati enviados por la familia Inzerillo ordenaba a sus hombres que
bajo ningún motivo fueran a disminuir la intensidad de su ofensiva:
—¡Sigan
disparando! ¡Ya sólo es cuestión de tiempo para que…!
Pero antes de
que pudiese concluir su oración, su garganta y cuello fueron atravesados. Parte
de la mandíbula se desprendió de su rostro en el acto, y sus ropas se bañaron con
los borbotones de sangre que fluyeron sin cesar. El infortunado hombre se
desplomó ante los incrédulos ojos de sus subordinados.
Uno de ellos se
apuró a indicar con un ademán de su brazo que a partir de ahora él estaría a cargo.
No obstante, y antes de siquiera poder dar su primera orden, una bala perforó su
cráneo llevándose consigo una considerable porción de sesos. El agujero, que le
surcaba desde arriba de su frente hasta por debajo de la nuca, tenía cuanto
menos la circunferencia de una pelota de golf, por lo que se podía perfectamente
mirar a través de él.
—Tú nunca trataste
a las balas con el debido respeto que se merecen, Carlo —seguía hablando el joven
siciliano en soliloquio—, tú nunca supiste darles el valor que tienen. Sólo
porque siempre has tenido a tu disposición cuanta munición querías, te creías en
el derecho de desperdiciarlas a tu antojo. —Cuando sentenció esto, él ya había
terminado de contar hasta el último agujero en el suelo dejado por la lluvia de
balas de la minigun de su amigo—. Y todo por ese tonto afán tuyo de intimidar y
jugar con tus enemigos, de demostrarles cuan superior eres. Sabes muy bien que
yo jamás he simpatizado con esa manera tuya de hacer las cosas.
La panda de
mafiosos profirió toda clase de maldiciones en dialecto siciliano mientras se
apresuraban a refugiarse debajo de la furgoneta. No obstante, a uno de ellos le
abrieron el pecho de un balazo; después a otro, y a otro, y a otro más. Las
balas atravesaban el acero blindado cual mera mantequilla y herían de muerte a
su víctima al asestarles siempre en un punto crítico, como si el que les estuviese
asesinando supiera con exactitud milimétrica la posición que ellos habían
adoptado al momento de esconderse, como si sus ojos pudieran ver a través del
acero.
—Pero no te
preocupes —agregó—, puedes descansar tranquilo, que a partir de ahora yo me
encargaré de esto a mi manera.
Los miembros de
la familia Inzerillo estaban cayendo uno a uno. Por primera vez en la noche encararon
la posibilidad de que muy probablemente ninguno de ellos iba a regresar de ese
lugar con vida.
En mi mundo.
Capítulo XXXII
Si hay algo en esta vida a lo que siempre le
he rendido casi el mismo respeto y devoción que a la Familia misma, eso sin
lugar a dudas es a las balas.
De pie,
mirando hacia el profundo abismo que yacía frente a sus pies con el rabillo de
su ojo derecho, manteniendo la postura siempre erguida, con ese porte impasible
y estoico por el que era tan bien reconocido tanto dentro como fuera de su Familia,
y con el cual parecía iradiar un aura de soberbia y extrema profesionalidad, el
joven siciliano asía su rifle tan solo valiéndose de su brazo derecho mientras que
con la mano izquierda retiraba el cigarrillo de su boca para tirar las cenizas al
vacío. El humo que brotaba de la boca del cañón de su rifle se desvanecía
lentamente, en sincronía con el que dejaba escapar de entre sus finos y entristecidos
labios.
Desde niño siempre estuve fascinado con la
idea de que algo tan diminuto y simple como lo es una bala, tuviera el
potencial de arrebatar en cuestión de segundos la vida de cualquier hombre.
Vio las
cenizas caer desde el techo de la torre, un viaje de más de sesenta metros,
hasta el patio frontal de la mansión; y en el momento justo en que éstas tocaron
el suelo, jaló del gatillo. El corazón de un sicario de la familia Inzerillo
quedó reducido a una masa amorfa a causa de la onda expansiva generada por el
impacto de bala en su chaleco blindado, al que de todos modos perforó con suma facilidad
entre su cuello y hombro.
Para que una persona pueda llegar a
convertirse en un prominente hombre de negocios, en un brillante médico, en un
artista consumado, en un político influyente y poderoso, se requiere de años y
años de preparación y formación académica, de una apropiada alimentación tanto
física como mental y espiritual, de cultivar con esmero toda clase de relaciones
personales, acumular experiencias valiosas, aprender conocimientos útiles,
tomar las decisiones acertadas y ser bendecido por un sinfín de convenientes y
fructíferas casualidades…
A una
distancia como esa, una persona común y corriente hallaría imposible
diferenciar las facciones de dos personas caminando juntas, que más le parecería
estar viendo a un par de bichos moviéndose entre la tierra.
Pero él era
un caso especial. Incluso con la poca luz que la luna y las estrellas le
brindaban, era capaz de distinguir cada uno de los poros en los rostros de todos
los intrusos, el color de sus ojos, las arrugas y suciedad en sus ropas, las
cicatrices y lunares de su piel. Quienes le conocen le decían a menudo, en un
plan entre la burla y la admiración, que él había nacido, que él era dueño de
los ojos de Dios.
Son incalculables las diligencias necesarias
para lograr que ese bebé recién nacido se convierta en un futuro en el extraordinario
hombre adulto que yace en lo más profundo de su potencial. En esta vida, el
éxito y la gloria son un juego al que todos pueden jugar, pero solo un puñado de
entre millones puede aspirar a ganar.
Jaló el
gatillo, y el brazo derecho de quien se hallaba al costado de la anterior
victima se desprendió del resto de su cuerpo. El miembro mutilado cayó al suelo
sin que su mano dejara de sujetar el revolver.
En cambio, para ponerle fin a los futuros negocios
del empresario, hacer desaparecer los talentos y habilidades forjadas durante
años y años de estudio del médico, borrar de la existencia todas las ideas que aún
yacen cautivas dentro de la imaginación del artista, o truncar de golpe la promisoria
carrera del prolífico político, tan solo son necesarios unos cuantos gramos de plomo,
unos cuantos más de pólvora, apuntar y jalar del gatillo en el momento y lugar
correcto.
Jaló del
gatillo, y las tripas de otro mafioso se empezaron a desperdigar de su vientre.
El desgraciado cayó de rodillas para al final desplomarse en medio de un charco
de su propia sangre.
Tan rápido y tan simple como eso. Tan solo
mueves el dedo hacia atrás… ¡y BAM! Listo. Ahora el hombre que solía estar vivo
ya no es más que un cumulo de carne inerte, tan carente de alma y de vida como las
piedrecillas que puedes recoger de una pila de guijarros.
Jaló del
gatillo… y nada más pasó. El joven siciliano arqueó una ceja y lo intentó de
nuevo. Nada.
—¿Qué? ¿Ya se
acabaron? —Le desmontó el cartucho a su M14. Observó su interior. Vacío. Hizo
una mueca medio incrédula a la par que se rascaba la nuca—. Qué fastidio. Habría
jurado que todavía debían quedar unas dos o tres balas más. En fin…
No importa lo que diga la gente estúpida.
Las balas fueron, son y serán hechas con un único propósito: matar. Esa es la verdadera
e innegable razón por las que fueron creadas por el hombre.
Metió la mano
en otro de los bolsillos de su gabardina. —Bueno, ya probamos las anti
blindaje, ahora vamos a probar las explosivas.
Una, dos,
tres, cuatro…
Sin embargo, a diferencia de otras armas de
asesinato como los cuchillos, las sogas de alambre o inclusive las flechas, las
balas son objetos de un solo uso. Una vez que las disparas, éstas ya no pueden
volver a utilizarse. Eso significa que una bala tan sólo tiene una, tan solo
una oportunidad de cumplir con el propósito para el que fue hecha.
Los miembros
de la familia Inzerillo, aunque ya se encontraban más alertas, aún no daban con
la ubicación del responsable. El Balcón desde el que estuvieron siendo atacados
hace unos momentos estaba vació, al igual que el resto de ventanales, los
cuales permanecían cerrados. No imaginaban que su nuevo verdugo se hallaba esta
vez a una distancia muchísimo mayor que su predecesor, a más del doble de
altura, oculto entre la lobreguez del cielo y los colores opacos de los muros
de la torre. Sin embargo, uno de los francotiradores del equipo de Oblivion ya
lo había localizado, informando de inmediato a su dirigente.
“No sé por
qué —pensó Oblivion al verlo gracias a la cámara de la mira telescópica de uno
de sus francotiradores— pero tengo un mal presentimiento. El tipo ése no parece
ser tan peligroso como el anterior. Pero… pero…”
Y de pronto,
durante una leve fracción de segundo o menos, los ojos de aquel misteriosos sujeto
dejaron de mirar hacia el abismo y se giraron hacia donde el francotirador,
oculto entre la maleza de la colina a cientos de metros, yacía apuntándole y
filmándole, para después fijarlos de vuelta a dónde sus víctimas.
¿Lo había
imaginado? ¿O en verdad ese hombre acababa de voltear a verle del mismo modo
que él le veía detrás del monitor?
“¡No! En
cualquier caso, no es a mí a quien habría visto sino a…”
Una gota de
sudor comenzó a deslizarse lentamente por debajo de su pálida sien.
—¡Imposible!
—se le escapó en voz alta. Luego se talló los ojos con fuerza, reacomodó sus
anteojos y se apresuró a decir—: Creo que debo dejar de ver tanto Netflix y anime
de temporada.
Nueve.
Mas ya no
hubo tiempo para seguir conversando con sí mismo, pues sin previo aviso, una de
las furgonetas que formaban parte de la barricada de los Inzerillo estalló. El
chasis salió disparado unos tantos metros de altura, cual corcho de botella de
champán al destaparse. Los restos de quienes se atrincheraban detrás del vehículo
terminaron completamente calcinados. Al caer, el chasís de la furgoneta por
poco y aplasta al grupo de sicarios aledaños de no ser porque éstos se hubieron
echado a correr a tiempo.
Una bala que no logra dar en el blanco se
convierte en una bala que nunca podrá cumplir con su destino. Su razón de existir
se habrá perdido para siempre.
A los pocos
segundos el vehículo contiguo explotó de la misma manera. Fue entonces que los
Inzerillo que quedaban aún con vida comprendieron que tenían que alejarse lo
más pronto posible de la barricada de coches maltrechos por las balas.
Es por esto que el deber de un tirador es
asegurarse que las balas siempre den en su objetivo; a cualquier costo, a cómo
dé lugar. No hay excusas. Desperdiciarlas es igual a faltarles el respeto.
Familia Benedetti.
Tirador experto, anteriormente aprendiz y asistente del guardaespaldas personal de Marzio Benedetti, así como sicario de alto rango bajo sus órdenes directas.
Nombre clave: Numerale Due.
Especialidad: Asesinato.
Tirador experto, anteriormente aprendiz y asistente del guardaespaldas personal de Marzio Benedetti, así como sicario de alto rango bajo sus órdenes directas.
Nombre clave: Numerale Due.
Especialidad: Asesinato.
Uno a uno,
fueron explotando las furgonetas del convoy de la familia Inzerillo que
quedaban. Ya sumaban nueve los coches destruidos, quedando solamente uno intacto
—si es que se le puede llamar así a tener los cristales rotos, las llantas
destruidas y el chasis tan abollado por los disparos que ya ni se podían abrir
las puertas—. Los agentes de las familias atacantes se enfocaron de lleno en
encontrar al responsable, hasta que uno de los capodecina de los Santa Maria
de Gesu lo consiguió.
—¡Bruto
bastardo! —bramó.
Y él y sus
compañeros le dispararon lo mejor que les era posible en su situación.
—Lamento
decirles —masculló Due mientras veía cómo las balas de sus enemigos pasaban a
no menos de medio metro de su posición. Una que otra ni eso conseguían pues
rebotaban en los muros de la torre— que a esta distancia, con la escaza luz y
por el tipo de armas que portan, les resultará imposible darme.
Hasta que uno
de las balas le acertó a su cigarrillo, apagándolo y llevándose consigo más de la
mitad del tabaco. El resto del cigarro permaneció en su boca solo que ahora ligeramente
torcido.
—¿O quizás
no?
Disparó en
dirección al tipo que por mera suerte le había pagado su cigarrillo, pero nada
pasó. El cartucho estaba vacío otra vez. “Diablos” cuchicheó en lo que se
apresuraba a volver a llenar el cartucho. Una, dos, tres, cuatro…
—Qué tan poco
acostumbrado tengo que estar a tener que repartir tantos tiros en una misma
ocasión —dijo a modo de auto reprimenda— para que me pase esto. Aplastar a las
hormigas definitivamente no es trabajo para mí. Ay, Carlo, ¿por qué tenías que
ausentarte?
Hana Kirisaki
y su equipo no pudieron permanecer indiferentes a esto. La empresaria, con gran
desaforo, tomó su celular. “¿Qué demonios está pasando?” gritó entre otras
preguntas urgentes.
—No, Madame —Oblivion,
desde su habitación, se apresuró a responderle—: le juro que esto no es obra de
mis chicos. Aunque suene una locura, esto es obra de un único sujeto que, al
parecer, es de los Benedetti. Sí, ya lo sé, a mí también me agarró por sorpresa.
Recién acabo de consultar su identidad en mi base de datos. Me temo que, a diferencia
de los otros tipos, no hay mucha información suya disponible. —A un lado de las
ventanas emergentes con las grabaciones en directo de las cámaras de sus colaboradores
había una con la fotografía e información del sujeto en cuestión; el pie de
foto en cursivas decía: “Numerale Due”—. Pero por lo que puedo leer aquí el
rango de ese monigote es tal que si lo comparamos con un videojuego él sería el equivalente al subjefe
con el que tienes que pelear antes de ir a por el jefe final.
—¿Y qué
esperas entonces para deshacerte de él? —le ordenó Hana—. ¿Tienes idea de lo
que podría pasar una vez se haya despachado a todos aquí afuera?
—Sí, Madame,
ya había pensando en hacerlo. Pero, ¿y si mejor nos esperamos un poco? Digo,
para que así se cargue a todos esos palurdos por nosotros.
—¡No, idiota!
¡Con un sujeto así no hay que correr riesgos! Hazlo de una buena vez,
¿entendido?
Oblivion se
mordió el labio inferior. La señora esposa del Jefe tenía razón: un tipo así
era demasiado peligroso, más peligroso que el primer sujeto, pues ya no quedaba
tanto tiempo ni tantos distractores para asegurarse que se mantendría ocupado,
y, sin duda su manera de actuar era más eficiente. Una vez que ese bastardo haya
acabado con todos los invasores de la afueras de la residencia, lo más probable
es que decidiría volver al interior de la mansión a buscar a los intrusos que
lograron infiltrarse, es decir: sus hombres. Seishirou, Paula y el resto del
equipo se las verían difíciles si tuvieran que lidiar con semejante engendro.
Pero, por otro lado, dejarlo deshacerse de la basura para que así no hubiese
ningún inconveniente a la hora del escape, era una idea tentadora, muy
tentadora.
Hana colgó furiosa su teléfono móvil y pasó a ordenarles
a sus hombres que se dedicaran exclusivamente a proteger la entrada, que no les
dispararan a los intrusos a menos que fuese necesario para mantenerlos alejados
de la puerta. Facilitarle el trabajo a ese malnacido cargándose a sus presas
era contraproducente para sus planes de mantenerlo fuera del alcance del
muchacho y sus amigos. De ser necesario incluso, ordenaría a algunos de sus
hombres dejar de proteger el portón para atacar y mantener ocupado al bastardo.
Nueve.
La cabeza del
hombre que le había apagado el cigarrillo reventó como un globo lleno de
pintura roja, ante el asco unánime de su tropa, la cual resultó salpicada de
pies a cabeza.
“Las balas de
onda expansiva son tan divertidas” pensó Due mientras le prendía fuego a su cigarrillo
cortado a la mitad.
Los hombres
de Santa Maria de Gesu continuaron atacando a su verdugo.
—Pierda
cuidado, jefe —dijo Redhawk, el francotirador que hasta ese momento no le había
quitado los ojos de encima al siciliano. En el centro de su mira telescópica
reposaba la sien de su objetivo—, todo está bajo control. Tan sólo deme la
orden y él será historia.
¿Qué hacer?
Oblivion se debatía entre el asesinarlo de una buena vez o aprovecharse de su talento
para deshacerse de los estorbos que quedaban. Quizás su única oportunidad estaría
mientras él estuviera tan ocupado como ahora. ¿Y si llegaban más refuerzos de
los Benedetti a apoyarlo? ¿Y si de pronto decidía que los invasores de afuera
ya no significaban un problema y se devolviera a darles caza al equipo de
Seishirou? Y hablando de ellos: trató de nuevo de ponerse en contacto con
alguien, pero fue en vano. Todavía no volvía la señal y ya a estas alturas era
más que obvio que no lo haría. Se preguntaba si al menos ya habían conseguido
deshacerse de la barricada de sicarios en estado berseck y llegar a la quinta planta. El tiempo se agotaba. Primera
vez en su carrera que asumía el liderato de una misión y casi todo lo que
podría haber salido mal, había salido mal.
—¡Vamos!
—gritó al techo—, a que no puedes hacer que la cosas se pongan peores, ¿eh?
¡Qué estás esperando, tú, vago de mierda! ¡Te reto!
Y al cabo de
unos segundos, su desafío fue aceptado.
Una sombra
que se deslizaba entre la penumbra, sorteando árboles, arbustos y rocas con
certeros saltos y fintas; una sombra, cuya silueta no daba suficiente tiempo
para discernir su identidad, se aproximaba cuesta abajo a la zona del
conflicto. Tan silenciosa que aún sin el estruendo del tiroteo es probable que nadie
se hubiera percatado a tiempo de su llegada, quizás solo aquel que era conocido
por poseer los ojos Dios habría podido de no estar tan concentrado en su
trabajo.
La sombra dio
un gran salto desde el área arboleada y aterrizó dentro de los jardines
frontales de la propiedad. A la velocidad de una ráfaga de aire, se escabulló
hacia una de las cuatro aglomeraciones de vehículos que rodeaban la fachada del
edificio. Cinco de los hombres de Santa Maria de Gesu recibieron sendas balas
en sus espaldas, balas de tan grueso calibre que ni sus chalecos antibalas les salvaron
de una muerte instantánea. Otro de ellos alcanzó a gritar de sorpresa antes de
que aquella silueta escurridiza se abalanzara sobre él para después girar a su
alrededor decenas de veces en menos de un suspiro. El cuerpo de la victima cayó
partido en rodajas.
La
ametralladora y la boina del muerto habían sido tomadas por aquella silueta
—que ya al menos se podía vislumbrar que tenía forma humana—, que luego corrió
a conectarle una patada en la cabeza a otro sicario rompiéndole el cráneo, la
mandíbula y el cuello. Los hombres de SMG intentaron contraatacar, pero su verdugo,
sin dejar de brincar de victima en victima decapitándolos de una patada al
cuello a su vez que les hundía una bala en el cerebro a quienes estaban al costado
de ésta, esquivaba todos los disparos como si su cuerpo fuese intangible o se
moviera más rápido que las mismas balas.
Oblivion al
momento de ver esto en el monitor, dejó caer su taza al suelo, rompiéndola en
pedazos.
Hana y sus
hombres quedaron pasmados. Ellos tampoco daban cabida a lo que veían.
Due, algo
desconcertado por lo abrupto que había sido su llegada, dejó de lado su trabajo
y miró atento hacia donde se había formado una formidable charca color carmesí.
—Es… es…
—balbuceó uno de los Inzerillo, que al ser ellos los más próximos al convoy de
los Santa Maria de Gesu, habían presenciado con lujo de detalle la masacre— ¡Imposible!
—y señaló a la perpetradora de semejante carnicería: una mujer esbelta y de larga
cabellera, cuyo color de pelo era idéntico al de la incontable sangre derramada
a su alrededor, se dedicaba a recoger su cabello adentro de la boina que le había
arrebatado al cuerpo de una de sus victimas—. ¡Esa mujer acabó ella sola con
todo un escuadrón de los Santa Maria de Gesu en un instante!
—Es…
—balbuceaban algunos de ellos, la mayoría sicarios experimentados.
¡Sanguigna!
La asesina,
con sus fríos ojos verdes, le dio un rápido vistazo a la zona de guerra. Quizás
para contar cuantos infelices faltaban por asesinar. Las tres familias y el
equipo de Hana le observaron temerosos hasta que por simple instinto de
supervivencia los primeros se decantaron a dispararle todos a la vez.
—Vaya —dijo
Due—, pero si se trata de Karen. ¿Qué está haciendo aquí afuera? ¿Cuándo fue
que se salió?
—Bien, bien
—exclamó con pesadumbre un nervioso Oblivion que todavía no paraba de
preguntarse el cómo pudo ella haber sobrevivido al derrumbe—, ahora sí que te
luciste. Eso me pasa por abrir mi bocota. —Luego se dio una bofetada con cada
mano, aspiró hasta llenar sus pulmones y pasó gritar con todas sus fuerzas—: ¡Por
al amor de Arceus, no permitan, bajo ningún motivo vayan a dejar que esa mujer
entre a la mansión! ¡Que alguien, quien sea, la mate!
—No tienes ni
por qué decirlo —masculló Hana Kirisaki antes de escupir su cigarrillo y
apuntar con sus dos uzis hacia su nuevo objetivo. Sus hombres le secundaron.
Dos de los tres
francotiradores la asediaron; Hana y su equipo, el grupo más numeroso a estas
alturas del enfrentamiento, se sumaron a los esfuerzos de las tres familias que
quedaban en pie.
Karen corría
de un punto a otro, evadiendo la lluvia de balas, refugiándose en los chasises
desfigurados, defendiéndose con las pistolas y subfusiles que arrebataba de los
cuerpos con los que se cruzaba hasta vaciar la munición; luego tiraba el arma y
corría a por otra. Los más cercanos a matarle eran los francotiradores ocultos
a cientos de metros del conflicto, pero ella o evadía a tiempo o bloqueaba sus
disparos con una patada de su tacón izquierdo.
“¿Qué debo
hacer?” se preguntó. Quedarse a luchar con todos esos malnacidos era una
pérdida de tiempo; lo que en realidad urgía era detener a los intrusos que se habían
infiltrado a los interiores de la residencia. “¿Me olvido de ellos y me abro
paso por la entrada?” Miró a donde el vehículo empotrado en la puerta con su
pelotón de hombres armados custodiándolo. “No, aunque lo hiciera, si los
intrusos llevan bastante ventaja probablemente no podré alcanzarlos a tiempo.”
Tenía que encontrar la manera de llegar a su señor antes que ellos. La única
alternativa para llegar antes a las plantas superiores sería escalando, pero
con todos esos bastardos atacándole no lo lograría. “Tiene que haber algo que
pueda hacer”.
Y entonces, miró
hacia la cima de las torres frontales. Y en una de ellas vislumbró la figura de
un conocido.
“¡Due!”
Rápidamente
gesticuló con sus labios una serie de palabras sin emitir ningún sonido.
—Hey, Karen…
espera, ¿qué dices? —Due levantó una ceja—, ¿que quieres que te cubra mientras
escalas hasta aquí arriba? Oh, vamos, Karen, puedes hacerlo tú sola sin
problemas, no necesitas mi ayuda para eso. ¿Qué? —“No me cuestiones, tan solo
hazlo” fue lo último que leyó de sus labios antes de que volviera a su faena de
correr, esquivar y disparar—. Está bien, está bien. Ya voy.
Alzó su rifle
y preparó su mano izquierda para dar una señal a Karen.
—¡No puede
ser! —Oblivion no requirió de mucha perspicacia para darse cuenta de lo que el
tipo de la gabardina planeaba. Sus ojos casi se salen de sus cuencas. Se
levantó desaforado del suelo, agarró con fuera el micrófono de su auricular y
gritó a todo pulmón—: ¡Redhawk, hazlo ahora!
El
francotirador jaló el gatillo. A una velocidad de más de doscientos metros por
segundo, la bala se precipitó hacia la cabeza de Due.
Due abrió
mucho los ojos, su rostro se giró levemente hacia la izquierda, apuntó con su
rifle un poco por encima de su hombro y disparó; todo esto en menos de una
fracción de segundo—. No me molestes.
Ambas balas
chocaron de frente, pero la disparada por el siciliano destrozó a la otra y siguió
en línea recta hasta llegar al escondite de Redhawk, introducirse en el cañón del
fusil de francotirador, atravesarlo y herir gravemente a su portador. La Onda
expansiva arruinó la cámara de la mira, por lo que la comunicación con la
computadora de Oblivion se cortó.
—No… no puede
ser cierto —murmuró el hacker, estupefacto. El aliento casi se le acaba cuando
tuvo que decirles a los dos francotiradores que seguían en pie que no
intentaran nada, que era inútil, que era mejor no delatar su posición ante
semejante monstruo.
—Eso fue por
lo que le hiciste a Carlo —dijo el siciliano—. Agradece que no lo hayas matado,
porque entonces tú también habrías corrido la misma suerte.
Volteó de
nuevo hacia el jardín frontal, y con un ademan de su brazo dio la señal a
Karen. Ella comenzó a escalar a base de potentes y acrobáticos saltos por los
muros y balcones de la mansión. Sin pensárselo, las familias rivales le dispararon.
Karen se las apañaba para esquivar la mayoría de los tiros; no obstante, una
bala estuvo a punto de darle en el hombro. Entonces Due la desvió con una de las
suyas. Karen escaló al tercer piso, luego el cuarto… otra bala por poco le hería
en una pierna, pero Due volvió a proteger a su amiga frenándola con otro
disparo. Karen llegó al quinto piso, y tres balas más estuvieron a punto de alcanzarla.
Due la volvió a proteger repitiendo el método. Karen llegó a la torre y se puso
a correr en vertical por el concreto plano y sin relieves. Ahora estaba más
vulnerable pese a la distancia de más de treinta metros al ya no poder seguir
saltando en zigzag. Por ello, otras tres balas estuvieron a punto de
derribarla, pero nuevamente Due la protegió neutralizándolas con sus propios
disparos. Como dato curioso, las balas que Due utilizaba no solo desviaban las
del enemigo, sino que seguían su trayecto y terminaban acertando a uno de
ellos.
Karen llegó a
la orilla de la torre, dio un último salto y aterrizó a salvo en la azotea. Due
se acercó a ella. Ahora los dos estaban fuera del alcance de las tres familias.
—Hola, Karen
—le saludó—, ¿cómo te va?
Ella le
ignoró. Pero luego, mientras caminaba hacia la puerta, sin girarse siquiera hacia
donde Due, se detuvo y le dijo:
—Dame un
informe rápido de la situación.
—¿Eh? Para serte
franco no sé muchos detalles. La última vez que supe algo, los intrusos todavía
no llegaban a la cuarta planta. Cinque y Bambi se están haciendo cargo de ellos
mientras que Tre y yo fuimos asignados a lidiar con los intrusos de afuera,
pero él fue herido hace poco, así que aquí estoy yo terminando el encargo.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que se te informó de la ubicación de los intrusos?
—No lo sé…
unos ¿veinte, treinta minutos?
Karen apretó
los puños.
—No hay
tiempo que perder. Ven conmigo.
—¿Y qué
pasará con los atacantes del patio?
—Déjalos. Son
basura, yo misma lo confirmé. Hay que darle prioridad a quienes ya están
infiltrados y no permitir que lleguen hasta donde nuestro señor y la señorita
Kirisaki. Si por casualidad estas basuras lograran entrar también, nos
desharemos de ellas luego.
—Oh, vamos —le
dijo Due con una pequeña mueca mordaz—, tómatelo con calma, Karen. De seguro Quattro
ya debió haberse hecho cargo de todos ellos.
—No estés tan
seguro de eso.
Una ráfaga de
viento sacudió el cabello de ambos.
—¿A qué te
refieres? Y, a todo esto: ¿Se puede saber qué diantres estabas haciendo afuera
de la mansión en un momento como éste?
—Mi Señor me
encomendó salir del área de bloqueo de señal para pedir refuerzos. Entonces fui
emboscada por uno de ellos. Esa desgraciada me hizo perder más tiempo del que
hubiera deseado —dijo Karen, con furia. Due, al escuchar esto, levantó
levemente una ceja—. Ahora mismo no sé si los hombres de Gio podrán llegar a
tiempo; a ellos también les tendieron una trampa. Y tampoco podemos fiarnos de
los regimes a cargo de los señores Benedetti. Ellos en parte también han
orquestado todo esto.
Due abrió
mucho los ojos para inmediatamente cerrarlos y soltar una risa nasal.
—Si uno o
varios de los invasores —agregó Karen— resultara ser aunque fuera una fracción
de fuerte que la persona con la que me topé allá afuera, entonces Quattro no
podrá hacerse cargo ella sola.
—Cinque se
encuentra dirigiendo las defensas de la mansíon.
—No, no es suficiente.
Debó ir a dónde mi señor.
Due se giró
de vuelta a la orilla de torre. Desde esa zona de la azotea ya no podía mirar
lo que estaba pasando allá abajo, pero sí que se escuchaba el tiroteo que para
nada había menguado su intensidad.
—¿Quién lo
diría? Las cosas al final se pusieron más movidas de lo que había previsto. ¿No
es divertido? Todo ese caos me transporta a los viejos tiempos, me pone hasta nostálgico.
Apuesto a que nuestro maestro estaría muy satisfecho de ver toda esta acción.
¿No lo crees, Karen?
Volteó de
regreso, buscando la respuesta de su compañera, y por fin se dio cuenta que
ella ya no estaba.
—¡karen! ¡No
me dejes hablando solo como si fuera un estúpido! —suspiró—. En fin, tú ganas.
Pero no creas que voy a ponerme a correr ni nada. Caminaré. ¿Te quedó claro?
Tiró y
aplastó lo quedaba de su cigarrillo y se dispuso a entrar a la mansión. Pero
antes, notó que en el piso había una sucesión de gotas de sangre justo donde
Karen había pasado. ¿Sería acaso la sangre de sus victimas que acaba de matar
hace unos momentos?
“No, toda esa
se le debió de haber caído o secado cuando se puso a correr para llegar hasta
acá. ¿Qué demonios pasó? ¡Por Dios! No me quiero ni imaginar…”
Recordó lo del
derrumbe de hace unos minutos, y no tardó en vincularlo con la pequeña anécdota
de su amiga. Sus labios quedaron abiertos unos instantes antes de volver a su
acostumbrado estoicismo.
—Sí,
definitivamente estaría muy contento.
CONTINUARÁ…
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