FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) cap 32









La oscuridad reinaba las afueras de la ciudad. Tan solo la luna y las estrellas, con su tenue y fría luz, se dignaban a alumbrar los vastos senderos y áreas boscosas a las faldas del monte Cuccio. No había casi nada de viento ni ninguna otra fuente de ruido que pudiera turbar la pasividad del ambiente. Bien se podría asegurar que, de no haber sido por los eventos suscitados a los pies de la mansión Benedetti, aquella noche habría estado destinada a ser una particularmente tranquila y ordinaría. Con la excepción —gran excepción— de aquel derrumbe que se acababa de suscitar hace apenas unos minutos en las zonas más altas de la montaña.

Esto y una docena más de pensamientos se paseaban por la mente de un apuesto joven siciliano, quien llevaba ya buen tiempo dedicándose a observar, desde la terraza de una de las dos torres frontales de la mansión, la feroz batalla campal entre los Benedetti y los invasores de familias traidoras.

Lo más seguro es que si Fio lo viese así: holgazaneando, perdiendo el tiempo en vez de ponerse a hacer su trabajo, ahora mismo le estaría gritando toda clase de improperios y reprimendas. Tan sólo imaginárselo bastó para que el apuesto joven se encogiera de hombros y arrugara un poco el entrecejo.

—Maldita sea…

Se llevó a la boca un cigarrillo, uno de esos bastante largos y delgados, con un delicado sabor a menta, y le prendió fuego sirviéndose de un rudimentario fósforo de madera. La calada que le dio fue tan minúscula que cualquiera pensaría que quería hacer durar el cigarrillo de aquí hasta el amanecer.

—Ni hablar…

Se puso a examinar a fondo el fino hilillo blanco que el cigarrillo, cuya boquilla permanecía en todo momento presa de sus delgados labios, desprendía, poniendo especial atención a la dirección exacta que tomaba al deslizarse hacia el cielo y la velocidad y tiempo que tardaba en difuminarse por completo. Cuando hubo tomado suficientes acotaciones mentales, redirigió la mirada de vuelta a donde el patio frontal de la mansión, ahí donde se estaba llevando a cabo un tiroteo casi igual de sangriento que aquellos en los que él, en tiempos pasados, había sido partícipe.

—Y yo que en verdad pensé —murmuró— que ya no iba a ser necesario que interviniese.

Pero ahora que su compañero había sido abatido, no tenía opción.

Si bien aquellos forasteros que se acababan de postrar frente a la entrada de la residencia no lo estaban haciendo del todo mal, un verdadero siciliano jamás dejaría sus asuntos en las manos de terceros —de unos completos desconocidos, de hecho—. Y menos si los susodichos, hace apenas unos segundos le estuvieron disparado a su colega de igual modo que al resto de invitados. Aunque, claro está, su viejo amigo había tenido también parte de la culpa, pues fue él quien les atacó primero ni bien apenas llegaron.

—Si esos sujetos en verdad son del Beehive —dijo en voz baja, con una tonalidad medio aviesa, medio taciturna—, y aún si fuera cierto eso de que ahora son nuestros asociati, no podría ser menos importante para el caso. Desconfiaré de ellos lo mismo que desconfío de los demás bastardos.

Dicho esto, sacó del interior de su gabardina su viejo y queridísimo rifle: un M14 semiautomático que él mismo había reconstruido y modificado un sinfín de veces. Su pasatiempo favorito era desmontarlo pieza por pieza, limpiar y reparar cada una de sus partes, inspeccionarlas meticulosamente y reemplazarlas con otras que él mismo le mandaba a fabricar. Había removido la culata, dándole a la empuñadura una forma más parecida a la de una escopeta recortada para que así le resultase más cómodo asir el fusil con el brazo extendido. También le había montado un cañón muchísimo más largo del habitual, fabricado de una aleación considerablemente más pesada pero a su vez más resistente y duradera.

El rifle, pese a carecer de culata, medía un total de un metro con veintidós centímetros de largo, y pesaba más de ocho kilos.

Y, sin embargo, el acabado del guardamano y la empuñadura —hechos con la más fina madera de nogal— entre otros detalles, hacían a su viejo M14 asemejarse más a una especie de lupara siciliana de colosales dimensiones que a un rifle militar de mediados del siglo pasado.

El joven siciliano se puso a examinar con recelo cada una de las balas que acababa de sacar del bolsillo de su gabardina. Conforme las iba introduciendo al cartucho del rifle, las fue contando: una, dos, tres, cuatro…, hasta llenarlo con la número nueve.

—Carlo, mi amigo —susurraba al viento—, tú nunca quisiste escucharme. Si me hubieras hecho caso, si tan sólo hubieras comprendido el significado de mis palabras, esto quizás no te habría sucedido.

Atrincherado en el vehículo blindado de su tropa, el capodecina a cargo de uno de los tres escuadrones de soldati enviados por la familia Inzerillo ordenaba a sus hombres que bajo ningún motivo fueran a disminuir la intensidad de su ofensiva:

—¡Sigan disparando! ¡Ya sólo es cuestión de tiempo para que…!

Pero antes de que pudiese concluir su oración, su garganta y cuello fueron atravesados. Parte de la mandíbula se desprendió de su rostro en el acto, y sus ropas se bañaron con los borbotones de sangre que fluyeron sin cesar. El infortunado hombre se desplomó ante los incrédulos ojos de sus subordinados.

Uno de ellos se apuró a indicar con un ademán de su brazo que a partir de ahora él estaría a cargo. No obstante, y antes de siquiera poder dar su primera orden, una bala perforó su cráneo llevándose consigo una considerable porción de sesos. El agujero, que le surcaba desde arriba de su frente hasta por debajo de la nuca, tenía cuanto menos la circunferencia de una pelota de golf, por lo que se podía perfectamente mirar a través de él.

—Tú nunca trataste a las balas con el debido respeto que se merecen, Carlo —seguía hablando el joven siciliano en soliloquio—, tú nunca supiste darles el valor que tienen. Sólo porque siempre has tenido a tu disposición cuanta munición querías, te creías en el derecho de desperdiciarlas a tu antojo. —Cuando sentenció esto, él ya había terminado de contar hasta el último agujero en el suelo dejado por la lluvia de balas de la minigun de su amigo—. Y todo por ese tonto afán tuyo de intimidar y jugar con tus enemigos, de demostrarles cuan superior eres. Sabes muy bien que yo jamás he simpatizado con esa manera tuya de hacer las cosas.

La panda de mafiosos profirió toda clase de maldiciones en dialecto siciliano mientras se apresuraban a refugiarse debajo de la furgoneta. No obstante, a uno de ellos le abrieron el pecho de un balazo; después a otro, y a otro, y a otro más. Las balas atravesaban el acero blindado cual mera mantequilla y herían de muerte a su víctima al asestarles siempre en un punto crítico, como si el que les estuviese asesinando supiera con exactitud milimétrica la posición que ellos habían adoptado al momento de esconderse, como si sus ojos pudieran ver a través del acero.

—Pero no te preocupes —agregó—, puedes descansar tranquilo, que a partir de ahora yo me encargaré de esto a mi manera.

Los miembros de la familia Inzerillo estaban cayendo uno a uno. Por primera vez en la noche encararon la posibilidad de que muy probablemente ninguno de ellos iba a regresar de ese lugar con vida.



En mi mundo.
Capítulo XXXII




Si hay algo en esta vida a lo que siempre le he rendido casi el mismo respeto y devoción que a la Familia misma, eso sin lugar a dudas es a las balas.

De pie, mirando hacia el profundo abismo que yacía frente a sus pies con el rabillo de su ojo derecho, manteniendo la postura siempre erguida, con ese porte impasible y estoico por el que era tan bien reconocido tanto dentro como fuera de su Familia, y con el cual parecía iradiar un aura de soberbia y extrema profesionalidad, el joven siciliano asía su rifle tan solo valiéndose de su brazo derecho mientras que con la mano izquierda retiraba el cigarrillo de su boca para tirar las cenizas al vacío. El humo que brotaba de la boca del cañón de su rifle se desvanecía lentamente, en sincronía con el que dejaba escapar de entre sus finos y entristecidos labios.

Desde niño siempre estuve fascinado con la idea de que algo tan diminuto y simple como lo es una bala, tuviera el potencial de arrebatar en cuestión de segundos la vida de cualquier hombre.

Vio las cenizas caer desde el techo de la torre, un viaje de más de sesenta metros, hasta el patio frontal de la mansión; y en el momento justo en que éstas tocaron el suelo, jaló del gatillo. El corazón de un sicario de la familia Inzerillo quedó reducido a una masa amorfa a causa de la onda expansiva generada por el impacto de bala en su chaleco blindado, al que de todos modos perforó con suma facilidad entre su cuello y hombro.

Para que una persona pueda llegar a convertirse en un prominente hombre de negocios, en un brillante médico, en un artista consumado, en un político influyente y poderoso, se requiere de años y años de preparación y formación académica, de una apropiada alimentación tanto física como mental y espiritual, de cultivar con esmero toda clase de relaciones personales, acumular experiencias valiosas, aprender conocimientos útiles, tomar las decisiones acertadas y ser bendecido por un sinfín de convenientes y fructíferas casualidades…

A una distancia como esa, una persona común y corriente hallaría imposible diferenciar las facciones de dos personas caminando juntas, que más le parecería estar viendo a un par de bichos moviéndose entre la tierra.

Pero él era un caso especial. Incluso con la poca luz que la luna y las estrellas le brindaban, era capaz de distinguir cada uno de los poros en los rostros de todos los intrusos, el color de sus ojos, las arrugas y suciedad en sus ropas, las cicatrices y lunares de su piel. Quienes le conocen le decían a menudo, en un plan entre la burla y la admiración, que él había nacido, que él era dueño de los ojos de Dios.

Son incalculables las diligencias necesarias para lograr que ese bebé recién nacido se convierta en un futuro en el extraordinario hombre adulto que yace en lo más profundo de su potencial. En esta vida, el éxito y la gloria son un juego al que todos pueden jugar, pero solo un puñado de entre millones puede aspirar a ganar.

Jaló el gatillo, y el brazo derecho de quien se hallaba al costado de la anterior victima se desprendió del resto de su cuerpo. El miembro mutilado cayó al suelo sin que su mano dejara de sujetar el revolver.

En cambio, para ponerle fin a los futuros negocios del empresario, hacer desaparecer los talentos y habilidades forjadas durante años y años de estudio del médico, borrar de la existencia todas las ideas que aún yacen cautivas dentro de la imaginación del artista, o truncar de golpe la promisoria carrera del prolífico político, tan solo son necesarios unos cuantos gramos de plomo, unos cuantos más de pólvora, apuntar y jalar del gatillo en el momento y lugar correcto.

Jaló del gatillo, y las tripas de otro mafioso se empezaron a desperdigar de su vientre. El desgraciado cayó de rodillas para al final desplomarse en medio de un charco de su propia sangre.

Tan rápido y tan simple como eso. Tan solo mueves el dedo hacia atrás… ¡y BAM! Listo. Ahora el hombre que solía estar vivo ya no es más que un cumulo de carne inerte, tan carente de alma y de vida como las piedrecillas que puedes recoger de una pila de guijarros.

Jaló del gatillo… y nada más pasó. El joven siciliano arqueó una ceja y lo intentó de nuevo. Nada.

—¿Qué? ¿Ya se acabaron? —Le desmontó el cartucho a su M14. Observó su interior. Vacío. Hizo una mueca medio incrédula a la par que se rascaba la nuca—. Qué fastidio. Habría jurado que todavía debían quedar unas dos o tres balas más. En fin…

No importa lo que diga la gente estúpida. Las balas fueron, son y serán hechas con un único propósito: matar. Esa es la verdadera e innegable razón por las que fueron creadas por el hombre.

Metió la mano en otro de los bolsillos de su gabardina. —Bueno, ya probamos las anti blindaje, ahora vamos a probar las explosivas.

Una, dos, tres, cuatro…

Sin embargo, a diferencia de otras armas de asesinato como los cuchillos, las sogas de alambre o inclusive las flechas, las balas son objetos de un solo uso. Una vez que las disparas, éstas ya no pueden volver a utilizarse. Eso significa que una bala tan sólo tiene una, tan solo una oportunidad de cumplir con el propósito para el que fue hecha.

Los miembros de la familia Inzerillo, aunque ya se encontraban más alertas, aún no daban con la ubicación del responsable. El Balcón desde el que estuvieron siendo atacados hace unos momentos estaba vació, al igual que el resto de ventanales, los cuales permanecían cerrados. No imaginaban que su nuevo verdugo se hallaba esta vez a una distancia muchísimo mayor que su predecesor, a más del doble de altura, oculto entre la lobreguez del cielo y los colores opacos de los muros de la torre. Sin embargo, uno de los francotiradores del equipo de Oblivion ya lo había localizado, informando de inmediato a su dirigente.

“No sé por qué —pensó Oblivion al verlo gracias a la cámara de la mira telescópica de uno de sus francotiradores— pero tengo un mal presentimiento. El tipo ése no parece ser tan peligroso como el anterior. Pero… pero…”

Y de pronto, durante una leve fracción de segundo o menos, los ojos de aquel misteriosos sujeto dejaron de mirar hacia el abismo y se giraron hacia donde el francotirador, oculto entre la maleza de la colina a cientos de metros, yacía apuntándole y filmándole, para después fijarlos de vuelta a dónde sus víctimas.

¿Lo había imaginado? ¿O en verdad ese hombre acababa de voltear a verle del mismo modo que él le veía detrás del monitor?

“¡No! En cualquier caso, no es a mí a quien habría visto sino a…”

Una gota de sudor comenzó a deslizarse lentamente por debajo de su pálida sien.

—¡Imposible! —se le escapó en voz alta. Luego se talló los ojos con fuerza, reacomodó sus anteojos y se apresuró a decir—: Creo que debo dejar de ver tanto Netflix y anime de temporada.

Nueve.

Mas ya no hubo tiempo para seguir conversando con sí mismo, pues sin previo aviso, una de las furgonetas que formaban parte de la barricada de los Inzerillo estalló. El chasis salió disparado unos tantos metros de altura, cual corcho de botella de champán al destaparse. Los restos de quienes se atrincheraban detrás del vehículo terminaron completamente calcinados. Al caer, el chasís de la furgoneta por poco y aplasta al grupo de sicarios aledaños de no ser porque éstos se hubieron echado a correr a tiempo.

Una bala que no logra dar en el blanco se convierte en una bala que nunca podrá cumplir con su destino. Su razón de existir se habrá perdido para siempre.

A los pocos segundos el vehículo contiguo explotó de la misma manera. Fue entonces que los Inzerillo que quedaban aún con vida comprendieron que tenían que alejarse lo más pronto posible de la barricada de coches maltrechos por las balas. 

Es por esto que el deber de un tirador es asegurarse que las balas siempre den en su objetivo; a cualquier costo, a cómo dé lugar. No hay excusas. Desperdiciarlas es igual a faltarles el respeto.

Familia Benedetti.
Tirador experto, anteriormente aprendiz y asistente del guardaespaldas personal de Marzio Benedetti, así como sicario de alto rango bajo sus órdenes directas.
Nombre clave: Numerale Due.
Especialidad: Asesinato.

Uno a uno, fueron explotando las furgonetas del convoy de la familia Inzerillo que quedaban. Ya sumaban nueve los coches destruidos, quedando solamente uno intacto —si es que se le puede llamar así a tener los cristales rotos, las llantas destruidas y el chasis tan abollado por los disparos que ya ni se podían abrir las puertas—. Los agentes de las familias atacantes se enfocaron de lleno en encontrar al responsable, hasta que uno de los capodecina de los Santa Maria de Gesu lo consiguió.

—¡Bruto bastardo! —bramó.

Y él y sus compañeros le dispararon lo mejor que les era posible en su situación.

—Lamento decirles —masculló Due mientras veía cómo las balas de sus enemigos pasaban a no menos de medio metro de su posición. Una que otra ni eso conseguían pues rebotaban en los muros de la torre— que a esta distancia, con la escaza luz y por el tipo de armas que portan, les resultará imposible darme.

Hasta que uno de las balas le acertó a su cigarrillo, apagándolo y llevándose consigo más de la mitad del tabaco. El resto del cigarro permaneció en su boca solo que ahora ligeramente torcido.

—¿O quizás no?

Disparó en dirección al tipo que por mera suerte le había pagado su cigarrillo, pero nada pasó. El cartucho estaba vacío otra vez. “Diablos” cuchicheó en lo que se apresuraba a volver a llenar el cartucho. Una, dos, tres, cuatro…

—Qué tan poco acostumbrado tengo que estar a tener que repartir tantos tiros en una misma ocasión —dijo a modo de auto reprimenda— para que me pase esto. Aplastar a las hormigas definitivamente no es trabajo para mí. Ay, Carlo, ¿por qué tenías que ausentarte?

Hana Kirisaki y su equipo no pudieron permanecer indiferentes a esto. La empresaria, con gran desaforo, tomó su celular. “¿Qué demonios está pasando?” gritó entre otras preguntas urgentes.

—No, Madame —Oblivion, desde su habitación, se apresuró a responderle—: le juro que esto no es obra de mis chicos. Aunque suene una locura, esto es obra de un único sujeto que, al parecer, es de los Benedetti. Sí, ya lo sé, a mí también me agarró por sorpresa. Recién acabo de consultar su identidad en mi base de datos. Me temo que, a diferencia de los otros tipos, no hay mucha información suya disponible. —A un lado de las ventanas emergentes con las grabaciones en directo de las cámaras de sus colaboradores había una con la fotografía e información del sujeto en cuestión; el pie de foto en cursivas decía: “Numerale Due”—. Pero por lo que puedo leer aquí el rango de ese monigote es tal que si lo comparamos con un  videojuego él sería el equivalente al subjefe con el que tienes que pelear antes de ir a por el jefe final.

—¿Y qué esperas entonces para deshacerte de él? —le ordenó Hana—. ¿Tienes idea de lo que podría pasar una vez se haya despachado a todos aquí afuera?

—Sí, Madame, ya había pensando en hacerlo. Pero, ¿y si mejor nos esperamos un poco? Digo, para que así se cargue a todos esos palurdos por nosotros.

—¡No, idiota! ¡Con un sujeto así no hay que correr riesgos! Hazlo de una buena vez, ¿entendido?

Oblivion se mordió el labio inferior. La señora esposa del Jefe tenía razón: un tipo así era demasiado peligroso, más peligroso que el primer sujeto, pues ya no quedaba tanto tiempo ni tantos distractores para asegurarse que se mantendría ocupado, y, sin duda su manera de actuar era más eficiente. Una vez que ese bastardo haya acabado con todos los invasores de la afueras de la residencia, lo más probable es que decidiría volver al interior de la mansión a buscar a los intrusos que lograron infiltrarse, es decir: sus hombres. Seishirou, Paula y el resto del equipo se las verían difíciles si tuvieran que lidiar con semejante engendro. Pero, por otro lado, dejarlo deshacerse de la basura para que así no hubiese ningún inconveniente a la hora del escape, era una idea tentadora, muy tentadora.

 Hana colgó furiosa su teléfono móvil y pasó a ordenarles a sus hombres que se dedicaran exclusivamente a proteger la entrada, que no les dispararan a los intrusos a menos que fuese necesario para mantenerlos alejados de la puerta. Facilitarle el trabajo a ese malnacido cargándose a sus presas era contraproducente para sus planes de mantenerlo fuera del alcance del muchacho y sus amigos. De ser necesario incluso, ordenaría a algunos de sus hombres dejar de proteger el portón para atacar y mantener ocupado al bastardo.

Nueve.

La cabeza del hombre que le había apagado el cigarrillo reventó como un globo lleno de pintura roja, ante el asco unánime de su tropa, la cual resultó salpicada de pies a cabeza.

“Las balas de onda expansiva son tan divertidas” pensó Due mientras le prendía fuego a su cigarrillo cortado a la mitad.

Los hombres de Santa Maria de Gesu continuaron atacando a su verdugo.

—Pierda cuidado, jefe —dijo Redhawk, el francotirador que hasta ese momento no le había quitado los ojos de encima al siciliano. En el centro de su mira telescópica reposaba la sien de su objetivo—, todo está bajo control. Tan sólo deme la orden y él será historia.

¿Qué hacer? Oblivion se debatía entre el asesinarlo de una buena vez o aprovecharse de su talento para deshacerse de los estorbos que quedaban. Quizás su única oportunidad estaría mientras él estuviera tan ocupado como ahora. ¿Y si llegaban más refuerzos de los Benedetti a apoyarlo? ¿Y si de pronto decidía que los invasores de afuera ya no significaban un problema y se devolviera a darles caza al equipo de Seishirou? Y hablando de ellos: trató de nuevo de ponerse en contacto con alguien, pero fue en vano. Todavía no volvía la señal y ya a estas alturas era más que obvio que no lo haría. Se preguntaba si al menos ya habían conseguido deshacerse de la barricada de sicarios en estado berseck y llegar a la quinta planta. El tiempo se agotaba. Primera vez en su carrera que asumía el liderato de una misión y casi todo lo que podría haber salido mal, había salido mal.

—¡Vamos! —gritó al techo—, a que no puedes hacer que la cosas se pongan peores, ¿eh? ¡Qué estás esperando, tú, vago de mierda! ¡Te reto!

Y al cabo de unos segundos, su desafío fue aceptado.

Una sombra que se deslizaba entre la penumbra, sorteando árboles, arbustos y rocas con certeros saltos y fintas; una sombra, cuya silueta no daba suficiente tiempo para discernir su identidad, se aproximaba cuesta abajo a la zona del conflicto. Tan silenciosa que aún sin el estruendo del tiroteo es probable que nadie se hubiera percatado a tiempo de su llegada, quizás solo aquel que era conocido por poseer los ojos Dios habría podido de no estar tan concentrado en su trabajo.

La sombra dio un gran salto desde el área arboleada y aterrizó dentro de los jardines frontales de la propiedad. A la velocidad de una ráfaga de aire, se escabulló hacia una de las cuatro aglomeraciones de vehículos que rodeaban la fachada del edificio. Cinco de los hombres de Santa Maria de Gesu recibieron sendas balas en sus espaldas, balas de tan grueso calibre que ni sus chalecos antibalas les salvaron de una muerte instantánea. Otro de ellos alcanzó a gritar de sorpresa antes de que aquella silueta escurridiza se abalanzara sobre él para después girar a su alrededor decenas de veces en menos de un suspiro. El cuerpo de la victima cayó partido en rodajas.

La ametralladora y la boina del muerto habían sido tomadas por aquella silueta —que ya al menos se podía vislumbrar que tenía forma humana—, que luego corrió a conectarle una patada en la cabeza a otro sicario rompiéndole el cráneo, la mandíbula y el cuello. Los hombres de SMG intentaron contraatacar, pero su verdugo, sin dejar de brincar de victima en victima decapitándolos de una patada al cuello a su vez que les hundía una bala en el cerebro a quienes estaban al costado de ésta, esquivaba todos los disparos como si su cuerpo fuese intangible o se moviera más rápido que las mismas balas.

Oblivion al momento de ver esto en el monitor, dejó caer su taza al suelo, rompiéndola en pedazos.
Hana y sus hombres quedaron pasmados. Ellos tampoco daban cabida a lo que veían.

Due, algo desconcertado por lo abrupto que había sido su llegada, dejó de lado su trabajo y miró atento hacia donde se había formado una formidable charca color carmesí.

—Es… es… —balbuceó uno de los Inzerillo, que al ser ellos los más próximos al convoy de los Santa Maria de Gesu, habían presenciado con lujo de detalle la masacre— ¡Imposible! —y señaló a la perpetradora de semejante carnicería: una mujer esbelta y de larga cabellera, cuyo color de pelo era idéntico al de la incontable sangre derramada a su alrededor, se dedicaba a recoger su cabello adentro de la boina que le había arrebatado al cuerpo de una de sus victimas—. ¡Esa mujer acabó ella sola con todo un escuadrón de los Santa Maria de Gesu en un instante!

—Es… —balbuceaban algunos de ellos, la mayoría sicarios experimentados.

¡Sanguigna!

La asesina, con sus fríos ojos verdes, le dio un rápido vistazo a la zona de guerra. Quizás para contar cuantos infelices faltaban por asesinar. Las tres familias y el equipo de Hana le observaron temerosos hasta que por simple instinto de supervivencia los primeros se decantaron a dispararle todos a la vez.

—Vaya —dijo Due—, pero si se trata de Karen. ¿Qué está haciendo aquí afuera? ¿Cuándo fue que se salió?
—Bien, bien —exclamó con pesadumbre un nervioso Oblivion que todavía no paraba de preguntarse el cómo pudo ella haber sobrevivido al derrumbe—, ahora sí que te luciste. Eso me pasa por abrir mi bocota. —Luego se dio una bofetada con cada mano, aspiró hasta llenar sus pulmones y pasó gritar con todas sus fuerzas—: ¡Por al amor de Arceus, no permitan, bajo ningún motivo vayan a dejar que esa mujer entre a la mansión! ¡Que alguien, quien sea, la mate!

—No tienes ni por qué decirlo —masculló Hana Kirisaki antes de escupir su cigarrillo y apuntar con sus dos uzis hacia su nuevo objetivo. Sus hombres le secundaron.

Dos de los tres francotiradores la asediaron; Hana y su equipo, el grupo más numeroso a estas alturas del enfrentamiento, se sumaron a los esfuerzos de las tres familias que quedaban en pie.

Karen corría de un punto a otro, evadiendo la lluvia de balas, refugiándose en los chasises desfigurados, defendiéndose con las pistolas y subfusiles que arrebataba de los cuerpos con los que se cruzaba hasta vaciar la munición; luego tiraba el arma y corría a por otra. Los más cercanos a matarle eran los francotiradores ocultos a cientos de metros del conflicto, pero ella o evadía a tiempo o bloqueaba sus disparos con una patada de su tacón izquierdo.

“¿Qué debo hacer?” se preguntó. Quedarse a luchar con todos esos malnacidos era una pérdida de tiempo; lo que en realidad urgía era detener a los intrusos que se habían infiltrado a los interiores de la residencia. “¿Me olvido de ellos y me abro paso por la entrada?” Miró a donde el vehículo empotrado en la puerta con su pelotón de hombres armados custodiándolo. “No, aunque lo hiciera, si los intrusos llevan bastante ventaja probablemente no podré alcanzarlos a tiempo.” Tenía que encontrar la manera de llegar a su señor antes que ellos. La única alternativa para llegar antes a las plantas superiores sería escalando, pero con todos esos bastardos atacándole no lo lograría. “Tiene que haber algo que pueda hacer”.

Y entonces, miró hacia la cima de las torres frontales. Y en una de ellas vislumbró la figura de un conocido.

“¡Due!”

Rápidamente gesticuló con sus labios una serie de palabras sin emitir ningún sonido.

—Hey, Karen… espera, ¿qué dices? —Due levantó una ceja—, ¿que quieres que te cubra mientras escalas hasta aquí arriba? Oh, vamos, Karen, puedes hacerlo tú sola sin problemas, no necesitas mi ayuda para eso. ¿Qué? —“No me cuestiones, tan solo hazlo” fue lo último que leyó de sus labios antes de que volviera a su faena de correr, esquivar y disparar—. Está bien, está bien. Ya voy.

Alzó su rifle y preparó su mano izquierda para dar una señal a Karen.

—¡No puede ser! —Oblivion no requirió de mucha perspicacia para darse cuenta de lo que el tipo de la gabardina planeaba. Sus ojos casi se salen de sus cuencas. Se levantó desaforado del suelo, agarró con fuera el micrófono de su auricular y gritó a todo pulmón—: ¡Redhawk, hazlo ahora!

El francotirador jaló el gatillo. A una velocidad de más de doscientos metros por segundo, la bala se precipitó hacia la cabeza de Due.

Due abrió mucho los ojos, su rostro se giró levemente hacia la izquierda, apuntó con su rifle un poco por encima de su hombro y disparó; todo esto en menos de una fracción de segundo—. No me molestes.

Ambas balas chocaron de frente, pero la disparada por el siciliano destrozó a la otra y siguió en línea recta hasta llegar al escondite de Redhawk, introducirse en el cañón del fusil de francotirador, atravesarlo y herir gravemente a su portador. La Onda expansiva arruinó la cámara de la mira, por lo que la comunicación con la computadora de Oblivion se cortó.

—No… no puede ser cierto —murmuró el hacker, estupefacto. El aliento casi se le acaba cuando tuvo que decirles a los dos francotiradores que seguían en pie que no intentaran nada, que era inútil, que era mejor no delatar su posición ante semejante monstruo.

—Eso fue por lo que le hiciste a Carlo —dijo el siciliano—. Agradece que no lo hayas matado, porque entonces tú también habrías corrido la misma suerte.

Volteó de nuevo hacia el jardín frontal, y con un ademan de su brazo dio la señal a Karen. Ella comenzó a escalar a base de potentes y acrobáticos saltos por los muros y balcones de la mansión. Sin pensárselo, las familias rivales le dispararon. Karen se las apañaba para esquivar la mayoría de los tiros; no obstante, una bala estuvo a punto de darle en el hombro. Entonces Due la desvió con una de las suyas. Karen escaló al tercer piso, luego el cuarto… otra bala por poco le hería en una pierna, pero Due volvió a proteger a su amiga frenándola con otro disparo. Karen llegó al quinto piso, y tres balas más estuvieron a punto de alcanzarla. Due la volvió a proteger repitiendo el método. Karen llegó a la torre y se puso a correr en vertical por el concreto plano y sin relieves. Ahora estaba más vulnerable pese a la distancia de más de treinta metros al ya no poder seguir saltando en zigzag. Por ello, otras tres balas estuvieron a punto de derribarla, pero nuevamente Due la protegió neutralizándolas con sus propios disparos. Como dato curioso, las balas que Due utilizaba no solo desviaban las del enemigo, sino que seguían su trayecto y terminaban acertando a uno de ellos.

Karen llegó a la orilla de la torre, dio un último salto y aterrizó a salvo en la azotea. Due se acercó a ella. Ahora los dos estaban fuera del alcance de las tres familias.

—Hola, Karen —le saludó—, ¿cómo te va?

Ella le ignoró. Pero luego, mientras caminaba hacia la puerta, sin girarse siquiera hacia donde Due, se detuvo y le dijo:

—Dame un informe rápido de la situación.

—¿Eh? Para serte franco no sé muchos detalles. La última vez que supe algo, los intrusos todavía no llegaban a la cuarta planta. Cinque y Bambi se están haciendo cargo de ellos mientras que Tre y yo fuimos asignados a lidiar con los intrusos de afuera, pero él fue herido hace poco, así que aquí estoy yo terminando el encargo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se te informó de la ubicación de los intrusos?

—No lo sé… unos ¿veinte, treinta minutos?

Karen apretó los puños.

—No hay tiempo que perder. Ven conmigo.

—¿Y qué pasará con los atacantes del patio?

—Déjalos. Son basura, yo misma lo confirmé. Hay que darle prioridad a quienes ya están infiltrados y no permitir que lleguen hasta donde nuestro señor y la señorita Kirisaki. Si por casualidad estas basuras lograran entrar también, nos desharemos de ellas luego.

—Oh, vamos —le dijo Due con una pequeña mueca mordaz—, tómatelo con calma, Karen. De seguro Quattro ya debió haberse hecho cargo de todos ellos.

—No estés tan seguro de eso.

Una ráfaga de viento sacudió el cabello de ambos.

—¿A qué te refieres? Y, a todo esto: ¿Se puede saber qué diantres estabas haciendo afuera de la mansión en un momento como éste?

—Mi Señor me encomendó salir del área de bloqueo de señal para pedir refuerzos. Entonces fui emboscada por uno de ellos. Esa desgraciada me hizo perder más tiempo del que hubiera deseado —dijo Karen, con furia. Due, al escuchar esto, levantó levemente una ceja—. Ahora mismo no sé si los hombres de Gio podrán llegar a tiempo; a ellos también les tendieron una trampa. Y tampoco podemos fiarnos de los regimes a cargo de los señores Benedetti. Ellos en parte también han orquestado todo esto.

Due abrió mucho los ojos para inmediatamente cerrarlos y soltar una risa nasal.

—Si uno o varios de los invasores —agregó Karen— resultara ser aunque fuera una fracción de fuerte que la persona con la que me topé allá afuera, entonces Quattro no podrá hacerse cargo ella sola.

—Cinque se encuentra dirigiendo las defensas de la mansíon.

—No, no es suficiente. Debó ir a dónde mi señor.

Due se giró de vuelta a la orilla de torre. Desde esa zona de la azotea ya no podía mirar lo que estaba pasando allá abajo, pero sí que se escuchaba el tiroteo que para nada había menguado su intensidad.

—¿Quién lo diría? Las cosas al final se pusieron más movidas de lo que había previsto. ¿No es divertido? Todo ese caos me transporta a los viejos tiempos, me pone hasta nostálgico. Apuesto a que nuestro maestro estaría muy satisfecho de ver toda esta acción. ¿No lo crees, Karen?

Volteó de regreso, buscando la respuesta de su compañera, y por fin se dio cuenta que ella ya no estaba.

—¡karen! ¡No me dejes hablando solo como si fuera un estúpido! —suspiró—. En fin, tú ganas. Pero no creas que voy a ponerme a correr ni nada. Caminaré. ¿Te quedó claro?

Tiró y aplastó lo quedaba de su cigarrillo y se dispuso a entrar a la mansión. Pero antes, notó que en el piso había una sucesión de gotas de sangre justo donde Karen había pasado. ¿Sería acaso la sangre de sus victimas que acaba de matar hace unos momentos?

“No, toda esa se le debió de haber caído o secado cuando se puso a correr para llegar hasta acá. ¿Qué demonios pasó? ¡Por Dios! No me quiero ni imaginar…”

Recordó lo del derrumbe de hace unos minutos, y no tardó en vincularlo con la pequeña anécdota de su amiga. Sus labios quedaron abiertos unos instantes antes de volver a su acostumbrado estoicismo.

—Sí, definitivamente estaría muy contento.


CONTINUARÁ…

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