Clases particulares.
Capítulo 2: Pero me acuerdo de ti.
Cuando
me desperté en la camilla de la enfermería había pasado al menos unas dos
horas. La enfermera me dijo que no tenía nada grave, que me marchara a casa y
si mañana aún me sentía mal, fuera a ver al médico y me tomara unos días de
descanso. Lana, Lillie y el resto de mis compañeros se veían muy preocupados
por mí, así que traté de animarlos con una sonrisa y prometiéndoles que mañana
vendría a clases como si nada. Pero de todas las miradas, la que más se quedó
grabada con fuego en mi mente fue la de Kukui-sensei.
“Contrólate,
o nos van a descubrir” creo que fue lo que sus ojos trataron de decirme. No es
como si él estuviera molesto conmigo o algo así; más bien, pareciera que estaba
algo ansioso.
Le
conté a Papá lo que pasó y me dijo que podía descansar en mi habitación todo el día, que
él se encargaría solo del restaurante. Más tarde, Mamá me llevó la cena a mi
cuarto.
Recostada
en mi cama, me puse a pensar en una manera de evitar que esto se volviera a
repetir. Tsareena se acurrucó junto a mí, supongo a vigilar que no me volviera
a sentir mal.
“Fue
porque todo este tiempo estuve evadiendo el problema en lugar de afrontarlo.” Llego
a esa conclusión luego de haberlo meditado mucho. “Si lo que quiero es poder superarlo
algún día, no puedo simplemente hacer como que nada de esto ocurrió. Tengo que
aceptarlo, tengo que aprender a vivir con ello.”
Me
dispongo a recordar de uno en uno los acontecimientos de ese fatídico viernes:
La obstinación con la que le supliqué a Kukui-sensei que me diera una última
oportunidad de aprobar la materia. La inmensa rabia que me invadió cuando me
dijo que lo haría a cambio de que hiciéramos cosas indecentes ahí mismo, en el mismo
salón de clases donde mis amigos y yo convivimos a diario. La tristeza e
impotencia al momento de aceptar el trato. El estar frente a su ‘cosa’, el
mirar directamente la parte privada de un hombre adulto por primera vez; su
dureza, su calor que casi me quema las manos al momento de apretarlo con fuerza;
el aroma y recio sabor de su miembro al momento de recorrerlo con mi lengua
desde la punta hasta la raíz y al metérmelo en la boca hasta casi ahogarme. Mi
respiración agitada a mil, mi piel sudorosa a causa del incipiente aumento de temperatura
en mi cuerpo, tembloroso por los nervios y el constante miedo de que alguien
pasara y nos descubriera. Mi pecho inflamado de la excitación y el morbo,
alimentados por mi lado más irracional y salvaje, por una faceta que hasta ese momento
desconocía de mí. Mis dedos acariciando con ansiedad mi zona más íntima sin
importarme que mi profesor me estuviera mirando; la descarga de placer que al
fin dio alivio a toda esa tensión acumulada. Kukui-sensei vaciando su caliente
y cremosa esencia en mi boca, el sabor y aroma penetrante de ésta, su textura viscosa
al pasarlo por mi garganta. El remordimiento y la vergüenza que me invadieron una
vez que mi mente aterrizó de vuelta a la realidad.
No
sé con exactitud cuánto tiempo me la pasé recordando los hechos una y otra vez,
pero debió ser bastante ya que al voltear a ver a Tsareena descubro que ella ya
se había quedado profundamente dormida. Miro en el reloj despertador de mi buró
que ya pasan de las doce de la noche. Quiero dormirme, pero no dejo de dar
vueltas y revolcarme en mi colchón. Por más que intento no puedo parar de
pensar en el ‘palo’ de carne de Kukui-sensei, en cómo lo acariciaba y chupaba
con total demencia. Ya no lo aguanto, tengo que hacer algo para calmarme.
Entonces,
no sé cómo es que me ocurre, pero llevo mi mano a mi entrepierna, meto mis
dedos por debajo de mi ropa interior y me pongo a acariciar con suavidad mi
coñito. Siendo sincera, no había vuelto a tocarme ahí desde ese día, pues
estuve bastante ocupada en el campamento de verano como para tener tiempo. Bueno…
eso y porque no quería volver a hacer algo que me pudiera recordar lo sucedido.
En el instante que la yema de mis dedos toca aquel pequeño botoncito que habita
en la parte alta de mi zona más privada, la sensación de alivio y placer es
inmediata. Continuo masajeándome mientras me chupo y lamo el dedo pulgar de mi
otra mano imaginando que se trata del miembro de mi profesor. Al cabo de unos
minutos, una nueva descarga eléctrica de inmensurable placer estalla en medio
de mis piernas haciéndome estremecer desde los dedos de los pies hasta las
puntas del pelo. Mi cuerpo se relaja, mis pensamientos se disipan y el tan anhelado
sueño por fin se deja venir. Estoy toda sudada y mi pijama y mi braguita se han
ensuciado, pero no me importa, ya mañana en la mañana tomaré un baño. Lo
importante ahora es que por fin estoy conciliando el sueño luego de tantas
horas sin poder dormir.
…
Al
día siguiente asisto a la escuela como de costumbre. Me siento mucho más alegre
y con más energía que ayer. ¡Es un milagro! Mis propios amigos lo notan y se
alegran de que, sea lo que sea que haya tenido, al parecer por fin se me ha
pasado. Todo ha vuelto a la normalidad, excepto por un detalle:
Cada
que miro de cerca a Kukui-sensei, se acerca a mí o me habla, los recuerdos y
parte del remordimiento que creía había superado al fin, vuelven a
atormentarme. No lo soporto, por lo que de una manera para nada sutil comienzo
a evadirlo o alejarme de él.
En
clases de educación física me quedo hasta atrás del grupo para no tenerlo
cerca.
Cuando
me hace preguntas en clase las respondo de manera muy cortante, incluso con un
simple ‘sí’, ‘no’ o ‘no sé’.
Siempre
que va a pasar cerca de mi pupitre me giro en sentido contrario o bajo el
rostro como si estuviera viendo mi libreta.
—Oye,
Mallow —me llama Lillie luego de que acabara de verme dar la media vuelta
cuando Kukui-sensei caminó al lado de mí—, ¿te sucede algo?
—¿Qué?
¿A mí? No, para nada. ¿Por qué la pregunta?
—No,
por nada. Olvídalo.
Esto
está mal, si sigo así van a empezar a sospechar de nuevo. Sé que mientras él
sea mi profesor y yo asista a esta escuela es inevitable que nos veamos todos
los días, pero el sólo hecho de tenerlo cerca incita a que todos esos recuerdos
tan horribles regresen a atormentarme.
La
hora de salida llega. Antes de marcharme le pido a Tsareena que me espere en el
aula y me dirijo al baño. Y entonces…
—¡Hey,
Mallow! —me saluda el profesor, con quien me topo por casualidad en los
pasillos—. ¿Cómo estás? ¿Ya te sientes mejor? Me tuviste muy preocupado el
primer día de clases, pero es bueno ver que… ¿Mallow?
No
me detuve ni a saludarlo. Sólo seguí mi camino si ni siquiera voltear a verlo, como
pretendiendo que él no existe.
—Está
bien, Mallow. Si sigues sintiéndote incómoda por lo que ocurrió aquel día, te
daré tu espacio para que te recuperes.
De
repente me detengo. Y sin dejar de darle la espalda, le digo en voz baja:
—No
tiene por qué preocuparse por eso, sensei, ya estoy bien. Le prometo que no
volverá a suceder algo parecido a lo de ayer, así que pierda cuidado. Nuestro
secreto está a salvo.
—Ya
veo. Te lo agradezco, Mallow. Pero lo que yo quería decirte era que…
—Pero
—me apresuro a seguir hablando—… Sensei, yo…, yo quiero pedirle un favor.
“Le
suplico que no vuelva a acercarse a mí, y que trate de hablarme lo menos
posible en clase. Por favor, no me salude ni volteé a verme a menos que otras
personas estén presentes y tenga que hacerlo. Y si de casualidad nos
encontramos fuera de la escuela, haga como que no nos conocemos y pase de mí,
que yo también voy a hacer lo mismo cuando lo vea a usted. Si me hace ese favor,
le juro que mantendré en secreto lo que sucedió aquella tarde, y todo volverá a
la normalidad.
Desde
mi lugar oigo que a Kukui-sensei se le escapa un leve suspiro.
—Comprendo
—me dice con un tono de voz algo apagada—. De acuerdo, Mallow, te lo prometo.
Reanudo
mi camino, pensando que en cualquier momento el profesor me alcanzaría o me
diría desde la distancia que no está de acuerdo con esto, que no es una buena
idea distanciarnos el uno del otro así como así, pues eso podría provocar aún
más sospechas. Pero al girarme hacia atrás descubro que él ya se había marchado.
—Kukui-sensei
—murmullo—. Es usted un tonto.
…
—Oye,
Mallow —me dice Lana. Ella y yo nos hallábamos almorzando en el patio de la
escuela, sentadas en el pasto a la sombra de un frondoso árbol—, ¿puedo hacerte
una pregunta?
—¿Qué
pasa? —contesto mientras me dedico a saborear uno de los ricos onigiris que yo
misma preparé para ambas.
—¿Por
qué evades a Kukui-sensei?
Casi
me atraganto al oír esto.
—¿D-de
qué estás hablando? —Doy un par de manotazos al aire, el onigiri por poco se me
cae al suelo—. Yo estoy normal, para nada he estado evadiendo al profesor. ¿De
d-dónde sacaste eso?
—Es
que cada que Kukui-sensei se acerca te volteas para otro lado, haces como que
no lo ves o te vas para otra parte. Y cuando Sensei te pregunta algo de la
clase le contestas muy rápido, como si no quisieras hablar con él.
—Eso
no es cierto. Te estás imaginando cosas.
—¿Tú
crees?... oh, mira, ahí viene el profesor. ¡Profesor, por aquí!
—¡Espera,
Lana! —Intenté taparle la boca pero ya era demasiado tarde—. ¿Qué estás
haciendo?
Kukui-sensei
se acerca a nosotras. —¿Qué sucede, Lana?
—Mallow
preparó estos deliciosos onigiris, y creo que esta vez le quedaron muy, pero
muy ricos. ¿Quiere probar uno?
—¿En
serio? A ver. —Kukui-sensei toma el onigiri que Lana le ofrece y le da un
mordisco—. ¡Delicioso!
—Verdad
que sí, sensei. —Lana sonríe fingiendo total inocencia. ¡Qué ganas tuve en ese
momento de zarandearla!
—No
cabe duda que Mallow se convertirá algún día en una grandiosa chef —afirma
Kukui-sensei—. Cada día te superas más, Mallow. ¿No lo crees así?
Yo,
entretanto, me había acurrucado sobre mí misma, con el rostro apuntando al piso.
—S-sí…
Sí. Supongo —contesto en voz muy baja, que casi ni se escucha.
Kukui-sensei
se despide y vuelve a su camino.
—¿Lo
ves? —Lana me sonríe victoriosa. Y yo estoy tan avergonzada que ni energías me
quedan para enfadarme con ella.
En
lugar de eso, permanezco quieta sin decir una sola palabra.
—Oh,
no. Mallow, lo siento. —Lana parece haber entendido que esta vez se pasó de la
raya conmigo; luce arrepentida—. No era mi intención que te pusieras triste.
—No,
está bien. Tienes razón, Lana, la verdad es que no me gusta estar cerca de
Kukui-sensei.
—Pero,
¿Por qué? ¿Sucedió algo?
Estas
palabras se sintieron como un cuchillo enterrándose en mi pecho.
—No.
Es solo que… es solo que Kukui-sensei no me agrada. Eso es todo.
—Pero
Mallow, a ti te agrada todo el mundo. Y antes tú te llevabas muy bien con el
profesor.
Ya
no le respondí.
—Está
bien —me dice—, si no quieres hablar de eso ya no te voy a seguir molestando.
Lana
se levanta del pasto, se sacude sus pantaloncillos y camina de regreso a las
instalaciones de la escuela. Falta muy poco para que la hora de descanso termine.
—Pero
—añade antes de entrar al edificio—… me duele mucho verte así de triste por él.
Sea lo que sea que tengas, por favor, recupérate pronto, ¿sí?
Lana
tiene razón. Sin importar lo que haya sucedido aquella tarde, no vale la pena
dejar que esto me siga deprimiendo por siempre. Decidí que me iba a olvidar de
esto, que lo iba a superar y continuar con mi vida. Aunque nunca vuelva a tener
la confianza para estar a solas con Kukui-sensei, por lo menos debería poder
hablarle con naturalidad cuando estamos con otras personas.
Antes
de levantarme, Tsareena se acerca a mí y me observa fijamente. ¿En qué estará
pensando?
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