Clases particulares.
Capítulo 1: Volverte a ver.
La
gente suele pensar que cuando a uno le pasan cosas muy buenas, eres muy dichoso
o simplemente te diviertes mucho en algo, el tiempo tiende a pasarse mucho más
rápido de lo normal; haciendo que, en un abrir y cerrar de ojos, los momentos
más alegres y felices de nuestra vida se acaben demasiado rápido, en un abrir y
cerrar de ojos. Pero en mi caso puedo decir con total seguridad que a mí me
sucedió exactamente lo contrario: las vacaciones de verano en aquel campamento
culinario de Akala fueron tan increíbles, y yo fui tan feliz estando ahí, que
sentí como si esos dos meses hubieran durado en realidad una vida entera.
Pues
no hubo un solo día, ni un solo instante de mi estadía en aquel inolvidable
campamento, sin que una anécdota o experiencia maravillosa se hiciera presente y
pasara a ocupar un lugar especial en mi corazón. Todo lo que experimenté y
descubrí allá fue tal que hasta me atrevo a pensar que aprendí y pulí mis
habilidades en la cocina más de lo que he venido haciendo al lado de mi familia
en el restaurante de Papá durante toda mi vida.
Fue
gracias a eso —supongo— que mi mente se mantuvo lo suficientemente ocupada como
para ponerme a pensar en cómo era mi vida antes de ingresar ahí: de mis amigos,
la escuela, el restaurante, o…
O
sobre aquella áspera, tan extraña y ‘singular’ experiencia que tuve a tan sólo unos
días de comenzar las vacaciones. Como si se hubiese tratado de un mal sueño del
que me desperté hace apenas un par de minutos, mi mente la hizo a un lado y yo me
dediqué a lo mío hasta convencerme a mí misma de haberla olvidado.
Pero
ahora, en el presente, de vuelta a mi vida habitual en Melemele; ahora, que estoy
de regreso en el mundo real, no puedo parar de observar con recelo la fachada
de mi escuela, que pareciera decirme a gritos que ya no tengo escapatoria ni
lugar en dónde seguir refugiándome. El mismo remordimiento y culpa que me
invadió el pecho ese día estaba de vuelta, igual de fresco y pertinaz.
No
quiero entrar a clases, mas no tengo otra opción.
Tsareena
me observa fijamente. Hasta el momento ella no se ha enterado de nada de lo que
pasó ese día, pero estoy segura que ya debe sospechar algo. No debo permitir
que nadie jamás lo sepa, ni ella, ni mi familia, ni mis amigos, nadie. Quiero
llevarme esta pena conmigo a la tumba y así pretender por el resto de mis días que
nada de esto ocurrió jamás.
—¡Hey,
Mallow! —La voz de Ash me llama. Yo salgo de mi trance, me estremezco y grito asustada.
—¿Eh?
¿Q-qué pasa? —digo nerviosa.
—¿Qué
haces ahí parada? Ya es tarde.
Es
verdad, Ash por lo regular suele ser de los últimos en llegar a la escuela. Y si
él ya está aquí significa que ya debo llevar mucho tiempo ahí parada.
—¡Ven,
vamos a clases! —Me toma de la mano y me arrastra junto con él. Curioso, es bastante
parecido al día en que nos conocimos, sólo que esa vez fui yo la que lo tomó de
la mano y lo acompañó para que conociera las instalaciones de la escuela
Pokémon.
No
hay remedio: Ahora mismo voy camino a donde mi mayor temor espera a por mí.
¿Qué puedo hacer? ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en el
campamento de cocina y no tener que regresar jamás a esta maldita escuela!
Al
entrar al salón, veo que ya se encuentra ahí el resto de mis compañeros. Es la
primera vez en semanas que estamos juntos otra vez. Kiawe, Lana, Sophocles y
Lillie, todos me dan la bienvenida con un amistoso ‘alola’. Y yo, muy a duras
penas, les devuelvo el saludo intentando sonreír como siempre lo he hecho.
—Mallow,
¿te sientes bien? —me pregunta Lana, que me observa preocupada desde su
pupitre. Yo, haciendo gala de todas mis fuerzas, actúo para mis amigos; no quiero
preocuparlos. Sonrío y trato de mostrarles a la Mallow alegre y optimista de
toda la vida, a la que ellos están más que acostumbrados y esperan ver.
—Nada,
nada. ¡Es que me siento tan contenta de estar aquí otra vez que anoche casi no
pude dormir! —Río un poco.
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