FANFICTION: Clases particulares (Pokémon S&M) capítulo 2


Clases particulares.

Capítulo 2: Pero me acuerdo de ti.


Cuando me desperté en la camilla de la enfermería había pasado al menos unas dos horas. La enfermera me dijo que no tenía nada grave, que me marchara a casa y si mañana aún me sentía mal, fuera a ver al médico y me tomara unos días de descanso. Lana, Lillie y el resto de mis compañeros se veían muy preocupados por mí, así que traté de animarlos con una sonrisa y prometiéndoles que mañana vendría a clases como si nada. Pero de todas las miradas, la que más se quedó grabada con fuego en mi mente fue la de Kukui-sensei.

“Contrólate, o nos van a descubrir” creo que fue lo que sus ojos trataron de decirme. No es como si él estuviera molesto conmigo o algo así; más bien, pareciera que estaba algo ansioso.

Le conté a Papá lo que pasó y me dijo que podía descansar en mi habitación todo el día, que él se encargaría solo del restaurante. Más tarde, Mamá me llevó la cena a mi cuarto.

Recostada en mi cama, me puse a pensar en una manera de evitar que esto se volviera a repetir. Tsareena se acurrucó junto a mí, supongo a vigilar que no me volviera a sentir mal.

“Fue porque todo este tiempo estuve evadiendo el problema en lugar de afrontarlo.” Llego a esa conclusión luego de haberlo meditado mucho. “Si lo que quiero es poder superarlo algún día, no puedo simplemente hacer como que nada de esto ocurrió. Tengo que aceptarlo, tengo que aprender a vivir con ello.”

Me dispongo a recordar de uno en uno los acontecimientos de ese fatídico viernes: La obstinación con la que le supliqué a Kukui-sensei que me diera una última oportunidad de aprobar la materia. La inmensa rabia que me invadió cuando me dijo que lo haría a cambio de que hiciéramos cosas indecentes ahí mismo, en el mismo salón de clases donde mis amigos y yo convivimos a diario. La tristeza e impotencia al momento de aceptar el trato. El estar frente a su ‘cosa’, el mirar directamente la parte privada de un hombre adulto por primera vez; su dureza, su calor que casi me quema las manos al momento de apretarlo con fuerza; el aroma y recio sabor de su miembro al momento de recorrerlo con mi lengua desde la punta hasta la raíz y al metérmelo en la boca hasta casi ahogarme. Mi respiración agitada a mil, mi piel sudorosa a causa del incipiente aumento de temperatura en mi cuerpo, tembloroso por los nervios y el constante miedo de que alguien pasara y nos descubriera. Mi pecho inflamado de la excitación y el morbo, alimentados por mi lado más irracional y salvaje, por una faceta que hasta ese momento desconocía de mí. Mis dedos acariciando con ansiedad mi zona más íntima sin importarme que mi profesor me estuviera mirando; la descarga de placer que al fin dio alivio a toda esa tensión acumulada. Kukui-sensei vaciando su caliente y cremosa esencia en mi boca, el sabor y aroma penetrante de ésta, su textura viscosa al pasarlo por mi garganta. El remordimiento y la vergüenza que me invadieron una vez que mi mente aterrizó de vuelta a la realidad.

No sé con exactitud cuánto tiempo me la pasé recordando los hechos una y otra vez, pero debió ser bastante ya que al voltear a ver a Tsareena descubro que ella ya se había quedado profundamente dormida. Miro en el reloj despertador de mi buró que ya pasan de las doce de la noche. Quiero dormirme, pero no dejo de dar vueltas y revolcarme en mi colchón. Por más que intento no puedo parar de pensar en el ‘palo’ de carne de Kukui-sensei, en cómo lo acariciaba y chupaba con total demencia. Ya no lo aguanto, tengo que hacer algo para calmarme.

Entonces, no sé cómo es que me ocurre, pero llevo mi mano a mi entrepierna, meto mis dedos por debajo de mi ropa interior y me pongo a acariciar con suavidad mi coñito. Siendo sincera, no había vuelto a tocarme ahí desde ese día, pues estuve bastante ocupada en el campamento de verano como para tener tiempo. Bueno… eso y porque no quería volver a hacer algo que me pudiera recordar lo sucedido. En el instante que la yema de mis dedos toca aquel pequeño botoncito que habita en la parte alta de mi zona más privada, la sensación de alivio y placer es inmediata. Continuo masajeándome mientras me chupo y lamo el dedo pulgar de mi otra mano imaginando que se trata del miembro de mi profesor. Al cabo de unos minutos, una nueva descarga eléctrica de inmensurable placer estalla en medio de mis piernas haciéndome estremecer desde los dedos de los pies hasta las puntas del pelo. Mi cuerpo se relaja, mis pensamientos se disipan y el tan anhelado sueño por fin se deja venir. Estoy toda sudada y mi pijama y mi braguita se han ensuciado, pero no me importa, ya mañana en la mañana tomaré un baño. Lo importante ahora es que por fin estoy conciliando el sueño luego de tantas horas sin poder dormir.


Al día siguiente asisto a la escuela como de costumbre. Me siento mucho más alegre y con más energía que ayer. ¡Es un milagro! Mis propios amigos lo notan y se alegran de que, sea lo que sea que haya tenido, al parecer por fin se me ha pasado. Todo ha vuelto a la normalidad, excepto por un detalle:

Cada que miro de cerca a Kukui-sensei, se acerca a mí o me habla, los recuerdos y parte del remordimiento que creía había superado al fin, vuelven a atormentarme. No lo soporto, por lo que de una manera para nada sutil comienzo a evadirlo o alejarme de él.

En clases de educación física me quedo hasta atrás del grupo para no tenerlo cerca.

Cuando me hace preguntas en clase las respondo de manera muy cortante, incluso con un simple ‘sí’, ‘no’ o ‘no sé’.

Siempre que va a pasar cerca de mi pupitre me giro en sentido contrario o bajo el rostro como si estuviera viendo mi libreta.

—Oye, Mallow —me llama Lillie luego de que acabara de verme dar la media vuelta cuando Kukui-sensei caminó al lado de mí—, ¿te sucede algo?

—¿Qué? ¿A mí? No, para nada. ¿Por qué la pregunta?

—No, por nada. Olvídalo.

Esto está mal, si sigo así van a empezar a sospechar de nuevo. Sé que mientras él sea mi profesor y yo asista a esta escuela es inevitable que nos veamos todos los días, pero el sólo hecho de tenerlo cerca incita a que todos esos recuerdos tan horribles regresen a atormentarme.

La hora de salida llega. Antes de marcharme le pido a Tsareena que me espere en el aula y me dirijo al baño. Y entonces…

—¡Hey, Mallow! —me saluda el profesor, con quien me topo por casualidad en los pasillos—. ¿Cómo estás? ¿Ya te sientes mejor? Me tuviste muy preocupado el primer día de clases, pero es bueno ver que… ¿Mallow?

No me detuve ni a saludarlo. Sólo seguí mi camino si ni siquiera voltear a verlo, como pretendiendo que él no existe.

—Está bien, Mallow. Si sigues sintiéndote incómoda por lo que ocurrió aquel día, te daré tu espacio para que te recuperes.

De repente me detengo. Y sin dejar de darle la espalda, le digo en voz baja:

—No tiene por qué preocuparse por eso, sensei, ya estoy bien. Le prometo que no volverá a suceder algo parecido a lo de ayer, así que pierda cuidado. Nuestro secreto está a salvo.

—Ya veo. Te lo agradezco, Mallow. Pero lo que yo quería decirte era que…

—Pero —me apresuro a seguir hablando—… Sensei, yo…, yo quiero pedirle un favor.

“Le suplico que no vuelva a acercarse a mí, y que trate de hablarme lo menos posible en clase. Por favor, no me salude ni volteé a verme a menos que otras personas estén presentes y tenga que hacerlo. Y si de casualidad nos encontramos fuera de la escuela, haga como que no nos conocemos y pase de mí, que yo también voy a hacer lo mismo cuando lo vea a usted. Si me hace ese favor, le juro que mantendré en secreto lo que sucedió aquella tarde, y todo volverá a la normalidad.

Desde mi lugar oigo que a Kukui-sensei se le escapa un leve suspiro.

—Comprendo —me dice con un tono de voz algo apagada—. De acuerdo, Mallow, te lo prometo.

Reanudo mi camino, pensando que en cualquier momento el profesor me alcanzaría o me diría desde la distancia que no está de acuerdo con esto, que no es una buena idea distanciarnos el uno del otro así como así, pues eso podría provocar aún más sospechas. Pero al girarme hacia atrás descubro que él ya se había marchado.

—Kukui-sensei —murmullo—. Es usted un tonto.


—Oye, Mallow —me dice Lana. Ella y yo nos hallábamos almorzando en el patio de la escuela, sentadas en el pasto a la sombra de un frondoso árbol—, ¿puedo hacerte una pregunta?

—¿Qué pasa? —contesto mientras me dedico a saborear uno de los ricos onigiris que yo misma preparé para ambas.

—¿Por qué evades a Kukui-sensei?

Casi me atraganto al oír esto.

—¿D-de qué estás hablando? —Doy un par de manotazos al aire, el onigiri por poco se me cae al suelo—. Yo estoy normal, para nada he estado evadiendo al profesor. ¿De d-dónde sacaste eso?

—Es que cada que Kukui-sensei se acerca te volteas para otro lado, haces como que no lo ves o te vas para otra parte. Y cuando Sensei te pregunta algo de la clase le contestas muy rápido, como si no quisieras hablar con él.

—Eso no es cierto. Te estás imaginando cosas.

—¿Tú crees?... oh, mira, ahí viene el profesor. ¡Profesor, por aquí!

—¡Espera, Lana! —Intenté taparle la boca pero ya era demasiado tarde—. ¿Qué estás haciendo?

Kukui-sensei se acerca a nosotras. —¿Qué sucede, Lana?

—Mallow preparó estos deliciosos onigiris, y creo que esta vez le quedaron muy, pero muy ricos. ¿Quiere probar uno?

—¿En serio? A ver. —Kukui-sensei toma el onigiri que Lana le ofrece y le da un mordisco—. ¡Delicioso!

—Verdad que sí, sensei. —Lana sonríe fingiendo total inocencia. ¡Qué ganas tuve en ese momento de zarandearla!

—No cabe duda que Mallow se convertirá algún día en una grandiosa chef —afirma Kukui-sensei—. Cada día te superas más, Mallow. ¿No lo crees así?

Yo, entretanto, me había acurrucado sobre mí misma, con el rostro apuntando al piso.

—S-sí… Sí. Supongo —contesto en voz muy baja, que casi ni se escucha.

Kukui-sensei se despide y vuelve a su camino.

—¿Lo ves? —Lana me sonríe victoriosa. Y yo estoy tan avergonzada que ni energías me quedan para enfadarme con ella.

En lugar de eso, permanezco quieta sin decir una sola palabra.

—Oh, no. Mallow, lo siento. —Lana parece haber entendido que esta vez se pasó de la raya conmigo; luce arrepentida—. No era mi intención que te pusieras triste.

—No, está bien. Tienes razón, Lana, la verdad es que no me gusta estar cerca de Kukui-sensei.

—Pero, ¿Por qué? ¿Sucedió algo?

Estas palabras se sintieron como un cuchillo enterrándose en mi pecho.

—No. Es solo que… es solo que Kukui-sensei no me agrada. Eso es todo.

—Pero Mallow, a ti te agrada todo el mundo. Y antes tú te llevabas muy bien con el profesor.

Ya no le respondí.

—Está bien —me dice—, si no quieres hablar de eso ya no te voy a seguir molestando.

Lana se levanta del pasto, se sacude sus pantaloncillos y camina de regreso a las instalaciones de la escuela. Falta muy poco para que la hora de descanso termine.

—Pero —añade antes de entrar al edificio—… me duele mucho verte así de triste por él. Sea lo que sea que tengas, por favor, recupérate pronto, ¿sí?

Lana tiene razón. Sin importar lo que haya sucedido aquella tarde, no vale la pena dejar que esto me siga deprimiendo por siempre. Decidí que me iba a olvidar de esto, que lo iba a superar y continuar con mi vida. Aunque nunca vuelva a tener la confianza para estar a solas con Kukui-sensei, por lo menos debería poder hablarle con naturalidad cuando estamos con otras personas.

Antes de levantarme, Tsareena se acerca a mí y me observa fijamente. ¿En qué estará pensando?

FANFICTION: Clases partículares (Pokémon Sun&Moon) Capítulo 1


Clases particulares.

Capítulo 1: Volverte a ver.



La gente suele pensar que cuando a uno le pasan cosas muy buenas, eres muy dichoso o simplemente te diviertes mucho en algo, el tiempo tiende a pasarse mucho más rápido de lo normal; haciendo que, en un abrir y cerrar de ojos, los momentos más alegres y felices de nuestra vida se acaben demasiado rápido, en un abrir y cerrar de ojos. Pero en mi caso puedo decir con total seguridad que a mí me sucedió exactamente lo contrario: las vacaciones de verano en aquel campamento culinario de Akala fueron tan increíbles, y yo fui tan feliz estando ahí, que sentí como si esos dos meses hubieran durado en realidad una vida entera.

Pues no hubo un solo día, ni un solo instante de mi estadía en aquel inolvidable campamento, sin que una anécdota o experiencia maravillosa se hiciera presente y pasara a ocupar un lugar especial en mi corazón. Todo lo que experimenté y descubrí allá fue tal que hasta me atrevo a pensar que aprendí y pulí mis habilidades en la cocina más de lo que he venido haciendo al lado de mi familia en el restaurante de Papá durante toda mi vida.

Fue gracias a eso —supongo— que mi mente se mantuvo lo suficientemente ocupada como para ponerme a pensar en cómo era mi vida antes de ingresar ahí: de mis amigos, la escuela, el restaurante, o…

O sobre aquella áspera, tan extraña y ‘singular’ experiencia que tuve a tan sólo unos días de comenzar las vacaciones. Como si se hubiese tratado de un mal sueño del que me desperté hace apenas un par de minutos, mi mente la hizo a un lado y yo me dediqué a lo mío hasta convencerme a mí misma de haberla olvidado.

Pero ahora, en el presente, de vuelta a mi vida habitual en Melemele; ahora, que estoy de regreso en el mundo real, no puedo parar de observar con recelo la fachada de mi escuela, que pareciera decirme a gritos que ya no tengo escapatoria ni lugar en dónde seguir refugiándome. El mismo remordimiento y culpa que me invadió el pecho ese día estaba de vuelta, igual de fresco y pertinaz.

No quiero entrar a clases, mas no tengo otra opción.

Tsareena me observa fijamente. Hasta el momento ella no se ha enterado de nada de lo que pasó ese día, pero estoy segura que ya debe sospechar algo. No debo permitir que nadie jamás lo sepa, ni ella, ni mi familia, ni mis amigos, nadie. Quiero llevarme esta pena conmigo a la tumba y así pretender por el resto de mis días que nada de esto ocurrió jamás.

—¡Hey, Mallow! —La voz de Ash me llama. Yo salgo de mi trance, me estremezco y grito asustada.

—¿Eh? ¿Q-qué pasa? —digo nerviosa.

—¿Qué haces ahí parada? Ya es tarde.

Es verdad, Ash por lo regular suele ser de los últimos en llegar a la escuela. Y si él ya está aquí significa que ya debo llevar mucho tiempo ahí parada.

—¡Ven, vamos a clases! —Me toma de la mano y me arrastra junto con él. Curioso, es bastante parecido al día en que nos conocimos, sólo que esa vez fui yo la que lo tomó de la mano y lo acompañó para que conociera las instalaciones de la escuela Pokémon.

No hay remedio: Ahora mismo voy camino a donde mi mayor temor espera a por mí. ¿Qué puedo hacer? ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en el campamento de cocina y no tener que regresar jamás a esta maldita escuela!

Al entrar al salón, veo que ya se encuentra ahí el resto de mis compañeros. Es la primera vez en semanas que estamos juntos otra vez. Kiawe, Lana, Sophocles y Lillie, todos me dan la bienvenida con un amistoso ‘alola’. Y yo, muy a duras penas, les devuelvo el saludo intentando sonreír como siempre lo he hecho.

—Mallow, ¿te sientes bien? —me pregunta Lana, que me observa preocupada desde su pupitre. Yo, haciendo gala de todas mis fuerzas, actúo para mis amigos; no quiero preocuparlos. Sonrío y trato de mostrarles a la Mallow alegre y optimista de toda la vida, a la que ellos están más que acostumbrados y esperan ver.

—Nada, nada. ¡Es que me siento tan contenta de estar aquí otra vez que anoche casi no pude dormir! —Río un poco.

En mi mundo CAP 33 (Adelanto)






(Hola. Antes que nada: lamento mucho, pero muchísimo la espera, en estos momentos estoy haciendo todo lo posible por terminar el capítulo, así que si aún hay alguien siguiendo este fic, les dejo por mientras este pequeño adelanto.)





    —¡Mi señor!
   Maximiliano Benedetti se dio la media vuelta. En la lejanía del otro extremo del recinto, junto a la entrada, se hallaba la figura de aquella persona especial, la única en el mundo en quien él había aprendido a confiar.
   —Karen…
   Los dos caminaron diligentemente hacia el centro del enorme salón circular, hasta yacer uno frente al otro.
   —Me alegro mucho de ver que se encuentra a salvo, mi señor —se apresuró a decir la joven asesina, con un tono de voz que denotaba sincero alivio.
   —Me has arrebatado las palabras de la boca, Karen. Yo también estaba empezando a preocuparme por ti. Dime, ¿te encuentras bien? —Ella le asintió—. ¿Cómo fue que supiste que me encontraría aquí?
   —Deduje que en una situación crítica como ésta lo más importante para usted sería la salvaguardia de su prometida, así que de inmediato pensé en este lugar.
   —Nunca dejas de sorprenderme, Karen —le dijo a la vez que le dedicaba una sobria mirada en señal de beneplácito. Luego señaló con sus ojos hacia la pequeña y única ventana del muro—. Hablando de eso, ¿pudiste avisarle a nuestro regime de la situación? ¿Cómo es que aún no han llegado sus hombres a auxiliarnos?
   Karen le contó sobre su experiencia en las colinas altas, su llamada a Giovanni y el terrible descubrimiento que se llevó al hablar con él. Conforme Maximiliano fue escuchando los detalles, sus cejas se iban frunciendo de la incredulidad.
   —No puedo creerlo —exclamó, conteniendo su rabia cuanto le fue posible—. Simplemente no puedo creer que inclusive Andolini, el hombre de mayor confianza y quien fuera mano derecha de mi padre, y que hasta hace poco se había mantenido al margen de este conflicto, haya decidido ponerse del lado de ellos…
   —Me temo que hemos subestimado los alcances de las influencias de los señores Benedetti —dijo Karen bajando la mirada—. ¿Quién iba a pensar que tendrían a su disposición a mercenarios de ese nivel?
   —No, Karen. —Maximiliano negó con la cabeza—. Los infiltrados que consiguieron colarse a la mansión, y muy seguramente la persona que te interceptó en las afueras, no son obra suya.
   —¿Qué dice, mi señor? Pero, entonces, ¿quién más podría estar detrás de ellos?
   —El grupo que se ha infiltrado a la mansión son efectivos pertenecientes al Beehive.
   Karen boqueo y abrió mucho los ojos.
   —Lo sé muy bien —continuó Maximiliano— porque recién me enteré de que entre sus filas se encuentran esas dos sicarios que conocimos en Japón, las mismas que se hacían pasar por estudiantes del colegio al que asistía Chitoge.
   —Black Tiger… y esa otra.
   La joven apretó los puños al punto de auto infringirse daño.
   —¿Sucede algo, Karen? ¿Por qué te pusiste tan pálida?
   Karen tragó saliva. Tuvo que hacer uso de todo su coraje para poder mirar a su señor a los ojos al momento de confesarle lo que le había ocultado durante el incidente de anoche en la plaza de Zisa.
   —No puede ser. —Maximiliano se llevó la mano al rostro—. Karen, ¿por qué no me lo dijiste en ese momento?
   —Su prometida se encontraba presente, mi señor. No podía permitir que ella se enterara de la presencia de ese hombre en la ciudad.
   —¡Ya lo sé! Me refiero a: ¿Por qué no me lo dijiste después?
   —Iba a hacerlo, mi señor, se lo juro; pero, al final, no pude. Concluí que no había necesidad de preocuparlo pues ya bastantes problemas tenía con los que lidiar en ese momento. Además, estaba claro que ese hombre, luego de ver el incidente que la señorita Chitoge tuvo con su madre, se había dado por vencido y por eso salió huyendo de ahí. Mi señor, yo… —Karen se arrodilló frente a él—. En verdad lo lamento mucho. Si desea castigarme en este mismo instante, lo aceptaré con gusto.
   —Está bien, Karen. Tienes razón, hiciste lo correcto. —Con un ademán Maximiliano le indicó que se pusiera de pie—. En nada significativo hubiera cambiado la situación. No estoy molesto contigo, al contrario: me acabas de quitar un enorme peso de encima. Si esas dos sicarios del Beehive se encuentran trabajando para él, eso significa que en realidad Adelt aún no se ha rebelado contra mí. ¡Claro! ¡Todo tiene más sentido ahora! Ya se me hacía bastante extraño que Adelt se decidiera a hacer algo tan imprudente como eso, puesto que Chitoge jamás se le perdonaría.

   —¿Está seguro de eso, mi señor? Podría ser que tanto el padre de su prometida como el hijo del maestro de los Shuei, o incluso él mismo, estén confabulados.
   —No, Karen. Ponte a analizar bien los hechos: si Raku Ichijou ya tenía un plan tan elaborado para llevarse a Chitoge con él, ¿por qué una noche antes del golpe se arriesgaría a acercarse a ella? Era demasiado peligroso y echaba en saco roto toda una operación que en teoría hubiese sido mucho más efectiva y con probabilidades de éxito. Estoy completamente seguro que esta tramoya está siendo llevada cabo desde la completa ignorancia. Y si es así, significa que ni Adelt ni Ichijou tienen algo que ver aquí.
   —¿Y si entonces es con los hermanos de su padre con quienes hizo un pacto?
   —Eso es menos probable aún. Los primeros invasores han estado actuando todo este tiempo con perfecto sigilo. Se hicieron con los planos de la mansión, cortaron el suministro eléctrico de la zona y bloquearon la señal de los teléfonos móviles para que no pudiéramos pedir refuerzos; luego se infiltraron sin dar tiempo de que nuestras defensas pudieran alertar su llegada. Su plan era actuar lo más rápido posible, asestar su golpe de tal modo que el resto de mis hombres en los alrededores no se dieran cuenta a tiempo y llegaran a acorralarlos. Si hubieran tenido la certeza de que nadie más vendría a auxiliarnos, no se hubieran tomado todas esas molestias para evitar que nos pusiéramos en contacto con nuestro equipo. En cambio, el segundo grupo, ni bien llegaron, se pusieron a atacar de frente aprovechando su superioridad numérica. Lo hicieron así porque ellos sí tenían la certeza de que nadie más iba a venir a la mansión sin importar cuanto ruido hiciesen, y porque previeron que por mi supuesta ausencia la mansión apenas y estaría protegida. Porque ellos sí sabían de antemano que Giovanni y sus hombres estarían fuera de la jugada.
   »No, Karen, ellos no están trabajando en equipo, ni siquiera tienen un fin en común. Mientras que las familias enviadas por mis tíos pretenden asesinar a Chitoge para responsabilizarme de esto ante su padre y su organización, el hijo de Ichijou vino hasta aquí con el propósito de llevársela sana y salva. Por lo que en realidad los dos frentes están tan enemistados el uno con el otro como nosotros a ellos. Que nos atacaran al mismo tiempo, y que las acciones de ambos los beneficiasen mutuamente, no es más que una mera coincidencia, o como me gusta a mí llamarlo: una consecuencia de lo inevitable.
   »Y dado que Chitoge es el objetivo de ambos frentes, fue que decidí venir a custodiar personalmente el acceso a su habitación. Voy a asegurarme de que nadie siquiera se le acerque.
   —Y así será, mi señor. Yo misma me encargaré de que así sea.
   —No, Karen, esta vez lo haré yo solo. Tú ve y ayuda a Cinque a deshacerse de los intrusos que vinieron por parte de ese imbécil. Bajo ningún motivo debemos permitir que alguien más los identifique. Por mucho que sea el hijo de Ichijou el perpetrador, no deja de haber entre sus secuaces miembros de la banda de Adelt.
   Karen movió la cabeza en negación.
   —Por favor, mi señor, no me pida que me separe otra vez de usted. Es demasiado peligroso. A los intrusos ya les debe faltar muy poco para llegar a esta torre. Si alguno de ellos lograra escabullirse hasta donde se encuentra usted, entonces… —cerró los ojos y sacudió la cabeza con fuerza—. Se lo ruego, mi señor, ordéneme que permanezca a su lado para protegerle. Cinque, Quattro y Due pueden hacerse cargo ellos solos. Además, los refuerzos ya vienen en camino y…
   Maximiliano la tomó de los hombros.
   —Entiende, Karen. No debemos subestimar a nuestro enemigo. La única capaz de derrotar a dos de los sicarios más fuertes del Beehive con una probabilidad de éxito del cien por ciento, eres tú. Tú eres mi brazo fuerte, mi bastión más grande. Sólo a ti podría confiarte una enmienda de semejante calibre. No te preocupes por mí, voy a estar bien. Sé cómo cuidarme solo, tú lo sabes mejor que nadie.
   »Por favor, quita esa cara. Recuerda que no importa qué tan difíciles se tornen los problemas, tú y yo siempre salimos de ellos. Tú y yo siempre sobrevivimos, Karen, siempre nos anteponemos ante los retos que se nos ponen de frente. Así ha sido desde el día en que nos conocimos. Y juro ante el legado de mi familia y la memoria de mi padre que hoy no va a ser la excepción.
   Karen desvió la mirada. Sus brazos tiritaban de la impotencia, de la inconformidad.
   —Mi señor… yo… usted…
   —¿Recuerdas lo que nos propusimos ese día, cuando aún éramos niños? Que tú y yo trabajaríamos juntos y que no descansaríamos hasta llegar a lo más alto, y desde ahí les haríamos pagar con creces por todo lo que nos hicieron sufrir. Karen, conocerte fue lo mejor que me pudo haber pasado. Tu compañía me dio un motivo para seguir adelante, para no dejarme abatir por las desgracias y el desprecio de mi familia. Tú me salvaste incontables veces, no sólo de la muerte, sino también de mis propios demonios internos. Por favor, Karen, ya falta muy poco para que nuestros objetivos por fin se vean cumplidos; ésta tan sólo es nuestra última prueba. Ya no te estoy ordenando que hagas esto como un superior a su subordinado, Karen, te lo estoy pidiendo como tu amigo. Por favor, ¿harías esto por mí?
   Karen guardó silencio, cerró los ojos y bajó la cara. Si ella había accedido antes a separarse de su señor, fue porque no contaba con que se iría a demorar tanto en desempeñar tal tarea y porque al enemigo le tomaría un buen tiempo alcanzar los pisos más altos de la mansión. Pero ahora, con el inminente asecho de quienes querían ver a su señor muerto, le costaba mucho más trabajo resignarse a tomar ese riesgo.
   —Entiendo, mi señor —dijo al fin, en voz baja—. Déjelo todo en mis manos. Sean diez, sean cien o sean miles los enemigos de mi señor, yo los aplastaré a todos.
   Hizo una reverencia y se dispuso a marcharse. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo durante uno o quizás dos segundos de dubitación, luego se giró de vuelta hacia su señor, y en un acto que tomó por sorpresa al mismísimo Maximiliano, corrió de vuelta a sus brazos. Habían pasado años desde la última vez que se permitió a sí misma abrazarlo tan cariñosa y efusivamente.
   —Mi señor…, yo a usted le quiero tanto. Le quiero más que a nada en este mundo.
   —Extraño los tiempos en que te dabas la libertad de no ser tan formal conmigo cuando estábamos a solas —dijo Maximiliano acariciando su mejilla—. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que me llamaste por mi nombre.
   A los pocos segundos de haberse separado, Maximiliano Benedetti advirtió unas pequeñas manchas de sangre en su camisa, que iban desde la parte alta del abdomen al pecho. Y en el piso de cerámica, un camino de pequeñas gotas carmesí que conducían a la puerta por la que Karen acababa de salir del recinto.






En mi mundo.
Capítulo XXXIII









   —Ya casi llegamos —alertó Migisuke luego de advertir que los disparos ya podían oírse pese a la composición especial de los muros—. Aniki, será mejor que te mantengas atrás de nosotros. Esto se va a poner peligroso.
   Él, Raku, Tsugumi y Paula decidieron acelerar su paso. De pronto, el sonido de papas fritas siendo masticadas se filtró en sus comunicadores.
   “Váyanse preparando, chicos. —Era la voz de Oblivion—. Aún no consigo entender muy bien lo que está sucediendo, pero los hombres de la familia Benedetti… ahmmm ¿cómo lo digo? Se están portando de una manera un tanto extraña. Como si les hubiera pegado la rabia o…”
   La voz del hacker dio paso a la estática y luego al silencio absoluto. Los audífonos en los oídos de Migisuke, Raku y Tsugumi se sobrecalentaron hasta el punto de hacerles daño. Los tres gritaron del dolor, se los sacaron rápido y los arrojaron lejos. Y no sólo los comunicadores, sino que otros aparatos electrónicos, como el control de los explosivos plásticos y sus dispositivos de visión nocturna, acababan de sufrir la misma suerte.
   —¿Qué fue eso? —dijo Tsugumi.
   La risa de una seductora voz de mujer se oyó desde un lugar desconocido del pasillo. —¿Qué se siente que les den a probar de su propio truco? —se ufanó la misma con extrema soberbia.
   “¡Una bomba de PEM!” Tsugumi y el resto miraron a su alrededor. No se veía a nadie. De pronto, una sombra escurridiza se deslizó en menos de medio parpadeo por uno de los muros, primero de un extremo a otro y después en sentido opuesto.
   —¿Vieron eso? —preguntó Paula. Su colega y el policía asintieron; una gota de sudor frío comenzaba a deslizarse en la sien de éste último. Raku, en cambio, no entendía nada de lo que estaba pasando.
   —No hay remedio —exclamó Tsugumi—. Debemos apurarnos. Las escaleras están a la vuelta del corredor.
   —Pero, ¿quién nos guiará ahora? —preguntó Migisuke, perplejo y rascándose la nuca.
   —Por mí mejor —berreó Paula—. Y si no, podemos preguntárselo a los demás.
   —No, Paula —dijo Tsugumi—. Estoy segura que la bomba de PEM debió haber alcanzado también al resto del equipo. Pero no importa, ya sólo nos falta una planta más por recorrer antes de llegar a la torre objetivo. La última planta está compuesta en su mayor parte por el salón de eventos y los corredores que conducen a las cuatro torres de la mansión. Podemos hacerlo. Nuestro deber ahora es abrirnos paso por la barricada de los Benedetti. ¡Vamos!
   —¡Sí! —contestaron al unísono.
   Sin embargo, tanto ella como Raku no dejaban de tener un mal presentimiento.
   Llegaron. El corredor en esa zona desembocaba en un gran salón abierto con unas amplias escaleras erigiéndose al fondo del mismo, por el centro. Ahí, una trinchera custodiada por al menos una veintena de mafiosos armados hasta los codos la resguardaban de sus compañeros, con quienes entablaban una feroz batalla.
   Pero había algo extraño en la apariencia de los Benedetti, cuyos rostros se asemejaban a los de un animal salvaje. Mostraban los dientes, salivaban y emitían ruidos semejantes a los gruñidos de un perro de caza. Espuma blanquecina escurría de sus retorcidas bocas. Venas sobresalían a lo largo y ancho de sus frentes y cuellos. Sus movimientos no eran precisamente muy avispados; daba la sensación de que sus cuerpos se movían más por instinto que por intelecto.
   Una bala perdida estuvo a punto de alcanzar a Raku de no ser que Tsugumi lo agarró del cuello de su playera y lo tumbó al suelo justo a tiempo.
   “¡Eso estuvo muy cerca!” pensó el pobre muchacho, con la sangre hirviéndole de tanta adrenalina y las facciones completamente desencajadas.
   Migisuke tomó a Raku y lo llevó a una de las dos barricadas —improvisadas con el mobiliario del salón— de sus compañeros. Tsugumi y Paula se unieron a la lucha disparando a discreción con su excepcional puntería. Como era de esperarse, a los pocos instantes lograron acertar a varios de sus enemigos.
   Y entonces vieron cómo éstos, para su gran desconcierto, no se inmutaban ante el daño recibido y continuaban atacando sin reparo alguno.
   —¡Es inútil! —gritó un compañero del equipo—. ¡A menos que les inflijas muchísimo daño o les vueles la cabeza, los bastardos no caerán! ¡Es por eso que aún no hemos podido deshacernos de ellos!
   —¿Qué dices? —Paula se giró. Entonces uno de los soldati Benedetti saltó fuera de la barricada y se abalanzó sobre ella, cuchillo en mano, con una velocidad sobrehumana.
   —¡Paula, cuidado! —Tsugumi intentó mandarlo a volar de un puñetazo pero el sujeto apenas y se echó uno pasos hacia atrás antes de volver a acometer. La sicario lo tomó del brazo y lo mandó a volar con una llave de judo; no obstante, el tipo le opuso mucha más resistencia de la que se esperaba.
   “¡Es muy fuerte! Tuve que emplearme a fondo para poder someterlo.”
   Paula y Tsugumi corrieron a atrincherarse junto a los demás. Discutieron entre todos alguna posible estrategia para deshacerse de esos bastardos.
   —¿A alguno de ustedes les queda un explosivo que no sea demasiado potente como para poder usarlo aquí adentro? —interrogó el avispado Bruce.
   Tsugumi hurgó en su ropa. —Los detonadores eléctricos están arruinados, pero tengo unas cuantas granadas de mano.
   —Excelente. —Paula le arrebató la granada—. Con esto será suficiente. —Le quitó el seguro y la arrojó a la trinchera enemiga tan rápido que no dio tiempo a Tsugumi de decirle que no se precipitara.
   La granada, sin embargo, fue interceptada a mitad del camino por una sombra que fue apenas perceptible por lo rápido que se deslizó en el aire.
   —¿Qué demonios? —dijo Paula.
   La granada nunca estalló. Al parecer alguien la había tomado y sujetado de la espoleta a tiempo.
   Aquella risa femenina de hace unos momentos se volvió a escuchar. —Por fin los tengo justo donde los quería. Bienvenidos a su tumba.
   —No puede ser —dijo Paula—, ¡esa voz de nuevo!