—Ya veo…
A Maximiliano
Benedetti se le cerraron de la impresión los ojos. Tras uno o dos segundos de
dubitación, terminó exhalando un recatado suspiró, luego se frotó la sien con
la yema de los dedos y, por último, frunció delicadamente el entrecejo—. Así
que se trataba de ellos —añadió—. Debí haberlo sospechado desde un inicio.
No le cupo la
menor duda: el buen juicio y la habilidad de Cinque para tomar decisiones acertadas
en los momentos más apremiantes, estaban a otro nivel. Cualquier otro en sus zapatos
le hubiera dado prioridad a la pelea con los intrusos; ella, en cambio, tuvo la
certeza de ir a comunicarle cuanto antes esta valiosísima información.
—Lo sabía. ¡Entonces
usted sabe quiénes son esos malnacidos! —exclamó la epicúrea siciliana. Sus
ansias por descubrir la identidad e intenciones del enemigo recorrían sus
venas, y eso se hacía evidente en el fulgurante brillo de sus ojos púrpuras—. Por
favor, dígame, ¿quiénes son ellos? ¿Por qué nos están atacando? ¿Qué es lo que pretenden?
Por favor, dígamelo.
—Tranquilízate
—le ordenó el hijo de Marzio, con una absoluta e inquebrantable calma—. No tengo
tiempo para darte todos los detalles, así que confórmate con esto: ellos son un
grupo de acérrimos rivales jurados a muerte del Beehive, y han venido hasta
aquí con el único propósito de hacerle daño a mi amada Chitoge.
—¿En serio? —Cinque
abrió mucho los ojos—. Pero… ¿está usted seguro?
—Por supuesto.
La descripción que me acabas de proporcionar cuadra perfectamente con su perfil.
Les conozco muy bien…, fue durante mi estadía en Japón que tuve la desdicha de conocerlos.
El grupo en su mayoría está formado por sicarios desertores y uno que otro
sobreviviente resentido de organizaciones criminales que fueron abatidas por el
Beehive. Ya desde mucho tiempo atrás, esos infelices han estado buscando la
manera de secuestrar a mi amada para extorsionar a Adelt. Es por eso que no me
sorprende en lo más mínimo que esos bastardos hayan llegado al extremo de seguirla
hasta nuestro país. Pero no importa, pase lo que pase no voy a permitir que le
pongan las manos encima a mi amada. Ahora que ya sé quienes son y qué es lo que
buscan, puedo estar casi al cien por ciento seguro de que ellos no están confabulados
con los atacantes de afuera. Pero aún así deberemos actuar con prudencia. Fiorella…
no, Cinque —corrigió luego de menear
la cabeza de un lado a otro—, quiero
que seas tú quien se encargue personalmente de detener a esos malnacidos cuanto
antes. No hay necesidad de tomar prisioneros ni de interrogarlos; al contrario,
en cuanto los encuentres deberás matarlos a todos y deshacerte de sus cuerpos
sin dejar el más mínimo rastro. ¿Ha quedado claro?
—Pero, señor,
¿por qué usted quiere que…?
—Es bastante
probable —le interrumpió— que parte de su plan consista en responsabilizarme a
mí de sus terribles actos, en manchar mi reputación, y que mi negligencia sea,
ante los ojos del Beehive y en especial de Adelt, culpable de lo que le llegara
a suceder a mi amada Chitoge. Es por eso que, aunque los hayamos detenido, no
puedo darme el lujo de permitir que alguien más se llegue a enterar de esto.
—¿A qué se
refiere?
—Piénsalo
bien. Yo, en el momento en que pedí la mano de su hija, le prometí a Adelt con
mi propia vida que la vida de su preciada hija siempre estaría segura a mi
lado. ¿Qué pensaría él de mí si de pronto llegase a sus oídos que hubo un
atentado en contra de la integridad de Chitoge ni bien apenas a un día de
nuestra boda, y que, por si fuera poco, los perpetradores fueron capaces de violar
nuestra seguridad a estos extremos? ¿Lo entiendes ahora, Cinque? Por ningún
motivo puedo permitir que se dé a conocer ni la identidad ni mucho menos las intenciones
de los invasores. Sonará un tanto descabellado, lo sé, pero tengo que reconocer
que fue un tremendo golpe de suerte que al mismo tiempo, miembros de otras
familias de Palermo nos hayan venido a visitar
esta misma noche. Vamos a usarlos a ellos como pantalla. Todo lo que tendremos
que hacer será detener a los extranjeros, borrar cualquier rastro de su identidad
y responsabilizar en su totalidad de este atentado a los bastardos de las
familias traidoras. ¿Te ha quedado claro ahora, Cinque? Ve, busca y aduéñate de
sus cadáveres, mata a cualesquiera que ya hayan sido tomados como prisioneros
antes de que sean interrogados y revelen información de más, y deshazte de los
que todavía quedan vivos antes de que alguien aparte de ti o de mí los
identifique. Para el amanecer, no debe quedar ni un solo gramo de sus cuerpos,
sus ropas, sus armas ni ningún otro vestigio de su existencia. Es una orden.
Cinque sudó
frio, sus pupilas se dilataron y sus puños involuntariamente temblaron de manera
arrítmica. Por un levísimo instante creyó haber visto, sobrepuesto en el rostro
aún tierno y por madurar de aquel insolente jovenzuelo, el rostro seco, curtido
y experimentado de su señor Marzio. Aquella misma expresión decidida, déspota,
orgullosa y que parecía valorar a la vida ajena como quien valora a una
herramienta o a una ficha más de su tablero de juegos. La imagen se esfumó en
un parpadeo y entonces apreció que esa mirada que ella tanto había admirado y
respetado ahora le pertenecía a los ojos brillantes y lozanos de aquel que era
su único descendiente.
—Sí…, mi
señor —le susurró en queda respuesta.
Maximiliano
se dio la media vuelta y caminó hacia la puerta que se hallaba hasta el otro extremo
del salón.
—Ahora que ya
sé cuales son sus intenciones lo mejor será que vaya a custodiar personalmente la
habitación de mi amada. Asegúrate también que aquellos que ya han interactuado
con los intrusos no vayan a revelar ni una sola palabra a los demás. Mientras
menos gente se entere de la identidad de esos bastardos, mejor será. Tienes mi
permiso para silenciar a quienes consideres sea necesario para asegurar el
secreto. Haz bien tu trabajo, y te aseguro que serás adecuadamente recompensada
por tu esfuerzo.
—¡Ah, por
cierto! —gritó Cinque, un tanto vacilante.
Maximiliano
detuvo su paso y se giró de vuelta.
—¿Qué ocurre,
Cinque?
—No… no es
nada. —Se encogió de hombros—. Me pondré en marcha.
—Te lo
encargo.
Y el joven
capo, sin más, se retiró.
Instantes más tarde, Cinque se marchaba del
salón a toda velocidad. Los sicarios que aguardaban por ella afuera del salón, se
le unieron y corrieron juntos rumbo a las escaleras que llevan a la cuarta
planta de la residencia.
Por su parte,
Maximiliano Benedetti, una vez se supo solo, corrió a golpear uno de los muros
del pasillo. Los enormes y viejos cuadros, cuyos rostros de gente seria y
siniestra parecían mirarle con oprobio, se estremecían con cada uno de sus puñetazos.
—¡Maldita
sea! ¡Cómo te atreviste, Adelt! —bramó completamente segado por la frustración y
la ira—. ¡Cómo te atreviste a traicionarme justo ahora!
‘Una mujer
joven de nacionalidad japonesa, de cabello negro y corto.’ ‘Una norteamericana
de cabello blanco, aún más joven que la japonesa.’ Ambas poseedoras de una gran
habilidad pese a su corta edad.
Era más que obvio.
Esas dos debían
ser las mismas dos sicarios del Beehive que conoció durante su estadía en
Japón. Las mismas dos que se hacían pasar por simples estudiantes del colegio
al que Chitoge asistía mientras fungían como sus guardaespaldas personales. Las
mismas dos sicarios que lo encararon a él y a Karen el día que decidió ir al
colegio de Chitoge a proponerle matrimonio.
Y el que esas
dos sicarios formaran parte del grupo de invasores sólo podía significar una
cosa.
“Adelt,
bastardo… si alguien se llega a dar cuenta de que eres tú el que está detrás de
todo esto, todo mi plan se vendrá abajo. Descubrirían que tú en realidad no
estás de mi lado, y entonces todos esos imbéciles irán por mi cabeza. No puedo
permitir que nadie se entere de esto, no hasta haberme ganado por completo el
respeto y obediencia absoluta de toda mi familia y de las demás familias de
Sicilia.”
—¡Maldición!
¡No te lo perdonaré, Adelt! ¡Vas a pagarme por esto!
Los azotes al
muro continuaron hasta llenarle los nudillos de micro fracturas.
“Tranquilízate
—pensó—. Mientras Chitoge esté conmigo, tengo a Adelt comiendo de la palma de mi
mano. No tiene ningún sentido que él esté haciendo esto cuando él bien sabe que
Chitoge no se lo perdonaría. Y qué tal si… ¿y que tal si esas dos en realidad están
actuando por cuenta propia? Pero, y si fuera así ¿quién es entonces el verdadero
orquestador de esto?”
—¡No, no, no!
—exclamó para sí mismo—. ¡Eso no importa! Aún si fuera así, esas dos no dejan
de ser miembros de la organización de Adelt.
Aunque ellas
mismas lo negasen, cualquiera que se precie de tener más de dos neuronas en su
cabeza sospecharía que fue el Beehive quien que las envió en secreto y con
instrucciones de negarlo en caso de ser capturadas.
—Pase lo que
pase —dijo ahora más relajado— debo mantener convencido a todo el mundo que el
Beehive es mi aliado. El más mínimo rumor que ponga esto en duda podría incitarlos
a revelarse contra mí.
Una vez pudo
recobrar por completo la compostura, reacomodó su corbata, alineó su saco y peinó
los mechones alborotados de su pelo con los dedos.
“Karen, ya te tardaste. ¿Te ha pasado algo?
Por favor, ven pronto. Ya no nos queda tiempo.”
Y continuó su
andar. La noche era aún larga; y lo que le deparaba el destino, demasiado
incierto hasta para alguien de su calaña.
En mi mundo.
Capítulo XXXI
Hana se
refugió detrás del coche y se apresuró a contestar el celular.
—Tienes cinco
segundos para explicarme quién eres tú y cómo es que hiciste esto.
“Tranquilícese, Madame —respondió la
insufrible voz—. Ya sé que hice muy mal
en hackear sus teléfonos, pero no tenía alternativa. Ya sabe, el ruido de las
balas es demasiado fuerte, por lo que un solo altavoz no habría sido suficiente
para hacerme notar. No debe temerme, pues soy un trabajador leal de su señor
esposo. Todos en la —llamémosla así— ‘compañía’ de su marido, me conocen bajo
el sobrenombre de Oblivion. Y en
estos momentos se podría decir que soy yo quien está a cargo de este pequeño
encargo. A juzgar por su presencia en este lugar, y viendo a la pequeña rata de
alcantarilla que le acompaña, deduzco que usted ya debe estar más o menos
informada de la situación, ¿o me equivoco?”
—¿Qué has
dicho? —la empresaria se giró hacia Raku. Ella y el joven se dijeron con la
mirada todo lo que había que decirse.
Oblivion,
sentado frente al monitor que le alumbraba con su parpadeante luz su rostro
pálido, dejó escapar, luego de haberle dado un sorbito a su café, una maquiavélica
sonrisa. Sujetó el micrófono de sus audífonos, acercándolo lo más que pudo a
sus labios, y dijo:
“Ahora no es momento para ponerse a chalar,
así que voy a ser lo más breve posible. Si no es mucha molestia, Madame, me
gustaría que ustedes y sus colaboradores me echen una mano en este asunto. Le
prometo que si siguen mis instrucciones al pie de la letra, esta misma noche
tendrá a su hija sana y salva descansando en su regazo. ¿Qué me dice?”
—Déjate de
estupideces y di qué quieres.
“Muy bien, Madame, preste atención. Antes
que nada, lo primero que hay que hacer es deshacerse del remedo de Allen
O’neil, que es el que está siendo el más problemático en estos momentos. Hace
unos pocos minutos eché a andar un plan para quitárnoslo de encima. Mientras
llega el momento, necesito que sus hombres lo dejen en paz y se dediquen
únicamente a acabar con los tipejos que bloquean la entrada a la mansión.
Después…”
Raku observó
embobado a Hana. “Acaso… ¿acaso ese era Oblivion? —pensó—. ¿De qué estará
hablando con Hana-san? Tsugumi, Migisuke-san y Paula-chan, ¿en dónde se
encuentran?”
Con lo
caótico de la situación, no fue sino hasta ese instante que tuvo tiempo de
sentir preocupación por sus amigos. El vehículo empotrado en la entrada de la
mansión anunciaba que ellos habían logrado entrar como lo estipulaban los planes
de Oblivion; pero si las cosas se habían puesto igual o más movidas que aquí
afuera, si el interior estaba lleno de tipos como el loco del balcón… “No, por
favor. Manténgase a salvo” suplicó Raku apretando los dientes y cerrando los
ojos.
Hana guardo
su móvil cerca de su pecho, de modo que pudiera retomarlo con facilidad, y
ordenó enérgica a sus hombres que dejaran en paz al loco del balcón y en su
lugar atacaran con todo a los mafiosos que bloqueaban la entrada a la
residencia. Tanto sus guardaespaldas como los sicarios del Beehive obedecieron
sin cuestionar y dispararon con todo su arsenal a los Benedetti. Tre, un poco confuso,
hostigó con sus AK47 a los intrusos extranjeros, pero estos ya no le hicieron
caso. Mejor tuvo que enfocarse en las familias restantes, quienes sí
continuaban disparándole.
Mientras tanto,
tres sujetos se abrían paso a toda velocidad a través de los laberínticos
corredores de la mansión. Ninguno de ellos podía dar crédito a la noticia que
Oblivion les acababa de dar hace apenas un par de minutos.
—Ya era hora
de que por fin te aparecieras, jovencito estúpido —masculló Paula con una media
sonrisa altanera.
“Aniki, ¡Qué
bueno que te encuentras bien!” pensaba Migisuke, muy entusiasmado.
—Ichijou…
—Pero la que corría con más frenesí, tanto así que pese a ser la más alejada
del punto de reunión, sería la primera en llegar, era sin lugar a dudas
Tsugumi—, ¡Raku Ichijou!
“Gracias a sus esfuerzos, por fin terminé de
reconstruir los planos de la cuarta planta de esta casona. Sigan mis
instrucciones, necesito que vayan y se encarguen de un mequetrefe. ¿Para qué?
Pues verán, acabamos de recibir una visita bastante interesante y quiero que
ustedes vayan a recibirlo…”
“Estás a
salvo. Yo sabía en lo más profundo de mi corazón que estabas a salvo, Raku
Ichijou.”
Tres mafiosos
le bloquearon el paso pero ella se los despachó en menos de un segundo y sin
necesidad de gastar munición. Un salto, un par de patadas en un punto
específico de sus cuerpos, y los hombres cayeron rendidos ante el descomunal
poder de uno de los elementos más temibles y eficientes de todo el Beehive.
“Señorita
Chitoge, Raku Ichijou. Sólo esperen un poco más. Yo me encargaré de todo.”
Cuando llegó
al último pasillo señalado, vio a sus dos compañeros en el otro extremo aproximándose.
Una simple señal con el brazo bastó para ponerse de acuerdo entre los tres.
Migisuke, Paula y Tsugumi se colocaron frente a la gran puerta de madera
ornamentada, y tras un instante de preparación, la patearon al mismo tiempo.
Al fondo de
la sala, en las afueras de uno de los balcones, se alzaba la silueta de su
objetivo. El mafioso, corpulento y tan alto que no debía medir menos de un
metro con noventa centímetros, se reía a carcajadas como un psicópata mientras
disparaba hacía los jardines con sus dos fusiles de asalto; tan extasiado que
al parecer no se había dado cuenta de su llegada. Para estar más seguros, se
acercaron con sigilo antes de dispararle. Debían, además, aguardar a la señal
de Oblivion.
“¡Ahora!”
Pero como si aquel
sujeto fuese poseedor de alguna clase de sexto sentido, justo en el momento
oportuno y sin siquiera tener que girarse hacia atrás, brincó hacia lo alto.
Los disparos del trío salieron por el ventanal, dándole a la nada.
En el acto,
decenas de ametralladoras automáticas se desplegaron en todas las paredes del salón.
Éstas apuntaron hacia los invasores y comenzaron a dispararles una ráfaga de balas
de grueso calibre. Paula, Migisuke y Tsugumi no tuvieron ni tiempo para
protestar; se barrieron por el suelo en direcciones distintas a refugiarse en
los muebles, con las miras laser de los dispositivos pisándoles los talones.
—Imbéciles —se
jactó Tre mientras yacía afuera colgado de los muros y sostenía en su mano
izquierda una especie de control remoto—. ¿En verdad creyeron que no me había
dado cuenta de su presencia? ¿Por qué clase de imbécil me toman?
“Madame, ¡Ahora!”
Hana dio la
señal a sus hombres. Ellos pasaron a disparar todos juntos al maniático del
balcón. Éste, al estar ahora colgado de los muros por arriba del balcón, ya no
iba a poder resguardarse en el interior del salón como lo había estado
haciendo. Estaba acorralado.
Tre chisteó
con la lengua. Sabiendo que bajar de vuelta al balcón no sería una opción —era
más que obvio que sus enemigos estaban esperando a que lo intentase para disparar
a ese sitio con anticipo—, se apresuró a saltar hacia un costado. Las balas
rebotaron por los muros blindados pero ninguna de ellas logró impactarle.
Aterrizó con éxito en uno de los balcones de la tercera planta; sin embargo,
había un problema: todas las ventanas de la residencia estaban blindadas y era
prácticamente imposible abrirlas desde afuera. Él lo sabía mejor que nadie,
pues estuvo involucrado en la implementación de la seguridad de la mansión. Su
única opción era seguir brincando de balcón en balcón, de piso en piso, hasta
llegar a tierra firme y correr a refugiarse. Arrojó las últimas dos granadas
que le quedaban y saltó de vuelta, a uno de los balcones de la segunda planta,
al más alejado posible para así disminuir sus posibilidades de acierto a sus
atacantes.
Mas los
hombres de Hana y los sicarios de Adelt no eran tontos. Ellos ya habían
comprendido sus intenciones y se organizaron para anticiparse a sus movimientos.
Cuando Tre dio el último salto que lo llevaría al seguro suelo, fue alcanzado
por una bala, que perforó el chaleco antibalas e incrustó en su pulmón derecho.
El mafioso cayó de cabeza dentro de unos arbustos cercanos a la esquina
izquierda de la mansión.
Y su silueta
ya no se volvió a ver durante el resto de acontecimientos suscitados esa noche.
La figura de
un hombre que hasta ese momento sólo se había dedicado a observar la batalla
desde la parte más alta de una de las cuatro torres de la mansión, disparó el
humo de su cigarrillo y arqueó una ceja.
—Qué
interesante —dijo mientras sus ojos se posaban en las colinas—… Aquella bala no
vino de ninguno de ellos, vino de más lejos.
—¡Oblivion!
—gritó Tsugumi, de rodillas y junto a sus dos compañeros. El salón en el que se
encontraban había quedado hecho ruinas, con trozos chamuscados de muebles y
cuadros por todo el piso—. Ya destruimos todas las trampas. El lugar está
asegurado.
—Perfecto.
—el hacker le dio un mordisco a su rebanada de pizza recalentada. Entre
masticadas, pasó a dar la última señal a Hana:
“Madame, háganlo ahora.”
—Entendido.
—Hana bajó el celular y se giró hacia a Raku—. Alex, tu turno.
—¿Alex?
—Raku, al ver la expresión de Hana, tuvo un mal presentimiento—. ¿Quién es
Alex?
Y entonces, la
respuesta a su interrogante se acercó a él. Un hombre de al menos dos metros de
estatura y tan corpulento como un oso grizzli, se hizo visible a las espaladas
del chico. Tenía una cara de pocos amigos que sólo mirarlo a los ojos haría
orinar los pantalones a al más rudo de los hombres, y muy cerca estuvo Raku de
hacerlo. “¿De dónde salió este sujeto? No recuerdo haberlo visto antes.”
El robusto
hombre lo agarró por el cuello de la playera y lo levantó con una sola mano.
Luego comenzó a girar su brazo a gran velocidad, para que su lanzamiento tomase
el mayor impulso posible. Raku entró en estado de pánico, con los ojos en forma
de espirales y unas terribles nauseas.
—¡No! ¡No!
¡Suéltame! —chilló.
—Muchacho —le
dijo Hana—, prepárate. Y pase lo que pase, no vayas a morir. ¿Entendido?
—¡¿Qué?!
¡Hana-san! ¡Para! ¡Para!
Y Alex lo arrojó
hacia los cielos, contra los muros de la mansión.
—¡Nooooooooo!
Raku agitaba
en el aire los brazos y piernas, sin parar de chillar como una chica. Los
Benedetti y mafiosos rivales, al verlo, le dispararon. Decenas de balas de
todos los calibres pasaron a escasos centímetros de sus pellejos.
Fue un vuelo
que aunque duró apenas unos segundos, a él le parecieron una eternidad de los
mil infiernos. Vio su vida entera desfilar frente a sus ojos.
Pero pese a
todo pronóstico, la bala humana consiguió dar en el blanco. Raku cayó sano y
salvo adentro del balcón que aquel mafioso psicópata había dejado abierto y
desprotegido.
El plan de
Oblivion había dado resultado, ya sólo quedaba algo más por hacer:
Hana y sus
colaboradores aprovecharon la pequeña distracción para acabar con los mafiosos
que aún quedaban protegiendo la entrada a la mansión, y sin darles tiempo a las
otras familias de aprovecharse de esto, corrieron a resguardarla ellos mismos.
—Ya lo saben,
chicos —Hana escupió su cigarrillo consumido y, sin dejar de empuñar sus dos uzis,
se llevó uno nuevo a la boca y le prendió fuego—, bajo ninguna circunstancia
debemos permitir que alguien más entre a la mansión. No mientras ellos estén dentro.
—¡Sí, Madame!
—gritaron gangsters y guardaespaldas al unísono.
Y el feroz tiroteo
continuó. Ahora la contienda era entre los sicarios del Beehive, Hana y sus
guardaespaldas contra los mafiosos de las cuatro familias sicilianas que
quedaban en pie.
El apuesto hombre
de cabello largo, que lo veía todo desde el balcón de la cima de la torre, sonrió
con amargura.
—No hay
remedio. Voy a tener que intervenir.
Raku cayó estrepitosamente
en el centro de una habitación que apestaba a pólvora y hollín, bocabajo,
encajándose algunos trozos de mueblaje destruido en el abdomen, pecho y
antebrazos. Bastante dolor sintió, pero estuvo agradecido de sentirlo pues tal sufrimiento
era la prueba irrefutable de que él aún estaba vivo. Reunió lo que le quedaba
de fuerzas para intentar incorporarse.
Y al alzar la
mirada, lo primero que vio fue una mano que se ofrecía gentilmente a ayudarle.
Grata sorpresa se llevó al ver de quién era esa mano.
Tsugumi, con
una sonrisa de labios cerrados y sus hermosos ojos brillándole a tope, yacía inclinada
hacia él. Ella y Migisuke se acababan de quitar sus máscaras antigás para recibirlo
apropiadamente. Paula también se encontraba presente, cruzada de brazos y
mirando hacia otro lado, intentando aparentar una indiferencia que era obvio no
tenía.
—Bienvenido
—le dijo Tsugumi, con la voz más dulce y cargada de ternura que alguna vez Raku
le haya oído.
—Ya… ya estoy
de vuelta… —le balbució en respuesta. Sin saber qué más decir, agarró su mano.
Tsugumi levantándolo
enérgicamente hacia ella le plantó un abrazo. Raku se ruborizó ante tan inusual
conducta de su parte.
—Raku
Ichijou… Yo… yo estuve… tan preocupada por ti.
—Tsugumi… yo…
lo siento mucho. Sé que no debí hacerlo. Pero…
Ella le
silenció colocando la palma de su mano sobre sus labios.
—Está bien,
Raku Ichijou. No estoy molesta. Estoy feliz de ver que te encuentras bien.
—Aniki —Migisuke, pese a su faceta como el
más adulto del grupo, estaba que moqueaba y con los ojos a punto de estallar en
lágrimas.
—Ya era hora,
bobo —dijo Paula—. ¿Se puede saber dónde estuviste todo este tiempo? Comenzaba
a creer que te habías acobardado y te fuiste de regreso a Japón con la cola
entre las patas.
—Chicos, yo…
—Raku bajó los ojos—. Yo… lo lamento mucho. En verdad. Sé que lo hice no tiene ninguna
justificación, pero…
“Hey, hey, hey. —Se escuchó la voz de
Oblivion—. Lamento tener que interrumpir
su afectuosa reunión, pero estamos a mitad de una misión, ¿lo recuerdan? Antes
que nada, me gustaría hablar con el chico, así que, ¿quién de ustedes se ofrece
a prestarle su comunicador?”
—Yo lo haré.
—Paula se sacó el pequeño audífono de su oído y se lo insertó a Raku por la
fuerza, con tal brusquedad que lo hizo gritar ‘auch’ del dolor—. Con tal de ya
no tener que seguir escuchándote.
“¿Aló? ¿Me escuchas, pedazo de basura?”
Raku se puso
tenso—. ¿Eh? O… ¿Oblivion?
“Dejemos a un lado las cordialidades
hipócritas y los falsos modales. Vamos a ser honestos. Escúchame bien,
sabandija: te detesto. No estoy para nada contento de volver a ver tu
pestilente cara, y si por mí fuera, hubiera preferido que ahora mismo fueras un
montón de jabón o comida de peces. No pienso perdonarte por lo que hiciste así
te me hincaras de rodillas, ni voy a pasar por alto ninguna de tus acciones.
Juro que cuando te tenga en frente voy a hacer que me las pagues todas.”
Raku pegó un
respingo.
“Sin embargo, tengo que reconocer que últimamente
las cosas no han estado saliendo como las había planeado. La situación se me ha
salido de las manos, y tú, de alguna manera u otra, te las has ingeniado para
traer refuerzos. Y ya que a mí no me gusta deberles favores a los demás, voy a
tener que tragarme mi orgullo por esta vez. No quiero extenderme más de la
cuenta ni caer en cursilerías bobas, así que sólo te diré que:
“Espero que te hayas comido todos tus
champiñones antes de venir hasta aquí, mozalbete, porque tu princesa no te va a
estar esperando en otro castillo.”
Ante esta
última frase, la expresión medio agria de Raku fue suplantada por una sonrisa entusiasta
y llena de determinación.
—¡Sí! ¡Vamos a
por Chitoge!
“El resto del
equipo ya se encuentra en las escaleras que conducen al quinto piso. Dense
prisa y alcáncelos.”
Raku, Paula,
Migisuke y Tsugumi asintieron. Con un renovado espíritu, los cuatro se
dispusieron a terminar de una vez por todas lo que habían comenzado.
“Chitoge,
espera un poco más. Pronto estaremos contigo” pensó Raku.
“Señorita.
Ahora ya nada podrá evitar que cumpla con mi promesa” pensó una Tsugumi
rebosante de determinación.
0//0//0//0//0//0//0//0//0//0//0//0
Dos, tres, cuatro…,
cinco impactos y fue todo lo que pudo resistir su ya de por sí bastante abollado
sable Dao. El frío metal de la hoja se
partió en decenas de pedacitos, cual si de cristal se tratase, ante los atónicos
ojos negros y vacíos de su portadora. El talón de su contrincante no se detuvo
ahí y siguió su trayecto hasta casi rozarle el cuello; poco faltó para que su
cabeza terminara cercenada y rodando colina abajo. Con cada envite de su
oponente, Ie se veía obligada a retroceder una cada vez mayor distancia con el mero
fin de no terminar muerta. El sudor que ya empapaba considerablemente su
rostro, su aliento quemante, el dolor muscular en cada una de sus extremidades,
eran claros indicios de lo cerca que estaba de llegar al límite. A pesar de ser
una gran maestra de las artes marciales chinas y el control del Ki, la
superioridad física de su rival abría una brecha de poder que parecían imposible
de franquear. Por primera vez en su vida, fue testigo de cómo la pasión y el
poder bruto se sobreponían a la templanza y a la fuerza del espíritu.
Si tan solo
su cuerpo no fuera así de pequeño, si por lo menos contase con una estatura y
un peso dentro de lo normal…, quizás el resultado de esta pelea habría sido muy
distinto. Técnica, armamento, conocimiento y tácticas de combate no le hacían
en falta. Pero no se podía decir lo mismo de su condición física, la cual nunca
—y repito, nunca—, hasta esa noche, le había significado una desventaja o un
impedimento a la hora de aplastar a sus enemigos.
Pero el
hubiera no existe, y ella lo sabía mejor que nadie.
Ganar ya no
iba a ser una opción.
No obstante,
darse por vencida tampoco.
Pues ella era
la única presente capaz de contener a semejante monstruo, que parecía salido de
las más aterradoras pesadillas de un demonio. De no hacerlo, las personas a las
que vino a proteger correrían serio peligro. Tenía que aguantar un poco más de
tiempo, el suficiente para que ellos pudiesen concluir su misión. Hasta no
verlos salir sanos y salvos de aquella mansión, ella continuaría luchando con
todas sus fuerzas. No defraudaría, pasase lo que pasase, los deseos y la
voluntad de su joven maestra.
Incluso si
eso significaba el entregar su último aliento a la causa.
En un irrevocable
intento por emparejar la balanza del combate, Ie saltó hacia los aires, a varios
metros por encima de su contrincante. Acto seguido desplegó, de las holgadas
mangas de su traje, una inmensurable cantidad de cadenas las cuales parecían no
tener principio ni fin. Las cadenas se incrustaron y atravesaron las rocas y arboles
contiguos, y luego se fueron expandiendo hacia todas direcciones, enredándose unas
a otras hasta formar una enorme malla metálica que se explayaba a lo largo y
ancho del escenario.
Ahora Karen
se veía envuelta en una especie de telaraña de acero, en la que no se podía dar
ni tres pasos sin que una o más de estas cadenas obstaculizaran su camino.
La silueta de
Ie aterrizó a unos pocos metros. Rápidamente se dispuso a empuñar la que vendría
a ser la última de sus armas: aquella lanza oriental de hoja curva y gruesa que
utilizó casi al inicio del combate, y de la que partió el asta a menos de la
mitad de su tamaño para ajustar su longitud a la de su propio cuerpo. Y
sorteando con facilidad las cadenas que se tensaban entre ella y su objetivo,
se lanzó de vuelta al ataque. Por puro instinto, Karen trató de arremeter
también, pero las cadenas frente a ella le obligaron a inclinar el torso,
acción que entorpeció su avance. Esto por poco le hizo perder —literalmente— la
cabeza a manos de Ie, quien se aprovechó para pasarle por el cuello la hoja de
su lanza. Karen lo evadió echándose hacia atrás, pero la misma cadena de hace
un instante se encajó en su espalda, reteniéndola. Ie saltó hacia ella con la
punta de su lanza apuntándole directo a la cabeza. A Karen no le quedó otra
opción que repeler la estocada con el talón del pie.
El choque
entre los dos metales derivó en un estridente crujido. Ie salió repelida hacia atrás.
La pequeña cuchilla oculta en el tacón del zapato derecho de Karen se dobló por
la mitad, quedando su filo inservible.
“Ya veo.”
En ese
momento, Karen acabó de comprender en lo que consistía la artimaña de su enemigo.
Ya fuera para
acercarse o esquivar los envites de su rival, ella ahora corría el riesgo de
tropezar o quedar inmóvil ante una de las muchas cadenas que se cernían por
todo el sitio. Tenía ahora la necesidad de fijarse hacia donde tenía pensado
moverse antes, agacharse o dar saltos precisos para sortear las trampas, medir
y contener sus patadas; no así esa maldita enana, quien dado a su minúsculo
tamaño, podía sencillamente correr por debajo de las cadenas o brincar en medio
de éstas sin mucha dificultad. Incluso si Karen se dedicaba a abrirse paso rompiendo
una a una las cadenas a su alrededor, la pura acción en sí le supondría una
pérdida de tiempo que no serviría más que para entorpecer sus demás acciones, ora
al tratar de aproximarse a su rival para atacarle, ora al tratar de evadir sus estocadas
con la lanza. Y su enemigo, consciente de esto, simplemente tendría que mantenerse
dentro de una zona donde aún hubiese cadenas desplegadas para seguir
manteniendo su ventaja.
Pero Karen ya
no tenía tiempo para caer en su sucio juego, debía terminar con esta pelea de
una buena vez.
Esquivar sus cuchilladas
ya no iba a ser una opción; el bloquearlas, tampoco. No mientras éstas provinieran
de un arma de semejante envergadura. Y tomar la iniciativa en el ataque, mucho
menos, pues la maldita enana podía escabullirse entre las cadenas cuantas veces
quisiese. Debía encontrar una forma de obligarla a acercarse a ella para después
atacar en el momento justo. Tal y como en una película americana del viejo
oeste, todo se reduciría a quién disparase primero.
Karen se echó
a correr en dirección opuesta a Ie, sorteando cada una de las cadenas con
pequeños y certeros saltos.
“No, no lo
harás.” Ie se apresuró a perseguirle. Eran obvias las intenciones de su
oponente: salir de la zona de las cadenas. Si Sanguigna había perdido el interés en ella y decidió volver a la
mansión, y lograba escapar de su trampa, todo estaría perdido. Ella ya no
podría alcanzarle, y aunque lo hiciera, terminaría perdiendo ante la sicario de
los Benedetti. Su única oportunidad estaba en mantener a su objetivo adentro de
la zona.
Cuando Ie por
fin creyó haberla alcanzado, Karen se detuvo en seco y le dio un fuerte pisotón
a la roca en dónde estaba ahora parada, hundiendo su pierna izquierda hasta la altura
de la rodilla, y se dio la media vuelta. Sujetó con ambas manos los dos extremos
de cadena que se encumbraban a sus costados, y levantó la mirada hacia los
cielos, desde donde Ie ya se precipitaba hacia ella, como una jabalina humana,
con la punta de su lanza por delante lista para perforarle el cráneo.
—Cagnea… —Karen pateó con el talón que le
quedaba libre la hoja de lanza. La fuerza del impacto fue tal que la enorme
roca donde ella misma se había clavado se agrietó.
Ie salió
repelida hacia atrás sin más inconveniente, pero el tacón del zapato de Karen
se había partido en dos. Los restos de la cuchilla oculta en su talón cayeron
al suelo.
“Te tengo”
pensó Ie, pues ya sin su tacón metálico, su rival ya no podría bloquear más sus
estocadas.
—¡Ahora! —Entonces
Karen, usando como apoyo la enorme roca en la que estaba anclada, jaló con
todas sus fuerzas de las dos cadenas.
—¿Qué?
La tierra se
estremeció y crujió estrepitosamente desde adentro. Ie, aún volando en el aire,
se giró a ver qué estaba ocurriendo. Con una expresión de incredulidad, vio cómo
una increíble cantidad de rocas, peñascos de todos los tamaños y arboles
completos venían hacia ella, arrastrados a gran velocidad por las cadenas que
ella misma les había ensartado en distintos puntos. Karen los había arrancado
de tajo, cual la raíz de un rábano, sirviéndose de la propia trampa que Ie le había
puesto.
Porque el objetivo
de Karen no había sido el escapar de la enorme red, sino correr al extremo en donde
las puntas de las cadenas se habían clavado.
Porque las
que aparentaban ser mil y un cadenas distintas, eran, en realidad, sólo dos de
una longitud monstruosa, que se entretejieron a lo largo y ancho de todo el
lugar, y Karen se había percatado de esto desde el primer instante.
Porque el
poder de la asesina más temida y odiada de todo el Cosa Nostra era tal que podía darse el lujo de ejecutar jugadas tan
disparatadas y absurdas como esta. Y por ende, ni el más experimentado de los
guerreros sería capaz de prever sus verdaderas intenciones a tiempo.
En completo
estado de inercia, pateada a propósito hacia esa dirección y prácticamente
agotada, Ie ya no podía hacer nada. Una de las rocas se impactó en ella y la
empujó de regresó a dónde su verdugo, quien aprovechó para plantarle un taconazo
en la boca del estómago, tan potente que la roca detrás de su espalda se
convirtió en granito, y su minúsculo cuerpo salió despedido cual balón de
futbol, cayendo en alguna parte para después ser enterrada bajo los escombros,
arboles arrancados de raíz y rocas destartaladas.
Karen bajó
las cadenas, desclavó su pierna de la enorme roca —la cual se terminó de volver
añicos—, miró a su alrededor y dejó escapar un tenue suspiro.
Arboles
derribados con sus raíces frondosas de fuera y con grandes cantidades de tierra
incrustadas entre éstas, polvo levantado y rocas hechas pedazos adornaban el
paisaje desolado y silencioso. Su batalla a muerte con aquella misteriosa
asesina de oriente había llegado a su fin.
—Se terminó —susurró
Karen en voz baja.
Pero poco
después, un fatídico estruendo que iba en aumento le demostró que no era así.
Volteó a
mirar con asombro hacia la cima del monte.
—¡Un
derrumbe!
Al parecer,
su tramoya lo había ocasionado. Haber arrancado todas esas rocas y árboles del
terreno fue el equivalente a quitar una carta de la base de un castillo de
naipes. No había problema. Por más grandes que fueran los peñascos que rodaban
hacia ella, sortearlos no le supondría un problema. Sin embargo, cuando trató
de moverse, descubrió que sus piernas habían sido inmovilizadas.
—¿Pero qué demonios…?
Las cadenas
de acero se habían enredado en sus talones, y por más que trató de jalarlas,
una fuerza desconocida se aseguraba de mantenerlas en su sitio.
Miró hacia los
escombros. Ahí yacía una ensangrentada Ie, semienterrada en un peñón, sujetando
con todas sus fuerzas, con el único brazo que tenía libre, los extremos de
ambas cadenas.
Karen estaba
atrapada. Ya no tenía tiempo para romper las cadenas de un jalón.
Todo lo que alcanzó
a hacer fue maldecir a la maldita enana antes de que ambas fueran sepultadas
bajo incontables toneladas de tierra y roca sólida del monte Cuccio.
Due vio desde
su torre los escombros y tierra alzada, pero no le sumó importancia más allá
del hecho en sí.
Los dos
francotiradores del equipo de Oblivion lo grabaron todo y con lujo de detalles,
e Informaron de inmediato a su líder.
El pequeño
temblor fue completamente ignorado por los sicarios de las cuatro familias de
Palermo. Su batalla contra los Beehive y los guardaespaldas de Hana Kirisaki
reclamaban todos sus sentidos.
Se vinieron
unos minutos de tranquilidad. No había una sola criatura merodeando cerca del
área afectada, y si la hubiera habido, estaría muerta y enterrada bajo
toneladas de tierra. Raíces, piedrecillas, tierra negra que apestaba a humedad,
decoraban la superficie de la colina.
De pronto, en
un rincón debajo de una roca partida en dos, comenzó a temblar. La roca salió
despedida, y del hoyo formado debajo emergió de un salto una más que conocida
figura.
Karen llevaba
ahora su melena roja al aire, alborotada y llena de tierra. Su boina se había
perdido en medio del cascajo. No obstante, su traje, que apenas tenía
raspaduras y una que otra mancha de suciedad, estaba intacto.
Miró a sus
alrededores. Ya solamente era ella, ella y nadie más que ella.
Por fin.
Notó que su
brazo derecho le colgaba en una postura anormal. Lo sujetó con fuerza y empujó
hacia adentro hasta producir un tronido en su hombro. Abrió y cerró la palma de
la mano y levantó el brazo. El hueso estaba de vuelta en su sitio.
Miró en
dirección a la mansión. Ahora se hallaba mucho más distante que al inicio de su
batalla. “¿Será posible que…?” buscó adentro de su saco. Gracias a Dios, y pese
a cualquier pronóstico, el teléfono móvil que su señor le había encomendado se
encontraba en una pieza y funcionando. No era casualidad que el celular fuese
ni más ni menos que un Nokia 3310.
—La señal,
¡la señal ha vuelto!
Tecleó con
furia un número que ella sabía de memoria y acercó ansiosa el aparato a su
oído.
—¡Vamos,
contesta!
“Pronto?”
—¡Gio!
Grandísimo hijo de puta. ¿Qué mierda estás haciendo?
“Karen, ¿eres
tú? ¿Qué pasa? Te escucho muy…”
—¿Cómo que
‘qué pasa’, estúpido? La mansión está siendo atacada desde hace más de media
hora y ni tú ni nadie ha hecho nada. ¿Por qué no han venido a ayudarnos? ¡Maldita
sea!
“¿Pero qué
has dicho? ¿La mansión está siendo atacada? ¿Por quién?”
—¿Cómo es
posible que tú y tus hombres no se hayan dado cuenta ya? ¿Qué esperas para
venir?
“Karen, yo… lo
lamento Karen, en estos momentos mi grupo y yo nos encontramos afuera de la
ciudad.”
Al escuchar
esto, los ojos de Karen se abrieron a tope y dejaron de parpadear.
—¡¿Pero qué
has dicho?! ¡Cómo se te ocurre salir de la ciudad en un momento como éste!
“En
la tarde recibí una notificación de parte del señor Andolini en la que se nos
informó que por órdenes directas del señor Maximiliano, debíamos atender una
situación de emergencia en la ciudad de Catania. Me dijo que no debíamos
preocuparnos por nada, que los hombres del señor Oscar, el señor Paolo y el
señor Nestore se ocuparían de vigilar nuestro territorio. ¿Ninguno de ellos han
ido todavía a ayudarlos? … ¿Karen? … Karen, ¿estás ahí? Responde. ¿Karen?
No puede ser…
Andolini.
Los señores Benedetti.
La ciudad a la que supuestamente su señor Maximiliano acudió con la finalidad de resolver un conflicto.
El regime encargado de proteger la zona en dónde reside la mansión fuera de la ciudad.
Una mentira vuelta en contra de quién la profirió.
Los señores Benedetti.
La ciudad a la que supuestamente su señor Maximiliano acudió con la finalidad de resolver un conflicto.
El regime encargado de proteger la zona en dónde reside la mansión fuera de la ciudad.
Una mentira vuelta en contra de quién la profirió.
Esto no puede estar pasando…
Una gota de
sudor rodó por la mejilla pálida y tensa de la joven. Sus ojos con las pupilas
dilatadas a tope, no podían ni parpadear.
—¡Estúpido! —estalló
en un volcán de inmesurable cólera—. Tienes que regresar cuanto antes. ¿Me
oíste?
“Pero ¿qué
pasará con…?
—¡Olvídate de
eso! ¡Todos ustedes han sido engañados! Tienes que volver ahora mismo.
“Está bien,
ya entendí. Pero me temo que en estos momentos me encuentro demasiado alejado
de la ciudad; aun dirigiéndome a toda velocidad, me tomará al menos una hora
estar de vuelta.”
—¡Media hora!
Te doy media hora para venir aquí. ¡No te atrevas a tardarte ni un segundo más!
¡Entendido!
Karen
estrelló el celular contra el suelo. Miró a dónde la mansión. El ataque no
parecía haberse apaciguado en lo más mínimo y el tiempo en que tardarían los
refuerzos era excesivo.
Apretó la
mandíbula y sus cejas se fruncieron.
—No hay
remedio. Voy a tener que encargarme de esto yo sola.
Antes de macharse,
la pelirroja se giró a tirar un escupitajo al suelo, mismo que manchó de rojo a
una roca con la forma de una pequeña lápida que yacía semienterrada en los
escombros. El líquido sanguinolento se escurrió por la roca hasta ser absorbido
por la tierra.
CONTINUARÁ…
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