FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) Cap 31



—Ya veo…

A Maximiliano Benedetti se le cerraron de la impresión los ojos. Tras uno o dos segundos de dubitación, terminó exhalando un recatado suspiró, luego se frotó la sien con la yema de los dedos y, por último, frunció delicadamente el entrecejo—. Así que se trataba de ellos —añadió—. Debí haberlo sospechado desde un inicio.

No le cupo la menor duda: el buen juicio y la habilidad de Cinque para tomar decisiones acertadas en los momentos más apremiantes, estaban a otro nivel. Cualquier otro en sus zapatos le hubiera dado prioridad a la pelea con los intrusos; ella, en cambio, tuvo la certeza de ir a comunicarle cuanto antes esta valiosísima información. 

—Lo sabía. ¡Entonces usted sabe quiénes son esos malnacidos! —exclamó la epicúrea siciliana. Sus ansias por descubrir la identidad e intenciones del enemigo recorrían sus venas, y eso se hacía evidente en el fulgurante brillo de sus ojos púrpuras—. Por favor, dígame, ¿quiénes son ellos? ¿Por qué nos están atacando? ¿Qué es lo que pretenden? Por favor, dígamelo.

—Tranquilízate —le ordenó el hijo de Marzio, con una absoluta e inquebrantable calma—. No tengo tiempo para darte todos los detalles, así que confórmate con esto: ellos son un grupo de acérrimos rivales jurados a muerte del Beehive, y han venido hasta aquí con el único propósito de hacerle daño a mi amada Chitoge.

—¿En serio? —Cinque abrió mucho los ojos—. Pero… ¿está usted seguro?

—Por supuesto. La descripción que me acabas de proporcionar cuadra perfectamente con su perfil. Les conozco muy bien…, fue durante mi estadía en Japón que tuve la desdicha de conocerlos. El grupo en su mayoría está formado por sicarios desertores y uno que otro sobreviviente resentido de organizaciones criminales que fueron abatidas por el Beehive. Ya desde mucho tiempo atrás, esos infelices han estado buscando la manera de secuestrar a mi amada para extorsionar a Adelt. Es por eso que no me sorprende en lo más mínimo que esos bastardos hayan llegado al extremo de seguirla hasta nuestro país. Pero no importa, pase lo que pase no voy a permitir que le pongan las manos encima a mi amada. Ahora que ya sé quienes son y qué es lo que buscan, puedo estar casi al cien por ciento seguro de que ellos no están confabulados con los atacantes de afuera. Pero aún así deberemos actuar con prudencia. Fiorella… no, Cinque —corrigió luego de menear la cabeza de un lado a otro—, quiero que seas tú quien se encargue personalmente de detener a esos malnacidos cuanto antes. No hay necesidad de tomar prisioneros ni de interrogarlos; al contrario, en cuanto los encuentres deberás matarlos a todos y deshacerte de sus cuerpos sin dejar el más mínimo rastro. ¿Ha quedado claro?

—Pero, señor, ¿por qué usted quiere que…?

—Es bastante probable —le interrumpió— que parte de su plan consista en responsabilizarme a mí de sus terribles actos, en manchar mi reputación, y que mi negligencia sea, ante los ojos del Beehive y en especial de Adelt, culpable de lo que le llegara a suceder a mi amada Chitoge. Es por eso que, aunque los hayamos detenido, no puedo darme el lujo de permitir que alguien más se llegue a enterar de esto.

—¿A qué se refiere?

—Piénsalo bien. Yo, en el momento en que pedí la mano de su hija, le prometí a Adelt con mi propia vida que la vida de su preciada hija siempre estaría segura a mi lado. ¿Qué pensaría él de mí si de pronto llegase a sus oídos que hubo un atentado en contra de la integridad de Chitoge ni bien apenas a un día de nuestra boda, y que, por si fuera poco, los perpetradores fueron capaces de violar nuestra seguridad a estos extremos? ¿Lo entiendes ahora, Cinque? Por ningún motivo puedo permitir que se dé a conocer ni la identidad ni mucho menos las intenciones de los invasores. Sonará un tanto descabellado, lo sé, pero tengo que reconocer que fue un tremendo golpe de suerte que al mismo tiempo, miembros de otras familias de Palermo nos hayan venido a visitar esta misma noche. Vamos a usarlos a ellos como pantalla. Todo lo que tendremos que hacer será detener a los extranjeros, borrar cualquier rastro de su identidad y responsabilizar en su totalidad de este atentado a los bastardos de las familias traidoras. ¿Te ha quedado claro ahora, Cinque? Ve, busca y aduéñate de sus cadáveres, mata a cualesquiera que ya hayan sido tomados como prisioneros antes de que sean interrogados y revelen información de más, y deshazte de los que todavía quedan vivos antes de que alguien aparte de ti o de mí los identifique. Para el amanecer, no debe quedar ni un solo gramo de sus cuerpos, sus ropas, sus armas ni ningún otro vestigio de su existencia. Es una orden.

Cinque sudó frio, sus pupilas se dilataron y sus puños involuntariamente temblaron de manera arrítmica. Por un levísimo instante creyó haber visto, sobrepuesto en el rostro aún tierno y por madurar de aquel insolente jovenzuelo, el rostro seco, curtido y experimentado de su señor Marzio. Aquella misma expresión decidida, déspota, orgullosa y que parecía valorar a la vida ajena como quien valora a una herramienta o a una ficha más de su tablero de juegos. La imagen se esfumó en un parpadeo y entonces apreció que esa mirada que ella tanto había admirado y respetado ahora le pertenecía a los ojos brillantes y lozanos de aquel que era su único descendiente.

—Sí…, mi señor —le susurró en queda respuesta.

Maximiliano se dio la media vuelta y caminó hacia la puerta que se hallaba hasta el otro extremo del salón.

—Ahora que ya sé cuales son sus intenciones lo mejor será que vaya a custodiar personalmente la habitación de mi amada. Asegúrate también que aquellos que ya han interactuado con los intrusos no vayan a revelar ni una sola palabra a los demás. Mientras menos gente se entere de la identidad de esos bastardos, mejor será. Tienes mi permiso para silenciar a quienes consideres sea necesario para asegurar el secreto. Haz bien tu trabajo, y te aseguro que serás adecuadamente recompensada por tu esfuerzo.

—¡Ah, por cierto! —gritó Cinque, un tanto vacilante.

Maximiliano detuvo su paso y se giró de vuelta.

—¿Qué ocurre, Cinque?

—No… no es nada. —Se encogió de hombros—. Me pondré en marcha.

—Te lo encargo.

Y el joven capo, sin más, se retiró.

 Instantes más tarde, Cinque se marchaba del salón a toda velocidad. Los sicarios que aguardaban por ella afuera del salón, se le unieron y corrieron juntos rumbo a las escaleras que llevan a la cuarta planta de la residencia.

Por su parte, Maximiliano Benedetti, una vez se supo solo, corrió a golpear uno de los muros del pasillo. Los enormes y viejos cuadros, cuyos rostros de gente seria y siniestra parecían mirarle con oprobio, se estremecían con cada uno de sus puñetazos.

—¡Maldita sea! ¡Cómo te atreviste, Adelt! —bramó completamente segado por la frustración y la ira—. ¡Cómo te atreviste a traicionarme justo ahora!

‘Una mujer joven de nacionalidad japonesa, de cabello negro y corto.’ ‘Una norteamericana de cabello blanco, aún más joven que la japonesa.’ Ambas poseedoras de una gran habilidad pese a su corta edad.

Era más que obvio.

Esas dos debían ser las mismas dos sicarios del Beehive que conoció durante su estadía en Japón. Las mismas dos que se hacían pasar por simples estudiantes del colegio al que Chitoge asistía mientras fungían como sus guardaespaldas personales. Las mismas dos sicarios que lo encararon a él y a Karen el día que decidió ir al colegio de Chitoge a proponerle matrimonio.

Y el que esas dos sicarios formaran parte del grupo de invasores sólo podía significar una cosa.

“Adelt, bastardo… si alguien se llega a dar cuenta de que eres tú el que está detrás de todo esto, todo mi plan se vendrá abajo. Descubrirían que tú en realidad no estás de mi lado, y entonces todos esos imbéciles irán por mi cabeza. No puedo permitir que nadie se entere de esto, no hasta haberme ganado por completo el respeto y obediencia absoluta de toda mi familia y de las demás familias de Sicilia.”

—¡Maldición! ¡No te lo perdonaré, Adelt! ¡Vas a pagarme por esto!

Los azotes al muro continuaron hasta llenarle los nudillos de micro fracturas. 

“Tranquilízate —pensó—. Mientras Chitoge esté conmigo, tengo a Adelt comiendo de la palma de mi mano. No tiene ningún sentido que él esté haciendo esto cuando él bien sabe que Chitoge no se lo perdonaría. Y qué tal si… ¿y que tal si esas dos en realidad están actuando por cuenta propia? Pero, y si fuera así ¿quién es entonces el verdadero orquestador de esto?”

—¡No, no, no! —exclamó para sí mismo—. ¡Eso no importa! Aún si fuera así, esas dos no dejan de ser miembros de la organización de Adelt.

Aunque ellas mismas lo negasen, cualquiera que se precie de tener más de dos neuronas en su cabeza sospecharía que fue el Beehive quien que las envió en secreto y con instrucciones de negarlo en caso de ser capturadas.

—Pase lo que pase —dijo ahora más relajado— debo mantener convencido a todo el mundo que el Beehive es mi aliado. El más mínimo rumor que ponga esto en duda podría incitarlos a revelarse contra mí.

Una vez pudo recobrar por completo la compostura, reacomodó su corbata, alineó su saco y peinó los mechones alborotados de su pelo con los dedos.

 “Karen, ya te tardaste. ¿Te ha pasado algo? Por favor, ven pronto. Ya no nos queda tiempo.”
 
Y continuó su andar. La noche era aún larga; y lo que le deparaba el destino, demasiado incierto hasta para alguien de su calaña.


En mi mundo.
Capítulo XXXI



Hana se refugió detrás del coche y se apresuró a contestar el celular.

—Tienes cinco segundos para explicarme quién eres tú y cómo es que hiciste esto.

“Tranquilícese, Madame —respondió la insufrible voz—. Ya sé que hice muy mal en hackear sus teléfonos, pero no tenía alternativa. Ya sabe, el ruido de las balas es demasiado fuerte, por lo que un solo altavoz no habría sido suficiente para hacerme notar. No debe temerme, pues soy un trabajador leal de su señor esposo. Todos en la —llamémosla así— ‘compañía’ de su marido, me conocen bajo el sobrenombre de Oblivion. Y en estos momentos se podría decir que soy yo quien está a cargo de este pequeño encargo. A juzgar por su presencia en este lugar, y viendo a la pequeña rata de alcantarilla que le acompaña, deduzco que usted ya debe estar más o menos informada de la situación, ¿o me equivoco?”

—¿Qué has dicho? —la empresaria se giró hacia Raku. Ella y el joven se dijeron con la mirada todo lo que había que decirse.

Oblivion, sentado frente al monitor que le alumbraba con su parpadeante luz su rostro pálido, dejó escapar, luego de haberle dado un sorbito a su café, una maquiavélica sonrisa. Sujetó el micrófono de sus audífonos, acercándolo lo más que pudo a sus labios, y dijo:

“Ahora no es momento para ponerse a chalar, así que voy a ser lo más breve posible. Si no es mucha molestia, Madame, me gustaría que ustedes y sus colaboradores me echen una mano en este asunto. Le prometo que si siguen mis instrucciones al pie de la letra, esta misma noche tendrá a su hija sana y salva descansando en su regazo. ¿Qué me dice?”

—Déjate de estupideces y di qué quieres.

“Muy bien, Madame, preste atención. Antes que nada, lo primero que hay que hacer es deshacerse del remedo de Allen O’neil, que es el que está siendo el más problemático en estos momentos. Hace unos pocos minutos eché a andar un plan para quitárnoslo de encima. Mientras llega el momento, necesito que sus hombres lo dejen en paz y se dediquen únicamente a acabar con los tipejos que bloquean la entrada a la mansión. Después…”

Raku observó embobado a Hana. “Acaso… ¿acaso ese era Oblivion? —pensó—. ¿De qué estará hablando con Hana-san? Tsugumi, Migisuke-san y Paula-chan, ¿en dónde se encuentran?”

Con lo caótico de la situación, no fue sino hasta ese instante que tuvo tiempo de sentir preocupación por sus amigos. El vehículo empotrado en la entrada de la mansión anunciaba que ellos habían logrado entrar como lo estipulaban los planes de Oblivion; pero si las cosas se habían puesto igual o más movidas que aquí afuera, si el interior estaba lleno de tipos como el loco del balcón… “No, por favor. Manténgase a salvo” suplicó Raku apretando los dientes y cerrando los ojos.

Hana guardo su móvil cerca de su pecho, de modo que pudiera retomarlo con facilidad, y ordenó enérgica a sus hombres que dejaran en paz al loco del balcón y en su lugar atacaran con todo a los mafiosos que bloqueaban la entrada a la residencia. Tanto sus guardaespaldas como los sicarios del Beehive obedecieron sin cuestionar y dispararon con todo su arsenal a los Benedetti. Tre, un poco confuso, hostigó con sus AK47 a los intrusos extranjeros, pero estos ya no le hicieron caso. Mejor tuvo que enfocarse en las familias restantes, quienes sí continuaban disparándole.

Mientras tanto, tres sujetos se abrían paso a toda velocidad a través de los laberínticos corredores de la mansión. Ninguno de ellos podía dar crédito a la noticia que Oblivion les acababa de dar hace apenas un par de minutos.

—Ya era hora de que por fin te aparecieras, jovencito estúpido —masculló Paula con una media sonrisa altanera.

“Aniki, ¡Qué bueno que te encuentras bien!” pensaba Migisuke, muy entusiasmado.

—Ichijou… —Pero la que corría con más frenesí, tanto así que pese a ser la más alejada del punto de reunión, sería la primera en llegar, era sin lugar a dudas Tsugumi—, ¡Raku Ichijou!

“Gracias a sus esfuerzos, por fin terminé de reconstruir los planos de la cuarta planta de esta casona. Sigan mis instrucciones, necesito que vayan y se encarguen de un mequetrefe. ¿Para qué? Pues verán, acabamos de recibir una visita bastante interesante y quiero que ustedes vayan a recibirlo…”

“Estás a salvo. Yo sabía en lo más profundo de mi corazón que estabas a salvo, Raku Ichijou.”

Tres mafiosos le bloquearon el paso pero ella se los despachó en menos de un segundo y sin necesidad de gastar munición. Un salto, un par de patadas en un punto específico de sus cuerpos, y los hombres cayeron rendidos ante el descomunal poder de uno de los elementos más temibles y eficientes de todo el Beehive.

“Señorita Chitoge, Raku Ichijou. Sólo esperen un poco más. Yo me encargaré de todo.”

Cuando llegó al último pasillo señalado, vio a sus dos compañeros en el otro extremo aproximándose. Una simple señal con el brazo bastó para ponerse de acuerdo entre los tres. Migisuke, Paula y Tsugumi se colocaron frente a la gran puerta de madera ornamentada, y tras un instante de preparación, la patearon al mismo tiempo.

Al fondo de la sala, en las afueras de uno de los balcones, se alzaba la silueta de su objetivo. El mafioso, corpulento y tan alto que no debía medir menos de un metro con noventa centímetros, se reía a carcajadas como un psicópata mientras disparaba hacía los jardines con sus dos fusiles de asalto; tan extasiado que al parecer no se había dado cuenta de su llegada. Para estar más seguros, se acercaron con sigilo antes de dispararle. Debían, además, aguardar a la señal de Oblivion.

“¡Ahora!”

Pero como si aquel sujeto fuese poseedor de alguna clase de sexto sentido, justo en el momento oportuno y sin siquiera tener que girarse hacia atrás, brincó hacia lo alto. Los disparos del trío salieron por el ventanal, dándole a la nada.

En el acto, decenas de ametralladoras automáticas se desplegaron en todas las paredes del salón. Éstas apuntaron hacia los invasores y comenzaron a dispararles una ráfaga de balas de grueso calibre. Paula, Migisuke y Tsugumi no tuvieron ni tiempo para protestar; se barrieron por el suelo en direcciones distintas a refugiarse en los muebles, con las miras laser de los dispositivos pisándoles los talones.

—Imbéciles —se jactó Tre mientras yacía afuera colgado de los muros y sostenía en su mano izquierda una especie de control remoto—. ¿En verdad creyeron que no me había dado cuenta de su presencia? ¿Por qué clase de imbécil me toman?

“Madame, ¡Ahora!”

Hana dio la señal a sus hombres. Ellos pasaron a disparar todos juntos al maniático del balcón. Éste, al estar ahora colgado de los muros por arriba del balcón, ya no iba a poder resguardarse en el interior del salón como lo había estado haciendo. Estaba acorralado.

Tre chisteó con la lengua. Sabiendo que bajar de vuelta al balcón no sería una opción —era más que obvio que sus enemigos estaban esperando a que lo intentase para disparar a ese sitio con anticipo—, se apresuró a saltar hacia un costado. Las balas rebotaron por los muros blindados pero ninguna de ellas logró impactarle. Aterrizó con éxito en uno de los balcones de la tercera planta; sin embargo, había un problema: todas las ventanas de la residencia estaban blindadas y era prácticamente imposible abrirlas desde afuera. Él lo sabía mejor que nadie, pues estuvo involucrado en la implementación de la seguridad de la mansión. Su única opción era seguir brincando de balcón en balcón, de piso en piso, hasta llegar a tierra firme y correr a refugiarse. Arrojó las últimas dos granadas que le quedaban y saltó de vuelta, a uno de los balcones de la segunda planta, al más alejado posible para así disminuir sus posibilidades de acierto a sus atacantes.

Mas los hombres de Hana y los sicarios de Adelt no eran tontos. Ellos ya habían comprendido sus intenciones y se organizaron para anticiparse a sus movimientos. Cuando Tre dio el último salto que lo llevaría al seguro suelo, fue alcanzado por una bala, que perforó el chaleco antibalas e incrustó en su pulmón derecho. El mafioso cayó de cabeza dentro de unos arbustos cercanos a la esquina izquierda de la mansión.

Y su silueta ya no se volvió a ver durante el resto de acontecimientos suscitados esa noche.

La figura de un hombre que hasta ese momento sólo se había dedicado a observar la batalla desde la parte más alta de una de las cuatro torres de la mansión, disparó el humo de su cigarrillo y arqueó una ceja.

—Qué interesante —dijo mientras sus ojos se posaban en las colinas—… Aquella bala no vino de ninguno de ellos, vino de más lejos.

—¡Oblivion! —gritó Tsugumi, de rodillas y junto a sus dos compañeros. El salón en el que se encontraban había quedado hecho ruinas, con trozos chamuscados de muebles y cuadros por todo el piso—. Ya destruimos todas las trampas. El lugar está asegurado.

—Perfecto. —el hacker le dio un mordisco a su rebanada de pizza recalentada. Entre masticadas, pasó a dar la última señal a Hana:

“Madame, háganlo ahora.”

—Entendido. —Hana bajó el celular y se giró hacia a Raku—. Alex, tu turno.

—¿Alex? —Raku, al ver la expresión de Hana, tuvo un mal presentimiento—. ¿Quién es Alex?

Y entonces, la respuesta a su interrogante se acercó a él. Un hombre de al menos dos metros de estatura y tan corpulento como un oso grizzli, se hizo visible a las espaladas del chico. Tenía una cara de pocos amigos que sólo mirarlo a los ojos haría orinar los pantalones a al más rudo de los hombres, y muy cerca estuvo Raku de hacerlo. “¿De dónde salió este sujeto? No recuerdo haberlo visto antes.”

El robusto hombre lo agarró por el cuello de la playera y lo levantó con una sola mano. Luego comenzó a girar su brazo a gran velocidad, para que su lanzamiento tomase el mayor impulso posible. Raku entró en estado de pánico, con los ojos en forma de espirales y unas terribles nauseas.

—¡No! ¡No! ¡Suéltame! —chilló.

—Muchacho —le dijo Hana—, prepárate. Y pase lo que pase, no vayas a morir. ¿Entendido?

—¡¿Qué?! ¡Hana-san! ¡Para! ¡Para!

Y Alex lo arrojó hacia los cielos, contra los muros de la mansión.

—¡Nooooooooo!

Raku agitaba en el aire los brazos y piernas, sin parar de chillar como una chica. Los Benedetti y mafiosos rivales, al verlo, le dispararon. Decenas de balas de todos los calibres pasaron a escasos centímetros de sus pellejos.

Fue un vuelo que aunque duró apenas unos segundos, a él le parecieron una eternidad de los mil infiernos. Vio su vida entera desfilar frente a sus ojos.

Pero pese a todo pronóstico, la bala humana consiguió dar en el blanco. Raku cayó sano y salvo adentro del balcón que aquel mafioso psicópata había dejado abierto y desprotegido.

El plan de Oblivion había dado resultado, ya sólo quedaba algo más por hacer:

Hana y sus colaboradores aprovecharon la pequeña distracción para acabar con los mafiosos que aún quedaban protegiendo la entrada a la mansión, y sin darles tiempo a las otras familias de aprovecharse de esto, corrieron a resguardarla ellos mismos.

—Ya lo saben, chicos —Hana escupió su cigarrillo consumido y, sin dejar de empuñar sus dos uzis, se llevó uno nuevo a la boca y le prendió fuego—, bajo ninguna circunstancia debemos permitir que alguien más entre a la mansión. No mientras ellos estén dentro.

—¡Sí, Madame! —gritaron gangsters y guardaespaldas al unísono.

Y el feroz tiroteo continuó. Ahora la contienda era entre los sicarios del Beehive, Hana y sus guardaespaldas contra los mafiosos de las cuatro familias sicilianas que quedaban en pie.

El apuesto hombre de cabello largo, que lo veía todo desde el balcón de la cima de la torre, sonrió con amargura.

—No hay remedio. Voy a tener que intervenir.

Raku cayó estrepitosamente en el centro de una habitación que apestaba a pólvora y hollín, bocabajo, encajándose algunos trozos de mueblaje destruido en el abdomen, pecho y antebrazos. Bastante dolor sintió, pero estuvo agradecido de sentirlo pues tal sufrimiento era la prueba irrefutable de que él aún estaba vivo. Reunió lo que le quedaba de fuerzas para intentar incorporarse.

Y al alzar la mirada, lo primero que vio fue una mano que se ofrecía gentilmente a ayudarle. Grata sorpresa se llevó al ver de quién era esa mano.

Tsugumi, con una sonrisa de labios cerrados y sus hermosos ojos brillándole a tope, yacía inclinada hacia él. Ella y Migisuke se acababan de quitar sus máscaras antigás para recibirlo apropiadamente. Paula también se encontraba presente, cruzada de brazos y mirando hacia otro lado, intentando aparentar una indiferencia que era obvio no tenía.

—Bienvenido —le dijo Tsugumi, con la voz más dulce y cargada de ternura que alguna vez Raku le haya oído.

—Ya… ya estoy de vuelta… —le balbució en respuesta. Sin saber qué más decir, agarró su mano.
Tsugumi levantándolo enérgicamente hacia ella le plantó un abrazo. Raku se ruborizó ante tan inusual conducta de su parte.

—Raku Ichijou… Yo… yo estuve… tan preocupada por ti.

—Tsugumi… yo… lo siento mucho. Sé que no debí hacerlo. Pero…

Ella le silenció colocando la palma de su mano sobre sus labios.

—Está bien, Raku Ichijou. No estoy molesta. Estoy feliz de ver que te encuentras bien.

Aniki —Migisuke, pese a su faceta como el más adulto del grupo, estaba que moqueaba y con los ojos a punto de estallar en lágrimas.

—Ya era hora, bobo —dijo Paula—. ¿Se puede saber dónde estuviste todo este tiempo? Comenzaba a creer que te habías acobardado y te fuiste de regreso a Japón con la cola entre las patas.

—Chicos, yo… —Raku bajó los ojos—. Yo… lo lamento mucho. En verdad. Sé que lo hice no tiene ninguna justificación, pero…

“Hey, hey, hey. —Se escuchó la voz de Oblivion—. Lamento tener que interrumpir su afectuosa reunión, pero estamos a mitad de una misión, ¿lo recuerdan? Antes que nada, me gustaría hablar con el chico, así que, ¿quién de ustedes se ofrece a prestarle su comunicador?”

—Yo lo haré. —Paula se sacó el pequeño audífono de su oído y se lo insertó a Raku por la fuerza, con tal brusquedad que lo hizo gritar ‘auch’ del dolor—. Con tal de ya no tener que seguir escuchándote.

“¿Aló? ¿Me escuchas, pedazo de basura?”

Raku se puso tenso—. ¿Eh? O… ¿Oblivion?

“Dejemos a un lado las cordialidades hipócritas y los falsos modales. Vamos a ser honestos. Escúchame bien, sabandija: te detesto. No estoy para nada contento de volver a ver tu pestilente cara, y si por mí fuera, hubiera preferido que ahora mismo fueras un montón de jabón o comida de peces. No pienso perdonarte por lo que hiciste así te me hincaras de rodillas, ni voy a pasar por alto ninguna de tus acciones. Juro que cuando te tenga en frente voy a hacer que me las pagues todas.”

Raku pegó un respingo.

“Sin embargo, tengo que reconocer que últimamente las cosas no han estado saliendo como las había planeado. La situación se me ha salido de las manos, y tú, de alguna manera u otra, te las has ingeniado para traer refuerzos. Y ya que a mí no me gusta deberles favores a los demás, voy a tener que tragarme mi orgullo por esta vez. No quiero extenderme más de la cuenta ni caer en cursilerías bobas, así que sólo te diré que:

“Espero que te hayas comido todos tus champiñones antes de venir hasta aquí, mozalbete, porque tu princesa no te va a estar esperando en otro castillo.”

Ante esta última frase, la expresión medio agria de Raku fue suplantada por una sonrisa entusiasta y llena de determinación.

—¡Sí! ¡Vamos a por Chitoge!
 
“El resto del equipo ya se encuentra en las escaleras que conducen al quinto piso. Dense prisa y alcáncelos.”

Raku, Paula, Migisuke y Tsugumi asintieron. Con un renovado espíritu, los cuatro se dispusieron a terminar de una vez por todas lo que habían comenzado.

“Chitoge, espera un poco más. Pronto estaremos contigo” pensó Raku.

“Señorita. Ahora ya nada podrá evitar que cumpla con mi promesa” pensó una Tsugumi rebosante de determinación.

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Dos, tres, cuatro…, cinco impactos y fue todo lo que pudo resistir su ya de por sí bastante abollado sable Dao. El frío metal de la hoja se partió en decenas de pedacitos, cual si de cristal se tratase, ante los atónicos ojos negros y vacíos de su portadora. El talón de su contrincante no se detuvo ahí y siguió su trayecto hasta casi rozarle el cuello; poco faltó para que su cabeza terminara cercenada y rodando colina abajo. Con cada envite de su oponente, Ie se veía obligada a retroceder una cada vez mayor distancia con el mero fin de no terminar muerta. El sudor que ya empapaba considerablemente su rostro, su aliento quemante, el dolor muscular en cada una de sus extremidades, eran claros indicios de lo cerca que estaba de llegar al límite. A pesar de ser una gran maestra de las artes marciales chinas y el control del Ki, la superioridad física de su rival abría una brecha de poder que parecían imposible de franquear. Por primera vez en su vida, fue testigo de cómo la pasión y el poder bruto se sobreponían a la templanza y a la fuerza del espíritu.

Si tan solo su cuerpo no fuera así de pequeño, si por lo menos contase con una estatura y un peso dentro de lo normal…, quizás el resultado de esta pelea habría sido muy distinto. Técnica, armamento, conocimiento y tácticas de combate no le hacían en falta. Pero no se podía decir lo mismo de su condición física, la cual nunca —y repito, nunca—, hasta esa noche, le había significado una desventaja o un impedimento a la hora de aplastar a sus enemigos.

Pero el hubiera no existe, y ella lo sabía mejor que nadie.

Ganar ya no iba a ser una opción.

No obstante, darse por vencida tampoco.

Pues ella era la única presente capaz de contener a semejante monstruo, que parecía salido de las más aterradoras pesadillas de un demonio. De no hacerlo, las personas a las que vino a proteger correrían serio peligro. Tenía que aguantar un poco más de tiempo, el suficiente para que ellos pudiesen concluir su misión. Hasta no verlos salir sanos y salvos de aquella mansión, ella continuaría luchando con todas sus fuerzas. No defraudaría, pasase lo que pasase, los deseos y la voluntad de su joven maestra.

Incluso si eso significaba el entregar su último aliento a la causa.

En un irrevocable intento por emparejar la balanza del combate, Ie saltó hacia los aires, a varios metros por encima de su contrincante. Acto seguido desplegó, de las holgadas mangas de su traje, una inmensurable cantidad de cadenas las cuales parecían no tener principio ni fin. Las cadenas se incrustaron y atravesaron las rocas y arboles contiguos, y luego se fueron expandiendo hacia todas direcciones, enredándose unas a otras hasta formar una enorme malla metálica que se explayaba a lo largo y ancho del escenario.

Ahora Karen se veía envuelta en una especie de telaraña de acero, en la que no se podía dar ni tres pasos sin que una o más de estas cadenas obstaculizaran su camino.

La silueta de Ie aterrizó a unos pocos metros. Rápidamente se dispuso a empuñar la que vendría a ser la última de sus armas: aquella lanza oriental de hoja curva y gruesa que utilizó casi al inicio del combate, y de la que partió el asta a menos de la mitad de su tamaño para ajustar su longitud a la de su propio cuerpo. Y sorteando con facilidad las cadenas que se tensaban entre ella y su objetivo, se lanzó de vuelta al ataque. Por puro instinto, Karen trató de arremeter también, pero las cadenas frente a ella le obligaron a inclinar el torso, acción que entorpeció su avance. Esto por poco le hizo perder —literalmente— la cabeza a manos de Ie, quien se aprovechó para pasarle por el cuello la hoja de su lanza. Karen lo evadió echándose hacia atrás, pero la misma cadena de hace un instante se encajó en su espalda, reteniéndola. Ie saltó hacia ella con la punta de su lanza apuntándole directo a la cabeza. A Karen no le quedó otra opción que repeler la estocada con el talón del pie.

El choque entre los dos metales derivó en un estridente crujido. Ie salió repelida hacia atrás. La pequeña cuchilla oculta en el tacón del zapato derecho de Karen se dobló por la mitad, quedando su filo inservible.

“Ya veo.”

En ese momento, Karen acabó de comprender en lo que consistía la artimaña de su enemigo.

Ya fuera para acercarse o esquivar los envites de su rival, ella ahora corría el riesgo de tropezar o quedar inmóvil ante una de las muchas cadenas que se cernían por todo el sitio. Tenía ahora la necesidad de fijarse hacia donde tenía pensado moverse antes, agacharse o dar saltos precisos para sortear las trampas, medir y contener sus patadas; no así esa maldita enana, quien dado a su minúsculo tamaño, podía sencillamente correr por debajo de las cadenas o brincar en medio de éstas sin mucha dificultad. Incluso si Karen se dedicaba a abrirse paso rompiendo una a una las cadenas a su alrededor, la pura acción en sí le supondría una pérdida de tiempo que no serviría más que para entorpecer sus demás acciones, ora al tratar de aproximarse a su rival para atacarle, ora al tratar de evadir sus estocadas con la lanza. Y su enemigo, consciente de esto, simplemente tendría que mantenerse dentro de una zona donde aún hubiese cadenas desplegadas para seguir manteniendo su ventaja.

Pero Karen ya no tenía tiempo para caer en su sucio juego, debía terminar con esta pelea de una buena vez.

Esquivar sus cuchilladas ya no iba a ser una opción; el bloquearlas, tampoco. No mientras éstas provinieran de un arma de semejante envergadura. Y tomar la iniciativa en el ataque, mucho menos, pues la maldita enana podía escabullirse entre las cadenas cuantas veces quisiese. Debía encontrar una forma de obligarla a acercarse a ella para después atacar en el momento justo. Tal y como en una película americana del viejo oeste, todo se reduciría a quién disparase primero.

Karen se echó a correr en dirección opuesta a Ie, sorteando cada una de las cadenas con pequeños y certeros saltos.

“No, no lo harás.” Ie se apresuró a perseguirle. Eran obvias las intenciones de su oponente: salir de la zona de las cadenas. Si Sanguigna había perdido el interés en ella y decidió volver a la mansión, y lograba escapar de su trampa, todo estaría perdido. Ella ya no podría alcanzarle, y aunque lo hiciera, terminaría perdiendo ante la sicario de los Benedetti. Su única oportunidad estaba en mantener a su objetivo adentro de la zona.

Cuando Ie por fin creyó haberla alcanzado, Karen se detuvo en seco y le dio un fuerte pisotón a la roca en dónde estaba ahora parada, hundiendo su pierna izquierda hasta la altura de la rodilla, y se dio la media vuelta. Sujetó con ambas manos los dos extremos de cadena que se encumbraban a sus costados, y levantó la mirada hacia los cielos, desde donde Ie ya se precipitaba hacia ella, como una jabalina humana, con la punta de su lanza por delante lista para perforarle el cráneo.

Cagnea… —Karen pateó con el talón que le quedaba libre la hoja de lanza. La fuerza del impacto fue tal que la enorme roca donde ella misma se había clavado se agrietó.

Ie salió repelida hacia atrás sin más inconveniente, pero el tacón del zapato de Karen se había partido en dos. Los restos de la cuchilla oculta en su talón cayeron al suelo.

“Te tengo” pensó Ie, pues ya sin su tacón metálico, su rival ya no podría bloquear más sus estocadas.

—¡Ahora! —Entonces Karen, usando como apoyo la enorme roca en la que estaba anclada, jaló con todas sus fuerzas de las dos cadenas.

—¿Qué?

La tierra se estremeció y crujió estrepitosamente desde adentro. Ie, aún volando en el aire, se giró a ver qué estaba ocurriendo. Con una expresión de incredulidad, vio cómo una increíble cantidad de rocas, peñascos de todos los tamaños y arboles completos venían hacia ella, arrastrados a gran velocidad por las cadenas que ella misma les había ensartado en distintos puntos. Karen los había arrancado de tajo, cual la raíz de un rábano, sirviéndose de la propia trampa que Ie le había puesto.

Porque el objetivo de Karen no había sido el escapar de la enorme red, sino correr al extremo en donde las puntas de las cadenas se habían clavado.

Porque las que aparentaban ser mil y un cadenas distintas, eran, en realidad, sólo dos de una longitud monstruosa, que se entretejieron a lo largo y ancho de todo el lugar, y Karen se había percatado de esto desde el primer instante.

Porque el poder de la asesina más temida y odiada de todo el Cosa Nostra era tal que podía darse el lujo de ejecutar jugadas tan disparatadas y absurdas como esta. Y por ende, ni el más experimentado de los guerreros sería capaz de prever sus verdaderas intenciones a tiempo.

En completo estado de inercia, pateada a propósito hacia esa dirección y prácticamente agotada, Ie ya no podía hacer nada. Una de las rocas se impactó en ella y la empujó de regresó a dónde su verdugo, quien aprovechó para plantarle un taconazo en la boca del estómago, tan potente que la roca detrás de su espalda se convirtió en granito, y su minúsculo cuerpo salió despedido cual balón de futbol, cayendo en alguna parte para después ser enterrada bajo los escombros, arboles arrancados de raíz y rocas destartaladas.

Karen bajó las cadenas, desclavó su pierna de la enorme roca —la cual se terminó de volver añicos—, miró a su alrededor y dejó escapar un tenue suspiro.

Arboles derribados con sus raíces frondosas de fuera y con grandes cantidades de tierra incrustadas entre éstas, polvo levantado y rocas hechas pedazos adornaban el paisaje desolado y silencioso. Su batalla a muerte con aquella misteriosa asesina de oriente había llegado a su fin.

—Se terminó —susurró Karen en voz baja.

Pero poco después, un fatídico estruendo que iba en aumento le demostró que no era así.

Volteó a mirar con asombro hacia la cima del monte. 

—¡Un derrumbe!

Al parecer, su tramoya lo había ocasionado. Haber arrancado todas esas rocas y árboles del terreno fue el equivalente a quitar una carta de la base de un castillo de naipes. No había problema. Por más grandes que fueran los peñascos que rodaban hacia ella, sortearlos no le supondría un problema. Sin embargo, cuando trató de moverse, descubrió que sus piernas habían sido inmovilizadas.

—¿Pero qué demonios…?

Las cadenas de acero se habían enredado en sus talones, y por más que trató de jalarlas, una fuerza desconocida se aseguraba de mantenerlas en su sitio. 

Miró hacia los escombros. Ahí yacía una ensangrentada Ie, semienterrada en un peñón, sujetando con todas sus fuerzas, con el único brazo que tenía libre, los extremos de ambas cadenas.

Karen estaba atrapada. Ya no tenía tiempo para romper las cadenas de un jalón.

Todo lo que alcanzó a hacer fue maldecir a la maldita enana antes de que ambas fueran sepultadas bajo incontables toneladas de tierra y roca sólida del monte Cuccio.

Due vio desde su torre los escombros y tierra alzada, pero no le sumó importancia más allá del hecho en sí.

Los dos francotiradores del equipo de Oblivion lo grabaron todo y con lujo de detalles, e Informaron de inmediato a su líder.

El pequeño temblor fue completamente ignorado por los sicarios de las cuatro familias de Palermo. Su batalla contra los Beehive y los guardaespaldas de Hana Kirisaki reclamaban todos sus sentidos.

Se vinieron unos minutos de tranquilidad. No había una sola criatura merodeando cerca del área afectada, y si la hubiera habido, estaría muerta y enterrada bajo toneladas de tierra. Raíces, piedrecillas, tierra negra que apestaba a humedad, decoraban la superficie de la colina.

De pronto, en un rincón debajo de una roca partida en dos, comenzó a temblar. La roca salió despedida, y del hoyo formado debajo emergió de un salto una más que conocida figura.

Karen llevaba ahora su melena roja al aire, alborotada y llena de tierra. Su boina se había perdido en medio del cascajo. No obstante, su traje, que apenas tenía raspaduras y una que otra mancha de suciedad, estaba intacto.

Miró a sus alrededores. Ya solamente era ella, ella y nadie más que ella.

Por fin.

Notó que su brazo derecho le colgaba en una postura anormal. Lo sujetó con fuerza y empujó hacia adentro hasta producir un tronido en su hombro. Abrió y cerró la palma de la mano y levantó el brazo. El hueso estaba de vuelta en su sitio.

Miró en dirección a la mansión. Ahora se hallaba mucho más distante que al inicio de su batalla. “¿Será posible que…?” buscó adentro de su saco. Gracias a Dios, y pese a cualquier pronóstico, el teléfono móvil que su señor le había encomendado se encontraba en una pieza y funcionando. No era casualidad que el celular fuese ni más ni menos que un Nokia  3310.

—La señal, ¡la señal ha vuelto!

Tecleó con furia un número que ella sabía de memoria y acercó ansiosa el aparato a su oído.

—¡Vamos, contesta!

Pronto?”

—¡Gio! Grandísimo hijo de puta. ¿Qué mierda estás haciendo?

“Karen, ¿eres tú? ¿Qué pasa? Te escucho muy…”

—¿Cómo que ‘qué pasa’, estúpido? La mansión está siendo atacada desde hace más de media hora y ni tú ni nadie ha hecho nada. ¿Por qué no han venido a ayudarnos? ¡Maldita sea!

“¿Pero qué has dicho? ¿La mansión está siendo atacada? ¿Por quién?”

—¿Cómo es posible que tú y tus hombres no se hayan dado cuenta ya? ¿Qué esperas para venir?

“Karen, yo… lo lamento Karen, en estos momentos mi grupo y yo nos encontramos afuera de la ciudad.”

Al escuchar esto, los ojos de Karen se abrieron a tope y dejaron de parpadear.

—¡¿Pero qué has dicho?! ¡Cómo se te ocurre salir de la ciudad en un momento como éste!

“En la tarde recibí una notificación de parte del señor Andolini en la que se nos informó que por órdenes directas del señor Maximiliano, debíamos atender una situación de emergencia en la ciudad de Catania. Me dijo que no debíamos preocuparnos por nada, que los hombres del señor Oscar, el señor Paolo y el señor Nestore se ocuparían de vigilar nuestro territorio. ¿Ninguno de ellos han ido todavía a ayudarlos? … ¿Karen? … Karen, ¿estás ahí? Responde. ¿Karen?

No puede ser…

Andolini.
Los señores Benedetti.
La ciudad a la que supuestamente su señor Maximiliano acudió con la finalidad de resolver un conflicto.
El regime encargado de proteger la zona en dónde reside la mansión fuera de la ciudad.
Una mentira vuelta en contra de quién la profirió.
Esto no puede estar pasando…

Una gota de sudor rodó por la mejilla pálida y tensa de la joven. Sus ojos con las pupilas dilatadas a tope, no podían ni parpadear.

—¡Estúpido! —estalló en un volcán de inmesurable cólera—. Tienes que regresar cuanto antes. ¿Me oíste?

“Pero ¿qué pasará con…?

—¡Olvídate de eso! ¡Todos ustedes han sido engañados! Tienes que volver ahora mismo.

“Está bien, ya entendí. Pero me temo que en estos momentos me encuentro demasiado alejado de la ciudad; aun dirigiéndome a toda velocidad, me tomará al menos una hora estar de vuelta.”

—¡Media hora! Te doy media hora para venir aquí. ¡No te atrevas a tardarte ni un segundo más! ¡Entendido!

Karen estrelló el celular contra el suelo. Miró a dónde la mansión. El ataque no parecía haberse apaciguado en lo más mínimo y el tiempo en que tardarían los refuerzos era excesivo.

Apretó la mandíbula y sus cejas se fruncieron.

—No hay remedio. Voy a tener que encargarme de esto yo sola.

Antes de macharse, la pelirroja se giró a tirar un escupitajo al suelo, mismo que manchó de rojo a una roca con la forma de una pequeña lápida que yacía semienterrada en los escombros. El líquido sanguinolento se escurrió por la roca hasta ser absorbido por la tierra.

CONTINUARÁ…

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