En mi mundo.
Capítulo XXIX
(Ten cuidado,
hay alguien detrás de ti.)
—¿Eh? ¿De
veras?
Bambinna detuvo
su paso. El invasor entonces decidió extender su brazo para atraparle.
No se supo a
ciencia cierta qué había pasado; sólo que una especie de impacto —del que se derivó
una potente onda de choque—, mandó a volar varios metros de distancia al invasor,
hasta estrellarse de lleno en el muro del otro extremo del cruce de pasillos.
La jovencita
de largo y negro vestido victoriano, se acercó a trote lozano a donde había caído
el desconocido. En esta ocasión, no precisó de mucha perspicacia para deducir lo
que era demasiado obvio: aquel sujeto tenía que ser uno de los invasores. Lo
observó de reojo, con cierta curiosidad. Lo que más le llamaba la atención era
su minúscula estatura en comparación a los otros, sus facciones aniñadas, su cabello
blanco como la nieve y su uniforme, el cual se veía un tanto diferente al del
resto. En lugar del típico chaleco táctico que usaban los demás invasores, éste
llevaba puesta una especie de gabardina negra que le quedaba un poco holgada.
“¡Ah, pero si
es una chica! —Exclamó Bambinna en sus adentros—. Ya decía yo que su cara era muy
bonita para la de un asesino.”
—Oye, tú: ¿quieres
jugar con Elisabetta? —Le preguntó con una alegre sonrisa que en el exterior lucía
inocente y pura pero que muy probablemente escondía otra intención.
Aún aturdida,
la muchacha albina se incorporó como pudo. En ese momento, reconoció que si no hubiese
sido por su chaleco blindado, el daño a su cuerpo hubiese sido mayor, posiblemente
hasta letal. “¿De dónde saca toda esa fuerza esa mocosa?” pensó.
—¿Quién
demonios eres tú? —le gritó Paula a la extraña, con la voz medio quebrada.
—¡Oye, esa es
mi línea! —contestó la chiquilla. Acto seguido, alzó a su muñeca, sujetó el
bracito de ésta y lo usó para señalar a la desconocida—: Tú debes ser uno de
los invasores que se infiltraron a la mansión, ¿no es así? Entonces prepárate porque
Elisabetta y yo acabaremos contigo.
Paula peló
los dientes. —¿P-pero qué has dicho?
(Espera. Reconozco
a esta mujer.)
—¿Qué?
—Bambinna se giró hacia su muñeca—. ¿Entonces ya sabes quién es, Elisabetta?
¡Dime, dime!
Paula arqueó
una ceja. Aquella extraña niña de repente se había puesto a cuchichear en un
idioma que no parecía ser italiano; aunque, eso sí, se le parecía un poco. Mientras
hablaba sola, no paraba de mirar a esa enorme muñeca de porcelana que cargaba
en su brazo derecho, a la altura de su pecho, dedicándole toda clase de expresiones
y gestos, la mayoría de asombro.
—¡Oye, tú!
—Gritó la albina—. ¿Se puede saber con quién demonios estás hablando?
—Ya veo… —Bambinna
tomó un semblante más serio, se giró de vuelta hacia Paula y la señaló
desafiantemente con su mano izquierda—, así que tú eres White Fang, sicario de
los Beehive.
Paula se
estremeció.
—¿Qué…? ¿Pero
cómo es que tú lo…?
—¿No se
supone que ustedes ahora son nuestros aliados? ¿O acaso el Beehive ha decidido
traicionarnos? ¿O no serás tú la traidora que se alió con alguna banda enemiga?
Confiesa: ¿cuál es tu objetivo tuyo y de tus compinches? ¡Vamos! ¡Habla! Si confiesas
ahora mismo es posible que Elisabetta se apiade de ti y te perdone la vida.
Claro que no te lo garantizo.
¡Menudo lío
en el que se había metido Paula! Ahora que su identidad había sido expuesta, no
podía darse el lujo de permitir que aquella mocosa de ropa tan ridícula fuera a
informar al resto. Dadas las circunstancias, si se llegaba a descubrir quiénes
estaban detrás de la operación, los involucrados podrían llegar a ser tomados
como traidores ante el resto de la organización. Fue un fatal error haberse
deshecho de su máscara y de su comunicador. Y fue un error aún más fatal el haber
subestimado a su enemigo. Pero, ¿quién se lo hubiera siquiera imaginado, que aquella
niñata, que ni siquiera expedía el aura propia de un sicario, podría tratarse
de un enemigo? ¿Quién demonios, entonces, era ella?
—¿Qué te pasa?
—Insistió la pequeña italiana—, ¿te comió la lengua el ratón? O tal vez necesitas
que Elisabetta te dé otro golpe para que se te afloje esa bocaza. ¿Sabes una
cosa? Me sorprende que hayas podido ponerte en pie luego de ese golpe. Tus
queridos amigos quedaron fuera de combate con menos que eso.
—¿Qué
dijiste?
Paula apretó
la mandíbula y emitió ahogados gruñidos entre dientes. Cerró con fuerza los
puños y sus brazos tiritaron en señal de rabia. Aquella mocosa que tenía en
frente había resultado ser, de alguna forma y pese a su inofensivo aspecto, alguien
de sumo cuidado. Haberle subestimado por poco le costaba la vida, por lo que a
partir de aquí ya no tendría misericordia alguna.
—Tú… tú… ¡Miserable!
Sacó de su
abrigo su fusil M5 y acometió con todo. “¡Cómete ésta!” gritaba la albina, recién
poseída por el espíritu de los dioses de la guerra. Los casquillos caían y
rebotaban en el suelo, uno tras otros; parecían interminables.
La jovencita,
por su lado, todo lo que hizo fue poner a su querida muñeca por delante de ella,
sosteniéndola con ambos brazos.
Las balas
rebotaban en el rostro de la muñeca sin hacerle la más mínima abolladura. Un estruendo
metálico se producía con cada impacto. En la zona del cuerpo, las municiones perforaban
su vestido; siendo dicha prenda, que era blanca como el papel, poco a poco lacerada
por la lluvia de plomo. No obstante, la tela del vestido no se llegó a deshilachar
completamente. La niña movía con gran precisión a su peculiar escudo, de un lado a otro, de arriba a
abajo, interceptando todos y cada uno de los disparos.
La ráfaga de
balas por fin cesó. Paula permaneció unos segundos más jalando del gatillo hasta
convencerse de que se había agotado el cartucho. El aire ahora estaba infestado
con el tufo de la pólvora, y una endeble cortina de humo se había alzado en
medio de la albina y la jovencita de vestido negro. Casquillos y restos de balas
quedaron desperdigados a lo largo y ancho del corredor. Cuando el humo se hubo
disipado lo suficiente, Paula miró cómo la mocosa ésa seguía campante, sin
ningún rasguñó.
La pequeña
Bambi sacudió a su muñeca de un tirón. Las innumerables balas que se habían
quedado incrustadas al vestido de Elisabetta cayeron todas al suelo; las puntas
de éstas habían quedado tan aplastadas que el largo de la munición se había
reducido a la mitad.
—¿Pero qué
demonios? —profirió Paula.
Bambi hizo un
ademán presuntuoso y sobreactuado, alzando su mano a la altura del rostro y
fingiendo una risa altanera propia de una señora ricachona ridícula.
—Jo, Jo, Jo.
¿Cómo te quedó el ojo? Vas a necesitar mucho más que eso si lo que quieres es ganarle
a Elisabetta. ¡Ella es más dura que el mismísimo acero! Ahora lo verás:
Se inclinó, agarró
uno de los piecitos de su muñeca —el cual iba ataviado con un pequeño zapatito
blanco—, y lo usó para conectarle un fuerte pisotón al suelo. La potencia fue
tan monstruosa que se formó una enorme fisura. Ésta fue levantando el suelo y destruyéndolo
todo a su paso. Los muebles que se cruzaban con la demoledora fisura salían disparados
al techo rompiéndose en pedazos. Paula, con tal de evadir semejante ataque, se
apresuró a patear una puerta contigua y saltó al interior de un salón. Una
espesa nube de polvo se alzó a lo largo y ancho de todo el corredor.
Paula se tapó
la boca y tosió un par de veces debido al polvo que se había metido al salón.
“¿Pero cómo pudo hacer eso? —se cuestionó—. ¿No había dicho el pervertido que
se necesitarían de los misiles de un Caza para poder destruir este lugar?”
—¿Qué te
pareció? —dijo Bambi, cuya silueta ahora se asomaba por la entrada, en medio de
la polvareda—. Aunque seas una sicario de renombre, déjame decirte que no
tienes ninguna oportunidad contra Elisabetta.
Entró al salón.
Se trataba de una especie de habitación de estar, repleta de cuadros
pintorescos, libreros, divanes, figuras de mármol, jarrones exóticos y demás
decoraciones ostentosas.
—Así como la
miras —añadió—, Elisabetta solía ser una de las personas de mayor confianza de
nuestro señor Marzio. Y no solo por su gran fuerza, no, no, no… Elisabetta le
ayudó a conquistar toda Sicilia gracias a su gran inteligencia, que no se
compara con la de nadie.
Familia Benedetti.
Antigua agente ultra secreta, asesina, consejera y espía de elite bajo el mandato directo y único del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Quattro.
Especialidad: Tácticas bélicas, infiltración y espionaje.
Antigua agente ultra secreta, asesina, consejera y espía de elite bajo el mandato directo y único del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Quattro.
Especialidad: Tácticas bélicas, infiltración y espionaje.
(Estás
hablando más de la cuenta.)
—¡Pero
Elisabetta! Es para que sepa que no se está enfrentando a cualquier gentuza. De
seguro en estos momentos la tipa esa debe estar muriéndose de miedo. Vamos a
darle una lección para que nos confiese todo lo que sabe.
Paula arqueó
una ceja. Se incorporó y gritó con fuerza:
—¡Oye!, ¿se
puede saber con quién se supone que estás hablando?
—¿Cómo que
con quién? —Señaló a su muñeca—. Pues con Elisabetta. ¿Qué no la estás viendo?
La quijada y
hombros de la albina se vinieron abajo. Una gota de sudor enorme se visualizó
en su nuca.
—¿PERO QUÉ
ESTUPIDECES ESTÁS DICIENDO? ¡Esa muñeca no es más que un pedazo de basura! ¡No
me quieras tomar el pelo!
—Pe… ¿PEDAZO
DE BASURA? —La cara de la jovencita se puso completamente roja—. Dime: ¿Acaso
un ‘pedazo de basura’ podría hacer esto?
Sujetó ambos
bracitos de Elisabetta y los manipuló de tal manera que éstos cargaron un enorme
sillón que había en el rincón —y lo hizo con una facilidad que rozaba en lo
ridículo—. Sin pensarlo, se lo arrojó a Paula. La albina a duras penas alcanzó
a agacharse. El aparatoso mueble se estrelló en una ventana; sólo que en vez de
haberse roto los cristales, fue el propio sillón el que quedó reducido a añicos.
—¿Pero es que
a ti se te zafó un tornillo? —exclamó Paula—, ¡cualquiera con dos dedos de
frente vería que fuiste tú la que lo hizo! Esa cosa horrible ni siquiera puede hablar
ni se mueve por sí sola. ¡Qué va a andar ayudando a conquistar regiones ni qué
nada!
—¡Pero por
supuesto que Elisabetta puede hablar…! lo que pasa es que a Elisabetta sólo le
gusta hablar en siciliano. Por eso siempre la acompaño yo para traducirle a la
gente ignorante como tú. ¿Verdad, Elisabetta? —Movió la cabeza de su muñeca de
abajo hacia arriba dos veces—. ¿Lo ves?
—He conocido muchas
personas raras, ¡pero tú estás en otra liga! ¡Tú y esa muñeca horrible son las
cosas más extrañas que he visto en mi vida!
—¡Basta! No
dejaré que le sigas faltando el respeto a Elisabetta. ¡Elisabetta y yo
acabaremos contigo!
Y en menos de
un instante, la jovencita y su preciada muñeca se lanzaron contra la intrusa. Con
una velocidad sobrehumana, Paula evadió al dueto saltando hacia atrás. El puño
de Elisabetta impactó en una mesa de centro, destruyéndola junto a los trastos
que había encima. Paula contraatacó con su escopeta, pero ni ésta podía hacerle
daño alguno a Elisabetta, quien a su vez servía de escudo a Bambinna. Muñeca y
niña corrieron de nuevo hacia donde Paula, Bambinna sacudiendo la manita de
Elisabetta en una ráfaga de incontables embates. Paula se hizo a un lado. Un
antiguo cuadro, de al menos metro y medio de largo, que había detrás terminó hecho
jirones junto al tapizado del muro. “¿Cómo demonios fue que…?” se preguntó la
albina al ver de lo que eran capaces aquellas manitas ‘de juguete’. Bambinna se
giró y arremetió una vez más. En esta ocasión, fue un sillón el que terminó siendo
cortado de manera muy similar a la de una hogaza de pan. Paula corrió tan
rápido como sus pies le permitieron, necesitaba ganar cuanta distancia le fuera
posible. Elisabetta volvió a darle un pisotón al suelo, generando un temblor que
hizo a Paula perder el equilibrio y caer de sentón.
—¡Ya me
tienes harta! —Paula se incorporó de un brinco y se apresuró a revelar su arma
más potente: un lanzacohetes RPG-7—. ¡CÓMETE ESTA! —Disparó sin pensarlo.
A Bambinna
casi se le salieron los ojos del susto. Rápidamente se hizo a un lado. El
cohete pasó a escasos centímetros de ella y su muñeca, llevándose un mechón del
cabello de ésta última. La explosión a sus espaldas fue tan poderosa que las mandó
a volar hasta el muro opuesto. Los muebles, cuadros, alfombras y demás objetos
que había en ese lado del salón, fueron reducidos a poco menos que polvo. Al
menos la mitad del recinto había quedado cubierto de una mancha negra que
apestaba a calcinamiento.
—¡Ay, ay, ay!
—la jovencita italiana se sobó el
trasero. Más enfurecida que nunca, se levantó y se giró hacia la albina—: ¡Oye,
tú! ¿Acaso estás demente? ¿Cómo te atreves a disparar un cohete en un lugar
cerrado? Tú también pudiste haber muerto… Y a todo esto: ¿dónde llevabas un
arma de ese tamaño? ¿Y dices que yo soy la rara? Tú sí que eres rara, maldita mocosa.
—Lo sabía —Paula
arrojó el lanzacohetes—, ni siquiera tu querida muñeca horrible podría salir
ilesa de un ataque de esa magnitud, ¿no es cierto? —y luego sacó de su abrigo
dos escopetas lanzagranadas Ultimate M79 de cuatro tiros, empuñando una en cada
brazo—. Prepárate, porque las voy a reducir a ambas a escoria.
Bambinna
infló sus mejillas a tope y frunció el entrecejo. —No creas que has vencido a
Elisabetta —advirtió. Luego metió su mano por debajo del vestido de su muñeca,
por la parte de la espalda, tal y como se hace con los muñecos de ventrílocuo.
Jaló de algo y los labios de Elisabetta se abrieron en el acto, dejando asomar
del interior de su boca la punta de una especie de tubito metálico. Paula miró
esto extrañada.
—¿Pero qué se
supone que…?
—¡Toma!
Una llamarada,
lo suficientemente grande como para envolver a la sicario, emergió de la boca
de la muñeca. Paula, a duras penas, la evadió. Detrás de ella estaban un diván,
una mesita de cedro y una pintura antigua; las flamas en un instante redujeron aquellos
objetos a cenizas. El rostro de Paula se puso azul al verlo. “Si me hubiera
dado, no la hubiera contado” pensó con el corazón queriéndosele salir por la
garganta.
—¿Lo ves?
—dijo la pequeña Bambi en un tono altanero—. La pelea apenas está comenzando.
¡Prepárate!
—¡Si serás!
El combate se
enfrascó en un ir y venir de disparos, explosiones y fuego abrasador. Cada que
Paula arremetía con sus escopetas lanzagranadas, Bambinna esquivaba las
explosiones y contraatacaba con su lanzallamas. Cada que Elisabetta se acercaba
a atacar con sus manos que lo cortan todo, Paula escapaba y se defendía con sus
granadas antipersonales, gas lacrimógeno y explosivos. Desde afuera podía verse
cómo las ventanas de aquel salón de la cuarta planta se iluminaban con cada
detonación. Era una lástima que en ese momento no hubiera nadie en los jardines
que apreciase tremendo espectáculo, pues todos estaban demasiado ocupados en su
propia querella en la parte frontal de la residencia.
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“Finalmente…”
Murmuraba
para sí mismo, una y otra vez, en lo que una intemperante sonrisa se dibujaba, iba,
venía, se acrecentaba y refulgía en su rostro. Sus ojos, negros como la
obsidiana, brillaban con un fulgor que no habían tenido en más de siete años. Siete
larguísimos años que para él fueron una eternidad; siete insufribles años los
cuales se hallaban ya a unos escasos segundos de terminar, de pasar a formar
parte del pasado, ser una simple —y desagradable— anécdota. Su pecho no paraba
de retumbarle de la emoción. Estar vivo y
sentirse vivo… ¡oh, pero cuánta diferencia hay entre lo primero y lo segundo!
Vivo se había mantenido todo estos años, por simple y asquerosa inercia, mas no
fue sino hasta el día de hoy, tras siete años de lánguido reposo, que por fin sentía
de nuevo a la vida correr por sus venas.
Caminaba a paso
moderado rumbo al balcón. Al corpulento sujeto le comían las ansias por dar
inicio; no obstante, lo último que quería era el estropear la ocasión con superfluas
y banales prisas. Pues él, veterano de incontables guerras, sabía mejor que
nadie del placer divino que hay en postergar el comienzo de aquello que tanto
se ha anhelado conseguir; para así ir saboreando, con una masoquista paciencia impaciente,
de cada minuto, de cada segundo previo al tan ansiado momento. Una espera
voluntaria que no hace otra cosa que saturar los sentidos de una excitación
indescriptible. Su tiempo ya se había tomado en prepararlo todo de manera
adecuada, y su tiempo ahora se habría de tomar antes del comienzo. La
adrenalina de la urgencia era su soma,
su elixir, su panacea.
Apenas hubo terminado
de recorrer los cristales del ventanal cuando una armoniosa y conocida sinfonía
envolvió sus oídos. Se trataba de la inigualable melodía de los tiroteos. Sus
poros se erizaron en el acto.
Dio un par de
pasos hacia la parte exterior del balcón, en ese momento iluminado únicamente
por la luz de las estrellas y la luna. El suave aroma de la pólvora y la sangre
llegaron hasta donde él y lo transportaron de vuelta a días de su glorioso pasado.
En ese instante, se miró a sí mismo como a aquel trepidante viajero —personaje de
una vieja historia que leyó hace ya bastante tiempo— que tras incontables años
de dolor y exilio, por fin se había ganado el derecho de volver a su tan extrañada
tierra natal, de la que injustamente había sido desterrado años atrás.
Sus ojos voltearon
hacia abajo.
Sus pupilas
se dilataron y la excitación que lo embargaba alcanzó su punto de ebullición.
Y no era para
menos: las barricadas de vehículos blindados; las decenas de hombres armados
con pistolas semiautomáticas, subfusiles, escopetas y ametralladoras; los
cadáveres de uno y otro bando, abandonados a su suerte pues no había ni tiempo
para ocuparse de ellos; los gritos que se perdían en medio de las detonaciones
de armas de fuego, ensordecedoras, implacables; los trajes de los asesinos
manchados con sangre ajena y algo más; la muerte, la violencia, la
desesperación y los instintos más bajos que habitan en cada uno de los corazones
de los seres humanos y sólo salen a la luz en realidades como éstas; la ley del
más fuerte en su estado máximo, en el mejor y más sublime de sus exponentes…
todo estaba de vuelta; nada había cambiado —ni cambiaría jamás—. Los siete años
de rezago por fin se habían ido. Sólo quedaba el glorioso pasado transmutado en
el más prometedor de los presentes; el aquí y el ahora.
—¡Finalmente!
—exclamó de nuevo el embravecido guerrero y se echó a reír como un poseso—.
¡Finalmente!
»¡Hey, bastardos,
por aquí! —gritó con todo su aliento.
Sólo unos
cuantos, no sé si deban ser llamados afortunados o infelices, se percataron de
su bramido y, en medio de la contienda, se giraron hacia lo alto. Ahí estaba
parado, afuera de uno de los balcones del cuarto piso, un hombre de imponente
físico en pose desafiante y descarada, cargando algo enorme en sus manos.
—¡CHÚPENSE
ÉSTA, BRUTOS BASTARDOS!
Lo que llevaba
consigo era ni más ni menos que una Minigun, misma que no vaciló en accionar.
Con su cadencia de miles de balas de gran calibre por minuto, arremetió hacia
todas direcciones, inmisericordemente, descargando la munición sin cesar de un rincón
a otro. Los mafiosos expuestos corrieron a refugiarse detrás de los vehículos
blindados. Algunos de ellos, sin embargo, fueron alcanzados por las balas. Toda
la atención de ambas facciones se redirigió hacia aquel misterioso hombre del
balcón.
“¿Quién diantres
es ese hijo de puta?” era la pregunta más repetida en las mentes de los
sicarios enemigos, que no atinaban ni a pensar qué hacer. Cada que uno de ellos
intentaba asomarse para dispararle al loco de la minigun, el susodicho se
percataba de inmediato y arremetía con su ráfaga de disparos, no quedándole más
remedio al agresor que volver a atrincherarse. Los chasises de los vehículos fueron
desfigurados a causa de los múltiples impactos de bala; las llantas y rines del
lado expuesto quedaron inservibles —los desdichados ya no podrían escapar—; los
cristales, hechos trisas. Si una sola bala lograse dar en el depósito de
combustible de uno esos coches, éste estallaría y mataría al instante a quienes
se escondían detrás. Los vehículos no soportarían mucho tiempo los envites, por
lo que los mafiosos tenían que frenar al maniático lo más pronto posible.
—Vaya, vaya
—masculló uno de los francotiradores del Beehive desde su escondite—, parece ser
que los Benedetti acaban de sacar la artillería pesada. ¿Lo estás viendo todo,
Oblivion? Estoy a la espera de tus instrucciones…
El sniper
enfocó su mira hacia el balcón de la parte frontal de la cuarta planta. El
sujeto, por su peinado raso y sus ropas —botas de combate, pantalones tácticos,
una remera negra sin mangas y un chaleco antibalas—, tenía la pinta de ser
alguna especie de fanático de lo militar. Fornido y de una estatura
privilegiada, su fuerza física era tal que el retroceso de una minigun no parecía
significarle el más mínimo problema. Manipulaba dicha arma a su total antojo, sin
necesidad de una base de apoyo, apuntando con sus cañones giratorios a dónde él
quería y por cuanto tiempo quería, como si se tratase de un juguete.
“Déjalo que
se divierta —contestó Oblivion—, es mejor que un tipo así esté jugando acá con
los de afuera que con nuestros chicos allá adentro…”
—¡Vengan a
mí, basuras! —Gritaba el tipo a modo de desafío—. ¡Vengan a mí, todos de una
vez! antes de que los aplaste… ¡Cucarachas rastreras! ¡Traguen plomo!
0//0//0//0//0//0//0//0
¿Hace cuánto fue la última vez que alguien me
plantó cara sin la ayuda de nadie…?
La pelea se
había alargado mucho más de lo que ella habría planeado. Por más que lo
intentaba, Karen sencillamente no conseguía encajarle un solo golpe a su
oponente. Aunque el cuerpo de su rival era, por mucho, más pequeño y débil que
el suyo, aquella enana de circo no tenía problemas en seguir y contrarrestar todos
sus ataques; era como si, de algún modo, supiese de antemano cada uno de sus
movimientos, neutralizándolos en el momento justo. Y por mucho que variaba el
patrón de sus envites para evitar que éstos fueran predichos, nada más no conseguía
penetrar esa férrea defensa. ¿Cómo le hacía aquella mujer enana para leer tan
abiertamente y anticiparse a sus mejores técnicas?
Ie esquivaba,
bloqueaba, evadía las patadas, saltaba cuan lejos le era posible y, por último,
contraatacaba con alguna de sus múltiples armas ocultas bajo su holgado traje.
Esto obligaba a la guardaespaldas a ceder un poco de terreno antes de embestir
de nuevo, repitiéndose así, una y otra vez, el ciclo. En tanto que su oponente
poco a poco caía en la exasperación, Ie mantenía siempre su mente y espíritu impasibles;
su concentración era perfecta. No así su condición física, cuya respiración cada
vez más agitada comenzaba a dejar en evidencia su agotamiento. Necesitaba
replantear su estrategia pues, de seguir así las cosas, no pasaría mucho tiempo
para que su cuerpo alcanzase su límite.
Karen tenía,
en cambio, un problema distinto: la inquietud que le embarga al pensar que la
mansión estaba siendo asaltada, no le dejaba concentrarse como es debido. Involuntariamente,
cada cierto tiempo sus ojos se desviaban en dirección a la mansión, instante
que su enemigo aprovechaba para pasar de la defensiva al contraataque. En más
de una ocasión, sus distracciones por poco le cuestan la vida a la protectora
de Maximiliano.
“No. No puedo
seguir así por más tiempo. Mi señor… Si no consigo volver pronto, mi señor…
¡espera un segundo!”
Y en ese
momento, Karen por fin comprendió de qué trataba esto:
“El objetivo
de esta enana no era el de acabar conmigo, sino hacerme perder el tiempo”
pensó. En efecto, era por eso que desde hace un tiempo Ie sólo se dedicaba a defenderse,
siempre en espera a que fuera ella la que diese el primer paso. Si sus
intenciones hubiesen sido matarle, el combate quizás ya se habría resuelto desde
hace mucho… pero esa enana infeliz, por lo visto, no quería correr ningún
riesgo; no fuese que quien quedase de pie al final de la contienda no fuera
ella sino la asesina de los Benedetti. Por eso había estado haciendo todo lo
posible por prolongar la pelea.
“Y no
solamente eso: ¡esa maldita además me ha estado alejando poco a poco de la
mansión! Soy una estúpida… ¡caí completamente en su trampa! Tengo que poner fin
a esto de una vez por todas.”
Karen paró
sus ataques. Sin bajar la guardia, permaneció inerte, a un par de metros de
distancia de su rival. Tras uno o dos segundos de guardia, la guardaespaldas
bajó los brazos, relajó el cuerpo, echó un profundo respiro y cerró sus ojos.
Ie le
observaba con recelo. No se atrevía a atacarla, ¿para qué? Sabía muy bien que Sanguigna, ante el más leve movimiento
de una mota de polvo, reaccionaría de inmediato; sería en vano. Más provechoso era
invertir ese tiempo en analizar más a fondo al rival, planear una estratagema
y, sobretodo y más importante, descansar, recuperar un poco de sus energías
antes de retomar la batalla.
Sin embargo,
algo por demás extraño estaba ocurriendo: de caóticas y hostiles, las emanaciones
de chi de su oponente pasaban a tornarse,
sin disminuir su intensidad, templadas y aquietadas hasta el punto de
sincronizarse con el flujo de energía del entorno. Aquello no era sino signo de
que la asesina estaba poniendo sus pensamientos en blanco.
Karen, entre
tanto, escudriñaba dentro de sus memorias, en búsqueda de aquella sensación perdida
que tanto había deseado olvidar y que creía ya olvidada. Nunca se imaginó que algún
día se vería en la necesidad de revivir los funestos acontecimientos de esa primera
y única ocasión en que se enfrentó mano a mano con él: la única persona —hasta la noche de hoy— capaz de plantarle cara
en un combate sin la intervención ni la ayuda de nadie; del sentimiento que ese
día nació en lo más profundo de su ser y que la marcó para el resto de sus días;
de las consecuencias que se vinieron después, luego de que por fin había
comprendido el significado que hay tras las palabras que aquel aborrecible ser
alguna vez le dijo, y que despertaron, de manera definitiva, al asesino que había
en ella...
“El odio, el rencor, la ira, el
resentimiento, son emociones que nacen del dolor…”
La nítida imagen
de lo que quizás ahora no debería ser más que un recuerdo distante, intoxicó todos
sus sentidos. El intenso color de la sangre, cuyas manchas que había sobre toda
su ropa, sus piernas, sus brazos y su rostro entero se confundían con su
melena, la cual por azares del destino posee el mismo color exacto; su enervante
aroma, que es el mismo aroma que antecede a los actos más atroces de violencia
y muerte; su viscosa textura deslizándose entre sus dedos; su sabor metálico, que
se filtraba lentamente entre sus labios y que nunca antes había probado ni por
error; y ese sonido contaste del goteo de esa sangre ajena que caía al enorme
charco carmesí que la rodeaba, mientras ella yacía de rodillas junto al cuerpo sin
vida de él…
¡Ya lo tengo!
Abrió sus
ojos verdes, desbordantes ahora de un singular brillo. Aquella sensación casi
olvidada la había vuelto a invadir hasta colmarle la última fibra de su cuerpo,
con la misma intensidad de aquella primera vez. Todas las preocupaciones, las
incertidumbres, las distracciones que habían estado entorpeciendo su potencial,
desaparecieron sin dejar rastro. En su mente ya no había ayer ni mañana, ni contrariedades
ni consecuencias, ni deberes ni responsabilidades. El mundo entero había dejado
de existir en su interior. Sólo quedaban el aquí y el ahora; y su espíritu guerrero,
el cual rellenó todo ese vacío con un único y visceral propósito: matar.
Y se dejó ir a
toda potencia contra el enemigo.
De nada le
sirvió a Ie saber con anticipación que Sanguigna le iba a conectar un puntapié
a la cara, pues la velocidad de su atacante fue tal que no tuvo el tiempo suficiente
para evadirlo. Apenas y alcanzó a protegerse con sus dagas —y ni siquiera de la
forma en que hubiese querido.
Por si fuera
poco, La potencia del ataque fue tanta que Ie salió volando por los aires. Fue
como si Karen hubiese pateado un balón de soccer. La pequeña asesina aterrizó
de pie a unos cientos de metros del lugar, con sus brazos adoloridos y un pequeño
hilo de sangre saliendo del extremo de sus labios.
—Parece que
ya no podré seguir alargando esto por más tiempo. —Tiró las dagas, ahora
abolladas e inútiles, y se apresuró a empuñar su lanza Guan dao.
Karen no se
hizo esperar y emergió de la negrura de la noche con un fuerte salto, lista
para conectarle una patada igual de fuerte a su enemigo. Ie no se quedó atrás:
brincó igual de alto y contraatacó con la punta de su lanza. Un metálico ruido
resonó al momento del choque.
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—Llegaremos en
menos de un minuto —informó el guardaespaldas que iba al volante. Hana dejó
escapar un gesto de satisfacción—. Madame, por favor, prepárese.
Raku se
apresuró a bajar el cristal de la ventanilla. Al asomarse, distinguió a lo
lejos la edificación con forma de castillo que se erigía de pie a las montañas.
“¡Chitoge!”
Pero algo no
andaba bien. En las faldas de la mansión, una fila de vehículos, que eran
demasiados como para pensar que se trataban del equipo de Tsugimi, se
encontraban bloqueando la entrada y los alrededores, y el ruido de disparos feroces
no tardó en llegar a sus oídos.
—¿Qué está
pasando? —gritó Raku boquiabierto e histérico, con la piel más pálida que de
costumbre.
—¿Ellos no
son los hombres que envió Claude?
—¡No! Es
imposible. Son muchos vehículos, y ese no era el plan. ¡Esto no está bien!
Hana frunció
la mirada—. Parece ser que no fuimos los únicos a los que se les ocurrió la idea
de venir a hacerle una visita a ese muchachito insolente.
—¡Pero
Hana-san! ¿Quiénes son ellos? ¿Y por qué están atacando el lugar?
—No me importa
quienes sean, pero si mi hija se encuentra en esa mansión y ellos la están
atacando —rompió el cigarrillo con los dedos—… No hay remedio, nos tendremos
que hacer paso entre ellos. ¡Steve!
—¡Sí, señora!
—respondió el chofer de la limusina. Hana pasó a darle instrucciones de
comunicar a los demás vehículos, de ordenarles que estuviesen listos para
atacar en cuanto entraran a la zona de conflicto.
Vaya, Vaya —Tre
se relamió los labios y sonrió sádicamente. La visión de lo que se aproximaba
por la carretera de enfrente, lejos de preocuparlo, lo excitó aún más—, parece
que tenemos más invitados que no se pudieron esperar a la recepción de mañana.
¡Vengan, hijos de puta! Aún tengo suficiente para todos ustedes.
“Maldita sea.
Chitoge, ¡resiste!” Raku se volvió a asomar, ahora más ansioso y preocupado que
nunca. Si algo terrible estaba ocurriendo, con mayor razón era menester
rescatar a Chitoge lo más pronto posible. “Paula y Tsugumi deben estar adentro
junto al resto. ¿Estarán bien? ¿Cómo se supone que vamos a entrar ahora?”
Sea lo que fuese
que el destino le aguardase, Raku Ichijou sabía que ésta quizás iba a ser la
noche más larga y complicada de su vida.
CONTINUARÁ…
2 comentarios:
Hola como has estado? 1ro: Nos podrías adelantar una parte del reencuentro de raku y chitoge? 2do: Que anime miras y/o te gustan aparte de nisekoi? y 3ro: No tardes en darle contii por favor. Estupendo fic (ありがとう)
Saludos. gracias por leer y tomarte y la molestia de comentar. Respecto a tus dudas:
1: Quizàs más adelante, cuando el hacerlo no revele spoilers demasiado severos. Mientras tanto, ¡sean pacientes por favor! Ya falta muy poco para el reecuentro de esos dos.
2: En emisión estoy siguiendo One piece semana a semana junto a Nisekoi. Otros mangas como Boku No Hero Academy, Fairy Tail, To Love Ru Darkness, Minamoto-kun Monogatari, Kiss-sis, Prison school y otro que se me debió haber pasado dejo juntar capítulos para leer de corrido. De obras finalizadas mis favritas siempre serán Death Note, Fullmetal Alchemist Brotherhood, Saint Seiya y Love Hina. De anime ahora solo estoy siguien a Dragon ball super y a veces veo cosas raras como Lain y Paranoia Agent. Vi Shimonetta luego de ver Facebook inundado de memes de Anna, y me gustó xD
3:Gracias, trataré de sacar lo más rápido posible el siguiente capítulo. En serio no me gustaría que Nisekoi se acabara antes que mi propio fanfic =P
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