La fría luz
de un monitor alumbraba el muro de una oscura y casi en su totalidad vacía
habitación. Desde las bocinas de unos auriculares abandonados en el suelo al
lado de un teclado inalámbrico y un mouse, se alcanzaba a oír el difuso ruido
de tiroteos, gritos bélicos y una que otra explosión violenta.
De pronto, la
puerta comenzó a abrirse, dejando entrar una cálida luz al despacho. Justo en
medio de esa luz se erigía la sombra de un hombre en bata de baño que llevaba en
mano una humeante taza. El susodicho entró a la habitación y pasó a sentarse en
el suelo, frente al enorme monitor, con una remarcable pereza y pesadez.
—Veamos,
veamos…
El sujeto,
quien no era otro que Oblivion, le dio un pronunciado trago a su café
atiborrado de azúcar y sustituto de crema, y se reacomodó sus gafas con la yema
del dedo. Su pelo, por alguna razón, estaba húmedo y lucía más despeinado de lo
habitual. El hacker se dedicó a observar con cierto aire de tedio a una zona
del monitor primero, después a otra y luego a otra más, en lo que balbucía:
—La situación
parece que no ha cambiado mucho. Hasta ahora ninguno del equipo ha logrado
llegar a la quinta planta, y eso que ya tenemos más de media hora de retraso
con lo acordado en el plan; hemos perdido contacto con al menos la tercera
parte de nuestros efectivos; hay un grupo de locos atacando la mansión desde
afuera y éstos amenazan con entrar en cualquier momento, ya ni mencionemos que
el sortearlos a la hora de escapar va a significar un problema gordo si alguien
no se hace cargo de ellos lo antes posible; Sanguigna,
por otro lado, todavía se encuentra ocupada en lo suyo, pero no hay que confiarnos
pues esto podría cambiar de un momento a otro; y por último está esa niña loca
con cosplay de Kobato Hasegawa suelta. ¡Ah! Y aún sin señales de mi adorada
musa loli todavía. Qué puto fastidio… — El enajenado echó un resoplido y se
rascó la cabeza, luego alzó su taza y bebió prolongadamente hasta que sus fatigados
ojos se percataron de algo en el cuarto muro. Frunció el entrecejo y pasó a
decir—: ¿Qué? ¿Por qué me miran así? Hasta un genio como yo necesita tomarse un
descanso entre tanto estrés, ¿saben?
Y continuó
bebiendo su café sin prestarle mucha importancia a las violentas escenas que le
eran transmitidas a su ordenador, tanto por las cámaras de los infiltrados como
de las de los francotiradores, y los gritos y reclamos de ambos.
En mi mundo.
Capítulo XXX
—Vaya, vaya…
La munición de la Minigun se había agotado. Las puntas de los cuatro
cañones del arma humeaban y chirreaban debido al sobrecalentamiento. El
musculoso siciliano le echó un vistazo rápido al panorama: Los coches de los
enemigos quedaron completamente estropeados, con todos sus cristales rotos y
los chasises hundidos y deformados. A lo largo de todo el suelo, unos enormes hoyos
—tan profundos que hasta él, desde lo alto de la cuarta planta de la mansión,
podía apreciar claramente—, adornaban de cabo a rabo todo el escenario, asemejándolo
a una zona de desastre. Era en el camino de asfalto donde mejor se apreciaban estos
agujeros, producto de los múltiples impactos de bala de grueso calibre. En las
áreas de los jardines, el verde del césped había desaparecido a causa de toda la
tierra levantada, y los arbustos y árboles, acribillados de arriba a abajo por
las balas, se caían a jirones. Los cuerpos de los intrusos que no alcanzaron a
refugiarse… quizás sea mejor no tener que describir el estado en el que quedaron.
De tres a cinco segundos les tomó a los mafiosos reaccionar y darse
cuenta que la balacera por fin había cesado. No se lo pensaron dos veces: en
cuanto se asomaron, todos apuntaron hacia el mismo balcón del cuarto piso.
—Tsk… —El hombre bajó el cañón de la minigun y se apresuró a refugiarse
en el marco del ventanal. Los atacantes no paraban de dispararle. Los muros, sin
embargo, eran tan resistentes que las balas no les hacían ni la más pequeña
deformación—. Estos bastardos resultaron ser más resistentes que las
cucarachas.
Los soldati de los Benedetti
dejaron a un lado su ensimismamiento y reanudaron su contraataque. Hasta hace
poco, ellos iban perdiendo —y de manera miserable— a causa de lo ampliamente
superados que eran en número. La intervención milagrosa de aquel misterioso colega
les había supuesto un oportuno respiro; ahora quedaba en sus manos aprovechar
esta voltereta de tuerca y acabar con ellos de una buena vez. Algunos invasores
se giraron a atacarlos mientras el resto continuó enfocándose en el maniático
del balcón: unos no parando de dispararle al interior de la ventana, pues no querían
darle ni tiempo de asomar las narices al infeliz; otros, más prudentes,
esperando pacientes a que reapareciera. Fue durante este lapso de tiempo que
las limusinas conducidas por los hombres de Hana y los sicarios del Beehive
aparcaron en las afueras de la residencia.
—Escúchenme con atención —sentenció Hana a sus hombres, sumamente
enérgica—, tenemos que encontrar una manera de entrar pero sin dejar que estos
bastardos también lo hagan. ¿Alguna idea?
—Si acabamos primero con los atacantes —dijo uno de sus asistentes—,
evitaríamos que entrasen, pero entonces los Benedetti nos cerrarían el paso.
Si, por el contrario, acabamos primero con los Benedetti que custodian la entrada
a la mansión, entraríamos más rápido pero a expensas de que los invasores lo
hagan también.
—A la mierda —Hana cerró los ojos, se llevó un cigarrillo a la boca y le
prendió fuego—, entonces nos los cargaremos a todos al mismo tiempo.
—¡H-Hana san! —Raku se estremeció—. No deberíamos hacer eso… es decir,
¡no tenemos por qué ser tan…!
—Cierra la boca, muchacho —tomó al joven por el cuello de su camisa y lo
arrastró con ella—. Camina.
Tanto los guardaespaldas de Hana como los sicarios del Beehive blandieron
sus armas y dispararon a los mafiosos atrincherados que tenían más cerca,
ganándose en el acto su atención. “Mierda” alcanzó a decir uno de ellos antes
de caer abatido. De las cuatro familias presentes, una tuvo que dejar a un lado
su ataque a los Benedetti y defenderse de los recién llegados.
—¿De dónde han salidos esos hijos de…?
El resto estaban tan concentrados en la batalla que aún ni los advertían.
Sólo los Benedetti, quienes protegían la mansión atrincherados en las ventanas
contiguas a la entrada —atravesada de lado a lado por la furgoneta de los
intrusos—, los habían visto llegar. Al principio temieron que fueran más enemigos;
sin embargo, al ver que se habían decantado por atacar a los intrusos y que su
pinta era de americanos en su gran mayoría, dedujeron que se trataban de sus
nuevos aliados: los Beehive, que habían venido a ayudarles. Esto subió su moral
a un punto álgido. Decididos a terminar de una buena vez el trabajo,
intensificaron sus disparos. A los invasores no les quedó más remedio que dejar
a un lado el balcón de la cuarta planta y defenderse de ellos.
Pero unos momentos después, de unas seis a ocho granadas de mano fueron
arrojadas desde el interior de aquella ventana. Los Benedetti, al verlas
rebotar en el suelo, se resguardaron en los muros. Las explosiones sacudieron
las furgonetas enemigas hasta casi volcarlas. Los brazos de algunos sicarios
fueron alcanzados y heridos por la metralla, sus tímpanos reventaron. Incluso
los hombres de Hana no tuvieron otra alternativa que correr a refugiarse en sus
propios vehículos. Por poco y la onda expansiva les daba de lleno.
—¿PERO QUIÉN HIZO ESO? —Gritó Raku Ichijou, entrado en un estado de pavor.
Tenía la mano de Hana agarrándolo fuertemente del cuello de la camisa, y el rostro
tan cercano al suelo que por poco y lo besaba.
Hana le había salvado la vida al arrastrarlo junto con ella —de manera no
muy agraciada y amable— a refugiarse atrás del coche.
—Muy bien, cucarachas —se oyó exclamar desde lo alto una gruesa voz. Del
mismo balcón del cuarto piso reaparecía la silueta del fornido hombre siciliano
empuñando ahora dos nuevas armas—: ¿Están listas para el segundo asalto?
Llevaba consigo un par de AK-47, una en cada brazo. Su maestría con las
armas de fuego era tal que su puso a disparar con ambos fusiles al mismo tiempo,
con una destreza tan perfecta que parecía que podía mirar en dos lugares distintos
a la vez. Bien podía estar apuntando y disparando tanto en el extremo derecho como
en el izquierdo, sin sacrificar precisión ni en un objetivo ni en otro. Arremetió
sin miramientos a todas las familias, incluyendo a los recién llegados hombres
de Hana.
—¡Vamos, qué esperan! ¡Defiéndanse, insectos! —reía a carcajadas—. La
fiesta apenas está empezando, vamos a divertirnos toda la noche…
Familia Benedetti.
Sicario de elite, capodecina y administrador en jefe de la subdivisión de tráfico y abastecimiento de arsenal. Anteriormente, agente y gestor de territorios bajo las órdenes directas del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Tre.
Especialidad: Contrabando, fabricación y modificación de armamento.
Sicario de elite, capodecina y administrador en jefe de la subdivisión de tráfico y abastecimiento de arsenal. Anteriormente, agente y gestor de territorios bajo las órdenes directas del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Tre.
Especialidad: Contrabando, fabricación y modificación de armamento.
—¿Qué pasa?
¿Nadie? ¿Necesitan más motivación acaso?
Y sin dejar
de disparar con el brazo derecho, bajó el fusil del otro brazo, sacó de su
chaleco unas tres granadas, les quitó el seguro con los dientes y las arrojó.
Las detonaciones hicieron estremecer todo el patio frontal. Al maniático no parecía
preocuparle herir en el proceso a sus compañeros.
—Olviden lo
que dije —Hana le hizo una seña a uno de sus hombres y éste se apresuró a
entregarle un par de mini uzi—,
primero nos vamos a tener que despachar a ese bobalicón.
Antes de
levantarse, la empresaria miró los subfusiles por un segundo. Una sonrisilla se
paseó por sus bellos labios. “No había vuelto a usar uno de estos, creo, desde
mi luna de miel. Qué recuerdos…”
Hana, sus
guardaespaldas y los sicarios del Beehive se enfrascaron de lleno en el
combate, alternando entre dispararle al demente del balcón y a los rivales de
de los Benedetti. Los protectores de la entrada ya no estaban seguros si tomar
como aliados o no a los recién llegados. Pero pronto todo cambiaría con la
aparición de más refuerzos: compañeros suyos que, por algún extraño motivo, cargaban
una actitud demasiado agresiva, gruñían en lugar de hablar y no dejaban la
impresión de racionar sus acciones. Éstos de inmediato se dispusieron a
arremeter contra todo lo que se movía afuera de de los muros; dispararon sin
piedad ora a los norteamericanos y asiáticos, ora a los sicilianos, y los
primeros dos no dudaron en defenderse, tornándose de este modo una guerra entre
tres facciones por la supervivencia.
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