En mi mundo.
Capítulo XXVIII
Nestore
Benedetti meneó la copa un par de veces, para que así el coñac desplegase sus
deliciosas y variopintas fragancias. Éstas se complementaban bien con el aroma
a tabaco fino de su habano. Acercó la copa a su nariz y cató suavemente la esencia
del licor. No le cabía duda: se trataba de un coñac exquisito, de primera clase.
Luego se detuvo
a contemplar el ambarino y traslúcido líquido, el cual parecía haberlo
cautivado con su singular color y la forma en que matizaba todo lo que se entreveía
a través de él: la mesa de centro, el mullido sillón de enfrente, las pinturas en
el muro, los viejos libreros…
Acercó la
copa a sus labios y estuvo a punto de degustar un sorbo; no obstante, la mirada
inquisidora y disconforme de quien se hallaba sentado frente a él, le arruinó el
momento. Disgustado, Nestore Benedetti bajó la copa, frunció el entrecejo y se
llevó el habano a la boca.
—Y bien —le
cuestionó aquel otro hombre, quien, por alguna razón, se veía muy molesto—, ¿ya
estás satisfecho? ¿Eh, Nestore?
—Ya, relájate
—respondió con un mohín de fastidio—. Te digo y te repito que todo va a salir
bien.
—¿Y si no,
qué? Dime: ¿qué vas a hacer si no? ¿Te vas a hacer responsable? ¿O acaso estarás
planeando irte por el camino fácil, usarnos a mis hombres y a mí como tus
chivos expiatorios?
—Ay, Santino,
¿pero qué es lo que pasa contigo, hombre? Te comportas como si te hubiese
puesto una pistola en la boca para obligarte… o algo así. Relájate. Ya no es el
momento para arrepentimientos. Ya verás cómo todo va a salir conforme lo
planeado. Y aunque no fuese así, ya no hay nada más que perder —dijo, para luego
beberse de un solo golpe todo el coñac de su copa.
—¡Nada que
perder! —Santino hizo una mueca como de ofendido—. Para ti es muy fácil
decirlo, no son tus hombres los que fueron allá a perder la vida como simples gusanos.
¿Tienes acaso idea de lo que le podría pasar a mi familia si el Beehive se llega
a enterar de esto? ¡Oh! Y tú tan campante… ¡Oh, pero cómo me arrepiento de
haberte hecho caso en primer lugar! No debí haberte hecho caso. ¡Maldita sea!
No debí hacerlo.
El pusilánime
individuo no paraba de jalarse sus grisáceos cabellos con ambas manos, temblorosas
y venosas. Nestore le observaba con una mezcla de desprecio, fastidio y vergüenza
ajena.
—Ya te di mi
palabra, Santino. Eso no va a pasar. Y no me vengas con ese cuento tuyo de que
te importa “tanto” la vida de esos pobres diablos, que por algo los enviaste a ellos
a hacer el trabajo sucio.
—Tu palabra,
dices. ¡Tu palabra no vale nada! Ahora me doy cuenta de lo estúpido que he sido.
Si el Beehive se entera de esto, ¡irán por mi cabeza! Va a ser mi fin.
—¡El Beehive!
¿Tanto miedo le tienes al Beehive? —Exclamó el capo con un irónico ímpetu—.
¡Pero por supuesto que le tienes miedo al Beehive! Es por eso es que no te pudiste
quedar con los brazos cruzados, ¿no es así? Pero, si ese muchacho insolente consolida
su alianza con el Beehive, ¡entonces sí que deberás temer por tu vida, bueno
para nada! ¿O no se te habrá olvidado como solían ser las cosas cuando su padre
estaba a la cabeza de mi familia, eh? ¿O sí?
Santino se
encogió de hombros.
—Si dejamos
que ese mocoso —prosiguió Nestore— se haga con el mando de mi familia, y a eso le
añadimos que contará a su vez con el respaldo de una organización tan poderosa
como lo es el Beehive, ya me dirás tú quién lo va detener cuando se decida a continuar
con la labor de Marzio. Es acabar con él ahora o sufrir las calamidades después,
Santino; no debemos vacilar ahora.
—Pero si el
Beehive se entera que fuimos nosotros los que…
—¡No, no y no!
—Disparó de un resoplido todo el humo que llevaba acumulado en sus fauces—. Eso
no va a suceder. Ya te dije una y mil veces que yo me encargaré de todo. Pero para
ello va a ser necesario que sea yo quien se quede con el poder, ¿entiendes?
—Luego tiró las cenizas de su habano en el cenicero de cristal sobre la mesa de
centro—. Además, tus hombres no fueron los únicos que mandé a que hicieran este
trabajo; así que no debes preocuparte tanto, pues puede que ni siquiera sean ellos
los que asesten el golpe.
—¿Pero qué
has dicho? —Santino se levantó estrepitosamente, azotando la mesa con ambas
manos.
Nestore
Benedetti se le quedó viendo como quien mira a un chimpancé o cualquier otro animal
de circo saliéndose de su papel a mitad del espectáculo.
—A quienes
—le inquirió una vez más el mafioso—. ¡Dime a quienes más mandaste!
—¿Pero para
qué quieres saberlo, eh…? Oh, no me veas así. No me grites…, basta. ¡Silencio! De
acuerdo, de acuerdo; si tanto interés tienes en saberlo entonces te lo diré. El
clan de los Inzerillo, los de San Lorenzo y también los Santa Maria de Gesu.
—¡Pero es que
tú estás demente! ¡Demente! —Santino se dejó caer con dramatismo al sillón—.
Ay, no me quiero ni imaginar lo que debiste haber hecho para convencer a
familias de semejante calaña para que se prestaran a esto.
—¿Convencerlos
dices? —Nestore se echó a reír. Ni él mismo hubiese soportado tan desvergonzada
carcajada—. Yo no los convencí de nada, ellos me rogaron a mí. Yo solamente
tuve que hacerles la proposición y ellos aceptaron gustosos. ¿Qué más puedo
decirte, Santino? El odio que aún le guardan a Marzio es tan grande que no es
de extrañar que se le haya traspasado en buena parte a ese mocoso. Así es, ellos
jamás consentirán que sea su hijo quien se quede con el poder; antes,
preferirían mil veces sumirse en el más profundo de los avernos.
Santino se
dio cuenta de que ya había perdido demasiado la compostura, por lo que guardó
silencio, respiró profundo, se llevó un pañuelo a la frente y secó con cuidado hasta
la última gota de sudor.
—Si esta
operación fracasa —balbució entre dientes—, cuando se averigüe cuales fueron
las familias que estuvieron involucradas en esto, ni Maximiliano ni el Beehive se
van a quedar de brazos cruzados…
—No, Santino.
Porque para cuando sepa quienes fueron, ya no podrá hacer nada. Y el Beehive a
quién le va a pedir cuentas de esto será a él. Todo será su culpa, sólo suya. Y
de nadie más.
Benedetti llenó
su copa con más coñac. Saboreó una generosa calada de su habano, se reacomodó
en el sillón y, girando la cabeza hacia el techo, echó lentamente una bocanada de
humo de tabaco. Daba la impresión de que se acababa de sumergir en un rio de
pensamientos.
—Así es —dijo
más para sí mismo que para su interlocutor—, no existe forma en que ese sangre sucia se pueda salir con la suya.
Eso no va a pasar jamás. Jamás lo permitiré. Jamás…
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Las luces del
corredor, para el asombro y disgusto del cuarteto de sicarios enmascarados, se
encendieron. Cegados por el súbito resplandor, detuvieron su andar y desactivaron
sus dispositivos de visión nocturna.
—¡Pero qué
mierda! —profirió uno de ellos—. ¡Oblivion! ¿Qué diablos pasó con la suspensión
de energía eléctrica?
“Sigue
vigente. Al parecer se las han arreglado para hacer andar de nuevo el generador
de emergencia.”
Tras estas indolentes
palabras, se escucharon los sorbidos de un líquido, como si el hacker que los
dirigía estuviese bebiendo, muy quitado de la pena y en un momento como éste,
de una taza.
—¿Y cómo es
que arreglaron tan pronto los generadores?
“Ni idea,
quizás son ustedes los lentos. —Se volvió a oír otro sorbido, esta vez más
pronunciado y desesperante que el anterior—. ¿Y si mejor se dan más prisa y
llegan de una buena vez a la quinta planta? ¡Venga, bola de fodders!”
“¿Qué mosco le picó?” Se preguntaron
todos. Los invasores a fin de cuentas siguieron su camino. Sabían que tenían
que llegar lo más pronto posible a dónde la señorita Kirisaki, pues con cada minuto,
con cada segundo la dificultad para escapar se acrecentaba más y más.
Derribaron una puerta, cruzaron un pequeño salón y marcharon a paso rápido a
través de los corredores que parecían no tener fin.
Cuando
estaban por entrar a otro cuarto, cuya puerta era tan dura que iban a necesitar
de un explosivo plástico para echarla abajo, se percataron de los pasos de
alguien acercándose a ellos. De inmediato se dispusieron a apuntarle con sus
armas. Si no hubiese sido porque alcanzaron a ver antes la apariencia del
supuesto enemigo, por poco y cometían el craso error de dispararle.
—¿Quiénes son
ustedes? —preguntó con cierto aire de ingenuidad aquella pequeña jovencilla que
llevaba en brazos una muñeca de gran tamaño.
“Es sólo una
niña” pensaron aliviados. Los sicarios dejaron de apuntarle con sus fusiles, se
dieron la media vuelta y continuaron en su enmienda.
—¡Ah! —exclamó
la niña señalándoles con el dedo —. Esperen un segundo… ¿No me digan que
ustedes son los invasores?
(¿Apenas te
diste cuenta?)
Uno de ellos
se acercó y le dijo:
—Escucha,
niña, éste no es el momento para que andes por ahí. Anda a buscarte un lugar
seguro y enciérrate hasta que todo haya pasado.
—¿Niña? —La
jovencita frunció sus delgadas cejas e infló a tope sus mejillas, a modo de berrinche
infantil.
El líder del
grupo, entre tanto, se encontraba de rodillas montando el explosivo en la
cerradura de la puerta. De repente, escuchó el sofocado grito de uno de sus
compañeros; luego otro, y otro más. Confundido, se giró a averiguar qué había
pasado.
Bajo la
máscara y antiparras, el rostro del desdichado gánster había palidecido y sus ojos
se quedaron abiertos como discos, horrorizados, perplejos. Ya ni tiempo tuvo para
procesar lo que estaba ocurriendo, pues la responsable de aquello caminaba
hacia dónde él.
—¡Pero qué…
qué… qué… —Oblivion escupió su café sobre el monitor. Escéptico y en parcial
estado de shock, pegó su rostro a la pantalla—. ¿Pero quién demonios es esa
chica?
Incluso desde
el otro extremo del pasillo se alcanzaron a oír la sucesión de golpes secos, el
crujido de huesos y otros objetos igual de duros, y uno que otro grito desesperado.
Al cabo de
unos momentos, la jovencilla pasó a retirarse del lugar. Cargaba en su rostro
una expresión que se asemejaba más al puchero de un crío malcriado que a algo que
se debiera tomar en serio.
—Estúpidos
invasores —refunfuñó—. Ni siquiera intentaron dispararnos cuando nos vieron.
(No sé de qué
te quejas, si esa siempre ha sido nuestra mayor ventaja.)
En el final
de aquel corredor terminaron, tendidos en el suelo, cuatro de los sicarios
infiltrados. Sus máscaras estaban hechas añicos y sus armas de asalto partidas por
la mitad.
—Es que siempre
es lo mismo, Elisabetta —le decía la joven, con una actitud infantil, a su
muñeca—, ¿no estás harta de que los demás no te tomen en serio por tu
apariencia?
(Me preocupa más
haber descubierto que esos hombres en realidad son extranjeros.)
La niña se
llevó la mano a la mejilla y puso cara de estar tratando de descifrar un
acertijo.
—Pero si los invasores no son hombres de honor, entonces… ¿quiénes son
y quién los mandó?
(Ese el detalle.
Sólo se me viene a la mente una posibilidad. Y, si es así, entonces significa
que la situación es más delicada de lo que habíamos creído. Debemos encontrar
al resto y detenerlos cuanto antes. Ya habrá tiempo para extraerles información.)
—Okeeey —exclamó con una voz muy
cantarina, cual infante ante la orden de su madre de salir a por algo de pan.
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No podía creerlo.
Simplemente Cinque no daba crédito a lo que Sei le había revelado. La sensual
mujer le preguntó de nueva cuenta a su compinche, quien yacía convaleciente en
el piso, si estaba seguro de lo que había dicho.
—Así es, no
tengo ninguna duda —dijo. Al oírle se hacía notorio lo mucho que le costaba hablar.
Sus labios (y todo su rostro en sí) estaban demasiado hinchados a causa de la
golpiza que le habían propinado. No obstante, Cinque necesitaba de toda la
información que pudiese darle—: Dos de los invasores son mujeres. Una de ellas
japonesa y la otra, americana. Por su forma de moverse y su manejo con las
armas no cabe duda de que son todas unas profesionales a pesar de su corta edad.
Otro de ellos era japonés también.
—¿Pero,
entonces, quiénes y de dónde son? ¿A qué grupo pertenecen? ¿Les reconociste?
—No… no lo sé,
sus rostros… no los reconocí de ninguna parte. Pero puedo asegurarte que las dos
mujeres eran bastante jóvenes, no deben tener ni los veinte años. Y el sujeto ése
que iba con ellas… era muy fuerte pero no me dio la impresión de que se tratase
de un asesino a sueldo. Es tan raro que ese bastardo me haya dejado así en lugar
de matarme… no me lo explico.
Cinque se
mordió el labio inferior. Tan absorta quedó en tan tremendo descubrimiento, que
le llevó unos instantes comprender que lo primero que debió haber hecho era
darle los primeros auxilios a su abatido colega. Abrió su maletín y se dispuso
a preparar los medicamentos.
—Fiorella… —Sei
la sujetó de la mano—, tengo que advertirte algo más.
—Tranquilo, ya
me lo dirás más tarde —le respondió sin dejar de llenar una jeringa con aquel extraño
líquido—. En unos instantes te sentirás como nuevo.
—¡No! esto es
importante, escúchame: cuando desarmé a esas dos chavalas, descubrí que una de
ellas, la japonesa…
Conforme iba
escuchando, la ya de por sí muy pálida tez de Cinque fue palideciendo aún más.
Sus pupilas se dilataron al máximo, gotas de frío sudor se formaron y rodaron
en su frente, y su boca entreabierta se resecó por fuera y por dentro.
—No es
posible. No, no es cierto —exclamó estando casi a punto de caer en estado de pánico—.
¿Y qué demonios tiene pensado hacer esa mujer con algo como eso? ¡Oh, Dios mío!
¿No me digas que ella va a…? ¡Dios mío! ¡Debemos detenerla cuanto antes!
Paró de
gritar al momento de sentir la mano de Sei sujetando de vuelta la suya.
—Fiorella —Sei
hablaba de forma idéntica a cómo lo haría un moribundo que está a punto de
enunciar su última voluntad—, ¿puedo pedirte un favor?
—Más tarde,
primero hay que curar esas heri… ¿das…?
La curvilínea
mafiosa dejó caer la jeringa a la alfombra y sus pálidas mejillas se pintaron
de un singular rubor rosado. Volteó a mirar hacia abajo. Comprobó que eso que se había colado por debajo de su
vestido y estrujaba con insistencia en medio de sus glúteos, era la desvergonzada
mano de Sei.
—Déjame probar
tu cuerpo. Por favor, te lo ruego. Hace poco me quedé con las ganas y… y siento
que me voy a morir si no… si no…
Cinque arrugó
el entrecejo y apretó los dientes. Una vena hinchada resaltaba al lado de su
sien. Sus labios entreabiertos temblaban y se torcían en un tic de rabia.
—¡ESTÚPIDO!
Y estampó la
cabeza de Sei contra el suelo de un pisotón. De dos a tres dientes del calvo infeliz
se rompieron junto a su tabique nasal, quedando inconsciente en el acto.
La mafiosa se
apresuró a salir del salón, dejando al libidinoso hombre tal y como lo había
encontrado —si no es que en peor estado—. De tal modo se había trastornado su
humor, que iba despidiendo vapor por cada poro de su rostro.
—Esto es el
colmo. ¿Es así cómo me agradeces que viniera a ayudarte, pedazo de excremento maloliente?
—gruñó entre dientes.
“Aunque
pensándolo bien, en esta situación un bueno para nada y cobarde como él sólo
nos estorbaría. Así que mejor que se quede así hasta que todo haya terminado.”
Las luces de
los corredores se encendieron. Cinque volteó a mirar las lámparas del techo. A
sus ojos les llevó tan solo unos momentos habituarse de nuevo a la luz, pese a todo
el tiempo que estuvieron sumergidos en la oscuridad casi absoluta del apagón.
—Vaya, ya era
hora —exclamó en voz alta—. Ya se habían tardado en hacer andar de vuelta los
generadores.
Un par de
mafiosos, los cuales lucían un tanto apurados, se cruzaron con ella a mitad del
corredor. Le informaron que toda la tercera planta estaba completamente asegurada
y no había ya ningún vestigio de los invasores; pues estos, de seguro, ya debían
encontrarse en el cuarto piso o quizás más arriba. Todos los lesionados cuyas
heridas no eran demasiado graves habían sido apartados y llevados a un lugar seguro,
tal y como había ordenado. “Perfecto” les dijo en respuesta. Una sonrisilla
perversa se pintó en sus carnosos labios pintados de rojo.
Le pidió a
uno de ellos que la llevara de inmediato a dónde los heridos.
“Conque una
americana y dos japoneses —meditaba Cinque en el camino—. Entonces, ¿eso quiere
decir que quienes se han infiltrado a la mansión y los atacantes de afuera no
son cómplices? ¿O sí lo son? ¿Y cuál es su propósito? ¿El mismo que el de los
de afuera? ¿Quién los ha enviado a éstos? Quizás, si le informo de esto al crío
de Marzio, él sepa o pueda averiguar quién o quiénes están detrás de esto.”
Entró a un
pequeño salón. Se acercó a dónde reposaban los mafiosos heridos. Al caminar, sus
pronunciadas caderas se balanceaban con el estilo y gracia propios de una diva.
El hombre que la había escoltado no pudo contener sus ganas de echar un vistazo
a aquella torneada retaguardia. Cinque se daba cuenta mas no le decía nada. A
ella le gustaba sentirse apetecida, eso alimentaba su ego de mujer como ninguna
otra cosa en el mundo.
Con una eficiencia
y velocidad extraordinarios, pasó extraer las balas y a cauterizar las heridas
de los abatidos. Luego inyectó en cada uno de ellos aquella extraña droga de
color azul.
Los soldati
despertaron en un santiamén. El mafioso que había guiado a Cinque se espantó al
ver las expresiones de fiera rabiosa de sus colegas. Parecían estar poseídos
por un demonio o haber adquirido los instintos de una bestia de asalto, o ambos.
“La nueva
fórmula es todo un éxito. Los resultados son inclusive mejores de lo que esperé.”
Cinque
contemplaba satisfecha los maravillosos resultados de su invento. Al contrario
de la fórmula anterior, los soldati a quienes les había suministrado el suero
no sólo ignoraban todo apéndice de dolor o fatiga, sino que, además, entraban
un estado de agresividad que los volvía insaciables y dispuestos a obedecer y
ejecutar cualquier acto suicida, por más descabellado que fuese. Sus niveles de
adrenalina se incrementaban a tal punto que los limitadores naturales de sus
músculos eran parcialmente removidos, ganando así un plus de fuerza y una estamina
virtualmente ilimitada.
—Veamos —la
mafiosa fue señalando a algunos de los ocho recién resucitados sicarios—: Tú,
tú, tú, tú y tú, vayan al primer piso y ayuden al resto con los agresores de
afuera. El resto me acompañará a arriba. Iremos a buscar a los intrusos.
La fatal
mujer se puso en pie y los soldati
elegidos por ella se formaron a sus espaldas.
—Y en cuanto
a ti —se dirigió al sujeto que la había escoltado—: deja de estar babeando y dirígete
al segundo piso. Busca a los heridos y repite la operación de nuevo. ¿Quedó
claro?
El mafioso
asintió callado, con un semblante entre lo sumiso y lo deslumbrado.
A los pocos
segundos Cinque y sus escoltas salieron del salón, dirigiéndose, a gran
velocidad, rumbo a las escaleras que conducen a la cuarta planta. Mientras el
trotar de los varones era atronador y caótico, los pasos de la sensual mujer
eran silenciosos, ágiles y precisos, como los de un felino.
“De mi cuenta
corre —murmuraba para sí misma— evitar que esa mujer se salga con la suya…”
Familia
Benedetti.
Antigua agente especial bajo las órdenes directas del Sottocapo, supervisora en jefe de los laboratorios clandestinos de la familia, especialista en química farmacéutica.
Nombre clave: Numerale Cinque.
Especialidad: Desarrollo de drogas sintéticas.
Antigua agente especial bajo las órdenes directas del Sottocapo, supervisora en jefe de los laboratorios clandestinos de la familia, especialista en química farmacéutica.
Nombre clave: Numerale Cinque.
Especialidad: Desarrollo de drogas sintéticas.
“…lo que sea
que tenga pensado hacer, debo advertir a los demás antes de que sea tarde.”
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“Black Tiger,
White Fang, Wasabi, escuchen con atención:”
Tsugumi, Paula
y Migisuke terminaron de subir las escaleras. Oblivion pasó a darles las siguientes
instrucciones:
“En estos
momentos el resto del equipo se encuentra dividido en tres grupos. Cada uno de
ellos se está abriendo paso por diferentes zonas de la planta. Esta vez no voy
a cometer el mismo error de antes de poner a los más fuertes juntos en un solo
lugar, así que cada uno de ustedes se dirigirá a apoyar a un grupo diferente.
¿Entendido?”
Los tres
asintieron. Oblivion le dio indicaciones a cada uno de ellos por separado y éstos
pasaron a tomar caminos distintos. “Wasabi”
se dirigió hacia el frente para reunirse con el equipo comandado por Scar; “White Fang” corrió hacia el corredor del oeste a encontrarse con Crash y sus hombres; “Black Tiger”, en cambio, fue al noroeste siguiendo los pasos del
equipo de Reaper.
La joven
albina se hallaba ahora corriendo por su cuenta a través de los lóbregos
pasillos del cuarto piso. Su concentración era casi perfecta, hasta el instante
en que esa exasperante voz que tanto odiaba oír, la increpó:
“Paula. Oye, pequeña
Paula.”
Si antes, al
estar en grupo, apenas y podía aguantar el tener que escuchar, una y otra vez
en su oído izquierdo, la voz de aquel imbécil dándole órdenes; ahora, que se
había quedado a solas, le resultaba algo completamente insoportable, fastidioso
a más no poder. Y más si encima éste tenía el atrevimiento de pronunciar su
nombre con ese acento tan desagradable.
—¿Qué es lo
quieres, maldito pervertido? —gruñó en voz baja.
“Aquí entre
nosotros, querida Paula, necesito pedirte que hagas algo.”
Los dientes
de Paula rechinaron y su lengua emitió un chasquido.
—No empieces,
que ahora mismo no estoy de humor para tus estupideces, ¿me oíste, idiota?
“No, no. No
es nada de eso. Es algo referente a la misión.”
Paula echó un
resoplido por debajo de su máscara antigás.
—Muy bien,
habla de una vez.
Oblivion se
reacomodó en el suelo. Acababa de adoptar una expresión solemne y mucho más seria
que de costumbre. Quien fuera que lo hubiese visto no creería que se trataba
del mismo sujeto. ¿Qué era aquello tan importante que quería pedirle a Paula? El
hacker le dio un gran trago a su café, reacomodó sus anteojos y miró fijamente
hacia el monitor antes de pasar a decir:
“Una vez que
hayamos finalizado esta misión, necesito que escribas para mí un reporte
especial de carácter ultra confidencial. Éste deberá ser lo más preciso y
detallado posible, así que no deberás omitir ni un solo detalle, ¿quedó claro? En
ese reporte vas a explicarme, paso por paso, todas y cada una de las cosas que
ese sujeto te hizo luego de que se haya cortado la comunicación. No te atrevas
a ocultarme nada, que yo mismo sabré si me estás diciendo toda la verdad o no.
¡La información es de vida o muerte! Así que no vayas a escatimar en palabras y
descripciones. Recuerda: mientras más detalles des, mejor será el reporte, así
que… ¿Paula? ¡Paula! ¿Me escuchas?”
En el suelo,
a mitad del pasillo, quedaron abandonados los restos de un audífono inalámbrico
y de una cámara miniatura.
La
comunicación, tanto en audio como en video, se había perdido. Ahora, en la
sección del monitor que correspondía a la cámara de Paula, no había más imagen
que un fondo azul. “Creo que ahora sí me excedí” se dijo a sí mismo Oblivion llevándose
la mano al rostro. “Ni hablar…” Y como el líder que se suponía que era, continuó
en su tarea de vigilar e instruir a los demás. Ya habría tiempo para persuadir
y sacarle tan valiosa información a su musa.
—¡Ese
esúpido! —Por culpa del susodicho, los recuerdos que hasta ese momento Paula
había logrado reprimir, se le vinieron de golpe a la cabeza—. ¡Estúpido,
estúpido, estúpido, estúpido! ¿Cómo se atreve a jugar con algo como eso? La
próxima vez que lo tenga en frente ¡lo asesinaré!
En medio de vituperios
y maldiciones continuó su recorrido. No fue sino al cabo de un par de minutos, cuando
llegó al lugar indicado, que comprendió el terrible error que acababa de
cometer. Sin las instrucciones constantes de Oblivion, reunirse con el resto
del equipo sería una tarea bastante difícil. El grupo se encontraba en
constante movimiento, por lo que éste ya debía haber aventajado más distancia y
no tenía manera de saber qué camino siguieron. Buscarlos no sería un problema
si no fuera porque el tiempo apremiaba y, encima, en cualquier momento podía
aparecerse alguien igual de orate que el de la última ocasión. Y como el
rastreador formaba parte del comunicador, ahora ya no había manera en que alguien
del equipo pudiese encontrarla.
Sintiéndose
una completa idiota, tiró su máscara y antiparras al suelo y descargó toda su
frustración pisoteándolas hasta el cansancio. Craso error. Todo estaba muy
oscuro y sin su equipo de visión nocturna había perdido la mayor ventaja que
tenía sobre el enemigo.
Esa noche,
Paula aprendió una importante lección: no hay que dejarse llevar por la ira, ya
que ésta no es precisamente el mejor estado de ánimo para tomar decisiones.
No es como si
la sicario no estuviese preparada o acostumbrada a este tipo de situaciones
extremas. En realidad, Paula ha pasado por cosas mucho peores a lo largo de su
carrera. El caso era que la traumatizante experiencia de hace poco, había hecho
mella en su voluntad de hierro. Recordarlo le hacía desear no volver a pasar
por algo igual nunca más. Tenía miedo. Caminó despacio, con su fusil de asalto
listo para disparar al menor ruido. Si otro pervertido volvía a aparecerse,
esta vez le volaría la tapa de los sesos. Estaba hasta la coronilla de ellos.
Las luces del
corredor se encendieron. Aquello la asustó un poco. “¿Pero qué rayos?” atinó a
mascullar. ¿Cómo era esto posible si ellos habían destruido parte del alambrado
del generador y se suponía que el pervertido se había hecho cargo del
suministro eléctrico? Se preocupó un poco, mas luego siguió su andanza. Al menos
ahora ya nadie se podría escabullir entre las sombras y emboscarla. Encontrar a
sus compañeros habría de ser más fácil así. Aunque, por otro lado, esto no era
sino una señal de que el tiempo se les estaba agotando; y todavía faltaba un
piso más por explorar. Ni hablar: así tuviera que hacerse paso ella sola hasta
llegar a dónde la señorita Chitoge y reencontrarse ahí con el resto, no
desistiría.
Los pasillos
y habitaciones seguían siendo toda una encrucijada pero al menos ahora podía
memorizar ciertos puntos gracias a los muebles y decorados. La confianza en sí
misma volvía a ella conforme pasaba el tiempo y no se encontraba con ningún
enemigo salvo cuerpos abatidos los cuales le hacían saber que iba por buen
camino y que sus aliados no estaban lejos.
Llegó a un
cruce entre dos pasillos. Sus oídos expertos advirtieron unos pasos acercándose
por el corredor de la izquierda. ¿Un enemigo? ¿O uno de sus aliados? No, el
calzado especial que ellos llevaban no hacía ruido al caminar.
Se pegó al
muro y preparó una pistola. En el instante en que el enemigo llegase al cruce,
le dispararía. No fue poca la sorpresa que se llevó al ver que sólo se trataba
de una niña que no debía tener ni los trece años de edad. Ésta corría despreocupadamente
con una enorme muñeca en brazos. “¿Qué está haciendo esa chiquilla en un
momento como éste y a estas horas?” se preguntó Paula. “¡Espera un segundo! Si
ella vive en esta mansión, entonces seguro sabe dónde están las escaleras que
conducen a la quinta planta. Y no sólo eso: esa mocosa hasta podría guiarme a
la torre dónde se encuentra la señorita Chitoge…”
Ágil como solamente
ella sabe serlo, se acercó lentamente a ella.
—¿Eh? ¿De
veras? —dijo la jovencita de vestido negro, deteniéndose.
Paula entonces
decidió aprovechar la oportunidad: extendió su brazo para agarrar por detrás,
someter a su rehén. Pero en ese justo instante recibió de lleno un impacto en la
boca de su abdomen que la mandó a volar varios metros, hasta estamparse en una
esquina del cruce de pasillos. Aturdida, sin aire, en el suelo y con la espalda
recargada en el muro, Paula alzó lentamente la mirada. Entrevió la figura y
rostro de aquella jovencita de cabellos azabaches, quien ahora se acercaba a
ella. Era difícil descifrar si su sonrisa de oreja a oreja era el reflejo de
una mente inocente, o de todo lo contrario.
—¿Quieres
jugar con Elisabetta?
CONTINUARÁ…
7 comentarios:
continuala por favor lo espere 2 meses
y raku? no llego todavia raku?? conti
No, Raku aún no llega. De hecho, aunque no lo aparente, ha pasado muy poco tiempo desde que todo comenzó.
q paso con chitoge? segui escribiendo muy buen fanfic
¿Chitoge? está encerrada en su habitación blindada...
Sí, ya lo sé... en mi defensa puedo asegurar que escribí el borrador de esta historia mucho antes que el capítulo ese del manga xD
cuando la seguiras la historia. Que no pase tanto tiempo como la ultima ve jeje.. me facina tu fic
cada vez me dejas mas intrigado. quiero que llegue raku y se encuentre con chitoge ya que hace mucho no se ven ojala haya aclarado sus sentimientos por ella.
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