FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) Cap 28



En mi mundo.

Capítulo XXVIII



Nestore Benedetti meneó la copa un par de veces, para que así el coñac desplegase sus deliciosas y variopintas fragancias. Éstas se complementaban bien con el aroma a tabaco fino de su habano. Acercó la copa a su nariz y cató suavemente la esencia del licor. No le cabía duda: se trataba de un coñac exquisito, de primera clase.

Luego se detuvo a contemplar el ambarino y traslúcido líquido, el cual parecía haberlo cautivado con su singular color y la forma en que matizaba todo lo que se entreveía a través de él: la mesa de centro, el mullido sillón de enfrente, las pinturas en el muro, los viejos libreros…

Acercó la copa a sus labios y estuvo a punto de degustar un sorbo; no obstante, la mirada inquisidora y disconforme de quien se hallaba sentado frente a él, le arruinó el momento. Disgustado, Nestore Benedetti bajó la copa, frunció el entrecejo y se llevó el habano a la boca.

—Y bien —le cuestionó aquel otro hombre, quien, por alguna razón, se veía muy molesto—, ¿ya estás satisfecho? ¿Eh, Nestore?

—Ya, relájate —respondió con un mohín de fastidio—. Te digo y te repito que todo va a salir bien.

—¿Y si no, qué? Dime: ¿qué vas a hacer si no? ¿Te vas a hacer responsable? ¿O acaso estarás planeando irte por el camino fácil, usarnos a mis hombres y a mí como tus chivos expiatorios?

—Ay, Santino, ¿pero qué es lo que pasa contigo, hombre? Te comportas como si te hubiese puesto una pistola en la boca para obligarte… o algo así. Relájate. Ya no es el momento para arrepentimientos. Ya verás cómo todo va a salir conforme lo planeado. Y aunque no fuese así, ya no hay nada más que perder —dijo, para luego beberse de un solo golpe todo el coñac de su copa.

—¡Nada que perder! —Santino hizo una mueca como de ofendido—. Para ti es muy fácil decirlo, no son tus hombres los que fueron allá a perder la vida como simples gusanos. ¿Tienes acaso idea de lo que le podría pasar a mi familia si el Beehive se llega a enterar de esto? ¡Oh! Y tú tan campante… ¡Oh, pero cómo me arrepiento de haberte hecho caso en primer lugar! No debí haberte hecho caso. ¡Maldita sea! No debí hacerlo.

El pusilánime individuo no paraba de jalarse sus grisáceos cabellos con ambas manos, temblorosas y venosas. Nestore le observaba con una mezcla de desprecio, fastidio y vergüenza ajena.

—Ya te di mi palabra, Santino. Eso no va a pasar. Y no me vengas con ese cuento tuyo de que te importa “tanto” la vida de esos pobres diablos, que por algo los enviaste a ellos a hacer el trabajo sucio.

—Tu palabra, dices. ¡Tu palabra no vale nada! Ahora me doy cuenta de lo estúpido que he sido. Si el Beehive se entera de esto, ¡irán por mi cabeza! Va a ser mi fin.

—¡El Beehive! ¿Tanto miedo le tienes al Beehive? —Exclamó el capo con un irónico ímpetu—. ¡Pero por supuesto que le tienes miedo al Beehive! Es por eso es que no te pudiste quedar con los brazos cruzados, ¿no es así? Pero, si ese muchacho insolente consolida su alianza con el Beehive, ¡entonces sí que deberás temer por tu vida, bueno para nada! ¿O no se te habrá olvidado como solían ser las cosas cuando su padre estaba a la cabeza de mi familia, eh? ¿O sí?

Santino se encogió de hombros.

—Si dejamos que ese mocoso —prosiguió Nestore— se haga con el mando de mi familia, y a eso le añadimos que contará a su vez con el respaldo de una organización tan poderosa como lo es el Beehive, ya me dirás tú quién lo va detener cuando se decida a continuar con la labor de Marzio. Es acabar con él ahora o sufrir las calamidades después, Santino; no debemos vacilar ahora.

—Pero si el Beehive se entera que fuimos nosotros los que…

—¡No, no y no! —Disparó de un resoplido todo el humo que llevaba acumulado en sus fauces—. Eso no va a suceder. Ya te dije una y mil veces que yo me encargaré de todo. Pero para ello va a ser necesario que sea yo quien se quede con el poder, ¿entiendes? —Luego tiró las cenizas de su habano en el cenicero de cristal sobre la mesa de centro—. Además, tus hombres no fueron los únicos que mandé a que hicieran este trabajo; así que no debes preocuparte tanto, pues puede que ni siquiera sean ellos los que asesten el golpe.

—¿Pero qué has dicho? —Santino se levantó estrepitosamente, azotando la mesa con ambas manos.

Nestore Benedetti se le quedó viendo como quien mira a un chimpancé o cualquier otro animal de circo saliéndose de su papel a mitad del espectáculo.

—A quienes —le inquirió una vez más el mafioso—. ¡Dime a quienes más mandaste!

—¿Pero para qué quieres saberlo, eh…? Oh, no me veas así. No me grites…, basta. ¡Silencio! De acuerdo, de acuerdo; si tanto interés tienes en saberlo entonces te lo diré. El clan de los Inzerillo, los de San Lorenzo y también los Santa Maria de Gesu.

—¡Pero es que tú estás demente! ¡Demente! —Santino se dejó caer con dramatismo al sillón—. Ay, no me quiero ni imaginar lo que debiste haber hecho para convencer a familias de semejante calaña para que se prestaran a esto.

—¿Convencerlos dices? —Nestore se echó a reír. Ni él mismo hubiese soportado tan desvergonzada carcajada—. Yo no los convencí de nada, ellos me rogaron a mí. Yo solamente tuve que hacerles la proposición y ellos aceptaron gustosos. ¿Qué más puedo decirte, Santino? El odio que aún le guardan a Marzio es tan grande que no es de extrañar que se le haya traspasado en buena parte a ese mocoso. Así es, ellos jamás consentirán que sea su hijo quien se quede con el poder; antes, preferirían mil veces sumirse en el más profundo de los avernos.

Santino se dio cuenta de que ya había perdido demasiado la compostura, por lo que guardó silencio, respiró profundo, se llevó un pañuelo a la frente y secó con cuidado hasta la última gota de sudor. 

—Si esta operación fracasa —balbució entre dientes—, cuando se averigüe cuales fueron las familias que estuvieron involucradas en esto, ni Maximiliano ni el Beehive se van a quedar de brazos cruzados…

—No, Santino. Porque para cuando sepa quienes fueron, ya no podrá hacer nada. Y el Beehive a quién le va a pedir cuentas de esto será a él. Todo será su culpa, sólo suya. Y de nadie más.

Benedetti llenó su copa con más coñac. Saboreó una generosa calada de su habano, se reacomodó en el sillón y, girando la cabeza hacia el techo, echó lentamente una bocanada de humo de tabaco. Daba la impresión de que se acababa de sumergir en un rio de pensamientos.

—Así es —dijo más para sí mismo que para su interlocutor—, no existe forma en que ese sangre sucia se pueda salir con la suya. Eso no va a pasar jamás. Jamás lo permitiré. Jamás…

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Las luces del corredor, para el asombro y disgusto del cuarteto de sicarios enmascarados, se encendieron. Cegados por el súbito resplandor, detuvieron su andar y desactivaron sus dispositivos de visión nocturna.

—¡Pero qué mierda! —profirió uno de ellos—. ¡Oblivion! ¿Qué diablos pasó con la suspensión de energía eléctrica?

“Sigue vigente. Al parecer se las han arreglado para hacer andar de nuevo el generador de emergencia.”

Tras estas indolentes palabras, se escucharon los sorbidos de un líquido, como si el hacker que los dirigía estuviese bebiendo, muy quitado de la pena y en un momento como éste, de una taza. 

—¿Y cómo es que arreglaron tan pronto los generadores?

“Ni idea, quizás son ustedes los lentos. —Se volvió a oír otro sorbido, esta vez más pronunciado y desesperante que el anterior—. ¿Y si mejor se dan más prisa y llegan de una buena vez a la quinta planta? ¡Venga, bola de fodders!”

“¿Qué mosco le picó?” Se preguntaron todos. Los invasores a fin de cuentas siguieron su camino. Sabían que tenían que llegar lo más pronto posible a dónde la señorita Kirisaki, pues con cada minuto, con cada segundo la dificultad para escapar se acrecentaba más y más. Derribaron una puerta, cruzaron un pequeño salón y marcharon a paso rápido a través de los corredores que parecían no tener fin.

Cuando estaban por entrar a otro cuarto, cuya puerta era tan dura que iban a necesitar de un explosivo plástico para echarla abajo, se percataron de los pasos de alguien acercándose a ellos. De inmediato se dispusieron a apuntarle con sus armas. Si no hubiese sido porque alcanzaron a ver antes la apariencia del supuesto enemigo, por poco y cometían el craso error de dispararle.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó con cierto aire de ingenuidad aquella pequeña jovencilla que llevaba en brazos una muñeca de gran tamaño.

“Es sólo una niña” pensaron aliviados. Los sicarios dejaron de apuntarle con sus fusiles, se dieron la media vuelta y continuaron en su enmienda.

—¡Ah! —exclamó la niña señalándoles con el dedo —. Esperen un segundo… ¿No me digan que ustedes son los invasores?
(¿Apenas te diste cuenta?)
Uno de ellos se acercó y le dijo:

—Escucha, niña, éste no es el momento para que andes por ahí. Anda a buscarte un lugar seguro y enciérrate hasta que todo haya pasado.

—¿Niña? —La jovencita frunció sus delgadas cejas e infló a tope sus mejillas, a modo de berrinche infantil.

El líder del grupo, entre tanto, se encontraba de rodillas montando el explosivo en la cerradura de la puerta. De repente, escuchó el sofocado grito de uno de sus compañeros; luego otro, y otro más. Confundido, se giró a averiguar qué había pasado.

Bajo la máscara y antiparras, el rostro del desdichado gánster había palidecido y sus ojos se quedaron abiertos como discos, horrorizados, perplejos. Ya ni tiempo tuvo para procesar lo que estaba ocurriendo, pues la responsable de aquello caminaba hacia dónde él.

—¡Pero qué… qué… qué… —Oblivion escupió su café sobre el monitor. Escéptico y en parcial estado de shock, pegó su rostro a la pantalla—. ¿Pero quién demonios es esa chica?

Incluso desde el otro extremo del pasillo se alcanzaron a oír la sucesión de golpes secos, el crujido de huesos y otros objetos igual de duros, y uno que otro grito desesperado.

Al cabo de unos momentos, la jovencilla pasó a retirarse del lugar. Cargaba en su rostro una expresión que se asemejaba más al puchero de un crío malcriado que a algo que se debiera tomar en serio.

—Estúpidos invasores —refunfuñó—. Ni siquiera intentaron dispararnos cuando nos vieron.
(No sé de qué te quejas, si esa siempre ha sido nuestra mayor ventaja.)
En el final de aquel corredor terminaron, tendidos en el suelo, cuatro de los sicarios infiltrados. Sus máscaras estaban hechas añicos y sus armas de asalto partidas por la mitad.

—Es que siempre es lo mismo, Elisabetta —le decía la joven, con una actitud infantil, a su muñeca—, ¿no estás harta de que los demás no te tomen en serio por tu apariencia?
(Me preocupa más haber descubierto que esos hombres en realidad son extranjeros.)
La niña se llevó la mano a la mejilla y puso cara de estar tratando de descifrar un acertijo.

 —Pero si los invasores no son hombres de honor, entonces… ¿quiénes son y quién los mandó?
(Ese el detalle. Sólo se me viene a la mente una posibilidad. Y, si es así, entonces significa que la situación es más delicada de lo que habíamos creído. Debemos encontrar al resto y detenerlos cuanto antes. Ya habrá tiempo para extraerles información.)
Okeeey —exclamó con una voz muy cantarina, cual infante ante la orden de su madre de salir a por algo de pan.

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No podía creerlo. Simplemente Cinque no daba crédito a lo que Sei le había revelado. La sensual mujer le preguntó de nueva cuenta a su compinche, quien yacía convaleciente en el piso, si estaba seguro de lo que había dicho.

—Así es, no tengo ninguna duda —dijo. Al oírle se hacía notorio lo mucho que le costaba hablar. Sus labios (y todo su rostro en sí) estaban demasiado hinchados a causa de la golpiza que le habían propinado. No obstante, Cinque necesitaba de toda la información que pudiese darle—: Dos de los invasores son mujeres. Una de ellas japonesa y la otra, americana. Por su forma de moverse y su manejo con las armas no cabe duda de que son todas unas profesionales a pesar de su corta edad. Otro de ellos era japonés también.

—¿Pero, entonces, quiénes y de dónde son? ¿A qué grupo pertenecen? ¿Les reconociste?

—No… no lo sé, sus rostros… no los reconocí de ninguna parte. Pero puedo asegurarte que las dos mujeres eran bastante jóvenes, no deben tener ni los veinte años. Y el sujeto ése que iba con ellas… era muy fuerte pero no me dio la impresión de que se tratase de un asesino a sueldo. Es tan raro que ese bastardo me haya dejado así en lugar de matarme… no me lo explico.

Cinque se mordió el labio inferior. Tan absorta quedó en tan tremendo descubrimiento, que le llevó unos instantes comprender que lo primero que debió haber hecho era darle los primeros auxilios a su abatido colega. Abrió su maletín y se dispuso a preparar los medicamentos.

—Fiorella… —Sei la sujetó de la mano—, tengo que advertirte algo más.

—Tranquilo, ya me lo dirás más tarde —le respondió sin dejar de llenar una jeringa con aquel extraño líquido—. En unos instantes te sentirás como nuevo.

—¡No! esto es importante, escúchame: cuando desarmé a esas dos chavalas, descubrí que una de ellas, la japonesa…

Conforme iba escuchando, la ya de por sí muy pálida tez de Cinque fue palideciendo aún más. Sus pupilas se dilataron al máximo, gotas de frío sudor se formaron y rodaron en su frente, y su boca entreabierta se resecó por fuera y por dentro.

—No es posible. No, no es cierto —exclamó estando casi a punto de caer en estado de pánico—. ¿Y qué demonios tiene pensado hacer esa mujer con algo como eso? ¡Oh, Dios mío! ¿No me digas que ella va a…? ¡Dios mío! ¡Debemos detenerla cuanto antes!

Paró de gritar al momento de sentir la mano de Sei sujetando de vuelta la suya.

—Fiorella —Sei hablaba de forma idéntica a cómo lo haría un moribundo que está a punto de enunciar su última voluntad—, ¿puedo pedirte un favor?

—Más tarde, primero hay que curar esas heri… ¿das…?

La curvilínea mafiosa dejó caer la jeringa a la alfombra y sus pálidas mejillas se pintaron de un singular rubor rosado. Volteó a mirar hacia abajo. Comprobó que eso que se había colado por debajo de su vestido y estrujaba con insistencia en medio de sus glúteos, era la desvergonzada mano de Sei.

—Déjame probar tu cuerpo. Por favor, te lo ruego. Hace poco me quedé con las ganas y… y siento que me voy a morir si no… si no…

Cinque arrugó el entrecejo y apretó los dientes. Una vena hinchada resaltaba al lado de su sien. Sus labios entreabiertos temblaban y se torcían en un tic de rabia.

—¡ESTÚPIDO!

Y estampó la cabeza de Sei contra el suelo de un pisotón. De dos a tres dientes del calvo infeliz se rompieron junto a su tabique nasal, quedando inconsciente en el acto.

La mafiosa se apresuró a salir del salón, dejando al libidinoso hombre tal y como lo había encontrado —si no es que en peor estado—. De tal modo se había trastornado su humor, que iba despidiendo vapor por cada poro de su rostro.

—Esto es el colmo. ¿Es así cómo me agradeces que viniera a ayudarte, pedazo de excremento maloliente? —gruñó entre dientes.

“Aunque pensándolo bien, en esta situación un bueno para nada y cobarde como él sólo nos estorbaría. Así que mejor que se quede así hasta que todo haya terminado.”

Las luces de los corredores se encendieron. Cinque volteó a mirar las lámparas del techo. A sus ojos les llevó tan solo unos momentos habituarse de nuevo a la luz, pese a todo el tiempo que estuvieron sumergidos en la oscuridad casi absoluta del apagón.

—Vaya, ya era hora —exclamó en voz alta—. Ya se habían tardado en hacer andar de vuelta los generadores.

Un par de mafiosos, los cuales lucían un tanto apurados, se cruzaron con ella a mitad del corredor. Le informaron que toda la tercera planta estaba completamente asegurada y no había ya ningún vestigio de los invasores; pues estos, de seguro, ya debían encontrarse en el cuarto piso o quizás más arriba. Todos los lesionados cuyas heridas no eran demasiado graves habían sido apartados y llevados a un lugar seguro, tal y como había ordenado. “Perfecto” les dijo en respuesta. Una sonrisilla perversa se pintó en sus carnosos labios pintados de rojo.

Le pidió a uno de ellos que la llevara de inmediato a dónde los heridos.

“Conque una americana y dos japoneses —meditaba Cinque en el camino—. Entonces, ¿eso quiere decir que quienes se han infiltrado a la mansión y los atacantes de afuera no son cómplices? ¿O sí lo son? ¿Y cuál es su propósito? ¿El mismo que el de los de afuera? ¿Quién los ha enviado a éstos? Quizás, si le informo de esto al crío de Marzio, él sepa o pueda averiguar quién o quiénes están detrás de esto.”

Entró a un pequeño salón. Se acercó a dónde reposaban los mafiosos heridos. Al caminar, sus pronunciadas caderas se balanceaban con el estilo y gracia propios de una diva. El hombre que la había escoltado no pudo contener sus ganas de echar un vistazo a aquella torneada retaguardia. Cinque se daba cuenta mas no le decía nada. A ella le gustaba sentirse apetecida, eso alimentaba su ego de mujer como ninguna otra cosa en el mundo.

Con una eficiencia y velocidad extraordinarios, pasó extraer las balas y a cauterizar las heridas de los abatidos. Luego inyectó en cada uno de ellos aquella extraña droga de color azul.

Los soldati despertaron en un santiamén. El mafioso que había guiado a Cinque se espantó al ver las expresiones de fiera rabiosa de sus colegas. Parecían estar poseídos por un demonio o haber adquirido los instintos de una bestia de asalto, o ambos.

“La nueva fórmula es todo un éxito. Los resultados son inclusive mejores de lo que esperé.”

Cinque contemplaba satisfecha los maravillosos resultados de su invento. Al contrario de la fórmula anterior, los soldati a quienes les había suministrado el suero no sólo ignoraban todo apéndice de dolor o fatiga, sino que, además, entraban un estado de agresividad que los volvía insaciables y dispuestos a obedecer y ejecutar cualquier acto suicida, por más descabellado que fuese. Sus niveles de adrenalina se incrementaban a tal punto que los limitadores naturales de sus músculos eran parcialmente removidos, ganando así un plus de fuerza y una estamina virtualmente ilimitada.

—Veamos —la mafiosa fue señalando a algunos de los ocho recién resucitados sicarios—: Tú, tú, tú, tú y tú, vayan al primer piso y ayuden al resto con los agresores de afuera. El resto me acompañará a arriba. Iremos a buscar a los intrusos.

La fatal mujer se puso en pie y los soldati elegidos por ella se formaron a sus espaldas.

—Y en cuanto a ti —se dirigió al sujeto que la había escoltado—: deja de estar babeando y dirígete al segundo piso. Busca a los heridos y repite la operación de nuevo. ¿Quedó claro?

El mafioso asintió callado, con un semblante entre lo sumiso y lo deslumbrado.

A los pocos segundos Cinque y sus escoltas salieron del salón, dirigiéndose, a gran velocidad, rumbo a las escaleras que conducen a la cuarta planta. Mientras el trotar de los varones era atronador y caótico, los pasos de la sensual mujer eran silenciosos, ágiles y precisos, como los de un felino.

“De mi cuenta corre —murmuraba para sí misma— evitar que esa mujer se salga con la suya…”

Familia Benedetti.
Antigua agente especial bajo las órdenes directas del Sottocapo, supervisora en jefe de los laboratorios clandestinos de la familia, especialista en química farmacéutica.
Nombre clave: Numerale Cinque.
Especialidad: Desarrollo de drogas sintéticas.

“…lo que sea que tenga pensado hacer, debo advertir a los demás antes de que sea tarde.”

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“Black Tiger, White Fang, Wasabi, escuchen con atención:”

Tsugumi, Paula y Migisuke terminaron de subir las escaleras. Oblivion pasó a darles las siguientes instrucciones:

“En estos momentos el resto del equipo se encuentra dividido en tres grupos. Cada uno de ellos se está abriendo paso por diferentes zonas de la planta. Esta vez no voy a cometer el mismo error de antes de poner a los más fuertes juntos en un solo lugar, así que cada uno de ustedes se dirigirá a apoyar a un grupo diferente. ¿Entendido?”

Los tres asintieron. Oblivion le dio indicaciones a cada uno de ellos por separado y éstos pasaron a tomar caminos distintos. “Wasabi” se dirigió hacia el frente para reunirse con el equipo comandado por Scar;White Fang” corrió hacia el corredor del oeste a encontrarse con Crash y sus hombres; “Black Tiger”, en cambio, fue al noroeste siguiendo los pasos del equipo de Reaper

La joven albina se hallaba ahora corriendo por su cuenta a través de los lóbregos pasillos del cuarto piso. Su concentración era casi perfecta, hasta el instante en que esa exasperante voz que tanto odiaba oír, la increpó:

“Paula. Oye, pequeña Paula.”

Si antes, al estar en grupo, apenas y podía aguantar el tener que escuchar, una y otra vez en su oído izquierdo, la voz de aquel imbécil dándole órdenes; ahora, que se había quedado a solas, le resultaba algo completamente insoportable, fastidioso a más no poder. Y más si encima éste tenía el atrevimiento de pronunciar su nombre con ese acento tan desagradable.

—¿Qué es lo quieres, maldito pervertido? —gruñó en voz baja.

“Aquí entre nosotros, querida Paula, necesito pedirte que hagas algo.”

Los dientes de Paula rechinaron y su lengua emitió un chasquido.

—No empieces, que ahora mismo no estoy de humor para tus estupideces, ¿me oíste, idiota?

“No, no. No es nada de eso. Es algo referente a la misión.”

Paula echó un resoplido por debajo de su máscara antigás.

—Muy bien, habla de una vez.

Oblivion se reacomodó en el suelo. Acababa de adoptar una expresión solemne y mucho más seria que de costumbre. Quien fuera que lo hubiese visto no creería que se trataba del mismo sujeto. ¿Qué era aquello tan importante que quería pedirle a Paula? El hacker le dio un gran trago a su café, reacomodó sus anteojos y miró fijamente hacia el monitor antes de pasar a decir:

“Una vez que hayamos finalizado esta misión, necesito que escribas para mí un reporte especial de carácter ultra confidencial. Éste deberá ser lo más preciso y detallado posible, así que no deberás omitir ni un solo detalle, ¿quedó claro? En ese reporte vas a explicarme, paso por paso, todas y cada una de las cosas que ese sujeto te hizo luego de que se haya cortado la comunicación. No te atrevas a ocultarme nada, que yo mismo sabré si me estás diciendo toda la verdad o no. ¡La información es de vida o muerte! Así que no vayas a escatimar en palabras y descripciones. Recuerda: mientras más detalles des, mejor será el reporte, así que… ¿Paula? ¡Paula! ¿Me escuchas?”

En el suelo, a mitad del pasillo, quedaron abandonados los restos de un audífono inalámbrico y de una cámara miniatura.

La comunicación, tanto en audio como en video, se había perdido. Ahora, en la sección del monitor que correspondía a la cámara de Paula, no había más imagen que un fondo azul. “Creo que ahora sí me excedí” se dijo a sí mismo Oblivion llevándose la mano al rostro. “Ni hablar…” Y como el líder que se suponía que era, continuó en su tarea de vigilar e instruir a los demás. Ya habría tiempo para persuadir y sacarle tan valiosa información a su musa.

—¡Ese esúpido! —Por culpa del susodicho, los recuerdos que hasta ese momento Paula había logrado reprimir, se le vinieron de golpe a la cabeza—. ¡Estúpido, estúpido, estúpido, estúpido! ¿Cómo se atreve a jugar con algo como eso? La próxima vez que lo tenga en frente ¡lo asesinaré!

En medio de vituperios y maldiciones continuó su recorrido. No fue sino al cabo de un par de minutos, cuando llegó al lugar indicado, que comprendió el terrible error que acababa de cometer. Sin las instrucciones constantes de Oblivion, reunirse con el resto del equipo sería una tarea bastante difícil. El grupo se encontraba en constante movimiento, por lo que éste ya debía haber aventajado más distancia y no tenía manera de saber qué camino siguieron. Buscarlos no sería un problema si no fuera porque el tiempo apremiaba y, encima, en cualquier momento podía aparecerse alguien igual de orate que el de la última ocasión. Y como el rastreador formaba parte del comunicador, ahora ya no había manera en que alguien del equipo pudiese encontrarla.

Sintiéndose una completa idiota, tiró su máscara y antiparras al suelo y descargó toda su frustración pisoteándolas hasta el cansancio. Craso error. Todo estaba muy oscuro y sin su equipo de visión nocturna había perdido la mayor ventaja que tenía sobre el enemigo.

Esa noche, Paula aprendió una importante lección: no hay que dejarse llevar por la ira, ya que ésta no es precisamente el mejor estado de ánimo para tomar decisiones.

No es como si la sicario no estuviese preparada o acostumbrada a este tipo de situaciones extremas. En realidad, Paula ha pasado por cosas mucho peores a lo largo de su carrera. El caso era que la traumatizante experiencia de hace poco, había hecho mella en su voluntad de hierro. Recordarlo le hacía desear no volver a pasar por algo igual nunca más. Tenía miedo. Caminó despacio, con su fusil de asalto listo para disparar al menor ruido. Si otro pervertido volvía a aparecerse, esta vez le volaría la tapa de los sesos. Estaba hasta la coronilla de ellos.

Las luces del corredor se encendieron. Aquello la asustó un poco. “¿Pero qué rayos?” atinó a mascullar. ¿Cómo era esto posible si ellos habían destruido parte del alambrado del generador y se suponía que el pervertido se había hecho cargo del suministro eléctrico? Se preocupó un poco, mas luego siguió su andanza. Al menos ahora ya nadie se podría escabullir entre las sombras y emboscarla. Encontrar a sus compañeros habría de ser más fácil así. Aunque, por otro lado, esto no era sino una señal de que el tiempo se les estaba agotando; y todavía faltaba un piso más por explorar. Ni hablar: así tuviera que hacerse paso ella sola hasta llegar a dónde la señorita Chitoge y reencontrarse ahí con el resto, no desistiría.

Los pasillos y habitaciones seguían siendo toda una encrucijada pero al menos ahora podía memorizar ciertos puntos gracias a los muebles y decorados. La confianza en sí misma volvía a ella conforme pasaba el tiempo y no se encontraba con ningún enemigo salvo cuerpos abatidos los cuales le hacían saber que iba por buen camino y que sus aliados no estaban lejos.

Llegó a un cruce entre dos pasillos. Sus oídos expertos advirtieron unos pasos acercándose por el corredor de la izquierda. ¿Un enemigo? ¿O uno de sus aliados? No, el calzado especial que ellos llevaban no hacía ruido al caminar.

Se pegó al muro y preparó una pistola. En el instante en que el enemigo llegase al cruce, le dispararía. No fue poca la sorpresa que se llevó al ver que sólo se trataba de una niña que no debía tener ni los trece años de edad. Ésta corría despreocupadamente con una enorme muñeca en brazos. “¿Qué está haciendo esa chiquilla en un momento como éste y a estas horas?” se preguntó Paula. “¡Espera un segundo! Si ella vive en esta mansión, entonces seguro sabe dónde están las escaleras que conducen a la quinta planta. Y no sólo eso: esa mocosa hasta podría guiarme a la torre dónde se encuentra la señorita Chitoge…”

Ágil como solamente ella sabe serlo, se acercó lentamente a ella.

—¿Eh? ¿De veras? —dijo la jovencita de vestido negro, deteniéndose.

Paula entonces decidió aprovechar la oportunidad: extendió su brazo para agarrar por detrás, someter a su rehén. Pero en ese justo instante recibió de lleno un impacto en la boca de su abdomen que la mandó a volar varios metros, hasta estamparse en una esquina del cruce de pasillos. Aturdida, sin aire, en el suelo y con la espalda recargada en el muro, Paula alzó lentamente la mirada. Entrevió la figura y rostro de aquella jovencita de cabellos azabaches, quien ahora se acercaba a ella. Era difícil descifrar si su sonrisa de oreja a oreja era el reflejo de una mente inocente, o de todo lo contrario.

—¿Quieres jugar con Elisabetta?

CONTINUARÁ…

7 comentarios:

Anónimo dijo...

continuala por favor lo espere 2 meses

Anónimo dijo...

y raku? no llego todavia raku?? conti

Animetrixx dijo...

No, Raku aún no llega. De hecho, aunque no lo aparente, ha pasado muy poco tiempo desde que todo comenzó.

sakura sanchez dijo...

q paso con chitoge? segui escribiendo muy buen fanfic

Animetrixx dijo...

¿Chitoge? está encerrada en su habitación blindada...

Sí, ya lo sé... en mi defensa puedo asegurar que escribí el borrador de esta historia mucho antes que el capítulo ese del manga xD

Touka Ken dijo...

cuando la seguiras la historia. Que no pase tanto tiempo como la ultima ve jeje.. me facina tu fic

Anónimo dijo...

cada vez me dejas mas intrigado. quiero que llegue raku y se encuentre con chitoge ya que hace mucho no se ven ojala haya aclarado sus sentimientos por ella.