No estoy seguro, pero todo parece indicar que este capi va a ser muy largo, ya que hay cinco escenas programadas en total y este adelanto es apenas la primera escena. Así que bueh, igual es tan largo que por poco llega al mínimo de un capítulo, así que puede servir como uno muy breve. Espero lo disfruten y me den tiempo para completar el capítulo.
Si se preguntan por qué ya no he subido más capítulos a Wattpad, necesitó primero editar la tercera parte de la historia antes.
Ahora sí: aquí el adelanto.
En mi mundo.
Capítulo XXIX
(Ten cuidado,
hay alguien detrás de ti.)
—¿Eh? ¿De
veras?
Bambinna detuvo
su paso. El invasor, entonces, extendió su brazo para agarrarle.
No se supo a
ciencia cierta qué fue lo que había pasado; pero una especie de impacto, del cual
se produjo una poderosa onda de choque, mandó a volar al invasor varios metros
de distancia, hasta hacer que se estrellara en uno de los muros en el otro
extremo del cruce de pasillos.
La jovencita
de vestido negro victoriano se acercó a donde había caído el desconocido. En
esta ocasión no necesitó de tanta reflexión para deducir lo que era obvio:
aquel sujeto tenía que ser uno de los invasores. Lo observó de reojo, con
cierta curiosidad. Lo que más le llamó la atención fue su minúscula estatura en
comparación a los demás, sus facciones aniñadas, su cabello blanco como la
nieve, y su uniforme, que era un tanto distinto al de los otros intrusos. Aquel
invasor llevaba puesto una especie de gabardina negra, que le quedaba holgada,
en lugar del típico chaleco táctico.
“¡Ah, pero si
es una chica! —Exclamó Bambinna en sus adentros—. Ya decía yo que su cara era muy
bonita para la de un asesino.”
—Oye, tú: ¿quieres
jugar con Elisabetta? —Le preguntó, con una sonrisa que en el exterior lucía
inocente y pura pero que muy probablemente escondía otra intención.
Aún aturdida,
la muchacha albina se incorporó como pudo. En ese momento, reconoció que si no hubiese
sido por su chaleco blindado, el daño a su cuerpo hubiese sido mucho mayor, posiblemente
hasta letal. “¿De dónde saca toda esa fuerza esa mocosa?” Se preguntó en sus
pensamientos.
—¿Quién
demonios eres tú? —le gritó Paula a la extraña, con la voz medio ronca.
—¡Oye, esa es
mi línea! —contestó la chiquilla. Acto seguido, alzó su muñeca, sujetó su
bracito y señaló con éste a la desconocida—: Tú debes ser uno de los invasores
que se infiltraron a la mansión, ¿no es así? Entonces prepárate porque Elisabetta
y yo acabaremos contigo.
Paula peló
los dientes. —¿P-pero qué has dicho?
(Reconozco a
esta mujer.)
—¿Qué?
—Bambinna se giró hacia su muñeca—. ¿Entonces ya sabes quién es, Elisabetta?
¡Dime, dime!
Paula arqueó
una ceja. Aquella extraña niña ahora cuchicheaba en un idioma que no parecía
ser el italiano, aunque se le parecía un poco. Mientras hablaba sola, miraba en
todo momento a esa enorme muñeca de porcelana que cargaba en su brazo derecho,
a la altura de su pecho, dedicándole toda clase de muecas, la mayoría de
asombro.
—¡Oye, tú!
—Gritó la albina—. ¿Se puede saber con quién estás hablando?
—Ya veo —Bambinna
tomó un semblante más serio, se giró de vuelta hacia Paula y la señaló
desafiantemente con su mano izquierda—, así que tú eres White Fang, sicario de
los Beehive.
Paula se
estremeció.
—¿Qué…? ¿Pero
cómo es que tú…?
—¿No se
supone que ustedes ahora son nuestros aliados? ¿O acaso el Beehive ha decidido
traicionarnos? ¿O no serás tú la traidora que se alió con alguna banda enemiga?
Dime: ¿cuál es tu objetivo tuyo y de tus compinches? ¡Vamos! ¡Habla! Si
confiesas ahora mismo es probable que Elisabetta se apiade de ti y te perdone
la vida. Claro que no te lo garantizo.
Menudo lío en
el que se había metido Paula. Ahora que su identidad había sido expuesta, no
podía permitir que aquella mocosa de ropa ridícula fuera a informar al resto.
Dadas las circunstancias, si se llegaba a descubrir quiénes estaban detrás de
la operación, los involucrados podrían ser tomados como traidores ante el resto
de la organización. Fue un fatal error haberse deshecho de su máscara y su
comunicador. Y fue un error aún más fatal haber subestimado a su enemigo. Pero,
¿quién se lo hubiera siquiera imaginado, que aquella niñata, que ni siquiera
expedía el aura propia de un sicario, podría tratarse de un enemigo? ¿Quién
demonios, entonces, es ella?
—¿Qué te pasa?
—Insistió la pequeña italiana—, ¿te comió la lengua el ratón? O tal vez necesitas
que Elisabetta te dé otro golpe para que se te afloje esa bocaza. ¿Sabes una
cosa? Me sorprende que hayas podido ponerte en pie luego de ese golpe. Tus
queridos amigos quedaron fuera de combate con menos que eso.
—¿Qué
dijiste?
Paula apretó
la mandíbula y emitió gruñidos entre dientes. Cerró los puños y sus brazos tiritaron
en señal de rabia. Aquella mocosa que tenía en frente resultó ser, de alguna
manera y pese a su aspecto, alguien de cuidado. Haberle subestimado por poco le
costaba la vida, por lo que a partir de aquí ya no tendría misericordia alguna.
—Tú… tú… ¡Miserable!
Sacó de su
abrigo su fusil M5 y acometió con todo al enemigo. “¡Cómete ésta!” gritaba la
albina, recién poseída por el espíritu de los dioses de la guerra. Los
casquillos caían y rebotaban en el suelo, uno tras otros; parecían
interminables.
La jovencita,
por su lado, todo lo que hizo fue poner a su muñeca por delante, alzándola con
ambos brazos.
Las balas
rebotaban en el rostro de la muñeca sin hacerle la más mínima abolladura. Un estruendo
metálico se producía con cada impacto. En la zona del cuerpo, las municiones penetraban
en su vestido; siendo la tela, blanca como el papel, poco a poco cercenada por
la lluvia de plomo. No obstante, el ropaje no se llegó a deshilachar por
completo. La niña movía con suma precisión a su peculiar escudo, de un lado para otro, de arriba hacia abajo, interceptando
todos y cada uno de los disparos.
La ráfaga de
balas cesó. Paula permaneció unos segundos más jalando del gatillo, hasta convencerse
de que se había agotado el cartucho. El aire ahora estaba infestado con el tufo
de la pólvora, y una endeble cortina de humo se había formado entre la albina y
la jovencita de vestido negro. Casquillos y restos de balas quedaron desperdigados
a lo largo y ancho de aquel corredor. Cuando el humo se hubo disipado lo
suficiente, Paula miró horrorizada que la mocosa ésa seguía campante, sin
ningún rasguñó.
La pequeña
Bambi sacudió a su muñeca de un tirón. Las innumerables balas que se habían
quedado incrustadas al vestido de Elisabetta cayeron todas al suelo; las puntas
de éstas quedaron tan aplastadas que el largo de la munición se había reducido
a la mitad.
—¿Qué
demonios? —profirió Paula.
Bambi hizo un
ademán presuntuoso y sobreactuado con la mano a la altura de su boca, fingiendo
una risa altanera propia de una señora burguesa ridícula.
—Jo, Jo, Jo.
¿Cómo te quedó el ojo? Vas a necesitar mucho más que eso si lo que quieres es vencer
a Elisabetta. ¡Ella es más dura que el mismísimo acero! Ahora lo verás:
Se inclinó, agarró
uno de los piecitos de su muñeca, que estaba ataviado con un pequeño zapato
blanco, y lo movió para darle un pisotón al suelo. La potencia fue tan
monstruosa que se formó una fisura demoledora que iba levantando todo el suelo a
su paso. Los muebles que se cruzaban con la mortal fisura salían volando al
techo rompiéndose en mil pedazos. Paula, para evadir el ataque, se apresuró a patear
una puerta y saltar al interior de un enorme salón contiguo. Una espesa nube de
polvo se alzó a lo largo y ancho del corredor. Todo lo que había en él, había
quedado destruido.
Paula se tapó
la boca y tosió un par de veces a causa del polvo que se había filtrado por la
entrada. “¿Pero cómo pudo hacer eso? —se preguntó—. ¿No había dicho el
pervertido que se necesitarían de los misiles de un Caza para destruir este sitio?”
—¿Qué te
pareció? —dijo Bambi, cuya silueta ahora se asomaba por la puerta en medio de
la polvareda—. Aunque seas una sicario de renombre, déjame decirte que no tienes
ninguna oportunidad contra Elisabetta.
Entró al
salón, que era una especie de habitación de estar repleta de cuadros
pintorescos, libreros, divanes, figuras de mármol, jarrones exóticos y demás
decoraciones ostentosas.
—Así como la
ves —agregó la jovencita—, Elisabetta solía ser una de las personas de mayor
confianza de nuestro señor Marzio. Y no solo por su gran fuerza, no, no, no…
Elisabetta le ayudó a conquistar toda Sicilia gracias a su gran inteligencia,
que no se compara con la de nadie.
Familia Benedetti.
Antigua agente ultra secreta, asesina, consejera y espía de elite bajo el mandato directo y único del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Quattro.
Especialidad: Tácticas bélicas, infiltración y espionaje.
Antigua agente ultra secreta, asesina, consejera y espía de elite bajo el mandato directo y único del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Quattro.
Especialidad: Tácticas bélicas, infiltración y espionaje.
(Estás
hablando más de la cuenta.)
—¡Pero
Elisabetta! Es para que sepa que no se está enfrentando a cualquier gentuza. De
seguro en estos momentos la tipa esa debe estar muerta de miedo. Vamos a darle
una lección para que nos confiese todo lo que sabe.
Paula arqueó
una ceja. Se incorporó y gritó con fuerza:
—¡Oye!, ¿se
puede saber con quién se supone que estás hablando?
—¿Cómo que
con quién? —Alzó a su muñeca—. Pues con Elisabetta. ¿Qué no la estás viendo?
La quijada y
hombros de la albina se vinieron abajo. Una gota de sudor se visualizó en su
nuca.
—¿PERO QUÉ
ESTUPIDECES ESTÁS DICIENDO? ¡Esa muñeca no es más que un pedazo de basura! ¡No
me quieras tomar el pelo!
—Pe… ¿PEDAZO
DE BASURA? —La cara de la jovencita se puso roja—. Dime: ¿Acaso un ‘pedazo de
basura’ podría hacer esto?
Sujetó ambos
bracitos de Elisabetta y los manipuló de tal manera que éstos levantaron un enorme
sillón, y lo hizo con una facilidad que rozaba lo ridículo. Inmediatamente se
lo arrojó a Paula. La albina a duras penas se alcanzó a agachar. El aparatoso
mueble se estrelló en una de las ventanas; sólo que en lugar de haberse roto
los cristales, fue el propio sillón el que quedó reducido a cascajos.
—¿Pero es que
a ti se te zafó un tornillo? —Gritó Paula—, ¡cualquiera con dos dedos de frente
vería que eres tú la que lo hizo! Esa cosa ni siquiera puede hablar ni se mueve
por sí sola. ¡Qué va a andar ayudando a conquistar regiones ni qué nada!
—¡Pero por
supuesto que ella puede hablar…! lo que pasa es que Elisabetta sólo le gusta hablar
en siciliano. Por eso siempre la acompaño yo para traducirle a la gente
ignorante como tú. ¿Verdad, Elisabetta? —Movió la cabeza de su muñeca de abajo
hacia arriba dos veces—. ¿Lo ves?
—He conocido muchas
personas raras, ¡pero tú estás en otra liga! Tú y esa muñeca horrible son las
cosas más extrañas que he visto en mi vida.
—¡Basta! No
dejaré que le sigas faltando el respeto a Elisabetta. ¡Elisabetta y yo
acabaremos contigo!
Acto seguido,
la joven y su preciada muñeca se lanzaron contra la intrusa. Con una velocidad
sobrehumana, Paula evadió al dueto saltando hacia atrás. El puño de Elisabetta golpeó
una mesa de centro, destruyéndola junto a todos los trastos que había encima. Paula
contraatacó con su escopeta pero ni ésta le podía hacer daño a Elisabetta, que
servía a su vez de protección a Bambinna. Muñeca y niña corrieron hacia donde
Paula, Bambinna sacudiendo la manita de Elisabetta, creando una ráfaga de embates.
Paula se hizo a un lado. Un antiguo cuadro, de metro y medio de largo, terminó hecho
jirones junto a la superficie del muro. “¿Cómo diablos?” pensó la albina al ver
de lo que eran capaces esas manitas de porcelana. Bambinna se giró y volvió a
arremeter. Esta vez, un sillón quedó cercenado de forma similar a una hogaza de
pan. Paula corrió tan rápido como pudo, necesitaba ganar cuanta distancia
pudiese. Elisabetta volvió a dar un pisotón al suelo, generando un temblor en
toda la sala que hizo a Paula perder el equilibrio y caer de sentón.
—¡Ya me
tienes harta! —Paula se incorporó de un brinco y se apresuró a revelar su arma
más potente: un lanzacohetes RPG-7—. ¡CÓMETE ESTA! —Disparó.
A Bambinna
casi se le salieron los ojos del susto. Rápidamente se hizo a un lado; el
cohete pasó a escasos centímetros de ella y su muñeca. La explosión a sus
espaldas generó una onda de choque tan poderosa que la mandó a volar al muro
opuesto. Los muebles, cuadros, alfombras y demás objetos que había en ese lado
del salón, fueron reducidos a poco menos que polvo. Al menos la mitad del
recinto había quedado cubierto por una mancha negra que apestaba a
calcinamiento.
—¡Ay, ay, ay!
—la jovencita italiana se sobó el
trasero. Más enfurecida que nunca, se incorporó y se giró hacia la albina—:
¡Oye, tú! ¿Acaso estás demente? ¿Cómo te atreves a disparar un cohete en un
lugar cerrado? Tú también pudiste haber muerto… Y a todo esto: ¿dónde llevabas
un arma de ese tamaño? ¿Y dices que yo soy la rara? Tú sí que eres rara.
—Lo sabía —Paula
arrojó el lanzacohetes—, ni tu querida Elisabetta podría salir ilesa de algo como
eso, ¿no es cierto? —y luego sacó de su abrigo dos escopetas lanzagranadas
Ultimate M79 de cuatro tiros, empuñando una en cada brazo—. Prepárate, porque
las voy a reducir a ambas a escoria.
Bambinna
infló sus mejillas a tope y frunció el entrecejo. —No creas que has vencido a
Elisabetta —advirtió. Metió su mano por debajo del vestido de su muñeca, por la
parte de la espalda, tal y como se hace con los muñecos de ventrílocuo. Jaló de
algo y los labios de Elisabetta se abrieron en el acto, dejando asomar del
interior de su boca la punta de una especie de tubito metálico. Paula miró esto
extrañada.
—¿Pero qué se
supone que…?
—¡Toma!
Una llamarada
lo suficientemente grande como para envolver a la sicario, emergió de la boca
de la muñeca. Paula, a duras penas, la evadió. Detrás de ella había un diván,
una mesita de cedro y una pintura antigua. Las flamas en un instante redujeron
a cenizas aquellos objetos. El rostro de Paula se puso azul al verlo. “Si me
hubiera dado, no la hubiera contado” pensó con el corazón a una nada de
salírsele.
—¿Lo ves?
—dijo la pequeña Bambi en un tono altanero—. La pelea apenas está comenzando.
¡Prepárate!
—¡Si serás!
El combate se
enfrascó en un ir y venir de disparos, explosiones y fuego abrasador. Cada que
Paula arremetía con sus escopetas lanzagranadas, Bambinna esquivaba las
explosiones y contraatacaba con su lanzallamas. Cada que Elisabetta se acercaba
a atacar con sus manos que lo cortan todo, Paula escapaba y se defendía con sus
granadas antipersonales, gas lacrimógeno y explosivos. Desde las afueras se
veía cómo las ventanas de aquel salón de la cuarta planta se iluminaban con
cada detonación. Era una lástima que no hubiese nadie en los jardines de la
mansión que apreciase tal espectáculo. Pues en todos estaban demasiado ocupados
en su propia querella, en la parte frontal de la propiedad.
2 comentarios:
conti... para cuando va estar el capitulo completo??? ya tenes planeado el final???
estoy tratando de terminar el capítulo en la brevedad posible. Sorry ToT
Así es. Ya tengo el final bien claro junto con todo lo que va a pasar, tengo, de hecho, un resumen de la historia, solo falta irle dando prosa hasta acabar.
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