FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) cap 32









La oscuridad reinaba las afueras de la ciudad. Tan solo la luna y las estrellas, con su tenue y fría luz, se dignaban a alumbrar los vastos senderos y áreas boscosas a las faldas del monte Cuccio. No había casi nada de viento ni ninguna otra fuente de ruido que pudiera turbar la pasividad del ambiente. Bien se podría asegurar que, de no haber sido por los eventos suscitados a los pies de la mansión Benedetti, aquella noche habría estado destinada a ser una particularmente tranquila y ordinaría. Con la excepción —gran excepción— de aquel derrumbe que se acababa de suscitar hace apenas unos minutos en las zonas más altas de la montaña.

Esto y una docena más de pensamientos se paseaban por la mente de un apuesto joven siciliano, quien llevaba ya buen tiempo dedicándose a observar, desde la terraza de una de las dos torres frontales de la mansión, la feroz batalla campal entre los Benedetti y los invasores de familias traidoras.

Lo más seguro es que si Fio lo viese así: holgazaneando, perdiendo el tiempo en vez de ponerse a hacer su trabajo, ahora mismo le estaría gritando toda clase de improperios y reprimendas. Tan sólo imaginárselo bastó para que el apuesto joven se encogiera de hombros y arrugara un poco el entrecejo.

—Maldita sea…

Se llevó a la boca un cigarrillo, uno de esos bastante largos y delgados, con un delicado sabor a menta, y le prendió fuego sirviéndose de un rudimentario fósforo de madera. La calada que le dio fue tan minúscula que cualquiera pensaría que quería hacer durar el cigarrillo de aquí hasta el amanecer.

—Ni hablar…

Se puso a examinar a fondo el fino hilillo blanco que el cigarrillo, cuya boquilla permanecía en todo momento presa de sus delgados labios, desprendía, poniendo especial atención a la dirección exacta que tomaba al deslizarse hacia el cielo y la velocidad y tiempo que tardaba en difuminarse por completo. Cuando hubo tomado suficientes acotaciones mentales, redirigió la mirada de vuelta a donde el patio frontal de la mansión, ahí donde se estaba llevando a cabo un tiroteo casi igual de sangriento que aquellos en los que él, en tiempos pasados, había sido partícipe.

—Y yo que en verdad pensé —murmuró— que ya no iba a ser necesario que interviniese.

Pero ahora que su compañero había sido abatido, no tenía opción.

Si bien aquellos forasteros que se acababan de postrar frente a la entrada de la residencia no lo estaban haciendo del todo mal, un verdadero siciliano jamás dejaría sus asuntos en las manos de terceros —de unos completos desconocidos, de hecho—. Y menos si los susodichos, hace apenas unos segundos le estuvieron disparado a su colega de igual modo que al resto de invitados. Aunque, claro está, su viejo amigo había tenido también parte de la culpa, pues fue él quien les atacó primero ni bien apenas llegaron.

—Si esos sujetos en verdad son del Beehive —dijo en voz baja, con una tonalidad medio aviesa, medio taciturna—, y aún si fuera cierto eso de que ahora son nuestros asociati, no podría ser menos importante para el caso. Desconfiaré de ellos lo mismo que desconfío de los demás bastardos.

Dicho esto, sacó del interior de su gabardina su viejo y queridísimo rifle: un M14 semiautomático que él mismo había reconstruido y modificado un sinfín de veces. Su pasatiempo favorito era desmontarlo pieza por pieza, limpiar y reparar cada una de sus partes, inspeccionarlas meticulosamente y reemplazarlas con otras que él mismo le mandaba a fabricar. Había removido la culata, dándole a la empuñadura una forma más parecida a la de una escopeta recortada para que así le resultase más cómodo asir el fusil con el brazo extendido. También le había montado un cañón muchísimo más largo del habitual, fabricado de una aleación considerablemente más pesada pero a su vez más resistente y duradera.

El rifle, pese a carecer de culata, medía un total de un metro con veintidós centímetros de largo, y pesaba más de ocho kilos.

Y, sin embargo, el acabado del guardamano y la empuñadura —hechos con la más fina madera de nogal— entre otros detalles, hacían a su viejo M14 asemejarse más a una especie de lupara siciliana de colosales dimensiones que a un rifle militar de mediados del siglo pasado.

El joven siciliano se puso a examinar con recelo cada una de las balas que acababa de sacar del bolsillo de su gabardina. Conforme las iba introduciendo al cartucho del rifle, las fue contando: una, dos, tres, cuatro…, hasta llenarlo con la número nueve.

—Carlo, mi amigo —susurraba al viento—, tú nunca quisiste escucharme. Si me hubieras hecho caso, si tan sólo hubieras comprendido el significado de mis palabras, esto quizás no te habría sucedido.

Atrincherado en el vehículo blindado de su tropa, el capodecina a cargo de uno de los tres escuadrones de soldati enviados por la familia Inzerillo ordenaba a sus hombres que bajo ningún motivo fueran a disminuir la intensidad de su ofensiva:

—¡Sigan disparando! ¡Ya sólo es cuestión de tiempo para que…!

Pero antes de que pudiese concluir su oración, su garganta y cuello fueron atravesados. Parte de la mandíbula se desprendió de su rostro en el acto, y sus ropas se bañaron con los borbotones de sangre que fluyeron sin cesar. El infortunado hombre se desplomó ante los incrédulos ojos de sus subordinados.

Uno de ellos se apuró a indicar con un ademán de su brazo que a partir de ahora él estaría a cargo. No obstante, y antes de siquiera poder dar su primera orden, una bala perforó su cráneo llevándose consigo una considerable porción de sesos. El agujero, que le surcaba desde arriba de su frente hasta por debajo de la nuca, tenía cuanto menos la circunferencia de una pelota de golf, por lo que se podía perfectamente mirar a través de él.

—Tú nunca trataste a las balas con el debido respeto que se merecen, Carlo —seguía hablando el joven siciliano en soliloquio—, tú nunca supiste darles el valor que tienen. Sólo porque siempre has tenido a tu disposición cuanta munición querías, te creías en el derecho de desperdiciarlas a tu antojo. —Cuando sentenció esto, él ya había terminado de contar hasta el último agujero en el suelo dejado por la lluvia de balas de la minigun de su amigo—. Y todo por ese tonto afán tuyo de intimidar y jugar con tus enemigos, de demostrarles cuan superior eres. Sabes muy bien que yo jamás he simpatizado con esa manera tuya de hacer las cosas.

La panda de mafiosos profirió toda clase de maldiciones en dialecto siciliano mientras se apresuraban a refugiarse debajo de la furgoneta. No obstante, a uno de ellos le abrieron el pecho de un balazo; después a otro, y a otro, y a otro más. Las balas atravesaban el acero blindado cual mera mantequilla y herían de muerte a su víctima al asestarles siempre en un punto crítico, como si el que les estuviese asesinando supiera con exactitud milimétrica la posición que ellos habían adoptado al momento de esconderse, como si sus ojos pudieran ver a través del acero.

—Pero no te preocupes —agregó—, puedes descansar tranquilo, que a partir de ahora yo me encargaré de esto a mi manera.

Los miembros de la familia Inzerillo estaban cayendo uno a uno. Por primera vez en la noche encararon la posibilidad de que muy probablemente ninguno de ellos iba a regresar de ese lugar con vida.



En mi mundo.
Capítulo XXXII




Si hay algo en esta vida a lo que siempre le he rendido casi el mismo respeto y devoción que a la Familia misma, eso sin lugar a dudas es a las balas.

De pie, mirando hacia el profundo abismo que yacía frente a sus pies con el rabillo de su ojo derecho, manteniendo la postura siempre erguida, con ese porte impasible y estoico por el que era tan bien reconocido tanto dentro como fuera de su Familia, y con el cual parecía iradiar un aura de soberbia y extrema profesionalidad, el joven siciliano asía su rifle tan solo valiéndose de su brazo derecho mientras que con la mano izquierda retiraba el cigarrillo de su boca para tirar las cenizas al vacío. El humo que brotaba de la boca del cañón de su rifle se desvanecía lentamente, en sincronía con el que dejaba escapar de entre sus finos y entristecidos labios.

Desde niño siempre estuve fascinado con la idea de que algo tan diminuto y simple como lo es una bala, tuviera el potencial de arrebatar en cuestión de segundos la vida de cualquier hombre.

Vio las cenizas caer desde el techo de la torre, un viaje de más de sesenta metros, hasta el patio frontal de la mansión; y en el momento justo en que éstas tocaron el suelo, jaló del gatillo. El corazón de un sicario de la familia Inzerillo quedó reducido a una masa amorfa a causa de la onda expansiva generada por el impacto de bala en su chaleco blindado, al que de todos modos perforó con suma facilidad entre su cuello y hombro.

Para que una persona pueda llegar a convertirse en un prominente hombre de negocios, en un brillante médico, en un artista consumado, en un político influyente y poderoso, se requiere de años y años de preparación y formación académica, de una apropiada alimentación tanto física como mental y espiritual, de cultivar con esmero toda clase de relaciones personales, acumular experiencias valiosas, aprender conocimientos útiles, tomar las decisiones acertadas y ser bendecido por un sinfín de convenientes y fructíferas casualidades…

A una distancia como esa, una persona común y corriente hallaría imposible diferenciar las facciones de dos personas caminando juntas, que más le parecería estar viendo a un par de bichos moviéndose entre la tierra.

Pero él era un caso especial. Incluso con la poca luz que la luna y las estrellas le brindaban, era capaz de distinguir cada uno de los poros en los rostros de todos los intrusos, el color de sus ojos, las arrugas y suciedad en sus ropas, las cicatrices y lunares de su piel. Quienes le conocen le decían a menudo, en un plan entre la burla y la admiración, que él había nacido, que él era dueño de los ojos de Dios.

Son incalculables las diligencias necesarias para lograr que ese bebé recién nacido se convierta en un futuro en el extraordinario hombre adulto que yace en lo más profundo de su potencial. En esta vida, el éxito y la gloria son un juego al que todos pueden jugar, pero solo un puñado de entre millones puede aspirar a ganar.

Jaló el gatillo, y el brazo derecho de quien se hallaba al costado de la anterior victima se desprendió del resto de su cuerpo. El miembro mutilado cayó al suelo sin que su mano dejara de sujetar el revolver.

En cambio, para ponerle fin a los futuros negocios del empresario, hacer desaparecer los talentos y habilidades forjadas durante años y años de estudio del médico, borrar de la existencia todas las ideas que aún yacen cautivas dentro de la imaginación del artista, o truncar de golpe la promisoria carrera del prolífico político, tan solo son necesarios unos cuantos gramos de plomo, unos cuantos más de pólvora, apuntar y jalar del gatillo en el momento y lugar correcto.

Jaló del gatillo, y las tripas de otro mafioso se empezaron a desperdigar de su vientre. El desgraciado cayó de rodillas para al final desplomarse en medio de un charco de su propia sangre.

Tan rápido y tan simple como eso. Tan solo mueves el dedo hacia atrás… ¡y BAM! Listo. Ahora el hombre que solía estar vivo ya no es más que un cumulo de carne inerte, tan carente de alma y de vida como las piedrecillas que puedes recoger de una pila de guijarros.

Jaló del gatillo… y nada más pasó. El joven siciliano arqueó una ceja y lo intentó de nuevo. Nada.

—¿Qué? ¿Ya se acabaron? —Le desmontó el cartucho a su M14. Observó su interior. Vacío. Hizo una mueca medio incrédula a la par que se rascaba la nuca—. Qué fastidio. Habría jurado que todavía debían quedar unas dos o tres balas más. En fin…

No importa lo que diga la gente estúpida. Las balas fueron, son y serán hechas con un único propósito: matar. Esa es la verdadera e innegable razón por las que fueron creadas por el hombre.

Metió la mano en otro de los bolsillos de su gabardina. —Bueno, ya probamos las anti blindaje, ahora vamos a probar las explosivas.

Una, dos, tres, cuatro…

Sin embargo, a diferencia de otras armas de asesinato como los cuchillos, las sogas de alambre o inclusive las flechas, las balas son objetos de un solo uso. Una vez que las disparas, éstas ya no pueden volver a utilizarse. Eso significa que una bala tan sólo tiene una, tan solo una oportunidad de cumplir con el propósito para el que fue hecha.

Los miembros de la familia Inzerillo, aunque ya se encontraban más alertas, aún no daban con la ubicación del responsable. El Balcón desde el que estuvieron siendo atacados hace unos momentos estaba vació, al igual que el resto de ventanales, los cuales permanecían cerrados. No imaginaban que su nuevo verdugo se hallaba esta vez a una distancia muchísimo mayor que su predecesor, a más del doble de altura, oculto entre la lobreguez del cielo y los colores opacos de los muros de la torre. Sin embargo, uno de los francotiradores del equipo de Oblivion ya lo había localizado, informando de inmediato a su dirigente.

“No sé por qué —pensó Oblivion al verlo gracias a la cámara de la mira telescópica de uno de sus francotiradores— pero tengo un mal presentimiento. El tipo ése no parece ser tan peligroso como el anterior. Pero… pero…”

Y de pronto, durante una leve fracción de segundo o menos, los ojos de aquel misteriosos sujeto dejaron de mirar hacia el abismo y se giraron hacia donde el francotirador, oculto entre la maleza de la colina a cientos de metros, yacía apuntándole y filmándole, para después fijarlos de vuelta a dónde sus víctimas.

¿Lo había imaginado? ¿O en verdad ese hombre acababa de voltear a verle del mismo modo que él le veía detrás del monitor?

“¡No! En cualquier caso, no es a mí a quien habría visto sino a…”

Una gota de sudor comenzó a deslizarse lentamente por debajo de su pálida sien.

—¡Imposible! —se le escapó en voz alta. Luego se talló los ojos con fuerza, reacomodó sus anteojos y se apresuró a decir—: Creo que debo dejar de ver tanto Netflix y anime de temporada.

Nueve.

Mas ya no hubo tiempo para seguir conversando con sí mismo, pues sin previo aviso, una de las furgonetas que formaban parte de la barricada de los Inzerillo estalló. El chasis salió disparado unos tantos metros de altura, cual corcho de botella de champán al destaparse. Los restos de quienes se atrincheraban detrás del vehículo terminaron completamente calcinados. Al caer, el chasís de la furgoneta por poco y aplasta al grupo de sicarios aledaños de no ser porque éstos se hubieron echado a correr a tiempo.

Una bala que no logra dar en el blanco se convierte en una bala que nunca podrá cumplir con su destino. Su razón de existir se habrá perdido para siempre.

A los pocos segundos el vehículo contiguo explotó de la misma manera. Fue entonces que los Inzerillo que quedaban aún con vida comprendieron que tenían que alejarse lo más pronto posible de la barricada de coches maltrechos por las balas. 

Es por esto que el deber de un tirador es asegurarse que las balas siempre den en su objetivo; a cualquier costo, a cómo dé lugar. No hay excusas. Desperdiciarlas es igual a faltarles el respeto.

Familia Benedetti.
Tirador experto, anteriormente aprendiz y asistente del guardaespaldas personal de Marzio Benedetti, así como sicario de alto rango bajo sus órdenes directas.
Nombre clave: Numerale Due.
Especialidad: Asesinato.

Uno a uno, fueron explotando las furgonetas del convoy de la familia Inzerillo que quedaban. Ya sumaban nueve los coches destruidos, quedando solamente uno intacto —si es que se le puede llamar así a tener los cristales rotos, las llantas destruidas y el chasis tan abollado por los disparos que ya ni se podían abrir las puertas—. Los agentes de las familias atacantes se enfocaron de lleno en encontrar al responsable, hasta que uno de los capodecina de los Santa Maria de Gesu lo consiguió.

—¡Bruto bastardo! —bramó.

Y él y sus compañeros le dispararon lo mejor que les era posible en su situación.

—Lamento decirles —masculló Due mientras veía cómo las balas de sus enemigos pasaban a no menos de medio metro de su posición. Una que otra ni eso conseguían pues rebotaban en los muros de la torre— que a esta distancia, con la escaza luz y por el tipo de armas que portan, les resultará imposible darme.

Hasta que uno de las balas le acertó a su cigarrillo, apagándolo y llevándose consigo más de la mitad del tabaco. El resto del cigarro permaneció en su boca solo que ahora ligeramente torcido.

—¿O quizás no?

Disparó en dirección al tipo que por mera suerte le había pagado su cigarrillo, pero nada pasó. El cartucho estaba vacío otra vez. “Diablos” cuchicheó en lo que se apresuraba a volver a llenar el cartucho. Una, dos, tres, cuatro…

—Qué tan poco acostumbrado tengo que estar a tener que repartir tantos tiros en una misma ocasión —dijo a modo de auto reprimenda— para que me pase esto. Aplastar a las hormigas definitivamente no es trabajo para mí. Ay, Carlo, ¿por qué tenías que ausentarte?

Hana Kirisaki y su equipo no pudieron permanecer indiferentes a esto. La empresaria, con gran desaforo, tomó su celular. “¿Qué demonios está pasando?” gritó entre otras preguntas urgentes.

—No, Madame —Oblivion, desde su habitación, se apresuró a responderle—: le juro que esto no es obra de mis chicos. Aunque suene una locura, esto es obra de un único sujeto que, al parecer, es de los Benedetti. Sí, ya lo sé, a mí también me agarró por sorpresa. Recién acabo de consultar su identidad en mi base de datos. Me temo que, a diferencia de los otros tipos, no hay mucha información suya disponible. —A un lado de las ventanas emergentes con las grabaciones en directo de las cámaras de sus colaboradores había una con la fotografía e información del sujeto en cuestión; el pie de foto en cursivas decía: “Numerale Due”—. Pero por lo que puedo leer aquí el rango de ese monigote es tal que si lo comparamos con un  videojuego él sería el equivalente al subjefe con el que tienes que pelear antes de ir a por el jefe final.

—¿Y qué esperas entonces para deshacerte de él? —le ordenó Hana—. ¿Tienes idea de lo que podría pasar una vez se haya despachado a todos aquí afuera?

—Sí, Madame, ya había pensando en hacerlo. Pero, ¿y si mejor nos esperamos un poco? Digo, para que así se cargue a todos esos palurdos por nosotros.

—¡No, idiota! ¡Con un sujeto así no hay que correr riesgos! Hazlo de una buena vez, ¿entendido?

Oblivion se mordió el labio inferior. La señora esposa del Jefe tenía razón: un tipo así era demasiado peligroso, más peligroso que el primer sujeto, pues ya no quedaba tanto tiempo ni tantos distractores para asegurarse que se mantendría ocupado, y, sin duda su manera de actuar era más eficiente. Una vez que ese bastardo haya acabado con todos los invasores de la afueras de la residencia, lo más probable es que decidiría volver al interior de la mansión a buscar a los intrusos que lograron infiltrarse, es decir: sus hombres. Seishirou, Paula y el resto del equipo se las verían difíciles si tuvieran que lidiar con semejante engendro. Pero, por otro lado, dejarlo deshacerse de la basura para que así no hubiese ningún inconveniente a la hora del escape, era una idea tentadora, muy tentadora.

 Hana colgó furiosa su teléfono móvil y pasó a ordenarles a sus hombres que se dedicaran exclusivamente a proteger la entrada, que no les dispararan a los intrusos a menos que fuese necesario para mantenerlos alejados de la puerta. Facilitarle el trabajo a ese malnacido cargándose a sus presas era contraproducente para sus planes de mantenerlo fuera del alcance del muchacho y sus amigos. De ser necesario incluso, ordenaría a algunos de sus hombres dejar de proteger el portón para atacar y mantener ocupado al bastardo.

Nueve.

La cabeza del hombre que le había apagado el cigarrillo reventó como un globo lleno de pintura roja, ante el asco unánime de su tropa, la cual resultó salpicada de pies a cabeza.

“Las balas de onda expansiva son tan divertidas” pensó Due mientras le prendía fuego a su cigarrillo cortado a la mitad.

Los hombres de Santa Maria de Gesu continuaron atacando a su verdugo.

—Pierda cuidado, jefe —dijo Redhawk, el francotirador que hasta ese momento no le había quitado los ojos de encima al siciliano. En el centro de su mira telescópica reposaba la sien de su objetivo—, todo está bajo control. Tan sólo deme la orden y él será historia.

¿Qué hacer? Oblivion se debatía entre el asesinarlo de una buena vez o aprovecharse de su talento para deshacerse de los estorbos que quedaban. Quizás su única oportunidad estaría mientras él estuviera tan ocupado como ahora. ¿Y si llegaban más refuerzos de los Benedetti a apoyarlo? ¿Y si de pronto decidía que los invasores de afuera ya no significaban un problema y se devolviera a darles caza al equipo de Seishirou? Y hablando de ellos: trató de nuevo de ponerse en contacto con alguien, pero fue en vano. Todavía no volvía la señal y ya a estas alturas era más que obvio que no lo haría. Se preguntaba si al menos ya habían conseguido deshacerse de la barricada de sicarios en estado berseck y llegar a la quinta planta. El tiempo se agotaba. Primera vez en su carrera que asumía el liderato de una misión y casi todo lo que podría haber salido mal, había salido mal.

—¡Vamos! —gritó al techo—, a que no puedes hacer que la cosas se pongan peores, ¿eh? ¡Qué estás esperando, tú, vago de mierda! ¡Te reto!

Y al cabo de unos segundos, su desafío fue aceptado.

Una sombra que se deslizaba entre la penumbra, sorteando árboles, arbustos y rocas con certeros saltos y fintas; una sombra, cuya silueta no daba suficiente tiempo para discernir su identidad, se aproximaba cuesta abajo a la zona del conflicto. Tan silenciosa que aún sin el estruendo del tiroteo es probable que nadie se hubiera percatado a tiempo de su llegada, quizás solo aquel que era conocido por poseer los ojos Dios habría podido de no estar tan concentrado en su trabajo.

La sombra dio un gran salto desde el área arboleada y aterrizó dentro de los jardines frontales de la propiedad. A la velocidad de una ráfaga de aire, se escabulló hacia una de las cuatro aglomeraciones de vehículos que rodeaban la fachada del edificio. Cinco de los hombres de Santa Maria de Gesu recibieron sendas balas en sus espaldas, balas de tan grueso calibre que ni sus chalecos antibalas les salvaron de una muerte instantánea. Otro de ellos alcanzó a gritar de sorpresa antes de que aquella silueta escurridiza se abalanzara sobre él para después girar a su alrededor decenas de veces en menos de un suspiro. El cuerpo de la victima cayó partido en rodajas.

La ametralladora y la boina del muerto habían sido tomadas por aquella silueta —que ya al menos se podía vislumbrar que tenía forma humana—, que luego corrió a conectarle una patada en la cabeza a otro sicario rompiéndole el cráneo, la mandíbula y el cuello. Los hombres de SMG intentaron contraatacar, pero su verdugo, sin dejar de brincar de victima en victima decapitándolos de una patada al cuello a su vez que les hundía una bala en el cerebro a quienes estaban al costado de ésta, esquivaba todos los disparos como si su cuerpo fuese intangible o se moviera más rápido que las mismas balas.

Oblivion al momento de ver esto en el monitor, dejó caer su taza al suelo, rompiéndola en pedazos.
Hana y sus hombres quedaron pasmados. Ellos tampoco daban cabida a lo que veían.

Due, algo desconcertado por lo abrupto que había sido su llegada, dejó de lado su trabajo y miró atento hacia donde se había formado una formidable charca color carmesí.

—Es… es… —balbuceó uno de los Inzerillo, que al ser ellos los más próximos al convoy de los Santa Maria de Gesu, habían presenciado con lujo de detalle la masacre— ¡Imposible! —y señaló a la perpetradora de semejante carnicería: una mujer esbelta y de larga cabellera, cuyo color de pelo era idéntico al de la incontable sangre derramada a su alrededor, se dedicaba a recoger su cabello adentro de la boina que le había arrebatado al cuerpo de una de sus victimas—. ¡Esa mujer acabó ella sola con todo un escuadrón de los Santa Maria de Gesu en un instante!

—Es… —balbuceaban algunos de ellos, la mayoría sicarios experimentados.

¡Sanguigna!

La asesina, con sus fríos ojos verdes, le dio un rápido vistazo a la zona de guerra. Quizás para contar cuantos infelices faltaban por asesinar. Las tres familias y el equipo de Hana le observaron temerosos hasta que por simple instinto de supervivencia los primeros se decantaron a dispararle todos a la vez.

—Vaya —dijo Due—, pero si se trata de Karen. ¿Qué está haciendo aquí afuera? ¿Cuándo fue que se salió?
—Bien, bien —exclamó con pesadumbre un nervioso Oblivion que todavía no paraba de preguntarse el cómo pudo ella haber sobrevivido al derrumbe—, ahora sí que te luciste. Eso me pasa por abrir mi bocota. —Luego se dio una bofetada con cada mano, aspiró hasta llenar sus pulmones y pasó gritar con todas sus fuerzas—: ¡Por al amor de Arceus, no permitan, bajo ningún motivo vayan a dejar que esa mujer entre a la mansión! ¡Que alguien, quien sea, la mate!

—No tienes ni por qué decirlo —masculló Hana Kirisaki antes de escupir su cigarrillo y apuntar con sus dos uzis hacia su nuevo objetivo. Sus hombres le secundaron.

Dos de los tres francotiradores la asediaron; Hana y su equipo, el grupo más numeroso a estas alturas del enfrentamiento, se sumaron a los esfuerzos de las tres familias que quedaban en pie.

Karen corría de un punto a otro, evadiendo la lluvia de balas, refugiándose en los chasises desfigurados, defendiéndose con las pistolas y subfusiles que arrebataba de los cuerpos con los que se cruzaba hasta vaciar la munición; luego tiraba el arma y corría a por otra. Los más cercanos a matarle eran los francotiradores ocultos a cientos de metros del conflicto, pero ella o evadía a tiempo o bloqueaba sus disparos con una patada de su tacón izquierdo.

“¿Qué debo hacer?” se preguntó. Quedarse a luchar con todos esos malnacidos era una pérdida de tiempo; lo que en realidad urgía era detener a los intrusos que se habían infiltrado a los interiores de la residencia. “¿Me olvido de ellos y me abro paso por la entrada?” Miró a donde el vehículo empotrado en la puerta con su pelotón de hombres armados custodiándolo. “No, aunque lo hiciera, si los intrusos llevan bastante ventaja probablemente no podré alcanzarlos a tiempo.” Tenía que encontrar la manera de llegar a su señor antes que ellos. La única alternativa para llegar antes a las plantas superiores sería escalando, pero con todos esos bastardos atacándole no lo lograría. “Tiene que haber algo que pueda hacer”.

Y entonces, miró hacia la cima de las torres frontales. Y en una de ellas vislumbró la figura de un conocido.

“¡Due!”

Rápidamente gesticuló con sus labios una serie de palabras sin emitir ningún sonido.

—Hey, Karen… espera, ¿qué dices? —Due levantó una ceja—, ¿que quieres que te cubra mientras escalas hasta aquí arriba? Oh, vamos, Karen, puedes hacerlo tú sola sin problemas, no necesitas mi ayuda para eso. ¿Qué? —“No me cuestiones, tan solo hazlo” fue lo último que leyó de sus labios antes de que volviera a su faena de correr, esquivar y disparar—. Está bien, está bien. Ya voy.

Alzó su rifle y preparó su mano izquierda para dar una señal a Karen.

—¡No puede ser! —Oblivion no requirió de mucha perspicacia para darse cuenta de lo que el tipo de la gabardina planeaba. Sus ojos casi se salen de sus cuencas. Se levantó desaforado del suelo, agarró con fuera el micrófono de su auricular y gritó a todo pulmón—: ¡Redhawk, hazlo ahora!

El francotirador jaló el gatillo. A una velocidad de más de doscientos metros por segundo, la bala se precipitó hacia la cabeza de Due.

Due abrió mucho los ojos, su rostro se giró levemente hacia la izquierda, apuntó con su rifle un poco por encima de su hombro y disparó; todo esto en menos de una fracción de segundo—. No me molestes.

Ambas balas chocaron de frente, pero la disparada por el siciliano destrozó a la otra y siguió en línea recta hasta llegar al escondite de Redhawk, introducirse en el cañón del fusil de francotirador, atravesarlo y herir gravemente a su portador. La Onda expansiva arruinó la cámara de la mira, por lo que la comunicación con la computadora de Oblivion se cortó.

—No… no puede ser cierto —murmuró el hacker, estupefacto. El aliento casi se le acaba cuando tuvo que decirles a los dos francotiradores que seguían en pie que no intentaran nada, que era inútil, que era mejor no delatar su posición ante semejante monstruo.

—Eso fue por lo que le hiciste a Carlo —dijo el siciliano—. Agradece que no lo hayas matado, porque entonces tú también habrías corrido la misma suerte.

Volteó de nuevo hacia el jardín frontal, y con un ademan de su brazo dio la señal a Karen. Ella comenzó a escalar a base de potentes y acrobáticos saltos por los muros y balcones de la mansión. Sin pensárselo, las familias rivales le dispararon. Karen se las apañaba para esquivar la mayoría de los tiros; no obstante, una bala estuvo a punto de darle en el hombro. Entonces Due la desvió con una de las suyas. Karen escaló al tercer piso, luego el cuarto… otra bala por poco le hería en una pierna, pero Due volvió a proteger a su amiga frenándola con otro disparo. Karen llegó al quinto piso, y tres balas más estuvieron a punto de alcanzarla. Due la volvió a proteger repitiendo el método. Karen llegó a la torre y se puso a correr en vertical por el concreto plano y sin relieves. Ahora estaba más vulnerable pese a la distancia de más de treinta metros al ya no poder seguir saltando en zigzag. Por ello, otras tres balas estuvieron a punto de derribarla, pero nuevamente Due la protegió neutralizándolas con sus propios disparos. Como dato curioso, las balas que Due utilizaba no solo desviaban las del enemigo, sino que seguían su trayecto y terminaban acertando a uno de ellos.

Karen llegó a la orilla de la torre, dio un último salto y aterrizó a salvo en la azotea. Due se acercó a ella. Ahora los dos estaban fuera del alcance de las tres familias.

—Hola, Karen —le saludó—, ¿cómo te va?

Ella le ignoró. Pero luego, mientras caminaba hacia la puerta, sin girarse siquiera hacia donde Due, se detuvo y le dijo:

—Dame un informe rápido de la situación.

—¿Eh? Para serte franco no sé muchos detalles. La última vez que supe algo, los intrusos todavía no llegaban a la cuarta planta. Cinque y Bambi se están haciendo cargo de ellos mientras que Tre y yo fuimos asignados a lidiar con los intrusos de afuera, pero él fue herido hace poco, así que aquí estoy yo terminando el encargo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se te informó de la ubicación de los intrusos?

—No lo sé… unos ¿veinte, treinta minutos?

Karen apretó los puños.

—No hay tiempo que perder. Ven conmigo.

—¿Y qué pasará con los atacantes del patio?

—Déjalos. Son basura, yo misma lo confirmé. Hay que darle prioridad a quienes ya están infiltrados y no permitir que lleguen hasta donde nuestro señor y la señorita Kirisaki. Si por casualidad estas basuras lograran entrar también, nos desharemos de ellas luego.

—Oh, vamos —le dijo Due con una pequeña mueca mordaz—, tómatelo con calma, Karen. De seguro Quattro ya debió haberse hecho cargo de todos ellos.

—No estés tan seguro de eso.

Una ráfaga de viento sacudió el cabello de ambos.

—¿A qué te refieres? Y, a todo esto: ¿Se puede saber qué diantres estabas haciendo afuera de la mansión en un momento como éste?

—Mi Señor me encomendó salir del área de bloqueo de señal para pedir refuerzos. Entonces fui emboscada por uno de ellos. Esa desgraciada me hizo perder más tiempo del que hubiera deseado —dijo Karen, con furia. Due, al escuchar esto, levantó levemente una ceja—. Ahora mismo no sé si los hombres de Gio podrán llegar a tiempo; a ellos también les tendieron una trampa. Y tampoco podemos fiarnos de los regimes a cargo de los señores Benedetti. Ellos en parte también han orquestado todo esto.

Due abrió mucho los ojos para inmediatamente cerrarlos y soltar una risa nasal.

—Si uno o varios de los invasores —agregó Karen— resultara ser aunque fuera una fracción de fuerte que la persona con la que me topé allá afuera, entonces Quattro no podrá hacerse cargo ella sola.

—Cinque se encuentra dirigiendo las defensas de la mansíon.

—No, no es suficiente. Debó ir a dónde mi señor.

Due se giró de vuelta a la orilla de torre. Desde esa zona de la azotea ya no podía mirar lo que estaba pasando allá abajo, pero sí que se escuchaba el tiroteo que para nada había menguado su intensidad.

—¿Quién lo diría? Las cosas al final se pusieron más movidas de lo que había previsto. ¿No es divertido? Todo ese caos me transporta a los viejos tiempos, me pone hasta nostálgico. Apuesto a que nuestro maestro estaría muy satisfecho de ver toda esta acción. ¿No lo crees, Karen?

Volteó de regreso, buscando la respuesta de su compañera, y por fin se dio cuenta que ella ya no estaba.

—¡karen! ¡No me dejes hablando solo como si fuera un estúpido! —suspiró—. En fin, tú ganas. Pero no creas que voy a ponerme a correr ni nada. Caminaré. ¿Te quedó claro?

Tiró y aplastó lo quedaba de su cigarrillo y se dispuso a entrar a la mansión. Pero antes, notó que en el piso había una sucesión de gotas de sangre justo donde Karen había pasado. ¿Sería acaso la sangre de sus victimas que acaba de matar hace unos momentos?

“No, toda esa se le debió de haber caído o secado cuando se puso a correr para llegar hasta acá. ¿Qué demonios pasó? ¡Por Dios! No me quiero ni imaginar…”

Recordó lo del derrumbe de hace unos minutos, y no tardó en vincularlo con la pequeña anécdota de su amiga. Sus labios quedaron abiertos unos instantes antes de volver a su acostumbrado estoicismo.

—Sí, definitivamente estaría muy contento.


CONTINUARÁ…

FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) Cap 31



—Ya veo…

A Maximiliano Benedetti se le cerraron de la impresión los ojos. Tras uno o dos segundos de dubitación, terminó exhalando un recatado suspiró, luego se frotó la sien con la yema de los dedos y, por último, frunció delicadamente el entrecejo—. Así que se trataba de ellos —añadió—. Debí haberlo sospechado desde un inicio.

No le cupo la menor duda: el buen juicio y la habilidad de Cinque para tomar decisiones acertadas en los momentos más apremiantes, estaban a otro nivel. Cualquier otro en sus zapatos le hubiera dado prioridad a la pelea con los intrusos; ella, en cambio, tuvo la certeza de ir a comunicarle cuanto antes esta valiosísima información. 

—Lo sabía. ¡Entonces usted sabe quiénes son esos malnacidos! —exclamó la epicúrea siciliana. Sus ansias por descubrir la identidad e intenciones del enemigo recorrían sus venas, y eso se hacía evidente en el fulgurante brillo de sus ojos púrpuras—. Por favor, dígame, ¿quiénes son ellos? ¿Por qué nos están atacando? ¿Qué es lo que pretenden? Por favor, dígamelo.

—Tranquilízate —le ordenó el hijo de Marzio, con una absoluta e inquebrantable calma—. No tengo tiempo para darte todos los detalles, así que confórmate con esto: ellos son un grupo de acérrimos rivales jurados a muerte del Beehive, y han venido hasta aquí con el único propósito de hacerle daño a mi amada Chitoge.

—¿En serio? —Cinque abrió mucho los ojos—. Pero… ¿está usted seguro?

—Por supuesto. La descripción que me acabas de proporcionar cuadra perfectamente con su perfil. Les conozco muy bien…, fue durante mi estadía en Japón que tuve la desdicha de conocerlos. El grupo en su mayoría está formado por sicarios desertores y uno que otro sobreviviente resentido de organizaciones criminales que fueron abatidas por el Beehive. Ya desde mucho tiempo atrás, esos infelices han estado buscando la manera de secuestrar a mi amada para extorsionar a Adelt. Es por eso que no me sorprende en lo más mínimo que esos bastardos hayan llegado al extremo de seguirla hasta nuestro país. Pero no importa, pase lo que pase no voy a permitir que le pongan las manos encima a mi amada. Ahora que ya sé quienes son y qué es lo que buscan, puedo estar casi al cien por ciento seguro de que ellos no están confabulados con los atacantes de afuera. Pero aún así deberemos actuar con prudencia. Fiorella… no, Cinque —corrigió luego de menear la cabeza de un lado a otro—, quiero que seas tú quien se encargue personalmente de detener a esos malnacidos cuanto antes. No hay necesidad de tomar prisioneros ni de interrogarlos; al contrario, en cuanto los encuentres deberás matarlos a todos y deshacerte de sus cuerpos sin dejar el más mínimo rastro. ¿Ha quedado claro?

—Pero, señor, ¿por qué usted quiere que…?

—Es bastante probable —le interrumpió— que parte de su plan consista en responsabilizarme a mí de sus terribles actos, en manchar mi reputación, y que mi negligencia sea, ante los ojos del Beehive y en especial de Adelt, culpable de lo que le llegara a suceder a mi amada Chitoge. Es por eso que, aunque los hayamos detenido, no puedo darme el lujo de permitir que alguien más se llegue a enterar de esto.

—¿A qué se refiere?

—Piénsalo bien. Yo, en el momento en que pedí la mano de su hija, le prometí a Adelt con mi propia vida que la vida de su preciada hija siempre estaría segura a mi lado. ¿Qué pensaría él de mí si de pronto llegase a sus oídos que hubo un atentado en contra de la integridad de Chitoge ni bien apenas a un día de nuestra boda, y que, por si fuera poco, los perpetradores fueron capaces de violar nuestra seguridad a estos extremos? ¿Lo entiendes ahora, Cinque? Por ningún motivo puedo permitir que se dé a conocer ni la identidad ni mucho menos las intenciones de los invasores. Sonará un tanto descabellado, lo sé, pero tengo que reconocer que fue un tremendo golpe de suerte que al mismo tiempo, miembros de otras familias de Palermo nos hayan venido a visitar esta misma noche. Vamos a usarlos a ellos como pantalla. Todo lo que tendremos que hacer será detener a los extranjeros, borrar cualquier rastro de su identidad y responsabilizar en su totalidad de este atentado a los bastardos de las familias traidoras. ¿Te ha quedado claro ahora, Cinque? Ve, busca y aduéñate de sus cadáveres, mata a cualesquiera que ya hayan sido tomados como prisioneros antes de que sean interrogados y revelen información de más, y deshazte de los que todavía quedan vivos antes de que alguien aparte de ti o de mí los identifique. Para el amanecer, no debe quedar ni un solo gramo de sus cuerpos, sus ropas, sus armas ni ningún otro vestigio de su existencia. Es una orden.

Cinque sudó frio, sus pupilas se dilataron y sus puños involuntariamente temblaron de manera arrítmica. Por un levísimo instante creyó haber visto, sobrepuesto en el rostro aún tierno y por madurar de aquel insolente jovenzuelo, el rostro seco, curtido y experimentado de su señor Marzio. Aquella misma expresión decidida, déspota, orgullosa y que parecía valorar a la vida ajena como quien valora a una herramienta o a una ficha más de su tablero de juegos. La imagen se esfumó en un parpadeo y entonces apreció que esa mirada que ella tanto había admirado y respetado ahora le pertenecía a los ojos brillantes y lozanos de aquel que era su único descendiente.

—Sí…, mi señor —le susurró en queda respuesta.

Maximiliano se dio la media vuelta y caminó hacia la puerta que se hallaba hasta el otro extremo del salón.

—Ahora que ya sé cuales son sus intenciones lo mejor será que vaya a custodiar personalmente la habitación de mi amada. Asegúrate también que aquellos que ya han interactuado con los intrusos no vayan a revelar ni una sola palabra a los demás. Mientras menos gente se entere de la identidad de esos bastardos, mejor será. Tienes mi permiso para silenciar a quienes consideres sea necesario para asegurar el secreto. Haz bien tu trabajo, y te aseguro que serás adecuadamente recompensada por tu esfuerzo.

—¡Ah, por cierto! —gritó Cinque, un tanto vacilante.

Maximiliano detuvo su paso y se giró de vuelta.

—¿Qué ocurre, Cinque?

—No… no es nada. —Se encogió de hombros—. Me pondré en marcha.

—Te lo encargo.

Y el joven capo, sin más, se retiró.

 Instantes más tarde, Cinque se marchaba del salón a toda velocidad. Los sicarios que aguardaban por ella afuera del salón, se le unieron y corrieron juntos rumbo a las escaleras que llevan a la cuarta planta de la residencia.

Por su parte, Maximiliano Benedetti, una vez se supo solo, corrió a golpear uno de los muros del pasillo. Los enormes y viejos cuadros, cuyos rostros de gente seria y siniestra parecían mirarle con oprobio, se estremecían con cada uno de sus puñetazos.

—¡Maldita sea! ¡Cómo te atreviste, Adelt! —bramó completamente segado por la frustración y la ira—. ¡Cómo te atreviste a traicionarme justo ahora!

‘Una mujer joven de nacionalidad japonesa, de cabello negro y corto.’ ‘Una norteamericana de cabello blanco, aún más joven que la japonesa.’ Ambas poseedoras de una gran habilidad pese a su corta edad.

Era más que obvio.

Esas dos debían ser las mismas dos sicarios del Beehive que conoció durante su estadía en Japón. Las mismas dos que se hacían pasar por simples estudiantes del colegio al que Chitoge asistía mientras fungían como sus guardaespaldas personales. Las mismas dos sicarios que lo encararon a él y a Karen el día que decidió ir al colegio de Chitoge a proponerle matrimonio.

Y el que esas dos sicarios formaran parte del grupo de invasores sólo podía significar una cosa.

“Adelt, bastardo… si alguien se llega a dar cuenta de que eres tú el que está detrás de todo esto, todo mi plan se vendrá abajo. Descubrirían que tú en realidad no estás de mi lado, y entonces todos esos imbéciles irán por mi cabeza. No puedo permitir que nadie se entere de esto, no hasta haberme ganado por completo el respeto y obediencia absoluta de toda mi familia y de las demás familias de Sicilia.”

—¡Maldición! ¡No te lo perdonaré, Adelt! ¡Vas a pagarme por esto!

Los azotes al muro continuaron hasta llenarle los nudillos de micro fracturas. 

“Tranquilízate —pensó—. Mientras Chitoge esté conmigo, tengo a Adelt comiendo de la palma de mi mano. No tiene ningún sentido que él esté haciendo esto cuando él bien sabe que Chitoge no se lo perdonaría. Y qué tal si… ¿y que tal si esas dos en realidad están actuando por cuenta propia? Pero, y si fuera así ¿quién es entonces el verdadero orquestador de esto?”

—¡No, no, no! —exclamó para sí mismo—. ¡Eso no importa! Aún si fuera así, esas dos no dejan de ser miembros de la organización de Adelt.

Aunque ellas mismas lo negasen, cualquiera que se precie de tener más de dos neuronas en su cabeza sospecharía que fue el Beehive quien que las envió en secreto y con instrucciones de negarlo en caso de ser capturadas.

—Pase lo que pase —dijo ahora más relajado— debo mantener convencido a todo el mundo que el Beehive es mi aliado. El más mínimo rumor que ponga esto en duda podría incitarlos a revelarse contra mí.

Una vez pudo recobrar por completo la compostura, reacomodó su corbata, alineó su saco y peinó los mechones alborotados de su pelo con los dedos.

 “Karen, ya te tardaste. ¿Te ha pasado algo? Por favor, ven pronto. Ya no nos queda tiempo.”
 
Y continuó su andar. La noche era aún larga; y lo que le deparaba el destino, demasiado incierto hasta para alguien de su calaña.


En mi mundo.
Capítulo XXXI



Hana se refugió detrás del coche y se apresuró a contestar el celular.

—Tienes cinco segundos para explicarme quién eres tú y cómo es que hiciste esto.

“Tranquilícese, Madame —respondió la insufrible voz—. Ya sé que hice muy mal en hackear sus teléfonos, pero no tenía alternativa. Ya sabe, el ruido de las balas es demasiado fuerte, por lo que un solo altavoz no habría sido suficiente para hacerme notar. No debe temerme, pues soy un trabajador leal de su señor esposo. Todos en la —llamémosla así— ‘compañía’ de su marido, me conocen bajo el sobrenombre de Oblivion. Y en estos momentos se podría decir que soy yo quien está a cargo de este pequeño encargo. A juzgar por su presencia en este lugar, y viendo a la pequeña rata de alcantarilla que le acompaña, deduzco que usted ya debe estar más o menos informada de la situación, ¿o me equivoco?”

—¿Qué has dicho? —la empresaria se giró hacia Raku. Ella y el joven se dijeron con la mirada todo lo que había que decirse.

Oblivion, sentado frente al monitor que le alumbraba con su parpadeante luz su rostro pálido, dejó escapar, luego de haberle dado un sorbito a su café, una maquiavélica sonrisa. Sujetó el micrófono de sus audífonos, acercándolo lo más que pudo a sus labios, y dijo:

“Ahora no es momento para ponerse a chalar, así que voy a ser lo más breve posible. Si no es mucha molestia, Madame, me gustaría que ustedes y sus colaboradores me echen una mano en este asunto. Le prometo que si siguen mis instrucciones al pie de la letra, esta misma noche tendrá a su hija sana y salva descansando en su regazo. ¿Qué me dice?”

—Déjate de estupideces y di qué quieres.

“Muy bien, Madame, preste atención. Antes que nada, lo primero que hay que hacer es deshacerse del remedo de Allen O’neil, que es el que está siendo el más problemático en estos momentos. Hace unos pocos minutos eché a andar un plan para quitárnoslo de encima. Mientras llega el momento, necesito que sus hombres lo dejen en paz y se dediquen únicamente a acabar con los tipejos que bloquean la entrada a la mansión. Después…”

Raku observó embobado a Hana. “Acaso… ¿acaso ese era Oblivion? —pensó—. ¿De qué estará hablando con Hana-san? Tsugumi, Migisuke-san y Paula-chan, ¿en dónde se encuentran?”

Con lo caótico de la situación, no fue sino hasta ese instante que tuvo tiempo de sentir preocupación por sus amigos. El vehículo empotrado en la entrada de la mansión anunciaba que ellos habían logrado entrar como lo estipulaban los planes de Oblivion; pero si las cosas se habían puesto igual o más movidas que aquí afuera, si el interior estaba lleno de tipos como el loco del balcón… “No, por favor. Manténgase a salvo” suplicó Raku apretando los dientes y cerrando los ojos.

Hana guardo su móvil cerca de su pecho, de modo que pudiera retomarlo con facilidad, y ordenó enérgica a sus hombres que dejaran en paz al loco del balcón y en su lugar atacaran con todo a los mafiosos que bloqueaban la entrada a la residencia. Tanto sus guardaespaldas como los sicarios del Beehive obedecieron sin cuestionar y dispararon con todo su arsenal a los Benedetti. Tre, un poco confuso, hostigó con sus AK47 a los intrusos extranjeros, pero estos ya no le hicieron caso. Mejor tuvo que enfocarse en las familias restantes, quienes sí continuaban disparándole.

Mientras tanto, tres sujetos se abrían paso a toda velocidad a través de los laberínticos corredores de la mansión. Ninguno de ellos podía dar crédito a la noticia que Oblivion les acababa de dar hace apenas un par de minutos.

—Ya era hora de que por fin te aparecieras, jovencito estúpido —masculló Paula con una media sonrisa altanera.

“Aniki, ¡Qué bueno que te encuentras bien!” pensaba Migisuke, muy entusiasmado.

—Ichijou… —Pero la que corría con más frenesí, tanto así que pese a ser la más alejada del punto de reunión, sería la primera en llegar, era sin lugar a dudas Tsugumi—, ¡Raku Ichijou!

“Gracias a sus esfuerzos, por fin terminé de reconstruir los planos de la cuarta planta de esta casona. Sigan mis instrucciones, necesito que vayan y se encarguen de un mequetrefe. ¿Para qué? Pues verán, acabamos de recibir una visita bastante interesante y quiero que ustedes vayan a recibirlo…”

“Estás a salvo. Yo sabía en lo más profundo de mi corazón que estabas a salvo, Raku Ichijou.”

Tres mafiosos le bloquearon el paso pero ella se los despachó en menos de un segundo y sin necesidad de gastar munición. Un salto, un par de patadas en un punto específico de sus cuerpos, y los hombres cayeron rendidos ante el descomunal poder de uno de los elementos más temibles y eficientes de todo el Beehive.

“Señorita Chitoge, Raku Ichijou. Sólo esperen un poco más. Yo me encargaré de todo.”

Cuando llegó al último pasillo señalado, vio a sus dos compañeros en el otro extremo aproximándose. Una simple señal con el brazo bastó para ponerse de acuerdo entre los tres. Migisuke, Paula y Tsugumi se colocaron frente a la gran puerta de madera ornamentada, y tras un instante de preparación, la patearon al mismo tiempo.

Al fondo de la sala, en las afueras de uno de los balcones, se alzaba la silueta de su objetivo. El mafioso, corpulento y tan alto que no debía medir menos de un metro con noventa centímetros, se reía a carcajadas como un psicópata mientras disparaba hacía los jardines con sus dos fusiles de asalto; tan extasiado que al parecer no se había dado cuenta de su llegada. Para estar más seguros, se acercaron con sigilo antes de dispararle. Debían, además, aguardar a la señal de Oblivion.

“¡Ahora!”

Pero como si aquel sujeto fuese poseedor de alguna clase de sexto sentido, justo en el momento oportuno y sin siquiera tener que girarse hacia atrás, brincó hacia lo alto. Los disparos del trío salieron por el ventanal, dándole a la nada.

En el acto, decenas de ametralladoras automáticas se desplegaron en todas las paredes del salón. Éstas apuntaron hacia los invasores y comenzaron a dispararles una ráfaga de balas de grueso calibre. Paula, Migisuke y Tsugumi no tuvieron ni tiempo para protestar; se barrieron por el suelo en direcciones distintas a refugiarse en los muebles, con las miras laser de los dispositivos pisándoles los talones.

—Imbéciles —se jactó Tre mientras yacía afuera colgado de los muros y sostenía en su mano izquierda una especie de control remoto—. ¿En verdad creyeron que no me había dado cuenta de su presencia? ¿Por qué clase de imbécil me toman?

“Madame, ¡Ahora!”

Hana dio la señal a sus hombres. Ellos pasaron a disparar todos juntos al maniático del balcón. Éste, al estar ahora colgado de los muros por arriba del balcón, ya no iba a poder resguardarse en el interior del salón como lo había estado haciendo. Estaba acorralado.

Tre chisteó con la lengua. Sabiendo que bajar de vuelta al balcón no sería una opción —era más que obvio que sus enemigos estaban esperando a que lo intentase para disparar a ese sitio con anticipo—, se apresuró a saltar hacia un costado. Las balas rebotaron por los muros blindados pero ninguna de ellas logró impactarle. Aterrizó con éxito en uno de los balcones de la tercera planta; sin embargo, había un problema: todas las ventanas de la residencia estaban blindadas y era prácticamente imposible abrirlas desde afuera. Él lo sabía mejor que nadie, pues estuvo involucrado en la implementación de la seguridad de la mansión. Su única opción era seguir brincando de balcón en balcón, de piso en piso, hasta llegar a tierra firme y correr a refugiarse. Arrojó las últimas dos granadas que le quedaban y saltó de vuelta, a uno de los balcones de la segunda planta, al más alejado posible para así disminuir sus posibilidades de acierto a sus atacantes.

Mas los hombres de Hana y los sicarios de Adelt no eran tontos. Ellos ya habían comprendido sus intenciones y se organizaron para anticiparse a sus movimientos. Cuando Tre dio el último salto que lo llevaría al seguro suelo, fue alcanzado por una bala, que perforó el chaleco antibalas e incrustó en su pulmón derecho. El mafioso cayó de cabeza dentro de unos arbustos cercanos a la esquina izquierda de la mansión.

Y su silueta ya no se volvió a ver durante el resto de acontecimientos suscitados esa noche.

La figura de un hombre que hasta ese momento sólo se había dedicado a observar la batalla desde la parte más alta de una de las cuatro torres de la mansión, disparó el humo de su cigarrillo y arqueó una ceja.

—Qué interesante —dijo mientras sus ojos se posaban en las colinas—… Aquella bala no vino de ninguno de ellos, vino de más lejos.

—¡Oblivion! —gritó Tsugumi, de rodillas y junto a sus dos compañeros. El salón en el que se encontraban había quedado hecho ruinas, con trozos chamuscados de muebles y cuadros por todo el piso—. Ya destruimos todas las trampas. El lugar está asegurado.

—Perfecto. —el hacker le dio un mordisco a su rebanada de pizza recalentada. Entre masticadas, pasó a dar la última señal a Hana:

“Madame, háganlo ahora.”

—Entendido. —Hana bajó el celular y se giró hacia a Raku—. Alex, tu turno.

—¿Alex? —Raku, al ver la expresión de Hana, tuvo un mal presentimiento—. ¿Quién es Alex?

Y entonces, la respuesta a su interrogante se acercó a él. Un hombre de al menos dos metros de estatura y tan corpulento como un oso grizzli, se hizo visible a las espaladas del chico. Tenía una cara de pocos amigos que sólo mirarlo a los ojos haría orinar los pantalones a al más rudo de los hombres, y muy cerca estuvo Raku de hacerlo. “¿De dónde salió este sujeto? No recuerdo haberlo visto antes.”

El robusto hombre lo agarró por el cuello de la playera y lo levantó con una sola mano. Luego comenzó a girar su brazo a gran velocidad, para que su lanzamiento tomase el mayor impulso posible. Raku entró en estado de pánico, con los ojos en forma de espirales y unas terribles nauseas.

—¡No! ¡No! ¡Suéltame! —chilló.

—Muchacho —le dijo Hana—, prepárate. Y pase lo que pase, no vayas a morir. ¿Entendido?

—¡¿Qué?! ¡Hana-san! ¡Para! ¡Para!

Y Alex lo arrojó hacia los cielos, contra los muros de la mansión.

—¡Nooooooooo!

Raku agitaba en el aire los brazos y piernas, sin parar de chillar como una chica. Los Benedetti y mafiosos rivales, al verlo, le dispararon. Decenas de balas de todos los calibres pasaron a escasos centímetros de sus pellejos.

Fue un vuelo que aunque duró apenas unos segundos, a él le parecieron una eternidad de los mil infiernos. Vio su vida entera desfilar frente a sus ojos.

Pero pese a todo pronóstico, la bala humana consiguió dar en el blanco. Raku cayó sano y salvo adentro del balcón que aquel mafioso psicópata había dejado abierto y desprotegido.

El plan de Oblivion había dado resultado, ya sólo quedaba algo más por hacer:

Hana y sus colaboradores aprovecharon la pequeña distracción para acabar con los mafiosos que aún quedaban protegiendo la entrada a la mansión, y sin darles tiempo a las otras familias de aprovecharse de esto, corrieron a resguardarla ellos mismos.

—Ya lo saben, chicos —Hana escupió su cigarrillo consumido y, sin dejar de empuñar sus dos uzis, se llevó uno nuevo a la boca y le prendió fuego—, bajo ninguna circunstancia debemos permitir que alguien más entre a la mansión. No mientras ellos estén dentro.

—¡Sí, Madame! —gritaron gangsters y guardaespaldas al unísono.

Y el feroz tiroteo continuó. Ahora la contienda era entre los sicarios del Beehive, Hana y sus guardaespaldas contra los mafiosos de las cuatro familias sicilianas que quedaban en pie.

El apuesto hombre de cabello largo, que lo veía todo desde el balcón de la cima de la torre, sonrió con amargura.

—No hay remedio. Voy a tener que intervenir.

Raku cayó estrepitosamente en el centro de una habitación que apestaba a pólvora y hollín, bocabajo, encajándose algunos trozos de mueblaje destruido en el abdomen, pecho y antebrazos. Bastante dolor sintió, pero estuvo agradecido de sentirlo pues tal sufrimiento era la prueba irrefutable de que él aún estaba vivo. Reunió lo que le quedaba de fuerzas para intentar incorporarse.

Y al alzar la mirada, lo primero que vio fue una mano que se ofrecía gentilmente a ayudarle. Grata sorpresa se llevó al ver de quién era esa mano.

Tsugumi, con una sonrisa de labios cerrados y sus hermosos ojos brillándole a tope, yacía inclinada hacia él. Ella y Migisuke se acababan de quitar sus máscaras antigás para recibirlo apropiadamente. Paula también se encontraba presente, cruzada de brazos y mirando hacia otro lado, intentando aparentar una indiferencia que era obvio no tenía.

—Bienvenido —le dijo Tsugumi, con la voz más dulce y cargada de ternura que alguna vez Raku le haya oído.

—Ya… ya estoy de vuelta… —le balbució en respuesta. Sin saber qué más decir, agarró su mano.
Tsugumi levantándolo enérgicamente hacia ella le plantó un abrazo. Raku se ruborizó ante tan inusual conducta de su parte.

—Raku Ichijou… Yo… yo estuve… tan preocupada por ti.

—Tsugumi… yo… lo siento mucho. Sé que no debí hacerlo. Pero…

Ella le silenció colocando la palma de su mano sobre sus labios.

—Está bien, Raku Ichijou. No estoy molesta. Estoy feliz de ver que te encuentras bien.

Aniki —Migisuke, pese a su faceta como el más adulto del grupo, estaba que moqueaba y con los ojos a punto de estallar en lágrimas.

—Ya era hora, bobo —dijo Paula—. ¿Se puede saber dónde estuviste todo este tiempo? Comenzaba a creer que te habías acobardado y te fuiste de regreso a Japón con la cola entre las patas.

—Chicos, yo… —Raku bajó los ojos—. Yo… lo lamento mucho. En verdad. Sé que lo hice no tiene ninguna justificación, pero…

“Hey, hey, hey. —Se escuchó la voz de Oblivion—. Lamento tener que interrumpir su afectuosa reunión, pero estamos a mitad de una misión, ¿lo recuerdan? Antes que nada, me gustaría hablar con el chico, así que, ¿quién de ustedes se ofrece a prestarle su comunicador?”

—Yo lo haré. —Paula se sacó el pequeño audífono de su oído y se lo insertó a Raku por la fuerza, con tal brusquedad que lo hizo gritar ‘auch’ del dolor—. Con tal de ya no tener que seguir escuchándote.

“¿Aló? ¿Me escuchas, pedazo de basura?”

Raku se puso tenso—. ¿Eh? O… ¿Oblivion?

“Dejemos a un lado las cordialidades hipócritas y los falsos modales. Vamos a ser honestos. Escúchame bien, sabandija: te detesto. No estoy para nada contento de volver a ver tu pestilente cara, y si por mí fuera, hubiera preferido que ahora mismo fueras un montón de jabón o comida de peces. No pienso perdonarte por lo que hiciste así te me hincaras de rodillas, ni voy a pasar por alto ninguna de tus acciones. Juro que cuando te tenga en frente voy a hacer que me las pagues todas.”

Raku pegó un respingo.

“Sin embargo, tengo que reconocer que últimamente las cosas no han estado saliendo como las había planeado. La situación se me ha salido de las manos, y tú, de alguna manera u otra, te las has ingeniado para traer refuerzos. Y ya que a mí no me gusta deberles favores a los demás, voy a tener que tragarme mi orgullo por esta vez. No quiero extenderme más de la cuenta ni caer en cursilerías bobas, así que sólo te diré que:

“Espero que te hayas comido todos tus champiñones antes de venir hasta aquí, mozalbete, porque tu princesa no te va a estar esperando en otro castillo.”

Ante esta última frase, la expresión medio agria de Raku fue suplantada por una sonrisa entusiasta y llena de determinación.

—¡Sí! ¡Vamos a por Chitoge!
 
“El resto del equipo ya se encuentra en las escaleras que conducen al quinto piso. Dense prisa y alcáncelos.”

Raku, Paula, Migisuke y Tsugumi asintieron. Con un renovado espíritu, los cuatro se dispusieron a terminar de una vez por todas lo que habían comenzado.

“Chitoge, espera un poco más. Pronto estaremos contigo” pensó Raku.

“Señorita. Ahora ya nada podrá evitar que cumpla con mi promesa” pensó una Tsugumi rebosante de determinación.

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Dos, tres, cuatro…, cinco impactos y fue todo lo que pudo resistir su ya de por sí bastante abollado sable Dao. El frío metal de la hoja se partió en decenas de pedacitos, cual si de cristal se tratase, ante los atónicos ojos negros y vacíos de su portadora. El talón de su contrincante no se detuvo ahí y siguió su trayecto hasta casi rozarle el cuello; poco faltó para que su cabeza terminara cercenada y rodando colina abajo. Con cada envite de su oponente, Ie se veía obligada a retroceder una cada vez mayor distancia con el mero fin de no terminar muerta. El sudor que ya empapaba considerablemente su rostro, su aliento quemante, el dolor muscular en cada una de sus extremidades, eran claros indicios de lo cerca que estaba de llegar al límite. A pesar de ser una gran maestra de las artes marciales chinas y el control del Ki, la superioridad física de su rival abría una brecha de poder que parecían imposible de franquear. Por primera vez en su vida, fue testigo de cómo la pasión y el poder bruto se sobreponían a la templanza y a la fuerza del espíritu.

Si tan solo su cuerpo no fuera así de pequeño, si por lo menos contase con una estatura y un peso dentro de lo normal…, quizás el resultado de esta pelea habría sido muy distinto. Técnica, armamento, conocimiento y tácticas de combate no le hacían en falta. Pero no se podía decir lo mismo de su condición física, la cual nunca —y repito, nunca—, hasta esa noche, le había significado una desventaja o un impedimento a la hora de aplastar a sus enemigos.

Pero el hubiera no existe, y ella lo sabía mejor que nadie.

Ganar ya no iba a ser una opción.

No obstante, darse por vencida tampoco.

Pues ella era la única presente capaz de contener a semejante monstruo, que parecía salido de las más aterradoras pesadillas de un demonio. De no hacerlo, las personas a las que vino a proteger correrían serio peligro. Tenía que aguantar un poco más de tiempo, el suficiente para que ellos pudiesen concluir su misión. Hasta no verlos salir sanos y salvos de aquella mansión, ella continuaría luchando con todas sus fuerzas. No defraudaría, pasase lo que pasase, los deseos y la voluntad de su joven maestra.

Incluso si eso significaba el entregar su último aliento a la causa.

En un irrevocable intento por emparejar la balanza del combate, Ie saltó hacia los aires, a varios metros por encima de su contrincante. Acto seguido desplegó, de las holgadas mangas de su traje, una inmensurable cantidad de cadenas las cuales parecían no tener principio ni fin. Las cadenas se incrustaron y atravesaron las rocas y arboles contiguos, y luego se fueron expandiendo hacia todas direcciones, enredándose unas a otras hasta formar una enorme malla metálica que se explayaba a lo largo y ancho del escenario.

Ahora Karen se veía envuelta en una especie de telaraña de acero, en la que no se podía dar ni tres pasos sin que una o más de estas cadenas obstaculizaran su camino.

La silueta de Ie aterrizó a unos pocos metros. Rápidamente se dispuso a empuñar la que vendría a ser la última de sus armas: aquella lanza oriental de hoja curva y gruesa que utilizó casi al inicio del combate, y de la que partió el asta a menos de la mitad de su tamaño para ajustar su longitud a la de su propio cuerpo. Y sorteando con facilidad las cadenas que se tensaban entre ella y su objetivo, se lanzó de vuelta al ataque. Por puro instinto, Karen trató de arremeter también, pero las cadenas frente a ella le obligaron a inclinar el torso, acción que entorpeció su avance. Esto por poco le hizo perder —literalmente— la cabeza a manos de Ie, quien se aprovechó para pasarle por el cuello la hoja de su lanza. Karen lo evadió echándose hacia atrás, pero la misma cadena de hace un instante se encajó en su espalda, reteniéndola. Ie saltó hacia ella con la punta de su lanza apuntándole directo a la cabeza. A Karen no le quedó otra opción que repeler la estocada con el talón del pie.

El choque entre los dos metales derivó en un estridente crujido. Ie salió repelida hacia atrás. La pequeña cuchilla oculta en el tacón del zapato derecho de Karen se dobló por la mitad, quedando su filo inservible.

“Ya veo.”

En ese momento, Karen acabó de comprender en lo que consistía la artimaña de su enemigo.

Ya fuera para acercarse o esquivar los envites de su rival, ella ahora corría el riesgo de tropezar o quedar inmóvil ante una de las muchas cadenas que se cernían por todo el sitio. Tenía ahora la necesidad de fijarse hacia donde tenía pensado moverse antes, agacharse o dar saltos precisos para sortear las trampas, medir y contener sus patadas; no así esa maldita enana, quien dado a su minúsculo tamaño, podía sencillamente correr por debajo de las cadenas o brincar en medio de éstas sin mucha dificultad. Incluso si Karen se dedicaba a abrirse paso rompiendo una a una las cadenas a su alrededor, la pura acción en sí le supondría una pérdida de tiempo que no serviría más que para entorpecer sus demás acciones, ora al tratar de aproximarse a su rival para atacarle, ora al tratar de evadir sus estocadas con la lanza. Y su enemigo, consciente de esto, simplemente tendría que mantenerse dentro de una zona donde aún hubiese cadenas desplegadas para seguir manteniendo su ventaja.

Pero Karen ya no tenía tiempo para caer en su sucio juego, debía terminar con esta pelea de una buena vez.

Esquivar sus cuchilladas ya no iba a ser una opción; el bloquearlas, tampoco. No mientras éstas provinieran de un arma de semejante envergadura. Y tomar la iniciativa en el ataque, mucho menos, pues la maldita enana podía escabullirse entre las cadenas cuantas veces quisiese. Debía encontrar una forma de obligarla a acercarse a ella para después atacar en el momento justo. Tal y como en una película americana del viejo oeste, todo se reduciría a quién disparase primero.

Karen se echó a correr en dirección opuesta a Ie, sorteando cada una de las cadenas con pequeños y certeros saltos.

“No, no lo harás.” Ie se apresuró a perseguirle. Eran obvias las intenciones de su oponente: salir de la zona de las cadenas. Si Sanguigna había perdido el interés en ella y decidió volver a la mansión, y lograba escapar de su trampa, todo estaría perdido. Ella ya no podría alcanzarle, y aunque lo hiciera, terminaría perdiendo ante la sicario de los Benedetti. Su única oportunidad estaba en mantener a su objetivo adentro de la zona.

Cuando Ie por fin creyó haberla alcanzado, Karen se detuvo en seco y le dio un fuerte pisotón a la roca en dónde estaba ahora parada, hundiendo su pierna izquierda hasta la altura de la rodilla, y se dio la media vuelta. Sujetó con ambas manos los dos extremos de cadena que se encumbraban a sus costados, y levantó la mirada hacia los cielos, desde donde Ie ya se precipitaba hacia ella, como una jabalina humana, con la punta de su lanza por delante lista para perforarle el cráneo.

Cagnea… —Karen pateó con el talón que le quedaba libre la hoja de lanza. La fuerza del impacto fue tal que la enorme roca donde ella misma se había clavado se agrietó.

Ie salió repelida hacia atrás sin más inconveniente, pero el tacón del zapato de Karen se había partido en dos. Los restos de la cuchilla oculta en su talón cayeron al suelo.

“Te tengo” pensó Ie, pues ya sin su tacón metálico, su rival ya no podría bloquear más sus estocadas.

—¡Ahora! —Entonces Karen, usando como apoyo la enorme roca en la que estaba anclada, jaló con todas sus fuerzas de las dos cadenas.

—¿Qué?

La tierra se estremeció y crujió estrepitosamente desde adentro. Ie, aún volando en el aire, se giró a ver qué estaba ocurriendo. Con una expresión de incredulidad, vio cómo una increíble cantidad de rocas, peñascos de todos los tamaños y arboles completos venían hacia ella, arrastrados a gran velocidad por las cadenas que ella misma les había ensartado en distintos puntos. Karen los había arrancado de tajo, cual la raíz de un rábano, sirviéndose de la propia trampa que Ie le había puesto.

Porque el objetivo de Karen no había sido el escapar de la enorme red, sino correr al extremo en donde las puntas de las cadenas se habían clavado.

Porque las que aparentaban ser mil y un cadenas distintas, eran, en realidad, sólo dos de una longitud monstruosa, que se entretejieron a lo largo y ancho de todo el lugar, y Karen se había percatado de esto desde el primer instante.

Porque el poder de la asesina más temida y odiada de todo el Cosa Nostra era tal que podía darse el lujo de ejecutar jugadas tan disparatadas y absurdas como esta. Y por ende, ni el más experimentado de los guerreros sería capaz de prever sus verdaderas intenciones a tiempo.

En completo estado de inercia, pateada a propósito hacia esa dirección y prácticamente agotada, Ie ya no podía hacer nada. Una de las rocas se impactó en ella y la empujó de regresó a dónde su verdugo, quien aprovechó para plantarle un taconazo en la boca del estómago, tan potente que la roca detrás de su espalda se convirtió en granito, y su minúsculo cuerpo salió despedido cual balón de futbol, cayendo en alguna parte para después ser enterrada bajo los escombros, arboles arrancados de raíz y rocas destartaladas.

Karen bajó las cadenas, desclavó su pierna de la enorme roca —la cual se terminó de volver añicos—, miró a su alrededor y dejó escapar un tenue suspiro.

Arboles derribados con sus raíces frondosas de fuera y con grandes cantidades de tierra incrustadas entre éstas, polvo levantado y rocas hechas pedazos adornaban el paisaje desolado y silencioso. Su batalla a muerte con aquella misteriosa asesina de oriente había llegado a su fin.

—Se terminó —susurró Karen en voz baja.

Pero poco después, un fatídico estruendo que iba en aumento le demostró que no era así.

Volteó a mirar con asombro hacia la cima del monte. 

—¡Un derrumbe!

Al parecer, su tramoya lo había ocasionado. Haber arrancado todas esas rocas y árboles del terreno fue el equivalente a quitar una carta de la base de un castillo de naipes. No había problema. Por más grandes que fueran los peñascos que rodaban hacia ella, sortearlos no le supondría un problema. Sin embargo, cuando trató de moverse, descubrió que sus piernas habían sido inmovilizadas.

—¿Pero qué demonios…?

Las cadenas de acero se habían enredado en sus talones, y por más que trató de jalarlas, una fuerza desconocida se aseguraba de mantenerlas en su sitio. 

Miró hacia los escombros. Ahí yacía una ensangrentada Ie, semienterrada en un peñón, sujetando con todas sus fuerzas, con el único brazo que tenía libre, los extremos de ambas cadenas.

Karen estaba atrapada. Ya no tenía tiempo para romper las cadenas de un jalón.

Todo lo que alcanzó a hacer fue maldecir a la maldita enana antes de que ambas fueran sepultadas bajo incontables toneladas de tierra y roca sólida del monte Cuccio.

Due vio desde su torre los escombros y tierra alzada, pero no le sumó importancia más allá del hecho en sí.

Los dos francotiradores del equipo de Oblivion lo grabaron todo y con lujo de detalles, e Informaron de inmediato a su líder.

El pequeño temblor fue completamente ignorado por los sicarios de las cuatro familias de Palermo. Su batalla contra los Beehive y los guardaespaldas de Hana Kirisaki reclamaban todos sus sentidos.

Se vinieron unos minutos de tranquilidad. No había una sola criatura merodeando cerca del área afectada, y si la hubiera habido, estaría muerta y enterrada bajo toneladas de tierra. Raíces, piedrecillas, tierra negra que apestaba a humedad, decoraban la superficie de la colina.

De pronto, en un rincón debajo de una roca partida en dos, comenzó a temblar. La roca salió despedida, y del hoyo formado debajo emergió de un salto una más que conocida figura.

Karen llevaba ahora su melena roja al aire, alborotada y llena de tierra. Su boina se había perdido en medio del cascajo. No obstante, su traje, que apenas tenía raspaduras y una que otra mancha de suciedad, estaba intacto.

Miró a sus alrededores. Ya solamente era ella, ella y nadie más que ella.

Por fin.

Notó que su brazo derecho le colgaba en una postura anormal. Lo sujetó con fuerza y empujó hacia adentro hasta producir un tronido en su hombro. Abrió y cerró la palma de la mano y levantó el brazo. El hueso estaba de vuelta en su sitio.

Miró en dirección a la mansión. Ahora se hallaba mucho más distante que al inicio de su batalla. “¿Será posible que…?” buscó adentro de su saco. Gracias a Dios, y pese a cualquier pronóstico, el teléfono móvil que su señor le había encomendado se encontraba en una pieza y funcionando. No era casualidad que el celular fuese ni más ni menos que un Nokia  3310.

—La señal, ¡la señal ha vuelto!

Tecleó con furia un número que ella sabía de memoria y acercó ansiosa el aparato a su oído.

—¡Vamos, contesta!

Pronto?”

—¡Gio! Grandísimo hijo de puta. ¿Qué mierda estás haciendo?

“Karen, ¿eres tú? ¿Qué pasa? Te escucho muy…”

—¿Cómo que ‘qué pasa’, estúpido? La mansión está siendo atacada desde hace más de media hora y ni tú ni nadie ha hecho nada. ¿Por qué no han venido a ayudarnos? ¡Maldita sea!

“¿Pero qué has dicho? ¿La mansión está siendo atacada? ¿Por quién?”

—¿Cómo es posible que tú y tus hombres no se hayan dado cuenta ya? ¿Qué esperas para venir?

“Karen, yo… lo lamento Karen, en estos momentos mi grupo y yo nos encontramos afuera de la ciudad.”

Al escuchar esto, los ojos de Karen se abrieron a tope y dejaron de parpadear.

—¡¿Pero qué has dicho?! ¡Cómo se te ocurre salir de la ciudad en un momento como éste!

“En la tarde recibí una notificación de parte del señor Andolini en la que se nos informó que por órdenes directas del señor Maximiliano, debíamos atender una situación de emergencia en la ciudad de Catania. Me dijo que no debíamos preocuparnos por nada, que los hombres del señor Oscar, el señor Paolo y el señor Nestore se ocuparían de vigilar nuestro territorio. ¿Ninguno de ellos han ido todavía a ayudarlos? … ¿Karen? … Karen, ¿estás ahí? Responde. ¿Karen?

No puede ser…

Andolini.
Los señores Benedetti.
La ciudad a la que supuestamente su señor Maximiliano acudió con la finalidad de resolver un conflicto.
El regime encargado de proteger la zona en dónde reside la mansión fuera de la ciudad.
Una mentira vuelta en contra de quién la profirió.
Esto no puede estar pasando…

Una gota de sudor rodó por la mejilla pálida y tensa de la joven. Sus ojos con las pupilas dilatadas a tope, no podían ni parpadear.

—¡Estúpido! —estalló en un volcán de inmesurable cólera—. Tienes que regresar cuanto antes. ¿Me oíste?

“Pero ¿qué pasará con…?

—¡Olvídate de eso! ¡Todos ustedes han sido engañados! Tienes que volver ahora mismo.

“Está bien, ya entendí. Pero me temo que en estos momentos me encuentro demasiado alejado de la ciudad; aun dirigiéndome a toda velocidad, me tomará al menos una hora estar de vuelta.”

—¡Media hora! Te doy media hora para venir aquí. ¡No te atrevas a tardarte ni un segundo más! ¡Entendido!

Karen estrelló el celular contra el suelo. Miró a dónde la mansión. El ataque no parecía haberse apaciguado en lo más mínimo y el tiempo en que tardarían los refuerzos era excesivo.

Apretó la mandíbula y sus cejas se fruncieron.

—No hay remedio. Voy a tener que encargarme de esto yo sola.

Antes de macharse, la pelirroja se giró a tirar un escupitajo al suelo, mismo que manchó de rojo a una roca con la forma de una pequeña lápida que yacía semienterrada en los escombros. El líquido sanguinolento se escurrió por la roca hasta ser absorbido por la tierra.

CONTINUARÁ…