En mi mundo CAP 33 (Adelanto)






(Hola. Antes que nada: lamento mucho, pero muchísimo la espera, en estos momentos estoy haciendo todo lo posible por terminar el capítulo, así que si aún hay alguien siguiendo este fic, les dejo por mientras este pequeño adelanto.)





    —¡Mi señor!
   Maximiliano Benedetti se dio la media vuelta. En la lejanía del otro extremo del recinto, junto a la entrada, se hallaba la figura de aquella persona especial, la única en el mundo en quien él había aprendido a confiar.
   —Karen…
   Los dos caminaron diligentemente hacia el centro del enorme salón circular, hasta yacer uno frente al otro.
   —Me alegro mucho de ver que se encuentra a salvo, mi señor —se apresuró a decir la joven asesina, con un tono de voz que denotaba sincero alivio.
   —Me has arrebatado las palabras de la boca, Karen. Yo también estaba empezando a preocuparme por ti. Dime, ¿te encuentras bien? —Ella le asintió—. ¿Cómo fue que supiste que me encontraría aquí?
   —Deduje que en una situación crítica como ésta lo más importante para usted sería la salvaguardia de su prometida, así que de inmediato pensé en este lugar.
   —Nunca dejas de sorprenderme, Karen —le dijo a la vez que le dedicaba una sobria mirada en señal de beneplácito. Luego señaló con sus ojos hacia la pequeña y única ventana del muro—. Hablando de eso, ¿pudiste avisarle a nuestro regime de la situación? ¿Cómo es que aún no han llegado sus hombres a auxiliarnos?
   Karen le contó sobre su experiencia en las colinas altas, su llamada a Giovanni y el terrible descubrimiento que se llevó al hablar con él. Conforme Maximiliano fue escuchando los detalles, sus cejas se iban frunciendo de la incredulidad.
   —No puedo creerlo —exclamó, conteniendo su rabia cuanto le fue posible—. Simplemente no puedo creer que inclusive Andolini, el hombre de mayor confianza y quien fuera mano derecha de mi padre, y que hasta hace poco se había mantenido al margen de este conflicto, haya decidido ponerse del lado de ellos…
   —Me temo que hemos subestimado los alcances de las influencias de los señores Benedetti —dijo Karen bajando la mirada—. ¿Quién iba a pensar que tendrían a su disposición a mercenarios de ese nivel?
   —No, Karen. —Maximiliano negó con la cabeza—. Los infiltrados que consiguieron colarse a la mansión, y muy seguramente la persona que te interceptó en las afueras, no son obra suya.
   —¿Qué dice, mi señor? Pero, entonces, ¿quién más podría estar detrás de ellos?
   —El grupo que se ha infiltrado a la mansión son efectivos pertenecientes al Beehive.
   Karen boqueo y abrió mucho los ojos.
   —Lo sé muy bien —continuó Maximiliano— porque recién me enteré de que entre sus filas se encuentran esas dos sicarios que conocimos en Japón, las mismas que se hacían pasar por estudiantes del colegio al que asistía Chitoge.
   —Black Tiger… y esa otra.
   La joven apretó los puños al punto de auto infringirse daño.
   —¿Sucede algo, Karen? ¿Por qué te pusiste tan pálida?
   Karen tragó saliva. Tuvo que hacer uso de todo su coraje para poder mirar a su señor a los ojos al momento de confesarle lo que le había ocultado durante el incidente de anoche en la plaza de Zisa.
   —No puede ser. —Maximiliano se llevó la mano al rostro—. Karen, ¿por qué no me lo dijiste en ese momento?
   —Su prometida se encontraba presente, mi señor. No podía permitir que ella se enterara de la presencia de ese hombre en la ciudad.
   —¡Ya lo sé! Me refiero a: ¿Por qué no me lo dijiste después?
   —Iba a hacerlo, mi señor, se lo juro; pero, al final, no pude. Concluí que no había necesidad de preocuparlo pues ya bastantes problemas tenía con los que lidiar en ese momento. Además, estaba claro que ese hombre, luego de ver el incidente que la señorita Chitoge tuvo con su madre, se había dado por vencido y por eso salió huyendo de ahí. Mi señor, yo… —Karen se arrodilló frente a él—. En verdad lo lamento mucho. Si desea castigarme en este mismo instante, lo aceptaré con gusto.
   —Está bien, Karen. Tienes razón, hiciste lo correcto. —Con un ademán Maximiliano le indicó que se pusiera de pie—. En nada significativo hubiera cambiado la situación. No estoy molesto contigo, al contrario: me acabas de quitar un enorme peso de encima. Si esas dos sicarios del Beehive se encuentran trabajando para él, eso significa que en realidad Adelt aún no se ha rebelado contra mí. ¡Claro! ¡Todo tiene más sentido ahora! Ya se me hacía bastante extraño que Adelt se decidiera a hacer algo tan imprudente como eso, puesto que Chitoge jamás se le perdonaría.

   —¿Está seguro de eso, mi señor? Podría ser que tanto el padre de su prometida como el hijo del maestro de los Shuei, o incluso él mismo, estén confabulados.
   —No, Karen. Ponte a analizar bien los hechos: si Raku Ichijou ya tenía un plan tan elaborado para llevarse a Chitoge con él, ¿por qué una noche antes del golpe se arriesgaría a acercarse a ella? Era demasiado peligroso y echaba en saco roto toda una operación que en teoría hubiese sido mucho más efectiva y con probabilidades de éxito. Estoy completamente seguro que esta tramoya está siendo llevada cabo desde la completa ignorancia. Y si es así, significa que ni Adelt ni Ichijou tienen algo que ver aquí.
   —¿Y si entonces es con los hermanos de su padre con quienes hizo un pacto?
   —Eso es menos probable aún. Los primeros invasores han estado actuando todo este tiempo con perfecto sigilo. Se hicieron con los planos de la mansión, cortaron el suministro eléctrico de la zona y bloquearon la señal de los teléfonos móviles para que no pudiéramos pedir refuerzos; luego se infiltraron sin dar tiempo de que nuestras defensas pudieran alertar su llegada. Su plan era actuar lo más rápido posible, asestar su golpe de tal modo que el resto de mis hombres en los alrededores no se dieran cuenta a tiempo y llegaran a acorralarlos. Si hubieran tenido la certeza de que nadie más vendría a auxiliarnos, no se hubieran tomado todas esas molestias para evitar que nos pusiéramos en contacto con nuestro equipo. En cambio, el segundo grupo, ni bien llegaron, se pusieron a atacar de frente aprovechando su superioridad numérica. Lo hicieron así porque ellos sí tenían la certeza de que nadie más iba a venir a la mansión sin importar cuanto ruido hiciesen, y porque previeron que por mi supuesta ausencia la mansión apenas y estaría protegida. Porque ellos sí sabían de antemano que Giovanni y sus hombres estarían fuera de la jugada.
   »No, Karen, ellos no están trabajando en equipo, ni siquiera tienen un fin en común. Mientras que las familias enviadas por mis tíos pretenden asesinar a Chitoge para responsabilizarme de esto ante su padre y su organización, el hijo de Ichijou vino hasta aquí con el propósito de llevársela sana y salva. Por lo que en realidad los dos frentes están tan enemistados el uno con el otro como nosotros a ellos. Que nos atacaran al mismo tiempo, y que las acciones de ambos los beneficiasen mutuamente, no es más que una mera coincidencia, o como me gusta a mí llamarlo: una consecuencia de lo inevitable.
   »Y dado que Chitoge es el objetivo de ambos frentes, fue que decidí venir a custodiar personalmente el acceso a su habitación. Voy a asegurarme de que nadie siquiera se le acerque.
   —Y así será, mi señor. Yo misma me encargaré de que así sea.
   —No, Karen, esta vez lo haré yo solo. Tú ve y ayuda a Cinque a deshacerse de los intrusos que vinieron por parte de ese imbécil. Bajo ningún motivo debemos permitir que alguien más los identifique. Por mucho que sea el hijo de Ichijou el perpetrador, no deja de haber entre sus secuaces miembros de la banda de Adelt.
   Karen movió la cabeza en negación.
   —Por favor, mi señor, no me pida que me separe otra vez de usted. Es demasiado peligroso. A los intrusos ya les debe faltar muy poco para llegar a esta torre. Si alguno de ellos lograra escabullirse hasta donde se encuentra usted, entonces… —cerró los ojos y sacudió la cabeza con fuerza—. Se lo ruego, mi señor, ordéneme que permanezca a su lado para protegerle. Cinque, Quattro y Due pueden hacerse cargo ellos solos. Además, los refuerzos ya vienen en camino y…
   Maximiliano la tomó de los hombros.
   —Entiende, Karen. No debemos subestimar a nuestro enemigo. La única capaz de derrotar a dos de los sicarios más fuertes del Beehive con una probabilidad de éxito del cien por ciento, eres tú. Tú eres mi brazo fuerte, mi bastión más grande. Sólo a ti podría confiarte una enmienda de semejante calibre. No te preocupes por mí, voy a estar bien. Sé cómo cuidarme solo, tú lo sabes mejor que nadie.
   »Por favor, quita esa cara. Recuerda que no importa qué tan difíciles se tornen los problemas, tú y yo siempre salimos de ellos. Tú y yo siempre sobrevivimos, Karen, siempre nos anteponemos ante los retos que se nos ponen de frente. Así ha sido desde el día en que nos conocimos. Y juro ante el legado de mi familia y la memoria de mi padre que hoy no va a ser la excepción.
   Karen desvió la mirada. Sus brazos tiritaban de la impotencia, de la inconformidad.
   —Mi señor… yo… usted…
   —¿Recuerdas lo que nos propusimos ese día, cuando aún éramos niños? Que tú y yo trabajaríamos juntos y que no descansaríamos hasta llegar a lo más alto, y desde ahí les haríamos pagar con creces por todo lo que nos hicieron sufrir. Karen, conocerte fue lo mejor que me pudo haber pasado. Tu compañía me dio un motivo para seguir adelante, para no dejarme abatir por las desgracias y el desprecio de mi familia. Tú me salvaste incontables veces, no sólo de la muerte, sino también de mis propios demonios internos. Por favor, Karen, ya falta muy poco para que nuestros objetivos por fin se vean cumplidos; ésta tan sólo es nuestra última prueba. Ya no te estoy ordenando que hagas esto como un superior a su subordinado, Karen, te lo estoy pidiendo como tu amigo. Por favor, ¿harías esto por mí?
   Karen guardó silencio, cerró los ojos y bajó la cara. Si ella había accedido antes a separarse de su señor, fue porque no contaba con que se iría a demorar tanto en desempeñar tal tarea y porque al enemigo le tomaría un buen tiempo alcanzar los pisos más altos de la mansión. Pero ahora, con el inminente asecho de quienes querían ver a su señor muerto, le costaba mucho más trabajo resignarse a tomar ese riesgo.
   —Entiendo, mi señor —dijo al fin, en voz baja—. Déjelo todo en mis manos. Sean diez, sean cien o sean miles los enemigos de mi señor, yo los aplastaré a todos.
   Hizo una reverencia y se dispuso a marcharse. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo durante uno o quizás dos segundos de dubitación, luego se giró de vuelta hacia su señor, y en un acto que tomó por sorpresa al mismísimo Maximiliano, corrió de vuelta a sus brazos. Habían pasado años desde la última vez que se permitió a sí misma abrazarlo tan cariñosa y efusivamente.
   —Mi señor…, yo a usted le quiero tanto. Le quiero más que a nada en este mundo.
   —Extraño los tiempos en que te dabas la libertad de no ser tan formal conmigo cuando estábamos a solas —dijo Maximiliano acariciando su mejilla—. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que me llamaste por mi nombre.
   A los pocos segundos de haberse separado, Maximiliano Benedetti advirtió unas pequeñas manchas de sangre en su camisa, que iban desde la parte alta del abdomen al pecho. Y en el piso de cerámica, un camino de pequeñas gotas carmesí que conducían a la puerta por la que Karen acababa de salir del recinto.






En mi mundo.
Capítulo XXXIII









   —Ya casi llegamos —alertó Migisuke luego de advertir que los disparos ya podían oírse pese a la composición especial de los muros—. Aniki, será mejor que te mantengas atrás de nosotros. Esto se va a poner peligroso.
   Él, Raku, Tsugumi y Paula decidieron acelerar su paso. De pronto, el sonido de papas fritas siendo masticadas se filtró en sus comunicadores.
   “Váyanse preparando, chicos. —Era la voz de Oblivion—. Aún no consigo entender muy bien lo que está sucediendo, pero los hombres de la familia Benedetti… ahmmm ¿cómo lo digo? Se están portando de una manera un tanto extraña. Como si les hubiera pegado la rabia o…”
   La voz del hacker dio paso a la estática y luego al silencio absoluto. Los audífonos en los oídos de Migisuke, Raku y Tsugumi se sobrecalentaron hasta el punto de hacerles daño. Los tres gritaron del dolor, se los sacaron rápido y los arrojaron lejos. Y no sólo los comunicadores, sino que otros aparatos electrónicos, como el control de los explosivos plásticos y sus dispositivos de visión nocturna, acababan de sufrir la misma suerte.
   —¿Qué fue eso? —dijo Tsugumi.
   La risa de una seductora voz de mujer se oyó desde un lugar desconocido del pasillo. —¿Qué se siente que les den a probar de su propio truco? —se ufanó la misma con extrema soberbia.
   “¡Una bomba de PEM!” Tsugumi y el resto miraron a su alrededor. No se veía a nadie. De pronto, una sombra escurridiza se deslizó en menos de medio parpadeo por uno de los muros, primero de un extremo a otro y después en sentido opuesto.
   —¿Vieron eso? —preguntó Paula. Su colega y el policía asintieron; una gota de sudor frío comenzaba a deslizarse en la sien de éste último. Raku, en cambio, no entendía nada de lo que estaba pasando.
   —No hay remedio —exclamó Tsugumi—. Debemos apurarnos. Las escaleras están a la vuelta del corredor.
   —Pero, ¿quién nos guiará ahora? —preguntó Migisuke, perplejo y rascándose la nuca.
   —Por mí mejor —berreó Paula—. Y si no, podemos preguntárselo a los demás.
   —No, Paula —dijo Tsugumi—. Estoy segura que la bomba de PEM debió haber alcanzado también al resto del equipo. Pero no importa, ya sólo nos falta una planta más por recorrer antes de llegar a la torre objetivo. La última planta está compuesta en su mayor parte por el salón de eventos y los corredores que conducen a las cuatro torres de la mansión. Podemos hacerlo. Nuestro deber ahora es abrirnos paso por la barricada de los Benedetti. ¡Vamos!
   —¡Sí! —contestaron al unísono.
   Sin embargo, tanto ella como Raku no dejaban de tener un mal presentimiento.
   Llegaron. El corredor en esa zona desembocaba en un gran salón abierto con unas amplias escaleras erigiéndose al fondo del mismo, por el centro. Ahí, una trinchera custodiada por al menos una veintena de mafiosos armados hasta los codos la resguardaban de sus compañeros, con quienes entablaban una feroz batalla.
   Pero había algo extraño en la apariencia de los Benedetti, cuyos rostros se asemejaban a los de un animal salvaje. Mostraban los dientes, salivaban y emitían ruidos semejantes a los gruñidos de un perro de caza. Espuma blanquecina escurría de sus retorcidas bocas. Venas sobresalían a lo largo y ancho de sus frentes y cuellos. Sus movimientos no eran precisamente muy avispados; daba la sensación de que sus cuerpos se movían más por instinto que por intelecto.
   Una bala perdida estuvo a punto de alcanzar a Raku de no ser que Tsugumi lo agarró del cuello de su playera y lo tumbó al suelo justo a tiempo.
   “¡Eso estuvo muy cerca!” pensó el pobre muchacho, con la sangre hirviéndole de tanta adrenalina y las facciones completamente desencajadas.
   Migisuke tomó a Raku y lo llevó a una de las dos barricadas —improvisadas con el mobiliario del salón— de sus compañeros. Tsugumi y Paula se unieron a la lucha disparando a discreción con su excepcional puntería. Como era de esperarse, a los pocos instantes lograron acertar a varios de sus enemigos.
   Y entonces vieron cómo éstos, para su gran desconcierto, no se inmutaban ante el daño recibido y continuaban atacando sin reparo alguno.
   —¡Es inútil! —gritó un compañero del equipo—. ¡A menos que les inflijas muchísimo daño o les vueles la cabeza, los bastardos no caerán! ¡Es por eso que aún no hemos podido deshacernos de ellos!
   —¿Qué dices? —Paula se giró. Entonces uno de los soldati Benedetti saltó fuera de la barricada y se abalanzó sobre ella, cuchillo en mano, con una velocidad sobrehumana.
   —¡Paula, cuidado! —Tsugumi intentó mandarlo a volar de un puñetazo pero el sujeto apenas y se echó uno pasos hacia atrás antes de volver a acometer. La sicario lo tomó del brazo y lo mandó a volar con una llave de judo; no obstante, el tipo le opuso mucha más resistencia de la que se esperaba.
   “¡Es muy fuerte! Tuve que emplearme a fondo para poder someterlo.”
   Paula y Tsugumi corrieron a atrincherarse junto a los demás. Discutieron entre todos alguna posible estrategia para deshacerse de esos bastardos.
   —¿A alguno de ustedes les queda un explosivo que no sea demasiado potente como para poder usarlo aquí adentro? —interrogó el avispado Bruce.
   Tsugumi hurgó en su ropa. —Los detonadores eléctricos están arruinados, pero tengo unas cuantas granadas de mano.
   —Excelente. —Paula le arrebató la granada—. Con esto será suficiente. —Le quitó el seguro y la arrojó a la trinchera enemiga tan rápido que no dio tiempo a Tsugumi de decirle que no se precipitara.
   La granada, sin embargo, fue interceptada a mitad del camino por una sombra que fue apenas perceptible por lo rápido que se deslizó en el aire.
   —¿Qué demonios? —dijo Paula.
   La granada nunca estalló. Al parecer alguien la había tomado y sujetado de la espoleta a tiempo.
   Aquella risa femenina de hace unos momentos se volvió a escuchar. —Por fin los tengo justo donde los quería. Bienvenidos a su tumba.
   —No puede ser —dijo Paula—, ¡esa voz de nuevo!