—Ya veo…
A Maximiliano
Benedetti se le cerraron los ojos, después respiró profundamente, se frotó la
sien con la yema de los dedos y por último hizo un recatado fruncimiento de
ceño—. Conque se trataba de ellos —exclamó—. Debí haberlo supuesto desde un inicio.
No cabía duda:
el buen juicio y la habilidad de Cinque para tomar decisiones acertadas en los
momentos más apremiantes, estaban a otro nivel. Cualquier otro mafioso en sus
zapatos le habría dado más prioridad a la pelea con los intrusos; pero ella, en
cambio, tuvo la vivacidad de ir a comunicarle esta información tan valiosa
inmediatamente.
—Lo sabía. ¡Entonces
usted sabe quiénes son esos malnacidos! —dijo la epicúrea mujer. Sus ansias por
conocer el origen y motivaciones del enemigo se hacían evidentes en el brillo
de sus ojos púrpuras—. Por favor, dígame, ¿quiénes son ellos? ¿Y por qué nos
están atacando? ¿Qué es lo que pretenden hacer? Por favor, dígamelo.
—Tranquilízate
—le contestó el hijo de Marzio, con una gran soberbia e inquebrantable calma—.
No tengo tiempo para darte todos los detalles, así que confórmate con saber lo
siguiente: no son más que un grupo de acérrimos rivales jurados a muerte del
Beehive, quienes han venido hasta aquí con el único fin de hacerle daño a mi
amada Chitoge.
—¿En serio? —Cinque
abrió mucho los ojos—. ¿Está usted seguro de esto?
—Por supuesto,
la descripción que me has dado cuadra perfectamente con su perfil. Les conozco bastante
bien; fue durante mi estancia en Japón que me enteré de su existencia. El grupo
en su mayoría está conformado por sicarios desertores y uno que otro
sobreviviente resentido de organizaciones que fueron destruidas por el Beehive.
Ya desde mucho tiempo atrás, esos infelices han estado buscando la manera de
secuestrar a mi amada con el propósito de extorsionar y chantajear a su padre.
Es por ello que no me sorprende en lo más mínimo que hayan tenido el descaro de
haberla seguido hasta nuestro país. Pero eso no importa, pase lo que pase no voy
a permitir que esos infelices le pongan las manos encima a mi amada. Ahora que
sé quienes son, es evidente que no deben estar confabulados con los atacantes
de afuera, pero aún así deberemos de actuar con mucha prudencia. Fiorella… no, Cinque, quiero que seas tú quien se
encargue personalmente de encontrar y detener a estos malnacidos cuanto antes.
No hay necesidad de tomar prisioneros ni de interrogarlos; al contrario, en
cuanto los encuentres deberás matarlos a todos y a cada uno de ellos y
deshacerte de sus cuerpos sin dejar el más mínimo rastro. ¿Quedó claro?
—Pero, señor,
¿por qué usted quiere que…?
—Es bastante
probable que parte de su plan también consista en responsabilizarme a mí de sus
atroces actos, en manchar mi reputación ante los ojos del Beehive y en especialde
Adelt. Es por esta razón que no puedo permitirme el lujo de que alguien más se
entere de este incidente.
—¿A qué se
refiere?
—Piénsalo bien.
Yo, al momento de pedir la mano de su hija, le prometí a Adelt con mi propia vida
que la vida de su amada hija siempre estaría segura a mi lado. ¿Qué pensaría él
de mí si se llegase a sus oídos que hubo un atentado en contra de Chitoge ni
bien apenas a un día de nuestro casamiento, y que, por si fuera poco, los
perpetradores han sido capaces de violar nuestra seguridad, de llegar tan pero
tan lejos? ¿Lo entiendes ahora? Por ningún motivo puedo dejar que se dé a
conocer la identidad ni mucho menos las intenciones de los invasores. Sonará un
tanto descabellado, sí, pero debo de reconocer que fue un tremendo golpe de
suerte que al mismo tiempo, miembros de otras familias de Palermo nos hayan
venido a visitar esta misma noche. Vamos
a usarlos a ellos como una pantalla. Todo lo que tenemos que hacer es detener a
los extranjeros, borrar cualquier rastro de su identidad y así responsabilizar
de este atentado en su totalidad a los bastardos de las familias traidoras. ¿Te
ha quedado claro, Cinque? Ve, busca y
aduéñate de sus cadáveres, mata a cualquiera que ya haya sido tomado como
prisionero antes de que sea interrogado y revele información de más, y elimina
a los que todavía quedan vivos antes de que alguien más pueda identificarlos.
Para el amanecer, no debe quedar ni un solo gramo de sus cuerpos, sus ropas,
sus armas ni ningún otro vestigio de su existencia. Es una orden.
Cinque sudó
frio, sus pupilas se dilataron hasta el máximo, sus puños involuntariamente se
cerraron con fuerza y temblaron de manera arrítmica. Por un levísimo instante,
creyó haber visto, sobrepuesto en el rostro aún tierno y por madurar de aquel polluelo
insolente, el rostro seco, curtido y experimentado de su señor Marzio. Aquella
misma expresión decidida, déspota, orgullosa y que parecía valorar a la vida
ajena como quien valora a una mera herramienta o a una mera ficha más de su
tablero de juegos, se reflejaba por encima de él.
—Sí…, mi
señor —susurró en queda respuesta.
Maximiliano
se dio la media vuelta y se echó a caminar en dirección contraria, rumbo a la
puerta que había al otro extremo del salón—. Ahora que ya sé cuál es su verdadero
objetivo, iré a custodiar personalmente a mi amada Chitoge. Asegúrate también
que aquellos que ya han interactuado con los intrusos no revelen ni una sola
palabra a los demás. Mientras menos gente sepa de la identidad de estos
bastardos, mejor. Tienes mi permiso para silenciar a quienes consideres que sea
pertinente hacerlo con tal de asegurar el secreto. Hazlo bien y te aseguro que serás
adecuadamente recompensada por tu trabajo.
—¡Ah, por
cierto! —gritó Cinque, un tanto vacilante.
Maximiliano
detuvo su paso.
—¿Sí, Cinque?
—No… no es
nada. Me pondré en marcha.
—Te lo
encargo.
Y el joven
capo se retiró del salón, dejando sola y dubitativa a la voluptuosa siciliana. Instantes
más tarde, ella se retiró a toda velocidad; los sicarios
dopados con la potente droga, que la escoltaban y esperaban afuera del salón, se
le unieron y corrieron todos juntos rumbo a la cuarta planta de la residencia.
Por su parte,
Maximiliano Benedetti, una vez se supo solo, corrió a golpear el muro del
corredor. Los enormes y viejos cuadros colgados cerca se estremecían con cada
puñetazo.
—¡Maldita
sea! ¡Cómo te atreviste, Adelt! —gritó, poseído por la ira—. ¡Cómo te atreviste
a traicionarme justo ahora!
‘Una mujer
joven de nacionalidad japonesa de cabello negro’ y ‘una norteamericana de
cabello blanco, aún más joven que la japonesa’; ambas sicarios de gran nivel. Era
más que obvio.
Aquellas
tenían que ser las mismas dos sicarios del Beehive que conoció en Japón, las que
se hacían pasar por simples estudiantes del colegio al que asistía Chitoge, fungiendo
como sus guardaespaldas personales, y que lo encararon el día que fue a pedirle
matrimonio a su ahora prometida.
Y el que esas
dos mujeres formaran parte del grupo de invasores sólo podía significar una
cosa…
“Adelt,
bastardo… si alguien se llega a dar cuenta que eres tú el que está detrás de
todo esto, todo mi plan se vendrá abajo. Descubrirán que tú en realidad no
estás de mi lado, y entonces irán por mi cabeza sin el temor de tener que enfrentarse
también a ti. No puedo permitir que nadie se entere de esto, no hasta no
haberme ganado por completo el respeto y obediencia absoluta de toda mi familia
y de las demás familias de Sicilia.”
—¡Maldición!
¡No te lo perdonaré, Adelt! ¡Vas a pagar por esto!
Los azotes al
muro continuaron hasta llenarle los nudillos de dolor.
“Tranquilízate
—se dijo—. Mientras Chitoge esté conmigo, tengo a Adelt comiendo de mi mano. No
tiene ningún sentido que él esté haciendo esto si bien sabe que Chitoge no se
lo perdonaría. Y qué tal si… ¿y que tal si esas dos en realidad están actuando
por cuenta propia? Pero, y si fuera así ¿quién es entonces el verdadero orquestador
de esto?”
—¡No, no, no!
—exclamó para sí mismo—. ¡Eso no importa! Aún si fuera así, esas dos no dejan
de ser miembros reconocidos de la organización de Adelt. Aunque ellas lo
negasen, cualquiera que se precie de tener más de dos neuronas sospecharía que
fue el Beehive quien que las envió en secreto. Pase lo que pase, debo mantener
convencido a todo el mundo que el Beehive es mi aliado. El más mínimo rumor que
ponga esto en duda los incitaría a revelarse contra mí.
Una vez pudo
recobrar la compostura, reacomodó su corbata, alineó su saco y peinó los
mechones alborotados de su fleco con los dedos.
“Karen, ya te tardaste. ¿Te ha ocurrido algo?
Por favor, ven pronto. Ya no nos queda mucho tiempo.”
Y continuó su
andar. La noche era aún larga, y lo que le deparaba el destino demasiado
incierto hasta para alguien de su calaña.
En mi mundo.
Capítulo XXXI
Hana se
refugió detrás del coche y se apresuró a contestar el celular.
—Tienes cinco
segundos para explicarme quién eres tú y cómo es que hiciste esto.
“Tranquilícese, Madame —respondió la
insoportable voz—. Ya sé que hice muy mal
en hackear sus teléfonos, pero no tenía más alternativa. Ya sabe, el ruido de
las balas es demasiado fuerte, por lo que un solo altavoz no habría sido
suficiente para hacerme notar. No debe temerme, pues soy un trabajador leal de
su señor esposo. Todos en la —llamémosla así— ‘compañía’ de su marido, me
conocen bajo el sobrenombre de Oblivion. Y en estos momentos se podría decir
que yo soy quien está a cargo de este pequeño encargo. A juzgar por su
presencia en este lugar, y por la pequeña rata de alcantarilla que le acompaña,
deduzco que usted ya debe estar más o menos informada de la situación, ¿o me
equivoco?”
—¿Qué has
dicho? —la empresaria se giró hacia Raku. Ella y el jovenzuelo se dijeron con
la mirada todo lo que debían decirse.
Oblivion,
sentado frente al enorme monitor que alumbraba con su parpadeante luz su rostro
pálido, dejó escapar una sonrisa maquiavélica luego de haberle dado un sorbito
a su café. Sujetó el micrófono de sus audífonos, acercándolo más a sus labios,
y dijo:
“Ahora no es momento para ponerse a chalar,
así que voy a tratar de ser lo más breve posible. Si no es mucha molestia, Madame, me
gustaría que ustedes y sus colaboradores me echen una mano en este asunto. Le
prometo que si siguen mis instrucciones al pie de la letra, esta misma noche
tendrá a su hija sana y salva descansando en su rezago. ¿Qué me dice?”
—Déjate de
estupideces y dime de una vez qué es lo que quieres.
“Muy bien, Madame, preste atención. Antes
que nada, lo primero que hay que hacer es deshacerse de ese remedo de Allen O’neil
que es el que está siendo el más problemático. Hace unos pocos minutos eché a andar un
plan para quitárnoslo de encima. Mientras llega el momento, quiero que sus
hombres se dediquen únicamente a acabar con los bastardos que bloquean la
entrada al salón. Después…”
Raku observó embobado
a Hana. “Acaso… ¿acaso ese era Oblivion? —pensó—. ¿de qué estará hablando con
Hana-san? Tsugumi, Migisuke-san y Paula-chan, ¿en dónde se encuentran?”
Con lo caótico
de la situación, no fue sino hasta ese momento que se dio tiempo de sentirse
preocupado. El vehículo empotrado en la entrada de la mansión anunciaba que
ellos habían logrado entrar como lo estipulaba el plan elaborado por Oblivion;
pero si las cosas se habían puesto igual o más movidas que en el exterior, si adentro
había más tipos como el loco de las ametralladoras… “No, por favor. Manténgase
a salvo” suplicó apretando los dientes y sudando frío.
Hana guardo
su móvil cerca de su pecho, de manera de que pudiera tomarlo de nuevo rápidamente,
y ordenó enérgica a sus hombres que atacaran con todo a los mafiosos que
bloqueaban la entrada a la residencia. Tanto sus guardaespaldas como los
sicarios del Beehive obedecieron sin cuestionar y dispararon con todo su
arsenal a los Benedetti. Tre, un poco confundido, hostigó con sus AK47 a los
intrusos extranjeros, pero estos ya no le hicieron caso. Mejor tuvo que
enfocarse en las demás familias, quienes sí continuaban acechándole.
Entre tanto,
tres personas se hacían paso a toda velocidad por los laberínticos corredores
de la mansión Benedetti. Ninguno de ellos podía creer todavía la noticia que
Oblivion les acababa de comunicar hace apenas un par de minutos.
—Ya era hora
de que por fin te aparecieras, jovencito estúpido —masculló Paula con una media
sonrisa altanera.
“Aniki, ¡Qué
bueno que te encuentres bien!” pensaba Migisuke entusiasmado.
—Ichijou… —Pero
la que corría con más fuerza, tanto así que pese a ser la más alejada del punto
de reunión ella sería la primera en llegar, era sin lugar a dudas Tsugumi—,
¡Raku Ichijou!
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