FANFICTION: En mi mundo (Segundo adelanto del cap 31)


El capítulo me está quedando más largo de lo que creí, es por eso que aquí les dejo otro adelanto del mismo. Juro que para la próxima vez, voy a colgar el capítulo completo. ¡No se lo pierdan!


Dos, tres, cuatro…, cinco impactos y fue todo lo que pudo resistir su ya de por sí bastante abollado sable Dao. El frío metal de la hoja se partió en decenas de trocitos, cual quebradiza figura de cristal, ante los atónicos ojos negros y vacíos de Ie. El talón de su contrincante no detuvo su marcha, y siguió hasta casi rozarle el cuello; poco faltó para que su cabeza terminara rodando por los suelos. Con cada envite de su oponente, Ie perdía más y más terreno, viéndose cada vez obligada a retroceder una mayor distancia con tal de mantenerse con vida. El sudor que ya empapaba considerablemente su rostro, su aliento quemante, el dolor muscular de sus extremidades, eran claros indicativos de lo cerca que se encontraba de llegar al límite. A pesar de ser una gran maestra en el control del Ki, la superioridad física de su rival abría una brecha de poder infranqueable. Por primera vez en su vida, fue testigo de cómo la pasión y el poder bruto lograban sobreponerse  a la templanza y a la fuerza del espíritu.

Si tan solo su cuerpo no fuera así de pequeño, si por lo menos ella tuviese una estatura y un peso dentro de lo normal…, quizás el resultado de esta pelea habría sido muy distinto. Técnica, armamento, conocimiento y tácticas de combate no le hacían en falta. Pero no se podía decir lo mismo de su condición, que nunca —y repito, nunca—, hasta esa noche, le había significado una desventaja o un impedimento para poder aplastar a sus enemigos.

Pero el hubiera no existe, e Ie sabía eso mejor que nadie.

Sin embargo, darse por vencida no era una opción.

Pues ella era la única presente con la capacidad de contener a semejante monstruo que parecía salido de las pesadillas más desesperanzadoras de un demonio. De no hacerlo, las personas a las que vino a proteger estarían en serio peligro. Ie debía, pues, aguantar un poco más de tiempo, el suficiente para que pudiesen concluir con su misión. Hasta no verlos a ellos salir de aquella mansión, sanos y salvos, continuaría luchando con todas sus fuerzas. No defraudaría, pasase lo que pasase, los deseos de su señora.

Incluso si eso conllevaba entregar a la causa su último aliento.

En un final intento por emparejar la balanza, Ie saltó con todas sus fuerzas, posicionándose a varios metros por encima de su contrincante. Acto seguido, desplegó una inmensurable cantidad de cadenas, las cuales parecían no tener fin, de las holgadas mangas de su traje, que se incrustaron en las rocas y arboles y luego se fueron enredando unas a tras entre sí y en todas direcciones, hasta formar una enorme red que se extendía por todo el escenario. Ahora Karen se veía envuelta en una especie de telaraña de acero, en la que no se podía caminar ni medio metro sin que una o más de estas cadenas se interpusieran. La silueta de Ie aterrizó a unos pocos metros, y ésta de inmediato se dispuso a empuñar la que era su última arma: aquella lanza oriental de más de dos metros de largo, que utilizó casi desde el inicio del combate, y de la que partió el asta a menos de la mitad de su tamaño para ajustar su longitud a la de su cuerpo. Y sorteando con facilidad las cadenas que se tensaban entre ella y su objetivo, se lanzó al ataque. Por puro instinto, Karen trató de arremeter también, pero las cadenas frente a ella le obligaron a inclinar el torso, acción que entorpeció y ralentizó su avance. Esto por poco le cuesta perder —literalmente— la cabeza a manos de Ie, quien se aprovechó del momento para pasarle por el cuello la hoja de su lanza. Karen lo evadió echándose hacia atrás, pero la misma cadena de hace un momento se encajó en su espalda, atrapándola. Ie saltó hacia ella con la punta de su lanza apuntándole directo a la cabeza. A Karen le quedó otra opción que repeler la estocada con el talón del pie.

El choque entre los dos metales derivó en un estridente crujido; Ie salió despedida hacia atrás. La pequeña cuchilla oculta en el tacón del zapato derecho de Karen se dobló por la mitad, quedando su filo inservible.

“Ya veo.” En ese instante, Karen comprendió en qué consistía la artimaña de su enemigo. Ya fuera que intentase acercarse o esquivar uno de sus envites, ahora corría el riesgo de tropezar o quedar atrapada en una de las muchas cadenas que se cernían por todo el campo de batalla. Tenía, por lo tanto, la necesidad de fijarse primero hacia donde tenía pensado moverse, agacharse o dar saltos precisos para evadirlas, medir y contener sus patadas; no así esa maldita enana, quien dado a su minúscula estatura, podía simplemente correr por debajo de las cadenas o brincar en medio de ellas sin mucha dificultad. Incluso si Karen se dedicaba a abrirse paso rompiéndolas una a una, tal acción le supondría de por sí una pérdida de tiempo que no serviría más que para entorpecer sus demás acciones, ora al tratar de aproximarse a su rival para atacarle, ora al tratar de evadir sus arremetidas. Y su enemigo, consciente de esto, simplemente tendría que mantenerse adentro de una zona donde aún hubiese cadenas desplegadas para mantener su ventaja.

Pero Karen ya no tenía tiempo para caer en su juego, debía terminar con esta pelea de una buena vez.

Esquivar sus cuchilladas ya no iba a ser una opción, el bloquearlas tampoco, no mientras éstas provengan de un arma de semejante envergadura. Y tomar la iniciativa en el ataque, mucho menos, pues la enana podía escabullirse cuantas veces quisiese. Debía encontrar una forma de obligarla a acercarse para después contraatacar en el momento justo. Tal y como en una película americana del viejo oeste, todo se reduciría a quién dispararía primero.

Karen se echó a correr en dirección opuesta a Ie, sorteando cada una de las cadenas con pequeños y certeros saltos.

“No, no lo harás.” Ie se apresuró a perseguirle. Eran obvias sus intenciones: escapar de la red de cadenas. Si Karen perdía el interés en ella y decidía volver a la mansión, todo estaría perdido; ella ya no podría alcanzarle, y aunque lo hiciera, terminaría perdiendo. Su única oportunidad estaba en mantener a su objetivo adentro de su trampa.

Cuando por fin creyó haberla alcanzado, su presa se detuvo en seco, dio un fuerte pisotón a la roca en dónde estaba parada, hundiendo en ella su pierna izquierda hasta la altura de rodilla, y se dio la media vuelta. Sujetó con ambas manos los dos extremos de cadena que se encumbraban a sus costados, y levantó la mirada hacia los cielos, desde donde Ie se precipitaba hacia ella, como una jabalina humana, con la punta de su lanza por delante lista para atravesarle el cráneo.

Cagnea… —Karen pateó con el talón que le quedaba libre la punta de la lanza. La fuerza del impacto fue tal que la enorme roca donde ella misma se había clavado se llenó de grietas de cabo a rabo.

Ie salió repelida hacia el aire sin más inconveniente, pero el talón del zapato de Karen se había partido en dos. Los restos de su cuchilla oculta en su talón cayeron al suelo.

“Te tengo” pensó Ie, pues ya sin su tacón metálico, su próximo ataque no podría ser bloqueado.

—¡Ahora! —Entonces Karen, usando la enorme roca en la que estaba parada como apoyo, jaló con todas sus fuerzas de las dos cadenas.

—¿Qué?

La tierra se estremeció, crujió estrepitosamente y tembló entera. Ie, aún en el aire, se giró a ver qué estaba ocurriendo. Con pánico observó como una increíble cantidad de rocas, peñascos y arboles, se acercaban a ella, arrastradas por sus propias cadenas que ella había ensartado en distintos puntos de la zona. Karen las había arrancado de tajo, cual la raíz de un tubérculo, sirviéndose de la propia trampa que ella había puesto.

Porque su objetivo no había sido el escapar de la enorme red, sino correr al extremo donde las puntas de las cadenas pasasen cerca.

Porque las que aparentaban ser mil y un cadenas diferentes, eran, en realidad, sólo dos, de una longitud monstruosa, que se entretejieron a lo largo y ancho de todo el lugar, y Karen se había percatado de esto desde el primer instante.

Porque el poder de la asesina más temida y odiada de todo el Cosa Nostra era tanto que podía darse el lujo de ejecutar estrategias como esta. Y por ende, ni el más experimentado de los guerreros podría prever.

En el aire, en completo estado de inercia, pateada a propósito hacia esa dirección y prácticamente agotada, Ie ya no podía hacer más. Una de las rocas se impactó en ella y la empujó de regresó a donde su verdugo, quien aprovechó para plantarle un taconazo en la boca del estómago. Tan potente que la roca detrás de su espalda se convirtió en granito, y su cuerpo salió despedido, cayendo en alguna parte no visible de los escombros, arboles arrancados de raíz y rocas destartaladas.

Karen bajó las cadenas, desclavó su pierna de aquella roca —la cual se hizo en el acto añicos—, miró a su alrededor y dejó escapar un tenue suspiro.

—Se terminó —susurró a sí misma.

Poco después, un sonido que iba en aumento le alertó que no era así.

Miró hacia la cima del monte. 

—¡Un derrumbe!

Al parecer, su tramoya lo había ocasionado. Haber arrancado todas esas piezas del terreno fue el equivalente a arrancarle una carta a la base de un castillo de naipes. No había problema: por más grandes que fueran las rocas que rodaban hacia ella, sortearlas no le supondría un problema. Sin embargo, al querer moverse, notó que ahora sus piernas se encontraban inmóviles.

—¿Pero qué cojo…?

Las cadenas de acero se habían enredado en sus talones, y por más que trató de jalarlas, una fuerza se aseguraba de mantenerlas en su sitio. Estaba atrapada y ya no tenía tiempo suficiente para romperlas de un jalón.

Miró hacia en medio  de los escombros. Ahí yacía una ensangrentada Ie, semienterrada en un peñón, sujetando con todas sus fuerzas los extremos de ambas cadenas.

Karen se dio tiempo de maldecir a la maldita enana, y acto seguido las dos fueron sepultadas bajo incontables toneladas de tierra y roca sólida del monte Cuccio.

ADELANTO En mi mundo -Capítulo 31

Ok, antes que nada: pido unas descomunales disculpas por toda la espera. Sé que para todo el tiempo transcurrido desde la última actualización es muy poco. Este adelante es más que nada para demostrar que el proyecto no ha sido abandonado y que trataré en la mayor brevedad posible de terminar de una buena vez el capítulo. Por su comprensión, mil gracias.





—Ya veo…

A Maximiliano Benedetti se le cerraron los ojos, después respiró profundamente, se frotó la sien con la yema de los dedos y por último hizo un recatado fruncimiento de ceño—. Conque se trataba de ellos —exclamó—. Debí haberlo supuesto desde un inicio.

No cabía duda: el buen juicio y la habilidad de Cinque para tomar decisiones acertadas en los momentos más apremiantes, estaban a otro nivel. Cualquier otro mafioso en sus zapatos le habría dado más prioridad a la pelea con los intrusos; pero ella, en cambio, tuvo la vivacidad de ir a comunicarle esta información tan valiosa inmediatamente. 

—Lo sabía. ¡Entonces usted sabe quiénes son esos malnacidos! —dijo la epicúrea mujer. Sus ansias por conocer el origen y motivaciones del enemigo se hacían evidentes en el brillo de sus ojos púrpuras—. Por favor, dígame, ¿quiénes son ellos? ¿Y por qué nos están atacando? ¿Qué es lo que pretenden hacer? Por favor, dígamelo.

—Tranquilízate —le contestó el hijo de Marzio, con una gran soberbia e inquebrantable calma—. No tengo tiempo para darte todos los detalles, así que confórmate con saber lo siguiente: no son más que un grupo de acérrimos rivales jurados a muerte del Beehive, quienes han venido hasta aquí con el único fin de hacerle daño a mi amada Chitoge.

—¿En serio? —Cinque abrió mucho los ojos—. ¿Está usted seguro de esto?

—Por supuesto, la descripción que me has dado cuadra perfectamente con su perfil. Les conozco bastante bien; fue durante mi estancia en Japón que me enteré de su existencia. El grupo en su mayoría está conformado por sicarios desertores y uno que otro sobreviviente resentido de organizaciones que fueron destruidas por el Beehive. Ya desde mucho tiempo atrás, esos infelices han estado buscando la manera de secuestrar a mi amada con el propósito de extorsionar y chantajear a su padre. Es por ello que no me sorprende en lo más mínimo que hayan tenido el descaro de haberla seguido hasta nuestro país. Pero eso no importa, pase lo que pase no voy a permitir que esos infelices le pongan las manos encima a mi amada. Ahora que sé quienes son, es evidente que no deben estar confabulados con los atacantes de afuera, pero aún así deberemos de actuar con mucha prudencia. Fiorella… no, Cinque, quiero que seas tú quien se encargue personalmente de encontrar y detener a estos malnacidos cuanto antes. No hay necesidad de tomar prisioneros ni de interrogarlos; al contrario, en cuanto los encuentres deberás matarlos a todos y a cada uno de ellos y deshacerte de sus cuerpos sin dejar el más mínimo rastro. ¿Quedó claro?

—Pero, señor, ¿por qué usted quiere que…?

—Es bastante probable que parte de su plan también consista en responsabilizarme a mí de sus atroces actos, en manchar mi reputación ante los ojos del Beehive y en especialde Adelt. Es por esta razón que no puedo permitirme el lujo de que alguien más se entere de este incidente.

—¿A qué se refiere?

—Piénsalo bien. Yo, al momento de pedir la mano de su hija, le prometí a Adelt con mi propia vida que la vida de su amada hija siempre estaría segura a mi lado. ¿Qué pensaría él de mí si se llegase a sus oídos que hubo un atentado en contra de Chitoge ni bien apenas a un día de nuestro casamiento, y que, por si fuera poco, los perpetradores han sido capaces de violar nuestra seguridad, de llegar tan pero tan lejos? ¿Lo entiendes ahora? Por ningún motivo puedo dejar que se dé a conocer la identidad ni mucho menos las intenciones de los invasores. Sonará un tanto descabellado, sí, pero debo de reconocer que fue un tremendo golpe de suerte que al mismo tiempo, miembros de otras familias de Palermo nos hayan venido a visitar esta misma noche. Vamos a usarlos a ellos como una pantalla. Todo lo que tenemos que hacer es detener a los extranjeros, borrar cualquier rastro de su identidad y así responsabilizar de este atentado en su totalidad a los bastardos de las familias traidoras. ¿Te ha quedado claro, Cinque? Ve, busca y aduéñate de sus cadáveres, mata a cualquiera que ya haya sido tomado como prisionero antes de que sea interrogado y revele información de más, y elimina a los que todavía quedan vivos antes de que alguien más pueda identificarlos. Para el amanecer, no debe quedar ni un solo gramo de sus cuerpos, sus ropas, sus armas ni ningún otro vestigio de su existencia. Es una orden.

Cinque sudó frio, sus pupilas se dilataron hasta el máximo, sus puños involuntariamente se cerraron con fuerza y temblaron de manera arrítmica. Por un levísimo instante, creyó haber visto, sobrepuesto en el rostro aún tierno y por madurar de aquel polluelo insolente, el rostro seco, curtido y experimentado de su señor Marzio. Aquella misma expresión decidida, déspota, orgullosa y que parecía valorar a la vida ajena como quien valora a una mera herramienta o a una mera ficha más de su tablero de juegos, se reflejaba por encima de él.

—Sí…, mi señor —susurró en queda respuesta.

Maximiliano se dio la media vuelta y se echó a caminar en dirección contraria, rumbo a la puerta que había al otro extremo del salón—. Ahora que ya sé cuál es su verdadero objetivo, iré a custodiar personalmente a mi amada Chitoge. Asegúrate también que aquellos que ya han interactuado con los intrusos no revelen ni una sola palabra a los demás. Mientras menos gente sepa de la identidad de estos bastardos, mejor. Tienes mi permiso para silenciar a quienes consideres que sea pertinente hacerlo con tal de asegurar el secreto. Hazlo bien y te aseguro que serás adecuadamente recompensada por tu trabajo.

—¡Ah, por cierto! —gritó Cinque, un tanto vacilante.

Maximiliano detuvo su paso.

—¿Sí, Cinque?

—No… no es nada. Me pondré en marcha.

—Te lo encargo.

Y el joven capo se retiró del salón, dejando sola y dubitativa a la voluptuosa siciliana. Instantes más tarde, ella se retiró a toda velocidad; los sicarios dopados con la potente droga, que la escoltaban y esperaban afuera del salón, se le unieron y corrieron todos juntos rumbo a la cuarta planta de la residencia.

Por su parte, Maximiliano Benedetti, una vez se supo solo, corrió a golpear el muro del corredor. Los enormes y viejos cuadros colgados cerca se estremecían con cada puñetazo.

—¡Maldita sea! ¡Cómo te atreviste, Adelt! —gritó, poseído por la ira—. ¡Cómo te atreviste a traicionarme justo ahora!

‘Una mujer joven de nacionalidad japonesa de cabello negro’ y ‘una norteamericana de cabello blanco, aún más joven que la japonesa’; ambas sicarios de gran nivel. Era más que obvio.

Aquellas tenían que ser las mismas dos sicarios del Beehive que conoció en Japón, las que se hacían pasar por simples estudiantes del colegio al que asistía Chitoge, fungiendo como sus guardaespaldas personales, y que lo encararon el día que fue a pedirle matrimonio a su ahora prometida.

Y el que esas dos mujeres formaran parte del grupo de invasores sólo podía significar una cosa…

“Adelt, bastardo… si alguien se llega a dar cuenta que eres tú el que está detrás de todo esto, todo mi plan se vendrá abajo. Descubrirán que tú en realidad no estás de mi lado, y entonces irán por mi cabeza sin el temor de tener que enfrentarse también a ti. No puedo permitir que nadie se entere de esto, no hasta no haberme ganado por completo el respeto y obediencia absoluta de toda mi familia y de las demás familias de Sicilia.”

—¡Maldición! ¡No te lo perdonaré, Adelt! ¡Vas a pagar por esto!

Los azotes al muro continuaron hasta llenarle los nudillos de dolor. 

“Tranquilízate —se dijo—. Mientras Chitoge esté conmigo, tengo a Adelt comiendo de mi mano. No tiene ningún sentido que él esté haciendo esto si bien sabe que Chitoge no se lo perdonaría. Y qué tal si… ¿y que tal si esas dos en realidad están actuando por cuenta propia? Pero, y si fuera así ¿quién es entonces el verdadero orquestador de esto?”

—¡No, no, no! —exclamó para sí mismo—. ¡Eso no importa! Aún si fuera así, esas dos no dejan de ser miembros reconocidos de la organización de Adelt. Aunque ellas lo negasen, cualquiera que se precie de tener más de dos neuronas sospecharía que fue el Beehive quien que las envió en secreto. Pase lo que pase, debo mantener convencido a todo el mundo que el Beehive es mi aliado. El más mínimo rumor que ponga esto en duda los incitaría a revelarse contra mí.

Una vez pudo recobrar la compostura, reacomodó su corbata, alineó su saco y peinó los mechones alborotados de su fleco con los dedos.

 “Karen, ya te tardaste. ¿Te ha ocurrido algo? Por favor, ven pronto. Ya no nos queda mucho tiempo.”

Y continuó su andar. La noche era aún larga, y lo que le deparaba el destino demasiado incierto hasta para alguien de su calaña.

En mi mundo.

Capítulo XXXI





Hana se refugió detrás del coche y se apresuró a contestar el celular.

—Tienes cinco segundos para explicarme quién eres tú y cómo es que hiciste esto.

“Tranquilícese, Madame —respondió la insoportable voz—. Ya sé que hice muy mal en hackear sus teléfonos, pero no tenía más alternativa. Ya sabe, el ruido de las balas es demasiado fuerte, por lo que un solo altavoz no habría sido suficiente para hacerme notar. No debe temerme, pues soy un trabajador leal de su señor esposo. Todos en la —llamémosla así— ‘compañía’ de su marido, me conocen bajo el sobrenombre de Oblivion. Y en estos momentos se podría decir que yo soy quien está a cargo de este pequeño encargo. A juzgar por su presencia en este lugar, y por la pequeña rata de alcantarilla que le acompaña, deduzco que usted ya debe estar más o menos informada de la situación, ¿o me equivoco?”

—¿Qué has dicho? —la empresaria se giró hacia Raku. Ella y el jovenzuelo se dijeron con la mirada todo lo que debían decirse.

Oblivion, sentado frente al enorme monitor que alumbraba con su parpadeante luz su rostro pálido, dejó escapar una sonrisa maquiavélica luego de haberle dado un sorbito a su café. Sujetó el micrófono de sus audífonos, acercándolo más a sus labios, y dijo:

“Ahora no es momento para ponerse a chalar, así que voy a tratar de ser lo más breve posible. Si no es mucha molestia, Madame, me gustaría que ustedes y sus colaboradores me echen una mano en este asunto. Le prometo que si siguen mis instrucciones al pie de la letra, esta misma noche tendrá a su hija sana y salva descansando en su rezago. ¿Qué me dice?”

—Déjate de estupideces y dime de una vez qué es lo que quieres.

“Muy bien, Madame, preste atención. Antes que nada, lo primero que hay que hacer es deshacerse de ese remedo de Allen O’neil que es el que está siendo el más problemático. Hace unos pocos minutos eché a andar un plan para quitárnoslo de encima. Mientras llega el momento, quiero que sus hombres se dediquen únicamente a acabar con los bastardos que bloquean la entrada al salón. Después…”

Raku observó embobado a Hana. “Acaso… ¿acaso ese era Oblivion? —pensó—. ¿de qué estará hablando con Hana-san? Tsugumi, Migisuke-san y Paula-chan, ¿en dónde se encuentran?”

Con lo caótico de la situación, no fue sino hasta ese momento que se dio tiempo de sentirse preocupado. El vehículo empotrado en la entrada de la mansión anunciaba que ellos habían logrado entrar como lo estipulaba el plan elaborado por Oblivion; pero si las cosas se habían puesto igual o más movidas que en el exterior, si adentro había más tipos como el loco de las ametralladoras… “No, por favor. Manténgase a salvo” suplicó apretando los dientes y sudando frío.

Hana guardo su móvil cerca de su pecho, de manera de que pudiera tomarlo de nuevo rápidamente, y ordenó enérgica a sus hombres que atacaran con todo a los mafiosos que bloqueaban la entrada a la residencia. Tanto sus guardaespaldas como los sicarios del Beehive obedecieron sin cuestionar y dispararon con todo su arsenal a los Benedetti. Tre, un poco confundido, hostigó con sus AK47 a los intrusos extranjeros, pero estos ya no le hicieron caso. Mejor tuvo que enfocarse en las demás familias, quienes sí continuaban acechándole.

Entre tanto, tres personas se hacían paso a toda velocidad por los laberínticos corredores de la mansión Benedetti. Ninguno de ellos podía creer todavía la noticia que Oblivion les acababa de comunicar hace apenas un par de minutos.

—Ya era hora de que por fin te aparecieras, jovencito estúpido —masculló Paula con una media sonrisa altanera.

“Aniki, ¡Qué bueno que te encuentres bien!” pensaba Migisuke entusiasmado.

—Ichijou… —Pero la que corría con más fuerza, tanto así que pese a ser la más alejada del punto de reunión ella sería la primera en llegar, era sin lugar a dudas Tsugumi—, ¡Raku Ichijou!

FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) TERCERA PARTE [Capítulos 19-27]





Descarga en formato Word (sí, ya no lo subiré en PDF porque por alguna razón que no comprendo, el tipo de fuente que utilzo me la cambia por una más fea) la tercera parte de mi fanfiction de Nisekoi: En mi mundo.
En esta versión editada y corregida.:
  •  Contiene el segundo capítulo spin off (re-bautizado como el 'capítulo 1.8') y los capítulos del 19 al 27
  • Los cuales  mejoré y modifiqué la redacción en cuanto a los capítulos originales
  • Añadíendo una que otra escena y diálogos inéditos.
  • Además de una lista con curiosidades y datos adicionales sobre la obra al final.
(Para descargar la primera parte, haz clic aquí. Para descargar la segunda parte, clic aquí.)
Sinopsis:

Nada es para siempre. Esta es una lección que Chitoge Kirisaki deberá aprender y enfrentar cuando descubra que sus días de ensueño y la maravillosa vida que había logrado en Japón tarde o temprano tienen que llegar a su fin. El destino de alguien que nace bajo la estrella de ser el hijo de un lider una organización delictiva está llena de más desventuras de lo que ella creía.

Género:

Romance, comedia, drama, acción.

Protagonistas:

Chitoge Kirisaki. Raku Ichijou. Seishirou Tsugumi. OC (Personaje original) 

Rating:   T+ (violencia en algunos momentos, escenas de violación y asesinatos narradas de forma sutil.)