El capítulo me está quedando más largo de lo que creí, es por eso que aquí les dejo otro adelanto del mismo. Juro que para la próxima vez, voy a colgar el capítulo completo. ¡No se lo pierdan!
Dos, tres, cuatro…,
cinco impactos y fue todo lo que pudo resistir su ya de por sí bastante abollado
sable Dao. El frío metal de la hoja se partió en decenas de trocitos, cual quebradiza
figura de cristal, ante los atónicos ojos negros y vacíos de Ie. El talón de su
contrincante no detuvo su marcha, y siguió hasta casi rozarle el cuello; poco faltó
para que su cabeza terminara rodando por los suelos. Con cada envite de su
oponente, Ie perdía más y más terreno, viéndose cada vez obligada a retroceder una
mayor distancia con tal de mantenerse con vida. El sudor que ya empapaba considerablemente
su rostro, su aliento quemante, el dolor muscular de sus extremidades, eran
claros indicativos de lo cerca que se encontraba de llegar al límite. A pesar
de ser una gran maestra en el control del Ki, la superioridad física de su
rival abría una brecha de poder infranqueable. Por primera vez en su vida, fue
testigo de cómo la pasión y el poder bruto lograban sobreponerse a la templanza y a la fuerza del espíritu.
Si tan solo
su cuerpo no fuera así de pequeño, si por lo menos ella tuviese una estatura y
un peso dentro de lo normal…, quizás el resultado de esta pelea habría sido muy
distinto. Técnica, armamento, conocimiento y tácticas de combate no le hacían
en falta. Pero no se podía decir lo mismo de su condición, que nunca —y repito,
nunca—, hasta esa noche, le había significado una desventaja o un impedimento
para poder aplastar a sus enemigos.
Pero el
hubiera no existe, e Ie sabía eso mejor que nadie.
Sin embargo,
darse por vencida no era una opción.
Pues ella era
la única presente con la capacidad de contener a semejante monstruo que parecía
salido de las pesadillas más desesperanzadoras de un demonio. De no hacerlo,
las personas a las que vino a proteger estarían en serio peligro. Ie debía, pues,
aguantar un poco más de tiempo, el suficiente para que pudiesen concluir con su
misión. Hasta no verlos a ellos salir de aquella mansión, sanos y salvos, continuaría
luchando con todas sus fuerzas. No defraudaría, pasase lo que pasase, los
deseos de su señora.
Incluso si
eso conllevaba entregar a la causa su último aliento.
En un final intento
por emparejar la balanza, Ie saltó con todas sus fuerzas, posicionándose a varios
metros por encima de su contrincante. Acto seguido, desplegó una inmensurable
cantidad de cadenas, las cuales parecían no tener fin, de las holgadas mangas
de su traje, que se incrustaron en las rocas y arboles y luego se fueron
enredando unas a tras entre sí y en todas direcciones, hasta formar una enorme red
que se extendía por todo el escenario. Ahora Karen se veía envuelta en una especie
de telaraña de acero, en la que no se podía caminar ni medio metro sin que una o
más de estas cadenas se interpusieran. La silueta de Ie aterrizó a unos pocos
metros, y ésta de inmediato se dispuso a empuñar la que era su última arma: aquella
lanza oriental de más de dos metros de largo, que utilizó casi desde el inicio
del combate, y de la que partió el asta a menos de la mitad de su tamaño para
ajustar su longitud a la de su cuerpo. Y sorteando con facilidad las cadenas que
se tensaban entre ella y su objetivo, se lanzó al ataque. Por puro instinto,
Karen trató de arremeter también, pero las cadenas frente a ella le obligaron a
inclinar el torso, acción que entorpeció y ralentizó su avance. Esto por poco
le cuesta perder —literalmente— la cabeza a manos de Ie, quien se aprovechó del
momento para pasarle por el cuello la hoja de su lanza. Karen lo evadió echándose
hacia atrás, pero la misma cadena de hace un momento se encajó en su espalda, atrapándola.
Ie saltó hacia ella con la punta de su lanza apuntándole directo a la cabeza. A
Karen le quedó otra opción que repeler la estocada con el talón del pie.
El choque
entre los dos metales derivó en un estridente crujido; Ie salió despedida hacia
atrás. La pequeña cuchilla oculta en el tacón del zapato derecho de Karen se dobló
por la mitad, quedando su filo inservible.
“Ya veo.” En
ese instante, Karen comprendió en qué consistía la artimaña de su enemigo. Ya fuera
que intentase acercarse o esquivar uno de sus envites, ahora corría el riesgo
de tropezar o quedar atrapada en una de las muchas cadenas que se cernían por
todo el campo de batalla. Tenía, por lo tanto, la necesidad de fijarse primero
hacia donde tenía pensado moverse, agacharse o dar saltos precisos para evadirlas,
medir y contener sus patadas; no así esa maldita enana, quien dado a su
minúscula estatura, podía simplemente correr por debajo de las cadenas o
brincar en medio de ellas sin mucha dificultad. Incluso si Karen se dedicaba a abrirse
paso rompiéndolas una a una, tal acción le supondría de por sí una pérdida de
tiempo que no serviría más que para entorpecer sus demás acciones, ora al tratar
de aproximarse a su rival para atacarle, ora al tratar de evadir sus arremetidas.
Y su enemigo, consciente de esto, simplemente tendría que mantenerse adentro de
una zona donde aún hubiese cadenas desplegadas para mantener su ventaja.
Pero Karen ya
no tenía tiempo para caer en su juego, debía terminar con esta pelea de una
buena vez.
Esquivar sus cuchilladas
ya no iba a ser una opción, el bloquearlas tampoco, no mientras éstas provengan
de un arma de semejante envergadura. Y tomar la iniciativa en el ataque, mucho menos,
pues la enana podía escabullirse cuantas veces quisiese. Debía encontrar una
forma de obligarla a acercarse para después contraatacar en el momento justo.
Tal y como en una película americana del viejo oeste, todo se reduciría a quién
dispararía primero.
Karen se echó
a correr en dirección opuesta a Ie, sorteando cada una de las cadenas con pequeños
y certeros saltos.
“No, no lo
harás.” Ie se apresuró a perseguirle. Eran obvias sus intenciones: escapar de
la red de cadenas. Si Karen perdía el interés en ella y decidía volver a la
mansión, todo estaría perdido; ella ya no podría alcanzarle, y aunque lo
hiciera, terminaría perdiendo. Su única oportunidad estaba en mantener a su
objetivo adentro de su trampa.
Cuando por
fin creyó haberla alcanzado, su presa se detuvo en seco, dio un fuerte pisotón
a la roca en dónde estaba parada, hundiendo en ella su pierna izquierda hasta
la altura de rodilla, y se dio la media vuelta. Sujetó con ambas manos los dos extremos
de cadena que se encumbraban a sus costados, y levantó la mirada hacia los
cielos, desde donde Ie se precipitaba hacia ella, como una jabalina humana, con
la punta de su lanza por delante lista para atravesarle el cráneo.
—Cagnea… —Karen pateó con el talón que le
quedaba libre la punta de la lanza. La fuerza del impacto fue tal que la enorme
roca donde ella misma se había clavado se llenó de grietas de cabo a rabo.
Ie salió
repelida hacia el aire sin más inconveniente, pero el talón del zapato de Karen
se había partido en dos. Los restos de su cuchilla oculta en su talón cayeron
al suelo.
“Te tengo”
pensó Ie, pues ya sin su tacón metálico, su próximo ataque no podría ser
bloqueado.
—¡Ahora! —Entonces
Karen, usando la enorme roca en la que estaba parada como apoyo, jaló con todas
sus fuerzas de las dos cadenas.
—¿Qué?
La tierra se
estremeció, crujió estrepitosamente y tembló entera. Ie, aún en el aire, se
giró a ver qué estaba ocurriendo. Con pánico observó como una increíble
cantidad de rocas, peñascos y arboles, se acercaban a ella, arrastradas por sus
propias cadenas que ella había ensartado en distintos puntos de la zona. Karen
las había arrancado de tajo, cual la raíz de un tubérculo, sirviéndose de la
propia trampa que ella había puesto.
Porque su
objetivo no había sido el escapar de la enorme red, sino correr al extremo
donde las puntas de las cadenas pasasen cerca.
Porque las
que aparentaban ser mil y un cadenas diferentes, eran, en realidad, sólo dos, de
una longitud monstruosa, que se entretejieron a lo largo y ancho de todo el
lugar, y Karen se había percatado de esto desde el primer instante.
Porque el
poder de la asesina más temida y odiada de todo el Cosa Nostra era tanto que
podía darse el lujo de ejecutar estrategias como esta. Y por ende, ni el más
experimentado de los guerreros podría prever.
En el aire,
en completo estado de inercia, pateada a propósito hacia esa dirección y prácticamente
agotada, Ie ya no podía hacer más. Una de las rocas se impactó en ella y la empujó
de regresó a donde su verdugo, quien aprovechó para plantarle un taconazo en la
boca del estómago. Tan potente que la roca detrás de su espalda se convirtió en
granito, y su cuerpo salió despedido, cayendo en alguna parte no visible de los
escombros, arboles arrancados de raíz y rocas destartaladas.
Karen bajó
las cadenas, desclavó su pierna de aquella roca —la cual se hizo en el acto añicos—, miró a su alrededor y dejó escapar un tenue suspiro.
—Se terminó —susurró
a sí misma.
Poco después,
un sonido que iba en aumento le alertó que no era así.
Miró hacia la
cima del monte.
—¡Un
derrumbe!
Al parecer,
su tramoya lo había ocasionado. Haber arrancado todas esas piezas del terreno
fue el equivalente a arrancarle una carta a la base de un castillo de naipes. No
había problema: por más grandes que fueran las rocas que rodaban hacia ella, sortearlas
no le supondría un problema. Sin embargo, al querer moverse, notó que ahora sus
piernas se encontraban inmóviles.
—¿Pero qué
cojo…?
Las cadenas
de acero se habían enredado en sus talones, y por más que trató de jalarlas,
una fuerza se aseguraba de mantenerlas en su sitio. Estaba atrapada y ya no
tenía tiempo suficiente para romperlas de un jalón.
Miró hacia en
medio de los escombros. Ahí yacía una
ensangrentada Ie, semienterrada en un peñón, sujetando con todas sus fuerzas los
extremos de ambas cadenas.
Karen se dio
tiempo de maldecir a la maldita enana, y acto seguido las dos fueron sepultadas
bajo incontables toneladas de tierra y roca sólida del monte Cuccio.