La fría luz
de un monitor alumbraba el muro de una oscura y casi en su totalidad vacía
habitación. Desde las bocinas de unos auriculares abandonados en el suelo al
lado de un teclado inalámbrico y un mouse, se alcanzaba a oír el difuso ruido
de tiroteos, gritos bélicos y una que otra explosión.
De pronto, la
puerta comenzó a abrirse, dejando pasar una cálida luz al interior del despacho.
Justo en medio de esa luz se erigía la sombra de un hombre en bata de baño que
llevaba en mano una humeante taza. El susodicho entró a la habitación y pasó a
sentarse en el suelo, frente al enorme monitor, con una remarcable pereza y pesadez.
—Veamos,
veamos…
El sujeto,
quien no era otro que Oblivion, le dio un pronunciado trago a su café
atiborrado de azúcar y sustituto de crema, y se reacomodó sus gafas con la yema
del dedo. Su pelo, por alguna razón, estaba húmedo y lucía más despeinado de lo
habitual. El hacker se dedicaba a observar con cierto aire de tedio a una zona
del monitor primero, después a otra y luego a otra más, en lo que balbucía:
—La situación
parece que no ha cambiado mucho. Hasta ahora, ninguno del equipo ha logrado
llegar a la quinta planta y eso que ya tenemos más de media hora de retraso con
lo acordado en el plan; hemos perdido contacto con al menos la tercera parte de
nuestros efectivos; hay un grupo de locos atacando la mansión desde afuera y
amenazan con entrar en cualquier momento, ya ni mencionemos lo difícil que va a
ser sortearlos a la hora de escapar si alguien no se ha hecho cargo de ellos; Sanguigna, por otro lado, todavía se
encuentra ocupada en lo suyo, pero no hay que confiarnos, esto podría cambiar de
un momento a otro; y por último, está esa niña loca con cosplay de Kobato
Hasegawa suelta. ¡Ah! Y aún sin señales de mi adorada musa loli todavía. Qué
puto fastidio… —El enajenado echó un resoplido y se rascó la cabeza, luego alzó
su taza y bebió prolongadamente hasta que sus fatigados ojos se percataron de
algo más allá de la cuarta pared. Frunció el entrecejo y pasó a decir—: ¿Qué?
¿Por qué me miran así? Hasta un genio como yo necesita tomarse un descanso entre
tanto estrés, ¿saben?
Y continuó
bebiendo su café sin prestarle mucha importancia a las violentas escenas que le
eran transmitidas a la pantalla de su ordenador, tanto por las cámaras de los
infiltrados como de las de los francotiradores, y los gritos y reclamos de ambos.
En mi mundo.
Capítulo XXX
—Vaya, vaya…
La munición de la Minigun se había agotado. Las puntas de los cuatro
cañones del arma humeaban y chirreaban debido al sobrecalentamiento. El
musculoso siciliano le echó un vistazo rápido al panorama: Los coches de los
enemigos quedaron completamente estropeados, con sus cristales rotos y los
chasises hundidos y perforados por las balas. A lo largo de todo el suelo, unos
enormes hoyos —tan profundos que hasta él, desde lo alto, podía apreciarlos— adornaban
de cabo a rabo el escenario, asemejándolo a una zona de desastre. Era en el camino
de asfalto donde mejor se apreciaban estos agujeros, producto de los impactos múltiples
de grueso calibre. En las áreas de los jardines, el verde del césped había
desaparecido a causa de toda la tierra levantada por los balazos, y los
arbustos y árboles, acribillados de arriba a abajo, se caían lentamente a
jirones. Los cuerpos de los intrusos que no alcanzaron a refugiarse… quizás sea
mejor no tener que describir el estado en el que se encontraban.
De tres a cinco segundos les llevó a los mafiosos darse cuenta que la
balacera por fin había cesado. No se lo pensaron dos veces: en cuanto se
asomaron, todos ellos apuntaron hacia aquel balcón del cuarto piso.
—Tsk… —El hombre arrojó el cañón de la minigun y se apresuró a refugiarse
en el marco del ventanal. Los atacantes no paraban de dispararle. Los muros, sin
embargo, eran tan resistentes que las balas no les hacían ni la más pequeña resquebrajadura—.
Estos bastardos resultaron ser más resistentes que las mismísimas cucarachas.
Los soldati de los Benedetti
dejaron a un lado su ensimismamiento y reanudaron su ataque a los intrusos.
Hasta hace poco, eran ellos quienes iban perdiendo —y de manera miserable— a
causa de lo ampliamente superados que eran en número. La intervención milagrosa
de aquel misterioso colega les había supuesto un oportuno respiro; ahora estaba
en sus manos aprovechar esta voltereta de tuerca para acabar de una buena vez con
ellos. Algunos invasores se giraron a atacarles mientras el resto siguió
enfocándose en el maniático del balcón: unos no parando de disparar al interior
de la ventana, pues no querían darle ni tiempo de asomar las narices al infeliz;
otros, más prudentes, esperaban pacientes a que reapareciera. Fue durante estos
acontecimientos que las limusinas conducidas por los hombres de Hana y los sicarios
del Beehive aparcaron a las afueras de la residencia.
—Escúchenme con atención —sentenció Hana a sus hombres al momento de
bajar del vehículo—, tenemos que encontrar una manera de entrar al lugar pero
sin permitir que estos bastardos lo hagan también. ¿Alguna idea?
—Si acabamos primero con los atacantes —acotó uno de sus asistentes—, nos
aseguraríamos de que nunca entrasen a la mansión, pero entonces los Benedetti
nos cerrarían el paso y perderíamos mucho tiempo. Si, por el contrario,
acabamos primero con los Benedetti que custodian la entrada a la mansión y nos
apresuramos en entrar, entraríamos más rápido pero a expensas de que los
invasores lo hagan también.
—A la mierda —Hana cerró los ojos, se llevó un cigarrillo nuevo a la boca
y le prendió fuego—, entonces nos los cargaremos a todos al mismo tiempo y lo
más rápido que se pueda.
—¡H-Hana san! —Raku se estremeció—. No deberíamos hacer eso… es decir,
¡no tenemos por qué ser tan…!
—Cierra la boca, muchacho —tomó al joven por el cuello de su playera y lo
arrastró con ella—. Camina.
“No me importa quienes sean estos bastardos —pensaba la empresaria—, no
dejaré que nadie le ponga un dedo encima a Chitoge.”
Tanto los guardaespaldas de Hana como los sicarios del Beehive blandieron
sus armas y dispararon a los mafiosos que tenían más cerca, ganándose al
instante su atención. “Mierda” alcanzó a decir uno de ellos antes de caer
abatido. De las cuatro familias presentes, una tuvo que dejar a un lado su
ataque a los Benedetti para defenderse de los recién llegados.
—¿De dónde han salidos esos hijos de puta…?
El resto estaban tan concentrados en el tiroteo que todavía ni los
advertían. Sólo los Benedetti, quienes resguardaban la mansión desde las
ventanas contiguas a la entrada, los habían visto llegar. Al principio temieron
que fueran más enemigos; sin embargo, al ver que se habían decantado por atacar
a los intrusos y que su pinta era de americanos en su gran mayoría, dedujeron
que se trataban de sus nuevos aliados: los Beehive, quienes habían venido a
ayudarles. Esto subió su moral a un punto álgido. Decididos a terminar de una
buena vez el trabajo, intensificaron sus disparos. A los invasores no les quedó
otro remedio que dejar a un lado al balcón de la cuarta planta y protegerse de
ellos.
Pero unos segundos después, de unas seis a ocho granadas de mano fueron
arrojadas desde el interior de aquel balcón del cuarto piso. Los Benedetti, al
verlas rebotar en el suelo, se resguardaron en los muros. Las explosiones agrietaron
los cristales blindados de las ventanas y sacudieron las furgonetas enemigas
hasta casi volcarlas. Los brazos de algunos sicarios fueron alcanzados y
heridos por la metralla, los tímpanos de algunos reventaron. Incluso los
hombres de Hana no tuvieron otra alternativa que correr a refugiarse en sus propios
vehículos. Por poco y la onda expansiva les daba de lleno.
—¿PERO QUIÉN HIZO ESO? —Gritó Raku Ichijou, entrado en un estado de pavor.
Tenía la mano de Hana agarrándolo con fuerza del cuello de su playera, y el rostro
tan cercano al suelo que por poco y lo besaba.
Hana le había salvado la vida al arrastrarlo —de manera no muy agraciada—
junto con ella a refugiarse detrás de uno de los coches.
—Muy bien, cucarachas —se oyó exclamar desde lo alto una gruesa voz. Del
mismo balcón del cuarto piso reaparecía la silueta del fornido hombre siciliano
empuñando ahora dos nuevas armas—: ¿Están listas para el segundo asalto?
Ahora llevaba consigo un par de AK-47, una en cada brazo. Su maestría con
las armas resultó ser tal que se puso a disparar con ambos fusiles al mismo
tiempo. Su destreza era casi perfecta, bien podía estar disparando en el
extremo derecho y apuntando en el izquierdo, sin sacrificar precisión ni en un
objetivo ni en el otro. Arremetió sin miramientos a todas las familias intrusas,
incluyendo a los recién llegados hombres de Hana.
—¡Vamos, qué esperan! ¡Defiéndanse, insectos! —reía a carcajadas—. La
fiesta apenas está empezando, vamos a divertirnos toda la noche…
Familia Benedetti.
Sicario de elite, capodecina y administrador en jefe de la subdivisión de tráfico y abastecimiento de arsenal. Anteriormente, agente y gestor de territorios bajo las órdenes directas del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Tre.
Especialidad: Contrabando, fabricación y modificación de armamento.
Sicario de elite, capodecina y administrador en jefe de la subdivisión de tráfico y abastecimiento de arsenal. Anteriormente, agente y gestor de territorios bajo las órdenes directas del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Tre.
Especialidad: Contrabando, fabricación y modificación de armamento.
—¿Qué pasa?
¿Nadie? ¿Acaso necesitan más motivación o qué?
Y sin dejar
de disparar con el brazo derecho, bajó el fusil que cargaba en el izquierdo, se
apresuró a sacar de su chaleco unas tres granadas de fragmentación, les quitó
el seguro a cada una con los dientes, y las arrojó. Las detonaciones hicieron
estremecer todo el patio frontal. Al maniático no parecía preocuparle en lo
absoluto herir en el proceso a sus compañeros.
—Olviden lo
que dije —Hana le hizo una seña a uno de sus hombres y éste se acercó para
entregarle un par de mini uzi—,
primero nos vamos a tener que despachar a ese bobalicón.
Antes de
levantarse, la empresaria contempló los subfusiles. Por un segundo, una sonrisilla
pícara se dibujó en sus bellos labios. “Vaya, creo que no había vuelto a usar
uno de estos desde mi luna de miel. Qué recuerdos…”
Hana, sus
guardaespaldas y los sicarios del Beehive se enfrascaron de lleno en el tiroteo,
alternando entre el demente del balcón y los rivales de de los Benedetti. Los defensores
de la entrada ya no sabían si tomar como sus aliados o no a los recién
llegados. Pero pronto todo esto cambiaría con la llegada de más refuerzos:
compañeros suyos provenientes del interior de la mansión, los cuales, por
alguna extraña razón, tenían una actitud fuera de lo común, agresiva. Gruñían
en lugar de hablar y no dejaban la impresión de racionar sus acciones. Éstos de
inmediato se dispusieron a arremeter contra todo lo que se movía afuera de de
los muros; dispararon sin piedad ora a los norteamericanos y asiáticos, ora a
los sicilianos, y los primeros dos no dudaron en regresarles el gesto;
tornándose el conflicto de este modo en una guerra entre tres facciones por la
supervivencia.
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Comenzaba a
faltarle el aliento. A la joven sicario le quemaba el aire con cada entrecortado
respiro que daba. Aún tenía las fuerzas suficientes para seguir corriendo, pero
sus pasos se habían vuelto lentos y torpes en comparación al inicio de la
contienda, y dicha condición iba de mal en peor a un ritmo desacelerado. Por
ello, conservar la distancia necesaria para permanecer a salvo de su
perseguidor le suponía un esfuerzo sobrehumano. En su frente, pegajosa y
abochornada, los ríos de sudor resbalaban por su rostro y de vez en cuando
atinaban a meterse en uno de sus ojos, obligándola a cerrarlo por unos
instantes. Más por orgullo que por una razón lógica, se negaba a jadear frente
a su oponente, no quería darle esa satisfacción; por ello mantenía en todo
momento los dientes bien apretados. Ya se había gastado más de la mitad de su
munición y casi la totalidad de sus explosivos y armamento. Y todo, al parecer,
en vano.
Su oponente,
en cambio, lucía una sonrisa fresca, radiante. Se veía tan relajada, como si desde
hace un buen de tiempo hubiera dejado de tomarse en serio la pelea.
Anteriormente furiosa y explosiva, ahora alegre e insolente, daba la impresión
de estarse divirtiendo de lo lindo, como si de un simple juego se tratase todo.
No había ni gota de sudor que empapase su lozana piel, ni mancha de mugre que ensuciase
su negro y sedoso pelo. Incluso su amada muñeca, pese a llevar su vestido hecho
harapos, transmitía esa misma sensación de inmutabilidad, de reluciente frescura,
en su pálido rostro de porcelana.
—¿Qué te
pasa? —dijo la mocosa ésa con un tonecillo alegre y medio satírico—. ¿A dónde
se fueron todas tus energías? Te lo dije, te-lo-di-je…,
te dije que no eras rival para Elisabetta. ¿Ya viste que no era mentira,
señorita Zanna Bianca? ¿Sabes? me
hubiera gustado mucho que jugaras más tiempo con Elisabetta, pero ya es hora de
terminar con esto. Todavía hay muchos invasores a lo que Elisabetta y yo
debemos darles su merecido, así que dime si ya estás lista para confesarnos
quién los mandó a atacarnos. Anda, dinos todo lo que sabes.
(Ya no hay
tiempo para interrogarla. Debemos detener cuanto antes a los otros intrusos.)
—¡Cállate!
—Paula disparó con su revolver. Bambinna rechazó como si nada la bala valiéndose
de la manita de Elisabetta. La albina repitió el proceso otras tres veces y el
resultado fue el mismo.
—¿Ya se te acabaron
los misiles y granadas?
—¡Te dije que
cerraras la boca!
Metió la mano
en su abrigo, pero al momento de sacar otra arma, la niña y su muñeca infernal
ya se habían posicionado a unos escasos centímetros frente a ella. Una sacudida
de la manita de Elisabetta bastó para cortar por la mitad el cañón del
subfusil. Sin darle tiempo de reaccionar, Bambinna agarró a su muñeca por la
nuca y con ésta le conectó un cabezazo en la boca del estómago a Paula. Fue un
impacto mucho más potente que el de la primera ocasión. La cabeza de la muñeca
se sintió tan dura y pesada como una bala de cañón. La albina salió volando y se
estrelló en una de las esquinas del salón. Ya no tuvo fuerzas para ponerse de
pie, la cabeza le dolía demasiado y todo a su alrededor daba vueltas.
Aún de
rodillas, Paula puso todo de sí para alzar la cabeza. Y al hacerlo, tuvo lo que
seguramente fue una de la peores y más escalofriantes visiones de toda su vida:
Debido al
color de su indumentaria y de su cabello, tan negros como la penumbra de una
noche sin luna, la silueta de la mocosa se difuminaba hasta perderse en la
oscuridad del destartalado recinto. Esto daba como resultado la ilusión de que
su muñeca flotaba sola en el aire, cual objeto maldito y con vida propia, y se
dirigía lentamente hacia ella. Y, además, aquella mirada vacía y sin emociones…,
esos ojos negros, brillantes; la expresión fría y atroz en las facciones de esa
muñeca de melena rubia y risada; Paula no le había prestado la suficiente atención
hasta ese momento, pero esa muñeca, si se le observaba bien, transmitía la
sensación de poseer vida propia, de tener plena consciencia. Y, ahora mismo,
parecía que le miraba, cruel, indolente, decidida a asestarle el último golpe.
Como una muñeca maldita sacada de las más perturbadoras pesadillas de un
psicótico, una muñeca maldita que se burlaba de ella y le veía con altivez y desprecio,
una muñeca maldita a la que no podía vencer…
Paula arrojó,
con lo que le quedaba de fuerzas, una granada al piso. Una cortina de gas se
esparció violentamente hasta envolver a su contrincante. Bambinna se tapó el
rostro, los ojos le ardían. “¡Gas lacrimógeno!” dedujo y de inmediato se echó a
correr lejos de la zona.
(A tu
izquierda.)
Bambinna bloqueó
con su muñeca cuatro balas disparadas desde su costado izquierdo. Paula quedó
estupefacta. ¿Cómo fue que ella había podido anticipar la dirección de los
disparos si sus ojos estaban cegados por el gas lacrimógeno?
—Vaya, así
que todavía te quedaban algo de fuerzas —exclamó Bambinna—. Señorita Zanna Bianca, eres sorprendente. Pero
lamento decirte que esos trucos no funcionan en Elisabetta. Ahora, sé una buena
chica y déjate dar el tiro de gracia. Elisabetta y yo aún tenemos mucho trabajo
por hacer, y no queremos dormirnos muy tarde porque mañana tenemos que asistir
a una boda.
Paula gruñó
entre dientes.
—¡Déjate de
tonterías! —gritó a voz medio cortada—. Es imposible… ¡es imposible que una sicario
de mi categoría se deje derrotar por una niñata chiflada como tú! ¿Me oíste?
—Ni…
¿Niñata…?
Y en un abrir
y cerrar de ojos, la sonrisa en el rostro de la jovencita se borró, siendo
sustituida por una mirada desencajada, unos labios retorcidos y un tic de
contención de ira bastante caricaturesco.
—Acaso tú…
Acaso tú… —Hasta su voz se había tornado más grave—, ¿acaso tú me dijiste…?
Su cara se
fue volviendo más y más roja, hasta alcanzar el punto máximo. Como si toda la
sangre del cuerpo se le hubiese subido a la cabeza y se le fuera a salir por
las orejas.
—Yo… no… soy…
¡¡¡YO NO SOY NINGUNA NIÑAAAAAAA!!! —Estalló en un alarido que hizo estremecer
al salón entero. Paula se tapó los oídos y apretó los ojos—. ¡CON UN DEMONIO!
¡YA TENGO VEINTICINCO AÑOS! ¿CÓMO TE ATREVES A DECIRME QUE SOY UNA NIÑAAAAA?
Golpeó múltiples
veces el suelo con el puño de Elisabetta. Las lozas bajo el alfombrado se desprendían
y botaban del piso, convirtiéndolo poco a poco en un terreno irregular y
escabroso. Paula se tuvo que mover a un lado para evitar que una de las fisuras
más violentas le diera de lleno.
—¡Hey! ¿Qué
estás haciendo? ¿Te has vuelto loca?
—Y tú… y tú…
—Pero la joven no parecía hacerle caso y le siguió dando azotes al piso hasta
casi dejarlo hecho polvo—… que encima seas tú la que se atreva a llamarme así…
¿Es qué acaso no te miras en los espejos? No debes pasar ni de los quince años
y aún así… y aún así… ¡AÚN ASÍ TE ATREVISTE A DECIRME A MÍ QUE SOY UNA NIÑA!
¡Tú, maldita mocosa nalgas meadas, te voy a hacer picadillo!
Se arrojó
contra Paula. Gracias al tremendo aspaviento, la albina tuvo una subida de
adrenalina que le dio las fuerzas necesarias para evadirlo. El puñetazo de
Elisabetta impactó en el cristal de una de las ventanas, haciéndolo añicos.
Eran los mismos cristales blindados que ni la explosión del lanzacohetes había
podido cuartear, y que ahora parecían ser igual de frágiles que esferas
navideñas. “Si me hubiera dado…” pensó Paula con un nudo en la tráquea.
Pero Bambinna
no se detuvo ahí: arremetió de nueva cuenta, una y otra y otra vez, sin darle a
Paula tiempo de hacer otra cosa que correr por su vida. Cada golpe fallido
terminaba recibiéndolo el suelo. Los temblores provocados con cada golpe
comenzaban a ser sentidos en los otros pisos. De seguir así, todo el piso del
salón colapsaría y ella y Paula caerían en picada a la tercera planta. Pero
nada de eso parecía importarle a la joven siciliana.
(Tranquilízate.
Para ya. Por favor, detente.)
Si Paula
esquivaba los golpes se debía sólo a que estos eran demasiado desorganizados y,
por ende, fáciles de predecir. La enloquecida muchacha prácticamente lanzaba
sus ataques a lo loco, sin fijarse a dónde. Sin embargo, la situación duraría
así por siempre: en algún momento, las piernas de Paula fallarían debido a la
fatiga, haciendo que cayese al suelo; o sus fuerzas descenderían a un punto en
que ya no podría moverse lo bastante rápido, por lo que sería alcanzada por
esas manitas de porcelana que rompen y cortan todo lo que tocan.
—¡Muérete!
¡Muérete, maldita mocosa! —gritaba Bambinna sin parar, haciendo caso omiso de
la templada voz en su cabeza suplicándole que se detuviera antes de que fuera
demasiado tarde.
(¡Escúchame!
¡Es peligroso que sigas así! ¡Para de una vez!)
El talón de
Paula se impactó con una de las baldosas botadas, haciéndole perder el
equilibro. No se precipitó al suelo, pero ya no iba a poder reaccionar a tiempo.
Se tambaleó unos pasos hacia atrás mientras observaba cómo la maniática de la
muñeca corría a asestarle el golpe de gracia.
—¡Muérete de
una vez…! —bufó la furibunda Bambinna.
Paula cerró
los ojos y echó una maldición mental. Todo había acabado, ya no podía hacer
nada.
(¡Cuidado!)
Y entonces,
la punta del pie de Bambinna tropezó con la misma baldosa que Paula. La joven
perdió el equilibrio y se estrelló con su contrincante. Ambas jóvenes rodaron
por el suelo.
Paula abrió
los ojos. Aún estaba viva pero ya no podía ni moverse. Le dolía mucho la
espalda a causa de unos trozos de baldosa desprendida y escombro que se le
habían encajado al momento de caer. Le calaban tanto que con el más leve respingo
bastaba para que se agudizara más el dolor. Lo primero que vio fue a Bambinna
tirada bocabajo, a un metro o quizás dos de distancia de ella.
—¿Elisabetta?
—exclamó la italiana apenas alzó la cabeza. Se escuchaba desesperada y muy, muy
nerviosa—. ¿En dónde está Elisabetta? ¡Elisabetta! —Se puso a gatear en
círculos, removiendo uno que otro escombro, sin parar de gritar—: ¡Elisabetta!
¿En dónde estás, Elisabetta? ¡Elisabetta! ¡Elisabetta! ¿En dónde estás,
Elisabetta? ¡Elisabetta!
Sus ojos,
vidriosos, delataban que estaba a una nada de caer en llanto.
“¿Qué
demonios le ocurre a esa tipa?” Pensó Paula mientras la veía.
De pronto, la
mirada de la chiquilla se clavó en ella. Se puso en pie y corrió desaforada
hacia donde yacía derrotada. Paula se cubrió la cara con ambos brazos. “Se
acabó” masculló en su mente al momento de sentir las manos de su enemigo
agarrando sus muñecas.
Pero algo no
andaba bien. La supuesta niña jalaba y le estrujaba de los brazos, como si
tratara de levantarla, pero sin éxito. Con esa fuerza bruta que había
demostrado poseer, era para que los huesos de Paula ya estuviesen rotos, o hubiese
sido lanzada al otro extremo del salón y terminara embarrada en el muro, o
ambas cosas.
—¡Bájate! La
estás aplastando —le suplicó con la voz de una niñita asustada—. ¡Bájate de
Elisabetta!
—¿Que-é?
Paula miró
hacia su costado. Un bracito de muñeca sobresalía debajo de su espalda. Lo que
creía que eran trozos de baldosas picándole la espalda, resultó ser, en
realidad, Elisabetta. Seguramente se le había resbalado de las manos a Bambinna
en el momento que chocaron entre sí, y Paula terminó encima por casualidad.
—¡Dámela!
—Bambinna se hartó de jalarle de los brazos y comenzó a darle de manotazos en
los hombros. Luego intento jalarla de su abrigo y por último volvió a tirarle más
golpecitos—. Que me la des. ¡Dámela!
¿A dónde se
había ido toda esa fuerza que hacía ver incluso a Black Tiger como a una
colegiala común y corriente? ¿En dónde quedó esa chica que se dedicaba a
levantar y arrojar muebles pesados, destrozar a pisotones el suelo de una
mansión a prueba de explosivos, desviar balas como si fueran pelotas de ping
pon y rebanar objetos metálicos como si estuviesen hechos de mantequilla? La
fuerza de sus zarandeos ahora era poco menos que un chiste.
“Igual a la
de un niño —concluyó Paula, a quien aún le costaba creerlo—. ¿Qué está pasando
aquí…? ¡Un segundo!”
Se quitó de
encima a la mocosa de un empujón. Bambinna cayó de sentón, manoteó y continuó
gritándole que le diera a Elisabetta. Paula se puso en pie y tomó a la muñeca.
Era más grande de lo que se veía a simple vista, de ochenta a noventa
centímetros de la cabeza a los pies, y mucho más pesada de lo que cualquiera se
habría imaginado: treinta kilos o más. “¿De qué estará hecha?”
—¡Dame a Elisabetta!
¡Es mía! ¡Dámela!
Bambinna
intentó agarrarla pero Paula no se lo permitió. La mantuvo lejos sosteniéndola
su cabeza con una mano.
—Por favor,
dame a Elisabetta. No es tuya. Dámela. —La jovencita estiraba sus brazos. Se escuchaba
cada vez más angustiada—. Te digo que me la des. ¡No es justo!
—Tiene que
ser una broma —susurró la albina.
A
continuación, volvió a empujar a Bambinna al suelo, se echó a correr en
dirección a la ventana rota…
—¡Tiene que
ser una jodida y puta broma! —y arrojó a la muñeca.
—¡No!
—Bambinna corrió a evitarlo, pero ya era demasiado tarde. Elisabetta cayó desde
la cuarta planta de la mansión a los jardines del patio posterior,
estrellándose junto a una fuente de querubín de mármol que había en el centro—.
¿Por qué lo hiciste? ¡Elisabetta!
La jovencita
cayó de rodillas, un par de lágrimas brotaron de sus ojos color miel. Estalló
en llanto cual niña inconsolable.
—Te odio —le
repetía a Paula entre sollozos y sorbidos—, te odio. No te lo voy a perdonar
jamás, ¿me oíste? ¡Elisabetta, voy por ti!
Se levantó e
intentó correr hacia a la puerta. Pero Paula la sujetó del brazo.
—No irás a
ninguna parte.
La sicario sacó
su 9mm y apuntó directo a la sien de la odiosa niñata. Bambinna frunció los
ojos y las lágrimas rodaron por sus mejillas. La albina jaló del gatillo… nada.
Ya no tenía munición. Paula chasqueó la lengua. Miró el rostro de su victima,
bañado en lágrimas y gimoteando como una niñita. Exhaló un fastidiado suspiro.
“Qué remedio.”
La amordazó,
la ató de piernas y brazos y después la arrojó al interior de una habitación
contigua; una donde, pensó, nadie la iba poder hallar hasta haber finalizado la
noche. Bambinna se quedó ahí sola, chillando, revolcándose en un rincón.
—Ahora sé una
buena ni… o lo que quiera que seas, y quédate ahí. Y no vuelvas a molestar a
nadie —advirtió Paula antes de cerrar la puerta.
“Si lo que
dijo esa chiflada era cierto entonces no deben estar muy lejos de aquí.”
Con esto en
mente, se apresuró hacia el pasillo de donde había venido esa chica loca de la
muñeca. Guiada por sus instintos y su sentido de la orientación, cruzó los
corredores virando un par de veces. Entonces los vio: sus cuatro compañeros yaciendo
inconscientes al final del pasillo. Se acercó a ellos y los examinó. No estaban
muertos, ni siquiera heridos de gravedad, pero esa insoportable italiana se había
asegurado bien de dejarlos fuera de combate por el resto de la noche. Ya no se despertarían
sin importar lo que hiciese. Tomó toda su munición —junto a algunos subfusiles y
pistolas como reemplazo a los que se habían roto— sus granadas y demás accesorios
útiles. Quiso tomar uno de sus comunicadores pero estos estaban destruidos al
igual que sus gafas de visión nocturna. “De seguro esto es obra de ella” pensó.
Por fortuna, Crash había sido lo bastantemente precavido como para llevar un
audífono de repuesto oculto entre sus cosas. Tomó el pequeño dispositivo y se
lo introdujo en el oído. Después ocultó a sus compañeros en una pequeña bodega que
era utilizada por la servidumbre para guardar el equipo de limpieza. Si todo
salía bien, ahí deberían permanecer a salvo hasta la finalización de la
operación.
Reanudó su
trayecto en lo que procedía a encender el comunicador nuevo.
—¡Oye,
pervertido!, ¿me escuchas?
“¡Paula! ¡Oh,
mi dulce Paula, qué bueno que estás a salvo! Estaba tan preocupado por ti, mi
dulce y única…”
—¡Déjate de
idioteces! Ahora menos que nunca estoy de humor.
“Este… ok,
ok, no te enfades —la voz de Oblivion ahora sonaba un poco sumisa y
amedrentada—. Dime, ¿Cómo se encuentran Crash y los otros?”
—Están vivos,
pero ya no podrán continuar. Descuida, pervertido, ya me hice cargo de ellos.
“Ya veo. Pero
entonces ¿no me digas que tú también te topaste con la misma jovencita que los
dejó así? ¿Lograste averiguar quién es?”
—¡Y qué me
preguntas a mí de eso, bobo! Si yo iba a preguntarte a ti lo mismo.
“Bueno, bueno,
ya. Dejemos eso para más tarde. Lo importante ahora es que estás de vuelta. Y
justo a tiempo, primor. Paula, necesito que te dirijas lo más pronto que puedas
al lugar que te voy a señalar a continuación.”
—¿Qué dices?
“Ha surgido
algo, por lo que voy a necesitar de tu ayuda. Date prisa, te daré los detalles
sobre la marcha.”
Paula paró en
seco, luego se dio la media vuelta y se echó a correr de regresó por donde
había venido. Entre tanto, le fue contando los detalles de su experiencia a
Oblivion.
“¿Estás
segura de que eso fue lo que te dijo?” El hacker sonaba asombrado y escéptico a
la vez. ‘Que sí’ le respondió Paula. “Entonces no hay duda, tiene que ser ella.
Quién habría imaginado que la legendaria Numerale
Quattro tendría esa apariencia. Esto lo comprueba, el resto de ellos deben
encontrarse en la mansión. Tenemos que ir con cuidado.”
0//0//0//0//0//0//0
Uno de sus
teléfonos móviles, el único que llevaba colgado en su cinturón, comenzó a
vibrar de una manera mucho más intensa de lo normal. Hana frunció las cejas,
estaba segura de haberlo puesto junto con los demás en modo avión. De todas
formas, ella no iba a detenerse a contestar una llamada en medio de una
balacera. Y, si no fuese porque tenía las dos manos ocupadas con las Uzis,
arrojaría el aparato a piso para que dejase de molestar.
“Madame.” De repente, se escuchó una voz
distorsionada desde el altavoz de ese celular, a todo volumen y en conjunto con
los otros cinco teléfonos que llevaba en su bolso.
“¿Pero cómo
es posible?” se preguntó una desconcertada Hana.
“Madame, sé que quizás no es el mejor
momento para atender una llamada telefónica, pero, por favor, conteste mi
llamada. Soy vuestro aliado y quiero darles una mano.”
Raku, quien
se encontraba a un lado de Hana, escuchó al igual que ella estas palabras y percibió,
pese a lo trastocada que se oía, a quién debía pertenecer esa voz.
—No es
posible. ¿Acaso será…?
Hana se
refugió detrás del coche y contestó el celular.
—Tienes cinco
segundos para explicarme quién eres tú y cómo es que hiciste esto.
“Tranquilícese, Madame. Sé que hice muy mal
en hackear todos sus teléfonos a la vez, pero no tenía alternativa. Ya sabe, el
ruido de las balas es demasiado fuerte por lo que un solo altavoz no habría
bastado para hacerme notar. No debe temerme, pues soy un trabajador leal de su
señor esposo. Todos en la —llamémosla así— ‘compañía’ de su marido, me conocen
por el sobrenombre de Oblivion...”
CONTINUARÁ…