En mi mundo.
Capítulo Especial.
Chitoge,
apenas entró a la casa, presintió que algo no andaba bien. Tanto por la
servidumbre, quienes se veían muy asustados y nerviosos, como por algunos de
los gansters del Beehive, quienes desviaban la mirada y fruncían el ceño,
furiosos, impotentes. Todos lucían en cierta medida aterrados, como si algo
nada bueno estuviese sucediendo y su sola llegada lo hubiese empeorado todo.
Cada que Chitoge se acercaba a saludarlos y les preguntaba si había pasado
algo, ellos lo negaban en vano. Pero incluso hasta una mucama rompió en llanto al
verla y se retiró corriendo. La rubia entonces decidió que tenía que buscar a
su padre. Pero la mayor rareza de todas se hizo presente al llegar a las
escaleras. Ahí se topó con aquella joven mujer de traje negro que siempre
escoltaba a Max a todas partes, quien la recibió con cordialidad:
—Bienvenida,
señorita. Mi señor aguarda por usted en la biblioteca.
—¿Qué? ¿Max
está aquí? —Exclamó Chitoge asombrada.
Corrió hacia
el lugar indicado. "¿No se suponía que papá le había prohibido poner un
pie en nuestra casa? Ojalá que esto signifique que ellos dos por fin pudieron
hacer las paces. Al final sabía que Max no podía ser tan mala persona como papá
lo pintaba."
Al entrar,
Chitoge se encontró al joven italiano de espaldas frente a la enorme ventana
del recinto. Le pareció un poco extraño que estuviera solo, pues había asumido
que éste se hallaría en compañía de su padre.
—Oh, Chitoge,
por fin llegaste —se giró hacia ella y la recibió en el único idioma en el que ambos
coincidían: el inglés—. Estaba esperando por ti desde hace algo de tiempo.
—¿Por qué
estás aquí…? ¿Y dónde está Papá?
—Tu padre se
encuentra en su estudio. Digamos que en estos momentos él no se encuentra con
la disposición adecuada para recibir a alguien. Se acaba de enterar de ciertos detalles
que no le sentaron muy bien al viejo.
—¿A qué te
refieres?
Max se acercó
a ella y la miró con suma mesura.
—Chitoge,
tengo que hablar contigo de algo muy importante.
Sacó de su
bolsillo aquel mismo estuche de la última ocasión. Lo abrió, revelando una vez
más el ostentoso anillo de compromiso que en él guardaba; caminó hacia el
escritorio y lo colocó en el centro. Se acercó de nuevo a Chitoge.
—Necesito que
vengas conmigo a Sicilia y te conviertas en mi prometida. Vine a esta ciudad
con ese único propósito. No puedo aceptar un ‘no’ por respuesta.
—¿Qué? —Sus
mejillas se pintaron de rubor—. Max, ¿es que tú vas en serio? Pensaba que ya
habías entendido la última vez que no puedo.
—Siempre he
ido en serio, Chitoge. Inclusive desde esa vez en que nos conocimos. La última
ocasión te lo dije claramente: que mi propuesta seguía en pie, ¿lo olvidaste?
No voy a regresar a Italia hasta que me hayas dado el sí. Por favor, Chitoge —le tendió su mano, invitándole con un
recatado ademán—, te necesito. Pídeme lo que quieras a cambio y yo con gusto te
lo concederé. No existe mujer más indicada en el mundo a ser mi esposa.
—¿Sigues con
eso? —Chitoge arqueó una ceja e hizo una nerviosa mueca—. Lo siento, Max, en
verdad no puedo. Lo digo en serio. Ya te lo dije, en ese tiempo sólo era una
niña y no sabía lo que estaba diciéndote. El tiempo pasó y mi vida está aquí,
en esta ciudad. Además, ¿qué parte de ‘tengo novio’ no quieres entender? En
verdad lo lamento, pero no puedo corresponderte.
—Respecto a
eso, hay algo que me gustaría que vieras.
—¿Eh?
El italiano sacó
del bolsillo de su pantalón un Smartphone de color blanco, tecleó unos cuantos
comandos en la pantalla táctil y se lo ofreció a Chitoge. A ésta casi se le
salieron los ojos en cuanto reconoció a quienes aparecían en esa videograbación:
“—Chitoge… yo… no creo que Tsugumi sea capaz
de espiarte de esa forma. Ella no es como ese cuatro ojos.
»—¿Y cómo puedes estar tan seguro?
»—Míralo de esta forma: Si Tsugumi nos
hubiera espiado así antes, de seguro ella ya se habría enterado de nuestro
secreto.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
»—Tú lo sabes muy bien. Cuando estamos a
solas a veces solíamos hablar sobre lo cansado que es el tener que aparentar
ser novios en frente de toda la escuela y cosas así. Si Tsugumi hubiese
escuchado alguna de nuestras conversaciones ella ya se habría enterado de la
verdad, y entonces el cuatro ojos también. Así que yo no me creo eso de que
Tsugumi nos haya estado espiando escondida, aún si todo este tiempo ella tuvo
la misión de hacerlo. Es por eso que si
Tsugumi nos dice que anoche terminó escondida en ese árbol por accidente, yo le
creo.
»—Raku…
»—¿Sí?
»—Anoche, lo que te iba a contar… iba a
hablarte de algo que está relacionado con nuestra situación como falsos
amantes. Si no nos hubieran interrumpido en ese momento, Tsugumi habría
escuchado todo y se habría enterado de que tú y yo no somos novios de verdad.
¿Qué pasaría si Tsugumi nos descubre? Si se lo llega a decir a Claude, todos
nuestros esfuerzos se tirarán a la basura. Y aunque ella es mi amiga, todo esto
que pasó me hizo recordar que, a pesar de todo, Tsugumi no deja de ser una
vigilante de Claude. Estaba muy dolida, pensé que eso demostraba que para
Tsugumi es más importante obedecer a Claude que nuestra amistad. Pero hoy ella
me buscó para pedirme perdón y me dijo que podía confiar en ella, y que jamás,
por nada en este mundo, haría nada que pudiera herirme o ir en mi contra por
mucho que se lo ordenaran. Yo creí sinceramente en sus palabras y pensé en que
quizás le podría revelar nuestro secreto también a ella. Pero… eso de que le
hayan ordenado mantenerme vigilada y que no me lo dijera, quizás eso demuestra
que todo lo que me dijo es mentira. Si a ella le dan una orden, Tsugumi la
acatará, y Claude le ordenó que nos vigilara por si descubría algo sospechoso.
Tengo mucho miedo de que Tsugumi descubra que sólo estamos actuando como novios
y vaya a decírselo. No soporto la idea de pensar que todos nuestros esfuerzos
se podrían venir abajo por obra de una persona a la que quiero tanto.
»—Bueno, entiendo tu punto. Pero si Tsugumi
te dijo que podías confiar en ella, deberías hacerle más caso a ella que a tus
miedos. Tsugumi puede que esté haciendo esto no tanto porque se lo hayan
ordenado, sino por el gran cariño que tiene hacia ti. En el remoto caso de que
ella se llegara a enterar de la verdad, estoy seguro que si le explicamos que
lo hemos estado haciendo por obligación de nuestros padres y para evitar una
guerra entre las bandas, Tsugumi de seguro lo entenderá y guardará nuestro
secreto…”
Chitoge ni siquiera
se esperó a que la grabación terminase para estrellar el celular contra el piso
alfombrado; éste se partió en mil pedazos.
—No era
necesario que hicieras eso —le dijo Max con toda la tranquilidad del mundo—. Tengo
más de una copia del video; es obvio que no iba a…
—¿Pero cómo
te atreviste a espiarnos? —Reclamó Chitoge, muy indignada.
—Lo lamento
mucho. Pero fueron ustedes los que no me dejaron otra alternativa. Aunque Adelt
no quiso darme más detalles, me parece que todo está muy claro aquí —se llevó
la mano a la barbilla—. Fue una jugada no del todo original por parte de tu
padre, pero sí bastante efectiva, debo reconocer. Aunque yo en sus zapatos
habría tenido más cuidado, ya que las consecuencias que habría si todo se
descubre serían graves. No creo que a todos sus subordinados les caerá bien
enterarse de que les han estado viendo la cara de esa manera tan cínica.
Chitoge se
sintió realmente decepcionada. Hasta ese momento ella consideraba a Max su
amigo. ¿Por qué estaba llegando hasta esos extremos? ¿Por qué no sabía aceptar
un no por respuesta en lugar de
recurrir a estos infantilismos?
—Así que ya
lo sabes, ¿eh? —Se cruzó de brazos y desvió la mirada—. Pues bien, es cierto:
no estoy saliendo de verdad con Raku. ¿Y qué? ¿Tienes pensado revelar el
secreto si no te hago caso? Pues no me importa. Haz lo que quieras. De todas
formas no me voy a casar contigo.
—¿En verdad
no te importa lo que podría ocurrir si se descubre su teatro?
—Ya encontraremos
la forma de resolverlo.
—Por favor,
Chitoge, eso no te lo crees ni tú. La situación en la que se encuentran es muy
delicada, y yo sé que estás consciente de ello. Ya deberías tener una idea de
lo que podría pasarle al hijo de Ichijou si los hombres de Adelt se enteran de
la verdad. En el mejor de los escenarios, si un conflicto estallara entre las
dos organizaciones, tú y tu padre terminarían teniéndose que marchar de la
ciudad. Eso, claro, a menos que no te importe que sus hombres se maten entre
ellos hasta el hartazgo. Así que no importa qué decidas, Chitoge, igual tus días
en esta ciudad están contados. Ven conmigo, te necesito. Haz lo que te pido y
te prometo que…
—¡Basta! —Gritó
tajante y moviendo la cabeza hacia los lados—. Si viniste sólo a decirme
tonterías entonces nuestra conversación se termina aquí. Jamás te creí capaz de
esta clase de cosas. ¡Púdrete!
La joven
rubia le dio la espalda y se encaminó a paso rápido a la puerta.
—Chitoge,
¿Puedo hacerte una pregunta?
—¡Cállate! No
quiero que me vuelvas a dirigir la palabra nunca.
Giró la
perilla, pero ésta se encontraba atorada. “¡Fue esa mujer de seguro! No importa,
la derribaré en un instante.”
—Quisiera
saber el porqué te aferras tanto a esta ciudad. ¿Hay alguna razón en especial?
Pero ella no
le contestó.
—Oh, ya sé: ¿ES
POR TUS AMIGOS, NO ES ASÍ? —sentenció en voz muy alta; no a modo de grito o con
impetuoso clamor, sino más bien como una particular manifestación de despotismo.
La misma
Chitoge, al oírle expresarse de esa forma, tuvo un extraño presentimiento, pero
aún así alzó su puño, más que dispuesto a tirar la puerta abajo.
—Por ejemplo,
esa tal Kosaki Onodera —agregó el joven con una escalofriante serenidad.
Chitoge se detuvo en seco—. Es una joven muy guapa, debo reconocer. Tengo
entendido que ella vive con su familia en un local de dulces japoneses en la
zona centro de la ciudad. Su hermana menor… creo que se llamaba Haru. Ella
asiste al mismo colegio, ¿no es así? Supongo que cuando terminan las clases se regresan
juntas a casa. A veces los accidentes de tránsito pasan cuando uno menos se los
espera, Chitoge, sería una pena que se llegase a dar el caso.
»También está
esa otra chica, Ruri. Su casa tampoco queda muy lejos de tu escuela. Escuché
que es una jovencita muy estudiosa y con grandes metas a futuro. Sería una
verdadera pena que alguien con ese talento muriese muy joven, antes de cumplir
sus metas. Y luego está la hija del comandante de policía de la ciudad. ¿Cuál
era su nombre? Ah, sí: Marika, Marika Tachibana. En definitiva ella sería la
más complicada ya que tiene prácticamente a todo el cuerpo de policía de la
zona vigilándola las veinticuatro horas. Pero siempre hay una manera; por
ejemplo: a un político o empresario igual o más custodiado se le puede asestar
el golpe sabiendo cuales son los lugares que suele visitar. De ahí sólo tienes
que ingeniártelas para poner un poco de ponzoña en lo que come. Con lo delicado
que es el estado de salud de esa jovencita, no creo que se vayan a requerir de
muchas dosis para…
Sin aviso
alguno, una mano jaló del cuello de su camisa, lo arrastró hasta el otro
extremo del salón como si fuera un guiñapo y luego lo estampó de espaldas en
uno de los libreros. El enorme mueble se estremeció y un puñado de libros de
todos los tamaños se desplomaron; abriéndose algunos de éstos al chocar de
lleno con el alfombrado, sus hojas giraron en rueda.
Chitoge ahora
lo tenía bien sujeto, con los pies colgándole a centímetros del piso y clavando
sus embravecidos ojos, que brillaban cuales flamas infernales, en él. A pesar
del dolor y la asfixia, Max no se quejó en lo absoluto ni desvió la mirada, ni
se amedrentó.
—Si te
atreves a hacerles algo —sentenció la rubia con siniestra voz—… Si te atreves a
hacerles daño, maldita basura, ¡entonces yo…!
—Si me atrevo
a hacerles daño a tus amigos —respondió él, taciturnamente—, dime, Chitoge:
¿Qué es lo que harías? ¿Tomarás venganza? ¿Me devolverías el gesto? ¿Exactamente qué estarías
dispuesta a hacerme con tal de cobrarte la afrenta?
Chitoge
palideció. Apretó los dientes, soltó un feroz gruñido y dejó caer al canalla al
suelo.
—Miserable.
No puedo creer que hayas caído tan bajo como para amenazarme.
—¿Amenaza
dices? —Se puso en pie y comenzó a reacomodarse el cuello de la camisa y
sacudirse el polvo—. No, no, Chitoge, no lo malentiendas. Esto no es una
amenaza, es algo que ya está decidido.
—¿Qué dices?
—Vociferó.
—Toda la
información personal de tus amigos, desde sus direcciones hasta el nombre de cada
uno de sus familiares, se encuentran ya en manos de mis hombres. A menos que
regrese sano y salvo a Palermo en unos días y cancele personalmente la orden,
ellos vendrán a esta ciudad a ejecutar mi mandato. Ya no hay nada que puedas
hacer salvo sentarte a esperar y ver como un día no muy lejano, tus compañeros
empiezan a caer misteriosamente, uno
por uno.
—¡Ellos no te
han hecho nada! —Le gritó con la voz a medio quebrar y los ojos vidriosos—.
¿Por qué te ensañas con ellos? ¿Qué te han hecho mis amigos? Ellos no se han
metido contigo, no son tus rivales ni nada de eso. ¿Por qué quieres hacerles
daño?
—Dices que no
son mis rivales, dices que son gente inocente, dices que no me han hecho nada.
Te equivocas en todo.
—¿Qué?
—Si son tus
amigos el motivo por el que te niegas a aceptar mi propuesta, entonces eso los convierte
en un obstáculo a mis propósitos. Y cualquier estorbo que se interponga en mi
camino créeme cuando te digo que no dudaré en deshacerme de él, Chitoge. Los
negocios son los negocios.
Ella se quedó
en total silencio, con el rostro hacia abajo y los ojos ocultos tras la sombra
de su fleco. Maximiliano se acercó a ella. La tomó con delicadeza de su
barbilla y la levantó hacia él.
—Entonces,
¿qué dices? ¿Aceptas venir conmigo?
Recibió un
guantazo que por poco le disloca la mandíbula. Pese a ello, Maximiliano no se
quejó ni hizo ademán alguno de dolor.
—No te
saldrás con la tuya —le advirtió la joven en un tono muy enérgico—. Tsugumi, mi
papá y sus hombres jamás permitirán que les pongas un dedo encima a mis amigos.
¿ME OÍSTE?
Maximiliano
pasó a hacer un gesto de asombro por demás sobreactuado y cínico.
—¡Oh! ¿En
verdad crees eso, Chitoge? —Por un instante, una sonrisa que dejaba mucho que desear
de su persona se dejó asomar en sus finos labios, misma que en un abrir y
cerrar de ojos se borró, dando paso a su habitual expresión recatada y mustia—.
Deberías tener más cuidado con aquello que aseveres, no vaya a ser que te
tengas que retractar más adelante. No me mires así, sólo te aconsejo que
pienses mejor las cosas que dices. ¿Qué los hombres de Adelt van a proteger a
tus amigos? Chitoge, ¿es que acaso no te has dado cuenta de lo que está
pasando? Adelt también se había propuesto no dejar que me acercara nunca más a
ti. ¡Y mírame! ¿O acaso ya olvidaste lo que pasó hace dos semanas?
—Cállate.
¡Cállate ya! Desaparece de mi vista. No soporto escuchar tu voz. Vete y déjame
tranquila.
—Chitoge,
mira esto:
Le ofreció
algo pero ella se dio la media vuelta lado y apartó de un manotazo su sucia
mano de su cara. No obstante, Max le insistió hasta que la imagen de aquella
fotografía se filtró por el rabillo de su ojo.
Chitoge sudó
frío y sus pupilas se dilataron al máximo. Le arrebató la foto con tanta
zozobra que casi la rompe.
En ésta aparecía
Claude, encadenado de manos a un poste, completamente bañado en sangre y con el
rostro apenas reconocible de lo hinchado y moreteado que lo tenía. Su boca estaba
desecha y manchada con su propia sangre coagulada, el cabello todo desgreñado y
sucio. El desdichado yacía sentado, en estado de inconsciencia, en el mugriento
suelo, todo maltrecho y desgarrado de sus ropas.
—No, no es
cierto… —Chitoge se llevó la mano a la boca. Sus menguados ojos temblaban, saturados
de brillo lagrimal. Apenas y consiguió ahogar un chillido. Se echó unos pasos
hacia atrás, con tanta torpeza que terminó chocando con el escritorio, dejando
caer la fotografía al suelo.
—A juzgar por
tu reacción no me equivoqué al suponer que te lo habían ocultado —se agachó a
recoger la foto—. En fin. Ese hombre, tengo entendido que ese hombre es quien
se ha encargado de cuidar de ti desde que eras pequeña. El día que visité tu
escuela, él y sus hombres estuvieron vigilando los alrededores; su objetivo era
evitar a toda costa que me acercara a ti. Sin embargo, esto fue todo lo que obtuvo
a cambio. No es por alardear, pero si yo lo hubiese querido así, en estos
momentos él y todos sus subordinados estarían muertos. Tus guardaespaldas, esas
dos chicas que asisten al colegio contigo, su destino no hubiera sido distinto.
Y si mis intenciones hubiesen sido otras a las de hablar contigo, ¿qué imaginas
que le hubiera podido pasar a tus amigos ese día? Dime, Chitoge, ¿todavía crees
que Adelt y los suyos podrán mantenerlos a salvo de mí por siempre?
—¡Silencio! —Chitoge
se llevó las manos a los oídos—. Te lo ruego, ya no sigas. ¡Cállate! ¡Cállate!
—Bueno,
supongamos entonces que ese día tan sólo tuve mucha suerte. Supongamos que si
los gorilas de Adelt se organizan mejor, a mis hombres no les resultará igual
de fácil que esta primera ocasión, y que podrán mantener a salvo a tus amigos
de los primeros atentados. Supongamos que con la ayuda de la facción Shueei incluso
la balanza se inclinaría a su favor. Entonces, contéstame, Chitoge: ¿Por cuánto
tiempo piensas que su seguridad será perfecta y sin fallos? ¿Podrán protegerlos
a todos ellos hasta el final, o tarde o temprano uno de tus amigos terminará
viéndose afectado? Si lo planteamos de esa forma, son tantas las variantes a
considerar que es casi imposible saber a ciencia cierta qué es lo que pasaría.
A menos que… hagamos la prueba. No
hagas nada, Chitoge, y deja que el tiempo pase. Averigüemos si en verdad tus
amigos estarán a salvo en el futuro. Será como tirar una moneda al aire y esperar
para conocer el resultado…
Llevó su mano
al bolsillo del pantalón. Sacó una moneda de un euro italiana. Le enseñó a
Chitoge ambos lados: el Hombre de Vitruvio grabado en una de las caras y el
número “1” en la otra.
—Si cae cara,
los hombres de Adelt lograrán que tus amigos se mantengan a salvo y aplastarán
a todos mis subalternos —la lanzó al aire—, si cae sello, cometerán algún
descuido y todo se echará a perder como la última vez. Chitoge, ¿tan confiada
estás que no te importa jugarte la vida de todos ellos en esta apuesta de
poderes?
Atrapó la
moneda justo frente a los aterrados ojos de la joven. Haciendo como si le fuera
mostrar, fue abriendo lentamente el puño. Pero entonces, cuando faltaba poco
para revelarle el resultado, volvió a cerrar la mano y se guardó la moneda de
vuelta en el bolsillo.
—En mi
opinión, hay cosas que es mejor no tener que averiguar jamás. Apuestas que es
mejor no tener que jugarse nunca, ¿No estás de acuerdo, Chitoge? Sé sincera y
dime: si algo llegara a pasarles, ¿tendrías el valor de mirarlos a la cara y
hacerte responsable? Si lo que quieres es que ellos en verdad estén a salvo, tienes
otra opción más segura: ven conmigo y haz lo que te pido. Te juro que jamás
levantaré mi mano contra ellos si me haces ese gran favor.
—¡No! ¡No es
cierto, no es cierto, no es cierto! —Sacudió la cabeza—. Ellos estarán a salvo.
Siempre lo han estado y siempre lo estarán.
—Bien. Si
esto aún no te convence, entonces subamos la apuesta:
»Cuando ambas
organizaciones se hayan enterado de la farsa, éstas estarán demasiado ocupadas en
su guerra como para vigilar apropiadamente a cualquiera de tus compañeros. Y si
las cosas se agravian más, es bastante probable que a Adelt no le quede otro
remedio que marcharse de la ciudad. Una vez que ustedes se hayan ido, dime,
Chitoge ¿quién va a prevenir que mis hombres no vengan a lastimar a tus seres
queridos más tarde?
—¡Basta! ¡No
juegues conmigo! ¡Basta! ¡Te lo ruego, déjalos en paz! Ellos no te han hecho
ningún daño. ¿Por qué te empeñas en hacerle daño a la gente inocente?
—¿Gente
inocente? —Maximiliano arqueó una ceja—. Chitoge, no seas estúpida. En mi mundo
no existe la ‘gente inocente’.
—P-pero,
¿Pero qué dijiste?
—Permíteme
contarte una pequeña anécdota:
El italiano caminó
hacia la ventana.
—Creo
recordar haberte hablado vagamente de mi madre —dijo mientras contemplaba el
cielo con un aire nostálgico—. Su nombre era Sarah. Sé que está mal que sea yo
quien lo diga, pero por lo que se me ha contado de ella, sé que mi madre fue
una mujer muy bondadosa, amable, generosa con su prójimo y dócil de corazón. A
pesar de su pobreza, siempre se mantuvo recta y vivió en la honradez. Jamás le
hizo ni le deseó ningún mal a nadie. Su único gran error en esta vida fue el
haberse enamorado de un hombre como mi padre. A partir de ahí todo su mundo se
convirtió en un auténtico infierno.
»A diferencia
de tu madre, Chitoge, ella era una mujer común y corriente, de procedencia muy
humilde. No gozaba de un prestigio que la respaldara de cualquier habladuría,
ni el poder para sortear a cualquier enemigo que intentara hacerle daño. Su
familia y todos sus amigos se opusieron a su relación. Le dieron la espalda. La
acusaron de ser una pecadora, una interesada, una puta. La despreciaron y se
alejaron de ella. A pesar de esto, mi madre se mantuvo firme en su decisión y
se fue a vivir con mi padre a Sicilia. Su vida en Italia no fue menos horrible.
Era constantemente señalada por todo el mundo, tanto por los civiles, que se
mantenían distanciados por temor y desdeño, como por los propios miembros de la
familia de mi padre, quienes la discriminaban y hacían a menos por no ser
italiana. Pero a ella nunca le importó nada de eso. Amó a mi padre y cargó con
todo el peso con tal de estar a su lado. Hasta el día en que los enemigos de mi
padre llevaron a cabo una terrible venganza contra él.
»Mi madre
murió acribillada en una emboscada mientras andaba por las calles conmigo, entonces
un bebé de pecho, entre sus brazos. Ella me protegió con su cuerpo, recibiendo
en la espalda todas las balas que, por azares del destino, ninguna alcanzó a lastimarme.
Chitoge abrió
los ojos como platos. Se giró hacia Max. Este lentamente se acercaba de vuelta a
ella.
—La vida es
así, Chitoge. Creer que por ser buena persona no te van a hacer daño, es como
creer que por ser vegetariano un león no te va a comer. No necesitas ser parte activa
de esto para que tu seguridad corra peligro. Ellos, al igual que mi madre, firmaron
su condena el mismo día que forjaron una relación contigo. Si alguien aquí es
el verdadero responsable de lo que les va a ocurrir a ellos, esa eres tú,
Chitoge. Tú eres la verdadera culpable.
Chitoge trató
de gritar, pero algo la había dejado afónica. Su rostro, desencajado y
tembloroso, observaba sin pestañear a quien tenía en frente. No era un ser
humano, por mucho que su apariencia dijese que sí, lo que estaba ante ella. Era
un monstruo que no paraba de vituperar barbaries una tras otra, con una
espeluznante frialdad, como si todo aquello fuera lo más trivial e indolente
del mundo.
—¡Mientes!
¿Cómo puedes decir eso? —pudo replicarle con lo poco que le quedaba de aliento.
—Porque es la
verdad. Piénsalo. Puede que en esta ocasión yo sea el villano de este cuento,
pero mientras todas esas personas mantengan un lazo de afección contigo, sus
vidas siempre correrán peligro de una manera u otra. En un futuro no muy lejano
otros más aparte de mí fijarán sus ojos en ellos. Sólo es cuestión de tiempo.
—¿Q- qu-Qué?
—Lo que oyes.
No es casualidad que esto esté pasando, es algo que ocurre todo el tiempo en este
tipo de ambientes. ¿Tienes una idea de la cantidad de enemigos que tiene tu
padre debido a su oficio? Si algo caracteriza a ese tipo de gente es su
completa falta de escrúpulos. No se la pensarían dos veces en usarte a ti como
cebo para chantajear y cobrar venganza contra Adelt. Es por esa misma razón que
él ha mantenido en secreto tu estancia en esta ciudad. A mí me costó muchísimo
trabajo localizarte a ti y a tu escuela. ¿Qué crees que serían capaces de hacer
los rivales de tu padre una vez descubran que tienes amigos tan importantes
para ti? Una cosa es tratar de ir a por ti, que eres vigilada noche y día, y
otra mucho más sencilla ir por ellos cuando no están cerca de ti. ¿Qué pasaría
si yo compartiera toda esta información que obtuve de tus amigos con los rivales
de tu padre? Ya no sería solamente de mí de quien tendrían que cuidarse…
—¡NO! —Se
echó a sujetar al italiano de los hombros, sacudiéndolo con fuerza—. Te lo
suplico, ¡para ya! ¡No les hagas daño! Ellos no se merecen esto. Te lo ruego,
hazme daño a mí si quieres, pero a ellos déjalos fuera de esto.
—Entonces
cásate y vente a vivir a Italia conmigo. Favor, con favor se paga. Haz lo que
te he pedido y tus amigos estarán a salvo.
—¿Por qué
insistes con eso? ¿Qué ganas con obligarme a casarme contigo si yo no te
quiero? Sólo estás haciendo que te odie más y más. ¿Cómo podrías estar satisfecho
teniéndome de esa manera?
—No es tu
amor lo que yo busco —sentenció con voz grave. Chitoge se desconcertó al oírle—.
Todo lo que te pido es que seas mi esposa, nada más. Si así lo deseas puedes
odiarme hasta el final de tus días, siempre y cuando permanezcas a mi lado. Fuera
de ahí, en cuanto seas mi mujer ante los ojos de los demás, nunca te obligaré a
hacer nada que tú no quieras.
La bella
jovencita volteó hacia aquel anillo que reposaba sobre el escritorio,
boquiabierta y con las facciones rígidas; luego al italiano de vuelta. Sus ojos
castaños le demandaban, fríos y rapaces, una pronta respuesta. Pero no una cualquiera.
Éstos lo que le exigían a gritos era una en particular, jamás aceptarían otra.
—No es
cierto. —A Chitoge ya casi no le quedaba voz. Si no fuese por el tácito
ambiente del salón, sus murmullos no alcanzarían a ser oídos—. Dime que no es
cierto. Dime que sólo es una broma de mal gusto. Dímelo, para que pueda
golpearte hasta cansarme mientras te ríes de mí por habérmelo creído todo. Dime
que no vas en serio, por favor, dímelo ya. No aguanto más esto… Dilo de una
vez. Anda, dilo.
—Yo jamás
bromeo cuando se trata de negocios, Chitoge. Y éste es en particular un negocio
demasiado importante para mí.
Y todo el mundo
se le vino encima a ella.
—No quiero
que les hagas daño… —dijo Chitoge, quien ya a una nada de romper en llanto,
daba fuertes y entrecortados respiros—, pero tampoco quiero que… no quiero
irme. Quiero quedarme… a vivir… aquí… con mis amigos… y estar con ellos. Pídeme
lo que quieras… pero no me obligues a… Por favor… Tiene que haber algo…
cualquier cosa… haré lo que sea… pero no me obligues a… cualquier cosa… haré
cualquier otra cosa que pidas…
Maximiliano
cerró los ojos y soltó un pronunciado suspiro.
—¿En verdad estás
dispuesta a hacer lo que sea? —le preguntó. Ella muy apenas movió la cabeza en
señal de ‘sí’—. Bien, si es así… hay algo que podrías hacer.
Se llevó la
mano al interior de su saco en lo que se acercaba más a Chitoge. La tomó de sus
manos y depositó en éstas algo metálico y frío.
Chitoge quedó
helada al ver qué era. Maximiliano acomodó las manos de la rubia para que sujetasen
la culata del revolver y su dedo reposara sobre el gatillo. Alzó el arma, que
ahora ella empuñaba, e hizo que le apuntara con el cañón por debajo de la
barbilla.
—Mátame.
—¿Qué? —Chitoge
quedó en completo estado de shock. La sangre se le subió a la cabeza de golpe—.
¡Pero qué estás diciendo?
—Lo que
oíste. Sólo muerto desistiré, ¡así que mátame!
—¡No!
¡Suéltame! ¿Estás loco?
—¿Qué valor
puede tener para ti la vida de un malnacido comparado al bienestar de tus
amigos? Vamos, Chitoge, dispárame. Y así todo habrá acabado. ¿Por qué vacilas?
—¿Por qué
quieres que haga esto? ¿Es que no te importa…?
—¡NO! No me
importa. Yo ya estoy muerto, Chitoge. Es por eso que ya no me importa si pierdo
la vida. Morí hace muchos años. En estos momentos estás hablando con un muerto
andante. Si tengo que dejar este mundo, prefiero mil veces que sea por la mano
de alguien que lo hizo por el ideal de defender a sus seres queridos, que para
la satisfacción y beneficio de la ambición desmedida y estúpida de un montón de
bastardos. ¡Vamos, Chitoge! si eres tú la que lo hace, te juro que mis hombres
jamás vendrán a incordiarlos ni le darán la información a nadie. Mátame y
podrás seguir con tu vida de siempre, y hacer como si nada de esto hubiera
pasado nunca. Deshazte de mí o vive las consecuencias de no haberlo hecho
cuando tuviste la oportunidad. Si no me matas en este instante, todo lo que yo
haga, todo lo que les ocurra de aquí en adelante a ellos, será tu
responsabilidad. ¡Jala el gatillo!
Acercó aún
más la punta del cañón hasta encajársela en la piel. Podía sentir entre sus
manos cómo las de Chitoge no paraban de temblar.
—¡No! —La
rubia forcejeó hasta liberarse. Luego arrojó con todas sus fuerzas el revolver.
La enorme ventana de cristal se hizo añicos.
Chitoge ahora
jadeaba agitada, con el rostro bañado en sudor. Max la contempló con un mohín
que iba entre la decepción y el enfado.
—Eres muy
ingenua si crees que absteniéndote de usar un arma te eximes de ser un asesino.
—¿C-cómo?
—Yo, por
ejemplo, jamás en mi vida he matado a alguien por mí mismo, y, sin embargo, he
perdido la cuenta de la gente que ha muerto por causa mía. De ese mismo modo,
tú tampoco necesitas detonar una bomba o romper cuellos para matar a los demás,
Chitoge. Tu sola existencia ha condenado y provocado el sufrimiento de otras
personas desde el día que naciste.
—¿De qué
estás hablando? ¡Yo no soy una maldita asesino como tú!
Maximiliano
contuvo una risilla—. Oh, pero por supuesto que lo eres, Chitoge. Tan sólo
mírate en un espejo. Cada vez que tu padre te compraba un vestido caro, cada
muñeca que te regaló; desde el más efímero hasta el más grande de todos tus
caprichos, para que tú pudieras cumplirlos todos ¿sabes qué es lo que hacía
Adelt para obtener el dinero? Toda tu vida de niña rica ha tenido un costo, y
ese costo lo han tenido que pagar otras personas. Cuando bebes de ese fino y
elegante vino servido en una copa de cristal, ¿puedes degustar la sangre que
hubo de derramarse para su adquisición?
Chitoge sintió
un estupor y un nudo obstruyendo por completo su aliento. Trató de rogarle al
infeliz que se callase, pero las palabras se negaron a salir, haciéndose compinches
de él.
—Dices que no
debería hacerles daño a ellos por ser gente inocente —continuó—. ¿Pero qué hay
de los demás? ¿Acaso no son gente inocente también? ¿Qué los hace especiales a
ellos? ¿Que son tus amigos? Nunca te importó que otros sufrieran porque nunca
supiste quiénes eran ni lo que les ocurría, y nunca te importó ser una cómplice
silenciosa de su desdicha. ¡Pero ahora dices que ellos son gente inocente y no
te gustaría que sufrieran por tu causa!
—¡BASTA! —Gritó
pronunciadamente y luego trató de huir, pero él le detuvo sujetándola del
brazo. Forcejeó hasta caer rendida de rodillas.
—Chitoge, ¿quieres
escuchar otra anécdota?
El castaño se
acercó de vuelta a la ahora rota ventana. Contempló, a través de los cristales hechos
añicos, el extenso patio de la mansión y dejó que los recuerdos se asomaran de
entre las profundidades de su infancia:
—De niño
estudié en un colegio privado. Mis compañeros de ese entonces no sabían nada acerca
de mi padre y estoy seguro que aunque lo hubiesen sabido, a muchos de ellos quizá
no les habría importado del mismo modo que a la gente adulta. Llegué, al igual
que tú, a sentir fuertes lazos con algunos de ellos. Eran mis compañeros de
juegos, con los que podía pasar horas de risas y diversión; mis camaradas, con
quienes compartía mis alegrías y algunas dolencias. Pero un día… todo cambió.
»Hubo un
“accidente”. Una bomba estalló en el salón de mi clase. Tuve, no sé si llamarlo
la suerte o el infortunio de salir ileso; no obstante, la mayoría de mis
compañeros y la profesora murieron en el acto. Otros más resultaron heridos de
muerte y agonizaron en el hospital. Otros tantos quedaron ya sea inválidos, con
terribles cicatrices, con un miembro perdido, un ojo, una mano… Tenían diez
años, Chitoge, todos teníamos diez años.
»La versión
oficial fue que no se sabía el motivo del atentado, que pudo haber sido simple
y llano terrorismo sin más propósito. Pero aunque eso dijeron los noticieros y
periódicos, yo sabía la verdad. Era mi vida la que esa vez intentaron sesgar,
era a mí a quien los enemigos de mi padre buscaron ese día, en su insaciable sed
de hacerle sufrir y cobrar venganza. Desde ese entonces tomé la decisión de
estudiar el resto de mi vida con profesores particulares para que esto no se
volviese a repetir nunca.
»Dime,
Chitoge. ¿Qué haces jugando en esta ciudad a que eres una persona común y
corriente? ¿Acaso tienes idea de lo que les has hecho a todos y cada uno de
ellos por tu capricho? ¿En verdad creíste que podías tener una vida tranquila,
igual a la de las demás personas, y relacionarte con otra gente y que no habría
consecuencias? ¿Vas a esperarte a que algo como esto les ocurra para comprender
el terrible error que has cometido?
Chitoge se
llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito. Cuando el terrible espectro
de la posibilidad contaminó sus pensamientos, cerró con mucha fuerza los ojos,
frunció a todo lo que pudo el entrecejo y negó sacudiendo la cabeza.
Maximiliano se acercó a ella y la tomó de los hombros.
—Personas como
tú y como yo, desde que venimos al mundo, estamos malditas. Esa es la verdad.
Cualesquiera que se relacionen con nosotros tarde o temprano deberá cargar con
la desdicha de sufrir las consecuencias de pertenecer involuntariamente a nuestro
mundo de porquería. Si en verdad tanto te importan ellos, si en verdad te
preocupas tanto por su bienestar, dejarías ese tonto egoísmo a un lado y los
liberarías de ese peso que implica el ser tus amigos.
Chitoge ya
lucía una mirada totalmente desencajada. Su rostro era la viva imagen de la
impotencia, la desesperanza y la frustración. Cuando Maximiliano vio todas
estas señales en su rostro, supo que su cometido estaba a una nada de
cumplirse, sólo hacía falta dar el último escaño:
—Chitoge,
piensas que absteniéndote de matarme me has perdonado la vida, pero en realidad
has hecho todo lo contrario. Si tú me rechazas, ya no habrá ningún futuro aguardándome.
—¿Qué has…
dicho?
—Tu padre no
me dejará salir con vida de esta mansión. Sería un idiota si me lo permite
luego de todo lo que he hecho. Muy por lo bajo logré convencerlo de que me
dejara hablar contigo para explicarte cómo está la situación entre nosotros. Y
no sólo él, Chitoge; si me rechazas, hay otras personas esperando a que regrese
para tomar mi cabeza. Vine a esta ciudad prácticamente huyendo. Todo por lo que
mi difunto padre alguna vez creyó y luchó para forjar, el fruto de sus
insaciables esfuerzos, el legado de su vida entera, está a punto de desaparecer
de la faz de la tierra…
Pasó a darle
una breve y resumida explicación de su problema. Chitoge escuchó atenta,
horrorizada y hasta cierto punto conmovida su relato.
—… Es por eso
que te necesito, Chitoge. Debo erigirme como el nuevo Don de mi familia lo más
pronto posible y detener esta locura antes de que sea demasiado tarde. Si soy
asesinado y la guerra por el poder estalla, las fuerzas de cada facción no
conseguirán otra cosa que debilitarse las unas a las otras. Entonces las otras
familias aprovecharán la oportunidad para aplastar a toda mi familia. No
quedará nada de lo que alguna vez fueron los Benedetti. Si afianzo una alianza
con el Beehive, obtendré el suficiente respeto y poder para unificar a todos
los regimes sin necesidad de recurrir
a una guerra interna, que es lo que ellos, cual aves de rapiña insaciables, esperan
que pase. Mis tíos no tendrán otra opción que resignarse y dejar que yo me haga
cargo.
»Todo este
tiempo estuviste actuando en pos de evitar un conflicto que ocasionaría
terribles consecuencias, ahora yo te pido que hagas algo parecido: si vienes
conmigo, Adelt y sus hombres podrán marcharse de la ciudad y yo mismo me
aseguraré que nunca vuelvan a pisar un pie en este país. De esa forma, la
facción Shuuei ya no tendrá rivales que los orillen a generar conflictos armados;
la ciudad y tus amigos estarán a salvo de cualquier peligro y podrán seguir con
sus vidas en paz. Por otro lado, yo podré mantener en orden los regimes de mi
familia y el equilibrio de poder en Sicilia no se perderá. En cambio, si te
niegas a esto, tus amigos correrán peligro, se desatará una guerra entre los
hombres de Ichijou y los de tu padre, yo seré asesinado, y probablemente Adelt
tendrá que responder por ello ante mi familia; todo será guerras y muertes por
doquier. Piensa en toda la paz que
traerás con tu simple oblación, Chitoge, y dime si no vale la pena. Ayúdame a
volverlo realidad, haz esto como un acto de entrega y sacrificio, no solamente
a tus amigos, sino a muchas otras personas inocentes.
Cuando su
interlocutor le reiteró una vez más que esto no podría ir más en serio, y ella
terminó de convencerse de que no se trataba de una pesadilla sino de una
terrible realidad, una lágrima brotó de su ojo derecho y rodó por la blanca
mejilla hasta el cuello.
Maximiliano,
al ver como la rubia echándose a llorar en silencio no hacía más cosa que bajar
resignada la mirada, intuyó que esa iba a ser, dadas las circunstancias, toda
la señal de aceptación que recibiría de ella. Satisfecho, abrazó por detrás a
la joven, acercó sus delgados labios a su oído y, con voz suave y amable pero
al mismo tiempo siniestra, le susurró:
—Espero que
entiendas que no me puedo dar el lujo de que en un futuro tu padre o tú misma
intenten traicionarme, Chitoge. Es por eso que debo advertirte una última cosa:
si me llegara a pasar algo, si en determinado momento tú me abandonases
olvidándote de nuestro acuerdo, o si Adelt decidiese no hacer lo que le he
pedido y osase dejar de brindarme el apoyo de su banda y revelarse en mi contra.
Si yo llegase a morir, sin importar quién o qué lo haya propiciado, serán ellos
quienes sufrirán las consecuencias de vuestra traición. Toma muy en cuenta esto
el resto de tus días, para que así nunca
pase por tu cabeza el creer que abandonarme o apoyar de manera indirecta mi
muerte, es una opción.
“¿Por qué…? —Se
preguntaba Chitoge en sus adentros—. ¿Por qué está pasando esto?
Estás muy equivocada si crees que todo será así de sencillo. Tienes una
idea muy errónea de quién es él.
»Papá…
Chitoge… eres muy inocente aún. En nuestro mundo las cosas no siempre
se pueden resolver 'por las buenas'. No todo se soluciona con sentarse a
conversar. No siempre se puede llegar a un acuerdo.
»Papá… tú…
La que no entiendes nada eres tú, Chitoge .Ese muchacho no vino hasta
aquí a razonar como tú piensas, él tiene una idea metida en la cabeza y no va a
descansar hasta cumplirla. No puedes imaginar lo que alguien como él es capaz
de llegar a hacer con tal de obtener lo que quiere.
»Tú me lo
advertiste, y yo no quise escucharte…”
Y se
arrepintió, desde lo más profundo de su corazón, el no haber creído en todas y
cada una de las advertencias de su padre.
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