FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) Cap 25






En mi mundo.

Capítulo XXV




—¡Hana-san! —Raku Ichijou se echó unos pasos atrás de la impresión—. ¿P-pe-pero… de dónde saliste?

—Llevo aquí desde hace tiempo —le contestó con voz serena—, pero al parecer no te habías dado cuenta por lo distraído que estás. Por cierto: no te ves nada bien, muchacho. ¿Qué fue lo que te pasó?

En efecto, el joven, por su desaliñado y sucio aspecto, daba la impresión de que llevaba días enteros sin cambiarse de ropa.

—Es una larga historia —atinó a decirle con un dejo de vergüenza y desviando la mirada hacia otro lado.

—Ya veo. Así que a ti tampoco te la ha ido muy bien que digamos, ¿no es así, muchacho? Supongo  que has venido a esta ciudad buscando a Chitoge, ¿o me equivoco?

Raku, en lugar de responder, se limitó a fruncir de amargura el entrecejo y apretar la mandíbula. Hana advirtió toda esa frustración, que provenía desde lo más profundo de sus opacados ojos, mas no pudo deducir por sí sola qué fue lo que le había pasado al pobre chico. Se giró de nuevo hacia el frente, a seguir contemplando a través del bello enrejado aquella enorme cúpula azul que se alzaba por encima de la capilla principal de la catedral.

El silencio entre ellos se perpetuó por unos cuantos instantes, hasta que, de repente, Raku percibió un peculiar aroma que lo sacó de su ensimismamiento: el sutil y relajante aroma del tabaco. El muchacho, un poco extrañado, volteó a ver a Hana; entonces se percató que ese cigarrillo que ella siempre llevaba en la boca, esta vez no se trataba de una simple golosina. Ahora de éste brotaba un fino hilillo de blanquecino humo, que danzaba al suave ritmo de la tibia brisa hasta difuminarse por completo en la negrura del cielo nocturno. Palabras dichas hace ya un largo tiempo se le vinieron a la mente a manera de recuerdo:

“Dejé de fumar luego de tener a Chitoge.”

Raku inclinó la cabeza. Confundido y un tanto menos absorto, contempló a más detalle el rostro melancólico de aquella formidable mujer, el desasosiego que ahora habitaba en sus ojos, que, aún a pesar de ese semblante que la mayoría del tiempo parecía inquebrantable, él sabía a la perfección que ella era tan humana como cualquier otra persona. No le costó mucho comprenderlo.

“Hana-san… ya veo…”

—Que un lugar tan bello como este —habló de pronto Hana, sin despegar sus ojos de la etérea construcción— pueda ser usado a merced de seres tan mezquinos… pienso que eso no hace sino demostrarnos lo pútrido que está el mundo en que vivimos. ¿No lo crees, muchacho?

—¿Eh? ¿De qué estás hablando?

—Espera —Hana, un poco atónita, se volteó hacia él—, ¿acaso no sabes qué lugar es este?

Raku negó con la cabeza.

—¿En serio? Yo pensé que habías venido aquí porque lo sabías.

—¿A qué te refieres? No te entiendo.

Hana entrecerró los ojos y se llevó la mano a la mejilla. Murmuró algo en voz muy queda y echó un pequeño suspiro.

—Muchacho —dijo—, lo que tienes aquí frente a tus ojos, es ni más ni menos que la Catedral de Palermo. Es en este sitio donde se supone que mañana se va a llevar a cabo la boda de Chitoge.

—¿Qué? Pero… ¿Qué? ¡Pero qué dijiste! —Raku se sobresaltó tanto que su pelo se erizó cual las púas de un puercoespín y sus ojos se salieron de las cuencas y expandieron hasta cubrir más de la mitad de la cara—. ¡Este… este… este…! ¿Aquí es donde ella…? ¡¡¡Casarse!!!

Observó, incrédulo y con mucha más atención que antes, cada uno de los detalles del enorme templo, desde el suelo y la fachada hasta la cima de sus torres. Todo el lugar ahora se le figuraba tan diferente, ya no podía verlo con los mismos ojos. Tan sólo imaginar que dentro de poco Chitoge iría a estar ahí, caminando por ese mismo suelo, en compañía de ese maldito sujeto; pensar en ese lugar como el sitio donde se llevaría a cabo su casamiento; por alguna extraña razón hacía que sus entrañas se revolvieran entre sí hasta provocarle nauseas. Su corazón se aceleró, sus manos sudaron, su boca y lengua se secaron y su rostro ardió al rojo vivo.

“¿En serio va a ser aquí? No puedo creerlo. De todos los lugares que hay en esta ciudad, ¿cómo fue que terminé aquí?”

—Hana-san, ¿entonces por qué estás aquí? —Preguntó Raku.

—Vine porque estaba pensando que si le prendía fuego a este sitio un día antes de la boda, a ellos no les quedaría más opción que posponerla para otro día, y así ganaría un poco más de tiempo.

—Pre… pre… pre… ¡Prenderle fuego! —Gritó un histérico y despavorido Raku que no paraba de agitar los brazos—. ¿Pero es que tú hablas en serio? ¡Eso es demasiado extremista! ¡Con solo ver el lugar te das cuentas que es demasiado importante!

—Puede ser —le respondió sin inmutarse de sus exagerados ademanes—, pero no me importa. Para mí, este lugar no es más que un montón de grava. Me estoy quedando sin opciones, muchacho. Debo hallar lo más pronto posible la manera de apartar a mi hija de ese infeliz, antes de que sea demasiado tarde. Y no voy a escatimar en los métodos.

Estas últimas palabras devolvieron a Raku a su apagado perfil del inicio. Con pesadez y una mueca de amargura, el joven bajó la mirada y cerró los puños.

—Pero… —murmuró pausadamente— de todas formas, no tiene caso que sigas insistiendo. Aunque la boda fuera atrasada, no serviría de nada. Chitoge no va a volver.

Hana, al oír esto, abrió los ojos como platos y se giró hacia el morocho.

—¿Qué acabas de decir?

—Ella ya tomó una decisión, y nada la va a hacer cambiar de parecer sin importar lo que hagamos —masculló Raku, quien a pesar de su opaco semblante, apenas y podía disimular su enojo—. Lo único que le importa es poder estar al lado de ese sujeto.
 
Hana quedó tan estupefacta que su cigarrillo cayó al piso.

—¿Pero de dónde sacaste que Chitoge…?

—¡Yo también estuve presente anoche en aquella plaza, cuando llegaste y trataste de llevarte a Chitoge contigo! —Gritó con amarga voz, y luego, más calmado, agregó—: Estaba escondido a unos cuantos metros, pero pude verlo y escucharlo todo sin problemas. ¿Acaso Chitoge no fue lo bastante clara? ¿Acaso no gritó con todas sus fuerzas y en frente de todos los presentes que nada la iba a hacer volver? ¿Acaso Chitoge no te dijo que te odiaría con todas sus fuerzas si te atrevías a separarla de ese sujeto? Si esto es lo que tanto quiere, entonces perfecto, ¡que así sea! Si tanto desea casarse con él, muy bien, ¡que así sea! Ya no me importa. Vine a este lugar porque pensaba que Chitoge podría estar en apuros, que ese hombre de algún modo la estaba obligando y que necesitaba nuestra ayuda. Pero lo cierto es que nunca hubo la necesidad de venir… no era necesario que perdiéramos nuestro tiempo ni nos preocupásemos tanto. Está claro que ahora ya no somos más que un estorbo para su nueva vida. Si es así, entonces, ¡bien por ella! ¡Que sea muy feliz! Dejémosla en paz. Que haga lo que le de la gana y que…

Hana ni se esperó a que terminara de hablar. Silenció al insolente con un fuerte puñetazo en el rostro que lo hizo caer al piso.

—¡Tú, si serás estúpido! —Le gritó con una inmensurable cólera.

El propio Raku no daba crédito a lo que Hana le acababa de hacer. Los ojos de esa mujer ahora ardían iracundos, como los de un demonio asesino.

—Jamás me esperé esto de ti —sentenció ella, con un profundo dejo de indignación y desprecio—.Y yo que te tenía en tan buena estima. Me has decepcionado por completo.

Raku se sobó la mejilla. Limpió con el dorso de su mano el hilo de sangre que emanaba de sus labios. Había quedado tan perplejo que ni siquiera atinaba a suponer el porqué Hana había estallado de ese modo.

—No puedo creerlo, en verdad no puedo creer que seas tan estúpido como para haberte tragado toda esa mierda —le espetó la madre de la joven rubia—. ¿Que Chitoge quiere a ese infeliz, y que se va casar con él por su gusto? ¿En serio crees en eso? ¿Acaso eres imbécil?

—¿Y qué quieres entonces que crea, si esa es la verdad? —Se apresuró a defenderse—. Si no fuera cierto, entonces ella no habría abandonado a todos sus amigos como lo hizo, ni habría desobedecido a su padre, ni a ti. Está claro que a Chitoge no le importamos tanto como le importa ese hombre…., a ella no le importa nada que no sea estar al lado de él.

—Miserable. —Levantó al morocho agarrándolo del cuello de su playera—. ¿Cómo te atreves a hablar así de mi hija? ¡Retráctate!

—¡Porque es la verdad! —Gritó Raku, ahora igual de enfadado—. A Chitoge no le importó dejar a un lado a todos sus amigos para macharse con ese infeliz. Ni siquiera se molestó en despedirse apropiadamente de todos nosotros, ni de darnos una buena explicación. Hasta tenía pensado irse sin avisarnos, sin decirnos una sola palabra, sin decir por lo menos ‘adiós’. En ningún momento se detuvo a pensar en toda la confusión y sufrimiento que provocaría en los demás a causa de su egoísmo; ni de la preocupación de todos sus amigos, ni de sus lágrimas. Ahora me doy cuenta de que, en realidad, a Chitoge nunca le importamos. Incluso… incluso te despreció a ti, a su propia madre, todo por preferir y ponerse del lado de ese sujeto. ¿O es que acaso no viste la expresión de su rostro cuando te exigió a gritos que la dejaras en paz? De ninguna manera ella estaba actuando. Chitoge lo dijo muy claro con lágrimas en sus ojos: jamás permitirá que nada ni nadie la separen de ese bastardo. ¿Qué más pruebas quieres?

—¡Cállate, estúpido! —Gritó aún más enfurecida que nunca, que hasta el mismo Raku se amedrentó—. ¡Por supuesto que ella no va a dejar que la separen así como así de ese malnacido! ¡No tienes ni puta idea de por qué ella lo está haciendo!

—¿Q-qué?

—¿Y aún así te atreviste a pensar así de Chitoge? ¿Dices que ella es egoísta y que no le importan sus amigos? ¿Acaso no sabes por qué está haciendo todo esto en primer lugar, estúpido?

Raku enmudeció. Conforme escuchaba las palabras de Hana, su mugrosa frente se fue saturando de pegajoso sudor, y sus pupilas se dilataron al ritmo que su quijada se venía abajo.


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En un abrir y cerrar de ojos, la escurridiza mujer de azules cabellos llegó a la primera planta. El escenario con el que se topó al entrar al vestíbulo no fue nada alentador: estaba una furgoneta negra empotrada a lo que alguna vez fue la puerta principal de la residencia, y al menos dos docenas y media de soldati tirados en el suelo. Se acercó a uno de ellos y lo examinó minuciosamente: no tenía herida alguna de arma de fuego, contusión o rastro alguno de violencia; simplemente yacía dormido. Antes de que pudiera deducir qué le había ocurrido, la respuesta vino hasta ella. De repente comenzó a padecer de una extraña sensación de debilidad y mareo, como si sus fuerzas fuesen drenadas poco a poco por algo.

“¡Maldita sea!” vituperó en sus adentros mientras se apresuraba a abrir su maletín. Revolvió hasta que sacó una pequeña botella de medicamento, de color ocre. Rápidamente empapó un trapo limpio con el odorífero líquido que ésta contenía, y cubrió con éste su boca y nariz hasta que la sensación de cansancio desapareció.

“Esos bastardos.” Uno a uno les dio a sus aliados para que también aspirasen el antídoto. Estos poco a poco se fueron despertando. Notó que algunos de ellos sí tenían heridas de balas; pero, por fortuna, la protección de sus equipos antibalas y la suerte de que el impacto no hubiese sido en una zona crítica, los había mantenido con vida.

—¿Cuántos de ellos son? ¿A dónde se dirigieron? —Preguntó a uno de los ya despiertos en lo que se dedicaba a despojar de sus prendas superiores a los heridos, los formaba en el suelo y preparaba  su equipo de primeros auxilios. El mafioso le contestó que no menos de diez y no más de veinte, y que por lo que había alcanzado a ver, se dirigieron hacia el sótano.

—Vayan a dónde está el generador de emergencia y échenlo a andar. ¡Rápido!

—Pero señora, ¿qué pasará con…?

—No se preocupen por eso. Yo ya me encargué de alertar a los demás. Lo importante ahora es que vuelva a haber energía eléctrica lo más pronto posible.

Los sicarios asintieron y se marcharon a paso veloz.

En menos de un minuto, extrajo todas las balas que había incrustadas en los torsos de los abatidos mafiosos, y cauterizó sus heridas. Con sólo ver el tamaño de aquella munición se hizo una idea de lo bien armados que iban esos intrusos. ¿Acaso pertenecían a una organización militar como G.I.S? ¿No se suponía que la familia Benedetti contaba con la protección política y el favor de las autoridades locales? Entonces, ¿quién más pudo hacer esto? ¿Acaso habían sido traicionados por una de las demás familias? Pero, ¿cuál?

Llenó una gran jeringa de un líquido de color azulenco, y presionó el émbolo hasta que un chorro de la sustancia salió disparado de la aguja. Inyectó una pequeña ración en el cuello de cada uno de los cinco sicarios que yacían inconscientes, luego esperó por unos segundos a que la droga hiciese efecto.

Uno a uno, los hombres se despertaron de forma abrupta, gritando rabiosos cual bestias salvajes; tenían los ojos desorbitados y sudaban frío, se veían como si acabasen de salir de una horrible pesadilla. Sus rostros cargaban una expresión de ira y de semi estupidez, y gruñían cual perros de asalto.

—Muy bien —les ordenó la mujer—, ahora ayúdenme a mover ese vehículo. Debo despertar a…

A través de la ventana se filtró una fría luz. Cinque se asomó a mirar qué había allá afuera.

—Parece ser que tenemos compañía —chistó con una mueca de fastidio. Un convoy de al menos cinco vehículos de muy mala pinta se acababa de estacionar en fila, frente a la entrada. Un sinnúmero de hombres armados empezaron a bajar de estos.

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—Karen —se dirigió el joven capo a su fiel escolta mientras ambos caminaban a paso raudo a través de los lóbregos pasillos—, necesito pedirte que hagas algo.

—Lo que usted ordene, mi señor.

Maximiliano tomó su celular. Corroboró, con un frío mohín de disgusto, que la señal del aparato aún no rehresaba —ni lo haría—, y se lo entregó a Karen.

—Sal de la mansión, dirígete a un punto donde la señal del celular deje de estar bloqueada, y avisa a los otros regimi de la situación. Ordénales que vengan cuanto antes con todos los refuerzos que puedan. Hazlo lo más rápido que te sea posible. Cuento contigo.

—Pero señor —repuso la joven—, los invasores podrían llegar a donde usted en cualquier momento, no puedo dejarle sólo. Por favor, mande a alguien más y permita que yo me encargue de…

—¡No! —Negó con la cabeza—. Lo que sea que esos bastardos estén planeando hacer, confían en que serán capaces de lograrlo en cuanto nadie más intervenga. Es por ello que se tomaron la molestia de desproveernos de internet y de todo tipo de señal. No estoy seguro de qué clase de trampas podría haber allá afuera, por lo que no me voy a arriesgar mandando a alguien más. Karen, estoy seguro que si eres tú quien va, lo harás más rápido que cualquier otro. No te preocupes por mí, a ellos les tomará algo de tiempo poder abrirse paso hasta este piso, y mis hombres se encargarán de ellos mientras tanto. Una vez que hayas pedido ayuda podrás regresar y ayudarme con esto. Por favor, Karen, el tiempo apremia.

La guardaespaldas frunció el ceño, por unos instantes una amarga curva se dibujó en sus finos labios, mas retomó de inmediato su postura estoica y asintió con decisión.

—Por favor, cuídese mucho, mi señor. Le prometo que volveré a usted en unos momentos.

—Te lo encargo.

En cuanto se hubo despedido con una reverencia, la guardaespaldas se guardó el celular en un lugar seguro y se digirió galopante hacia una de las ventanas. Descorrió el cristal y se arrojó hacia el abismo con un potente salto; daba la impresión de que volase por los aires a decenas de metros. Segundos después, cayó de cuclillas en algún lugar del extenso jardín, con tal fuerza que el suelo se hundió bajo sus pies. Tan violento fue el impacto que una gruesa cortina de polvo se alzó a alrededor de ella, de la cual un segundo después salió corriendo, a la velocidad de una flecha, rumbo a la gran muralla trasera que delimitaba los terrenos de la mansión con las extensas y verduscas colinas del monte Cuccio. A base de pronunciados saltos, escaló por las afiladas rocas y peñascos.

“No hay manera de saber cuánto terreno abarca el bloqueo de señal satelital puesto por el enemigo, pero estoy segura que si me dirijo a las montañas, saldré más rápido de la zona a que si lo hiciera corriendo a la ciudad” pensó Karen. “Después de todo, se trata de un lugar inaccesible que no forma parte de ninguna zona o distrito.”

Uno de los tres snipers que acechaban los alrededores, se percató inmediatamente de su presencia. Con gran asombro admiraba, a través de la mira telescópica de su arma, la destreza y rapidez con la que aquel sujeto se abría paso. La distancia que ya había recorrido a los pocos segundos de haber salido de la residencia era sorprendente. De inmediato dio aviso a Oblivion:

—Hay una rata escurridiza escalando la montaña. Me encargaré de ella.

“¡No! ¡Detente!” ordenó tajante la distorsionada voz de su dirigente. “No le hagas nada. Deja que se marche.”

—¿Pero por qué? Sé que está un poco lejos y se mueve muy rápido, pero estoy seguro de que puedo darle si me concentro. —Se preparó para jalar del gatillo, calculando el momento justo, midiendo el ritmo con el que el objetivo se movía.

“¡Que no! Es inútil, no le acertarás. Lo único que conseguirás es que se dé cuenta de tu presencia y vaya a por ti y los otros. Quédate quieto y no hagas ningún movimiento estúpido. Voy a necesitarlos más tarde para nuestro escape. ¡Es una orden!”

El francotirador guardó silencio. No del todo convencido, terminó por acatar la orden. ¿En verdad aquel sujeto sería capaz de ver venir y de esquivar una bala de precisión, y lo encontraría a él, desde esta distancia y siendo de noche?

Entre tanto, Oblivion se mordisqueaba de los nervios la uña del pulgar.

—Maldita sea —se decía frente a la luz del monitor—, este sería el mejor escenario posible de todos los que preví, si no fuera por el hecho de que ya llevamos demasiado tiempo de retraso. Dudo mucho que seamos capaces de llegar hasta la señorita y escapar antes de que Sanguigna regrese. Nuestra oportunidad de oro de evitar una confrontación directa con esa mujerzuela se habrá perdido si no nos movemos más rápido…

»Oigan, ustedes —encendió de vuelta el comunicador, esta vez dirigiéndose al equipo de infiltrados—, ¡Dense prisa y encuentren de una vez el acceso a la cuarta planta! Nos estamos quedando sin tiempo, ¿saben?

—¡Cállate, pervertido! —Le gritó una irritada Paula, quien, en compañía de Tsugumi, se encontraba lidiando con un grupo de mafiosos quienes les bloqueaban el acceso a un corredor—. ¡Todo esto es tu culpa por haber caído como un tonto en la trampa del enemigo!

Desde que algo o alguien, había hecho sonar las alarmas, los enemigos habían empezado a aparecerse como moscas en cada rincón. No era como si a ellas les costase mucho trabajo acabar con ellos, sino que la pérdida de tiempo desesperaba con creces a la albina y a todo el equipo en general.

—Mi equipo y yo acabamos de dar con las escaleras —informó Migisuke en medio de disparos—, pero éstas están siendo atrincheradas por un grupo armado. Parece ser que nos estaban esperando para bloquearnos el camino.

“Sí, sí, lo estoy viendo todo. Bien hecho, chicos. Ahora, acaben con ellos y esperen a que el resto del equipo llegue. Black Tiger, Crash, Reaper, sigan mis instrucciones.”

Los dirigentes de los otros grupos escucharon atentos las instrucciones de Oblivion; quien, a través de las cámaras de cada uno de ellos, se las había ingeniado para recrear un croquis de la mayor parte del piso. De esa forma él sería capaz de guiar a los otros grupos una vez que uno de ellos encontrase el acceso a la siguiente planta. Y por lo visto, todo había salido a pedir de boca, pese a lo riesgoso que era el separarse en medio de tanto peligro.

Paula y Tsugumi llegaron a un pasillo cerrado con varias puertas a lo largo y una al fondo.

“A ver… de acuerdo con esto, si la habitación que hay tras esa puerta se comunica también con el corredor que hay del otro lado, podrán llegar donde el señor Aiba en menos de lo que ataca un Talonflame.”

—Bien. —Tsugumi se acercó sin hacer ruido e intentó girar la perilla. Estaba cerrada, nada que una buena patada no solucionase.

Cuando ella y su compañera entraron, se llevaron una gran sorpresa: el salón, a diferencia del resto de pasillos y habitaciones, estaba iluminado. ¿Pero cómo era esto posible, si ellos habían destruido el generador de la mansión y Oblivion se había encargado de cortar el suministro de electricidad de toda la zona? Tras poner más atención, advirtieron que la cálida luz que ambientaba la sala era demasiado irregular y tenue como para tratarse de lámparas. En realidad, provenía de las velas de los elegantes candelabros de muro que había a lo largo y ancho del salón. ¿Quién las había encendido? Paula y Tsugumi tuvieron un mal presentimiento. Caminaron a paso de prudencia, apuntando con sus fusiles de asalto hacia cada rincón.

Wow, —se escuchó una voz—, che sento Oggi è il mio giorno fortunato.

Las dos sicarios se giraron y dispararon una ráfaga de balas a un diván que yacía de espaldas, junto a un enorme cuadro que colgaba arriba de una chimenea. El mueble quedó hecho añicos, trozos de madera y tela volaron por los aires.

—¿Le dimos? —susurró Paula.

—Eso parece.

La propia Tsugumi no entendía el porqué ellas habían reaccionado tan violentamente. Era como si su instinto les estuviese advirtiendo de un gran peligro.

—Ese sofá —dijo la misma voz de hace unos instantes, ahora en inglés— era muy caro. Y probablemente más viejo que vuestras madres.

—¿Qué? —Exclamaron al unísono.

Vieron a un extraño sujeto, de pie, al lado del sillón destruido. Se trataba de un hombre alto y de complexión atlética, que vestía de traje de un ridículo color rosa palo. Su cabeza calva brillaba como si ésta hubiese sido pulida con cera, y llevaba puestas, pese apenas haber luz, unas enormes gafas de policía. Oblivion observó atento a través del monitor la figura de ese extraño sujeto, hasta que por fin creyó reconocerlo. “No, no puede ser…” pensó horrorizado. Un fuerte escalofrío recorrió su columna.

—¡Paula, Seishirou, huyan de ahí cuanto antes…!

La señal de las cámaras se perdió junto con el audio. El hacker palideció y se jaló de los pelos.

—¡Nooo, nooo, nooo, nooo, nooo! —Hizo un berrinche agitando los puños y dando pisotones al piso—. ¡La puta que te pario! ¡La puta que me parió!

“¿Qué está haciendo ese sujeto aquí? El no debería de estar en esta ciudad, ¿cuándo llegó a esta ciudad? Maldita sea, esto no puede estar pasando. ¡Demonios! De todos los integrantes del equipo con los que se pudo haber topado, ¿por qué tenía que ser precisamente a esas dos?”

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—¡Maldita sea! —Se dijo a sí misma la joven asesina en lo que observaba fijamente la pantalla del teléfono celular—. Ya llevo bastante tramo recorrido y aún no regresa la señal. ¿Cuánto más deberé seguir escalando?

Se dio aún más prisa, incrementando la distancia de sus saltos y zancadas. Volteó a mirar colina abajo. Ahora la mansión se veía tan distante, tan pequeña.

—¡Un momento!

Se percató de la caravana de autos que se aproximaban a los terrenos de la mansión, así como de aquellos que ya habían aparcado en fila por el acceso del frente. Aquellos vehículos no podían tratarse de aliados; si éstos eran enemigos, significaba que la situación se estaba tornando aún más crítica. No sólo tenía que llamar cuanto antes a los refuerzos, sino regresar y pelear con los intrusos.

—¡La cima! —Gritó en voz alta—. Si logro llegar a la cima, saldré del radio de bloqueo.

Pero justo a un instante de que se diera a correr, detectó un amenazador objeto acercándose a ella por la espalda. Con una veloz patada de media tijera alcanzó a desviar aquella enorme cuchilla que por poco rebanaba su nuca. La ancha hoja del arma se ensartó en una roca, a la que atravesó como si fuese de mantequilla. A ésta le siguieron otras cinco cuchillas más, que la pelirroja esquivó moviéndose ágilmente unos centímetros. Una pequeña silueta saltó de la nada y arrojó un par de cadenas en el aire. Karen las evadió saltando hacia arriba. La punta de las cadenas impactó contra unas enormes rocas y éstas se hicieron añicos. Aún en el aire, la asesina desenfundó su pistola y disparó a la silueta de su atacante. Se escuchó como si las balas rebotaran sobre una superficie metálica. El atacante ahora le arrojaba unas enormes agujas, casi tan veloces y potentes como balas, y Karen las rechazó pateándolas una por una, con el talón de su zapato.

—¿Quién eres? —Preguntó a su agresor, quien, en medio de las sombras de la oscura colina, aún no se alcanzaba a vislumbrar del todo su figura.

No contestó. En vez de eso dio un salto hacia el frente, revelándose al fin ante los ojos de su contrincante.

Su estatura era minúscula, pero muy minúscula. Tanto que parecía una broma que alguien así de pequeño poseyese la fuerza necesaria para manipular con tal maestría ese tipo de armas. Su ropaje era como una especie de traje tradicional oriental, y le quedaba tan grande y holgado que sus cortos brazos ni siquiera alcanzaban a asomar los dedos de las manos a través de las mangas. Aunque sus facciones eran idénticas a las de un infante, había algo en la frialdad de sus ojos, en la ferocidad de su mirada, que dejaba muy en claro que no debía subestimársele.


CONTINUARÁ…

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