En mi mundo.
Capítulo XXV
—¡Hana-san! —Raku
Ichijou se echó unos pasos atrás de la impresión—. ¿P-pe-pero… de dónde
saliste?
—Llevo aquí
desde hace tiempo —le contestó con voz serena—, pero al parecer no te habías
dado cuenta por lo distraído que estás. Por cierto: no te ves nada bien,
muchacho. ¿Qué fue lo que te pasó?
En efecto, el
joven, por su desaliñado y sucio aspecto, daba la impresión de que llevaba días
enteros sin cambiarse de ropa.
—Es una larga
historia —atinó a decirle con un dejo de vergüenza y desviando la mirada hacia
otro lado.
—Ya veo. Así
que a ti tampoco te la ha ido muy bien que digamos, ¿no es así, muchacho? Supongo que has venido a esta ciudad buscando a
Chitoge, ¿o me equivoco?
Raku, en
lugar de responder, se limitó a fruncir de amargura el entrecejo y apretar la
mandíbula. Hana advirtió toda esa frustración, que provenía desde lo más
profundo de sus opacados ojos, mas no pudo deducir por sí sola qué fue lo que
le había pasado al pobre chico. Se giró de nuevo hacia el frente, a seguir
contemplando a través del bello enrejado aquella enorme cúpula azul que se alzaba
por encima de la capilla principal de la catedral.
El silencio
entre ellos se perpetuó por unos cuantos instantes, hasta que, de repente, Raku
percibió un peculiar aroma que lo sacó de su ensimismamiento: el sutil y
relajante aroma del tabaco. El muchacho, un poco extrañado, volteó a ver a Hana;
entonces se percató que ese cigarrillo que ella siempre llevaba en la boca, esta
vez no se trataba de una simple golosina. Ahora de éste brotaba un fino hilillo
de blanquecino humo, que danzaba al suave ritmo de la tibia brisa hasta
difuminarse por completo en la negrura del cielo nocturno. Palabras dichas hace
ya un largo tiempo se le vinieron a la mente a manera de recuerdo:
“Dejé de fumar luego de tener a Chitoge.”
Raku inclinó
la cabeza. Confundido y un tanto menos absorto, contempló a más detalle el
rostro melancólico de aquella formidable mujer, el desasosiego que ahora habitaba
en sus ojos, que, aún a pesar de ese semblante que la mayoría del tiempo parecía
inquebrantable, él sabía a la perfección que ella era tan humana como cualquier
otra persona. No le costó mucho comprenderlo.
“Hana-san… ya
veo…”
—Que un lugar
tan bello como este —habló de pronto Hana, sin despegar sus ojos de la etérea
construcción— pueda ser usado a merced de seres tan mezquinos… pienso que eso
no hace sino demostrarnos lo pútrido que está el mundo en que vivimos. ¿No lo
crees, muchacho?
—¿Eh? ¿De qué
estás hablando?
—Espera —Hana,
un poco atónita, se volteó hacia él—, ¿acaso no sabes qué lugar es este?
Raku negó con
la cabeza.
—¿En serio? Yo
pensé que habías venido aquí porque lo sabías.
—¿A qué te
refieres? No te entiendo.
Hana
entrecerró los ojos y se llevó la mano a la mejilla. Murmuró algo en voz muy
queda y echó un pequeño suspiro.
—Muchacho
—dijo—, lo que tienes aquí frente a tus ojos, es ni más ni menos que la
Catedral de Palermo. Es en este sitio donde se supone que mañana se va a llevar
a cabo la boda de Chitoge.
—¿Qué? Pero… ¿Qué?
¡Pero qué dijiste! —Raku se sobresaltó tanto que su pelo se erizó cual las púas
de un puercoespín y sus ojos se salieron de las cuencas y expandieron hasta cubrir
más de la mitad de la cara—. ¡Este… este… este…! ¿Aquí es donde ella…?
¡¡¡Casarse!!!
Observó,
incrédulo y con mucha más atención que antes, cada uno de los detalles del
enorme templo, desde el suelo y la fachada hasta la cima de sus torres. Todo el
lugar ahora se le figuraba tan diferente, ya no podía verlo con los mismos ojos.
Tan sólo imaginar que dentro de poco Chitoge iría a estar ahí, caminando por
ese mismo suelo, en compañía de ese maldito sujeto; pensar en ese lugar como el
sitio donde se llevaría a cabo su casamiento; por alguna extraña razón hacía
que sus entrañas se revolvieran entre sí hasta provocarle nauseas. Su corazón
se aceleró, sus manos sudaron, su boca y lengua se secaron y su rostro ardió al
rojo vivo.
“¿En serio va
a ser aquí? No puedo creerlo. De todos los lugares que hay en esta ciudad, ¿cómo
fue que terminé aquí?”
—Hana-san,
¿entonces por qué estás aquí? —Preguntó Raku.
—Vine porque estaba
pensando que si le prendía fuego a este sitio un día antes de la boda, a ellos no
les quedaría más opción que posponerla para otro día, y así ganaría un poco más
de tiempo.
—Pre… pre…
pre… ¡Prenderle fuego! —Gritó un histérico y despavorido Raku que no paraba de
agitar los brazos—. ¿Pero es que tú hablas en serio? ¡Eso es demasiado
extremista! ¡Con solo ver el lugar te das cuentas que es demasiado importante!
—Puede ser
—le respondió sin inmutarse de sus exagerados ademanes—, pero no me importa. Para
mí, este lugar no es más que un montón de grava. Me estoy quedando sin
opciones, muchacho. Debo hallar lo más pronto posible la manera de apartar a mi
hija de ese infeliz, antes de que sea demasiado tarde. Y no voy a escatimar en los
métodos.
Estas últimas
palabras devolvieron a Raku a su apagado perfil del inicio. Con pesadez y una
mueca de amargura, el joven bajó la mirada y cerró los puños.
—Pero…
—murmuró pausadamente— de todas formas, no tiene caso que sigas insistiendo.
Aunque la boda fuera atrasada, no serviría de nada. Chitoge no va a volver.
Hana, al oír
esto, abrió los ojos como platos y se giró hacia el morocho.
—¿Qué acabas
de decir?
—Ella ya tomó
una decisión, y nada la va a hacer cambiar de parecer sin importar lo que
hagamos —masculló Raku, quien a pesar de su opaco semblante, apenas y podía
disimular su enojo—. Lo único que le importa es poder estar al lado de ese
sujeto.
Hana quedó
tan estupefacta que su cigarrillo cayó al piso.
—¿Pero de
dónde sacaste que Chitoge…?
—¡Yo también estuve
presente anoche en aquella plaza, cuando llegaste y trataste de llevarte a Chitoge
contigo! —Gritó con amarga voz, y luego, más calmado, agregó—: Estaba escondido
a unos cuantos metros, pero pude verlo y escucharlo todo sin problemas. ¿Acaso Chitoge
no fue lo bastante clara? ¿Acaso no gritó con todas sus fuerzas y en frente de
todos los presentes que nada la iba a hacer volver? ¿Acaso Chitoge no te dijo
que te odiaría con todas sus fuerzas si te atrevías a separarla de ese sujeto?
Si esto es lo que tanto quiere, entonces perfecto, ¡que así sea! Si tanto desea
casarse con él, muy bien, ¡que así sea! Ya no me importa. Vine a este lugar
porque pensaba que Chitoge podría estar en apuros, que ese hombre de algún modo
la estaba obligando y que necesitaba nuestra ayuda. Pero lo cierto es que nunca
hubo la necesidad de venir… no era necesario que perdiéramos nuestro tiempo ni
nos preocupásemos tanto. Está claro que ahora ya no somos más que un estorbo
para su nueva vida. Si es así, entonces, ¡bien por ella! ¡Que sea muy feliz! Dejémosla
en paz. Que haga lo que le de la gana y que…
Hana ni se
esperó a que terminara de hablar. Silenció al insolente con un fuerte puñetazo
en el rostro que lo hizo caer al piso.
—¡Tú, si
serás estúpido! —Le gritó con una inmensurable cólera.
El propio
Raku no daba crédito a lo que Hana le acababa de hacer. Los ojos de esa mujer ahora
ardían iracundos, como los de un demonio asesino.
—Jamás me esperé
esto de ti —sentenció ella, con un profundo dejo de indignación y desprecio—.Y
yo que te tenía en tan buena estima. Me has decepcionado por completo.
Raku se sobó
la mejilla. Limpió con el dorso de su mano el hilo de sangre que emanaba de sus
labios. Había quedado tan perplejo que ni siquiera atinaba a suponer el porqué
Hana había estallado de ese modo.
—No puedo
creerlo, en verdad no puedo creer que seas tan estúpido como para haberte tragado
toda esa mierda —le espetó la madre de la joven rubia—. ¿Que Chitoge quiere a
ese infeliz, y que se va casar con él por su gusto? ¿En serio crees en eso?
¿Acaso eres imbécil?
—¿Y qué quieres
entonces que crea, si esa es la verdad? —Se apresuró a defenderse—. Si no fuera
cierto, entonces ella no habría abandonado a todos sus amigos como lo hizo, ni
habría desobedecido a su padre, ni a ti. Está claro que a Chitoge no le
importamos tanto como le importa ese hombre…., a ella no le importa nada que no
sea estar al lado de él.
—Miserable. —Levantó
al morocho agarrándolo del cuello de su playera—. ¿Cómo te atreves a hablar así
de mi hija? ¡Retráctate!
—¡Porque es
la verdad! —Gritó Raku, ahora igual de enfadado—. A Chitoge no le importó dejar
a un lado a todos sus amigos para macharse con ese infeliz. Ni siquiera se
molestó en despedirse apropiadamente de todos nosotros, ni de darnos una buena explicación.
Hasta tenía pensado irse sin avisarnos, sin decirnos una sola palabra, sin
decir por lo menos ‘adiós’. En ningún momento se detuvo a pensar en toda la
confusión y sufrimiento que provocaría en los demás a causa de su egoísmo; ni
de la preocupación de todos sus amigos, ni de sus lágrimas. Ahora me doy cuenta
de que, en realidad, a Chitoge nunca le importamos. Incluso… incluso te
despreció a ti, a su propia madre, todo por preferir y ponerse del lado de ese sujeto.
¿O es que acaso no viste la expresión de su rostro cuando te exigió a gritos que
la dejaras en paz? De ninguna manera ella estaba actuando. Chitoge lo dijo muy
claro con lágrimas en sus ojos: jamás permitirá que nada ni nadie la separen de
ese bastardo. ¿Qué más pruebas quieres?
—¡Cállate, estúpido!
—Gritó aún más enfurecida que nunca, que hasta el mismo Raku se amedrentó—. ¡Por
supuesto que ella no va a dejar que la separen así como así de ese malnacido!
¡No tienes ni puta idea de por qué ella lo está haciendo!
—¿Q-qué?
—¿Y aún así
te atreviste a pensar así de Chitoge? ¿Dices que ella es egoísta y que no le
importan sus amigos? ¿Acaso no sabes por qué está haciendo todo esto en primer
lugar, estúpido?
Raku
enmudeció. Conforme escuchaba las palabras de Hana, su mugrosa frente se fue saturando
de pegajoso sudor, y sus pupilas se dilataron al ritmo que su quijada se venía
abajo.
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En un abrir y
cerrar de ojos, la escurridiza mujer de azules cabellos llegó a la primera
planta. El escenario con el que se topó al entrar al vestíbulo no fue nada
alentador: estaba una furgoneta negra empotrada a lo que alguna vez fue la puerta
principal de la residencia, y al menos dos docenas y media de soldati tirados en el suelo. Se acercó a
uno de ellos y lo examinó minuciosamente: no tenía herida alguna de arma de
fuego, contusión o rastro alguno de violencia; simplemente yacía dormido. Antes
de que pudiera deducir qué le había ocurrido, la respuesta vino hasta ella. De
repente comenzó a padecer de una extraña sensación de debilidad y mareo, como si
sus fuerzas fuesen drenadas poco a poco por algo.
“¡Maldita sea!”
vituperó en sus adentros mientras se apresuraba a abrir su maletín. Revolvió
hasta que sacó una pequeña botella de medicamento, de color ocre. Rápidamente empapó
un trapo limpio con el odorífero líquido que ésta contenía, y cubrió con éste su
boca y nariz hasta que la sensación de cansancio desapareció.
“Esos
bastardos.” Uno a uno les dio a sus aliados para que también aspirasen el
antídoto. Estos poco a poco se fueron despertando. Notó que algunos de ellos sí
tenían heridas de balas; pero, por fortuna, la protección de sus equipos
antibalas y la suerte de que el impacto no hubiese sido en una zona crítica,
los había mantenido con vida.
—¿Cuántos de
ellos son? ¿A dónde se dirigieron? —Preguntó a uno de los ya despiertos en lo
que se dedicaba a despojar de sus prendas superiores a los heridos, los formaba
en el suelo y preparaba su equipo de
primeros auxilios. El mafioso le contestó que no menos de diez y no más de
veinte, y que por lo que había alcanzado a ver, se dirigieron hacia el sótano.
—Vayan a
dónde está el generador de emergencia y échenlo a andar. ¡Rápido!
—Pero señora,
¿qué pasará con…?
—No se
preocupen por eso. Yo ya me encargué de alertar a los demás. Lo importante ahora
es que vuelva a haber energía eléctrica lo más pronto posible.
Los sicarios
asintieron y se marcharon a paso veloz.
En menos de
un minuto, extrajo todas las balas que había incrustadas en los torsos de los abatidos
mafiosos, y cauterizó sus heridas. Con sólo ver el tamaño de aquella munición
se hizo una idea de lo bien armados que iban esos intrusos. ¿Acaso pertenecían
a una organización militar como G.I.S? ¿No se suponía que la familia Benedetti
contaba con la protección política y el favor de las autoridades locales? Entonces,
¿quién más pudo hacer esto? ¿Acaso habían sido traicionados por una de las
demás familias? Pero, ¿cuál?
Llenó una
gran jeringa de un líquido de color azulenco, y presionó el émbolo hasta que un
chorro de la sustancia salió disparado de la aguja. Inyectó una pequeña ración
en el cuello de cada uno de los cinco sicarios que yacían inconscientes, luego esperó
por unos segundos a que la droga hiciese efecto.
Uno a uno,
los hombres se despertaron de forma abrupta, gritando rabiosos cual bestias
salvajes; tenían los ojos desorbitados y sudaban frío, se veían como si
acabasen de salir de una horrible pesadilla. Sus rostros cargaban una expresión
de ira y de semi estupidez, y gruñían cual perros de asalto.
—Muy bien
—les ordenó la mujer—, ahora ayúdenme a mover ese vehículo. Debo despertar a…
A través de
la ventana se filtró una fría luz. Cinque se asomó a mirar qué había allá
afuera.
—Parece ser
que tenemos compañía —chistó con una mueca de fastidio. Un convoy de al menos
cinco vehículos de muy mala pinta se acababa de estacionar en fila, frente a la
entrada. Un sinnúmero de hombres armados empezaron a bajar de estos.
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—Karen —se
dirigió el joven capo a su fiel escolta mientras ambos caminaban a
paso raudo a través de los lóbregos pasillos—, necesito pedirte que hagas algo.
—Lo que usted
ordene, mi señor.
Maximiliano
tomó su celular. Corroboró, con un frío mohín de disgusto, que la señal del
aparato aún no rehresaba —ni lo haría—, y se lo entregó a Karen.
—Sal de la
mansión, dirígete a un punto donde la señal del celular deje de estar bloqueada,
y avisa a los otros regimi de la
situación. Ordénales que vengan cuanto antes con todos los refuerzos que puedan.
Hazlo lo más rápido que te sea posible. Cuento contigo.
—Pero señor
—repuso la joven—, los invasores podrían llegar a donde usted en cualquier
momento, no puedo dejarle sólo. Por favor, mande a alguien más y permita que yo
me encargue de…
—¡No! —Negó
con la cabeza—. Lo que sea que esos bastardos estén planeando hacer, confían en
que serán capaces de lograrlo en cuanto nadie más intervenga. Es por ello que
se tomaron la molestia de desproveernos de internet y de todo tipo de señal. No
estoy seguro de qué clase de trampas podría haber allá afuera, por lo que no me
voy a arriesgar mandando a alguien más. Karen, estoy seguro que si eres tú quien
va, lo harás más rápido que cualquier otro. No te preocupes por mí, a ellos les
tomará algo de tiempo poder abrirse paso hasta este piso, y mis hombres se
encargarán de ellos mientras tanto. Una vez que hayas pedido ayuda podrás
regresar y ayudarme con esto. Por favor, Karen, el tiempo apremia.
La
guardaespaldas frunció el ceño, por unos instantes una amarga curva se dibujó
en sus finos labios, mas retomó de inmediato su postura estoica y asintió con
decisión.
—Por favor,
cuídese mucho, mi señor. Le prometo que volveré a usted en unos momentos.
—Te lo
encargo.
En cuanto se
hubo despedido con una reverencia, la guardaespaldas se guardó el celular en un
lugar seguro y se digirió galopante hacia una de las ventanas. Descorrió el
cristal y se arrojó hacia el abismo con un potente salto; daba la impresión de
que volase por los aires a decenas de metros. Segundos después, cayó de cuclillas
en algún lugar del extenso jardín, con tal fuerza que el suelo se hundió bajo
sus pies. Tan violento fue el impacto que una gruesa cortina de polvo se alzó a
alrededor de ella, de la cual un segundo después salió corriendo, a la
velocidad de una flecha, rumbo a la gran muralla trasera que delimitaba los
terrenos de la mansión con las extensas y verduscas colinas del monte Cuccio. A
base de pronunciados saltos, escaló por las afiladas rocas y peñascos.
“No hay
manera de saber cuánto terreno abarca el bloqueo de señal satelital puesto por el
enemigo, pero estoy segura que si me dirijo a las montañas, saldré más rápido de
la zona a que si lo hiciera corriendo a la ciudad” pensó Karen. “Después de
todo, se trata de un lugar inaccesible que no forma parte de ninguna zona o
distrito.”
Uno de los tres
snipers que acechaban los alrededores, se percató inmediatamente de su
presencia. Con gran asombro admiraba, a través de la mira telescópica de su
arma, la destreza y rapidez con la que aquel sujeto se abría paso. La distancia
que ya había recorrido a los pocos segundos de haber salido de la residencia
era sorprendente. De inmediato dio aviso a Oblivion:
—Hay una rata
escurridiza escalando la montaña. Me encargaré de ella.
“¡No!
¡Detente!” ordenó tajante la distorsionada voz de su dirigente. “No le hagas
nada. Deja que se marche.”
—¿Pero por
qué? Sé que está un poco lejos y se mueve muy rápido, pero estoy seguro de que puedo
darle si me concentro. —Se preparó para jalar del gatillo, calculando el
momento justo, midiendo el ritmo con el que el objetivo se movía.
“¡Que no! Es
inútil, no le acertarás. Lo único que conseguirás es que se dé cuenta de tu
presencia y vaya a por ti y los otros. Quédate quieto y no hagas ningún
movimiento estúpido. Voy a necesitarlos más tarde para nuestro escape. ¡Es una
orden!”
El
francotirador guardó silencio. No del todo convencido, terminó por acatar la
orden. ¿En verdad aquel sujeto sería capaz de ver venir y de esquivar una bala
de precisión, y lo encontraría a él, desde esta distancia y siendo de noche?
Entre tanto, Oblivion
se mordisqueaba de los nervios la uña del pulgar.
—Maldita sea
—se decía frente a la luz del monitor—, este sería el mejor escenario posible
de todos los que preví, si no fuera por el hecho de que ya llevamos demasiado
tiempo de retraso. Dudo mucho que seamos capaces de llegar hasta la señorita y
escapar antes de que Sanguigna regrese.
Nuestra oportunidad de oro de evitar una confrontación directa con esa
mujerzuela se habrá perdido si no nos movemos más rápido…
»Oigan,
ustedes —encendió de vuelta el comunicador, esta vez dirigiéndose al equipo de
infiltrados—, ¡Dense prisa y encuentren de una vez el acceso a la cuarta
planta! Nos estamos quedando sin tiempo, ¿saben?
—¡Cállate,
pervertido! —Le gritó una irritada Paula, quien, en compañía de Tsugumi, se
encontraba lidiando con un grupo de mafiosos quienes les bloqueaban el acceso a
un corredor—. ¡Todo esto es tu culpa por haber caído como un tonto en la trampa
del enemigo!
Desde que
algo o alguien, había hecho sonar las alarmas, los enemigos habían empezado a
aparecerse como moscas en cada rincón. No era como si a ellas les costase mucho
trabajo acabar con ellos, sino que la pérdida de tiempo desesperaba con creces a
la albina y a todo el equipo en general.
—Mi equipo y
yo acabamos de dar con las escaleras —informó Migisuke en medio de disparos—,
pero éstas están siendo atrincheradas por un grupo armado. Parece ser que nos
estaban esperando para bloquearnos el camino.
“Sí, sí, lo
estoy viendo todo. Bien hecho, chicos. Ahora, acaben con ellos y esperen a que
el resto del equipo llegue. Black Tiger, Crash, Reaper, sigan mis
instrucciones.”
Los
dirigentes de los otros grupos escucharon atentos las instrucciones de
Oblivion; quien, a través de las cámaras de cada uno de ellos, se las había
ingeniado para recrear un croquis de la mayor parte del piso. De esa forma él
sería capaz de guiar a los otros grupos una vez que uno de ellos encontrase el
acceso a la siguiente planta. Y por lo visto, todo había salido a pedir de
boca, pese a lo riesgoso que era el separarse en medio de tanto peligro.
Paula y
Tsugumi llegaron a un pasillo cerrado con varias puertas a lo largo y una al
fondo.
“A ver… de
acuerdo con esto, si la habitación que hay tras esa puerta se comunica también
con el corredor que hay del otro lado, podrán llegar donde el señor Aiba en
menos de lo que ataca un Talonflame.”
—Bien.
—Tsugumi se acercó sin hacer ruido e intentó girar la perilla. Estaba cerrada,
nada que una buena patada no solucionase.
Cuando ella y
su compañera entraron, se llevaron una gran sorpresa: el salón, a diferencia
del resto de pasillos y habitaciones, estaba iluminado. ¿Pero cómo era esto
posible, si ellos habían destruido el generador de la mansión y Oblivion se
había encargado de cortar el suministro de electricidad de toda la zona? Tras
poner más atención, advirtieron que la cálida luz que ambientaba la sala era
demasiado irregular y tenue como para tratarse de lámparas. En realidad, provenía
de las velas de los elegantes candelabros de muro que había a lo largo y ancho del
salón. ¿Quién las había encendido? Paula y Tsugumi tuvieron un mal
presentimiento. Caminaron a paso de prudencia, apuntando con sus fusiles de
asalto hacia cada rincón.
—Wow, —se
escuchó una voz—, che sento Oggi è il mio giorno fortunato.
Las dos
sicarios se giraron y dispararon una ráfaga de balas a un diván que yacía de
espaldas, junto a un enorme cuadro que colgaba arriba de una chimenea. El
mueble quedó hecho añicos, trozos de madera y tela volaron por los aires.
—¿Le dimos?
—susurró Paula.
—Eso parece.
La propia
Tsugumi no entendía el porqué ellas habían reaccionado tan violentamente. Era
como si su instinto les estuviese advirtiendo de un gran peligro.
—Ese sofá
—dijo la misma voz de hace unos instantes, ahora en inglés— era muy caro. Y
probablemente más viejo que vuestras madres.
—¿Qué?
—Exclamaron al unísono.
Vieron a un
extraño sujeto, de pie, al lado del sillón destruido. Se trataba de un hombre
alto y de complexión atlética, que vestía de traje de un ridículo color rosa
palo. Su cabeza calva brillaba como si ésta hubiese sido pulida con cera, y
llevaba puestas, pese apenas haber luz, unas enormes gafas de policía. Oblivion
observó atento a través del monitor la figura de ese extraño sujeto, hasta que
por fin creyó reconocerlo. “No, no puede ser…” pensó horrorizado. Un fuerte escalofrío
recorrió su columna.
—¡Paula,
Seishirou, huyan de ahí cuanto antes…!
La señal de
las cámaras se perdió junto con el audio. El hacker palideció y se jaló de los
pelos.
—¡Nooo, nooo,
nooo, nooo, nooo! —Hizo un berrinche agitando los puños y dando pisotones al
piso—. ¡La puta que te pario! ¡La puta que me parió!
“¿Qué está
haciendo ese sujeto aquí? El no debería de estar en esta ciudad, ¿cuándo llegó
a esta ciudad? Maldita sea, esto no puede estar pasando. ¡Demonios! De todos los
integrantes del equipo con los que se pudo haber topado, ¿por qué tenía que ser
precisamente a esas dos?”
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—¡Maldita
sea! —Se dijo a sí misma la joven asesina en lo que observaba fijamente la
pantalla del teléfono celular—. Ya llevo bastante tramo recorrido y aún no
regresa la señal. ¿Cuánto más deberé seguir escalando?
Se dio aún
más prisa, incrementando la distancia de sus saltos y zancadas. Volteó a mirar
colina abajo. Ahora la mansión se veía tan distante, tan pequeña.
—¡Un momento!
Se percató de
la caravana de autos que se aproximaban a los terrenos de la mansión, así como
de aquellos que ya habían aparcado en fila por el acceso del frente. Aquellos
vehículos no podían tratarse de aliados; si éstos eran enemigos, significaba
que la situación se estaba tornando aún más crítica. No sólo tenía que llamar cuanto
antes a los refuerzos, sino regresar y pelear con los intrusos.
—¡La cima! —Gritó
en voz alta—. Si logro llegar a la cima, saldré del radio de bloqueo.
Pero justo a un
instante de que se diera a correr, detectó un amenazador objeto acercándose a
ella por la espalda. Con una veloz patada de media tijera alcanzó a desviar
aquella enorme cuchilla que por poco rebanaba su nuca. La ancha hoja del arma
se ensartó en una roca, a la que atravesó como si fuese de mantequilla. A ésta le
siguieron otras cinco cuchillas más, que la pelirroja esquivó moviéndose ágilmente
unos centímetros. Una pequeña silueta saltó de la nada y arrojó un par de
cadenas en el aire. Karen las evadió saltando hacia arriba. La punta de las
cadenas impactó contra unas enormes rocas y éstas se hicieron añicos. Aún en el
aire, la asesina desenfundó su pistola y disparó a la silueta de su atacante.
Se escuchó como si las balas rebotaran sobre una superficie metálica. El
atacante ahora le arrojaba unas enormes agujas, casi tan veloces y potentes
como balas, y Karen las rechazó pateándolas una por una, con el talón de su
zapato.
—¿Quién eres?
—Preguntó a su agresor, quien, en medio de las sombras de la oscura colina, aún
no se alcanzaba a vislumbrar del todo su figura.
No contestó.
En vez de eso dio un salto hacia el frente, revelándose al fin ante los ojos de
su contrincante.
Su estatura
era minúscula, pero muy minúscula. Tanto que parecía una broma que alguien así de
pequeño poseyese la fuerza necesaria para manipular con tal maestría ese tipo
de armas. Su ropaje era como una especie de traje tradicional oriental, y le
quedaba tan grande y holgado que sus cortos brazos ni siquiera alcanzaban a
asomar los dedos de las manos a través de las mangas. Aunque sus facciones eran
idénticas a las de un infante, había algo en la frialdad de sus ojos, en la
ferocidad de su mirada, que dejaba muy en claro que no debía subestimársele.
CONTINUARÁ…