En mi mundo.
Capítulo XXIII
—¡Woaah!
—Exclamó la pequeña jovencilla, cuyos melados ojos brillaban cual estrellas,
embelesados por la belleza y majestuosidad de aquella imponente catedral—. ¿Entonces
va a ser aquí, Elisabetta? ¡Dime que no es un sueño!
(Así es. Se llevará a cabo mañana,
a partir de las cuatro de la tarde.)
Apenas tocó
tierra firme, decidió que éste tenía que ser, sí o sí, el primer destino a
visitar. La catedral de Palermo era, sin lugar a dudas, su edificación favorita y
uno de los sitios que con más nostalgia recordaba de su amada ciudad natal, a
la que todos estos años había extrañado con toda su alma. Si ésta le fascinaba
tanto se debía a su singular arquitectura, a su decoración y sus bellos acabados
de diferentes estilos y épocas, como el árabe, el normando y el gótico, que en
conjunto no la hacían verse como a una simple iglesia más del montón. Por el
contrario, su nada sobrio exterior se asemejaba más a una especie de palacio de
la realeza, a un castillo de los cuentos de hadas. El campanario, que le
recordaba a esos recintos que salían en los libros de la era medieval, la gran cúpula
azul, el enorme pórtico de tres arcos, las dos torres que flanquean la portada
principal, el extenso patio interior desde donde se podía tomar la distancia
necesaria para admirar todo el basto complejo, decorado con exóticas palmeras…;
no había nada en toda la fachada de la catedral de Palermo que ella no considerase
la definición misma de la hermosura.
—¡Qué bien!
Ya quiero que sea mañana. Va a ser un día muy divertido. ¿No lo crees,
Elisabetta? ¡Estoy tan emocionada!
Era imposible
que ella no acaparase la atención de casi todos los visitantes que pasaban por
el patio frontal de la catedral, por tres razones: la primera, porque se
trataba, sin exagerar, de una niña bellísima, de facciones aterciopeladas, piel
muy blanca y tersa y mejillas rosadas; ataviada en un largo y elegante vestido de
color tan negro como el de su larga y ondulada cabellera, de un corte entre lo gótico
y el estilo europeo del siglo XIX. Cualquiera pensaría que se había escapado de
una tienda de muñecas caras y antiguas. La segunda razón, porque si la miraban detenidamente,
se daban cuenta que aquella niña, que no debería pasar de los doce años de
edad, no paraba de hablar con entusiasmo. ¿Pero con quién?
(No entiendo
por qué estás tan emocionada. Cualquiera creería que esta es la primera vez que
vienes a la catedral. Pareces un turista.)
—¡Qué mala
eres! —Se giró hacia su preciada muñeca y le hizo un puchero inflando las
mejillas—. Si ya teníamos mucho que no veníamos.
(Si no nos
damos prisa, llegaremos tarde. Se van a enfadar contigo.)
La tercera
razón, y quizá la mayor de todas ellas, era por esa enorme muñeca a la que aferraba
con toda el alma. Era imposible que semejante muñeca no provocase la envidia de
los niños más pequeños, quienes estiraban de la ropa a sus padres señalándoles
que querían una igual. Se trataba una muñeca realmente grande: de la cabeza
hasta los pies debía medir al menos más de la mitad de la estatura de quien la
cargaba. Se veía suave y maleable del cuerpo, aún cuando sus manitas parecían
estar hechas de porcelana.
—Ya lo sé, no
tienes por qué apresurarme.
La niña tomó
su valija del suelo y se echó a andar. Mientras que con una mano arrastraba el
equipaje, con la otra llevaba a su muñeca casi a la altura del pecho y mirando
hacia el frente.
(¿En verdad
planeas ir todo el camino a pie?)
—Sí —le dijo
a su muñeca, con una sobria sonrisa—. No me importa si llego un poco más tarde,
quiero recorrer y mirar con mis propios ojos la ciudad. Quiero tomarme mi
tiempo y ver qué tanto ha cambiado todo desde que nos fuimos. Por cierto, me
muero de ganas de volver a ver a Cinque y
a Due. ¿Tú no, Elisabetta? Hace mucho
que no los vemos. ¡Me muero de ganas!
Tras el recio
chubasco que hubo anoche, el cielo ahora estaba despejado y radiante. Ya no había
una sola nube que manchase el perfecto azul del firmamento. El calor de los
rayos del sol de mediodía mezclado con la fresca brisa de la recién lavada
ciudad, le resultaba en una combinación de lo más agradable a la alegre jovencita.
A alguno que
otro listillo se le hubiera ocurrido decir que ellas dos, niña y muñeca, bien se
les podría considerar como a una suerte de representación del Yin y el Yang. No sólo porque aquella muñeca llevase puesto un vestido casi
idéntico al de su dueña, con uno que otro detalle distinto, que contrastaba al
ser de un blanco tan puro como el de la leche; por su lacia y abundante melena
dorada en contraste al cabello azabache de la jovencita, y por ese Bonnet de
algodón, de visera blanda y semitransparente semejante a los que se le solían
poner a los bebés, que era blanco en contraposición al negro par de listones
para el pelo de la niña; sino también por sus opuestas personalidades
reflejadas en sus rostros: mientras que la bambina
irradiaba en su sonriente rostro toda la jovialidad y el optimismo propios
de alguien de su edad, su muñeca cargaba una expresión lánguida, pensativa,
opaca y fría. Sus ojos, negros y brillantes cuales canicas, emulaban el vacío
de un alma indolente. Pese a eso, quienes llegaban a mirar con suficiente atención
el rostro de aquella muñeca, llegaban a la misma perturbadora conclusión: aquella
mirada, aquel inmutable gesto de aquella, daba la fúnebre impresión de que ésta
no se trataba de un objeto inanimado, sino que en el fondo, de alguna manera, poseía
vida propia.
(Deberías
tomarte las cosas más en serio. Si nos han traído hasta aquí, es porque es muy probable que algo esté a punto de suceder.)
—¿A qué te
refieres con eso?
(Te lo explicaré cuando
lleguemos.)
Caminaba
alegre la niña, tarareando una canción por las concurridas calles del centro, hasta
que al pasar por el acceso a cierta callejuela angosta, se detuvo. “Cierto, si
acorto por aquí, no tendré que rodear tanto” pensó antes de meterse.
Tan sumida se
encontraba en sus sueños y en sus pláticas que ni siquiera se fijaba ni por
donde iba, hasta que terminó tropezándose con algo que yacía tirado en el suelo.
La chica por poco y se caía de cara contra el piso. Molesta, se giró hacia
atrás y vio que había algo —o, mejor dicho, alguien allá abajo.
—¡Kyaa! ¡Un
vagabundo! —Se acercó con mucho cuidado—. Estará… ¿muerto?
Le dio unas
pequeñas pataditas en el costado al cuerpo que yacía de espaldas y en posición
fetal. “No reacciona” pensó nerviosa. De repente, el sujeto de la nada empezó a
estremecerse. Se levantó abruptamente, dando un respingo parecido a los de quienes se despiertan de una horrenda pesadilla. Miró confundido a su alrededor hasta que
se percató de la presencia de la chica y se puso de pie, asustado y deprisa. El desdichado lucía sucio,
demacrado y muy desorientado.
—¿Estás… bien?
—En cuanto la jovencilla miró con atención el mugriento y destartalado rostro del forastero,
le invadió aún más miedo y puso a su enorme muñeca por delante de ella, como si
esta fuese una especie de escudo que la habría de proteger del desconocido.
El sujeto
balbuceó algo ininteligible. Al parecer se había dado cuenta que la asustó, pues tomó distancia y se disculpó con una reverencia. Ella miró tal
gesto sin saber cómo debía interpretarlo y, en ese instante, detectó algo en la esencia de aquel muchacho que llamó mucho su atención. El extranjero, muerto de la pena,
se retiró corriendo sin decir una sola palabra.
—Esta es la
primera vez que veo a un chino en persona —le dijo a su muñeca—. ¿De donde
habrá salido?
Lo miró
alejarse hasta que se perdió de vista entre el tumulto de peatones y los coches.
La jovencilla agarró de nuevo su maleta y siguió su camino.
(Ese no era
un chino, era un japonés.)
—¡En serio!
—Exclamó un poco escéptica. ¿Y cómo lo sabes? ¿Qué diferencia hay…?
(El tamaño y
forma de sus ojos, el color de su tez, el largo de su cara, el tipo de
cabello…, pero, sobre todo, el acento de su voz cuando chilló y masculló; era
propio de un hablante de esa lengua.)
—Pues yo los
veo iguales a todos —concluyó la niña con un aire de infantilismo—. Por cierto…,
Elisabetta, ¿fue mi imaginación, o ese sujeto tenía impregnado el aroma a ya
sabes qué?
(No,
Bambinna, tienes razón. Ese muchacho claramente tenía impregnado en toda su
piel el aroma de la pólvora.)
—Vaya… —Hizo
una mueca de asombro—. ¿Quién lo hubiera creído? Y eso que no tenía la pinta de
ser ese tipo de persona. ¿De dónde será?
(Tú mejor que
nadie deberías saber que las apariencias pueden ser engañosas.)
—Mmm, supongo
que tienes razón. En fin… Por cierto: ¿Qué era esa cosa en forma de cruz que
tenía en el pelo…? ¡Ah, ya veo!
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Pasaba ya del
medio día y en unas horas habría que trasladar todo el equipo al punto de
reunión antes de comenzar con los preparativos finales; cada minuto valía oro.
No obstante, era poco lo ellos habían dormido y no se veían muy
dispuestos y preparados para lo que les esperaba. De todos ellos, Tsugumi era
la que se veía más inquieta. Se la había pasado casi toda la madrugada buscando
sin éxito a Raku y ahora tenía que lidiar con el peso de las consecuencias.
Oblivion se había vuelto distante, no le había dirigido la palabra ni a ella ni
a nadie más; se negaba a reprenderlos o siquiera hacer algún comentario del
incidente de anoche, y eso sólo hacía crecer, más de lo que ya estaba, ese sentimiento de
culpa que oprimía a la sicario.
—¡Oblivion!
—Trató de llamarlo luego de ver que éste acababa de salir de su habitación, en
la que se había encerrado desde que despertó, pero éste se pasó de largo—.
Oblivion, por favor, escúchame.
El hacker salió
del departamento y Tsugumi lo siguió por los pasillos del complejo habitacional.
—Oblivion —le
rogaba pero éste ni siquiera se dignaba a voltear a verla—, voy a salir a buscarlo de
nuevo. Estoy segura de que…
—No —contestó
al fin, recio y tajante, sin dejar de avanzar—. Ya no nos queda más tiempo. No
gastes más tus fuerzas, Seishirou, que no me sirves exhausta. Mejor aprovecha
estas últimas horas y descansa.
—¿Pero cómo
se supone que vamos a traer a la señorita con nosotros si…?
—Seguiremos
con nuestro plan sin él. No lo necesitamos para nada.
—Pero…
—¡Es mi
última palabra!
Tsugumi se
encogió de hombros—. Yo sé que debe estar molesto, pero, por favor, entienda
que…
El hacker se
detuvo en seco, se volteó hacia la sicario y dijo:
—¿Molesto?
Oh, vamos, Seishirou. ¿En verdad crees que yo estoy molesto? —Arqueó una ceja. Sus
ademanes y gestos eran exagerados, irónicos y hasta melodramáticos—. ¿De dónde te
sacas eso? Yo no estoy molesto. Digo, ¿qué razones podría tener para estarlo?
Claro, si hacemos a un lado unos cuantos
minúsculos e insignificantes detallitos, como el hecho de que se amotinaron
contra mí, me drogaron, desobedecieron mi orden de no dejar que ese idiota
saliese del departamento, me azotaron a golpes mientras estaba inconsciente… ¿A
quién no le gusta que lo golpeen mientras está inconsciente? —Alzó su brazo y señaló
algunas de sus muchas heridas—. Mira este moretón, ¿no es lindo? ¡Me encantan…! Combinan con mis ojeras... ¿En qué iba? Ah, sí: tomaron mis armas sin mi permiso, perdieron el control de
ese satélite que tanto trabajo me costó hackear y que iba a sernos de gran
utilidad en la operación, y estuvieron a punto de alertar a los Benedetti de
nuestra presencia en un acto suicida estúpido que no iba a lograr nada salvo
delatarnos ante el enemigo. Y ahora ese bueno para nada está desaparecido y no
sabemos a ciencia cierta si esos come-pasta fueron quienes lo secuestraron, y
si ya nos han descubierto. ¿Por qué habría de estar molesto si… ¡Y UNA MIERDA,
POR SUPUESTO QUE ESTOY MOLESTO!
Sieshirou Tsugumi
bajó la mirada al suelo. No solo se sentía la principal responsable, sino que
incluso se adjudicaba toda la carga de la culpa. Si tan sólo hubiera sido capaz
de encontrar a Raku anoche; si tan sólo no se hubiera separado de él; si tan
sólo le hubiese hecho caso a Oblivion en lugar de tratar de quedar bien con el
inestable muchacho, sólo por tratar de cumplir la promesa que le había
hecho. Una vez más había faltado a su deber, todo por anteponer la confianza de
sus amigos y acceder a sus caprichos en lugar de hacer lo que es correcto, teniendo
como resultado el haberles ocasionado aún más daño.
—Yo se los advertí,
Seishirou, les dije claramente que ese chico no estaba bien de cabeza
—prosiguió en su reprimenda el sujeto de anteojos—, que era inestable. ¿Creyeron
que lo había encerrado porque sí? ¿O porque quiero ser el malo de este
fanfiction? ¡No! Yo sabía que algo así iba a pasar. ‘¿Pero qué puede saber
Oblivion? Hagamos las cosas al estilo del chico obsesionado con salvar a su
princesa, seguro que él sí sabe cómo hacer las cosas…’ —arremedó esto último
con la voz de un retrasado mental—. En fin, no tiene ningún caso que nos
sigamos desgastando más por ese estúpido. Vamos a ir a por la señorita con o
sin su ayuda. Nos la llevaremos por la fuerza de ser necesario, ya habrá tiempo
después de convencerla para que cancele su compromiso. Lo único importante
ahora es recuperarla.
—Pero
Oblivion —insistió la joven—, ¿acaso no nos habías dicho que Raku Ichijou era
una pieza indispensable en nuestra operación? Si no fuera por él, nosotros ni
siquiera podríamos…
—No, te
equivocas en eso. El señor Claude tenía planeado hacer esto mucho antes de que
él se apareciese, y lo sabes. Fue ese muchachito el que vino desesperado a
nosotros en primer lugar, arrastrándose, suplicando por nuestra ayuda. Y pensé,
realmente pensé que él estaba dispuesto a cooperar con nosotros, que con él las
cosas iban a ser más fáciles. Pero no voy a seguir cargando con sus necedades,
no soy la niñera de nadie. No tiene ningún caso que vayas a buscarlo,
Seishirou. Si es que a ese mozalbete no le ha pasado nada, el que no haya
regresado por su cuenta significa que él simplemente no quiere regresar. Y eso
está bien para mí. Las personas que no saben ceñirse a las reglas y que no
acatan las órdenes que se les dan no sirven para estas cosas. Alguien así sólo
nos estorbaría, prefiero mil veces que se aleje de esto y no nos eche a perder todo.
»Y lo mismo
va para ti también, Seishirou —Señaló con mano firme a la sicario. Tsugumi
abrió los ojos de par en par, sorprendida de la seriedad de sus palabras—: Si
no estás dispuesta a hacer las cosas a mi manera, puedes marcharte ahora mismo.
No voy a tolerar que tú o alguien más vuelva a pasar por alto mi autoridad.
Todos nos estamos jugando el pellejo en esto, fracasar no es una opción.
—Yo… —Tsugumi
se llevó su temblorosa mano al pecho—, lo siento mucho. No volverá a pasar.
—Esta es
nuestra única oportunidad. Si no nos llevamos a la señorita Kirisaki, ella se
casará al día siguiente y ya no podremos hacer nada. Ahora más que nunca voy a
necesitar tu ayuda, así que dime una cosa:
»Seishirou,
quiero que me contestes —acomodó sus gafas antes de tirar la pregunta—: ¿Aún cuento
contigo para que hagas ‘Eso’ que te pedí?
La forma en
que recalcó tal palabra fue de lo más calamitoso que se le podría haber oído
jamás. La atmósfera se volvió tan densa que el lapso de silencio en la espera
de la respuesta fue abrumador. Las pupilas de Tsugumi se dilataron y su piel
palideció. Tragó saliva y frunció amargamente el ceño como si hubiese
retenido algo muy dentro de ella. Exhaló y, desviando por unos instantes la
mirada para inmediatamente sostenerla de nuevo, dijo firme aunque en voz baja:
—Sí, lo haré.
—Bien. Si es
así, entonces confiaré en ti. Trataremos de hacer las cosas lo más apegadas al
plan que se pueda. En unas horas vendrán unos de nuestros compañeros a ayudarme
a transportar todo el equipo. Mientras tanto, quiero que comas algo y te tomes
una siesta, así como Paula. Te necesito en la mejor forma posible, así que descansa
y recupera cuantas fuerzas puedas.
Oblivion
reacomodó sus anteojos, se dio la media vuelta y bajó por las escaleras del
complejo habitacional. Tsugumi permaneció en el corredor, haciendo uso de toda
su fuerza de voluntad para contener el llanto. Pensó en Raku y en Chitoge, y un
nudo cerró su garganta. No aguantar más: mientras regresaba al departamento, se
echó a llorar en silencio.
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—¡Kosaki-chan!
—Gritó ondeando la mano en cuanto reconoció a su alumna al otro lado de la
calle—. ¡Por aquí!
—Se… Sensei.
—Hasta ese momento Onodera caminaba cabizbaja, ensimismada, sin prestarle mucha
atención a su alrededor—. ¡Buenas tardes!
Yui Kanakura
se acercó. Grata sorpresa que había sido el habérsela topado a mitad de las
vacaciones.
—Buenas
tardes —devolvió el saludo con una afectuosa sonrisa.
Tras una
breve y amena charla, Yui le preguntó a Kosaki si tenía algo que hacer, a lo
que ella le respondió que no realmente. La profesora notó algo en los ojos de
su alumna, mismo que no podía pasar por alto, así que la invitó a pasar la
tarde con ella en casa a tomar algo de té. Onodera no entendió muy bien el
porqué de esto, pero por cortesía terminó aceptando.
—¿Cómo te has
pasado estas vacaciones? —Preguntó Yui mientras preparaba las tazas y buscaba
en el estante las hojas de té.
Onodera yacía
sentada junto a una mesita en la habitación de su profesora. El haber entrado a
aquella mansión la había enseriado más de lo que ya estaba cuando caminaba rumbo
a ella. ¿Habrá sido una buena idea traerla aquí?
—Bien —dijo
en voz queda—, supongo.
—Vamos,
cuéntame qué haz hecho en tus vacaciones.
—La verdad es
que no mucho. Salvo ayudarle a mamá en el negocio, no hecho nada que valga la
pena contar.
—¿Y eso?
Kosaki ya no
respondió.
Yui entró a
la cocina. Al cabo de unos momentos, regresó.
—Listo
—exclamó jovialmente—, ahora dejemos que se caliente el agua. ¿Qué te parece si
charlamos mientras está listo el té?
A la linda
jovencita se le cerró el mundo. —¿Qué? Sí, por supuesto, Sensei. ¿De qué le
gustaría hablar?
—No tienes
por qué llamarme así cuando no estemos en la escuela —dijo la joven profesora
tras una risilla—. Llámame Yui.
—Sí, está bien,
Yui-sen… Yui-san. —Onodera sonrió de los
nervios.
—Estás
preocupada por Raku-chan, ¿no es así? —Preguntó Yui, ahora con un semblante más
fraterno.
—Q-qué… ¿Qué?
—Todos los colores se le subieron al rostro—. Yo… yo… ¡No! Quiero decir… yo
solo… es que yo…
—No tienes
por qué apenarte. Yo también estoy muy preocupada por él, y mucho. Es por eso
que entiendo cómo te sientes. No hay un solo día en que no rece por su regreso.
Kosaki boqueó
y sus ojos se abrieron como platos.
—¿Pero
entonces estuvo bien que se fuera? Digo… Ichijou-kun, él va a estar bien,
¿verdad?
Yui prefirió
no contestar. En su lugar, cambió sutilmente el tema:
—Conociendo a
Raku-chan, él no habría estado tranquilo si no lo hacía. A mí me dolía mucho
verlo tan deprimido. Es por eso que todo lo que podemos hacer es apoyarlo y
confiar en él.
—Yui-san,
dígame una cosa. Usted… ¿usted cree que Chitoge-chan sería capaz de dejarnos?
¿Por qué razón se iría?
Yui dejó
pasar unos segundos.
—No lo sé.
Eso es algo que sólo ella lo sabe. Pero ya no te mortifiques más. Raku-chan es
ese tipo de persona que siempre sale adelante sin importar lo que se le cruce. Siempre
ha sido así, desde que éramos pequeños.
Onodera
asintió.
—Yui-san, ¿le
puedo pedir un favor?
—Por
supuesto. Dime.
—Hábleme de
Ichijou-kun, de cuando él era pequeño.
Yui se
sorprendió un poco. Esbozó una dulce sonrisa y asintió. Ambas se embebieron en
la plática hasta que al cabo de unos minutos Yui se acordó de algo.
—¡Ay no! ¡El
agua!
Corrió asustada
a la cocina. La tetera no paraba de silbar y el agua, demasiado caliente,
amenazaba con derramarse. Hizo mil y un intentos por remediar el desastre y
terminó quebrando varios trastes, incluso se cortó un dedo. Onodera escuchaba
todo desde la distancia, sin atinar qué hacer. Hasta que se decidió correr a
ayudarla. Mientras ambas chicas limpiaban todo el desorden, Kosaki tuvo el
presentimiento de que algo faltaba.
—Yui-san…
—¿Sí, Kosaki-chan?
—La persona
que siempre está contigo, esa chica… ¿Cuál era su nombre?
—¿Te refieres
a Ie-chan?
—¡Sí! Ella.
¿Dónde está? Se me hace raro no verla, ella por lo regular está cerca de ti o
ayudándote.
Yui sonrió—. ¡Ah,
eso! Le dije que se tomara unas vacaciones. Volverá en unos días.
—Va…
¿Vacaciones?
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Aunque la
servidumbre se había acomedido a guiarla a través de la mansión, la jovencilla
rechazó la oferta y corrió, en compañía de Elizabetta, rumbo al salón de
invitados que había en la cuarta planta. La residencia, para su sorpresa, no
había cambiado en lo absoluto. Todo cuanto recordaba seguía en su lugar: el
color de los muros, los cuadros, los muebles, las alfombras. Se sabía de
memoria los corredores, por lo que llegó sin ningún problema hasta la tercera
planta. Fue ahí dónde su memoria comenzó a fallarle. “Estaba segura que era por
aquí” se decía al no toparse con el pasillo o la puerta esperada, o cuando
acababa entrando a una sala que recordaba se accedía desde otra parte. No
obstante no se dio por vencida y siguió intentando hasta que dio con las
escaleras que la conducirían al siguiente piso. Ya ahí, dar con el enorme salón
no le fue en lo absoluto difícil. Era la sala de estancia más grande del novel,
ubicada justo al centro de los corredores, y la bella música clásica que había
en el ambiente fue todo lo que necesitó como guía.
—¡Cinque! —Gritó
eufórica tras haber abierto la puerta.
De los
presentes, una joven y voluptuosa mujer se levantó de su butacón en cuanto
reconoció aquella infantil y dulce voz. Los otros tres voltearon hacia la
entrada sin desatender sus pasatiempos.
—¡Bambinna!
¡Por fin llegaste! —Corrió a abrazarla.
—¡Te extrañé
tanto! ¡Y Elisabetta también!
(No
exageres.)
La epicúrea
mujer, de largos cabellos azules y lacios, cargó de la emoción a la más chica y
ambas rieron contentas. El abrazo se prolongó más de lo que el resto de los
presentes se habrían imaginado.
—Vaya, vaya
—dijo uno de ellos, un sujeto bastante alto y corpulento, de cabello tan corto
como el de un soldado raso, que llevaba puesta una camisa de manga larga, medio
abierta, que dejaba entrever parte de su pecho—, ya me estaba empezando a
preguntar si en verdad iban a venir. ¿Qué sería de nuestra reunión sin nuestra
queridísima Numero Quattro y de la
pequeña Bambi, eh?
—¡Tre! ¡Cómo
estás!
Bambinna
quiso acercarse a saludarlo pero se paró en seco al ver que en el largo sillón
del al lado se encontraba el desagradable de Sei, cruzado de piernas, soltando risillas cínicas mientras hojeaba
una revista. Con cautela se acercó a ver qué era lo que leía. ¡Cómo detestaba a
ese hijo de puta! Ese traje sastre de un rosa chillón insoportable, esa cabeza
a rapa que brillaba como una bola de cristal y esa fea costumbre de llevar esas
enormes gafas de aviador incluso por donde quiera, incluso en los interiores y
durante la noche —ella sabía muy bien la mezquina razón por la que las usaba—, eran
más que suficientes para arruinarle la noche entera.
Al fijarse en
la mujer semidesnuda que había impresa en la portada, confirmó con furia que esa
revista se trataba de lo que ella había sospechado. Ese sinvergüenza no había
cambiado en lo absoluto.
—¡Oye, tú, Sei! —Le gritó. El sujeto volteó y miró
cómo ella le señalaba amenazadoramente—. Más te vale que mantengas tus sucias
garras lejos de Elisabetta. No se te ocurra ponerle un dedo encima.
Bambinna
envolvió a su muñeca en un abrazo protector y le dedico una mirada de desprecio
al calvo. Éste esbozó una chocante sonrisa que parecía más un intento por
contener sus ganas de reír, extendió su brazo y le dio unas palmaditas en la
cabeza a la chica.
—No tienes de
qué preocuparte —le dijo en plan burlesco—, de todas formas, Elisabetta… digo,
Quattro no es de mi tipo. No estoy interesado en ella.
—¿Qué
dijiste? ¡Pero cómo te atreves!
Una vena se
marcó en la sien de la jovencilla. Su amiga Cinque tuvo que agarrarla y
llevársela lejos de aquel sujeto, mientras ésta pataleaba y gritaba colérica:
—¡Para que lo
sepas, Elisabetta es mucho más atractiva que todas esas putas con las que
siempre te estás revolcando! ¡Ya quisieras que ella se fije en un pedazo de
mierda como tú!
(Ya cálmate.)
—Veo que no
haz cambiado nada —se oyó una joven y masculina voz al otro lado de la sala—,
eso me alegra.
En la alejada
esquina del salón, sentado en un modesto sillón junto a una mesita de cedro,
estaba un apuesto hombre cuya edad parecía estar entre los veinticinco años de
edad, de cabello lacio y largo hasta los hombros. Bambinna de inmediato lo
reconoció.
—¡Due! —Se
zafó de la bella mujer y corrió hacia donde el solitario sujeto.
Éste se
dedicaba, tranquilo de la vida, a limpiar con un cepillo lo que parecía ser el
cañón desmontado de un fusil. El resto de las piezas yacían ordenadas sobre la
mesa junto a las otras herramientas de limpieza y lubricado, esperando su
turno.
—¡Hola,
pequeñas! —Les dio una pequeña sacudida en el pelo, primero a la muñeca y
después a la jovencita—. Cuanto tiempo.
—Sí —soltó
una tierna risilla—. ¿Sabes? Elisabetta te ha extrañado mucho. Todo el tiempo se la
pasaba hablándome de ti.
—¿Oh, es en
serio? ¡Qué coincidencia! —Sonrió—. Yo también me la pasé pensando mucho en
ustedes.
La pequeña se ruborizó.
La pequeña se ruborizó.
—¡Ah es
cierto! —Corrió al centro del salón y, desde ahí, miró hacia todos los
rincones—. ¿En dónde está Uno? ¿Aún
no ha llegado?
—Uno salió
—respondió Tre—, dijo que tenía mucho trabajo y que no podía perder más el
tiempo aquí encerrado.
—¿Que qué?
—Exclamó turbada—. ¡No es justo! Elisabetta… Elisabetta se pondrá triste. Se
suponía que hoy por fin iban a reunirse desde que se marcharon de la ciudad.
—Si hubieras
llegado un par de horas antes —comentó Sei mientras le daba vuelta a la página
de su revista—, habrías alcanzado a verlo. Es tu culpa.
Bambinna peló
los dientes. Cinque la tranquilizó posando su mano en el hombro de ella y diciéndole:
—Está bien.
Mañana en la boda tú y Elisabetta podrán verlo. No te preocupes.
—Además
—agregó Sei con un tono un poco cínico—, piensa en que él fue el único de
nosotros que se quedó a operar en Palermo. Entiendo por qué a él no le emociona
tanto quedarse todo el día encerrado en esta casona.
—Hablando de
eso —dijo Tre a la par que llenaba con más Whisky su vaso—: ¿No les parece
increíble que ese mocoso se haya salido con la suya? ¡Qué desilusión! Yo ya
estaba bastante emocionado con la guerra que se avecinaba. Eso quizá habría
traído a la vida las viejas glorias de cuando nuestra familia era bélica e
insaciable.
—¿Estás loco?
—Le recriminó la exuberante mujer, quien pasó a sentarse al sillón de en
frente—. Recuerda que ahora pertenecemos a Regimi
diferentes. Si la guerra hubiese
estallado, nos habríamos tenido que enfrentar entre nosotros.
Cruzó las
piernas. Por lo corto de su blanco vestido, una generosa porción de su muslo
quedó expuesto, aunque bien parecía no importarle. Pero sí a Bambinna, quien se
giró hacia Sei e intuyó, al ver los pequeños gestos de sus labios, que de
seguro devoraba insaciable con los ojos, ocultos tras la discreción de sus
lentes oscuros, a la curvilínea mujer. “Un día se los voy a arrancar” pensó.
—Puede ser,
pero ¿qué importa? —Levantó su vaso—. Es mejor que seguir con esta monotonía
que me está matando por dentro. ¿O acaso me dirán que no echan de menos los
viejos tiempos, cuando nuestro señor Marzio estaba al mando?
—Habla por
ti, bruto —dijo Sei, luego arqueó tanto la ceja que ésta se asomó por sus
enormes gafas oscuras. Dejó de lado su revista y se levantó a servirse un poco
de licor. Los sonidos del hielo, el cristal y el líquido vertiéndose le habían
despertado el antojo—. Odio la violencia innecesaria más que a nada. Lo mejor
que me pudo haber pasado fue que me trasladaran a provincia. No tienes idea de
las bellezas que te puedes encontrar allá si sabes buscar.
—Tú sólo
piensas en eso. En fin, díganme algo. ¿Qué creen que tenga planeado hacer ese
mocoso una vez se haya erigido? ¿Creen que, quizás, él tenga planeado que nosotros
trabajemos para él?
—Espero que
no —se apresuró a decir Cinque, cruzándose de brazos—. No me sentiría cómoda
recibiendo órdenes suyas todo el tiempo. Ese bueno para nada no es ni la sombra
de lo que fue su padre.
Mientras
tanto, la pequeña Bambinna aprovechó que el viejo verde había dejado su revista
a un lado para cogerla. La examinó y, en el instante en que se dio cuenta de lo
que había en sus páginas, su rostro se tornó tan rojo como la sangre misma y comenzó
a echar vapor por las orejas. Tiró la revista hacia arriba, sujetó de los
brazos a su muñeca y agitó, a una velocidad monstruosa, sus manitas en el aire
mientras la revista caía. Todo lo que quedó de aquel objeto fueron residuos de
papel del tamaño de confeti regados por el suelo.
—Estoy de
acuerdo —agregó Sei—. Pero tampoco me cae tan mal el chico. Al menos tiene buen
gusto para las mujeres. No tengo problemas con trabajar para él mientras me
deje seguir a gusto con mis negocios. De lo contrario, es probable que me lo
piense dos veces antes de darle mi reconocimiento.
—Lo mismo
digo —exclamó el enorme hombre tras beberse de un solo trago su whisky—. No
importa que sea el hijo de Marzio, si él no da la talla, no voy a mover un solo
dedo por él.
—Ni yo
—secundó Cinque—. No es más que un niño mimado y venido a más, que sólo sabe
correr y esconderse tras las faldas de su abuelo. De seguro nuestro señor
Marzio debe estar revolcándose en su tumba.
—Saben algo
—se decidió por fin a comentar Due. Todos voltearon a verle. Él ahora
inspeccionaba con un lente joyero una de las piezas del gearbox del rifle—.
Estoy seguro que si Karen los escuchase hablar así, los asesinaría en este
mismo instante.
El silenció
se apoderó por unos segundos del ambiente.
—¡Déjate de
estupideces! ¿Acaso crees que le tenemos miedo a esa puta? —Gritó Cinque, entre
furiosa y ofuscada. Su compañero no le contestó, sólo se limitó a sonreír con
los labios cerrados y a continuar con lo suyo.
“Es cierto,
también hay que ver a Karen. ¿En dónde estará?” se preguntó Bambinna en sus
pensamientos.
—Sea como sea —continuó Tre—, al menos deberíamos agradecerle por esta
pequeña reunión. Estar en esta mansión junto a todos ustedes me trajo
nostalgia. Parece que fue ayer cuando el señor Marzio vivía. A su lado nunca
nos faltó la diversión. Si ese muchacho asume el mando, ¿será posible que los
viejos tiempos regresen?
Continuaron charlando de viejas anécdotas de cuando solían ser un
equipo, y también de uno que otra vivencia personal que tuvieron luego de haberse
ido a vivir a otras ciudades, aunque todos estuvieron de acuerdo en que ninguna
de ellas era tan interesante. Al cabo de un par de horas la servidumbre llegó a
servirles toda clase de manjares. Los ex compañeros rieron, bromearon e
hicieron de aquella pequeña reunión, una celebración memorable.
Bambinna echó un prolongado bostezo, estiró sus brazos y se talló los
ojos.
—Tengo mucho sueño. Creo que me iré a dormir.
—Vamos —dijo la sensual Cinque—, no son ni las diez de la noche. Quédate
un poco más.
—Pero es que… Elisabetta tiene mucho sueño también.
(No es cierto.)
—Deja que vaya a dormirse —dijo Duo en lo que atornillaba el cañón a la base del
fusil—. Mañana será un día muy largo y tiene derecho a divertirse. Aparte, ella
debe estar muy cansada por el viaje. Nosotros no recorrimos ni la cuarta parte que
ella.
Se despidió afectuosamente de todos, menos de Sei, a quien le sacó la
lengua y le dijo que se jodiera. Una de las mucamas la guió hacia su
habitación.
—Desde cuando te volviste tan caballeroso —dijo un tanto irónica
Cinque a Due—. No es muy de ti decir esas cosas.
—No es nada de eso. Es sólo que pensé que quizá vamos a necesitarla descansada
para lo que se viene.
—¿A qué te refieres? —Preguntó la de cabello azul.
—Así que tú también te diste cuenta —exclamó Tre, y una sonrisa maliciosa
se pintó en sus labios—. Invitados de honor… ¡Vaya pretexto tan tonto para
traernos hasta acá!
Cinque miró confundida a uno y a otro, hasta ser finalmente capaz de
ver a través de su complicidad. Incluso Sei frunció el seño como muestra de que
él también sabía de qué hablaban, y no le gustaba del todo.
—¿Pero de qué te quejas, viejo? —dijo Due—. ¿No era esto lo que tanto
querías? Era obvio que los hermanos del señor Marzio no se iban a dar por
vencidos. Cualquier cosa que ellos intenten, ese mocoso nos trajo hasta aquí
para que nos encarguemos de todo. Sólo basta con ver la cantidad de hombres que
hay hospedados en la mansión para darse cuenta.
Terminó de ensamblar su querido M14 modificado y lo alzó presuntuoso.
Acarició el rifle y se puso a pulirlo con un trapo.
—Por Dios —Cinque se llevó la mano a la frente—. Si lo que dices es
cierto, no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo.
—No te preocupes. Todo va a estar a bien. Maximiliano, por lo que sé,
es más de intimidar que de confrontar. Eso es lo que está buscando ahora. O, dime tú,
¿quién estaría lo bastante loco para oponérsele en estos momentos?
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—¿Estás lista, Black Tiger? —Preguntó Paula.
Tsugumi no articuló palabra, sólo asintió. Su mirada era fiera, sus
ojos estaban completamente secos pues se le habían agotado las lágrimas de todo
lo que había llorado en la tarde. Se quitó su camisa y pasó a ponerse un
chaleco blindado de última tecnología, liviano y delgado como ningún otro. Cuando
usaba ese tipo de protección, su femenino pecho solía adoptar la forma del de un
varón. Tomó un saco negro, color perfecto para confundirse entre las sombras, y
debajo de este cargó con toda clase de armamento, desde ligeras pistolas hasta
pesados fusiles de asalto, granadas, explosivos, detonadores y equipo de espionaje.
No había una sola zona de su ropa que no llevase oculta algo. Paula hizo lo
mismo, solo que en lugar de un traje sastre ella se atavió con una especie de
poncho casi idéntico al que suele usar, pero del mismo negro que las ropas de
su compañera. Adoraba esa prenda por la impresionante cantidad de armamento que podía ocultarse en ella. Guardó el doble o quizá el triple de armas y municiones
que Tsugumi, que ya era mucho decir, con la esperanza de que, al terminar la
operación, podría quedarse con el sobrante.
—Bien, entonces vámonos —clamó la albina.
Salieron a la calle, dónde un par de furgonetas negras aguardaban en
la acera.
“Black Tiger, White
Fang, ¿me escuchan?” Se oyó la distorsionada voz de Oblivion por el oído
izquierdo de ambas.
—Sí —respondió ‘Black Tiger’—Ya vamos en camino.
Subieron a uno de los vehículos. El resto del equipo ya se encontraba adentro.
A Paula le aterraba un poco la actitud sombría que había tomado su compañera:
no hablaba ni se dirigía a nadie, sólo guardaba silencio con la mirada fijada
en la nada. Tuvo un mal presentimiento mas no le dio demasiadas vueltas.
Había muchas cosas por delante.
Se volteó a ver qué hacia Migisuke. Se veía tranquilo y concentrado, como el profesional que se suponía que era.
—¿Aún vas a seguir en esto? Si ese idiota ya no va a venir con nosotros no tiene ningún caso que sigas. Deberías estar buscándolo.
—No, creo que lo mejor será que me quede. Lo que sea que le haya pasado a Aniki, estoy seguro que él querría que las ayude a ustedes. Además, ya me he comprometido en esto y no soy capaz de retractarme, o de lo contrario sería descubierto. Por otro lado, si existe la posibilidad de que hayan sido ellos quienes lo raptaron, seguir con esto es la única manera qe tengo para encontrar a Aniki,
"Vaya idiota. Después no te pongas a chillar si algo te pasa." Pensó con un suspiro la albina.
Se volteó a ver qué hacia Migisuke. Se veía tranquilo y concentrado, como el profesional que se suponía que era.
—¿Aún vas a seguir en esto? Si ese idiota ya no va a venir con nosotros no tiene ningún caso que sigas. Deberías estar buscándolo.
—No, creo que lo mejor será que me quede. Lo que sea que le haya pasado a Aniki, estoy seguro que él querría que las ayude a ustedes. Además, ya me he comprometido en esto y no soy capaz de retractarme, o de lo contrario sería descubierto. Por otro lado, si existe la posibilidad de que hayan sido ellos quienes lo raptaron, seguir con esto es la única manera qe tengo para encontrar a Aniki,
"Vaya idiota. Después no te pongas a chillar si algo te pasa." Pensó con un suspiro la albina.
Condujeron, a paso medio para no llamar la atención, hasta situarse en
las afueras de la ciudad, a orillas del imponente monte Cuccio. Un grupo
pequeño se adelantó a asegurar los puntos de vigilancia clave, mientras que el
resto aguardó dentro del vehículo a la señal para hacer su jugada.
“Señorita” pensaba Tsugumi mientras se colocaba el visor de visión
nocturna y preparaba su arma de asalto como el resto de los gangsters. “No
importa lo que pase, la liberaré… la liberaré de todo este infierno.”
Oblivion miraba en su monitor lo captado por las cámaras instaladas en
los lentes de los francotiradores, quienes se acababan de establecer en sus
puntos asignados. Tras verificar su reloj y que todo estaba en orden, pasó a dar
la señal al conductor de la furgoneta:
“¡Comiencen!”
El vehículo aceleró a fondo, derrapando sobre el polvoriento camino, y
aceleró hasta alcanzar una velocidad demencial rumbo a la entrada de la mansión
Benedetti.
Eran las 11:55 de la noche, del día 0X de Abril del año 201X; la
operación de búsqueda y rescate de la hija del jefe supremo de la organización
delictiva internacional conocida como ‘The Beehive’, dio comienzo. Los
acontecimientos que se desatarían a raíz de esto serían recordados en Palermo
como una página negra en la historia de la mafia.
CONTINUARÁ…
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