FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) Cap 24



En mi mundo.

Capítulo XXIV



Dos rudos sujetos, de quienes el más joven daba la impresión de tratarse de un recién iniciado en el mundo del Cosa Nostra, deambulaban por los extensos pasillos del quinto piso. Conversaban de cosas triviales y una que otra relacionada al gran evento que habría el día de mañana. Cuando pasaron cerca de la entrada al salón de banquetes, uno de ellos —el de menor edad—, fuertemente atraído por lo que lo que sus ojos alcanzaron a entrever a través del rabillo de la puerta a medio cerrar, decidió darle una pequeña asomada al recinto. Su compañero, sin más remedio, lo acompañó.

—Pero mira nada más —exclamó el novato al ver todas esas mesas que estaban elegantemente vestidas con largos manteles blancos, decoradas con servilletas dobladas y centros de mesa de bellísimos arreglos florales, listas para el gran banquete; el centro del salón despejado, ideal para servir como pista de baile a los invitados; listones dorados y blancos que decoraban, a lo largo y ancho, los muros; y el estrado al otro extremo de la sala, que de seguro habría de ser ocupado por músicos, con los instrumentos y todo lo necesario para deleitar con bellas melodías colocado de antemano—. Me pregunto cuánta gente va a venir. Es una lástima que nosotros no hayamos sido invitados, ¿no lo crees? —agregó echándose a reír, con un dejo que oscilaba entre lo irónico y lo apesadumbrado.

—No sabía que te gustaban ese tipo de fiestas tan insípidas —respondió su maduro compañero, con un gesto arisco—. No te desanimes, muchacho; escuché que los otros están organizando una fiesta en el sótano para que nosotros podamos celebrar a nuestro estilo. ¿Qué te parece?

—¿En serio?

—Sí —asintió meneando la cabeza—…, eso fue lo que me han dicho. ¡Ya verás que buena fiesta, muchacho! No como esas aburridas reuniones de etiqueta de los aristócratas, llena de protocolos absurdos y modales falsos y cansinos. Una verdadera fiesta se hace a base de mujeres, alcohol y buena música.

—Pero… ¿tú crees que el señor estará de acuerdo con que hagamos esto al mismo tiempo que la recepción de su boda?

—De eso ya no sé nada. Pero supongo que mientras no molestemos a sus invitados, ¿por qué no? De todos modos, él va a estar demasiado ocupado como para darse cuenta, ¿no?

Y de repente, todas las luces se apagaron, dejando el ambiente tan sumido en las tinieblas que aquellos dos sujetos apenas y podían ver a un metro o menos más allá de sus narices.

—¿Qué demonios pasó? —El de apariencia menos tosca, por mero reflejo, sacó de su saco una pistola.

—Tranquilo, Tony, de seguro sólo fue un apagón.

—Pero…

—En unos segundos los generadores de emergencia se activarán. Mira:

Dicho y hecho, las luces de los bellísimos candelabros artificiales se encendieron de nuevo, y la enorme sala volvió a lucir radiante, como el fabuloso lugar de ensueño listo para albergar a una infinidad de distinguidos invitados de honor, que era.

Se apresuraron a regresar a su ronda, no fuera que algún superior los encontrase ocioseando y se los reprendiese. Al cabo de unos momentos, las luces del pasillo se volvieron a apagar.

—¿Qué? ¿Otra vez?

—¿Qué estará pasando?


0//0//0//0//0


Era una tranquila noche —un poco fría eso sí—, al igual que todas las anteriores. A aquel hombre no le cabía duda que el puesto de vigía el más aburrido de todos. No obstante, él no se podía quejar; la tranquilidad y la falta de esfuerzo que había en susodicha tarea recompensaban ampliamente el aburrimiento. Por otro lado, en aquel balcón ubicado en lo más alto de una de las cuatro torres de la basta mansión, la vista de la ciudad e incluso la del bello mar, era maravillosa. Tanto que le resultaba imposible no desviar la vista de vez en cuando para curiosear con sus binoculares en las rimbombantes luces de la vida nocturna de Palermo, aún cuando sus ojos deberían estarse dedicando en todo momento a inspeccionar los abiertos y verduscos alrededores de la residencia. Volteó a mirar a su compañero, quien se hallaba en el balcón de la otra torre, ubicada en el extremo opuesto de la mansión. Éste no lucía ni más atento ni menos aburrido que él. Cabeceó y echó un pronunciado bostezo. Su consuelo era que cada vez faltaba menos para que se diera el relevo de puesto.

Regresó su vista a las cercanías de la propiedad y, entonces, se percató de la inusitada presencia de un vehículo, el cual se dirigía, a campo traviesa, rumbo a la residencia. A juzgar por la endemoniada velocidad a la que corría el energúmeno coche, no le llevaría ni medio minuto llegar.

Rápido tomó su radio. Se estrelló con la horrible noticia de que la señal de su aparato estaba muerta. Se volteó hacia su compañero y, a base de señas, le preguntó si su radio funcionaba y si él también veía al vehículo invasor. Éste le respondió que no y que sí respectivamente.

—¡Mierda! Frank, tenemos que avisar a los demás —gritó a todo pulmón. Su compañero asintió.

Pero en el instante en que iba a entrar a la torre, vio cómo su camarada se desplomaba drásticamente desde su balcón. No tuvo ni tiempo de sentir pánico, pues una bala perforó su pecho, haciéndolo caer inconsciente en el acto.

—Los vigías han sido neutralizados con éxito —informó uno de los francotiradores, quien yacía oculto entre los arbustos de una colina ubicada a cientos de metros de la propiedad.

Oblivion, quien se hallaba sentado en el suelo frente a un enorme monitor, resguardado en una oscura habitación lejos de todo el quilombo, con una humeante taza de café con leche a su costado y unos auriculares con micrófono integrado en su cabeza, esbozó una perniciosa sonrisa y contestó con un seco: ‘Perfecto’.

El extravagante hacker, sin dejar de observar atentamente la imagen en vivo de la cámara frontal de la furgoneta, acercó su dedo índice al teclado de su ordenador. Cuando vio que el vehículo por fin entró a la zona preestablecida, presionó la tecla Enter.

En el acto, todas las luces de las incontables ventanas de la mansión Benedetti, que a cada segundo se divisaba más y más cercana, junto a las lámparas que alumbraban el camino y sus alrededores, se apagaron. El conductor de la furgoneta, al percatarse, aceleró aún más. Tanto que las llantas rechinaron, humearon y dejaron sus marcas sobre el pavimento.

—Dicen que el crimen no paga. Supongo que entonces llegó la hora de cortarles el servicio de electricidad —murmuró el hacker con un dejo irónico y burlesco.

Había unos cuantos hombres de honor custodiando la entrada a la mansión. No tuvieron suficiente tiempo para hacer un comentario referente al repentino apagón pues un extraño objeto del tamaño de una pelota de beisbol cayó del cielo, a unos pocos metros del pórtico. Dicho artilugio, apenas tocó tierra, estalló, liberando una ráfaga de luz cegadora. Los sicarios se llevaron las manos al rostro y sacudieron la cabeza.

—¿Qué demonios fue eso? —Gritó furioso uno de ellos.

Intuyeron que esto sólo podía significar una emboscada y rápidamente blandieron sus armas en lo que uno de ellos se dispuso a alertar al resto por radio. Pero algo sorpresivo había ocurrido: al tomar el aparato, el mafioso se percató de que éste se había chamuscado desde adentro. Se sentía caliente al tacto, olía mucho a quemado, e inclusive humeaba. El hombre escupió una maldición y arrojó al suelo el estropeado aparato.

—¡Miren eso! —Gritó el de en frente.

No muy lejos, en medio del oscuro sendero, se alcanzaba a divisar un feroz coche que, aproximándose a toda velocidad y con el motor bramando a toda potencia, amenazaba con arrollarlos. De inmediato los sicarios le dispararon al vehículo invasor, sin ningún resultado; las balas, pese a su grueso calibre, rebotaban cual simples piedrecillas en el negro chasís. La furgoneta usó de rampa a uno de los tantos vehículos que yacían estacionados en hilera a las afueras de la entrada, volando a metros por arriba del suelo, ante los estupefactos ojos de los mafiosos. Estos apenas y tuvieron tiempo de arrojarse al piso y evitar que la furgoneta les cayese encima. Se oyó un metálico y estruendoso golpe seco. Los mafiosos levantaron la cabeza y vieron, horrorizados, como aquella furgoneta negra no sólo se había impactado de lleno contra la puerta de la mansión, sino que además se quedó incrustada a ésta, cual corcho en una botella; con al menos la mitad del otro lado, dentro del recibidor de la residencia. Ahora, la gruesa puerta de acero, más que puerta, había quedado reducida a un enorme boquete taponado en su totalidad por el vehículo.

—¡Pero qué demonios!

Trataron de alertar cuanto antes de la invasión pero fue inútil: no sólo todos sus radios se habían quemado, sino que además probaron con sus celulares y descubrieron que estos también. Las carcasas de plástico incluso se habían derretido.

—Uff, un choque tan violento como ese —decía para sí mismo, con voz medio altanera y mordaz, Oblivion—, capaz de derribar a una puerta de acero de ese espesor, sin duda alguna habría hecho sonar cualquier alarma. Es una pena que la pequeña bomba de pulso electromagnético que el buen Zack arrojó hace unos segundos, haya echado a perder todos los aparatos eléctricos que había cerca. El haberles desconectado la energía eléctrica ayudó a que no se dieran cuenta de que sus aparatos se echaron a perder, y también a distraerlos lo suficiente para que no alertaran a nadie a tiempo; además de darle un poco más de tiempo a nuestro vehículo antes de ser descubierto. Y sí, estoy diciendo cosas obvias en voz alta a propósito para que los lectores se enteren de lo que está pasando. De nada. —Le dio un sorbo a su taza.

En el interior de la mansión, en la primera planta, los soldati, tras oír el funesto impacto, corrieron de inmediato hacia la entrada.

—Ahora bien —agregó el hacker—, un estruendo como ese debería haberse oído a lo largo y ancho de todo el sitio…, claro, si no fuera por el pequeñísimo e insignificante detalle de que los muros, los cristales y los pisos de toda la mansión son a prueba de balas, explosiones y, por supuesto, del ruido. Con un poco de suerte, todos lo que se encontraban en la primera planta en ese momento deberían haberlo oído, mientras que el resto… no.

Al llegar al recibidor, los mafiosos se toparon con la nefasta imagen de una furgoneta negra que había traspasado la entrada, con la parte de enfrente un poco más adentro que la alfombra y ligeramente levantada de atrás, como si se hubiese ensartado a la puerta desde arriba. Empuñaron toda clase de pistolas y subfusiles y rodearon el vehículo.

—Y claro, ante un ruido como ese, ¿qué es lo que haría una persona promedio? ¿Subir a los otros pisos a avisar a los demás? ¿O correr como locos y arremolinarse a ver qué fue lo que pasó?

Tres de ellos se acercaron a la cabina. Los vidrios polarizados no les permitieron ver qué había adentro. No se escuchaba un solo ruido; ¿acaso estaba vacío? El más temerario decidió tratar de abrir la portezuela pero un segundo antes ésta se abrió de golpe. Sendas balas derribaron en un instante a los hombres armados. En el acto saltaron del vehículo, uno tras otro, poco más de una decena de sujetos vestidos de negro y con el rostro cubierto por  máscaras de gas.

El grupo iba armado con largos fusiles de asalto. Sin dejar de correr hacia el frente, arremetieron contra los mafiosos, quienes intentaron dispararles. Todos los italianos presentes cayeron a excepción de  quienes le habían dado mayor prioridad a resguardarse que a atacar a los intrusos.

—Para cuando se den cuenta que lo que debieron haber hecho era alertar a sus compañeros, se toparán con la desagradable sorpresa que sus teléfonos móviles carecen de señal. Claro, eso si sus celulares no se encontraban dentro del radio de efecto de la bomba de PEM cuando ésta se activó.

—¡Maldita sea! —Gritó de frustración uno de los soldato tras haber arrojado su celular—. Tenemos que alertar cuanto antes al los otros.

Ordenó a uno de sus hombres que de inmediato subiera a las demás plantas. Pero justo en ese momento empezó a sentirse mareado y con una sensación de adormilamiento a la que no fue capaz de resistirse. Los mafiosos que quedaban de pie cayeron, uno a uno al piso.

—Entonces —se jactaba Oblivion con una perversa sonrisa en los labios—, si todos los que oyeron al coche estrellarse corrieron desaforados a la entrada, ¿qué pasaría si luego respiran el gas somnífero que se liberó en el momento que el coche se estrelló? Eso los imposibilitaría de dar aviso a los que aún no se han dado cuenta de nada. De seguro los que estaban afuera ya deben estar roncando como troncos al igual que ellos. Y las luces de la mayoría de los salones de la primera planta se han echado a perder. No obstante, como la luz eléctrica regresó hace unos momentos en el resto de la mansión, nadie más debería sospechar aún.

Los invasores sortearon los pasillos girándose en cada cruce: primero a la derecha, luego la izquierda, izquierda otra vez, derecha, al frente…; se sabían de memoria todo el trayecto. Los lentes de visión nocturna les permitían vislumbrar sin problemas cada puerta, cada mueble, cada esquina. Llegaron a unas escaleras que conducían hacia abajo, al sótano. Derribaron una que otra puerta, hasta toparse con una puerta metálica a la cual fue necesario usar un pequeño explosivo plástico para poder echarla abajo. Tras aquella puerta se hallaba el generador de emergencia de la mansión, el cual ahora estaba activo, bramando sin parar sus motores, alimentando de energía eléctrica a la mansión ahora que se había cortado el suministro de energía.

Los invasores dispararon en ciertas zonas y el generador dejó de operar. Ahora toda la mansión permanecería en las tinieblas por mucho más tiempo.

—Muy bien —exclamó Migisuke, quien al frente se encargaba de dirigir el grupo—. ¡En marcha!

—Excelente, muchachos, sigan así —dijo Oblivion mientras le daba sorbitos a su taza. El hacker vigilaba muy atento todo el progreso de la misión a través de las cámaras instaladas en los visores nocturnos de sus hombres—. Con esto el sótano y la primera planta ya están asegurados. Ahora vamos por la segunda planta.


0//0//0//0//0//0//0//0//0


La primera vez que se fue la corriente eléctrica, a ninguno de ellos se les ocurrió darle importancia. No obstante, el segundo y definitivo apagón los llevó a tener un mal presentimiento.

—¿Qué habrá pasado? —Preguntó Due, sentado en su diván, algo extrañado pero sin dejar la serenidad de lado—. ¿Acaso se les olvidó ponerle diesel al generador? ¿o se descompuso?

—¡Qué fastidio! —Gruñó Sei con el ceño fruncido de coraje y estirando los brazos.

Tre, en medio de la penumbra de la sala, dejó entrever una bellaca sonrisilla. Cinque y Due sacaron sus móviles para usarlos como lámparas. En eso, la perspicaz mujer se percató de que su celular carecía de señal.

—¡No puede ser! ¿No me digan que…?

Se levantó con ansias del sillón y corrió hacia la ventana. Plegó la enorme cortina de seda y abrió el cristal. Se asomó hacia abajo y divisó a un puñado de hombres quienes yacían en el suelo alrededor de la entrada, y a la parte trasera de un robusto vehículo asomándose desde el portón.

—¡Han invadido la mansión! —Gritó con furia.

—¿Qué? —Gritó Sei con una mezcla de escepticismo y fastidio.

—¡Lo sabía! —Gritó Tre, quien se incorporó con emoción de su asiento.

Due también se puso de pie y caminó despacio hacia la salida.

—¿A dónde vas? —le cuestionó Cinque.

—A despertar a Quattro. Sea lo que sea, lo mejor será que ella nos eche una mano. Tú encárgate de averiguar lo que está pasando.

—¿No deberíamos avisarle primero al hijo de Marzio?

—No, ¿para qué? —Negó moviendo la cabeza; una sonrisa de labios cerrados se asomó en su largo y estilizado rostro—. Él no tardará en darse cuenta por si mismo, si es que no lo ha hecho ya. Lo importante ahora es ubicar a los intrusos y planear un contragolpe.

—¡Qué asco! —exclamó Sei. Luego dio un pisotón de rabia y se incorporó del mullido sofá—. No cuenten conmigo para nada. Iré a refugiarme.

Los cuatro salieron del salón de invitados y tomaron caminos distintos. Moverse entre los pasillos oscuros y con el latente peligro de un intruso acechando no dejaba una buena sensación; no obstante, ellos ya estaban acostumbrados a situaciones igual de intensas e incluso peores. Mientras que los tres varones caminaron a paso medio, la sensual mujer del grupo se apuró y, deslizándose entre las sombras, ágil y silenciosa cual felino en plena caza, recorrió de fu a fa el cuarto piso alertando a todos y ordenándoles que se mantuvieran con la guardia en alto.


0//0//0//0//0//0//0


Con la oscuridad como aliada, el grupo de invasores se abría paso con bastante eficiencia a través de los corredores del segundo piso. Se escabullían con precisión milimétrica en cada rincón que recorrían, en cada sala a la que entraban, en cada puerta que abrían de una certera patada, por cada intersección de la cual algún enemigo podría asomarse sin previo aviso; mismo al que si se aparecía, se despacharían en el acto sin siquiera darle tiempo a la víctima de delatar su ubicación a sus compinches. El silenciador de sus armas de fuego junto al material especial de las suelas de su calzado y los propios muros del recinto, les proveyeron del sigilo protector requerido para no delatar su ubicación. A este paso, ni el minuto estipulado en el plan les iba a tomar llegar a la tercera planta. Ni siquiera los sicarios que se daban cuenta de su presencia e intenciones podían hacerles nada, pues la negrura del ambiente no les permitió acertar ninguno de sus disparos. En cambio, los invasores no tenían el mismo problema gracias a su equipo de visión y los asesinaban en el acto. El grupo avanzó sin contratiempos hasta que por fin llegaron a las escaleras que los habrían de conducir al siguiente piso.

“Muy pronto, señorita” se repetía, para darse ánimos, Seishirou Tsugumi una y otra vez. “Muy pronto la liberaremos…”

Llegaron a la tercera planta. Tal y como estaba contemplado en los planes, el ejercito de los Benedetti aún no se habían logrado organizar frente a todo ese caos. Ahora sólo debían avanzar al siguiente nivel siguiendo los pasos memorizados: primero hacia el frente, después a la derecha, luego entrar a un pequeño salón y salir por la puerta al otro extremo, girar a izquierda dos veces, entrar al salón de la derecha, salir por la otra puerta y seguir por todo el pasillo, que rodearía todo un salón antes de conectarse con otro corredor; no dejar de anticiparse a los sitios de donde podría venir alguien; seguir corriendo en fila, confundirse con las sombras…

Sin embargo, cuando el equipo se giró en el último doblez de aquel extenso y angosto pasillo, se toparon con una desagradable sorpresa que dejó bastante confuso a más de uno:

Se suponía que ahí tenía que estar un cruce perpendicular con otro pasillo, que era el que los habría de llevar a las siguientes escaleras. En su lugar no había más que un callejón sin salida ridículamente decorado con un viejo cuadro y una mesita. Para nada coincidía con el plano memorizado por todos ellos. El propio Oblivion, al verlo desde su monitor, pegó un sobresalto y escupió su café.

—¿Nos habremos equivocado a girar en algún lugar? —Susurró Migisuke. El resto del equipo se miraba entre ellos sin saber qué responder.

“No, nada eso” corrigió la voz del hacker desde los comunicadores que llevaban todos en sus oídos. “Ahora mismo estoy revisando los planos y veo que en ningún momento lo hicieron mal.”

Tsugumi se acercó al muro. Reunió fuerzas y le pegó un potente puñetazo. La pared tembló un poco, mas de ahí no pasó. Por desgracia, no se trataba de un falso muro ni nada por el estilo; la pared era tan sólida y resistente como el resto de la casa.

—¿Qué significa esto? —Masculló Paula—. Oye, pervertido, ¿No se suponía que aquí tenía que haber una salida?

“Tranquilos, muchachos, que no panda el cúnico. Planearé una ruta alterna. Retrocedan un poco y sigan mis instrucciones.”

Se devolvieron tres corredores y entraron a una habitación, misma que los condujo a otro pasillo. Luego avanzaron por la izquierda, derecha, al centro… y el pasillo siguiente les condujo en dirección opuesta a lo esperado.

—¿Qué estupideces estás haciendo? —Reclamó una Tsugumi que casi tuvo que morderse los labios para no gritar.

La operación se repitió: Oblivion trazó una nueva ruta pero nuevamente los pasillos, las puertas y las intercesiones no coincidían con los planos. Cada vez que terminaban en un callejón sin salida, Tsugumi y los otros gangsters intentaban tirar abajo las paredes, sin ningún éxito. Ya habían gastado todo el tiempo que se iba a invertir en escabullirse hasta la quinta planta, y cada vez llegaban más hombres armados a incordiarlos. En un acto de desesperación, intentaron tirar abajo uno de los muros que cortaban el avance con un explosivo plástico, pero no sirvió de nada. Tal y como les había advertido el hacker, el material con el que estaba hecha aquella fortaleza disfrazada de mansión, era virtualmente indestructible a menos que los atacaras con los misiles de un avión de combate o de un tanque de guerra.

—¡No puede ser! —Gritó Oblivion dándole un azote al piso—. ¿Acaso... acaso los planos que conseguí son falsos? Pero si todas las ubicaciones de las primeras dos plantas y el sótano eran correctas, ¿por qué entonces sólo las de la tercera planta no coinciden? ¡Nos descubrieron…! ¡No! Hasta ahora todo iba viento en popa, si en verdad nos hubiesen tendido una trampa, nos habrían emboscado desde que llegamos. Entonces… no me digan que… ¿No me digan que ese malnacido mandó a reconstruir el interior la mansión? ¿Pero cuándo y por qué lo hizo?

Mientras tanto, en algún lugar pisos más arriba, yacía, sentado en un escritorio en medio de una enorme biblioteca atiborrada de toda clase de libros, el joven Sottocapo de la familia, Maximiliano. Había una lámpara de luz LED de batería recargable a su costado, alumbrándole mientras él miraba con detenimiento la pantalla de su Smartphone. Su fiel guardaespaldas permanecía de pie frente a él. Lo observaba como si aguardase pacientemente sus órdenes.

—Los estaba esperando —sentenció el capo italiano, en tono grave y seco, sin que sus ojos dejaran de mirar el ícono intermitente de la pantalla de su celular indicando la ausencia de señal—. Venite a me, brutti bastardi…


0//0//0//0//0//0//0//0//0


Aquel joven extranjero se encontraba deambulando, absorto y distraído, por las sucias calles de la ciudad. Se preguntaba cuanto tiempo había transcurrido desde que se había metido el sol, dando paso a las a veces frías y otras veces cálidas luces de las lámparas de los postes de las esquinas, los focos de los edificios y uno que otro anuncio espectacular; pues le inquietaba el hecho que el número de peatones hubiese disminuido tanto, hasta el punto de prácticamente quedar solo en medio de las angostas aceras. Ahora la calma reinaba a su alrededor; aún si de vez en cuando ésta era interrumpida por el fugaz paso de uno que otro coche, no había ruido destacable más allá de los lejanos residuos de bullicio de alguna zona circundante, como el tránsito de vehículos o la música de algún club nocturno o bar a calles de distancia. No hacía frío pero el viento al soplar se sentía tan helado que se sentía desdichado de no llevar bufanda, unos guantes, un gorro o lo que sea. Se moría de hambre, y su estómago no paraba de recordárselo a base de gruñidos desde hacía horas.

Ya con la cabeza más fría, Raku Ichijou fue capaz de comprender lo estúpido e impulsivo que, la noche anterior, había sido. ¿Por qué salió corriendo así sin más, sin importarle que Tsugumi, muy seguramente, le buscaría temiéndose lo peor? ¿Por qué no volvió al departamento? ¿Qué tenía planeado hacer ahora? Ahora él estaba atrapado en una ciudad desconocida, en un continente ajeno, sin un techo dónde pasar la noche y sin un solo centavo, sin ningún recurso que le permitiese regresar a su hogar. Se veía a sí mismo como un náufrago indefenso en medio del océano quien, a merced del destino, se aferraba de los restos de un barco hundido.

Si tan sólo hubiera entrado en razón en la mañana o en la tarde, y vuelto con ellos… ¿Por qué no lo hizo? Pensándolo bien, él sabía muy bien el porqué:

Ya no tenía más caso seguir con esa farsa, no ahora que ya sabía que todo lo que planeaban hacer era una total pérdida de tiempo, una quimera destinada al fracaso; no después de su terrible desobediencia y sus caprichos. No tendría cara para pedir disculpas, mucho menos para seguir siendo participe de tan ridícula empresa.

“No cabe duda… debo ser el hombre más idiota del mundo” pensaba, desdichado y desconsolado, el japonés. “¡Cuantas personas no me lo advirtieron, y yo que no quise oírlas! Pero, a pesar de todo, todas ellas me dieron su apoyo y me brindaron su ayuda. Los malos ratos que les hice pasar, sus esfuerzos, sus sacrificios, sus esperanzas… para nada. Les prometí que sin importar lo que pasara, la traería de regreso. ¡Qué ingenuo he sido! Y menudo momento vine a descubrir que tenían razón, que debí haber dejado las cosas como estaban. Al final, fui yo quien todo este tiempo se aferró a esa creencia porque me negaba a aceptar que Chitoge se olvidó de nosotros.”

 Dobló la esquina; y entonces, al mirar hacia el frente, se topó con algo que llamó fuertemente su atención: en medio de todos esos viejos y angostos edificios yacía un enorme patio enrejado con una bella y exótica edificación erigiéndose a sus espaldas. Atraído por la singular arquitectura de aquella obra, se acercó. Miró a través de los barandales el patíbulo decorado con palmeras y, al fondo de todo, el gran arco triple de la entrada del sitio. No tardó en suponer, gracias a las decoraciones que había en los muros, los campanarios, la puerta y la cúpula, que debía tratarse de una iglesia del cristianismo. Su tamaño era colosal comparado a las que él había conocido en su país natal; le costó un poco creer que aún existían ese tipo de edificaciones aún en nuestros tiempos.

Pensó en que las iglesias y los templos en el fondo son muy similares, pues ambos son lugares sagrados a los que las personas asisten a curar su espíritu, a pedir de corazón que sus más fervientes anhelos se cumplan, y encontrar la paz. Siendo así, se dio una idea del porqué de su atracción al bello sitio y su vehemente deseo de contemplarlo: orar y encontrar una respuesta, o quizá vislumbrar mejor y aceptar las cosas…, una pena que ya estuviese cerrado.

—Chitoge… Tsugumi… —Susurró con un dejo cargado de dolor y de impotencia.

—Así que tú también has venido hasta acá —se escuchó la voz de una mujer—, ¿eh, muchacho?

Raku reconoció al instante aquella voz, y sus ojos se abrieron completamente y su quijada se vino abajo. Se giró a su derecha; confirmó que a unos dos o tres metros se hallaba Hana Kirisaki contemplando aquella misma iglesia con un gesto taciturno y un poco hosco.

—Ha… ¡H-hana-san…!


CONTINUARÁ…

FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) cap 23




En mi mundo.

Capítulo XXIII



—¡Woaah! —Exclamó la pequeña jovencilla, cuyos melados ojos brillaban cual estrellas, embelesados por la belleza y majestuosidad de aquella imponente catedral—. ¿Entonces va a ser aquí, Elisabetta? ¡Dime que no es un sueño!
(Así es. Se llevará a cabo mañana, a partir de las cuatro de la tarde.)
Apenas tocó tierra firme, decidió que éste tenía que ser, sí o sí, el primer destino a visitar. La catedral de Palermo era, sin lugar a dudas, su edificación favorita y uno de los sitios que con más nostalgia recordaba de su amada ciudad natal, a la que todos estos años había extrañado con toda su alma. Si ésta le fascinaba tanto se debía a su singular arquitectura, a su decoración y sus bellos acabados de diferentes estilos y épocas, como el árabe, el normando y el gótico, que en conjunto no la hacían verse como a una simple iglesia más del montón. Por el contrario, su nada sobrio exterior se asemejaba más a una especie de palacio de la realeza, a un castillo de los cuentos de hadas. El campanario, que le recordaba a esos recintos que salían en los libros de la era medieval, la gran cúpula azul, el enorme pórtico de tres arcos, las dos torres que flanquean la portada principal, el extenso patio interior desde donde se podía tomar la distancia necesaria para admirar todo el basto complejo, decorado con exóticas palmeras…; no había nada en toda la fachada de la catedral de Palermo que ella no considerase la definición misma de la hermosura.

—¡Qué bien! Ya quiero que sea mañana. Va a ser un día muy divertido. ¿No lo crees, Elisabetta? ¡Estoy tan emocionada!

Era imposible que ella no acaparase la atención de casi todos los visitantes que pasaban por el patio frontal de la catedral, por tres razones: la primera, porque se trataba, sin exagerar, de una niña bellísima, de facciones aterciopeladas, piel muy blanca y tersa y mejillas rosadas; ataviada en un largo y elegante vestido de color tan negro como el de su larga y ondulada cabellera, de un corte entre lo gótico y el estilo europeo del siglo XIX. Cualquiera pensaría que se había escapado de una tienda de muñecas caras y antiguas. La segunda razón, porque si la miraban detenidamente, se daban cuenta que aquella niña, que no debería pasar de los doce años de edad, no paraba de hablar con entusiasmo. ¿Pero con quién?
(No entiendo por qué estás tan emocionada. Cualquiera creería que esta es la primera vez que vienes a la catedral. Pareces un turista.)
—¡Qué mala eres! —Se giró hacia su preciada muñeca y le hizo un puchero inflando las mejillas—. Si ya teníamos mucho que no veníamos.
(Si no nos damos prisa, llegaremos tarde. Se van a enfadar contigo.)
La tercera razón, y quizá la mayor de todas ellas, era por esa enorme muñeca a la que aferraba con toda el alma. Era imposible que semejante muñeca no provocase la envidia de los niños más pequeños, quienes estiraban de la ropa a sus padres señalándoles que querían una igual. Se trataba una muñeca realmente grande: de la cabeza hasta los pies debía medir al menos más de la mitad de la estatura de quien la cargaba. Se veía suave y maleable del cuerpo, aún cuando sus manitas parecían estar hechas de porcelana.

—Ya lo sé, no tienes por qué apresurarme.

La niña tomó su valija del suelo y se echó a andar. Mientras que con una mano arrastraba el equipaje, con la otra llevaba a su muñeca casi a la altura del pecho y mirando hacia el frente.
(¿En verdad planeas ir todo el camino a pie?)
—Sí —le dijo a su muñeca, con una sobria sonrisa—. No me importa si llego un poco más tarde, quiero recorrer y mirar con mis propios ojos la ciudad. Quiero tomarme mi tiempo y ver qué tanto ha cambiado todo desde que nos fuimos. Por cierto, me muero de ganas de volver a ver a Cinque y a Due. ¿Tú no, Elisabetta? Hace mucho que no los vemos. ¡Me muero de ganas!

Tras el recio chubasco que hubo anoche, el cielo ahora estaba despejado y radiante. Ya no había una sola nube que manchase el perfecto azul del firmamento. El calor de los rayos del sol de mediodía mezclado con la fresca brisa de la recién lavada ciudad, le resultaba en una combinación de lo más agradable a la alegre jovencita.

A alguno que otro listillo se le hubiera ocurrido decir que ellas dos, niña y muñeca, bien se les podría considerar como a una suerte de representación del Yin y el Yang. No sólo porque aquella muñeca llevase puesto un vestido casi idéntico al de su dueña, con uno que otro detalle distinto, que contrastaba al ser de un blanco tan puro como el de la leche; por su lacia y abundante melena dorada en contraste al cabello azabache de la jovencita, y por ese Bonnet de algodón, de visera blanda y semitransparente semejante a los que se le solían poner a los bebés, que era blanco en contraposición al negro par de listones para el pelo de la niña; sino también por sus opuestas personalidades reflejadas en sus rostros: mientras que la bambina irradiaba en su sonriente rostro toda la jovialidad y el optimismo propios de alguien de su edad, su muñeca cargaba una expresión lánguida, pensativa, opaca y fría. Sus ojos, negros y brillantes cuales canicas, emulaban el vacío de un alma indolente. Pese a eso, quienes llegaban a mirar con suficiente atención el rostro de aquella muñeca, llegaban a la misma perturbadora conclusión: aquella mirada, aquel inmutable gesto de aquella, daba la fúnebre impresión de que ésta no se trataba de un objeto inanimado, sino que en el fondo, de alguna manera, poseía vida propia.
(Deberías tomarte las cosas más en serio. Si nos han traído hasta aquí, es porque es muy probable que algo esté a punto de suceder.)
—¿A qué te refieres con eso?
(Te lo explicaré cuando lleguemos.)
Caminaba alegre la niña, tarareando una canción por las concurridas calles del centro, hasta que al pasar por el acceso a cierta callejuela angosta, se detuvo. “Cierto, si acorto por aquí, no tendré que rodear tanto” pensó antes de meterse.

Tan sumida se encontraba en sus sueños y en sus pláticas que ni siquiera se fijaba ni por donde iba, hasta que terminó tropezándose con algo que yacía tirado en el suelo. La chica por poco y se caía de cara contra el piso. Molesta, se giró hacia atrás y vio que había algo —o, mejor dicho, alguien allá abajo.

—¡Kyaa! ¡Un vagabundo! —Se acercó con mucho cuidado—. Estará… ¿muerto?

Le dio unas pequeñas pataditas en el costado al cuerpo que yacía de espaldas y en posición fetal. “No reacciona” pensó nerviosa. De repente, el sujeto de la nada empezó a estremecerse. Se levantó abruptamente, dando un respingo parecido a los de quienes se despiertan de una horrenda pesadilla. Miró confundido a su alrededor hasta que se percató de la presencia de la chica y se puso de pie, asustado y deprisa. El desdichado lucía sucio, demacrado y muy desorientado.

—¿Estás… bien? —En cuanto la jovencilla miró con atención el mugriento y destartalado rostro del forastero, le invadió aún más miedo y puso a su enorme muñeca por delante de ella, como si esta fuese una especie de escudo que la habría de proteger del desconocido.

El sujeto balbuceó algo ininteligible. Al parecer se había dado cuenta que la asustó, pues tomó distancia y se disculpó con una reverencia. Ella miró tal gesto sin saber cómo debía interpretarlo y, en ese instante, detectó algo en la esencia de aquel muchacho que llamó mucho su atención. El extranjero, muerto de la pena, se retiró corriendo sin decir una sola palabra.

—Esta es la primera vez que veo a un chino en persona —le dijo a su muñeca—. ¿De donde habrá salido?

Lo miró alejarse hasta que se perdió de vista entre el tumulto de peatones y los coches. La jovencilla agarró de nuevo su maleta y siguió su camino.
(Ese no era un chino, era un japonés.)
—¡En serio! —Exclamó un poco escéptica. ¿Y cómo lo sabes? ¿Qué diferencia hay…?
(El tamaño y forma de sus ojos, el color de su tez, el largo de su cara, el tipo de cabello…, pero, sobre todo, el acento de su voz cuando chilló y masculló; era propio de un hablante de esa lengua.)
—Pues yo los veo iguales a todos —concluyó la niña con un aire de infantilismo—. Por cierto…, Elisabetta, ¿fue mi imaginación, o ese sujeto tenía impregnado el aroma a ya sabes qué?
(No, Bambinna, tienes razón. Ese muchacho claramente tenía impregnado en toda su piel el aroma de la pólvora.)
—Vaya… —Hizo una mueca de asombro—. ¿Quién lo hubiera creído? Y eso que no tenía la pinta de ser ese tipo de persona. ¿De dónde será?
(Tú mejor que nadie deberías saber que las apariencias pueden ser engañosas.)
—Mmm, supongo que tienes razón. En fin… Por cierto: ¿Qué era esa cosa en forma de cruz que tenía en el pelo…? ¡Ah, ya veo!

0//0//0//0//0//0//0//0//0//0

Pasaba ya del medio día y en unas horas habría que trasladar todo el equipo al punto de reunión antes de comenzar con los preparativos finales; cada minuto valía oro. No obstante, era poco lo ellos habían dormido y no se veían muy dispuestos y preparados para lo que les esperaba. De todos ellos, Tsugumi era la que se veía más inquieta. Se la había pasado casi toda la madrugada buscando sin éxito a Raku y ahora tenía que lidiar con el peso de las consecuencias. Oblivion se había vuelto distante, no le había dirigido la palabra ni a ella ni a nadie más; se negaba a reprenderlos o siquiera hacer algún comentario del incidente de anoche, y eso sólo hacía crecer, más de lo que ya estaba, ese sentimiento de culpa que oprimía a la sicario.

—¡Oblivion! —Trató de llamarlo luego de ver que éste acababa de salir de su habitación, en la que se había encerrado desde que despertó, pero éste se pasó de largo—. Oblivion, por favor, escúchame.

El hacker salió del departamento y Tsugumi lo siguió por los pasillos del complejo habitacional.

—Oblivion —le rogaba pero éste ni siquiera se dignaba a voltear a verla—, voy a salir a buscarlo de nuevo. Estoy segura de que…

—No —contestó al fin, recio y tajante, sin dejar de avanzar—. Ya no nos queda más tiempo. No gastes más tus fuerzas, Seishirou, que no me sirves exhausta. Mejor aprovecha estas últimas horas y descansa.

—¿Pero cómo se supone que vamos a traer a la señorita con nosotros si…?

—Seguiremos con nuestro plan sin él. No lo necesitamos para nada.

—Pero…

—¡Es mi última palabra!

Tsugumi se encogió de hombros—. Yo sé que debe estar molesto, pero, por favor, entienda que…

El hacker se detuvo en seco, se volteó hacia la sicario y dijo:

—¿Molesto? Oh, vamos, Seishirou. ¿En verdad crees que yo estoy molesto? —Arqueó una ceja. Sus ademanes y gestos eran exagerados, irónicos y hasta melodramáticos—. ¿De dónde te sacas eso? Yo no estoy molesto. Digo, ¿qué razones podría tener para estarlo? Claro, si hacemos  a un lado unos cuantos minúsculos e insignificantes detallitos, como el hecho de que se amotinaron contra mí, me drogaron, desobedecieron mi orden de no dejar que ese idiota saliese del departamento, me azotaron a golpes mientras estaba inconsciente… ¿A quién no le gusta que lo golpeen mientras está inconsciente? —Alzó su brazo y señaló algunas de sus muchas heridas—. Mira este moretón, ¿no es lindo? ¡Me encantan…! Combinan con mis ojeras... ¿En qué iba? Ah, sí: tomaron mis armas sin mi permiso, perdieron el control de ese satélite que tanto trabajo me costó hackear y que iba a sernos de gran utilidad en la operación, y estuvieron a punto de alertar a los Benedetti de nuestra presencia en un acto suicida estúpido que no iba a lograr nada salvo delatarnos ante el enemigo. Y ahora ese bueno para nada está desaparecido y no sabemos a ciencia cierta si esos come-pasta fueron quienes lo secuestraron, y si ya nos han descubierto. ¿Por qué habría de estar molesto si… ¡Y UNA MIERDA, POR SUPUESTO QUE ESTOY MOLESTO!

Sieshirou Tsugumi bajó la mirada al suelo. No solo se sentía la principal responsable, sino que incluso se adjudicaba toda la carga de la culpa. Si tan sólo hubiera sido capaz de encontrar a Raku anoche; si tan sólo no se hubiera separado de él; si tan sólo le hubiese hecho caso a Oblivion en lugar de tratar de quedar bien con el inestable muchacho, sólo por tratar de cumplir la promesa que le había hecho. Una vez más había faltado a su deber, todo por anteponer la confianza de sus amigos y acceder a sus caprichos en lugar de hacer lo que es correcto, teniendo como resultado el haberles ocasionado aún más daño.

—Yo se los advertí, Seishirou, les dije claramente que ese chico no estaba bien de cabeza —prosiguió en su reprimenda el sujeto de anteojos—, que era inestable. ¿Creyeron que lo había encerrado porque sí? ¿O porque quiero ser el malo de este fanfiction? ¡No! Yo sabía que algo así iba a pasar. ‘¿Pero qué puede saber Oblivion? Hagamos las cosas al estilo del chico obsesionado con salvar a su princesa, seguro que él sí sabe cómo hacer las cosas…’ —arremedó esto último con la voz de un retrasado mental—. En fin, no tiene ningún caso que nos sigamos desgastando más por ese estúpido. Vamos a ir a por la señorita con o sin su ayuda. Nos la llevaremos por la fuerza de ser necesario, ya habrá tiempo después de convencerla para que cancele su compromiso. Lo único importante ahora es recuperarla.

—Pero Oblivion —insistió la joven—, ¿acaso no nos habías dicho que Raku Ichijou era una pieza indispensable en nuestra operación? Si no fuera por él, nosotros ni siquiera podríamos…

—No, te equivocas en eso. El señor Claude tenía planeado hacer esto mucho antes de que él se apareciese, y lo sabes. Fue ese muchachito el que vino desesperado a nosotros en primer lugar, arrastrándose, suplicando por nuestra ayuda. Y pensé, realmente pensé que él estaba dispuesto a cooperar con nosotros, que con él las cosas iban a ser más fáciles. Pero no voy a seguir cargando con sus necedades, no soy la niñera de nadie. No tiene ningún caso que vayas a buscarlo, Seishirou. Si es que a ese mozalbete no le ha pasado nada, el que no haya regresado por su cuenta significa que él simplemente no quiere regresar. Y eso está bien para mí. Las personas que no saben ceñirse a las reglas y que no acatan las órdenes que se les dan no sirven para estas cosas. Alguien así sólo nos estorbaría, prefiero mil veces que se aleje de esto y no nos eche a perder todo.
»Y lo mismo va para ti también, Seishirou —Señaló con mano firme a la sicario. Tsugumi abrió los ojos de par en par, sorprendida de la seriedad de sus palabras—: Si no estás dispuesta a hacer las cosas a mi manera, puedes marcharte ahora mismo. No voy a tolerar que tú o alguien más vuelva a pasar por alto mi autoridad. Todos nos estamos jugando el pellejo en esto, fracasar no es una opción.

—Yo… —Tsugumi se llevó su temblorosa mano al pecho—, lo siento mucho. No volverá a pasar.

—Esta es nuestra única oportunidad. Si no nos llevamos a la señorita Kirisaki, ella se casará al día siguiente y ya no podremos hacer nada. Ahora más que nunca voy a necesitar tu ayuda, así que dime una cosa:
»Seishirou, quiero que me contestes —acomodó sus gafas antes de tirar la pregunta—: ¿Aún cuento contigo para que hagas ‘Eso’ que te pedí?

La forma en que recalcó tal palabra fue de lo más calamitoso que se le podría haber oído jamás. La atmósfera se volvió tan densa que el lapso de silencio en la espera de la respuesta fue abrumador. Las pupilas de Tsugumi se dilataron y su piel palideció. Tragó saliva y frunció amargamente el ceño como si hubiese retenido algo muy dentro de ella. Exhaló y, desviando por unos instantes la mirada para inmediatamente sostenerla de nuevo, dijo firme aunque en voz baja:

—Sí, lo haré.

—Bien. Si es así, entonces confiaré en ti. Trataremos de hacer las cosas lo más apegadas al plan que se pueda. En unas horas vendrán unos de nuestros compañeros a ayudarme a transportar todo el equipo. Mientras tanto, quiero que comas algo y te tomes una siesta, así como Paula. Te necesito en la mejor forma posible, así que descansa y recupera cuantas fuerzas puedas.

Oblivion reacomodó sus anteojos, se dio la media vuelta y bajó por las escaleras del complejo habitacional. Tsugumi permaneció en el corredor, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para contener el llanto. Pensó en Raku y en Chitoge, y un nudo cerró su garganta. No aguantar más: mientras regresaba al departamento, se echó a llorar en silencio.

0//0//0//0//0//0//0//0//0//0

—¡Kosaki-chan! —Gritó ondeando la mano en cuanto reconoció a su alumna al otro lado de la calle—. ¡Por aquí!

—Se… Sensei. —Hasta ese momento Onodera caminaba cabizbaja, ensimismada, sin prestarle mucha atención a su alrededor—. ¡Buenas tardes!

Yui Kanakura se acercó. Grata sorpresa que había sido el habérsela topado a mitad de las vacaciones.

—Buenas tardes —devolvió el saludo con una afectuosa sonrisa.

Tras una breve y amena charla, Yui le preguntó a Kosaki si tenía algo que hacer, a lo que ella le respondió que no realmente. La profesora notó algo en los ojos de su alumna, mismo que no podía pasar por alto, así que la invitó a pasar la tarde con ella en casa a tomar algo de té. Onodera no entendió muy bien el porqué de esto, pero por cortesía terminó aceptando.

—¿Cómo te has pasado estas vacaciones? —Preguntó Yui mientras preparaba las tazas y buscaba en el estante las hojas de té.

Onodera yacía sentada junto a una mesita en la habitación de su profesora. El haber entrado a aquella mansión la había enseriado más de lo que ya estaba cuando caminaba rumbo a ella. ¿Habrá sido una buena idea traerla aquí?

—Bien —dijo en voz queda—, supongo.

—Vamos, cuéntame qué haz hecho en tus vacaciones.

—La verdad es que no mucho. Salvo ayudarle a mamá en el negocio, no hecho nada que valga la pena contar.

—¿Y eso?

Kosaki ya no respondió.

Yui entró a la cocina. Al cabo de unos momentos, regresó.

—Listo —exclamó jovialmente—, ahora dejemos que se caliente el agua. ¿Qué te parece si charlamos mientras está listo el té?

A la linda jovencita se le cerró el mundo. —¿Qué? Sí, por supuesto, Sensei. ¿De qué le gustaría hablar?

—No tienes por qué llamarme así cuando no estemos en la escuela —dijo la joven profesora tras una risilla—. Llámame Yui.

—Sí, está bien, Yui-sen… Yui-san. —Onodera sonrió de  los nervios.

—Estás preocupada por Raku-chan, ¿no es así? —Preguntó Yui, ahora con un semblante más fraterno.

—Q-qué… ¿Qué? —Todos los colores se le subieron al rostro—. Yo… yo… ¡No! Quiero decir… yo solo… es que yo…

—No tienes por qué apenarte. Yo también estoy muy preocupada por él, y mucho. Es por eso que entiendo cómo te sientes. No hay un solo día en que no rece por su regreso.

Kosaki boqueó y sus ojos se abrieron como platos.

—¿Pero entonces estuvo bien que se fuera? Digo… Ichijou-kun, él va a estar bien, ¿verdad?

Yui prefirió no contestar. En su lugar, cambió sutilmente el tema:

—Conociendo a Raku-chan, él no habría estado tranquilo si no lo hacía. A mí me dolía mucho verlo tan deprimido. Es por eso que todo lo que podemos hacer es apoyarlo y confiar en él.

—Yui-san, dígame una cosa. Usted… ¿usted cree que Chitoge-chan sería capaz de dejarnos? ¿Por qué razón se iría?

Yui dejó pasar unos segundos.

—No lo sé. Eso es algo que sólo ella lo sabe. Pero ya no te mortifiques más. Raku-chan es ese tipo de persona que siempre sale adelante sin importar lo que se le cruce. Siempre ha sido así, desde que éramos pequeños.

Onodera asintió.

—Yui-san, ¿le puedo pedir un favor?

—Por supuesto. Dime.

—Hábleme de Ichijou-kun, de cuando él era pequeño.

Yui se sorprendió un poco. Esbozó una dulce sonrisa y asintió. Ambas se embebieron en la plática hasta que al cabo de unos minutos Yui se acordó de algo.

—¡Ay no! ¡El agua!

Corrió asustada a la cocina. La tetera no paraba de silbar y el agua, demasiado caliente, amenazaba con derramarse. Hizo mil y un intentos por remediar el desastre y terminó quebrando varios trastes, incluso se cortó un dedo. Onodera escuchaba todo desde la distancia, sin atinar qué hacer. Hasta que se decidió correr a ayudarla. Mientras ambas chicas limpiaban todo el desorden, Kosaki tuvo el presentimiento de que algo faltaba.

—Yui-san…

—¿Sí, Kosaki-chan?

—La persona que siempre está contigo, esa chica… ¿Cuál era su nombre?

—¿Te refieres a Ie-chan?

—¡Sí! Ella. ¿Dónde está? Se me hace raro no verla, ella por lo regular está cerca de ti o ayudándote.

Yui sonrió—. ¡Ah, eso! Le dije que se tomara unas vacaciones. Volverá en unos días.

—Va… ¿Vacaciones?

0//0//0//0//0//0//0//0

Aunque la servidumbre se había acomedido a guiarla a través de la mansión, la jovencilla rechazó la oferta y corrió, en compañía de Elizabetta, rumbo al salón de invitados que había en la cuarta planta. La residencia, para su sorpresa, no había cambiado en lo absoluto. Todo cuanto recordaba seguía en su lugar: el color de los muros, los cuadros, los muebles, las alfombras. Se sabía de memoria los corredores, por lo que llegó sin ningún problema hasta la tercera planta. Fue ahí dónde su memoria comenzó a fallarle. “Estaba segura que era por aquí” se decía al no toparse con el pasillo o la puerta esperada, o cuando acababa entrando a una sala que recordaba se accedía desde otra parte. No obstante no se dio por vencida y siguió intentando hasta que dio con las escaleras que la conducirían al siguiente piso. Ya ahí, dar con el enorme salón no le fue en lo absoluto difícil. Era la sala de estancia más grande del novel, ubicada justo al centro de los corredores, y la bella música clásica que había en el ambiente fue todo lo que necesitó como guía.

—¡Cinque! —Gritó eufórica tras haber abierto la puerta.

De los presentes, una joven y voluptuosa mujer se levantó de su butacón en cuanto reconoció aquella infantil y dulce voz. Los otros tres voltearon hacia la entrada sin desatender sus pasatiempos.

—¡Bambinna! ¡Por fin llegaste! —Corrió a abrazarla.

—¡Te extrañé tanto! ¡Y Elisabetta también!
(No exageres.)
La epicúrea mujer, de largos cabellos azules y lacios, cargó de la emoción a la más chica y ambas rieron contentas. El abrazo se prolongó más de lo que el resto de los presentes se habrían imaginado.

—Vaya, vaya —dijo uno de ellos, un sujeto bastante alto y corpulento, de cabello tan corto como el de un soldado raso, que llevaba puesta una camisa de manga larga, medio abierta, que dejaba entrever parte de su pecho—, ya me estaba empezando a preguntar si en verdad iban a venir. ¿Qué sería de nuestra reunión sin nuestra queridísima Numero Quattro y de la pequeña Bambi, eh?

—¡Tre! ¡Cómo estás!

Bambinna quiso acercarse a saludarlo pero se paró en seco al ver que en el largo sillón del al lado se encontraba el desagradable de Sei, cruzado de piernas, soltando risillas cínicas mientras hojeaba una revista. Con cautela se acercó a ver qué era lo que leía. ¡Cómo detestaba a ese hijo de puta! Ese traje sastre de un rosa chillón insoportable, esa cabeza a rapa que brillaba como una bola de cristal y esa fea costumbre de llevar esas enormes gafas de aviador incluso por donde quiera, incluso en los interiores y durante la noche —ella sabía muy bien la mezquina razón por la que las usaba—, eran más que suficientes para arruinarle la noche entera.

Al fijarse en la mujer semidesnuda que había impresa en la portada, confirmó con furia que esa revista se trataba de lo que ella había sospechado. Ese sinvergüenza no había cambiado en lo absoluto.

—¡Oye, tú, Sei! —Le gritó. El sujeto volteó y miró cómo ella le señalaba amenazadoramente—. Más te vale que mantengas tus sucias garras lejos de Elisabetta. No se te ocurra ponerle un dedo encima.

Bambinna envolvió a su muñeca en un abrazo protector y le dedico una mirada de desprecio al calvo. Éste esbozó una chocante sonrisa que parecía más un intento por contener sus ganas de reír, extendió su brazo y le dio unas palmaditas en la cabeza a la chica.

—No tienes de qué preocuparte —le dijo en plan burlesco—, de todas formas, Elisabetta… digo, Quattro no es de mi tipo. No estoy interesado en ella.

—¿Qué dijiste? ¡Pero cómo te atreves!

Una vena se marcó en la sien de la jovencilla. Su amiga Cinque tuvo que agarrarla y llevársela lejos de aquel sujeto, mientras ésta pataleaba y gritaba colérica:

—¡Para que lo sepas, Elisabetta es mucho más atractiva que todas esas putas con las que siempre te estás revolcando! ¡Ya quisieras que ella se fije en un pedazo de mierda como tú!
(Ya cálmate.)
—Veo que no haz cambiado nada —se oyó una joven y masculina voz al otro lado de la sala—, eso me alegra.

En la alejada esquina del salón, sentado en un modesto sillón junto a una mesita de cedro, estaba un apuesto hombre cuya edad parecía estar entre los veinticinco años de edad, de cabello lacio y largo hasta los hombros. Bambinna de inmediato lo reconoció.

—¡Due! —Se zafó de la bella mujer y corrió hacia donde el solitario sujeto.

Éste se dedicaba, tranquilo de la vida, a limpiar con un cepillo lo que parecía ser el cañón desmontado de un fusil. El resto de las piezas yacían ordenadas sobre la mesa junto a las otras herramientas de limpieza y lubricado, esperando su turno.

—¡Hola, pequeñas! —Les dio una pequeña sacudida en el pelo, primero a la muñeca y después a la jovencita—. Cuanto tiempo.

—Sí —soltó una tierna risilla—. ¿Sabes? Elisabetta te ha extrañado mucho. Todo el tiempo se la pasaba hablándome de ti.

—¿Oh, es en serio? ¡Qué coincidencia! —Sonrió—. Yo también me la pasé pensando mucho en ustedes.

La pequeña se ruborizó.

—¡Ah es cierto! —Corrió al centro del salón y, desde ahí, miró hacia todos los rincones—. ¿En dónde está Uno? ¿Aún no ha llegado?

—Uno salió —respondió Tre—, dijo que tenía mucho trabajo y que no podía perder más el tiempo aquí encerrado.

—¿Que qué? —Exclamó turbada—. ¡No es justo! Elisabetta… Elisabetta se pondrá triste. Se suponía que hoy por fin iban a reunirse desde que se marcharon de la ciudad.

—Si hubieras llegado un par de horas antes —comentó Sei mientras le daba vuelta a la página de su revista—, habrías alcanzado a verlo. Es tu culpa.

Bambinna peló los dientes. Cinque la tranquilizó posando su mano en el hombro de ella y diciéndole:

—Está bien. Mañana en la boda tú y Elisabetta podrán verlo. No te preocupes.

—Además —agregó Sei con un tono un poco cínico—, piensa en que él fue el único de nosotros que se quedó a operar en Palermo. Entiendo por qué a él no le emociona tanto quedarse todo el día encerrado en esta casona.

—Hablando de eso —dijo Tre a la par que llenaba con más Whisky su vaso—: ¿No les parece increíble que ese mocoso se haya salido con la suya? ¡Qué desilusión! Yo ya estaba bastante emocionado con la guerra que se avecinaba. Eso quizá habría traído a la vida las viejas glorias de cuando nuestra familia era bélica e insaciable.

—¿Estás loco? —Le recriminó la exuberante mujer, quien pasó a sentarse al sillón de en frente—. Recuerda que ahora pertenecemos a Regimi diferentes. Si la guerra hubiese estallado, nos habríamos tenido que enfrentar entre nosotros.

Cruzó las piernas. Por lo corto de su blanco vestido, una generosa porción de su muslo quedó expuesto, aunque bien parecía no importarle. Pero sí a Bambinna, quien se giró hacia Sei e intuyó, al ver los pequeños gestos de sus labios, que de seguro devoraba insaciable con los ojos, ocultos tras la discreción de sus lentes oscuros, a la curvilínea mujer. “Un día se los voy a arrancar” pensó.

—Puede ser, pero ¿qué importa? —Levantó su vaso—. Es mejor que seguir con esta monotonía que me está matando por dentro. ¿O acaso me dirán que no echan de menos los viejos tiempos, cuando nuestro señor Marzio estaba al mando?

—Habla por ti, bruto —dijo Sei, luego arqueó tanto la ceja que ésta se asomó por sus enormes gafas oscuras. Dejó de lado su revista y se levantó a servirse un poco de licor. Los sonidos del hielo, el cristal y el líquido vertiéndose le habían despertado el antojo—. Odio la violencia innecesaria más que a nada. Lo mejor que me pudo haber pasado fue que me trasladaran a provincia. No tienes idea de las bellezas que te puedes encontrar allá si sabes buscar.

—Tú sólo piensas en eso. En fin, díganme algo. ¿Qué creen que tenga planeado hacer ese mocoso una vez se haya erigido? ¿Creen que, quizás, él tenga planeado que nosotros trabajemos para él?

—Espero que no —se apresuró a decir Cinque, cruzándose de brazos—. No me sentiría cómoda recibiendo órdenes suyas todo el tiempo. Ese bueno para nada no es ni la sombra de lo que fue su padre.

Mientras tanto, la pequeña Bambinna aprovechó que el viejo verde había dejado su revista a un lado para cogerla. La examinó y, en el instante en que se dio cuenta de lo que había en sus páginas, su rostro se tornó tan rojo como la sangre misma y comenzó a echar vapor por las orejas. Tiró la revista hacia arriba, sujetó de los brazos a su muñeca y agitó, a una velocidad monstruosa, sus manitas en el aire mientras la revista caía. Todo lo que quedó de aquel objeto fueron residuos de papel del tamaño de confeti regados por el suelo.

—Estoy de acuerdo —agregó Sei—. Pero tampoco me cae tan mal el chico. Al menos tiene buen gusto para las mujeres. No tengo problemas con trabajar para él mientras me deje seguir a gusto con mis negocios. De lo contrario, es probable que me lo piense dos veces antes de darle mi reconocimiento.

—Lo mismo digo —exclamó el enorme hombre tras beberse de un solo trago su whisky—. No importa que sea el hijo de Marzio, si él no da la talla, no voy a mover un solo dedo por él.

—Ni yo —secundó Cinque—. No es más que un niño mimado y venido a más, que sólo sabe correr y esconderse tras las faldas de su abuelo. De seguro nuestro señor Marzio debe estar revolcándose en su tumba.

—Saben algo —se decidió por fin a comentar Due. Todos voltearon a verle. Él ahora inspeccionaba con un lente joyero una de las piezas del gearbox del rifle—. Estoy seguro que si Karen los escuchase hablar así, los asesinaría en este mismo instante.

El silenció se apoderó por unos segundos del ambiente.

—¡Déjate de estupideces! ¿Acaso crees que le tenemos miedo a esa puta? —Gritó Cinque, entre furiosa y ofuscada. Su compañero no le contestó, sólo se limitó a sonreír con los labios cerrados y a continuar con lo suyo.

“Es cierto, también hay que ver a Karen. ¿En dónde estará?” se preguntó Bambinna en sus pensamientos.

—Sea como sea —continuó Tre—, al menos deberíamos agradecerle por esta pequeña reunión. Estar en esta mansión junto a todos ustedes me trajo nostalgia. Parece que fue ayer cuando el señor Marzio vivía. A su lado nunca nos faltó la diversión. Si ese muchacho asume el mando, ¿será posible que los viejos tiempos regresen?

Continuaron charlando de viejas anécdotas de cuando solían ser un equipo, y también de uno que otra vivencia personal que tuvieron luego de haberse ido a vivir a otras ciudades, aunque todos estuvieron de acuerdo en que ninguna de ellas era tan interesante. Al cabo de un par de horas la servidumbre llegó a servirles toda clase de manjares. Los ex compañeros rieron, bromearon e hicieron de aquella pequeña reunión, una celebración memorable.

Bambinna echó un prolongado bostezo, estiró sus brazos y se talló los ojos.

—Tengo mucho sueño. Creo que me iré a dormir.

—Vamos —dijo la sensual Cinque—, no son ni las diez de la noche. Quédate un poco más.

—Pero es que… Elisabetta tiene mucho sueño también.
(No es cierto.)
—Deja que vaya a dormirse —dijo Duo en lo que atornillaba el cañón a la base del fusil—. Mañana será un día muy largo y tiene derecho a divertirse. Aparte, ella debe estar muy cansada por el viaje. Nosotros no recorrimos ni la cuarta parte que ella.

Se despidió afectuosamente de todos, menos de Sei, a quien le sacó la lengua y le dijo que se jodiera. Una de las mucamas la guió hacia su habitación.

—Desde cuando te volviste tan caballeroso —dijo un tanto irónica Cinque a Due—. No es muy de ti decir esas cosas.

—No es nada de eso. Es sólo que pensé que quizá vamos a necesitarla descansada para lo que se viene.

—¿A qué te refieres? —Preguntó la de cabello azul.

—Así que tú también te diste cuenta —exclamó Tre, y una sonrisa maliciosa se pintó en sus labios—. Invitados de honor… ¡Vaya pretexto tan tonto para traernos hasta acá!

Cinque miró confundida a uno y a otro, hasta ser finalmente capaz de ver a través de su complicidad. Incluso Sei frunció el seño como muestra de que él también sabía de qué hablaban, y no le gustaba del todo.

—¿Pero de qué te quejas, viejo? —dijo Due—. ¿No era esto lo que tanto querías? Era obvio que los hermanos del señor Marzio no se iban a dar por vencidos. Cualquier cosa que ellos intenten, ese mocoso nos trajo hasta aquí para que nos encarguemos de todo. Sólo basta con ver la cantidad de hombres que hay hospedados en la mansión para darse cuenta.

Terminó de ensamblar su querido M14 modificado y lo alzó presuntuoso. Acarició el rifle y se puso a pulirlo con un trapo.

—Por Dios —Cinque se llevó la mano a la frente—. Si lo que dices es cierto, no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo.

—No te preocupes. Todo va a estar a bien. Maximiliano, por lo que sé, es más de intimidar que de confrontar. Eso es lo que está buscando ahora. O, dime tú, ¿quién estaría lo bastante loco para oponérsele en estos momentos?

0//0//0//0//0//0//0//0

—¿Estás lista, Black Tiger? —Preguntó Paula.

Tsugumi no articuló palabra, sólo asintió. Su mirada era fiera, sus ojos estaban completamente secos pues se le habían agotado las lágrimas de todo lo que había llorado en la tarde. Se quitó su camisa y pasó a ponerse un chaleco blindado de última tecnología, liviano y delgado como ningún otro. Cuando usaba ese tipo de protección, su femenino pecho solía adoptar la forma del de un varón. Tomó un saco negro, color perfecto para confundirse entre las sombras, y debajo de este cargó con toda clase de armamento, desde ligeras pistolas hasta pesados fusiles de asalto, granadas, explosivos, detonadores y equipo de espionaje. No había una sola zona de su ropa que no llevase oculta algo. Paula hizo lo mismo, solo que en lugar de un traje sastre ella se atavió con una especie de poncho casi idéntico al que suele usar, pero del mismo negro que las ropas de su compañera. Adoraba esa prenda por la impresionante cantidad de armamento que podía ocultarse en ella. Guardó el doble o quizá el triple de armas y municiones que Tsugumi, que ya era mucho decir, con la esperanza de que, al terminar la operación, podría quedarse con el sobrante.

—Bien, entonces vámonos —clamó la albina.

Salieron a la calle, dónde un par de furgonetas negras aguardaban en la acera.

“Black Tiger, White Fang, ¿me escuchan?” Se oyó la distorsionada voz de Oblivion por el oído izquierdo de ambas.

—Sí —respondió ‘Black Tiger’—Ya vamos en camino.

Subieron a uno de los vehículos. El resto del equipo ya se encontraba adentro. A Paula le aterraba un poco la actitud sombría que había tomado su compañera: no hablaba ni se dirigía a nadie, sólo guardaba silencio con la mirada fijada en la nada. Tuvo un mal presentimiento mas no le dio demasiadas vueltas. Había muchas cosas por delante.

Se volteó a ver qué hacia Migisuke. Se veía tranquilo y concentrado, como el profesional que se suponía que era.

—¿Aún vas a seguir en esto? Si ese idiota ya no va a venir con nosotros no tiene ningún caso que sigas. Deberías estar buscándolo.

—No, creo que lo mejor será que me quede. Lo que sea que le haya pasado a Aniki, estoy seguro que él querría que las ayude a ustedes. Además, ya me he comprometido en esto y no soy capaz de retractarme, o de lo contrario sería descubierto. Por otro lado, si existe la posibilidad de que hayan sido ellos quienes lo raptaron, seguir con esto es la única manera qe tengo para encontrar a Aniki,

"Vaya idiota. Después no te pongas a chillar si algo te pasa." Pensó con un suspiro la albina.

Condujeron, a paso medio para no llamar la atención, hasta situarse en las afueras de la ciudad, a orillas del imponente monte Cuccio. Un grupo pequeño se adelantó a asegurar los puntos de vigilancia clave, mientras que el resto aguardó dentro del vehículo a la señal para hacer su jugada.

“Señorita” pensaba Tsugumi mientras se colocaba el visor de visión nocturna y preparaba su arma de asalto como el resto de los gangsters. “No importa lo que pase, la liberaré… la liberaré de todo este infierno.”

Oblivion miraba en su monitor lo captado por las cámaras instaladas en los lentes de los francotiradores, quienes se acababan de establecer en sus puntos asignados. Tras verificar su reloj y que todo estaba en orden, pasó a dar la señal al conductor de la furgoneta:

“¡Comiencen!”

El vehículo aceleró a fondo, derrapando sobre el polvoriento camino, y aceleró hasta alcanzar una velocidad demencial rumbo a la entrada de la mansión Benedetti.

Eran las 11:55 de la noche, del día 0X de Abril del año 201X; la operación de búsqueda y rescate de la hija del jefe supremo de la organización delictiva internacional conocida como ‘The Beehive’, dio comienzo. Los acontecimientos que se desatarían a raíz de esto serían recordados en Palermo como una página negra en la historia de la mafia.

CONTINUARÁ…