En mi mundo.
Capítulo XXI
Había sido un
día bastante duro para una impacientada Chitoge; todo un suplicio que no
parecía tener fin. Desde muy temprano no había hecho otra cosa que estar al
pendiente del regreso de Max, mismo que, para su gran desconcierto, jamás
ocurrió. Desde la mañana hasta caer el sol intentó llamarlo a su celular, pero éste
siempre estaba apagado.
Había llegado
ya el crepúsculo y la preciosa rubia, harta de tanto esperar, salió a sentarse
en una banca del jardín a tomar aire fresco. Comenzaba a preocuparse, a temer que
algo hubiese pasado. Y podía notar muy bien que no solamente ella pues, cada
vez que volteaba a mirar a su fría escolta (quien, como siempre, permanecía vigilándole
a unos metros de distancia, con la mirada apuntando al vacío,) podía notar cómo
dentro de toda aquella mesura en su rostro se alcanzaba a divisar, desde lo más
profundo de su arisca mirada, una latente ansiedad. Después de todo, esta debía
de ser quizás la primera vez que esos dos se separaban durante tanto tiempo,
encima desconociendo su paradero. Karen, cada vez que se sentía siendo
observada, le devolvía la mirada a Chitoge con un gesto de hostilidad y pesadez
tan insoportable que obligaba a la rubia a girarse de inmediato hacia otra
parte.
“¿Por qué me
miras así? No es mi culpa. Yo no le dije a Max que te forzara a quedarte aquí…”
Uno de los
mayordomos salió de la mansión y se dirigió a donde Chitoge. Llevaba consigo un
teléfono inalámbrico en una bandeja.
—Es para
usted, señorita.
Un poco esperanzada,
la joven tomó el aparato. ¡Quizás se trataba por fin de él!
—Pronto?
“Buenas
noches, señorita. Usted debe ser Chitoge, la prometida de mi sobrino. Dígame: ¿me
permitiría unos momentos?”
“Esa voz…” Chitoge
se desilusionó. Cuando creyó haber reconocido a la persona detrás del teléfono,
recordó de inmediato las advertencias de Max y se preguntó cuáles podrían ser sus
intenciones.
—Disculpe,
usted debe ser Paolo, el tío de Max, ¿no es así?
Una sobria
carcajada se alcanzó a oír a través del auricular. “Lo lamento mucho, señorita,
pero me temo que me está confundiendo con mi hermano menor. Mi nombre es
Nestore Benedetti.”
La rubia
abrió los ojos como platos. Aunque ya le habían hablado de él, esta sería la
primera ocasión en que ellos conversarían directamente.
“Disculpe mi
intromisión. En realidad había llamado con la intensión de hablar con mi
sobrino. Es que… desde anoche he estado tratando de llamar a su celular, pero él
lo ha tenido apagado todo este tiempo. Estoy comenzando a preocuparme, ¿sabe? Ahora
mismo me acaban de confirmar que tampoco se encuentra en su casa. Pero a decir
verdad, eso no es nada raro en él, Aunque sí que lo es que lleve así ya tanto
tiempo. Le he preguntado a medio mundo y nadie ha sabido darme razón suya. ¡Ha
estado así desde antier! A eso agreguémosle que él mismo me había dicho que no
tenía pensado salir ni asistir a ningún compromiso hasta después de su boda. Eso
me tiene un poco nervioso. ¿De casualidad usted sabe a dónde pudo haber ido,
señorita?
—Lo lamento
mucho. Él salió de la ciudad sin decirme nada.
Hubo un breve
lapso de silencio que a Chitoge le pareció eterno.
“Ya veo, ya
veo… Me imagino entonces que en estos momentos usted también debe estar un poco
angustiada, ¿no es así? Pero pierda cuidado, mi niña, que esto es bastante
común en personas como nosotros; ya debería saberlo muy bien. Hay veces en que
un inconveniente o dos pueden surgir en el momento menos deseado y no se puede
hacer nada. Son gajes del oficio. Lo mejor es que desde ahora se vaya
acostumbrando y deje de lado toda clase de pensamientos negativos que no sirven
para nada. ¿Sabe algo? Mi sobrino a veces tiende a ser un poco egoísta y
desconsiderado con los demás. No es que él sea una mala persona ni nada, es
sólo que desde siempre él ha sido ese tipo de gente que se desempeña con mayor
facilidad desde la comodidad del aislamiento, de la soledad. Nunca ha sabido
relacionarse correctamente con otras personas y es por eso que se le dificulta mucho
el ser atento y considerado. Pero bueno, no sé por qué le estoy diciendo todo esto
si de seguro usted ya debe de conocerle bien. ¿O me equivoco, señorita? Además,
usted seguramente ya debe saber el cómo suelen ser las cosas en nuestro peculiar
mundillo. Los inconvenientes están siempre a la vuelta de la esquina y no
avisan. Uno nunca sabe a qué problemas se va a tener que enfrentar al día
siguiente; todo lo que queda por hacer es afrontarlos. Pero pierda cuidado, señorita,
que esto seguro se trata de un simple asuntillo que ocupó su tiempo más allá de
lo que él habría deseado. Dudo que el destino, aún para usted, señorita, sea lo
bastante cruel como para permitir que algo grave le pase a su prometido a tan
solo unos escasos días de su boda…”
La mano de
Chitoge sosteniendo el aparato comenzó a temblar. No le gustaba nada la manera tan
sobreactuada, tan falsa de hablar de aquel hombre. El mal presentimiento que
llevaba teniendo desde hace ya unas horas se intensificó. La advertencias de Max
se hacían cada vez más vigentes dentro de su mente, taladrando su juicio. Su
boca se resecó, su frente se fue llenando de sudor frío y su tez palideció.
“Aunque debo advertirle
algo, señorita. Si nos ponemos a pensar un poco mejor las cosas, debemos
hacernos a la idea de que es nuestra obligación el estar siempre preparados
para cualquier cosa que se nos presente, sea buena o mala. Ya que si algo es
innegable, es que las personas como nosotros no tenemos la vida comprada. Eso
es algo con lo que tenemos que lidiar día con día y… ¡Oh, no, no! Espere, no me
haga caso, señorita. ¡Que tonto he sido! ¡Perdóneme! Me dejé llevar por unos
momentos y terminé diciéndole sinsentidos que no van al caso. Le pido una
disculpa por mi falta de tacto. Estoy seguro que mi sobrino regresará en breve,
sano y salvo. Ya no se mortifique. Le juro que si tan solo supiese adónde es
que salió, yo mismo iría personalmente a buscarlo y le reprendería por la
desfachatez de haberla dejado sola y preocupada. Por favor, olvídese de lo que
acabo de decir y encomiende toda su fe a Dios. Ya verá que en cualquier momento
él se pondrá en contacto con nosotros y…”
El sonido
agudo e intermitente del auricular le indicó al mafioso que Chitoge le había
colgado sin previo aviso. Nestore sonrió satisfecho y, por contener la risa,
echó un fuerte y cínico resoplido.
—¿Y bien?
—Interrogó otro siniestro hombre, quien aguardaba por él, de pie junto a su
costado; mientras lo miraba guardándose su teléfono móvil. —¿Hay noticias de
ese mocoso?
—Tal y como lo
esperaba… —le respondió en lo que reacomodaba su enorme y entumida retaguardia en
el elegante sillón de su oficina—, nadie sabe nada de su paradero. Ni siquiera
su prometida…
Nestore tomó del
escritorio un elegante estuche y sacó de éste un fino habano. Olisqueó su
sabroso aroma por unos instantes antes de pasar a hacerle un corte en la punta con
su cortapuros de plata. Luego se lo llevó a
la boca. Su mano se alzó arrimando la flama de su encendedor favorito a
la punta del puro, dejando entrever sus regordetes dedos que estaban colmados
de aparatosos anillos de oro con piedras preciosas incrustadas de todos tamaños
y colores. El perverso hombre aspiró profundamente del tabaco y se tomó su
tiempo para degustar su intenso sabor. Por último echó, satisfecho, una gran
bocanada de humo. Y contempló, entretenido, cómo éste se difuminaba poco a poco
en el aire hasta desaparecer por completo.
—Eso sería
una estupenda noticia —le advirtió el temperamental sujeto, quien parecía recriminarle
con la mirada su tan relajada actitud—, si no fuera por el pequeño detalle de
que todos mis hombres están en la misma situación. ¡Con un demonio, Nestore!
¿Es que no te das cuenta?
—Ya lo sé…
¡Con un demonio, ya lo sé! —Contestó con todo su buen humor echado a perder—. ¿Pero
qué más podemos hacer? Sus teléfonos han estado apagados desde anoche. Yo
también me muero de ansias por saber qué mierda pasó. Si todo salió conforme lo
planeado o… ¡Maldita sea! —Azotó el
escritorio—. Todo parecía estar marchando de lo más lindo. Con ese mocoso
dejando a su perra de asalto y a la mayoría de sus hombres en la ciudad, tal y
como previmos que haría. Era la oportunidad perfecta. No puedo esperar más,
iremos personalmente a Corleone. Quiero asegurarme de una buena vez, mirar con
mis propios ojos que el trabajo esté hecho.
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Chitoge
pisaba con fuerza, casi azotaba el piso mientras recorría a paso veloz los
extensos pasillos de la residencia. Karen le seguía muy de cerca.
—¿A dónde va,
señora?
—Voy a salir.
La escolta de
inmediato se le adelantó y le cerró el paso.
—Me temo que
no se lo puedo permitir.
—¿Cómo dices?
—Las órdenes
de mi señor fueron bastante claras. Usted no tiene por qué salir de aquí a menos
que sea para cumplir con algún compromiso. Hasta el regreso de mi señor usted
ya no va a ir a ninguna parte.
—¡Me importa
un bledo! Max no está aquí —Reclamó sumamente molesta—. Tú me dijiste que a más
tardar estaría de regreso hoy por la mañana. ¡Mira qué hora es ya! No voy a
quedarme de brazos cruzados. —La rubia intentó pasar por un lado pero la guardaespaldas
insistía con bloquearle el camino.
—Usted no va
a ir a ningún lado.
—¡Te ordeno
que me dejes pasar!
—No.
Chitoge
rechinaba los dientes. Su paciencia estaba a una nada de colmarse. Todo ese
enojo, toda esa cólera tan recalcitrante que aquella mujer le provocaba tan
sólo con su simple presencia, hasta casi hacerla derramar por los poros; le daba
la amarga sensación de que ya lo había sufrido hace tiempo.
—¡Con un
demonio! ¿Es qué no lo entiendes? ¿No ves que a Max podría haberle pasado algo?
¿Te vas a quedar aquí parada sin hacer nada? Voy a salir a buscarlo yo misma.
Así que hazte a un lado.
—No hay nada
que usted pueda hacer —cabeceó—. Mi deber en estos momentos es protegerla. No
voy a permitir que se exponga de manera innecesaria. Esa fue la tarea que mi
señor me encomendó y voy a cumplirla.
—En estos
momentos ‘tu señor’ no está. Así que hora mismo soy yo a la que tienes que
obedecer, ¿entiendes?
Karen devoró
con la mirada a Chitoge por tan tremenda insolencia—. No se haga una idea
equivocada. Yo solo sirvo a mi señor y a nadie más que a él.
Chitoge por
poco estallaba. Aquella sensación de pesadez, la indolencia y terquedad de esa
mujer, le parecían cada vez más familiar, pero no podía ni tenía el humor para
procesar el por qué.
—¡Escúchame
muy bien! —Gritó con toda la potencia de su ser, dando un increíble pisotón
contra el piso que hizo eco a lo largo del desolado corredor—: Dentro de poco
yo voy a ser su esposa. ¡Así que, te guste o no, me vas a tener que obedecer
también a mí! Max no está aquí, así que la va a dar las órdenes en esta casa,
cuándo él no esté, soy yo. ¿Piensas desobedecerme? Dime de una vez si las cosas
van a ser así. Porque si no vas a hacer lo que te ordene entonces le diré a Max
que no te quiero cerca de mí. Que te quiero fuera de mi casa.
Karen no hizo
ninguna otra reacción facial más allá de fruncir sus cejas. El silencio
incómodo que se formó en aquel pasillo, así como el pesadísimo ambiente,
volvería loco a cualquier otro mortal. El duelo de miradas era simplemente
indescriptible.
—¿Vas a
quedarte aquí parada sin hacer nada mientras él podría estar en peligro? —Agregó—.
¿No te interesa acaso saber si se encuentra bien? ¿Qué vas a hacer si no lo
vuelves a ver?
Pero estas
últimas palabras de la rubia lograron mover algo dentro de la asesina. Sus rencorosos
ojos a medio cerrar se abrieron como platos por un leve instante. Inmediatamente
se giró en sentido opuesto.
Despacio,
Karen dio unos pasos hacia un costado. Ahora Chitoge tenía el camino libre.
—Gracias
—susurró la chica con la voz tan tenue que se imaginó que quizás Karen no le había
escuchado.
Lo primero
sería ir a buscar por la ciudad a los pocos conocidos del italiano que Chitoge
recién conocía, hasta dar con alguien que le pudiera decir a dónde se había
metido. Una extraña conversación que tuvo con él justo antes de que
desapareciese se le vino a la mente. Recordó que en ella se le había escapado
preguntarle de forma retórica si había realmente alguien de entre todos sus
contactos al que pudiera acudir con confianza. “Ninguno, no debes fiarte de
nadie” le había respondido.
Ya en el
auto, Chitoge le preguntó a Karen si en realidad sabía a dónde había tenido que
viajar el castaño hace dos noches. La guardaespaldas le negó con la cabeza,
pero dijo que había alguien que quizás podría saber.
—Le recomiendo
que lo cite en un lugar del centro de la ciudad, uno concurrido de preferencia
—le decía mientras le pasaba su móvil, el cual ya estaba enviando la llamada—.
Por lo poco que pude presenciar, sé que el conflicto que mi señor tuvo la
necesidad de atender provino de una plática que sostuvo con esa persona. Quizá
sólo él puede saber a dónde fue que se marchó.
—¿Cómo es
posible que ni siquiera a ti te lo haya dicho?
—No lo sé
—dijo apretando los dientes y estrujando con suma fuerza el volante hasta
hacerlo crujir.
La rubia
boqueó cuando miró en la pantalla del móvil el nombre de la persona en
cuestión. Mas ya no tuvo tiempo siquiera de procesarlo, porque de inmediato la
conversación dio inicio.
“¿Sí,
dígame?”
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Miraba por la
ventanilla del taxi, tratando inútilmente de poner su mente en blanco. Resultó
imposible, pues mientras más trataba, más y más nerviosa se sentía. Tsugumi en
breves momentos se preguntaba si de casualidad Raku la estaba observando, pero
se contenía las ganas de girarse a verlo por miedo de que sus miradas se
cruzasen. Se arrepentía en lo más profundo de su ser el haber tomado tremenda
iniciativa aquella noche. Si tan sólo hubiera sabido que los dos volverían a
quedarse solos, no habría actuado tan imprudentemente.
—Tsugumi
—susurró Raku con timidez.
La sicario casi
pegó un brinco en su asiento y se estremeció escandalosamente, ahogando un
chillido.
—¡Guarda
silencio! —Gritó con furia, sin voltearse.
—Pero yo
sólo…
—¡Que te
calles!
“¿Será que
está así por lo que pasó anoche?” —. Tsugumi, yo sólo quería preguntarte qué
significó eso que hiciste ano…
—¡No me
preguntes nada! ¡No quiero hablar contigo de nada! ¡Lo único que importa ahora
es que vayamos por la señorita! ¿Entendido?
—P-pero —Raku
comenzó a tartamudear. Se tocaba con ansiedad el rostro y se rascaba la cabeza
de los nervios—, Tsugumi, sobre lo que pasó anoche, yo…
—Te dije
claramente que te olvidaras de eso si no quieres que te asesine…
—¡No puedo!
—gritó con la mirada hacia el suelo y un dejo de angustia.
—¿Qué dices?
—Finalmente se volteó a verle.
—Aunque me
digas que me olvide de eso, simplemente no podría hacerlo. No me pidas que lo
olvide; eso sería como si no le diera ninguna importancia a lo que hiciste o a
ti. Acaso… acaso —el chico sintió un nudo en la garganta; quizás ninguna otra
conversación en su vida le había resultado tan difícil de llevar pero estaba
convencido que era su deber continuar—, Tsugumi, ¿es que acaso tú…?
—¡No, de
ninguna manera, Raku Ichigo! —Su rostro había adoptado su ya conocida faceta de
asesino serial. Raku se sintió amedrentado.
—¿Qué…? Pero
si ni siquiera sabes qué iba a decir.
—No me
importa. Lo que sea que vayas a preguntar la respuesta es: ¡NO!
—¿Pero
entonces por qué hiciste eso?
Tsugumi se
tiñó la piel de rojo y de su rostro tan acalorado comenzó a brotar vapor.
—¡Qué te
importa! ¡Lo hice porque se me dio la puta gana! ¡Punto!
Raku se
encogió de hombros y guardó silencio. Pero cuando parecía que la conversación
había finalizado, dijo:
—Pero
Tsugumi… yo… ¿acaso ese no fue tu primer…?
El rostro de
la sicario estalló cual petardo y se llenó de toda clase de tics nerviosos.
Casi por puro reflejo taponó la boca de Raku estrujando con fuerza sus labios.
—¿Y qué
importa? —Gritó apenada, volteándose de nuevo hacia la ventanilla del coche—.
Sólo es un insignificante beso, ¿no? ¿Por qué le das tantas vueltas? ¿Qué puede
tener de especial un simple beso para alguien como tú?
El morocho
arqueó desconcertado una ceja—. ¿Qué…? Tsugumi, ¿qué quisiste decir con eso?
—¡Claro,
hazte el tonto, Raku Ichijo! —Bufó como si de alguna forma se sintiera
ofendida—. Tú sabes muy bien de qué hablo. No pienses que me vas a seguir
tomando el pelo.
—¿Eh? —ladeó
la cabeza, un poco extrañado.
—Tú, Raku
Ichijo. ¡Me engañaste! —Le acusó con el dedo—. Tu me dijiste hace un tiempo que
la señorita y tú llevaban una relación pura. ¡Eres un bastardo mentiroso!
—Tsugumi, ¿De
dónde sacas eso? No entiendo nada de lo que dices.
Estuvo a
punto de contarle lo que ella creía saber, pero se contuvo. Sin importar la
situación, ella no tenía ningún derecho de revelárselo; solamente su señora
podía.
—¡Nada! Cierra
la boca.
Ya no dijo
más palabras, por mucho que Raku le insistió. De todas formas ya faltaba poco
para llegar al punto de la ciudad donde ellos habrían de avanzar por su propia
cuenta. El joven Ichijo suspiró; entendió que por el momento lo único
importante para ambos era el llegar a Chitoge. Ya habría tiempo después de
insistir con el tema.
Cuando Ichijo
pasó a pagarle al taxista, notó que este estaba que casi se moría de la risa.
Tal parecía que no necesitaba entender japonés para darse una idea de la
temática de su charla. Raku gruñó y mandó mentalmente al chofer a tomar por
culo.
Se acercaron al
lugar a paso cauteloso. Deseaban pasar lo más desapercibidos posible por si
había alguien vigilando la zona desde la distancia. Tsugumi, con celular en
mano, recibía las instrucciones de la voz de Paula, quien se encontraba en el
departamento monitoreando vía satélite tanto a ellos como a Chitoge.
“En estos
momentos la señorita se encuentra caminando rumbo a la zona oeste del parque,
rumbo al palacio de Zisa. No sé muy bien qué es lo que ha pasado pero ha dejado
atrás a los demás sujetos con los que estaba conversando. Black Tiger, esta es
una oportunidad de oro. Las demás escoltas siguen estacionadas en el otro
extremo del parque. Quizás aún no se han dado cuenta que la señorita ha
comenzado a alejarse en sentido opuesto.”
—Ya veo. Si
así están las cosas entonces tengo un plan. Raku Ichijo, presta mucha atención.
Yo voy a ir por el lado este de la plaza y crearé una distracción para que todos
me sigan. Entre tanto, tú te acercarás a la señorita por el lado oeste. Ten
mucho cuidado, mantén tu distancia hasta que te hayas acercado lo suficiente y
compruebes que no hay nadie cerca además de la señorita. ¡Démonos prisa!
Raku asintió.
No había tiempo que perder. Tanto él como Tsugumi corrieron y tomaron caminos
opuestos. Contaban con muy poco tiempo por lo que debían de actuar tan rápido
como les fuera posible, si es que querían disminuir el riesgo de un imprevisto.
Tsugumi se situó
en una azotea. Miró cautelosamente hacia abajo, en dirección a los coches
negros estacionados. Preparó todo su arsenal. Su plan era muy simple pero, si
lo ejecutaba correctamente, sería efectivo. Consistiría simplemente en crear
una balacera que llamaría la atención de todos los guardaespaldas; procurando
ser lo suficientemente escandalosa para que todos y cada uno de ellos fuesen por
mero instinto detrás de ella. Después de todo, la gente tiende a ser estúpida
si le metes la presión suficiente. Destruiría primero todos los coches con su
lanzacohetes y después atacaría sin piedad desde un punto medio para darse a
ver, para al final simular una huida. De esa manera podría entretenerlos,
llevárselos tan lejos como le fuera posible. Si lo hacía bien, le daría todo el
margen de tiempo necesario a Raku Ichijo para que pudiera escapar junto a la
señorita Chitoge y perderse en medio del caos. Solo debía esperar unos cuantos
instantes más; así Raku tendría el tiempo necesario para acercarse lo suficiente
antes de comenzar la distracción.
Pero justo a
unos instantes de decidirse a lanzar el primer cohete, Tsugumi presenció, a
través de la mira telescópica de su lanzacohetes RPG7, un inesperado
acontecimiento que la hizo estremecer por dentro.
—¡Paula! —Gritó
desesperada y nerviosa a través de su celular—. ¿Puedes verlo tú también? ¿Qué
demonios está pasando?
Una fila de
imponentes automóviles, que eran casi el doble que los que ya estaban
estacionados, acababan de llegar al lugar, rodeando y cerrándoles el paso a los
demás coches. De inmediato bajaron de ellos un incontable número de sujetos de
traje negro. Los soldati de los Benedetti de inmediato les cerraron el camino.
Daba la impresión de que un conflicto armado entre ambas facciones estaba a
punto de desatarse.
“Sí, Black
Tiger, yo también lo veo. No tengo idea de quienes sean, pero trataré de…”
Paula pegó un
gritó. No sonaba como algo grave, más bien era una especie de berrinche, una
frustración; algo común en ella.
—Paula, ¿Qué
ocurre? ¡Paula!
“Black Tiger,
yo…” su voz se escuchaba temblorosa, como la de una niña a punto de llorar.
“¡Acabo de perder la señal del satélite!”
—¿Qué? —Gritó
con los pelos hechos punta, los ojos deformes y desorbitados, y la boca tan
abierta que superaba en tamaño al resto de su rostro—. ¡Pero Paula,
necesitábamos que vigilaras a la señorita y Raku Ichijo para que les ayudaras a
planear una ruta de escape! ¿Cómo fue que esto pasó?
“No lo sé…
yo… no estoy muy segura pero… pero… creo que los que están a cargo del satélite
por fin se han dado cuenta de que lo estábamos hackeando y nos acaban de
desconectar. ¡Maldita sea! Si tan solo el pervertido éste estuviera despierto…”
Sonó como si
Paula hubiese dejado caer el teléfono al piso. A través del auricular ya tan solo
se alcanzaban a oír pisotones, azotes y lo que parecía ser insistentes y recias
bofetadas. A Tsugumi no le costó mucho imaginarse que no se trataba de otra cosa
que Paula descargando toda su frustración con el inconsciente cuerpo de
Oblivion, ‘por si así lograba despertarlo.’ También creyó haber escuchado de
fondo la voz de un desesperado Migisuke tratando de calmar a la albina.
Sabiendo que ya no se podía hacer nada, la sicario frunció el seño y colgó. Se dispuso
a vigilar otra vez la escena. Quizás aún había algo que ella pudiese hacer.
Quizás las cosas aún podían estar bajo control. ¿Qué importaba si ahora eran
más? Ella, con tal de traer de vuelta a Chitoge, sería capaz de enfrentar a un
ejército entero si fuera necesario. Pero todos esos pensamientos optimistas se le
vinieron abajo cuando miró con atención a la persona quien acababa de abrirse
paso en medio de todos los matones y guardaespaldas presentes, y se dirigía rumbo
al centro de la plaza.
“¡Imposible!”
Su sangre se
heló, su boca quedó deshidratada, sus brazos temblaron. No había forma alguna
en que ella se atreviera a ejecutar su osado ataque con aquella persona
presente. Incluso en su caótico estado anímico Tsugumi podía darse una idea de
lo que podría estar a punto de pasar.
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Se notaba a
leguas que aquel hombre apenas y podía contener sus ganas de reír. Incluso sus
acompañantes parecían estarle secundando con sus irónicos gestos. Con cada
palabra de Chitoge daba la impresión que alguien le estuviese haciendo
cosquillas por dentro. Incluso se llevaba en ocasiones las manos a la boca. A su
interlocutora obviamente esto le parecía por demás desvergonzado y cínico de su
parte, pero no tenía tiempo para desviarse de la conversación. Ella necesitaba
cada ápice de información que él pudiera entregarle.
—Señorita,
¿usted va en serio? —dijo el robusto señor, entre risas contenidas—. ¿Entonces
en verdad usted me citó en este terreno sólo para que le dijera a dónde se fue
sobrino? Esto es tan… ¡pff! —Se agarró su abultado vientre y, finalmente, se le
escapó una carcajada.
Chitoge
sintió un estupor, mas permaneció firme. No iba a dejarse intimidar por la
actitud cínica de aquel hombre, quien se hacía llamar Oscar Benedetti, no
mientras él fuese su única alternativa para dar con el paradero de Max.
—Hablo muy en
serio. Por favor, tan sólo quiero que me diga dónde lo puedo encontrar. Eso es
todo lo que necesito saber.
—Señorita, me
va usted a perdonar pero… si usted no sabe nada de él ¿por qué espera que yo sí
lo sepa?
—Sé de buena
fuente que usted fue la última persona con la que Max habló antes de marcharse.
Así que estoy segura que usted sabe la razón de su partida. Se lo suplico, tan
sólo dígame a dónde fue. No me interesan los detalles.
El maduro
hombre cerró los ojos y ladeó la cabeza—. Me temo, señorita, que quien haya
sido la persona que le dijo eso, le ha visto la cara. Yo ni siquiera he tenido
la oportunidad de ver en persona a mi adorado sobrino desde que volvió a la
ciudad.
—Le ruego que
no le falte el respeto a mi inteligencia. La persona que me lo informó estuvo
presente la misma noche que usted llegó a la mansión. De inmediato pidió una conversación
en privado con Max. Y fue después de eso que él decidió marcharse a quien sabe
dónde. No me avisó por las prisas y porque en ese momento yo ya me encontraba
dormida, pero dejó encargado a esa misma persona que me lo dijera cuando
despertara. Así que no tiene caso que se haga el tonto conmigo. Sé que usted
debe saber por qué Max se fue de la ciudad.
El mafioso
enmudeció. Su semblante hasta ese momento burlesco se tornó más serio. No le
costaba mucho trabajo imaginar quien debió haber sido el pájaro soplón que le
había delatado. De todas formas, eso no importaba.
—Señorita
—dijo luego de un leve suspiro—, supongamos que en verdad yo sé en dónde se
encuentra mi sobrino. Supongamos que se lo digo y usted va a buscarle. Créame
que usted no va a lograr nada.
—¿A qué se
refiere?
—Si mi
sobrino no le dijo a nadie a dónde se fue, y si desde que se marchó no se ha
comunicado con nadie, ni siquiera con su prometida, y ha mantenido su teléfono
apagado todo este tiempo, es más que evidente algo: él simplemente no quiere
que nadie sepa en dónde está. Y eso la incluye a usted, señorita. ¿Qué caso
tiene, entonces, ir en búsqueda de alguien que no quiere ser encontrado?
—¿Y qué si le
pasó algo?
—¿Algo? ¿Qué?
Él ya no es un niño, señorita; él ya sabe cuidarse solo. Entiéndalo por favor.
En el remoto caso de que él se encontrara en aprietos, ya habría pedido ayuda,
ya habría llamado a alguien de su confianza. Pero usted me dice que nadie sabe nada
de él y que su teléfono ha estado apagado en todo momento. Si en verdad salió
hacia algo tan peligroso como usted teme, ¿por qué no se lo dijo a nadie más? Y
si en verdad él se encuentra en un predicamento, ¿qué podría hacer usted en su
condición por él? ¿Cómo piensa hacer para dar con alguien que ha desaparecido
así, sin dejar rastro? No tiene ningún caso preocuparse, Maximiliano se dará a
saber cuando él así lo quiera y no antes. Hasta que eso pase, todo lo que
podemos hacer es esperar. Seguramente él debe tener sus motivos para…
—¡No!
—Señorita,
cálmese. Aunque usted no lo crea, mi sobrino es así. La última vez que
desapareció hizo exactamente lo mismo. Nadie supo en días de él, a dónde se
había ido o con qué motivo se había marchado. Pasaron los días sin saber de él,
y de repente, ¡Puf! regresó. Entonces nos enteramos que todo ese tiempo él
había estado en Japón y que había regresado ni más ni menos que con una
prometida. ¿Puede imaginarse nuestras caras? Él es un chico bastante indolente
que nunca le rinde cuentas a nadie. No espere que vaya a ser distinto con
usted, porque le juro que no lo será.
—¡Cállese!
—Señorita, ¿A
dónde va?
—¡Déjenme en
paz! —Chitoge se hizo paso en medio de todos los asistentes del caporegime de la mafia y se retiró con prontitud.
Oscar la miró
alejarse con una cínica sonrisa.
“¡Esto no
puede estar pasando!” Chitoge se había echado a correr en sentido contrario a dónde
sus escoltas le aguardaban. Quería estar sola, quería poner su mente en blanco
antes que estallase; quería huir, aún a sabiendas de que ahora ella se
encontraba más atrapada y perdida que nunca.
“Yo ya estoy muerto, Chitoge. Es por eso que
ya no me importa si pierdo la vida. Morí hace muchos años. En estos momentos
estás hablando con un muerto andante…”
—No tienes
derecho —decía entre dientes, con la mirada fruncida y cargada de angustia—…
¡No tienes ningún derecho, maldito! ¡No te atrevas a dejarme ahora!
En frente de
la fachada del palacio de Zisa, aquel antiguo castillo que en el presente no
era otra cosa que un patrimonio histórico más de la vieja ciudad, una dolida y
fastidiada Chitoge se detuvo a descansar. Le dolían un poco los pies —los tacones
no eran precisamente un buen complemento cuando lo que se buscaba era correr lo
más lejos posible. Levantó la mirada y contempló hasta la cima de la imponente
construcción, con sus formas tan simétricas, sus pequeñas almenas en lo alto de
sus muros, sus estrechas ventanas y su enorme marco en la entrada. Para ser un
palacio, a ella le daba más la impresión de estar frente a una seca y rígida prisión
ornamentada, una enorme jaula de oro, como en la que ella ahora estaba apresada.
Tan sólo pensar que su vida se había convertido en la viva imagen de ese
tétrico castillo le bastaba para que sus bellos ojos azules se llenaran de paño.
El afrontar tan crudamente su maldita impotencia era la más grande de todas las
penurias. Se acercó al muro del castillo y comenzó a golpearlo con rabia.
—¿En dónde
estás, bastardo? ¡No puedes desaparecer! ¿En dónde estás? ¿En dónde…?
Arremetió hasta
quedarse sin aliento. Luego permaneció quieta apoyando las manos en el muro, conteniendo
los sollozos que amenazaban con escaparse. Ahora todo era silencio a su
alrededor, hasta que el sonido de unos pasos acercándose lo quebraron.
—Chitoge.
De inmediato
reconoció aquella voz y, buscándole, se giró. Quería asegurarse que no se
trataba de una mera ilusión. Pero no. Ahí estaba él, de regreso, como el
espectro de un insistente remordimiento, haciendo que su ausencia, que hasta
ese momento parecía haber durado una eternidad, quedase reducida al tamaño de una
breve anécdota.
—¡Estúpido!
—Le gritó—. ¿En dónde te habías metido?
—Eso mismo iba
a preguntarte —contestó Maximiliano, con ese porte estoico que le distinguía—.
Me llevé una sorpresa cuando llegué a la mansión y vi que no estabas. Tuve que
llamar a Karen para que…
Chitoge se
acercó y le conectó una bofetada que resonó a lo largo y ancho del extenso
patio. Max la recibió sin inmutarse.
—¿Por qué
regresaste hasta ahora si dijiste que ibas a hacerlo más temprano? ¿Qué demonios
estuviste haciendo todo este tiempo? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué apagaste
tu teléfono? ¡Empezaba a creer que te había pasado algo!
—No seas
ridícula. No hay manera en que me pueda pasar algo.
—Estuviste
haciendo cosas peligrosas, ¿no es así?
—No, ¿cómo
crees? Sólo fue un viaje para salvar un negocio.
—¿Ah, no?
¿Entonces qué es esto? —Chitoge señaló la gasa que el italiano tenía pegada en
la mejilla izquierda.
—¿Te refieres
a esto? No es nada. Tuve un pequeño tropezón y me raspé. Eso es todo.
—¡No me
mientas! —Trató de retirarle la tela para ver qué clase de herida se había
hecho, pero él le detuvo la mano.
—Es la
verdad.
—¿Por qué te
tardaste?
—Sufrí un
pequeño retraso. Las cosas no salieron como lo preví. Pero ya estoy de regreso.
—¡Nunca más vuelvas
a hacer eso, me oíste! ¡Nunca!
Hubo unos
instantes de silencio dónde la rubia se dedicó a regañar con la mirada a su
desconsiderado prometido. Él por lado guardó la calma y dijo:
—Vamos a
casa.
Chitoge,
resignada, contuvo sus ímpetus y asintió—. Sí…
Pero justo
cuando se disponían a marcharse, Maximiliano se dio cuenta, por la expresión
desencajada de Chitoge, que había algo o alguien acercándose a ellos. Miró a
dónde ella lo hacía topándose también con silueta cuyo rostro comenzaba a
vislumbrarse en medio la oscuridad de la noche y la iluminación del sendero.
—No es
cierto… —Chitoge no podía dar crédito a lo que veían sus ojos.
Incluso el
propio Maximiliano sabía muy bien que la presencia de aquella persona no
auguraba absolutamente nada bueno.
Aquella prominente
mujer de negocios tomó con fuerza la manó de su hija y jaló de ella. En ese instante Chitoge sintió
su garganta cerrarse.
—M-mamá…
¿P-pero qué estás haciendo a…?
—Chitoge, ya es
suficiente. Nos vamos de aquí ahora mismo.
CONTINUARÁ…
2 comentarios:
¿Para cuando el 22? T-T
el 22 aun no sale? me vere obligado a imaginarme lo que sigue por tu culpa
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