En mi mundo.
Capítulo XIX
Se encontraban ahí los dos, bailando en el
centro de aquel bellísimo salón de banquetes elegantemente ambientado por la iluminación de
las velas en las pequeñas lámparas de pared colocadas a lo largo de los muros.
Así como también por majestuosas ornamentas clásicas, tales como aquella enorme
lámpara de araña de cristal de Baccarat que yacía colgada en justo encima de la pista de baile. Por alguna
inquietante razón todo el sitio se encontraba vacío de orilla a orilla, con la excepción
de aquella joven pareja, a quienes parecía no importarles tal detalle. Sólo se
dedicaban a moverse al ritmo del romántico vals que resonaba a lo largo y ancho
del recinto, y a mirarse el uno al otro como si el resto del universo fuese totalmente
irrelevante. Dicha pieza, que se distinguía por la armoniosa interpretación
conjunta de los violines, el piano y variados instrumentos de madera, era tan sublime,
tan magistral, que daba la impresión de que a cualquier persona le bastaría con
cerrar los ojos al escucharla para que su conciencia fuese transportada al
ritmo de la melodía a un mundo de ensueño. O al menos así lo imaginaba aquella
jovencita de rubia melena mientras se aferraba con fuerza de los hombros de su
amado. Con cada paso que la pareja dejaba sobre la pista se iba dando la agraciada
impresión de que sus cuerpos estaban sincronizados a la perfección, tanto a la
música como entre ellos mismos.
—Oh, Raku… —Balbuceaba Chitoge embelesada,
con su rostro recargado sobre el pecho de su amado. Quizás había por lo
sumamente bajo de su voz que su
compañero no le respondía, mas a ella no parecía importarle—. Prométeme que
nunca más nos volveremos a separar. Tú y yo… de ahora en adelante… siempre
vamos a estar juntos, ¿verdad? No quiero tener que volver a separarme de ti otra
vez. Quiero estar contigo por siempre. De ahora en adelante, para toda la vida.
¿Me lo prometes, Raku? ¿Qué tú y yo nunca nos volveremos a separar? Prométemelo
por favor.
—Sí, te lo prometo —sentenció su acompañante
con suma autoridad—. Por siempre vas a estar a mi lado.
Chitoge, al darse cuenta que aquella fría
voz no coincidía ni guardaba similitud alguna con la de Raku, levantó,
espantada, la mirada hacia él. Y al ver horrorizada que la persona con la que había
estado bailando todo este tiempo era en realidad Max, no pudo hacer otra cosa más
que caer en pánico y chillar ensordecedoramente.
—Por siempre…
—¡No!
¡Suéltame!
Gritaba una y
otra vez, tirando manotadas al aire hasta que por fin se dio cuenta de que se
encontraba sola, recostada y con la cabeza sepultada bajo una pila de almohadas
de pluma de ganso. El resto del cuerpo lo tenía completamente enrollado con la
sabana y el edredón; seguramente había terminado así luego de lo mucho que se debió
haber estado revolcando en su cama a causa de las pesadillas. Frustrada, estrujó
las sábanas y apretó los dientes. Estaba emocionalmente agobiada por tan amargo
sabor de boca que la experiencia onírica le acababa de dejar.
Quizás esta había
sido la primera vez que Chitoge tenía un sueño desde que había llegado a
Italia, o simplemente éste había sido el primero lo suficientemente espeluznante
para no olvidarlo apenas al despertar. No estaba muy segura, pero realmente
ella prefería ya no darle más vueltas al asunto.
Se talló los
ojos, estiró sus brazos y gateó por debajo del cobertor hasta la orilla de la cama,
la cual aún le parecía que era demasiado enorme, ridícula y exageradamente grande
para una sola persona. Metió despacio sus dos pies en aquellas suaves pantuflas
de lana que le aguardaban sobre la alfombra. Luego miró atentamente hacia el
pequeño buró artesanal de al lado. Abrió con cuidado el cajón y sacó de una
pequeña caja de madera sus dos preciados objetos: el colgante dónde llevaba aquella
pequeña llave de color dorado, con el ojo en forma similar a la forma un trébol
y una perforación en forma de media luna en el centro del paletón; y su viejo rojo
listón para el cabello. Los acarició y observó atentamente, con un mohín de melancolía
y nostalgia. El hacer esto cada mañana en cierta forma la confortaba y le brindaba
un poco más de fuerzas. Los guardó con sumo cuidado de vuelta en su sitio y se dirigió
a recorrer las cortinas del enorme ventanal de la habitación. Luego abrió el
cristal, se asomó y miró hacia el cielo notando cómo aquella mañana en particular
era una muy nublada y gris. No le extrañaba pues anoche no había parado de
lloviznar. El viento, húmedo y frío, golpeó su cara y su larga y despeinada
melena comenzó a ondear al ritmo de éste. Desde lo alto de aquella torre podía divisarse
todo el jardín de la mansión. Chitoge miró hacia abajo y puso especial atención
en aquella escultura de mármol en forma de querubín que se encontraba en la
cima de aquella gran fuente del centro. Se preguntó una vez más cuándo es que
se decidirían a repararla, pues le parecía muy triste que a ésta le faltara un
brazo y no hicieran nada, como si a nadie más le importase. Suspiró, luego
sacudió con fuerza la cabeza para sacudirse todos aquellos pensamientos
vagantes, y se apresuró a arreglarse.
Toda la
servidumbre y uno que otro proxeneta la reverenciaba y saludaba con sumo respeto
en cuanto la veía pasar. Chitoge simplemente les regresaba el saludo con un ‘buenos días’, que a duras penas y se oía.
Le faltaba ya poco para llegar al comedor cuando se topó con aquella silenciosa
mujer, aquella que, por alguna razón, siempre fungía como la sombra de Max, llamada
Karen. La misma que por cuya extrema severidad y esa fría y casi inexpresiva mirada,
Chitoge consideraba un tanto escalofriante. “No importa qué hora del día sea,
siempre va vestida como si acabara de salir de un funerario” pensó la rubia arqueando
un poco la ceja.
—Buenos días,
mi señora —le saludó con una reverencia. Aquella pelirroja daba además la
incómoda impresión de que había estado aguardando por ella, parada en ese sitio
desde temprano —. Espero haya pasado una excelente noche.
—Buenos días
—A Chitoge no le causaba ninguna gracia que aquella antipática mujer se
dirigiese a ella de esa forma tan pomposa, lambiscona y ridícula, mas todas sus
súplicas para que dejara de hacerlo nunca fueron escuchadas—. Estoy bien,
gracias. En fin. Supongo que si estás aquí es porque Max ya debe estar en la
mesa. Hazme el favor de decirle que…
—No, señora.
Se equivoca. Mi señor no va a asistir el día de hoy.
—¿Qué?
—Tal y como
lo oye. Anoche surgió un fuerte inconveniente que mi Señor tuvo la necesidad de
atender en breve, por lo que desde la madrugada tuvo que salir de la ciudad.
—¿Cómo?
—Chitoge se exaltó, comenzaba a preocuparse—. ¿Qué rayos pasó? Dime.
—Me temo que
no puedo darle más detalles, señora. Todo lo que puedo decirle por el momento es
que lo más probable es que mi señor no va a regresar hasta el día siguiente.
“¿Qué habrá
pasado?” Se preguntaba la rubia. Lo que más le inquietaba era el hecho de que había
sido el mismo Max quien le había advertido en reiteradas ocasiones sobre el
peligroso que podría ser si ellos se separaban demasiado tiempo. Y ahora él, a
escasos tres días de la boda, estaba haciendo justamente lo que dijo que no
debía hacerse. No tenía ningún sentido. “Pero si esto es cierto, ¿qué está
haciendo ella aquí?”
—Es debido a
ello —continuó Karen— que mi señor me pidió que cuidara personalmente de usted
en su ausencia. Por lo que voy a escoltarle a partir de este instante hasta el
regreso de mi señor.
—¿CÓMO…?
La expresión
de Chitoge se transfiguró hasta quedar hecha una suerte de garabato mal
dibujado y surrealista. Aquella silenciosa sicario era quizás la última persona
de la ciudad con la que desearía tener que pasar tiempo a solas. Y es que cada
vez que miraba su rostro con atención tenía el extraño presentimiento de que ya
la había conocido de tiempo atrás. Mas no lograba nunca acordarse, descifrar de
dónde o porqué ya la había visto. Además, había incluso momentos en los que
podía sentir como si estuviera ocultando ‘algo’ tras su mirada, como si por
detrás de todo ese servilismo se escondiese en realidad un profundo sentimiento
de rechazo, de desprecio hacia ella. O quizá todo esto no era más que fruto de
su imaginación, influenciada por la poca emotividad que aquella amargada mujer
demostraba en todo momento y en cualquier situación. Después de todo, no había una
sola persona a la que ella le sonriera o con quien siquiera ablandara un poco
la mirada. Quizás la única excepción a esto último era su amo, la única persona
en el mundo que daba la impresión de llevarse bien con ella.
—También le
informo que su itinerario para el día de hoy seguirá siendo el mismo pese a
esta contrariedad, por lo que le suplico que se vaya preparando con tiempo. Yo
seré personalmente quien la lleve a su compromiso de la tarde en Monreale.
‘Itinerario,’
‘Compromiso.’ A Chitoge cómo le asqueaban aquellas palabras por lo que habían
pasado a significar en su vida desde el momento en que Max le había dejado en
claro cómo iban a ser las cosas de ahora en adelante.
—Está bien
—afirmó Chitoge taciturna. Se despidió de la pelirroja y se apresuró al
comedor. Karen, recargándose en la pared y cruzándose de brazos como era
costumbre en ella, la miró alejarse mientras se quedaba a vigilar el pasillo.
Chitoge tenía
esperanzas de que al menos el momento del desayuno le daría aquellos instantes
de tranquilidad que necesitaría para reunir fuerzas y prepararse para lo que se
venía.
Y es que, pese
a que prácticamente la totalidad de la gente poderosa e influyente de Palermo sabía
a la perfección cuál era el mundo en que se desenvolvían tanto Maximiliano como
toda su familia, tenían la necesidad de simular, de mantener con ayuda de la
prensa y otros medios en los cuales poseían influencia, una imagen pública ante
los ojos de la mayoría. Su abuelo, por ejemplo, era ante los ojos del mundo un
reconocido empresario, dueño de múltiples negocios locales, fundador de una compañía
constructora de renombre y accionista en algunas transnacionales; uno de los
hombres más ricos y honorables de Italia. Por otro lado Maximiliano a su corta
edad ya se había convertido también en toda una celebridad. Era reconocido como
el joven nieto de Benedetti, el futuro heredero de la mayor parte de su fortuna
en ausencia de su difunto padre. Chitoge, siendo su prometida, había tenido que
ser presentada dentro de las altas esferas de la provincia. Ella era la hija de
una de las empresarias más reconocidas y exitosas del mundo, siendo la conexión
empresarial de sus familiares la razón por la que estos dos se habían conocido
y enamorado. Chitoge, por tanto y desde que se mudó, no había parado de asistir
junto al italiano a toda clase de eventos sociales: cenas, bailes, cocteles y eventos
de caridad; con el fin de relacionarse debidamente con todas las amistades y
contactos de su abuelo. Todo esto era necesario para que nadie se atreviese a poner
en tela de juicio la veracidad de su compromiso, le había explicado en alguna ocasión
el italiano.
“Qué raro”
pensaba mientras sorbía de aquel exquisito y aromático té cuyo sabor no podía
reconocer. “Recuerdo que hace tan sólo unos años mi vida no era muy distinta a como
es ahora. Y, sin embargo…” miró hacia los costados poniendo especial atención
en el detalle de que ella era la única presente pese a lo enorme del comedor.
El silencio que había era tal que el ruido que hacían los cubiertos de plata al
friccionándose con la vajilla de porcelana cada vez que trata de partir un
bocado, le resultaba molesto. “Todo se siente tan diferente. No puedo
acostumbrarme. No sé por qué pero no puedo.”
Pero el
evento social al que Chitoge tendría que asistir hoy era diferente. Tanto que si
ella pudiera al menos elegir uno de entre todos esos tediosos compromisos y borrarlo
de la existencia, o al menos tener la oportunidad de no acudir, sin duda elegiría
este. Se le revolvía el estomago tan solo de pensar lo que allá iba a
celebrarse, al punto de que trataba de negarlo, verlo como a una simple fiesta
más. Pero no podía; todo lo que conseguía era deprimirse aún más. Aquella dichosa
celebración a la que estaba por demás obligada a asistir era, esencialmente, el
peor recordatorio que podría existir sobre su decisión, pues le echaba en cara,
de manera insolente y maquiavélica, las consecuencias de su resolución; que todo
lo hecho, hecho ya estaba, y ya no habría vuelta atrás. Lo más terrible de todo
era, quizá, el hecho de que una vez allá estaría obligada a fingir que no podría
estar más agradecida y feliz cuando la realidad era exactamente todo lo opuesto.
Por primera
vez en mucho tiempo no pudo terminar su plato. Se levantó de la silla con
ímpetu, azotando la mesa, y se dirigió a tomar un baño. Si esto iba a ser
ineludible, lo más sensato sería afrontarlo de una buena vez, se dijo para sí
misma con convicción. Chitoge todo este tiempo había estado imaginando que quizás
todas aquellas fiestas, cenas y bailes de caridad hubiesen sido mucho más agradables
y fáciles de llevar si aquel manipulador bastardo no hubiese tenido que estar
presente. Si ella hubiese asistido por su cuenta, ahorrándose así la pena de
tener que pretender amarle en frente de todos. Pero ahora mismo, mientras se
vestía y arreglaba su cabello, comenzaba a darse cuenta con desdicha que hubiese
sido exactamente al revés. Después de todo, había sido Max el que siempre
sacaba la casta cada vez que ella se quedaba sin ganas de decir nada y bajaba
la mirada en medio de las agobiantes conversaciones, mismas que ella, hasta la
fecha, continuaba entendiendo a medias. Las altas castas tenían la arraigada costumbre
de ser mordaces y muy competitivas. De siempre intentar humillar y dejar en los
suelos a todos aquellos que se dejasen, con tal de sentirse superiores, descargar
toda su envidia, alimentar aún más su soberbia. Pero incluso si Max no se
hubiese tenido que ausentar este día, Chitoge de igual forma habría tenido que
lidiar por si sola la para nada esperada celebración.
Todas las que
se suponían que eran ‘sus nuevas amigas’ iban a estar presentes.
Con esto en
mente, Chitoge abordó el vehículo. Por regla general Karen siempre era el
chofer del transporte en el que viajaba Max, por lo que ellas dos sólo coincidían
adentro de un auto cuando él también estaba presente. Por lo que esta sería la
primera ocasión que se quedarían las dos a solas tanto tiempo, sin él como su
mediador. Nuevamente la presión de tener que lidiar con la que podría ser la mismísima
encarnación de la antipatía se apoderó de Chitoge y el nerviosismo no se dejó
esperar. El silencio se tornó incómodo. Ellas de vez en cuando se miraban por breves
intervalos a través del reflejo del espejo retrovisor del centro. En cuanto salieron
del terreno de la mansión el resto de escoltas no se hicieron esperar y se juntaron
a ellas, creando el ya típico ‘desfile’ de autos que sorprendía y a la vez no
al del resto de vehículos y peatones. El ser vigilada tan escandalosamente,
siempre que tenía que salir sin importar a dónde, abrumaba en demasía a la
rubia. A menudo se preguntaba si este martirio algún día cesaría, pues
comenzaba ya a temer por su salud mental.
En menos de
treinta minutos llegaron por fin a su destino. El resto de coches ya se habían
estacionado a una cuadra o dos del bello salón de recepciones. Karen salió y abrió
la puerta del pasajero. Chitoge, al salir miró el cartel que colgaba en la
fachada y sintió su garganta secarse. Era realmente la primera vez que deseaba,
con todas las fibras de su cuerpo, el no tener que estar presente en una celebración.
Pero su ausencia era simplemente imposible. Después de todo, ella era ni más ni
menos que la homenajeada, la invitada de honor.
En breve daría
comienzo su despedida de soltera.
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—Oye, Aniki
—clamó en voz alta Aiba Migisuke luego haber tocado la puerta—, soy yo. ¿Puedo
entrar?
Como ya era
costumbre desde aquella funesta noche, Raku no le contestó. Migisuke abrió la
puerta de todos modos. Miró y se acercó donde el chico, quien aún se encontraba
en aquel rincón de la habitación, en dirección al muro, sentado en el piso y
abrazando sus rodillas.
—Mira, te
traje esto —colocó con sumo cuidado en el suelo una bandeja que llevaba un
plato y un vaso. Al hacerlo, notó que la comida de las otras charolas que le
había llevado en la mañana y en la tarde apenas y las había tocado—.
Tsugumi-san lo preparó. Está sabroso.
El oficial de
policía permaneció a su lado por unos instantes más, por si él al fin se
decidiría a darle respuesta, pero al convencerse de que Raku iba a continuar ignorándolo,
emitió un profundo suspiro y se retiró un poco decepcionado.
—¿Cómo se
encuentra Romeo? —Preguntó el
extravagante hacker en cuanto Migisuke entró de vuelta a la sala. Para no
perder la costumbre, Oblivion seguía con la fea costumbre de no despegar los
ojos del monitor ni siquiera cuando se dirigía a otras personas—. ¿Aún sigue en
su modo ‘Emo-perdedor’?
Al policía no
le hizo ninguna gracia ese comentario. Después de todo, él había sido el
responsable de toda la pelea, y Raku tenía muy buenas razones para estar tan
indignado, o al menos así lo veía. Y no sólo él: Tsugumi y Paula aún estaban bastante
molestas con él, que no paraban de mirarlo con descrédito.
—Oigan, ¡ya
bájenle! —Exclamó el experto en informática. No necesitaba ver sus rostros para
darse cuenta, a través del aterrador silencio, que todavía estaba siendo juzgado
por su decisión—. Ustedes saben muy bien que tenía que hacerlo. Si tanto
quieren hacer un boicot, porque piensan que soy un tirano, un pedazo de mierda,
un insensible o lo que sea, háganlo de una buena vez. ¿Qué les detiene?
¡Háganlo! ¿Qué pasa, no se atreven? Vamos, muchachos, con confianza, sublévense…
¿Nada? Ya veo, entonces no se atreven a hacerlo… ¿Quieren saber por qué? Porque
en el fondo saben que yo tengo la jodida razón. Y no, no voy a pedirle una
disculpa a ese necio luego de lo que hizo anoche. No tengo por qué hacerlo, el
único imbécil aquí es él. Además, a mí no me importa si por hacer mi trabajo termino
como el malo de la historia de su estúpido cuentito de hadas. O si no, díganme:
¿creen que si de verdad me importara que sujetos como él me vean como ‘el
villano’ tendría yo este oficio en primer lugar? ¿Lo creen? ¡Bah…!
—Creo que
saldré un rato —dijo Migisuke con repudio, se dio la media vuelta y caminó
hacia la salida.
—Yo también
—Paula se apresuró a tragarse lo que le quedaba de su Cannolo y siguió al
oficial a la puerta, no sin antes agarrar una bolsa colmada de este singular
postre siciliano para el camino. Tsugumi estuvo a punto de ir detrás de ellos
pues no quería quedarse a solas con aquel sujeto. Pero…
—No,
Seishirou, tú te quedas —le ordenó Oblivion—. Recuerda que al menos uno de
ustedes debe quedarse en el departamento y vigilar que el idiota ese no intente
escapar.
Tsugumi
apretó los puños y refunfuñó. Tener que seguir las órdenes de ese estúpido,
pese a todo lo que le hizo a Raku, sólo por ser pieza indispensable en el plan rescate
de la señorita, le resultaba hastioso, humillante. Luego de lo acontecido aquella
noche, hasta el respirar el mismo aire que él le daba náuseas.
—De acuerdo
—le contestó tajante y de muy mala gana. Dando enormes zancadas, Tsugumi llegó
hasta la puerta de la habitación donde Raku estaba confinado y abrió el cerrojo
con la copia de la llave que le habían dado.
—Raku Ichijo…
Soy yo.
Verlo en ese
estado tan depresivo le encogía el alma. En parte se sentía la responsable,
pues a final de cuentas había terminado por acatar las órdenes de Oblivion en
lugar de ponerse de su lado; aún y cuando hace apenas un par de días ella se
había comprometido a ayudarlo a buscar a Chitoge por su propia cuenta. Esa
misma promesa que ahora ya no iba a poder cumplirle le pasaba factura a su
consciencia.
—Raku Ichijo
—insistió—, por favor respóndeme.
—No te
preocupes, Tsugumi… estoy bien —dijo aunque cualquiera con dos dedos de frente
se daría cuenta que era una total mentira—. Entiendo que no tenían opción. No es
con ustedes con quien estoy molesto.
—Deberías por
lo menos comer algo —dijo tras mirar su plato—. ¡Casi no has comido nada desde
ayer!
—No tengo
hambre.
—Si no te alimentas
correctamente vas a sentirte débil. Tienes que calmarte o…
—No voy a
calmarme, Tsugumi —exclamo con la voz a medio quebrar y estrujando con ansias
la tela de su pantalón—. No voy a hacerlo hasta a ver a Chitoge….
—Raku…
Ichijo…
Tsugumi
titubeó. Ella en el fondo se encontraba igual o peor que él. Se sentía como una
completa inútil que no había parado de cometer un error tras otro, echándolo
todo a perder. Lo primero fue el haber perdido toda la confianza que Chitoge
alguna vez le tuvo, a causa de su propia falta de autocontrol. Después, cuando
se le encomendó una importante y sencilla tarea: mantener alejado de la
señorita a un simple y miserable hombre, orden que aún cuando el propio Claude
se la había confiado creyendo en ella; terminó echando todo a perder gracias de
nuevo un momento de duda y debilidad. Más adelante cometió la soberana, la
imperdonable estupidez de abandonar por completo su puesto como vigilante,
dándole así la oportunidad que aquel bastardo de los Benedetti necesitaba para
asestar su golpe, todo por haber subestimado de nuevo la gravedad de la
situación. Y ahora, una vez más estaba ahí, siendo incapaz de cumplir con la
promesa que le había hecho a Raku de ayudarle a buscar a Chitoge por cuenta
propia; faltando nuevamente a su palabra, decepcionando al hombre que más había
confiado en ella. Se veía a sí misma como un cúmulo de fracasos viviente, que no
paraba de defraudar, una y otra vez, a todas y cada una de las personas que alguna
vez la necesitaron. ¿Hasta cuándo le seguirían saliendo las cosas tan mal?
¿Hasta cuándo la gente a su alrededor tendría que seguir pagando las
consecuencias de sus malas decisiones y desaciertos? El ver ahora a Raku, a la
persona que quizás era la que peor lo ha estado pasando desde que todo comenzó,
en tales condiciones, completamente derrumbado y desesperanzado, sólo agravaban
aún más sus sentimientos de culpa. Pero ahora más que nunca tenía que mantenerse
firme si es que quería cumplir el juramento que se hizo a sí misma antes de
partir a Sicilia.
“Date cuenta… date cuenta que, dependiendo
de cómo se den las cosas, estos podrían ser los últimos días que podrás pasar
al lado de ese hombre…”
“Paula… tú…
¿Qué es lo que supone que tengo que hacer? Después de todo lo que ha pasado,
¿acaso aún tengo siquiera el derecho a sentir esto?”
Despacio se
acercó y se sentó junto al deprimido muchacho, adoptando la misma postura que
él. Éste continuaba inerte, ensimismado. Tsugumi dejó pasar un buen de tiempo
antes de decidirse a dar el paso.
—Raku Ichijo
—susurró tan quedo que Raku apenas pudo escucharla—, ¿puedo hacerte una
pregunta?
—Dime —dijo
también en voz baja, justo cuando ella ya había dado por hecho que ya no le iba
a responder.
—Tú… ¿amas a
la señorita?
Esto sí que
tomó por sorpresa al joven japonés, tanto que dio un respingo, alzó la cabeza y
volteó a mirarla—. ¿Pero qué me estás preguntando?
—Te pregunté
si amas a la señorita Chitoge. Sé que es ridículo que lo pregunte, pero quiero
escucharlo de ti. Por favor, responde.
—P-pe-ro es
que no entiendo por qué me estás preguntando eso tan de repente…
—No me
preguntes eso. Sólo contéstame y ya. ¿Amas a la señorita Chitoge?
Raku casi por
reflejo estuvo a punto de negarlo, pero justo antes de hacerlo se acordó un
importantísimo detalle:
“Es verdad, Tsugumi
todo este tiempo ha creído que Chitoge y yo estábamos en una relación…”.
Aquello le hacía sentir un poco de remordimiento, por el mero hecho de haberla
tenido que engañar al igual que todos los demás. “Me pregunto si este será un
buen momento para decirle la verdad. Después de todo, en estos momentos ya no
hay necesidad de seguir pretendiendo que… No, no es verdad. Hasta no saber cómo
va a terminar todo, lo mejor será que dejé las cosas tal y como están…”
—Así es. La
amo.
—Ya veo.
—Aunque Tsugumi tenía más que asumida que esa iba a ser la respuesta, tan sólo
oírla de la voz de Raku bastaba para que su corazón se estrujara y sus ojos se
llenasen de paño. Pero pese al dolor que le ocasionaron, aquellas palabras eran
lo que necesitaba oír para poder dar el siguiente paso—. Raku Ichijo, hay algo…
hay algo que tienes que saber.
—¿Qué?
Raku se giró
extrañado y se dio cuenta que ella no sólo había comenzado a temblar mientras
se aferraba con fuerza a sus rodillas, sino que, además, todo su rostro se
había enrojecido y le costaba respirar.
—Raku Ichijo
—dijo entre dientes sin poder despegar la mirada del piso—, debes de saber que
yo… ¡quiero que sepas que yo…! Que yo te… que yo te…
Tsugumi
sintió no uno, sino cientos de nudos bloqueando su garganta. La expresión de su
cara tratando de vencerlos hizo a Raku boquear de la impresión.
—T-tsugumi…
¿Qué es lo que…?
—¡YO TE
ODIABA! —Gritó finalmente con todas sus fuerzas, los ojos cerrados y una mueca semejante
a la de alguien que acababa de escupir aquello que la venía estando asfixiando.
—¿Cómo?
—Te odiaba
—repitió bajando la voz hasta el casi mudo volumen del inicio—. Al principio,
cuando te conocí, yo te odiaba, Raku Ichijo. No sólo te detestaba, sino que te
aborrecía con todas mis fuerzas, con todo mi ser. Estaba convencida de que tus
intenciones con la señorita no podían ser buenas; de que sólo la estabas
engañando, de que sólo querías aprovecharte de ella, usarla para tus
propósitos. Porque así me lo dijeron y así lo creí. De tan sólo pensar que
pudiera existir alguien así, capaz de jugar con los sentimientos de la
señorita, eso me hacía hervir la sangre. Me daban unas ganas de aplastar con
mis propias, como a un insecto, a quien quiera que se atreviese a hacerle daño a
la señorita. Por eso te odiaba, Raku Ichijo, porque creía que tú eras esa clase
de hombre. Además, no podía imaginar a alguien tan débil y patético como tú
siendo capaz de proteger a la señorita, o siquiera ser digno de respirar el
mismo aire que ella. Para mí tú eras la mayor de las escorias. Te odiaba tanto
que… que si en ese entonces me hubieses dado una sola razón, te habría asesinado
con mis propias manos. En ese tiempo nada me habría hecho más feliz. Porque te
odiaba… yo de verdad te odiaba.
—Ya veo
—musitó Raku cabizbajo, se sentía un poco apesadumbrado por la rudeza de la
sicario. Aunque parte de lo que le había dicho ya lo sabía de tiempo atrás,
trató de aparentar que algo de la declaración de Tsugumi le había sorprendido.
—¡Pero…!
—¿Eh?
—Pero tú… a
pesar de todo lo que te hice. A pesar de todo lo que te dije, de lo mal que te
traté. Aunque yo misma te veía como mi enemigo y siempre buscaba la manera de
apartarte de la señorita. A pesar de que no lo merecía, tú siempre estuviste a
mi lado, confiando en mí como si lo mereciera…
Era cómo si a
Tsugumi el ir pronunciando cada oración se le dificultaba el doble de esfuerzo
que la anterior. Raku lo notó y pensó por un momento pedirle que se tomara las
cosas con calma, pero no tuvo el valor de interrumpirla.
—Siempre
fuiste amable conmigo y me ayudaste, a pesar de no merecerme tus atenciones.
Creíste en mí y nunca me guardaste ningún rencor aún cuando yo misma no confiaba
en ti. Me aceptaste como a uno más de tus amigos mientras que yo por dentro seguía
viéndote como mi enemigo. Me diste palabras de aliento, me enseñaste la alegría
de convivir con las personas a las que les importas y a confiar más en mí misma.
Me protegiste a tu manera, incluso cuando te grité muchas veces que no
necesitaba tu ayuda, tú me insististe. Poco a poco me fuiste demostrando que yo
estaba en un error, que tú no eras como me habían dicho. Y me di cuenta que era
imposible que alguien como tú le pudiese hacer daño a la señorita. De que tus
sentimientos por ella son sinceros.
Raku pegó un respingo—.
Bueno, yo…
—Es por eso
que ahora estoy tranquila. Porque sé que puedo confiarte a la señorita; porque ahora
sé que mientras esté contigo, la señorita será feliz y nunca le va a faltar
nada. Me alegra desde lo profundo de mi corazón que la señorita Chitoge haya
tenido la dicha de conocer a alguien como tú, Raku Ichijo.
—Tsugumi,
espera… —Raku comenzaba a sentirse, por alguna razón, un poco inquieto, como si
algo no anduviese bien—. Creo que deberías saber que…
—¡Y es por
eso que no debes preocuparte! Porque pase lo que pase, te prometo que me voy a
asegurar de que puedas traer de regreso a la señorita. ¡Te lo juro! No debes
tener dudas de que no existe manera en la que ella te haya abandonado de verdad.
Estoy segura de que en estos momentos la señorita debe estar igual de ansiosa
que tú por verte de nuevo. No voy a darme por vencida, voy a luchar hasta que
ustedes vuelvan a estar juntos. No me importa cuál sea el precio que deba
pagar, si es necesario dar mi vida, lo haré. Es lo menos que puedo hacer para
compensarlos por todo lo que les hice pasar alguna vez.
—Tsugumi,
¡espera un momento! —Raku, alarmado, se acercó hasta ella—. ¿Qué estás tratando
de decirme con todo eso?
—Sólo te pido
un favor a cambio: que cuides mucho a la señorita. Yo sé que ella también debe
quererte mucho, tanto como tú a ella, así que no tengas miedo. Nunca dudes de
sus sentimientos por ti. Todo va estar bien, Raku Ichijo. Yo misma estoy segura
de ello. Y lo sé mejor que nadie porque… porque yo… —Hizo una breve pausa en la
que sus labios se torcieron y su cejo se frunció, pero inmediatamente sustituyó
aquella mueca de dolor por una cálida y transparente sonrisa, misma que tomó
por sorpresa a Raku, quien no se habría imaginado que alguien como ella sería
capaz de poseer semejante expresión cargada de dulzura—. Porque incluso alguien
tan inútil para estas cosas fue capaz de darse cuenta del porqué ella te ama
tanto.
Y acto
seguido, sujetó con ambas manos el rostro del hombre a quien durante tanto
tiempo había amado en secreto, y, sin darle siquiera tiempo de anticiparse a lo
que iba a hacer, pasó a unir sus labios a los suyos, suavemente y de manera
prolongada. Raku se quedó totalmente estático; incluso sus pensamientos
parecían haberse congelado durante esos instantes en que duró el beso. Cuando finalizó,
Tsugumi se giró en sentido opuesto. Ya no habló más; en su lugar se puso de pie
y caminó a paso seguro hacia la salida, como si pretendiera que nada fuera de
lo común acabara de pasar. Raku continuaba paralizado en su rincón, con la
mente en blanco y con una desencajada expresión de incredulidad.
—¡Más te vale
que te olvides en este mismo momento de lo que acaba de pasar —se giró para
ordenarle furiosa, con la cara completamente bañada en rojo—, porque si se lo
cuentas a alguien te voy a volar los sesos! ¡ME OISTE!
La estrepitosa
voz de la sicario bastó para que Ichijo al fin saliera de su trance—. ¿Qué? Espera
un segundo… ¿QUEEÉ? ¡Espera un momento, Tsugumi! ¿Qué demonios se supone que
significa esto? ¿Acaso…?
—¡Cállate! —Azotó
la puerta con tal fuerza que la habitación entera se estremeció.
Y él se quedó
ahí, confundido y con un sinfín de cosas en qué pensar; que eran tantas que ya
ni sabía ni por cual de todas comenzar. Tocó sus labios con las yemas de los
dedos, escéptico, preguntándose si lo
que acababa de acontecer había sido sólo un simple sueño.
—Ah…
Tsunderes —exclamó Oblivion, con una sonrisilla mirando atentamente a su
monitor. Luego le dio sorbo a la pajilla de su vaso con soda y metió su mano en
la enorme cubeta con palomitas de maíz que había en el piso junto a él—. Son
tan… como decirlo… bipolares.
Se echó todo
el bocado de golpe y lo masticó ruidosamente. En ese momento se sintió un poco
culpable por no haberle dicho a Tsugumi ni a nadie más que él había instalado
cámaras y micrófonos ocultos en todo el departamento como medida de seguridad
desde antes de que ellos llegaran. Casi se atragantó cuando la asesina de ojos
rojos caminó cerca del monitor, que por mero reflejo intentó tapar con su
cuerpo. Pero ella no había prestado atención a lo que hacía y solamente se pasó
de largo para irse a encerrar en la habitación de las chicas. “Eso estuvo cerca”
soltó un suspiro. Un poco más y sería hombre muerto.
“Bueno, basta
ya de juegos.” Lo mostrado en pantalla cambió y Oblivion empezó a teclear con
velocidad demencial. “En un par de horas más habré terminado de recolectar toda
la información que necesitaba, el lugar en el que la señorita va a estar en el
momento ya lo tengo confirmado y, detalles más detalles menos, ya tengo
elaborado el boceto de nuestra estrategia a seguir…”
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Aquella
ciudad le parecía tan aburrida. La vida nocturna no era la gran cosa y las
mujeres, tampoco. Además, eso de tener que pasar desapercibido sin hacer nada no
era su estilo. Justo había comenzado a preguntarle a su compañero cuánto tiempo
más iban a estar así. Ya faltaba poco para el evento que se suponía habían
venido a sabotear. De esto y otras cosas más hablaban los dos hombres de
apariencia un poco intimidante, sentados en la barra de aquel pequeño bar
cercano al puerto. Uno de ellos sintió su dispositivo móvil vibrar. Cuando vio
el remitente del mensaje abrió los ojos exaltado y le preguntó de inmediato a
su camarada si él no había recibido también un correo. El otro obedeció y
corroboró que a él también le había llegado lo mismo pero no se había dado
cuenta por el volumen de la música del local.
No se les olvide venir para antes de las
nueve de la mañana. Si pueden lleven algo de bebida y una buena dotación de
Cannoli.
—Vaya, ya era
hora —clamó uno de ellos con una sonrisa y pasó a beberse de un solo trago todo
el contenido de su vaso.
—La fiesta ya
está por comenzar, ¿eh?
—Sí, y
nosotros vamos a ser los invitados especiales.
¿Dinero?
¿Poder? ¿Fama? ¿Salvar a su señora? No, lo único que motivaba a esos dos
matones de ‘La Colmena’ era el tener la oportunidad de divertirse haciendo lo
que mejor sabían hacer. Tener una razón para pelear y medirse con otros en
medio del estruendo de los disparos y el olor a pólvora mezclada con sangre. Por
la mera y banal gloria de tener un rival a quien aplastar. Después de todo,
¿qué otra clase de gente aceptaría participar sin chistar en una misión suicida?
CONTINUARÁ…
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