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Bueno, como ya algunos habrán notado, ya tengo subidos todos y cada uno de mis fics que tengo publicados en FF.net A partir de aquí ya solo iré actualizando la única historia que no tengo en hiatus.

Cosa curiosa que debo aclarar es que en un principio no tenía planeado que este blog se convirtiera en mi vertedero de fics, sino usarlo como mi nuevo blog personal ya que el otro lo había llenado de tanta mierda que google me lo marcó como 18+ con todo lo que eso conllevaba (risas.) Solo que ya no he subido otros post con temas diversos ya que entre el trabajo, los videojuegos y leer manga, lo que me queda de tiempo libre lo dedico a mi fic y ya no tengo tiempo de postear otro tipo de cosas.

Por el momento veré si puedo llevar a cabo mi objetivo de reeditar mis fics viejos y continuar algunos más en lo que termino de una buena vez mi fic de Clichekoi xD


Gracias por su atención. Seguiremos en contacto.

FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) capítulo 20



En mi mundo.

Capítulo XX



—Muy bien, señores —exclamó Oblivion, el ahora líder táctico de la operación de rescate, tras haber dado un par de recias palmadas en el aire. La gran mayoría de los presentes, quienes se habían reunido en su departamento desde temprano, dejaron de chismear entre ellos y se giraron atentos hacia él—, quiero que ahora presten mucha atención a lo siguiente:

Las luces de la habitación se apagaron en el acto. Oblivion encendió el cañón proyector. En la enorme pantalla reflectora que yacía colgada en el muro comenzó a visualizarse la fotografía de una enorme y elegante residencia. Todos los reunidos miraron atentos.

—Esta, señores, es ni más ni menos que la mansión donde nuestra señorita se ha estado alojando casi desde que llegó a Palermo…

Oblivion caminó al frente. Sacó de su bolsillo y extendió una varita para exposiciones, misma que utilizaría durante el resto de la reunión para señalar, conforme desfilaban las imágenes y se adentraba en su discurso, algunos lugares clave del tan importante inmueble, tales como su entrada, las cuatro torres ubicadas en cada esquina, el enorme balcón del salón principal y el extenso jardín trasero.

—No se dejen engañar por su apariencia —agregó con ese tono medio bromista y ocurrente que lo distinguía—. Esta casucha, aunque parezca sacada del siglo XIX o de una de las muchas fantasías alucinógenas de Tim Burton, en realidad no tiene ni dos décadas de haber sido mandada a erigir.

»Ubicada en las afueras de la ciudad, sobre una extensa llanura a los pies del imponente Monte Cuccio, justo a un costado del antiguo poblado de Baida (ahora zona suburbana que  se localiza al oeste del núcleo de Palermo,) esta singular mansión ocupa, junto a todo el terreno de la propiedad circundante, un total aproximado de tres hectáreas. “38.113889, 13.283540” son sus coordenadas, por si un curioso al leer esto quiere saber dónde está ubicado. Sólo tienen que abrir Google maps, copiar y pegar.

—Oye, espera un momento —le interrumpió Paula desde el rincón—. ¿A qué viene esa estupidez sin sentido que acabas de decir?

—No lo sé, querida y dulce Paula —se llevó la mano al frentón y miró hacia el techo—. Supongo que debo ser ese tipo de personajes sabelotodo que los autores ponen en sus historias para dar a saber todo lo quieren que sus lectores sepan a través de sus tediosos diálogos y pensamientos —se aclaró la voz y volteó de nuevo hacia la pantalla—. En fin, como les iba diciendo…

—A este tipo ya se le zafaron todos los tornillos que le quedaban —masculló la albina con una mueca de repulsión—. ¿No lo crees, Black Tiger? ¿Eh? ¿Black Tiger?

Su compañera no le contestaba. Parecía estar completamente atenta a las explicaciones, ignorando cualquier distracción del resto del mundo. Su mirada profunda, con el seño fruncido reflejaba una seriedad y determinación apabullantes, así como también un dejo de rabia contenida. Paula, de lo mucho que se impresionó, se echó unos cuantos pasos atrás hasta tropezarse con Raku. Él, muy por el contrario de Tsugumi, se le veía tan cohibido, tan distraído; miraba hacia su costado como tratando de evadir a toda costa el contacto visual con Tsugumi, y se le notaban toda clase de tics nerviosos tales como golpetear su pierna con los dedos. En pocas palabras, se portaba como si en el fondo preferiría no estar presente pese a lo importante que era la reunión. Miró extrañada a ambos repetidas veces. Empezaba a sospechar que algo debió de haber pasado entre ellos.

—Toda la edificación en sí —continuaba, mientras tanto, Oblivion en su discurso— está hecha de hormigón armado de alta densidad reforzado con fibra de acero, y sus muros a su vez están engrosados con un doble revestimiento de CMC, material sintético que absorbe y mitiga las ondas de impacto y que brinda, por consiguiente, una resistencia increíble a las explosiones. Ya puedes estallarle hasta doscientos o más kilogramos de TNT en las narices a esos muros y estos seguirán en pie, incluso protegiendo de la onda sónica a los que se encuentren del otro lado pues este material también aísla la mayor parte del estruendo; que puede reventar los tímpanos y dañar los pulmones. Por si fuera poco, la misma densidad del concreto es efectiva para disminuir la radiación. ¡Carajo! Ya quisieran muchas prisiones tener la resistencia contra ataques terroristas de ese manicomio. Y todo esto sin perder el glamur, la elegancia —remató con tono irónico, burlesco, mientras señalaba las decoraciones y acabados de los balcones.

»¿Qué por qué les cuento todo esto? —La diapositiva cambió, mostrando ahora una imagen satelital enfocada en una de las torres de la mansión. Oblivion señaló con su varita hacia la ventana más alta—. Pues antes que nada, miren esto con atención. ¿Pueden decirme qué ven?

A Raku y Seishirou se les vinieron las quijadas abajo; sus ojos casi se les salían del rostro cuando se fijaron bien en la pequeña silueta de aquella persona asomándose. “¡No me digas que es...!” pensaron al unísono. Un buen puñado de los gansters presentes se les sumó cuando el hacker hizo varios acercamientos a la imagen, hasta que la identidad de esa jovencita de cabello rubio se hizo evidente.

—¡Así es, señores! —Gritó señalando con su vara la imagen de Chitoge, mientras señalaba hacia el techo y adoptaba una pose heroica—. Es en lo más alto de esta torre, la de la esquina trasera izquierda del edificio, dónde nuestra señorita, la hija de nuestro jefe se ha estado hospedando todo este tiempo. Y estoy completamente seguro de eso porque ella se ha asomado por esa misma ventana, una y otra vez, a la misma hora todas las mañanas y también por las noches desde que la comencé a monitorear. Al principio —reacomodó su gafas hacia atrás con la yema del dedo—, tenía mis dudas sobre cual de todos los posibles lugares sería en el que la señorita pasaría la noche en el momento en que ejecutáramos nuestro rescate. Pero ahora estoy completamente seguro de que ella va a estar presente en ese mismo lugar, incluso un día antes de la ceremonia, como lo ha venido haciendo todos estos días. Después de todo, todo parece indicar que ella no se encuentra hospedada en esa residencia por casualidad. ¡Qué mejor lugar que aquella fortaleza, que pareciera que fue mandada a hacer por un loco paranoico…! De todos modos, yo mismo me cercioraré que se la señorita esté presente en el lugar previsto antes de dar comienzo la operación. Es por esta razón que no he dejado de seguirle el rastro y no lo voy a dejar de hacer hasta que haya llegado la hora de proceder. Pero por si acaso, también tengo en mi poder toda la información necesaria de cada uno de los otros posibles lugares en los que la señorita podría pasar la noche de improviso, para que podamos operar de acuerdo al caso que se nos presente. Pero, dado que las probabilidades de que ella se va encontrar en este lugar cuando nos movamos, son prácticamente ya un hecho, vamos a enfocarnos en este sitio. Así que abran muy bien los ojos:

La imagen del proyector volvió a cambiar. Esta vez mostró en conjunto lo que parecían ser los planos arquitectónicos del sitio. Paula en sus adentros reconoció con un poco de asombro que toda la información que aquel sinvergüenza había reunido, aparentemente sin la ayuda de nadie, era sorprendentemente extensa, más si se tomaba en cuenta que una organización del crimen en teoría no se dejaría robar información confidencial tan fácilmente. Ichijo, Migisuke y Tsugumi, por su lado, se veían cada vez más interesados. A su manera trataban de descifrar por si mismos las imágenes, especialmente estas últimas, de las que intentaron memorizar cuanto les fuese posible.

—He aquí con ustedes cada uno de los planos  del lugar. —Uno de estos pasó a pantalla completa, aquel en el que se mostraban las dimensiones del exterior—. Como podrán apreciar, hay un total de más de sesenta metros de altura desde lo que es el suelo de la primera planta hasta la punta de cada una de las torres. Quizá algunos de ustedes se hayan imaginado, antes de saber esto, que lo más fácil y rápido hubiera sido escalar en sigilo desde afuera hasta llegar al balcón de la señorita. ¡No! Eso sería un puto suicido. Está demasiado alto por lo que nos llevaría un considerable tiempo el llegar hasta ahí y el sistema de seguridad nos detectaría. Eso sin contar que todas las ventanas del lugar están blindadas por lo que el derribar una para entrar desde lo alto sería muy complicado. No, no, no, sólo seríamos carne de cañón; nos acorralarían antes de poder siquiera llegar a nuestro objetivo. Lo mismo si intentamos llegar por paracaídas: vuestros cadáveres aterrizarían lentamente con decenas de hoyos en el cuerpo sobre el tejado.

»Tras haber estudiado minuciosamente todo el lugar, el sistema de seguridad, la ubicación del dormitorio de la señorita, pero sobre todo, al número y distribución de efectivos que asisten por las noches en esa residencia, llegué a la conclusión de que la mejor ruta para la infiltración es (y vaya que si es bastante irónico) entrar por la puerta del frente.

Algunos de los presentes se tomaron esta declaración como una posible broma de mal gusto. Las murmuraciones entre ellos no se dejaron esperar.

—Orden… orden… ¡Orden! —gritó Oblivion hasta hacerlos callar—. Dejen que les explique. Observen muy bien la distribución de cada una de las plantas primero:

Otro de los planos se mostró en pantalla completa. Se trataba del croquis de la primera planta.

—Como podrán apreciar, pese a lo que uno pudiese creer al ver la forma tan simétrica de la fachada, la distribución y tamaño de las habitaciones, pasillos y demás recintos dentro de la mansión es bastante irregular, como si no hubiese ningún patrón a seguir. Los corredores no guardan una disposición lineal que te permita avanzar y acceder rápidamente a los recintos, sino que te obligan a rodear y a veces tener que pasar forzosamente por ciertos salones para poder abrirte paso de un extremo a otro. Tan solo miren todo el jodido camino que hay que hacer para llegar de la entrada hasta las escaleras que se ubican casi en el costado derecho y hacia el fondo. —Cambió, en cuanto terminó de recorrer todo el camino con la punta de su vara, a otra diapositiva—. Llegas al segundo piso y te llevas la grata sorpresa de que las escaleras sólo llegan hasta ahí, y que para llegar a la siguiente planta debes ahora dirigirte a las escaleras que se encuentran casi al otro extremo del lugar, cruzando nuevamente por un sinfín de corredores van en zigzag, y que te pueden conducir, si no conoces el camino exacto, a salones cerrados que no te dan más opción que devolverte. Llegas a las escaleras, subes a la tercera planta y de nuevo tienes que lidiar con un camino tortuoso y confuso para llegar a las escaleras que conducen al cuarto piso. Llegas al quinto piso y… pff, creo que ya me entendieron… Llegan finalmente al quinto piso y pasan por unos cuantos corredores y salones hasta llegar al enorme salón de Banquetes: el recinto más grande de todos y que abarca la gran mayoría de esa planta. Este salón a su vez conecta con otros cuatro corredores más, que conducen a las escaleras de las cuatro torres de la mansión. Estas torres a su vez son tan altas como el resto de la edificación y agregan otros tres niveles más a escalar, dando un total de ocho plantas desde la entrada hasta la habitación de la señorita. Toda la puta mansión es, literalmente, un laberinto.

»Ya sé, ya sé… Dan unas profundas ganas de golpear en la cara al arquitecto responsable de semejante caos, ¿no es así? Pues así lo sería si no fuera por el pequeñísimo detalle de que el lugar está hecho así a propósito. De esta manera, una invasión, cualquier intento de atentado contra la mansión haría sumamente difícil a cualquier invasor abrirse paso a su objetivo, estando así en una gran desventaja en contra de sujetos que pueden moverse sin problemas por el lugar, y dando el tiempo necesario para la llegada de refuerzos; convirtiendo así este lugar en el refugio casi perfecto. Pero ese no va a ser nuestro caso, señores, porque para eso es que yo estoy aquí. Gracias a esta valiosa información que pude robar sabemos por dónde debemos ir para avanzar, y si lo hacemos en sigilo, adentrándonos lo más que podamos antes de ser descubiertos, podremos usar esta misma cualidad del edificio como ventaja a nuestro favor. Yo mismo he estudiado todo su sistema de seguridad ya que mi trabajo va a ser el abrirles un pequeño boquete para que puedan hacer su misión, además de dirigirlos y orientarlos ante cualquier inconveniente que se les presente durante el acto.

—¿Y cómo es que vamos a hacer todo eso? ¿Cuál es tu plan?—Cuestionó un Migisuke curioso y un poco escéptico ante lo pretenciosos que eran los planes del hacker—. Si se puede saber…

—¡Qué bueno que preguntas! Ya me estaba cansando un poco de la poca participación de ustedes.

Oblivion se sirvió un poco de refresco de cola en un vaso. Pasó a humedecer su boca con un profundo trago antes de proseguir en su discurso. Las imágenes mostradas en la pantalla cambiaron de vuelta, mostrando de nuevo aquellos burdos dibujos en caricatura hechos en paint que, se suponía, representaban a todos los participantes de la operación. La explicación dio comienzo, abordando temas, paso por paso, sobre el cómo se infiltrarían, los distintos roles que cada miembro ocuparía, los tiempos, los planes de contingencia y el equipo que se les proporcionaría a cada uno de ellos. Era un breve resumen teórico de cómo se darían las cosas en un caso relativamente moderado y controlado de acuerdo a sus expectativas y predicciones. Algunos de los gansters presentes sonreían emocionados cuando escuchaban los ases que el metódico agente guardaba en sus mangas; otros en cambio estaban un tanto confundidos o desilusionados con su rol asignado.

—Oye, espera un segundo, friki de mierda —un hombre corpulento, rapado y con tatuajes asomándose por su ramera sin mangas hasta llegarles al cuello, se pronunció—, ¿quieres decir que mientras nosotros nos vamos a partir el culo tú eres el único que va estar a salvo, escondido lejos del lugar y mirando todo desde un monitor?

Oblivion se rascó la nuca y suspiró—. A ver, déjame ver qué puedo hacer… ¿Sabes qué? ¡Tienes razón! —Gritó alzando los brazos de manera muy sobreactuada—. Voy a ponerme una gorra de beisbol y un pañuelo para cubrir mi rostro, voy a descargar todas mis aplicaciones mágicas de hacker en mi Smartphone —sacó su dispositivo del bolsillo y lo aireó de manera ridícula, haciendo toda clase de ademanes con él—, y voy a llegar en un coche robado hasta la mansión. Me voy a escabullir de cuclillas para que nadie me vea, lo suficiente para que mi teléfono pueda hackear el dispositivo de la alarma y ¡PUM! Desactivo las alarmas. Luego me acerco sin hacer ruido a uno de los muchos mafiosos que están de guardia y ¡Pum! Hago volar una tubería con agua caliente hackeando el sistema de agua y drenaje con mi celular mágico, y los dejo inconscientes. Me acerco a una puerta cerrada y ¡Zaz! Abro la cerradura eléctrica, que muy convenientemente también tiene una señal inalámbrica que puedo controlar desde mi teléfono gracias a mis aplicaciones de hackeo ‘for dummies.’ Luego, si me encuentro a mitad de una balacera, puedo hacer explotar algún aparato que esté cerca hackeándolo una vez más con mi celular para crear una distracción y así aprovecho para volarle los sesos a esos sujetos con mi escopeta recortada y… ¡MIS PELOTAS!

»Yo no estoy hecho para estas cosas. ¿Acaso es la primera vez que participas en una operación de este tipo, grandote? Es necesario que alguien más vigile y dirija todo desde un punto seguro y ese es mi trabajo. Los SWAT lo hacen, el ejército lo hace, las organizaciones no gubernamentales lo hacen y vaya que también lo hacemos nosotros cuando la misión es tan precisa y metódica como esta. Ya bastante he hecho yo con mi rol de robar información como para que todavía tenga que estar organizando y dirigiéndolo todo, ¿pero sabes algo? Igual tuve que hacerlo, porque no había nadie más lo suficientemente capacitado de los que lograron reunir. Ya quisiera verte a ti y a tus pocas neuronas haciéndolo todo y solo.

—¿QUÉ DIJISTE?

Migisuke tuvo un mal presentimiento y de inmediato corrió a interponerse entre ellos—. Tranquilos, muchachos, ¡vamos a calmarnos! —Sonrió con nerviosismo.

—Tú no te metas —el fornido hombre le empujó, pero el joven no se amedrentó.

—¡Quietos ustedes dos! —Oblivion aprovechó la confusión para sujetar de su musculoso brazo al agresivo hombre. Lo torció de manera hábil y amañada hasta obligarlo a caer de rodillas. Su víctima intentó zafarse pero por la manera en que le había aplicado dicha llave ya no podía hacerle nada. Terminó gritando, implorándole que lo soltara.

—¿Lo ves? La fuerza bruta no lo es todo. Es muy útil, sí. Pero más importante que la fuerza es el cómo la aplicas y dispones de ella. Ese es nuestro caso. Ellos nos superan en número, pero nosotros vamos a actuar de manera astuta pero sobre todo eficaz. Debo reconocer que mi trabajo nunca ha sido dirigir personalmente a un equipo. Lo mío siempre ha sido traficar con datos, monitorear y rastrear, pero siempre bajo la dirección de otra persona. Pero no estamos para ponernos exquisitos, lo quieran o no yo seré quién tome las riendas y ustedes me van a obedecer. ¿Están de acuerdo?

Los demás quedaron impresionados. Se miraron los unos a los otros y asintieron con timidez. El extravagante hacker sonrió satisfecho.

—Muy bien, muchachos. Esa es la actitud. Ahora, ¡vamos a probarles a esos come-pasta de qué estamos hechos! ¡Les demostraremos que uno no simplemente puede someter y humillar a nuestra banda sin sufrir su merecido castigo! Esos italianos no son más que un montón de mentirosos y buenos para nada, que se atrevieron a meterse con la hija de nuestro jefe. ¡Pero yo sé de donde vienen y quienes son, porque los he rastreado, conozco la identidad de quienes lo han hecho y no voy a dudar en denunciarlos con la cyber-policía! Si se atreven a hacer algo o hackearme de nuevo ¡serán ejecutados! Y si se atreven a meterse otra vez con la señorita Kirisaki, ¿adivinen qué? ¡Las consecuencias no volverán a ser las mismas!

Un silencio incómodo, en el que se podía incluso alcanzar a oír el ruido del tráfico por fuera del edificio, se formó luego de las últimas palabras del raro sujeto, ya que para todos los demás éstas carecían de total sentido. Oblivion experimentó aquella singular sensación que da al descubrir que uno simplemente acababa de hacer el ridículo; todo por tratar de ser gracioso mediante una parodia que nadie excepto él era capaz de entender.

—Olviden eso último —masculló cabizbajo y un aura de energía negativa rodeándolo. Caminó de regreso a la pantalla y continuó dando las indicaciones para la ejecución del plan.

No habría ensayos, por lo que todos debían memorizar tan bien como les fuera posible cada una de las indicaciones. Repasaron los pasos a ejecutar una y otra vez, durante todo el día hasta caer la noche. Cada uno de los posibles escenarios, los tiempos de ejecución, el recorrido que seguirían dentro de la mansión, los posibles hombres a los que podrían llegar a enfrentarse si algo salía mal y cómo debían actuar en caso de un imprevisto. Sin contarlo a él, los participantes de la operación de infiltración, búsqueda y rescate, eran un total de diecinueve miembros:

Migisuke, que por alguna razón desconocida para la mayoría de los presentes, había sido escogido por Oblivion para ser quien iría al frente dirigiendo a los demás. Con el apoyo de otros cuatro agentes, avanzarían unos metros por delante del resto del grupo, asegurando el sitio y haciéndose paso. Raku permanecería en el centro del grupo, siendo ‘Black Tiger’ y ‘White Fang’ sus escoltas personales, encargadas de protegerlo de cualquier peligro. Habría otros dos sicarios más en cada costado avanzando a la par del hijo del cabeza del Shuuei-gumi, listos para actuar ante cualquier situación, y por último otros cuatro miembros al final de la formación vigilando la retaguardia y cuyo objetivo sería retener cualquier inconveniente mientras el resto continua avanzando. Otro miembro más sería el encargado de tener preparado el vehículo que usarían para escapar, siendo respaldado por un compañero. Y, por ultimo, tres snipers vigilando y cuidando de este a la vez que esperan instrucciones en caso de alguna situación extrema.

—Bien, señores —dijo Oblivion luego de una atenuante sesión que parecía eterna—, creo que esto es todo lo que podemos repasar; ya no hay nada más que pueda prever por el momento. Así que espero que todo haya quedado lo bastante claro. Lo mejor será que descansemos. Hay que estar completamente descansados y en nuestra mejor condición posible. Mañana nos reuniremos en punto de las diez de la noche, y pasaré a proporcionarles el equipo que utilizaran para la operación. El asalto dará inicio a pocos minutos de la media noche por lo que todos deberemos estar en nuestras posiciones con antelación. Eso es todo, pueden retirarse.

Ya se había hecho de noche. Tanto Raku como el resto se sentían un poco cansados, pero su mente estaba tan saturada con información, que estaban seguros que no podrían dormir de inmediato. Oblivion les propuso dar una última cena y brindar por el éxito de la misión para despejarse un poco y todos estuvieron de acuerdo.

—Por cierto —se le ocurrió preguntar a Paula a mitad del festín, mientras devoraba un enorme cannolo—. Dijiste que nos darías todo el equipo necesario para la misión una hora antes de dar comienzo. ¿En qué momento vas a conseguir todo eso? Son muchas cosas. ¿Dónde las vas a conseguir en menos de un día?

—¿Pero de qué hablas, linda Paula? —Hizo un gesto bobo. Que su musa loli le dirigiese la palabra de manera tan casual le encantaba. La albina se irritó a ver su cara—. Ya hace mucho que tengo en mi poder todo lo que vamos a necesitar para la misión, desde las armas hasta el vehículo.

—¿En serio? —dijo Raku luego de haberle dado un mordisco a su emparedado—. ¿Y dónde los tienes?

—Pues el vehículo lo tengo aparcado en un estacionamiento privado que renté. Con las armas y demás equipo era mucho más complicado el tenerlas ocultas, por lo que opté por traerlas aquí.

—¿A-AQUÍ? —Gritaron Raku, Paula, Tsugumi y Migisuke.

—Sí.

—¿Pero en dónde? —Cuestionó la sicario de cabellos azabache—. En ningún momento he visto que tengas guardado nada de eso.

El hacker miró hacia el techo se rascó la sien con su dedo antes de contestar.

—Bien, si tanto lo desean saber, se los mostraré. Síganme.

El grupo caminó hasta la habitación donde dormían los varones. Una vez ahí Oblivion desprendió un poco el papel tapiz del muro del fondo descubriendo una pequeña chapa. Introdujo en ella una pequeña llave que llevaba consigo y la giró. La supuesta pared resultó ser una puerta corrediza que daba acceso a una pequeña. El resto miró sorprendido.

—¿Creyeron que el cuarto de chicos era mucho más pequeño que el de las damas por simple capricho? —Se jactó con una media sonrisa.

Metió la mano y presionó el interruptor. Las luces se encendieron revelando el interior del pequeño cuarto. Todos boquearon de la impresión. Pero a quien verdaderamente le brillaban los ojos era a Paula. ¡Casi toda una semana sin cargar armas consigo y ahora estaba frente a un paraíso!

—¡No puedo creerlo! —Gritó Paula con alegría mientras abría una a una las cajas y escrudiñaba el maravilloso surtido de arsenal que había en ellas. Raku al verla pensó en que su comportamiento y humor era equiparable al de una niña en una juguetería; comparación bastante macabra dado el contexto y la actitud a veces demasiado infantil de la sicario—. Pistolas semiautomáticas 9mm, Desert Eagle y revólveres de todo tipo de calibres; Carabinas M4A1 con lanzagranadas y visor ópticos integrados; Fusiles de asalto AR-15, AR-16 y AK-103 modificados, con mira óptica; fusiles de precisión Barrett M107CQ para francotiradores; escopetas regulares y recortadas, subfusiles automáticos Uzi, mini Uzi y micro Uzi, PP-19 Bizon y MP7A1 con silenciador y mira óptica, entre otros; granadas, explosivos plásticos y detonadores; granadas de luz cegadoras, gas lacrimógeno, equipos de visión nocturna…

Estuvo a punto de soltar un largo y escandaloso chillido cual fanática al ver pasar de lado a su artista favorito, pero contuvo su euforia al sentir la macabra presencia de cierto sujeto mirándole con una sonrisa mórbida desde atrás.

—¿Te gusta lo que ves, no es así? —Oblivion le acercó su rostro mientras le hacía ojitos—. ¿Eh? ¿Eh? ¿A que sí?

—Bueno —carraspeó, se cruzó de brazos y giró la cara hacia el lado opuesto—, n-no está mal, pero pudiste haber conseguido cosas mejores…

—Sabes que tú eres alguien muy especial para mí, querida Pauly. Por eso voy a hacer una excepción contigo y dejaré que tomes ahora mismo todo el armamento y munición que desees. Anda, que no te de pena. Coge todo lo que quieras —le susurró esto último al oído en un tono muy sugestivo.

La albina estalló en cólera, tomó del cuello a su acosador y comenzó a estrangularlo—. ¡Maldito pervertido! ¿Quién te estás creyendo? ¡Ya déjame en paz!

Por un momento los otros tres pensaron en detenerle pero supusieron que el tipo se lo tenía bien ganado, así que sólo observaron crispados.

—Por cierto… —musitó Oblivion con lo que le quedaba de aliento—, tengo algo especialmente para ti…

—¿Eh?

Cuando la albina por fin lo soltó, el hacker alzó su mano para alcanzar de un estante un enorme estuche de madera. Con un dejo orgulloso lo abrió frente a los ojos de Paula, dejando escapar un reluciente brillo que llamó la atención del resto.

—¿Qué es eso? —Preguntó Raku.

—¡Ta-da! Son ni más ni menos que dos preciosas Desert Eagle 6” calibre .357 magnum. Están chapadas en oro puro y tienen tus iníciales grabadas sobre en las culatas. Además vienen con un elegante set de cartuchos con balas de Plata. Yo mismo las mandé a fabricar como un presente especialmente para ti, mi bella musa lo… digo, mi querida y apreciada musa inspiradora. Espero que sean de tu agrado. Así, cada vez que las utilices podrás sentir como ellas te protegen como si mi propio cariño hacia ti lo hiciera y…

—¿Dices que tú las mandaste a hacer para mí?

Oblivion asintió con una sonrisa.

—Ya veo —devolvió el gesto, tomó el estuche y caminó hacia el baño, donde arrojó al retrete ambas pistolas. Todos los demás observaron desde afuera la escena: Tsugumi conteniendo lo más que podía las ganas de reír, Raku pensando en que había mil maneras mucho menos crueles de rechazar un obsequio, Migisuke preguntándose como era posible que semejantes armas pudiesen pasar a través del ducto de drenaje como si nada y Oblivion con la boca abierta, la mirada perdida y el cuerpo transformado en un pilar de sal que se deshacía poco a poco.

—Por cierto, se puede saber de dónde sacaste todo ese armamento —dijo Migisuke, quien parecía movido en su carácter de oficial encubierto.

—Así que te preocupa, ¿eh? —Oblivion caminó seguido por el resto de vuelta a la bodega—. Pues eso es lo más gracioso de todo. Verás, yo… se le compré todo a los Benedetti.

“¿Que tú Qué?” Gritaron todos con la piel erizada y los pelos de punta.

—Sí, lo sé. Es bastante irónico, ¿no? Me recuerda a cuando jugaba GTA-SA y por pura maldad mataba al vendedor de armas con las propias balas que me había vendido —sonrió de forma maliciosa—. Pero es que realmente no tenía otras opciones. El haberme traído todo este arsenal desde el extranjero habría sido sumamente complicado y tedioso, y el tráfico ilegal de armas en la isla de Sicilia es en la actualidad manejado casi en su totalidad por ellos. Así que realmente esto era lo más práctico y sencillo de hacer. ¡Pero no se preocupen, chicos! Todo lo hice con suma discreción, así que no hay nada de qué preocuparse. ¡Ah, por cierto! Raku…

—¿Sí? —Volteó confuso.

—Quiero que me digas si hay un arma en específico con el que tengas mayor experiencia o te sientas más cómodo.

—Realmente no tengo experiencia alguna.

—¿En serio? —Exclamó realmente asombrado—. Eso es un problema, pero veré que puedo hacer.

El experto en informática buscó entre todas las armas hasta que sacó una pistola semiautomática de tamaño mediano y se la ofreció al japonés.

—Toma. Es una Glock 22C. Es ligera y su fuerza de retroceso al disparar es muy baja, por lo que no se necesita mucha experiencia para poder dominarla.

—No la quiero.

—¿Qué dijiste?

—Que no la quiero. No uso armas de fuego. No va conmigo.

—Debes estar bromeando, ¿verdad?. Esto no es un juego, mozalbete. Por mucha protección que lleves nunca se sabe cuándo deberás defenderte por ti mismo. Tienes que pensar en las muchas cosas que podrían ocurrir si…

—Lo siento —Raku la empujó de vuelta a quien la ofrecía—. Aunque tú lo digas, yo no soy de los que usarían este tipo de armas para lastimar a otras personas. No la usaría así me la dieras. Así que no pierdas tu tiempo.

—Esto es problemático —se quitó sus anteojos, frunció el seño y se limpió el sudor de la frente pasando su mano. En su carrera dentro del bajo mundo era la primera vez que  veía al hijo varón de un líder criminal negándose a portar armas de fuego—. Pero por más pacifista que seas vas a tener que usar un chaleco antibalas. ¿De acuerdo? —Raku le asintió—. Déjame pensar en algo… ¡Ya lo tengo!

Oblivion volvió a hurgar entre todas las cajas hasta que sacó una de color negro y dimensiones un poco mayor a la de una caja de zapatos. La abrió y todos miraron lo que parecían ser unas pistolas de plástico un tanto extrañas. Cuando uno de ellos le preguntó qué eran, él respondió:

—Es una pistola de aire. Dispara dardos.

—¿Dardos? —cuestionó Raku confuso.

—Sí, dardos. Pero no cualquier tipo de dardos —contestó mientras mostraba uno de estos—. Son dardos tranquilizantes especiales. Estos bebés contienen una de las drogas somníferas más potentes y eficaces jamás creadas.

—¿En serio? —Paula parecía haberse interesado mucho—. ¿Puedo verla de cerca?

—Por supuesto, pequeña y dulce Paula. Toma. Bueno, como les decía, el efecto sedante de estos dardos es bastante efectivo: si le das de lleno a una persona con uno de estos, quedará irremediablemente dormida y fuera de combate. Y no importa lo que se haga, esta no despertará hasta después de las siguientes seis a doce horas a menos que se le administre el antídoto. Como podrán imaginar, la portación de este tipo de arma está completamente prohibida debido a que se le podría dar un mal uso como lo es el secuestro. Pero lo que convierte a estos dardos en un arma efectiva incluso para la defensa personal en situaciones de alto riesgo es que, a diferencia de las drogas que son comúnmente utilizadas para capturar animales, estas tienen un efecto instantáneo impresionante. Apenas pinchas a la victima y esta caerá al suelo.

—¿Oh, en serio es así de rápida? —Se escuchó la voz de Paula de alguna parte.

—¡Sí! La persona quedará inconsciente tan rápido que ni siquiera le dará el tiempo de darse cuenta que se está quedando dor…

Y de repente, Oblivion cayó contra el piso, revelando que Paula estaba detrás de él sujetando uno de los dichosos dardos.

—Dulces sueños, pervertido.

Tsugumi, Migisuke e Ichijo se horrorizaron ante lo que acababan de presenciar.

—¡P-Paula! —Gritó Raku entrado en pánico, agitando con pavor los brazos—. Qué… qué… ¿qué es lo que acabas de hacer?

—Lo mandé a dormir un rato porque ya me tenía harta. ¿No ves?

—¡No me refiero a eso! ¿Por qué lo hiciste?

Paula caminó de vuelta a la sala—. Ya mañana por la noche dará comienzo la operación. Por lo tanto esta es tu última oportunidad para buscar a la señorita Chitoge por tu propia cuenta y convencerla a tu manera que vuelva. ¿No es esto lo que tanto querías?
—Espera un momento —tanto él como Tsugumi quedaron pasmados—, ¿cómo es que tú sabes esto?

—No hay tiempo para explicaciones —la albina se sentó junto al enorme monitor en el piso y tomó el teclado y mouse—. La verdad es que no soy buena para estas cosas, pero creo que al menos deberí poder operar este satélite de rastreo y darte la ubicación actual de la señorita.

Todo este tiempo el hacker había estado consultando y siguiendo la ubicación de Chitoge desde su teléfono móvil, el cual usaba como medio de acceso remoto a su ordenador. Miraba constantemente y programaba la cámara para que siguiese su figura y cualquier vehículo que ella abordara a través de unos comandos que rozaban en la AI implementados por el mismo satélite. Tal y como había advertido en su discurso, él no le iba a quitar los ojos de encima hasta la hora cero.

—Parece que están de suerte —masculló Paula—. La señorita en estos momentos se encuentra fuera de la mansión.

Los tres japoneses se acercaron como bólidos al monitor. Observaron a Chitoge conversando junto a otros sujetos a quienes no pudieron reconocer, en lo que parecía ser una especie de parque. Pero lo que más llamó su atención era la ausencia de cierta persona.

—Qué raro —dijo la joven albina—. No veo al Sottocapo de los Benedetti.

Hizo un alejamiento del lugar, tratando de buscarlo. Notó que, efectivamente, Chitoge se encontraba dentro de un enorme parque y que sus escoltas estaban estacionadas en las afueras del lugar. Tras consultarlo con un mapa global de la red, identificaron el parque como El Jardín de la Zisa, una zona verde recreativa ubicada a un costado del palacio de Zisa, en la zona centro de la ciudad.

—¡Esta es nuestra oportunidad! —Gritó Tsugumi apretando los puños.

—Yo me quedaré aquí a vigilar los movimientos la señorita. Les avisaré por móvil si algo pasa, ¿entendido?

—¡Bien! —Gritó Tsugumi—. Entonces Migisuke-san y yo acompañaremos a Raku Ichijo y le ayudaremos armando una distracción para que pueda escabullirse hasta la señorita. ¡Démonos prisa!

—¡Espera, Black Tiger! —Con pequeñas lágrimas en sus ojos, Paula sujetó a del brazo a su colega.

—¿Qué te ocurre?

—Es que… es que… —Hizo un puchero. Se veía como una niña asustada—. ¡No quiero que me dejen aquí sola! ¿Qué tal si ese pervertido se despierta? De seguro va a estar muy molesto conmigo. ¡Tengo miedo!

—¿Estás de broma? —Tsugumi agitó su pierna tratando de liberarla de Paula, quien se había aferrado a ella con todas sus fuerzas—. Esto no es juego. Debemos escoltar a Raku Ichijo o de lo contrario…

—Lo sé… pero… ¡No me dejes sola con ese cabrón!

“¿Tanto miedo le tienes a ese sujeto?”

—Si ese el caso —se pronunció Migisuke—, entonces yo me quedaré con Paula-san.

—¿Qué? —Exclamó Tsugumi—. Pero Migisuke-san, ¿está usted bien con esto?

—Ella es su amiga —respondió echándole un vistazo a la pantalla—, así que lo mejor será que ustedes dos vayan y se reúnan con ella. Yo también estoy de acuerdo con esto. Si podemos solucionar las cosas sin necesidad de ser violentos, será lo mejor.

—Paula, ¿estás de acuerdo con esto?

La albina lo pensó por unos segundos antes de contestar—: Sí, supongo que mientras no me quede aquí sola.

—Bien, entonces ya está decido —sentenció Raku—. Tsugumi y yo iremos por Chitoge.

Tsugumi sufrió un sobresalto y todos sus músculos se tensaron. Tremendo nerviosismo que le invadió cuando cayó en cuenta que iba a quedarse una vez más a solas con Raku, luego de lo ocurrido apenas ayer. Con su rostro pálido y nadando en sudor frío, se apresuró a tomar cuantas armas, municiones y equipo le cupieron en su saco. Ambos japoneses salieron con presura camino al lugar señalado.

CONTINUARÁ…

FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) Capítulo 19

En mi mundo.

Capítulo XIX


Se encontraban ahí los dos, bailando en el centro de aquel bellísimo salón de banquetes  elegantemente ambientado por la iluminación de las velas en las pequeñas lámparas de pared colocadas a lo largo de los muros. Así como también por majestuosas ornamentas clásicas, tales como aquella enorme lámpara de araña de cristal de Baccarat que yacía colgada en justo  encima de la pista de baile. Por alguna inquietante razón todo el sitio se encontraba vacío de orilla a orilla, con la excepción de aquella joven pareja, a quienes parecía no importarles tal detalle. Sólo se dedicaban a moverse al ritmo del romántico vals que resonaba a lo largo y ancho del recinto, y a mirarse el uno al otro como si el resto del universo fuese totalmente irrelevante. Dicha pieza, que se distinguía por la armoniosa interpretación conjunta de los violines, el piano y variados instrumentos de madera, era tan sublime, tan magistral, que daba la impresión de que a cualquier persona le bastaría con cerrar los ojos al escucharla para que su conciencia fuese transportada al ritmo de la melodía a un mundo de ensueño. O al menos así lo imaginaba aquella jovencita de rubia melena mientras se aferraba con fuerza de los hombros de su amado. Con cada paso que la pareja dejaba sobre la pista se iba dando la agraciada impresión de que sus cuerpos estaban sincronizados a la perfección, tanto a la música como entre ellos mismos.

—Oh, Raku… —Balbuceaba Chitoge embelesada, con su rostro recargado sobre el pecho de su amado. Quizás había por lo sumamente bajo  de su voz que su compañero no le respondía, mas a ella no parecía importarle—. Prométeme que nunca más nos volveremos a separar. Tú y yo… de ahora en adelante… siempre vamos a estar juntos, ¿verdad? No quiero tener que volver a separarme de ti otra vez. Quiero estar contigo por siempre. De ahora en adelante, para toda la vida. ¿Me lo prometes, Raku? ¿Qué tú y yo nunca nos volveremos a separar? Prométemelo por favor.

—Sí, te lo prometo —sentenció su acompañante con suma autoridad—. Por siempre vas a estar a mi lado.

Chitoge, al darse cuenta que aquella fría voz no coincidía ni guardaba similitud alguna con la de Raku, levantó, espantada, la mirada hacia él. Y al ver horrorizada que la persona con la que había estado bailando todo este tiempo era en realidad Max, no pudo hacer otra cosa más que caer en pánico y chillar ensordecedoramente.

—Por siempre…

—¡No! ¡Suéltame!

Gritaba una y otra vez, tirando manotadas al aire hasta que por fin se dio cuenta de que se encontraba sola, recostada y con la cabeza sepultada bajo una pila de almohadas de pluma de ganso. El resto del cuerpo lo tenía completamente enrollado con la sabana y el edredón; seguramente había terminado así luego de lo mucho que se debió haber estado revolcando en su cama a causa de las pesadillas. Frustrada, estrujó las sábanas y apretó los dientes. Estaba emocionalmente agobiada por tan amargo sabor de boca que la experiencia onírica le acababa de dejar.

Quizás esta había sido la primera vez que Chitoge tenía un sueño desde que había llegado a Italia, o simplemente éste había sido el primero lo suficientemente espeluznante para no olvidarlo apenas al despertar. No estaba muy segura, pero realmente ella prefería ya no darle más vueltas al asunto.

Se talló los ojos, estiró sus brazos y gateó por debajo del cobertor hasta la orilla de la cama, la cual aún le parecía que era demasiado enorme, ridícula y exageradamente grande para una sola persona. Metió despacio sus dos pies en aquellas suaves pantuflas de lana que le aguardaban sobre la alfombra. Luego miró atentamente hacia el pequeño buró artesanal de al lado. Abrió con cuidado el cajón y sacó de una pequeña caja de madera sus dos preciados objetos: el colgante dónde llevaba aquella pequeña llave de color dorado, con el ojo en forma similar a la forma un trébol y una perforación en forma de media luna en el centro del paletón; y su viejo rojo listón para el cabello. Los acarició y observó atentamente, con un mohín de melancolía y nostalgia. El hacer esto cada mañana en cierta forma la confortaba y le brindaba un poco más de fuerzas. Los guardó con sumo cuidado de vuelta en su sitio y se dirigió a recorrer las cortinas del enorme ventanal de la habitación. Luego abrió el cristal, se asomó y miró hacia el cielo notando cómo aquella mañana en particular era una muy nublada y gris. No le extrañaba pues anoche no había parado de lloviznar. El viento, húmedo y frío, golpeó su cara y su larga y despeinada melena comenzó a ondear al ritmo de éste. Desde lo alto de aquella torre podía divisarse todo el jardín de la mansión. Chitoge miró hacia abajo y puso especial atención en aquella escultura de mármol en forma de querubín que se encontraba en la cima de aquella gran fuente del centro. Se preguntó una vez más cuándo es que se decidirían a repararla, pues le parecía muy triste que a ésta le faltara un brazo y no hicieran nada, como si a nadie más le importase. Suspiró, luego sacudió con fuerza la cabeza para sacudirse todos aquellos pensamientos vagantes, y se apresuró a arreglarse.

Toda la servidumbre y uno que otro proxeneta la reverenciaba y saludaba con sumo respeto en cuanto la veía pasar. Chitoge simplemente les regresaba el saludo con un ‘buenos días’, que a duras penas y se oía. Le faltaba ya poco para llegar al comedor cuando se topó con aquella silenciosa mujer, aquella que, por alguna razón, siempre fungía como la sombra de Max, llamada Karen. La misma que por cuya extrema severidad y esa fría y casi inexpresiva mirada, Chitoge consideraba un tanto escalofriante. “No importa qué hora del día sea, siempre va vestida como si acabara de salir de un funerario” pensó la rubia arqueando un poco la ceja.

—Buenos días, mi señora —le saludó con una reverencia. Aquella pelirroja daba además la incómoda impresión de que había estado aguardando por ella, parada en ese sitio desde temprano —. Espero haya pasado una excelente noche.

—Buenos días —A Chitoge no le causaba ninguna gracia que aquella antipática mujer se dirigiese a ella de esa forma tan pomposa, lambiscona y ridícula, mas todas sus súplicas para que dejara de hacerlo nunca fueron escuchadas—. Estoy bien, gracias. En fin. Supongo que si estás aquí es porque Max ya debe estar en la mesa. Hazme el favor de decirle que…

—No, señora. Se equivoca. Mi señor no va a asistir el día de hoy.

—¿Qué?

—Tal y como lo oye. Anoche surgió un fuerte inconveniente que mi Señor tuvo la necesidad de atender en breve, por lo que desde la madrugada tuvo que salir de la ciudad.

—¿Cómo? —Chitoge se exaltó, comenzaba a preocuparse—. ¿Qué rayos pasó? Dime.

—Me temo que no puedo darle más detalles, señora. Todo lo que puedo decirle por el momento es que lo más probable es que mi señor no va a regresar hasta el día siguiente.

“¿Qué habrá pasado?” Se preguntaba la rubia. Lo que más le inquietaba era el hecho de que había sido el mismo Max quien le había advertido en reiteradas ocasiones sobre el peligroso que podría ser si ellos se separaban demasiado tiempo. Y ahora él, a escasos tres días de la boda, estaba haciendo justamente lo que dijo que no debía hacerse. No tenía ningún sentido. “Pero si esto es cierto, ¿qué está haciendo ella aquí?”

—Es debido a ello —continuó Karen— que mi señor me pidió que cuidara personalmente de usted en su ausencia. Por lo que voy a escoltarle a partir de este instante hasta el regreso de mi señor.

—¿CÓMO…?

La expresión de Chitoge se transfiguró hasta quedar hecha una suerte de garabato mal dibujado y surrealista. Aquella silenciosa sicario era quizás la última persona de la ciudad con la que desearía tener que pasar tiempo a solas. Y es que cada vez que miraba su rostro con atención tenía el extraño presentimiento de que ya la había conocido de tiempo atrás. Mas no lograba nunca acordarse, descifrar de dónde o porqué ya la había visto. Además, había incluso momentos en los que podía sentir como si estuviera ocultando ‘algo’ tras su mirada, como si por detrás de todo ese servilismo se escondiese en realidad un profundo sentimiento de rechazo, de desprecio hacia ella. O quizá todo esto no era más que fruto de su imaginación, influenciada por la poca emotividad que aquella amargada mujer demostraba en todo momento y en cualquier situación. Después de todo, no había una sola persona a la que ella le sonriera o con quien siquiera ablandara un poco la mirada. Quizás la única excepción a esto último era su amo, la única persona en el mundo que daba la impresión de llevarse bien con ella.

—También le informo que su itinerario para el día de hoy seguirá siendo el mismo pese a esta contrariedad, por lo que le suplico que se vaya preparando con tiempo. Yo seré personalmente quien la lleve a su compromiso de la tarde en Monreale.

‘Itinerario,’ ‘Compromiso.’ A Chitoge cómo le asqueaban aquellas palabras por lo que habían pasado a significar en su vida desde el momento en que Max le había dejado en claro cómo iban a ser las cosas de ahora en adelante.

—Está bien —afirmó Chitoge taciturna. Se despidió de la pelirroja y se apresuró al comedor. Karen, recargándose en la pared y cruzándose de brazos como era costumbre en ella, la miró alejarse mientras se quedaba a vigilar el pasillo.

Chitoge tenía esperanzas de que al menos el momento del desayuno le daría aquellos instantes de tranquilidad que necesitaría para reunir fuerzas y prepararse para lo que se venía.

Y es que, pese a que prácticamente la totalidad de la gente poderosa e influyente de Palermo sabía a la perfección cuál era el mundo en que se desenvolvían tanto Maximiliano como toda su familia, tenían la necesidad de simular, de mantener con ayuda de la prensa y otros medios en los cuales poseían influencia, una imagen pública ante los ojos de la mayoría. Su abuelo, por ejemplo, era ante los ojos del mundo un reconocido empresario, dueño de múltiples negocios locales, fundador de una compañía constructora de renombre y accionista en algunas transnacionales; uno de los hombres más ricos y honorables de Italia. Por otro lado Maximiliano a su corta edad ya se había convertido también en toda una celebridad. Era reconocido como el joven nieto de Benedetti, el futuro heredero de la mayor parte de su fortuna en ausencia de su difunto padre. Chitoge, siendo su prometida, había tenido que ser presentada dentro de las altas esferas de la provincia. Ella era la hija de una de las empresarias más reconocidas y exitosas del mundo, siendo la conexión empresarial de sus familiares la razón por la que estos dos se habían conocido y enamorado. Chitoge, por tanto y desde que se mudó, no había parado de asistir junto al italiano a toda clase de eventos sociales: cenas, bailes, cocteles y eventos de caridad; con el fin de relacionarse debidamente con todas las amistades y contactos de su abuelo. Todo esto era necesario para que nadie se atreviese a poner en tela de juicio la veracidad de su compromiso, le había explicado en alguna ocasión el italiano.

“Qué raro” pensaba mientras sorbía de aquel exquisito y aromático té cuyo sabor no podía reconocer. “Recuerdo que hace tan sólo unos años mi vida no era muy distinta a como es ahora. Y, sin embargo…” miró hacia los costados poniendo especial atención en el detalle de que ella era la única presente pese a lo enorme del comedor. El silencio que había era tal que el ruido que hacían los cubiertos de plata al friccionándose con la vajilla de porcelana cada vez que trata de partir un bocado, le resultaba molesto. “Todo se siente tan diferente. No puedo acostumbrarme. No sé por qué pero no puedo.”

Pero el evento social al que Chitoge tendría que asistir hoy era diferente. Tanto que si ella pudiera al menos elegir uno de entre todos esos tediosos compromisos y borrarlo de la existencia, o al menos tener la oportunidad de no acudir, sin duda elegiría este. Se le revolvía el estomago tan solo de pensar lo que allá iba a celebrarse, al punto de que trataba de negarlo, verlo como a una simple fiesta más. Pero no podía; todo lo que conseguía era deprimirse aún más. Aquella dichosa celebración a la que estaba por demás obligada a asistir era, esencialmente, el peor recordatorio que podría existir sobre su decisión, pues le echaba en cara, de manera insolente y maquiavélica, las consecuencias de su resolución; que todo lo hecho, hecho ya estaba, y ya no habría vuelta atrás. Lo más terrible de todo era, quizá, el hecho de que una vez allá estaría obligada a fingir que no podría estar más agradecida y feliz cuando la realidad era exactamente todo lo opuesto.

Por primera vez en mucho tiempo no pudo terminar su plato. Se levantó de la silla con ímpetu, azotando la mesa, y se dirigió a tomar un baño. Si esto iba a ser ineludible, lo más sensato sería afrontarlo de una buena vez, se dijo para sí misma con convicción. Chitoge todo este tiempo había estado imaginando que quizás todas aquellas fiestas, cenas y bailes de caridad hubiesen sido mucho más agradables y fáciles de llevar si aquel manipulador bastardo no hubiese tenido que estar presente. Si ella hubiese asistido por su cuenta, ahorrándose así la pena de tener que pretender amarle en frente de todos. Pero ahora mismo, mientras se vestía y arreglaba su cabello, comenzaba a darse cuenta con desdicha que hubiese sido exactamente al revés. Después de todo, había sido Max el que siempre sacaba la casta cada vez que ella se quedaba sin ganas de decir nada y bajaba la mirada en medio de las agobiantes conversaciones, mismas que ella, hasta la fecha, continuaba entendiendo a medias. Las altas castas tenían la arraigada costumbre de ser mordaces y muy competitivas. De siempre intentar humillar y dejar en los suelos a todos aquellos que se dejasen, con tal de sentirse superiores, descargar toda su envidia, alimentar aún más su soberbia. Pero incluso si Max no se hubiese tenido que ausentar este día, Chitoge de igual forma habría tenido que lidiar por si sola la para nada esperada celebración.

Todas las que se suponían que eran ‘sus nuevas amigas’ iban a estar presentes.

Con esto en mente, Chitoge abordó el vehículo. Por regla general Karen siempre era el chofer del transporte en el que viajaba Max, por lo que ellas dos sólo coincidían adentro de un auto cuando él también estaba presente. Por lo que esta sería la primera ocasión que se quedarían las dos a solas tanto tiempo, sin él como su mediador. Nuevamente la presión de tener que lidiar con la que podría ser la mismísima encarnación de la antipatía se apoderó de Chitoge y el nerviosismo no se dejó esperar. El silencio se tornó incómodo. Ellas de vez en cuando se miraban por breves intervalos a través del reflejo del espejo retrovisor del centro. En cuanto salieron del terreno de la mansión el resto de escoltas no se hicieron esperar y se juntaron a ellas, creando el ya típico ‘desfile’ de autos que sorprendía y a la vez no al del resto de vehículos y peatones. El ser vigilada tan escandalosamente, siempre que tenía que salir sin importar a dónde, abrumaba en demasía a la rubia. A menudo se preguntaba si este martirio algún día cesaría, pues comenzaba ya a temer por su salud mental.

En menos de treinta minutos llegaron por fin a su destino. El resto de coches ya se habían estacionado a una cuadra o dos del bello salón de recepciones. Karen salió y abrió la puerta del pasajero. Chitoge, al salir miró el cartel que colgaba en la fachada y sintió su garganta secarse. Era realmente la primera vez que deseaba, con todas las fibras de su cuerpo, el no tener que estar presente en una celebración. Pero su ausencia era simplemente imposible. Después de todo, ella era ni más ni menos que la homenajeada, la invitada de honor.

En breve daría comienzo su despedida de soltera.


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—Oye, Aniki —clamó en voz alta Aiba Migisuke luego haber tocado la puerta—, soy yo. ¿Puedo entrar?

Como ya era costumbre desde aquella funesta noche, Raku no le contestó. Migisuke abrió la puerta de todos modos. Miró y se acercó donde el chico, quien aún se encontraba en aquel rincón de la habitación, en dirección al muro, sentado en el piso y abrazando sus rodillas.

—Mira, te traje esto —colocó con sumo cuidado en el suelo una bandeja que llevaba un plato y un vaso. Al hacerlo, notó que la comida de las otras charolas que le había llevado en la mañana y en la tarde apenas y las había tocado—. Tsugumi-san lo preparó. Está sabroso.

El oficial de policía permaneció a su lado por unos instantes más, por si él al fin se decidiría a darle respuesta, pero al convencerse de que Raku iba a continuar ignorándolo, emitió un profundo suspiro y se retiró un poco decepcionado.

—¿Cómo se encuentra Romeo? —Preguntó el extravagante hacker en cuanto Migisuke entró de vuelta a la sala. Para no perder la costumbre, Oblivion seguía con la fea costumbre de no despegar los ojos del monitor ni siquiera cuando se dirigía a otras personas—. ¿Aún sigue en su modo ‘Emo-perdedor’?

Al policía no le hizo ninguna gracia ese comentario. Después de todo, él había sido el responsable de toda la pelea, y Raku tenía muy buenas razones para estar tan indignado, o al menos así lo veía. Y no sólo él: Tsugumi y Paula aún estaban bastante molestas con él, que no paraban de mirarlo con descrédito.

—Oigan, ¡ya bájenle! —Exclamó el experto en informática. No necesitaba ver sus rostros para darse cuenta, a través del aterrador silencio, que todavía estaba siendo juzgado por su decisión—. Ustedes saben muy bien que tenía que hacerlo. Si tanto quieren hacer un boicot, porque piensan que soy un tirano, un pedazo de mierda, un insensible o lo que sea, háganlo de una buena vez. ¿Qué les detiene? ¡Háganlo! ¿Qué pasa, no se atreven? Vamos, muchachos, con confianza, sublévense… ¿Nada? Ya veo, entonces no se atreven a hacerlo… ¿Quieren saber por qué? Porque en el fondo saben que yo tengo la jodida razón. Y no, no voy a pedirle una disculpa a ese necio luego de lo que hizo anoche. No tengo por qué hacerlo, el único imbécil aquí es él. Además, a mí no me importa si por hacer mi trabajo termino como el malo de la historia de su estúpido cuentito de hadas. O si no, díganme: ¿creen que si de verdad me importara que sujetos como él me vean como ‘el villano’ tendría yo este oficio en primer lugar? ¿Lo creen? ¡Bah…!

—Creo que saldré un rato —dijo Migisuke con repudio, se dio la media vuelta y caminó hacia la salida.

—Yo también —Paula se apresuró a tragarse lo que le quedaba de su Cannolo y siguió al oficial a la puerta, no sin antes agarrar una bolsa colmada de este singular postre siciliano para el camino. Tsugumi estuvo a punto de ir detrás de ellos pues no quería quedarse a solas con aquel sujeto. Pero…

—No, Seishirou, tú te quedas —le ordenó Oblivion—. Recuerda que al menos uno de ustedes debe quedarse en el departamento y vigilar que el idiota ese no intente escapar.

Tsugumi apretó los puños y refunfuñó. Tener que seguir las órdenes de ese estúpido, pese a todo lo que le hizo a Raku, sólo por ser pieza indispensable en el plan rescate de la señorita, le resultaba hastioso, humillante. Luego de lo acontecido aquella noche, hasta el respirar el mismo aire que él le daba náuseas.

—De acuerdo —le contestó tajante y de muy mala gana. Dando enormes zancadas, Tsugumi llegó hasta la puerta de la habitación donde Raku estaba confinado y abrió el cerrojo con la copia de la llave que le habían dado.

—Raku Ichijo… Soy yo.

Verlo en ese estado tan depresivo le encogía el alma. En parte se sentía la responsable, pues a final de cuentas había terminado por acatar las órdenes de Oblivion en lugar de ponerse de su lado; aún y cuando hace apenas un par de días ella se había comprometido a ayudarlo a buscar a Chitoge por su propia cuenta. Esa misma promesa que ahora ya no iba a poder cumplirle le pasaba factura a su consciencia.

—Raku Ichijo —insistió—, por favor respóndeme.

—No te preocupes, Tsugumi… estoy bien —dijo aunque cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta que era una total mentira—. Entiendo que no tenían opción. No es con ustedes con quien estoy molesto.

—Deberías por lo menos comer algo —dijo tras mirar su plato—. ¡Casi no has comido nada desde ayer!

—No tengo hambre.

—Si no te alimentas correctamente vas a sentirte débil. Tienes que calmarte o…

—No voy a calmarme, Tsugumi —exclamo con la voz a medio quebrar y estrujando con ansias la tela de su pantalón—. No voy a hacerlo hasta a ver a Chitoge….

—Raku… Ichijo…

Tsugumi titubeó. Ella en el fondo se encontraba igual o peor que él. Se sentía como una completa inútil que no había parado de cometer un error tras otro, echándolo todo a perder. Lo primero fue el haber perdido toda la confianza que Chitoge alguna vez le tuvo, a causa de su propia falta de autocontrol. Después, cuando se le encomendó una importante y sencilla tarea: mantener alejado de la señorita a un simple y miserable hombre, orden que aún cuando el propio Claude se la había confiado creyendo en ella; terminó echando todo a perder gracias de nuevo un momento de duda y debilidad. Más adelante cometió la soberana, la imperdonable estupidez de abandonar por completo su puesto como vigilante, dándole así la oportunidad que aquel bastardo de los Benedetti necesitaba para asestar su golpe, todo por haber subestimado de nuevo la gravedad de la situación. Y ahora, una vez más estaba ahí, siendo incapaz de cumplir con la promesa que le había hecho a Raku de ayudarle a buscar a Chitoge por cuenta propia; faltando nuevamente a su palabra, decepcionando al hombre que más había confiado en ella. Se veía a sí misma como un cúmulo de fracasos viviente, que no paraba de defraudar, una y otra vez, a todas y cada una de las personas que alguna vez la necesitaron. ¿Hasta cuándo le seguirían saliendo las cosas tan mal? ¿Hasta cuándo la gente a su alrededor tendría que seguir pagando las consecuencias de sus malas decisiones y desaciertos? El ver ahora a Raku, a la persona que quizás era la que peor lo ha estado pasando desde que todo comenzó, en tales condiciones, completamente derrumbado y desesperanzado, sólo agravaban aún más sus sentimientos de culpa. Pero ahora más que nunca tenía que mantenerse firme si es que quería cumplir el juramento que se hizo a sí misma antes de partir a Sicilia. 

“Date cuenta… date cuenta que, dependiendo de cómo se den las cosas, estos podrían ser los últimos días que podrás pasar al lado de ese hombre…”

“Paula… tú… ¿Qué es lo que supone que tengo que hacer? Después de todo lo que ha pasado, ¿acaso aún tengo siquiera el derecho a sentir esto?”

Despacio se acercó y se sentó junto al deprimido muchacho, adoptando la misma postura que él. Éste continuaba inerte, ensimismado. Tsugumi dejó pasar un buen de tiempo antes de decidirse a dar el paso.

—Raku Ichijo —susurró tan quedo que Raku apenas pudo escucharla—, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Dime —dijo también en voz baja, justo cuando ella ya había dado por hecho que ya no le iba a responder.

—Tú… ¿amas a la señorita?

Esto sí que tomó por sorpresa al joven japonés, tanto que dio un respingo, alzó la cabeza y volteó a mirarla—. ¿Pero qué me estás preguntando?

—Te pregunté si amas a la señorita Chitoge. Sé que es ridículo que lo pregunte, pero quiero escucharlo de ti. Por favor, responde.

—P-pe-ro es que no entiendo por qué me estás preguntando eso tan de repente…

—No me preguntes eso. Sólo contéstame y ya. ¿Amas a la señorita Chitoge?

Raku casi por reflejo estuvo a punto de negarlo, pero justo antes de hacerlo se acordó un importantísimo detalle:

“Es verdad, Tsugumi todo este tiempo ha creído que Chitoge y yo estábamos en una relación…”. Aquello le hacía sentir un poco de remordimiento, por el mero hecho de haberla tenido que engañar al igual que todos los demás. “Me pregunto si este será un buen momento para decirle la verdad. Después de todo, en estos momentos ya no hay necesidad de seguir pretendiendo que… No, no es verdad. Hasta no saber cómo va a terminar todo, lo mejor será que dejé las cosas tal y como están…”

—Así es. La amo.

—Ya veo. —Aunque Tsugumi tenía más que asumida que esa iba a ser la respuesta, tan sólo oírla de la voz de Raku bastaba para que su corazón se estrujara y sus ojos se llenasen de paño. Pero pese al dolor que le ocasionaron, aquellas palabras eran lo que necesitaba oír para poder dar el siguiente paso—. Raku Ichijo, hay algo… hay algo que tienes que saber.

—¿Qué?

Raku se giró extrañado y se dio cuenta que ella no sólo había comenzado a temblar mientras se aferraba con fuerza a sus rodillas, sino que, además, todo su rostro se había enrojecido y le costaba respirar.

—Raku Ichijo —dijo entre dientes sin poder despegar la mirada del piso—, debes de saber que yo… ¡quiero que sepas que yo…! Que yo te… que yo te…

Tsugumi sintió no uno, sino cientos de nudos bloqueando su garganta. La expresión de su cara tratando de vencerlos hizo a Raku boquear de la impresión.

—T-tsugumi… ¿Qué es lo que…?

—¡YO TE ODIABA! —Gritó finalmente con todas sus fuerzas, los ojos cerrados y una mueca semejante a la de alguien que acababa de escupir aquello que la venía estando asfixiando.

—¿Cómo?

—Te odiaba —repitió bajando la voz hasta el casi mudo volumen del inicio—. Al principio, cuando te conocí, yo te odiaba, Raku Ichijo. No sólo te detestaba, sino que te aborrecía con todas mis fuerzas, con todo mi ser. Estaba convencida de que tus intenciones con la señorita no podían ser buenas; de que sólo la estabas engañando, de que sólo querías aprovecharte de ella, usarla para tus propósitos. Porque así me lo dijeron y así lo creí. De tan sólo pensar que pudiera existir alguien así, capaz de jugar con los sentimientos de la señorita, eso me hacía hervir la sangre. Me daban unas ganas de aplastar con mis propias, como a un insecto, a quien quiera que se atreviese a hacerle daño a la señorita. Por eso te odiaba, Raku Ichijo, porque creía que tú eras esa clase de hombre. Además, no podía imaginar a alguien tan débil y patético como tú siendo capaz de proteger a la señorita, o siquiera ser digno de respirar el mismo aire que ella. Para mí tú eras la mayor de las escorias. Te odiaba tanto que… que si en ese entonces me hubieses dado una sola razón, te habría asesinado con mis propias manos. En ese tiempo nada me habría hecho más feliz. Porque te odiaba… yo de verdad te odiaba.

—Ya veo —musitó Raku cabizbajo, se sentía un poco apesadumbrado por la rudeza de la sicario. Aunque parte de lo que le había dicho ya lo sabía de tiempo atrás, trató de aparentar que algo de la declaración de Tsugumi le había sorprendido.

—¡Pero…!

—¿Eh?

—Pero tú… a pesar de todo lo que te hice. A pesar de todo lo que te dije, de lo mal que te traté. Aunque yo misma te veía como mi enemigo y siempre buscaba la manera de apartarte de la señorita. A pesar de que no lo merecía, tú siempre estuviste a mi lado, confiando en mí como si lo mereciera…

Era cómo si a Tsugumi el ir pronunciando cada oración se le dificultaba el doble de esfuerzo que la anterior. Raku lo notó y pensó por un momento pedirle que se tomara las cosas con calma, pero no tuvo el valor de interrumpirla.

—Siempre fuiste amable conmigo y me ayudaste, a pesar de no merecerme tus atenciones. Creíste en mí y nunca me guardaste ningún rencor aún cuando yo misma no confiaba en ti. Me aceptaste como a uno más de tus amigos mientras que yo por dentro seguía viéndote como mi enemigo. Me diste palabras de aliento, me enseñaste la alegría de convivir con las personas a las que les importas y a confiar más en mí misma. Me protegiste a tu manera, incluso cuando te grité muchas veces que no necesitaba tu ayuda, tú me insististe. Poco a poco me fuiste demostrando que yo estaba en un error, que tú no eras como me habían dicho. Y me di cuenta que era imposible que alguien como tú le pudiese hacer daño a la señorita. De que tus sentimientos por ella son sinceros.

Raku pegó un respingo—. Bueno, yo…

—Es por eso que ahora estoy tranquila. Porque sé que puedo confiarte a la señorita; porque ahora sé que mientras esté contigo, la señorita será feliz y nunca le va a faltar nada. Me alegra desde lo profundo de mi corazón que la señorita Chitoge haya tenido la dicha de conocer a alguien como tú, Raku Ichijo.

—Tsugumi, espera… —Raku comenzaba a sentirse, por alguna razón, un poco inquieto, como si algo no anduviese bien—. Creo que deberías saber que…

—¡Y es por eso que no debes preocuparte! Porque pase lo que pase, te prometo que me voy a asegurar de que puedas traer de regreso a la señorita. ¡Te lo juro! No debes tener dudas de que no existe manera en la que ella te haya abandonado de verdad. Estoy segura de que en estos momentos la señorita debe estar igual de ansiosa que tú por verte de nuevo. No voy a darme por vencida, voy a luchar hasta que ustedes vuelvan a estar juntos. No me importa cuál sea el precio que deba pagar, si es necesario dar mi vida, lo haré. Es lo menos que puedo hacer para compensarlos por todo lo que les hice pasar alguna vez.

—Tsugumi, ¡espera un momento! —Raku, alarmado, se acercó hasta ella—. ¿Qué estás tratando de decirme con todo eso?

—Sólo te pido un favor a cambio: que cuides mucho a la señorita. Yo sé que ella también debe quererte mucho, tanto como tú a ella, así que no tengas miedo. Nunca dudes de sus sentimientos por ti. Todo va estar bien, Raku Ichijo. Yo misma estoy segura de ello. Y lo sé mejor que nadie porque… porque yo… —Hizo una breve pausa en la que sus labios se torcieron y su cejo se frunció, pero inmediatamente sustituyó aquella mueca de dolor por una cálida y transparente sonrisa, misma que tomó por sorpresa a Raku, quien no se habría imaginado que alguien como ella sería capaz de poseer semejante expresión cargada de dulzura—. Porque incluso alguien tan inútil para estas cosas fue capaz de darse cuenta del porqué ella te ama tanto.

Y acto seguido, sujetó con ambas manos el rostro del hombre a quien durante tanto tiempo había amado en secreto, y, sin darle siquiera tiempo de anticiparse a lo que iba a hacer, pasó a unir sus labios a los suyos, suavemente y de manera prolongada. Raku se quedó totalmente estático; incluso sus pensamientos parecían haberse congelado durante esos instantes en que duró el beso. Cuando finalizó, Tsugumi se giró en sentido opuesto. Ya no habló más; en su lugar se puso de pie y caminó a paso seguro hacia la salida, como si pretendiera que nada fuera de lo común acabara de pasar. Raku continuaba paralizado en su rincón, con la mente en blanco y con una desencajada expresión de incredulidad.

—¡Más te vale que te olvides en este mismo momento de lo que acaba de pasar —se giró para ordenarle furiosa, con la cara completamente bañada en rojo—, porque si se lo cuentas a alguien te voy a volar los sesos! ¡ME OISTE!

La estrepitosa voz de la sicario bastó para que Ichijo al fin saliera de su trance—. ¿Qué? Espera un segundo… ¿QUEEÉ? ¡Espera un momento, Tsugumi! ¿Qué demonios se supone que significa esto? ¿Acaso…?

—¡Cállate! —Azotó la puerta con tal fuerza que la habitación entera se estremeció.

Y él se quedó ahí, confundido y con un sinfín de cosas en qué pensar; que eran tantas que ya ni sabía ni por cual de todas comenzar. Tocó sus labios con las yemas de los dedos, escéptico, preguntándose  si lo que acababa de acontecer había sido sólo un simple sueño.

—Ah… Tsunderes —exclamó Oblivion, con una sonrisilla mirando atentamente a su monitor. Luego le dio sorbo a la pajilla de su vaso con soda y metió su mano en la enorme cubeta con palomitas de maíz que había en el piso junto a él—. Son tan… como decirlo… bipolares.

Se echó todo el bocado de golpe y lo masticó ruidosamente. En ese momento se sintió un poco culpable por no haberle dicho a Tsugumi ni a nadie más que él había instalado cámaras y micrófonos ocultos en todo el departamento como medida de seguridad desde antes de que ellos llegaran. Casi se atragantó cuando la asesina de ojos rojos caminó cerca del monitor, que por mero reflejo intentó tapar con su cuerpo. Pero ella no había prestado atención a lo que hacía y solamente se pasó de largo para irse a encerrar en la habitación de las chicas. “Eso estuvo cerca” soltó un suspiro. Un poco más y sería hombre muerto.

“Bueno, basta ya de juegos.” Lo mostrado en pantalla cambió y Oblivion empezó a teclear con velocidad demencial. “En un par de horas más habré terminado de recolectar toda la información que necesitaba, el lugar en el que la señorita va a estar en el momento ya lo tengo confirmado y, detalles más detalles menos, ya tengo elaborado el boceto de nuestra estrategia a seguir…”


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Aquella ciudad le parecía tan aburrida. La vida nocturna no era la gran cosa y las mujeres, tampoco. Además, eso de tener que pasar desapercibido sin hacer nada no era su estilo. Justo había comenzado a preguntarle a su compañero cuánto tiempo más iban a estar así. Ya faltaba poco para el evento que se suponía habían venido a sabotear. De esto y otras cosas más hablaban los dos hombres de apariencia un poco intimidante, sentados en la barra de aquel pequeño bar cercano al puerto. Uno de ellos sintió su dispositivo móvil vibrar. Cuando vio el remitente del mensaje abrió los ojos exaltado y le preguntó de inmediato a su camarada si él no había recibido también un correo. El otro obedeció y corroboró que a él también le había llegado lo mismo pero no se había dado cuenta por el volumen de la música del local.

No se les olvide venir para antes de las nueve de la mañana. Si pueden lleven algo de bebida y una buena dotación de Cannoli.

—Vaya, ya era hora —clamó uno de ellos con una sonrisa y pasó a beberse de un solo trago todo el contenido de su vaso.

—La fiesta ya está por comenzar, ¿eh?

—Sí, y nosotros vamos a ser los invitados especiales.

¿Dinero? ¿Poder? ¿Fama? ¿Salvar a su señora? No, lo único que motivaba a esos dos matones de ‘La Colmena’ era el tener la oportunidad de divertirse haciendo lo que mejor sabían hacer. Tener una razón para pelear y medirse con otros en medio del estruendo de los disparos y el olor a pólvora mezclada con sangre. Por la mera y banal gloria de tener un rival a quien aplastar. Después de todo, ¿qué otra clase de gente aceptaría participar sin chistar en una misión suicida?


CONTINUARÁ…