En mi mundo.
Capítulo Especial.
—¡Raku!
¡Raku, por aquí! —Gritaba a todo pulmón la rubia jovencita, con una alegría y
entusiasmo inigualables. Tan dulce era su voz que todos los jóvenes varones que
transitaban por aquella callecilla del centro de la ciudad inevitablemente volteaban
al escucharla.
¡Y vaya
sorpresa que se llevaban al mirarla! Una despampanante muchachita, de larga y
sedosa melena dorada, enormes y brillantes ojos cual zafiros bajo la luz del
sol, ataviada en un tierno y femíneo vestido de encaje rosa pastel, como el de
una costosa muñeca de porcelana. Todos los muchachos, quienes se sentían como
si hubiesen caído enamorados a primera vista de ella, se preguntaban quién
podría ser el gran afortunado a quien su nombre ella clamaba con tanta efusión.
Menuda decepción, o más que decepción, menudo coraje, rabia que sintieron al
ver a tan simplón y ordinario sujeto acercarse a ella con toda naturalidad y
desfachatez.
—¡Chitoge!
¡Buenos días! —Saludaba a su chica aireando la mano desde la distancia. La
rubia comenzó a acercarse al igual que él.
“¿Ese es su
novio?” pensaba uno que otro de los escépticos espectadores, con la mirada
atónita y la quijada hacia lo más bajo. “¡Imposible! Una belleza como ella no
podría…”
—Bueno días,
querido. —Chitoge no desaprovechó y, en menos de un instante, se aferró del
brazo de su enamorado; detalle que avergonzó mucho al susodicho—. ¿Listo para
nuestra cita de fin de semana?
—¡C-chitoge!
—Le replicó por lo bajo, con la mejillas repletas de color. Ver el cómo se le había
arrimado le dejó sin ninguna defensa—. ¿Qué estás haciendo?
El resto de
varones envidiosos sólo observaron aún más impactados. Pero había un par de
espectadores, compañeros de escuela, quienes ya conocían a la pareja, y que,
por tanto, no les sorprendía para nada. “No se podría esperar menos de alguien
como él” pensaba uno de ellos, con una entremezcla de rencor y admiración.
“¡Bastardo!”
Era, en cambio, el pensamiento global de los demás jóvenes solteros que no lo
conocían. Las miradas penetrantes e intensas de mala voluntad no se dejaron
esperar. Raku podía incluso sentirlas a sus espaldas, como si un aura maligna
que conspirase contra su vida le estuviese acechando y maldiciendo.
—¿Cómo que
qué hago? —Dijo Chitoge tras haber emitido una pícara risilla. Jamás se imaginó
que verle a él así de avergonzado y por causa suya le resultaría tan divertido
y gratificante—. Estoy acompañando a mi novio a nuestra cita, como cualquier
novia lo haría.
—Bueno, sí… —Raku
no estaba seguro qué debería responder. Actuar como novios era el deber de
ambos y algo a lo que ya estaban por demás acostumbrados—. Pero no creo que sea
necesario llegar hasta estos extremos para…
—¡En marcha!
En un abrir y
cerrar de ojos ya estaba siendo prácticamente arrastrado por ella. Ni tiempo ni
fuerzas tuvo para resistirse. Todo lo que pudo hacer fue suspirar y apreciar
que la actitud de su novia falsa continuaba igual de rara, igual de inquietante
que durante los últimos cinco días. Temía que, de un momento a otro, su estado
de ánimo cambiase explosivamente y le metiera una buena tunda sin ninguna explicación,
o le gritase furiosa y apenada por un supuesto exceso de confianza aún cuando
él no había hecho nada. “En cualquier momento… debo estar preparado” se decía a
sí mismo mientras contemplaba la cabeza de Chitoge recargada en su hombro al
caminar. Raku Ichijo mientras tanto podía sentir sus mejillas arder y a su
corazón golpeteando su pecho.
El joven no
supo en qué momento exacto ocurrió, pero para cuando cayó en cuenta Chitoge ya había
pasado de sujetarle del brazo a abrazarlo por la cintura. Ante tremenda
situación su mente se quedó totalmente en blanco por unos segundos. “¡Chitoge!
¿Qué haces?” trataba de decirle pero las palabras no salían de sus labios. Estaba
demasiado nervioso y amedrentado. Y es que se le veía tan cómoda, tan boyante,
que temió que el interrumpirla de su estado sería un error fatal que pagaría
con sangre. Quizás lo mejor sería esperar a que ella misma hablase primero y
así saber qué hacer y qué no, pensaba.
—Oye,
queridito —finalmente le susurró Chitoge, con voz chispeante y saturada de
candor—, ¿recuerdas la última vez que fuimos al parque de atracciones?
—¿Q-qué?
—Raku tuvo que espabilar—. Sí. Fue hace unos cuantos meses.
No hubo más palabras.
Ambos continuaron caminando a paso lento y tranquilo, con la mirada un tanto
morbosa de los peatones acechándoles.
“¿Qué debería
hacer yo?” se preguntaba Raku a sí mismo. “Todos nos observan. Yo ya estoy
acostumbrado a eso, pero… ella es la única que me viene abrazando así mientras
caminamos. Se supone que somos novios, yo debería entonces hacer lo mismo.”
Recordó
aquella última ocasión, hacía ya más de
un año, en que intentó caminar junto a ella abrazándola del hombro y las
terribles consecuencias que ocasionó —una llave que lo mandó a estrellarse
contra el suelo. No obstante, todos los estaban mirando y pensó que sería una
desfachatez que solamente fuera ella quien se estuviese sujetando a él con
cariño. Con un poco de indecisión, levantó su mano y la posó en el hombro de
Chitoge. Cerró los ojos y se encogió de hombros preparándose para la posible
violenta reacción. Uno, dos, tres, pasaron los segundos y nada. Abrió los ojos
y miró que la jovencita continuaba igual de tranquila y cómoda. Raku suspiró
alivianado.
—Supongo que
deberíamos ir a comer algo antes de llegar al parque —sugirió la rubia,
rompiendo el silencio.
—¿Qué? Oye,
pero ¿no preferirías comprar algo de comida en el parque?
—No, quiero
que vayamos a un restaurante lindo.
Raku tragó saliva.
Jaló del cuello de su playera para dejar entrar un poco de aire a su acalorado
pecho y miró sin rumbo fijó hacia el cielo por un par de segundos.
—De… de
acuerdo —contestó el morocho de forma pausada y un poco quedo.
La jovencita
sonrió agradecida y entusiasmada. Una vez más comenzó a arrastrar a su chico
camino a una de las zonas más concurridas del distrito de Bonyari.
0//0//0//0//0//0//0//0//0//0
—Chitoge… ¡no
te me pegues tanto! —le susurró Raku a su falsa novia. Juntos caminaban rumbo
al parque de diversiones luego de haber merendado en un romántico restaurante
del centro—. S-siento que en cualquier momento alguien vendrá a matarme.
Los ojos de
todos volteaban a verlos aún con mayor intensidad que nunca. Había algo en la
manera en que ella siempre le sonreía y en su timbre de voz al hablarle que
todos los jóvenes, al ver la escena, sentían una enorme acumulación de celos.
Las miradas de odio y resentimiento hacia él, Raku las sentía como un centenar
de cuchillos a punto de taladrar su espalda.
—¿No me digas
que te mueres de vergüenza, queridito?
—Pues sí,
también —sintió un bochorno y todos los colores se le subieron al rostro.
—Pues yo
también —aseguró, aunque por la manera tan suave y despreocupada en que lo había
enunciado, al igual que su actitud, no lo aparentaba—, pero sabes que no
tenemos otra opción. Te dije que hoy Claude iba a estar vigilándonos —mentía,
ella no tenía ni la menor idea de qué estaba haciendo su protector en esos
momentos—, así que te tienes que aguantar. Además, en breve vamos a cumplir 2
años desde que empezamos a salir, es ilógico que aún te apenes por caminar
abrazados en una cita. Ya deberías estar acostumbrado a esto, ¿no?
—Sí. Pero…
Chitoge tenía
un punto, pero había algo en esa supuesta actuación que no le permitía a Raku
interpretarla, sentirla como tal. Su corazón se aceleraba a mil y le costaba
mucho esfuerzo mantener la compostura.
“¿Por qué
estoy haciendo esto?” Se cuestionaba la rubia, quien podía notar perfectamente
como Raku comenzaba a sospechar demasiado. “Bueno, ya qué más da…” Por dentro
su corazón aún luchaba contra la indecisión y la inseguridad, ahora mezcladas
también con el miedo, la incertidumbre de un futuro que amenazaba con
alcanzarla más temprano que tarde. Quería encontrar la solución a su dilema,
pero al mismo tiempo deseaba olvidarse de todo y dedicarse a vivir el presente
con toda la intensidad posible, tal y como lo estaba haciendo en aquel momento.
Llegaron a
una esquina. Antes de que el semáforo les diera el pase a los peatones varios
vehículos se encontraban transitando. Entre ellos, hubo uno que llamó la
atención de Raku. Se trataba de una limusina blanca la cual marchó frente a
ellos de manera lenta. Raku notó el rostro de una persona a través de la
ventanilla trasera que se encontraba con el cristal abierto. Los ojos de aquel
desconocido se clavaron sobre ellos, detalle que el mismo Raku no pudo pasar
por alto. No era como si aquel desconocido simplemente se hubiese sentido
atraído a la escena que estaban dando y los estuviese mirando por curiosidad,
no. En los ojos de aquel joven extranjero podía evidenciarse claramente que él
los observaba a toda consciencia, como si de alguna manera supiese quienes son;
como alguien que finalmente había encontrado lo que tanto había estado
buscando.
—Chitoge,
¿viste eso?
—¿Ver qué?
—El sujeto
que iba en esa limusina nos estaba observando muy raro.
—¿A qué te
refieres?
—¿No lo
viste? Era un joven que tenía toda la pinta de ser extranjero. En mi vida
recuerdo haber visto antes su cara. Nos observaba con mucha atención como si él
ya nos conociese. Especialmente a ti. No dejaba de mirarte fijamente.
Chitoge soltó
una risilla. Parecía divertirle la actitud de su compañero.
—Tonto, es
normal que se nos queden viendo si vamos así. De eso se trata.
Raku se ruborizó.
—Que no. No
era esa clase de mirada. Era más como si él te hubiese reconocido de algún
lugar.
—Si no te
conociera —dijo con un pequeño desliz de puya—, pensaría que estás celoso de
que alguien se me quedara viendo así.
—¿Qué? —Raku
se puso, sin llegarlo a notar, rojo como un tomate—. ¿Por qué habría de
sentirme celoso porque alguien quiso observarte? Si ese sujeto supiera que por
dentro eres como una go…
La manera en
que Chitoge, sin dejar de sonreír, le apretó el brazo, fue tal que el inmenso
dolor le hizo creer por un momento a Raku que ella se lo arrancaría de tajo si
se atrevía a completar la oración. El semáforo por fin les dio el pase.
Cruzaron la avenida y continuaron su camino rumbo al parque de diversiones.
“Caramba,
parece que hay cosas que nunca van a cambiar…” decía en sus adentros Chitoge,
con el rostro mirando hacia el otro lado pues no quería que Raku notase lo molesta
que se había puesto por su comentario a medias. “¿Es que esa impresión que
tiene de mí nunca se le va a quitar? Digo, yo sé que no he sido precisamente
una santa con él, pero no me parece justo que él siga pensando esas cosas de
mí. Está bien, acepto que yo aún sigo viéndolo como a un torpe, bueno para nada
y con nada de tacto. Pero aún así creo que la impresión que tenía de él ha
cambiado mucho desde aquel entonces. Me pregunto qué tanto ha cambiado la
manera en que me mira desde aquel día…”
“Eres muy diferente del tipo de chica que me
gusta, eres violenta, terca, poco femenina, nada sexy pero... yo... no te odio.”
—Oye, Raku
—rompió el silencio con voz taciturna. Su compañero, algo preocupado, volteó a
mirarla.
—¿Qué pasa?
—¿Tú aún
piensas que yo soy una mujer muy violenta y poco femenina?
“¿A qué viene
esa pregunta?” Raku estaba verdaderamente dislocado. No tenía idea de qué o
cómo responderle.
—¿Pero por
qué me preguntas eso? ¿Y por qué de repente tú…?
—Sólo
responde y ya —le dictaminó tajantemente, sin disposición en lo absoluto a
negociaciones.
Raku giró por
inercia el rostro a otro lado de miedo. Tras pensarlo por uno o dos segundos,
tratando de anticipar las posibles reacciones de su a veces inestable e
impredecible ‘novia’ que, para colmo, se había estado comportando muy raro
estos últimos días, pasó a contestar:
—Siendo
honesto —musitó inhibido y cabizbajo—, debo reconocer que ya no eres tan
violenta conmigo como lo eras al principio. Pensándolo mejor: tu manera de
tratarme ha cambiado muchísimo. Al principio, no hacíamos otra cosa que pelear
y siempre terminabas echándome a mí la culpa de todo. Pero siento que cada día que
pasa es más raro que nos peleemos tan intensamente como al principio. Ahora
mismo estoy tratando de recordar cuando fue la última vez que me golpeaste con
todas tus fuerzas. —Raku se llevó la mano a la nuca y sonrió como si todo lo
que acabase de decir le pareciese amargamente gracioso.
—Ya veo
—susurró Chitoge. Luego guardo silencio durante el resto de la caminata.
Raku mientras
se preguntaba el porqué de esa respuesta tan seca. Se imaginaba que ella le
contestaría de manera irónica dejándole mal parado, burlándose de él; lo usual
en ella. Pero no fue así. Aquello le preocupó un poco.
Finalmente llegaron
al parque de diversiones. De inmediato se dispusieron a explorar el sitio,
guiados en gran parte por el optimismo desbordado de la rubia quien se divertía
e ilusionaba como una pequeña niña ante cada atracción, juego y puesto de
comida con el que se topaban. Actitud bastante contrastante con la monotonía en
la que habían caído casi todas sus citas a aquel lugar desde hacía ya más de un
año. Se subieron a varios juegos mecánicos, entraron a la casa de los espejos,
asistieron a un espectáculo al aire libre, compraron algodón de azúcar; había
momentos en que la rubia, sin previo aviso, salía corriendo emocionada a mirar
algún local que le había llamado la atención y Raku no tenía más opción que
correr detrás de ella hasta quedar exhausto. Una vez la alcanzaba él la
regañaba diciendo que con toda la gente que había ella podía perderse, que
debía de tener más cuidado. Chitoge sólo sonreía como si los intentos fallidos
de Raku por ser protector con ella no fueran más que un chiste para ella,
actitud que estresaba y desesperaba aún más al hijo del cabeza del clan Shuuei.
Un par de
horas más tarde acordaron ir a descansar a un banco de una zona verde, lejos
del bullicio del aglomerado de gente y atracciones. Como si una de esas tantas
maquinaciones funestas de su suerte fuera nuevamente la responsable, Chitoge,
al dar un paso en falso, se quebró el tacón de su zapatilla, haciéndole perder
el equilibrio. Raku de inmediato reaccionó y trató de sujetarla por el brazo
para evitar que cayese al suelo, pero lo hizo con tal torpeza que lo único que
consiguió fue agravar el tropiezo y caer junto con ella al césped.
Chitoge
terminó tendida bocarriba, con él encima aprisionándole los brazos con los suyos y con sus rostros peligrosamente
cerca uno del otro. Raku por un instante pensó en tratar de levantarse pero no
pudo. Con cada torpe intento podía sentir cómo sólo conseguía ejercer aún más
presión sobre la pobre Chitoge a quien se encontraba prácticamente aplastando
su torso; y aún estaba demasiado aturdido por la caída para coordinarse bien.
Chitoge apretó los dientes y tensó sus músculos. Raku, temiendo la más que
predecible reacción violenta de su chica para estos casos, apretó los ojos y se
preparó para la inminente golpiza que lo habría de mandar por los aires.
“Siempre es
lo mismo con él. Por alguna extraña razón él y yo hemos siempre terminamos en las
situaciones más raras que uno podría imaginar” meditaba Chitoge mientras los
recuerdos de embarazosas situaciones en concreto —como los dos incidentes en
las aguas termales, los baños públicos, el preludio a su cumpleaños número
diecisiete y su funesta cita durante el April’s Fools— venían a su mente. “Y es
ahí donde no puedo contenerme y lo golpeo. Es por culpa de esta mala suerte y
la manera en que reacciono que él siempre me ha visto como a una mujer
violenta…”
Pero, para su
gran sorpresa, la resistencia de Chitoge desapareció y su cuerpo volvió a
relajarse.
“Pero ya
estoy cansada…
»Si al menos
por una sola vez dejara que las cosas siguieran su rumbo. Si al menos una sola
vez… si al menos una sola vez no fuese yo la que lo termina alejando de mí cada
vez que lo tengo tan cerca…”
—Chitoge, ¿te
encuentras bien? —Preguntó medio nervioso, medio preocupado ante su falta de renuencia.
—Sí. Estoy
bien —susurró lentamente en respuesta. A partir de aquello ya no hizo nada
salvo mirarlo fijamente a los ojos, quieta, dócil como si simple y llanamente
estuviese a la expectativa de algo. Ambos podían sentir el aliento del otro
golpeando su rostro. Raku ya no podía asimilar correctamente la escena; todo lo
que pudo hacer de ahí en adelante fue perderse por unos instantes en el profundo
azul de los ojos que yacían frente a él, indefensos y, por primera vez desde
que podía recordar, apacibles y transparentes.
“Y saber cómo
podrían haber terminado estos momentos si no los hubiese interrumpido siempre.
Saber qué es lo hubiera seguido después.”
Chitoge al
cabo de unos segundos más tuvo que cerrar los ojos. Su corazón palpitaba de tal
manera que sentía como si el pecho le fuese a explotar con cada latido. Cada
instante le parecía una eternidad. Si algo iba a pasar, si algo tenía que
ocurrir, fuera lo que fuera, quería que pasara de una buena vez pues ya no podría
seguir soportando tal espera por mucho más tiempo.
Cuanta fue su
sorpresa cuando, de repente y sin más, dejó de sentir el peso de Raku encima.
Abrió los ojos rápidamente y notó que él ya había encontrado la manera de
incorporarse sin lastimarla. Ahora mismo estaba inclinado junto a ella ofreciéndole
la mano para ayudarla a levantarse.
—Discúlpame.
No era mi intención —le dijo como si se estuviese haciendo totalmente
responsable del accidente. O quizás sólo lo decía por haber estado encima de
ella de esa forma tan vergonzosa.
Chitoge
intentó responder pero de sus labios sólo salió un seco y abobado ‘Ahh’ que no
tenía sentido. En cuanto ella había terminado de ponerse de pie, Raku de
inmediato comenzó a revisarle los brazos en busca de posibles raspones.
—¿Te sientes
bien? ¿No te lastimaste?
—Era de
imaginarse —susurró Chitoge con una sonrisilla forzada.
—¿Qué?
—Nada. No te
preocupes, Raku. Estoy bien.
De inmediato
se dio la media vuelta y comenzó a caminar de regreso a los locales del parque.
—¿Chitoge?
¡E-espera!
“Debí
imaginármelo. Él no es esa clase de chico.”
—Chitoge,
¿qué te pasa? ¿A dónde vas?
“Y aún así,
yo en muchas ocasiones lo traté mal creyendo lo peor de él…”
—Voy de
regreso a los juegos —le contestó—. Ya fue suficiente descanso.
—¿Qué? Pero
si ni siquiera nos hemos…
“Pero lo
cierto es que nunca debí haber desconfiado de él…”
—¿Vienes o te
quedas? Porque no pienso quedarme atrás por ti, tonto frijol de soya.
Raku hizo una
mueca de resignación y apresuró su paso hasta ir a la par con ella.
“La que
siempre se mantuvo distanciada todo este tiempo de él fui yo. Era yo quien
siempre lo alejaba. Pero ya no quiero que las cosas sigan así. Quiero estar
cerca de él, y no volverme a distanciar nunca más. Pase lo que pase, encontraré
la manera de quedarme a vivir aquí por siempre. Porque no quiero separarme de
él nunca.”