FANFICTION: En mi mundo (Segundo adelanto del cap 31)


El capítulo me está quedando más largo de lo que creí, es por eso que aquí les dejo otro adelanto del mismo. Juro que para la próxima vez, voy a colgar el capítulo completo. ¡No se lo pierdan!


Dos, tres, cuatro…, cinco impactos y fue todo lo que pudo resistir su ya de por sí bastante abollado sable Dao. El frío metal de la hoja se partió en decenas de trocitos, cual quebradiza figura de cristal, ante los atónicos ojos negros y vacíos de Ie. El talón de su contrincante no detuvo su marcha, y siguió hasta casi rozarle el cuello; poco faltó para que su cabeza terminara rodando por los suelos. Con cada envite de su oponente, Ie perdía más y más terreno, viéndose cada vez obligada a retroceder una mayor distancia con tal de mantenerse con vida. El sudor que ya empapaba considerablemente su rostro, su aliento quemante, el dolor muscular de sus extremidades, eran claros indicativos de lo cerca que se encontraba de llegar al límite. A pesar de ser una gran maestra en el control del Ki, la superioridad física de su rival abría una brecha de poder infranqueable. Por primera vez en su vida, fue testigo de cómo la pasión y el poder bruto lograban sobreponerse  a la templanza y a la fuerza del espíritu.

Si tan solo su cuerpo no fuera así de pequeño, si por lo menos ella tuviese una estatura y un peso dentro de lo normal…, quizás el resultado de esta pelea habría sido muy distinto. Técnica, armamento, conocimiento y tácticas de combate no le hacían en falta. Pero no se podía decir lo mismo de su condición, que nunca —y repito, nunca—, hasta esa noche, le había significado una desventaja o un impedimento para poder aplastar a sus enemigos.

Pero el hubiera no existe, e Ie sabía eso mejor que nadie.

Sin embargo, darse por vencida no era una opción.

Pues ella era la única presente con la capacidad de contener a semejante monstruo que parecía salido de las pesadillas más desesperanzadoras de un demonio. De no hacerlo, las personas a las que vino a proteger estarían en serio peligro. Ie debía, pues, aguantar un poco más de tiempo, el suficiente para que pudiesen concluir con su misión. Hasta no verlos a ellos salir de aquella mansión, sanos y salvos, continuaría luchando con todas sus fuerzas. No defraudaría, pasase lo que pasase, los deseos de su señora.

Incluso si eso conllevaba entregar a la causa su último aliento.

En un final intento por emparejar la balanza, Ie saltó con todas sus fuerzas, posicionándose a varios metros por encima de su contrincante. Acto seguido, desplegó una inmensurable cantidad de cadenas, las cuales parecían no tener fin, de las holgadas mangas de su traje, que se incrustaron en las rocas y arboles y luego se fueron enredando unas a tras entre sí y en todas direcciones, hasta formar una enorme red que se extendía por todo el escenario. Ahora Karen se veía envuelta en una especie de telaraña de acero, en la que no se podía caminar ni medio metro sin que una o más de estas cadenas se interpusieran. La silueta de Ie aterrizó a unos pocos metros, y ésta de inmediato se dispuso a empuñar la que era su última arma: aquella lanza oriental de más de dos metros de largo, que utilizó casi desde el inicio del combate, y de la que partió el asta a menos de la mitad de su tamaño para ajustar su longitud a la de su cuerpo. Y sorteando con facilidad las cadenas que se tensaban entre ella y su objetivo, se lanzó al ataque. Por puro instinto, Karen trató de arremeter también, pero las cadenas frente a ella le obligaron a inclinar el torso, acción que entorpeció y ralentizó su avance. Esto por poco le cuesta perder —literalmente— la cabeza a manos de Ie, quien se aprovechó del momento para pasarle por el cuello la hoja de su lanza. Karen lo evadió echándose hacia atrás, pero la misma cadena de hace un momento se encajó en su espalda, atrapándola. Ie saltó hacia ella con la punta de su lanza apuntándole directo a la cabeza. A Karen le quedó otra opción que repeler la estocada con el talón del pie.

El choque entre los dos metales derivó en un estridente crujido; Ie salió despedida hacia atrás. La pequeña cuchilla oculta en el tacón del zapato derecho de Karen se dobló por la mitad, quedando su filo inservible.

“Ya veo.” En ese instante, Karen comprendió en qué consistía la artimaña de su enemigo. Ya fuera que intentase acercarse o esquivar uno de sus envites, ahora corría el riesgo de tropezar o quedar atrapada en una de las muchas cadenas que se cernían por todo el campo de batalla. Tenía, por lo tanto, la necesidad de fijarse primero hacia donde tenía pensado moverse, agacharse o dar saltos precisos para evadirlas, medir y contener sus patadas; no así esa maldita enana, quien dado a su minúscula estatura, podía simplemente correr por debajo de las cadenas o brincar en medio de ellas sin mucha dificultad. Incluso si Karen se dedicaba a abrirse paso rompiéndolas una a una, tal acción le supondría de por sí una pérdida de tiempo que no serviría más que para entorpecer sus demás acciones, ora al tratar de aproximarse a su rival para atacarle, ora al tratar de evadir sus arremetidas. Y su enemigo, consciente de esto, simplemente tendría que mantenerse adentro de una zona donde aún hubiese cadenas desplegadas para mantener su ventaja.

Pero Karen ya no tenía tiempo para caer en su juego, debía terminar con esta pelea de una buena vez.

Esquivar sus cuchilladas ya no iba a ser una opción, el bloquearlas tampoco, no mientras éstas provengan de un arma de semejante envergadura. Y tomar la iniciativa en el ataque, mucho menos, pues la enana podía escabullirse cuantas veces quisiese. Debía encontrar una forma de obligarla a acercarse para después contraatacar en el momento justo. Tal y como en una película americana del viejo oeste, todo se reduciría a quién dispararía primero.

Karen se echó a correr en dirección opuesta a Ie, sorteando cada una de las cadenas con pequeños y certeros saltos.

“No, no lo harás.” Ie se apresuró a perseguirle. Eran obvias sus intenciones: escapar de la red de cadenas. Si Karen perdía el interés en ella y decidía volver a la mansión, todo estaría perdido; ella ya no podría alcanzarle, y aunque lo hiciera, terminaría perdiendo. Su única oportunidad estaba en mantener a su objetivo adentro de su trampa.

Cuando por fin creyó haberla alcanzado, su presa se detuvo en seco, dio un fuerte pisotón a la roca en dónde estaba parada, hundiendo en ella su pierna izquierda hasta la altura de rodilla, y se dio la media vuelta. Sujetó con ambas manos los dos extremos de cadena que se encumbraban a sus costados, y levantó la mirada hacia los cielos, desde donde Ie se precipitaba hacia ella, como una jabalina humana, con la punta de su lanza por delante lista para atravesarle el cráneo.

Cagnea… —Karen pateó con el talón que le quedaba libre la punta de la lanza. La fuerza del impacto fue tal que la enorme roca donde ella misma se había clavado se llenó de grietas de cabo a rabo.

Ie salió repelida hacia el aire sin más inconveniente, pero el talón del zapato de Karen se había partido en dos. Los restos de su cuchilla oculta en su talón cayeron al suelo.

“Te tengo” pensó Ie, pues ya sin su tacón metálico, su próximo ataque no podría ser bloqueado.

—¡Ahora! —Entonces Karen, usando la enorme roca en la que estaba parada como apoyo, jaló con todas sus fuerzas de las dos cadenas.

—¿Qué?

La tierra se estremeció, crujió estrepitosamente y tembló entera. Ie, aún en el aire, se giró a ver qué estaba ocurriendo. Con pánico observó como una increíble cantidad de rocas, peñascos y arboles, se acercaban a ella, arrastradas por sus propias cadenas que ella había ensartado en distintos puntos de la zona. Karen las había arrancado de tajo, cual la raíz de un tubérculo, sirviéndose de la propia trampa que ella había puesto.

Porque su objetivo no había sido el escapar de la enorme red, sino correr al extremo donde las puntas de las cadenas pasasen cerca.

Porque las que aparentaban ser mil y un cadenas diferentes, eran, en realidad, sólo dos, de una longitud monstruosa, que se entretejieron a lo largo y ancho de todo el lugar, y Karen se había percatado de esto desde el primer instante.

Porque el poder de la asesina más temida y odiada de todo el Cosa Nostra era tanto que podía darse el lujo de ejecutar estrategias como esta. Y por ende, ni el más experimentado de los guerreros podría prever.

En el aire, en completo estado de inercia, pateada a propósito hacia esa dirección y prácticamente agotada, Ie ya no podía hacer más. Una de las rocas se impactó en ella y la empujó de regresó a donde su verdugo, quien aprovechó para plantarle un taconazo en la boca del estómago. Tan potente que la roca detrás de su espalda se convirtió en granito, y su cuerpo salió despedido, cayendo en alguna parte no visible de los escombros, arboles arrancados de raíz y rocas destartaladas.

Karen bajó las cadenas, desclavó su pierna de aquella roca —la cual se hizo en el acto añicos—, miró a su alrededor y dejó escapar un tenue suspiro.

—Se terminó —susurró a sí misma.

Poco después, un sonido que iba en aumento le alertó que no era así.

Miró hacia la cima del monte. 

—¡Un derrumbe!

Al parecer, su tramoya lo había ocasionado. Haber arrancado todas esas piezas del terreno fue el equivalente a arrancarle una carta a la base de un castillo de naipes. No había problema: por más grandes que fueran las rocas que rodaban hacia ella, sortearlas no le supondría un problema. Sin embargo, al querer moverse, notó que ahora sus piernas se encontraban inmóviles.

—¿Pero qué cojo…?

Las cadenas de acero se habían enredado en sus talones, y por más que trató de jalarlas, una fuerza se aseguraba de mantenerlas en su sitio. Estaba atrapada y ya no tenía tiempo suficiente para romperlas de un jalón.

Miró hacia en medio  de los escombros. Ahí yacía una ensangrentada Ie, semienterrada en un peñón, sujetando con todas sus fuerzas los extremos de ambas cadenas.

Karen se dio tiempo de maldecir a la maldita enana, y acto seguido las dos fueron sepultadas bajo incontables toneladas de tierra y roca sólida del monte Cuccio.