FANFICTION: En mu mundo. (Nisekoi) Capítulo 27



En mi mundo.

Capítulo XXVII



Por más que tocaba una y otra vez la puerta, el apuesto sicario no recibía respuesta.

—Vamos, pequeña, despiértate ya. No me hagas tener que…

—¡Due!

Al escuchar la malhumorada voz, se giró hacia al otro extremo del pasillo. Ahí estaba su sensual ex compañera, quien, por su respiración agitada y el brillo en su rostro, daba la impresión de que se la había pasado corriendo como loca de un lado a otro.

—Cinque, qué bueno que llegas —dijo el joven—. ¿Podrías ayudarme con…?

—¡No hay tiempo para tus tonterías! —gritó tajante, luego se acercó a paso rápido—. ¿Dónde está Tre?

—Lo más probable es que haya ido a por su equipo. ¿Pero qué te pasa? Estás muy exasperada. ¿Pasó algo? ¿Ya localizaste a los intrusos?

—Los invasores están por llegar al cuarto piso —le informó a su colega, con irritada voz—. ¡Pero eso ya no es lo único! Hace unos pocos minutos llegaron más hijos de puta a atacar la mansión. En estos momentos están tratando de entrar al edificio a punta de violencia.

—¿Qué dices?

—Lo que oíste. Son varias docenas de bastardos, y vienen muy bien armados. En estos momentos se han atrincherado frente a la entrada. Nuestros hombres apenas y pueden contra ellos. Si no hacemos algo rápido, terminarán invadiendo la mansión al igual que los otros. Para colmo, muchos de nuestros hombres están fuera de combate por culpa de esos invasores imbéciles. Por eso necesito que tú y Tre vayan y se encarguen de ellos.

—¿Y qué pasará con los intrusos?

—Dile a Bambinna que se ocupe de ellos. De momento yo me encargaré de auxiliar a los heridos y de organizar las defensas. No pierdas más tiempo; ve de una vez, que yo le avisaré a Tre.

—Sobre eso: antes de irte ¿podrías despertar a…?

Pero la exuberante mujer ni se esperó a que él terminase de hablar. Cinque corrió en dirección a las escaleras que conducen a la quinta planta de la mansión, tan ágil y escurridiza que su silueta se volvía una con las sombras de los corredores.

—Por una vez hazme caso —el joven Due se llevó la mano a la frente—. No quería hacerlo, pero supongo que no hay remedio…

Giró la perilla de la puerta. No le sorprendió en lo absoluto que ésta no tuviera puesto el seguro.

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“Bambinna… Dulce niña, he venido por ti.”

Sus mejillas se tornaron rosas al momento de oír la forma tan dulce en la que su nombre había sido entonado por la voz de su gran amor.

Recostada en un lecho de pétalos de flores y con los cálidos rayos mañaneros acariciando su delicado y grácil cuerpo, la jovencita entreabrió los ojos. Confirmó rebosante de alegría que se trataba de su amado príncipe, quien se acercaba lentamente a ella.

—He esperado tantos años por esto —susurró—. Oh, mi dulce príncipe, ¿por fin has venido a liberarme de mi letargo eterno? ¿Me habrás de llevar contigo hasta los confines del mundo, y más allá? Ven. Ven y libérame de este maldito hechizo con tu amor, y te perteneceré por siempre.

—Despierta, por favor. Despierta.

—Sí… —cerró sus ojos y preparó sus labios. Su corazón le palpitaba en el pecho.

—Que despiertes. Vamos, por favor, despierta ya. ¡Despierta!
(Despierta. Tenemos visita.)
—¿Eh?

Todo estaba muy oscuro. ¿Qué le pasó a su lámpara nocturna, esa que siempre dejaba encendida para pasar tranquila las noches? ¿Acaso alguien la había apagado?

—Bien, creo que ya despertaste —le dijo el joven Due.

A la jovencilla se le vinieron todos los colores al rostro. Recordó que tan sólo llevaba puesta su bata de dormir y, por mero reflejo, se tapó de inmediato con el edredón hasta por debajo de los ojos.

—Due —tartamudeó—, ¿Pero qué estás haciendo en mi cuarto?

—He venido por ti.

—¿QUÉ?

El corazón de la pequeña Bambi retumbó a lo largo y ancho de su pequeño pecho. Rodeó su torso con sus brazos. No podía creer que este momento había llegado.

—Pero… pero… ¿Y si los demás se enteran? E-es decir… ¡Due! ¿Desde cuándo te volviste tan… tan…? Es que yo… aún no estoy lista para esas cosas… ¡Detente!

Cerró lo ojos y se resignó a su suerte. “¿A quién engaño? Si se trata de él, yo… ¡pero aún así tengo mucho miedo!” pensó.

—Toma. —Due dejó caer a un costado de ella una especie de bulto. Bambinna, confundida, abrió los ojos y vio que se trataba de su vestido de lolita—. Vístete rápido. Han invadido la mansión.

—¿Cómo? —Alzó la cabeza asombrada—. ¿Quiénes?

—No lo sabemos aún, pero algo es seguro: son peligrosos y debemos detenerlos cuanto antes. Así que date prisa.

El apuesto hombre se acercó a la salida.

—¿Espera? ¿Qué vas a hacer tú?

—Ayudaré con otros intrusos, que también están tratando de invadir la mansión. Tú encárgate de los que ya están adentro.

Salió de la habitación, no sin antes cerrar la puerta. Bambinna se levantó de la cama. Quiso encender las luces pero se dio cuenta que no había corriente.
(Esto debe ser obra suya.)
—¡Elisabetta!

Se acercó a una cuna de juguete, la cual se encontraba a un costado de la cama. Levantó a su muñeca, quien ahora traía puesta un pijama que se parecía mucho a su bata de dormir.
(Sabía que esto pasaría. No perdamos tiempo, vayamos tras ellos.)
—¡Sí, vámonos!

Unos minutos más tarde, salió de la alcoba con Elisabetta en brazos, ambas vistiendo ya sus habituales ropas.

—Elisabetta, ¿quién crees que esté detrás de todo esto?
(Lo más probable es que los señores Benedetti sean los principales autores de esto. Pero hay otros que también podrían estar involucrados…)

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Sei se quitaba con mucho cuidado sus guantes de látex, los cuales ahora estaban completamente empapados. Mientras lo hacía, contemplaba absorto a sus dos víctimas, quienes yacían tiradas bocabajo en el alfombrado. Aquellas dos jovencitas tenían sus rostros —y toda su piel— muy enrojecidos. Sus cuerpos, semidesnudos, brillaban mucho a causa del sudor. Parecía que luchaban por ponerse en pie, pero todo lo que alcanzaban a hacer era arrastrarse en dirección opuesta, como si aún estuviesen intentando escapar. El perverso sujeto adoraba escuchar sus agitados jadeos y quejidos.

—Maravilloso. ¡Meraviglioso! —les dijo—. La verdad es que tenía miedo, mucho miedo que, debido a su horrible oficio, estuvieran llenas de cicatrices por todo el cuerpo. Eso habría sido un gran problema. Pero maravillosamente no fue así. Tienen la piel muy bien cuidada, tersa y lozana. No cabe duda: me pagarán una buena suma por ustedes dos. Claro está que —acarició los rasguños que tenía en su cuello— primero deberé domesticarlas de manera adecuada para mis clientes.

Fue a dónde su maletín, que había dejado al lado de la mesita, y preparó un par de jeringas con una extraña sustancia. “El narcótico que tomé prestado de las pertenencias de esa golfa me va a servir mucho” pensó relamiéndose los labios. Luego desplegó un tri-pié y montó en éste una cámara digital.

“Black Tiger…” “Paula…” Se susurraron entre ellas, fatigadas.

—Black tiger… tengo miedo.

—Yo… también…

Tras todo su esfuerzo al fin lograron voltearse bocarriba. Lo primero que vieron fue a ese malnacido acercándose lentamente a ellas.

—Y de paso filmaré un video, así podré publicitarlas mejor —se jactó el monstruo—. Esto será muy divertido.

Tiró al piso sus gafas oscuras. Tanto Paula como Tsugumi quedaron horrorizadas. La mirada de aquel sujeto era por mucho la mirada más lasciva y perversa que jamás hubiesen visto en sus vidas. Una mirada tan perturbadora que tan solo verla evocaba los más atroces y lujuriosos pensamientos. ¿Qué clase de perversiones podían pasar en la mente de un hombre con esos ojos?

Ambas sicarios gritaron con todas sus fuerzas. Sei sonrió, le encantaba oír sus chillidos. Poco a poco se fue desabrochando los botones de su camisa.

—¡Detente! —ordenó una masculina voz desde el otro extremo del recinto.

Sei pegó un respingo y una mueca de hastío se pintó en sus labios. Muy apenas esquivó la patada voladora del intruso.

—¡Maldito, déjalas! —gritó furioso el hombre enmascarado.

—Esa voz… —murmuró entre jadeos Paula.

—Es… —agregó Tsugumi.

—No te me acerques, cerdo asqueroso —vociferó el mafioso a la par que se echaba un paso hacia atrás por cada uno que daba el intruso.

El hombre con máscara antigás, pasamontañas y antiparras sujetó del brazo al hombre calvo y pasó a inmovilizarlo. El par de jeringas que llevaba en la mano cayeron al piso. Paula y Tsugumi recordaron que ese infeliz poseía una fuerza fuera de este mundo, y se temieron por lo que le podría pasar a su compañero. Pero, para la enorme sorpresa de ambas, el infeliz forcejeaba torpemente sin poder soltarse.

—¡Suéltame! ¡No me toques! —El rostro del calvo mafioso ahora reflejaba miedo y asco. Se comportaba, a toda regla, como un marica.

—¡Miserable! —le dijo—. ¿Qué les estabas haciendo?

—¡Qué me sueltes ya! ¡No lo soporto! ¡Aléjate de mí! —Se zangoloteaba sin parar, en total estado de pánico.

—¡Asqueroso! Y dices eso luego de lo que les has hecho.

—¡Eso es muy distinto, pedazo de mierda! —Salpicaba litros de baba y las venas le sobresalían a lo largo de su rostro y calva—. ¡No soporto que otros hombres me toquen, me dan asco! Si no me sueltas voy a vomitar. Tu hedor es demasiado hediondo y pútrido, no quiero que me contamines con tu inmundicia. ¡Suéltame! 

Migisuke Aiba se quitó la máscara y el visor. Devoró con sus iracundos ojos a esa escoria humana y, acto seguido, lo molió una y otra vez a golpes, hasta dejarlo hecho una irreconocible masa de moretones y chichones sanguinolentos. Lo dejó botado en una esquina, en paños menores, atado de pies y manos. Le dedicó una mirada de repudio y luego se giró en dirección las chicas.

—¿Se encuentran bien? —se acercó a ellas.

Las dos sicarios corrieron a abrazar al policía. Lloraron sobre su pecho como un par de bebés.

—Ese hombre —balbuceaba Tsugumi entre llantos y moqueos—… metió sus… en…
—… y después… pellizcó mi… y luego tocó mi… —decía con temblorosa voz Paula, al mismo tiempo.

—Ya, ya pasó —les consolaba Migisuke.

Una vez que tanto Paula como Tsugumi se hubieron tranquilizado lo suficiente, recordaron que en ese momento se encontraban casi desnudas; por lo que se echaron a gritar y, por mera reacción involuntaria, golpearon en la cara al oficial que las había salvado. En medio de apenadas disculpas se apresuraron a vestirse y a recoger todo su arsenal y demás equipo.

—Está bien, no pasa nada —les decía mientras yacía sentado el suelo, mirando hacia otro lado y tapando la hemorragia de su nariz con un trapo—. Discúlpenme ustedes por no haber podido llegar antes.

—¿Cómo es que usted supo que estábamos en aprietos? —preguntó Tsugumi.

—Oblivion me dijo que fuera a ayudarlas.

—¿Qué? —Tanto ella como Paula abrieron los ojos como platos.

“Black Tiger, White Fang —se dirigió el hacker a ellas en cuanto encendieron los comunicadores—, ¿se encuentran bien?”

—¡Bueno para nada! —Le reclamó la albina—. ¿Por qué cuando nos explicaste el plan no nos dijiste que habría en la mansión un sujeto como él?

“Eso es porque, para empezar, ese hombre ni debería estar en esta ciudad.”

—¿Qué?

—Oblivion —dijo Tsugumi—, ¿quién es era hombre? ¿Qué tanto sabes de él?

“Sé lo suficiente como para aclarar algunas cuantas dudas a los lectores, pero no lo necesario para serles de verdadera utilidad.”

El trío arqueó una ceja.

“Su nombre clave —explicó Oblivion— solía ser Numerale Sei. Él era uno de los hombres de mayor confianza del anterior Sottocapo de la familia, Marzio Benedetti. Aunque los mafiosi tienen un estricto código de ética que les prohíbe dedicarse a ciertas actividades delictivas, se dice que este sujeto en cambio gozaba con el permiso para ejercer de forma clandestina toda clase de negocios relacionados con la prostitución, los cabarets y el tráfico de esclavas con fines sexuales. Se cuenta que este hombre es tan, pero tan mañoso que cuando se trata de aprovecharse de una mujer, se convierte en una bestia virtualmente invencible. No así contra los hombres, en donde es un completo inútil.”

—ESO NO TIENE NINGÚN SENTIDO —exclamaron al unísono Paula, Tsugumi y Migisuke, con las bocas muy abiertas.

“Como sea. El caso es que ese sujeto se marchó de la ciudad hace unos años, cuando Marzio Benedetti fue asesinado, como parte de un acuerdo que hubo entre los Benedetti y las demás familias de Palermo. Mientras estuve vigilando a los Benedetti jamás vi que ese hombre estuviese ni remotamente cerca de la ciudad, así que tuvo que haber llegado en algún momento después de que perdiera el control del satélite espía. Puede que su presencia sólo sea una mera coincidencia, pero si no lo es… entonces eso significa que los otros numerali seguramente se encuentren merodeando la mansión. Así que vayan con mucho cuidado. Esos hombres son en verdad peligrosos, no por nada fueron ellos quienes le ayudaron a Marzio a hacerse con el control de toda la capital.”

Paula, Tsugumi y Migisuke sudaron frío.

“Mientras el buen Wasabi fue a ayudarlas, el resto del equipo se adelantó. Ahora se encuentran en el cuarto nivel de la mansión. Dense prisa y vayan con ellos. Ha surgido un gran problema por lo que debemos darnos más prisa.”

—¿A qué te refieres? —le cuestionó Black Tiger.

“Se los explicaré pero primero pónganse a correr, que el tiempo nos apremia.”

Los tres asintieron. Al gritó de ‘Vamos’, siguieron su camino. Paula, antes de salir del salón, le dio un pisotón en los testículos al calvo libidinoso, quien aún yacía semiinconsciente en el suelo. Éste apenas y pudo emitir un lastimero quejido.

“Escúchenme con atención: hace poco llegaron unos vehículos con decenas de hombres armados, y están atacando la mansión. Como lo oyen. No estoy muy seguro pero parece ser que son mafiosos de las otras familias de Palermo. En estos momentos los Benedetti están luchando a capa y espada contra ellos en las afueras de la mansión, pero son superados en número. Me parece que su objetivo es más que obvio. Si es lo que estoy pensando, entonces eso quiere decir que la vida de la señorita Kirisaki corre peligro. Deben encontrarla y huir de ahí lo más pronto posible, antes de que ellos lleguen a la señorita primero. Sólo es cuestión de tiempo para que logren entrar a la mansión, así que dense prisa.”

Tras dar unas últimas indicaciones, el hacker cambió la frecuencia y se comunicó de vuelta con los francotiradores:

—Redhawk, dime como ha ido la pelea.

“Míralo por ti mismo” le respondió.

Oblivion desplegó en su monitor la imagen de la cámara de la mira de Redhawk. A pesar de lo lejana que era la pelea, los destrozos y explosiones que dejaban a su paso eran perfectamente visibles.

—Muy bien —le dio un sorbo a su humeante taza—, quien quiera que seas, sigue así. Con Sanguigna fuera de escena todo será mucho más fácil. No obstante, me preocupa que aún sigan llegando más mafiosos a atacar la mansión. Ya son tres convoyes distintos los que han llegado. ¿De qué familias son? ¿Es que todos se pusieron de acuerdo esta noche?

“¿Qué me dice, jefe, ya puedo empezar a dispararles?” Le preguntó otro de los francotiradores.

—No, idiota. ¡Ni se te ocurra! Si llegan a descubrirlos, irán por ustedes. Ahora más que nunca los voy a necesitar para el escape. Deja que sean los Benedetti quienes se encarguen de ellos mientras puedan.

“Enterado.”

Oblivion suspiró de fastidio.

—Me pregunto por cuántos capítulos más se extenderá todo este martirio.

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Mañana por fin sería el día.

Teniendo esto rondando sin cesar por su cabeza, le resultaba siquiera impensable irse a su alcoba a tratar de conciliar el sueño. Había creído, ilusa, que podría matar el tiempo si se ponía a leer un libro, pero ello sólo la hizo sentirse peor. Tenía jaqueca, incluso un poco de nauseas. Le dolían los pies de tanto haber llevado tacones altos todo el maldito día. Y ni siquiera estando ‘en casa’ se le tenía permitido quitárselos. Según Max, era su deber mantener una imagen perfecta en todo momento, en todo lugar. Siempre muy maquillada, siempre muy enjoyada y con la ropa fina e impecable, incluso cuando no estaba con nadie; porque nunca se sabe cuando se tendrá que atender a una importante visita. ¿En qué se había convertido ella? ¿Acaso todo su valor y utilidad en la vida se había reducido al de ser un gran trofeo de presunción, una bella condecoración viviente?

“¿Es así como se supone que iba a ayudarte?” pensó cabizbaja la hermosa joven, con la mirada perdida en el infinito y en los recuerdos.

Se sentó en un diván y volteó a mirar hacia el techo. Para darse fuerzas, se puso a recodar a sus amigos. Imaginó qué clase de cosas podrían estar haciendo ellos en estos momentos. Ya debían estar en plenas vacaciones de primavera. Una semana más e iniciarían un nuevo ciclo escolar. ¡Un nuevo ciclo escolar! Las memorias de su primer día de escuela en Japón saltaron a ella como gotas de agua en aceite hirviendo. Todo eso se había quedado tan atrás, todo eso era ahora tan ajeno a su actual vida. Cerró los ojos. La imagen de la última vez que vio a Raku, la invadió una vez más. Vio una vez más sus ojos, esa manera tan inconforme y llena de indignación de éstos mientras él le exigía a gritos una explicación, la razón del por qué de su partida. Nunca antes ella había visto en él ese tipo de expresión.

“De seguro ahora debe odiarme” se dijo. “Y es muy probable que no solamente Raku. No importa. Todo estará bien… todo estará bien… todo estará…”

Sus preciosos ojos, azules como el alma del océano, se humedecieron.

De repente, todas las luces se pagaron y la armoniosa pieza de música clásica que ambientaba el salón, cesó. “¿Qué habrá pasado?” se preguntó. A los pocos segundos, las luces volvieron. Una joven mucama se acercó a decirle que no debía preocuparse, pues incluso cuando hay apagones los generadores se aseguran de mantener a la mansión abastecida de energía eléctrica. No obstante, pasados unos momentos, las luces se volvieron a apagar.

—¿Qué estará pasando?

—En seguida iré a traerle una lámpara. —La mucama hizo una reverencia y se retiró a paso raudo. Unos minutos después, estaba de regreso con el susodicho artefacto.

Chitoge encendió la lámpara y la puso sobre la mesa de centro. Al ver que la energía no volvía, se le ocurrió preguntarle a Max si sabía algo. Sacó su celular y le escribió un mensaje, el cual, para su sorpresa, no pudo enviarse; no había señal. Todo era tan extraño.

Minutos más tarde alguien abrió la puerta de golpe.

—¡Max! —Dijo la rubia—. ¿Qué ocurre? Te ves muy…

Maximiliano la sujetó fuertemente del brazo—. Ven conmigo.

—¡Espera! ¿A dónde me llevas?

—No hay tiempo para explicaciones. Camina.

Subieron por las escaleras de la torre, rumbo a la habitación de Chitoge.

—Suéltame, que me lastimas. Por favor, dime qué está pasando.

—Chitoge, escucha con atención: En estos momentos alguien se las ha ingeniado para infiltrarse a la mansión. No sé qué tan lejos hayan llegado ya, pero es más que seguro que van tras tu cabeza.

—¿Pero cómo? —La rubia abrió mucho los ojos—. ¿Cómo lo sabes? ¿De dónde sacas esas cosas?

—Porque les hice creer a todos que en estos momentos me encuentro fuera de la ciudad.

—¿A qué te refieres?

—Guardaba la esperanza de que mordieran el anzuelo e irían tras de mí, pero parece ser que esos bastardos resultaron ser tan o más mezquinos de lo que me había temido. Si algo malo te pasara en estos momentos, sería mi culpa, la alianza con el Beehive se rompería y éstos irían por mi cabeza. Sería la excusa perfecta para que yo no sucediese la posición de mi abuelo, y acabar conmigo.

A Chitoge se le hizo un nudo en la garganta. Aún cuando no entendía algunas partes del enredijo, fue capaz de hacerse a una idea más o menos sólida de lo que ocurría y por qué. Cuando llegaron a la habitación, Maximiliano la empujó con tosquedad a adentro. De inmediato reveló un compartimiento en el muro a un costado de la puerta, donde se hallaba un enorme botón rojo, el cual aplastó con fuerza.

Unas pesadas cortinas de metal cayeron de golpe, cubriendo herméticamente todas las ventanas y la entrada de la habitación. Chitoge se acercó a golpear la puerta.

—¿Qué significa esto? —Reclamó entre golpes y golpes que no hacían ni el más leve rasguño a la cortina.

—No te molestes, Chitoge. Que ésta sea tu habitación no es una casualidad. A diferencia del resto de la mansión, tanto el interior de las paredes como estas cortinas, están hechas de Adamantio.

—¿Ada-qué?

—Sí, lo sé, suena ridículo. Al parecer los desarrolladores de esta aleación eran muy fanáticos de las historietas, tanto que le pusieron a su invención ese nombre en honor a ese metal. Se jactaron que su invento es virtualmente indestructible, igual que el de los comics. No tienes que preocuparte, aquí estarás a salvo.

—No, ¡tonto! —Gritó Chitoge, aún dándole de golpes a la durísima puerta de hierro—. ¿Quién te dijo que yo quería que hicieras esto?

—Chitoge…

—¿Qué?

—Por favor, perdóname.

Chitoge quedó completamente pasmada—. Q-qué has…

—Al final de cuentas, las cosas no pudieron salir como yo esperaba. Te arrastré a este conflicto y ahora tu vida corre peligro. Si algo te llegara a pasar, jamás me lo perdonaría. Quiero que sepas que en verdad lo siento. Sé que suena muy estúpido y que no me lo creerás, pero yo nunca quise que sufrieras por mi culpa.

»No permitiré que nadie te ponga un dedo encima, Chitoge. Sea cual sea el resultado, ten por seguro que estarás a salvo.

Se escucharon los pasos del joven capo alejándose, bajando por las escaleras.

—Max, espera. ¡Max! ¡Max! ¡MAX! ¡Estúpido!

Chitoge cayó de rodillas. Sendas lágrimas rodaron por sus mejillas. No estaba triste, sino furiosa.

“¿Quién pensaría que su estupidez resultaría ser tan grande como su ambición” reflexionaba, mientras bajaba por las escaleras, el joven mafioso. “Ha llegado la hora de ajustar cuentas.”

Mientras tanto, en el centro de la ciudad de Palermo, una caravana de vehículos transitaba a toda velocidad rumbo a las afueras de la urbe. En uno de lo coches viajaba Raku Ichijou, en compañía de Hana y sus guardaespaldas. Su decisión era inquebrantable. Ya nada lo haría flaquear de nuevo.

“¡Chitoge, ya voy en camino! Espérame.”

FIN DE LA TERCERA PARTE.
CONTINUARÁ…

FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) SEGUNDA PARTE (Capítulos 10-18)

Descarga en formato Word la segunda parte de mi fanfiction de Nisekoi: En mi mundo en esta versión editada y corregida.:
  •  Contiene el primer capítulo spin off (re-bautizado como el 'capítulo 0') y los capítulos del 10 al 18
  • Los cuales  mejoré y modifiqué la redacción en cuanto a los capítulos originales
  • Añadíendo una que otra escena y diálogos inéditos.
  • Además de una lista con curiosidades y datos adicionales sobre la obra al final.
(Para descargar la primera parte, haz clic aquí)
Sinopsis:

Nada es para siempre. Esta es una lección que Chitoge Kirisaki deberá aprender y enfrentar cuando
descubra que sus días de ensueño y la maravillosa vida que había logrado en Japón tarde o temprano tienen que llegar a su fin. La vida de alguien que nace bajo la estrella de ser el hijo de un lider una organización delictiva está llena de más desventuras de lo que ella creía.

Género:

Romance, comedia, drama, acción.

Protagonistas:

Chitoge Kirisaki. Raku Ichijou. Seishirou Tsugumi. OC (Personaje original) 

Rating:   T (violencia en algunos momentos, pero hasta ahí, nada de lemon ni cosas gore.)



FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) Capítulo 26




En mi mundo.

Capítulo XXVI




—¿Quién eres? ¿Quién te ha enviado? —Preguntó a su agresor, con voz firme y autoritaria; pero éste permaneció en silencio—. ¡Vamos, contesta! ¿Para quién trabajas?

El recelo con el que aquella maldita enana no paraba de mirarla con aquellos fríos y punzantes ojos negros, daría, a una persona ordinaria, los más profundos escalofríos. No se trataban de unos ojos cualquiera: eran unos ojos vacíos, impávidos. Los ojos propios de un asesino sanguinario. La intrusa, por su lado, sabía muy bien quién era la persona a la que se estaba enfrentando. Por ello, no paraba de analizarla, de estar alerta y preparada.

“Ya lo sé. Sé que no debo hacerlo. Sé que le dije a Raku-chan que no podría ayudarlo, y sé que no estoy en posición de intervenir a favor de nadie. Sé que no debo entrometerme en esta decisión tan difícil que Chitoge-chan ha tomado, y estoy consciente de los problemas que podría ocasionar si lo hago. Pero si algo le llegara a pasar a Raku-chan o a Tsugumi-chan, yo… ¡Por favor, Ie-chan, te lo ruego! Sólo tienes que ir y asegurarte que las cosas no se salgan de control. No te estoy pidiendo que los ayudes directamente ni que comprometas al Char Siu en este conflicto. Tan sólo te pido que vayas y cuides que no les pase nada. Te lo suplico…”

“La familia Benedetti —pensaba la minúscula asesina de oriente, luego de aquella fugaz remembranza de las palabras de su señora—,  Actualmente, ellos no son más que una panda de escorias inservibles sin valor. Pero esta mujer… esta mujer es peligrosa. Si no la mantengo a raya, ellos podrían pasar por serios aprietos.”

La atmosfera entre ambas se iba  volviendo a cada segundo más y más densa. En cualquier instante una de ellas podría hacer su jugada. Quizás un segundo de distracción o menos era todo lo que una necesitaba para asesinar a la otra; por ello no paraban de analizarse, cautas, escrupulosas; estudiándose mutuamente con prolijidad, listas para responder ante la más leve señal.

—Muy bien —exclamó Sanguigna, harta de esperar la repuesta que jamás llegaría—, si así es como lo quieres, entonces te obligaré a que hables.

Acto seguido, se lanzó hacia su oponente con la misma fuerza de una bala de cañón. Justo cuando parecía que su ataque sería frontal, se esfumó. Apareció, en menos de un instante, detrás de la intrusa, con su Magnum Rhino apuntándole a escasos centímetros de la nuca. Disparó a quemarropa hasta tres tiros, pero, para su sorpresa, la misteriosa intrusa ya se había dado la media la vuelta y, con un par de cuchillos mariposa, bloqueaba las enormes balas. El contraataque no se dejó esperar: tres cuchillas salieron disparadas de las holgadas mangas de la túnica de su oponente; mismas que ella apenas y logró evadir agachándose. Una de ellas, sin embargo, logró cortar el costado de su boina, dejando al descubierto parte de su rojísima melena.

De pronto sintió como algo frío y duro se iba ciñendo a sus pantorrillas: una cadena, cuyo otro extremo era sujetado firmemente por el enemigo. Advirtió, además, que ahora su atacante sostenía, en el otro brazo, una enorme lanza de gruesa y curvada hoja, que quien sabe de dónde se la había sacado pues ésta debía medir al menos el triple de largo que aquella enana que ni siquiera llegaba al metro de estatura. Aprovechándose de que ahora no podía moverse, su atacante saltó varios metros en el aire y se arrojó hacia ella con la clara intención de ensartarle la punta de la lanza en la cabeza. Pero Karen rompió la atadura de sus piernas a base de pura fuerza bruta, y se hizo a un lado justo a tiempo. La gruesa cuchilla terminó enterrada en el suelo de roca.

Su portadora ya ni tuvo tiempo de sacarla, pues le fue menester esquivar las balas que la temible sicario de los Benedetti le disparó, una tras otra. En el momento de quedarse sin munición, Karen, en un abrir y cerrar de ojos, desenfundó otra de sus armas: Un revolver Raging Bull 454 Casull, cuyo calibre era tan potente que le resultaba inverosímil a su rival que dominase sin problema el retroceso de la pistola con una sola mano. La pelirroja corría de un lado a otro, esquivando las cuchillas del rival, que parecían infinitas, sin dejar de disparar; mientras que con la mano derecha guardaba su Rhino y pasaba a empuñar su tercera pistola: una Desert Eagle modificada, con silenciador. La diminuta intrusa se sacó de sendas mangas de los brazos dos enormes sables Dao, los cuales cruzó para protegerse de las balas. Con cada impacto las hojas se iban abollando; por poco y quedaban hechas trizas.

Tras eso, se vino un momento de calma donde ambas asesinas volvieron a estudiarse en silencio.

—Ya veo —dijo Karen—, así que sólo utilizas armas blancas.

Guardó su semiautomática y su revolver, y pasó a adoptar una pose de pelea similar a la ‘guardia lateral’ de los usuarios de Full Contact, pero mucho más adelantada y enfocada a la ofensiva.

Ie, por su parte, tiró sus ahora inservibles sables Dao. De sendas mangas emergieron otro par de cuchillos mariposa, los cuales esta vez sujetó de forma invertida: con las hojas protegiendo el antebrazo.

Tras unos segundos de recíproco estudio, Karen se decidió a dar el primer movimiento: corrió hacia su oponente y arremetió con una contundente patada descendente a la cabeza. Ie bloqueó el ataque con el filo de su cuchilla produciéndose un metálico estruendo. La tierra bajo sus pies se hundió.

 “¿Qué? ¿Pero cómo es posible?”

La suela de su zapato no debía estar hecha de material ordinario. Incapaz de seguir resistiendo semejante presión, Ie tuvo que hacerse a un lado. El talón de la pelirroja impactó de lleno en el suelo de piedra y éste terminó hecho añicos, los cuales salieron despedidos por los aires. Karen se giró y volvió a arremeter, esta vez con una patada de media luna que Ie evadió saltando rápidamente hacia un costado. El robusto tronco de un árbol que se hallaba a unos cuantos metros detrás de ellas, fue lacerado de un limpio corte vertical: desde la raíz hasta la copa. Ambas mitades poco a poco se abrieron y cayeron hacia los lados. Una parvada de pajarillos salió huyendo de entre las ramas de éste y otros árboles aledaños.

“¡Perra!” Pensó Ie. “Y eso sólo fue la presión del aire…”

El combate cuerpo a cuerpo continuó. A lo lejos de aquellas colinas se divisaban todos los estragos que iban dejando a su paso: desde árboles cayendo como si estuviesen siendo talados uno por uno y rocas estallando, hasta pequeños temblores y resquebrajaduras en el suelo. Los siniestros ocurrían desde diferentes puntos del monte Cuccio: en un momento en la zona boscosa y luego en las praderas, dejando testimonio de cómo ambas mujeres llevaban su feroz batalla de un lado a otro sin descanso.

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—Lo sabía —dijo aquel extraño hombre de cabeza rapada, con una mórbida sonrisilla entre labios—, ni siquiera esas horribles máscaras pueden burlarme. Reconocería la delicada e inconfundible esencia de una mujer joven así ésta estuviera cubierta de podredumbre.

Paula y Tsugumi se miraron la una a la otra. Comprobaron, atónitas, que sus rostros habían sido descubiertos. Su equipo antigás, sus pasamontañas y sus gafas de visión nocturna  ahora estaban en manos de aquel sujeto, quien los mostraba jactancioso. ¿En qué momento se los había arrebatado?

Sin pensárselo dos veces, le apuntaron con sus fusiles de asalto. Jalaron del gatillo pero no pasó nada.

—¿Pero qué demonios…? —gritó Paula.

—¿Buscaban esto? —Aquel extraño hombre les enseñó que entre en todo lo que les había arrebatado había también un par de cartuchos.

“¡También le quitó los cartuchos a nuestras armas!” Pensaron al mismo tiempo. “¿Cómo lo hizo?”

Tiraron sus M4 al piso y se apresuraron a sacar alguna de las otras tantas armas que llevaban bajo sus ropas. Pero antes de que pudieran empuñar una, el sujeto rapado desapareció de su vista y una especie de ráfaga de viento las impactó de lleno. Fue como si una presión en todo su cuerpo, por debajo y por encima de sus trajes, las hubiese estrujado y tironeado en menos de un segundo.

—¿Pero qué…? —Tsugumi no lo podía creer: Ya no había una sola arma ni accesorio en su saco, ni oculta bajo sus mangas. Palpó en todo su traje. ¡Ni siquiera llevaba puesto su chaleco blindado! Su camisa ahora estaba toda desfajada y arrugada—. ¡Paula! ¿Estás bien?

Volteó hacia su compañera. Ésta yacía de rodillas, con el rostro enrojecido, la respiración agitada y se apretaba el pecho como si le doliera. Por lo visto,  le había pasado lo mismo que a ella.

—Vaya, vaya —se escuchó la voz de aquel siniestro hombre a sus espaldas. Tsugumi se giró. Al lado de él se encontraba todo su armamento, munición y equipo, haciendo una pila tan alta que casi llegaba a los dos metros—. ¿Cómo le hacían para llevar toda esta mierda encima? Un par de jovencitas tan lindas y delicadas como ustedes no deberían ensuciarse las manos con estos instrumentos propios de la gente bruta e incivilizada. 

“¿En qué momento lo hizo?” Se preguntó Tsugumi, ya entrada en algo de pánico. “Ni siquiera pude ver cuando se movió.”

—En fin, eso ya no importa —agregó—. Por cierto… tú, la de cabello negro: para ser asiática tu busto es muy grande. ¿Acaso te las operaste? ¡No, no, no! —Abrió y cerró lentamente la palma de la mano, como si aún estuviera palpando aquello—. Si así fuera, lo sabría. Su textura es propia de las de verdad. ¿Eres copa E, cierto?

—¿QUÉ? —Tsugumi se llevó las manos al pecho. Por fin supo qué había sido aquella horrible sensación de estrujamiento de hace unos momentos—. ¡Maldito!

Se lanzó hacia el canalla insolente, dispuesta a borrarle esa cínica sonrisa de un puñetazo; pero él, sujetándola por la muñeca, paró en seco el ataque.

—Tu piel es muy tersa —le dijo. Poco a poco fue subiendo la manga de su saco y camisa, mientras iba palpando con la yema de los dedos su antebrazo—. Y tu color de piel tampoco está mal…

—¡Sueltame! —La sicario quiso zafarse; no obstante, por más que jaloneó no pudo. La fuerza de ese hombre era monstruosa y ni siquiera tenía pinta de estarse esforzando en lo más mínimo. Quiso golpearlo en la cara con su otro puño pero él esquivó cada una de sus arremetidas sin ningún problema. Luego le arrojó un rodillazo, que el perverso hombre bloqueó como si nada con la mano. Por último, Tsugumi le lanzó un puñetazo con todas sus fuerzas directo al abdomen; pero cuando sus nudillos se impactaron de lleno con la palma de la mano de aquel tipo, crujieron como hojuelas de cereal. La sicario apretó los dientes, tuvo que ahogar un grito adolorido.

Paula apareció de la nada y, dando un gran saltó, le lanzó una patada al bastardo asqueroso. Su rostro enrojecido reflejaba una mezcla de cólera y bochorno. El sujeto se limitó a abrir la zona del cuello para recibir ahí el talonazo. La albina sintió, al momento del impacto, un calambre en toda la pierna. Cayó de sentón en el alfombrado. Chilló y se sobó el pie. ¿Acaso acababa de patear a una columna de plomo?

—¿Saben algo? —El siniestro personaje arrojó a la joven de cabello negro junto a la albina, luego caminó despacio hacia la mesita que yacía al lado de los restos del sillón baleado—. Cuando me enteré que habían invadido la mansión, me disgusté como no tienen una idea. Incluso había comenzado a lamentarme el que me hayan tomado el pelo y obligado a pasar aquí la noche. Fui muy tonto al no darme cuenta a tiempo que esto iba a pasar, era tan obvio. —Tomó la botella que había sobre ésta y llenó una copa con lo que parecía ser un vino de color rosado—. Pero ahora ya no puedo quejarme. La diosa fortuna me ha bendecido con dos de los ejemplares más exquisitos con lo que me haya topado alguna vez por casualidad.

Alzó la copa. Bebió lentamente hasta poco menos de la mitad y dejó el resto de vuelta sobre la mesa.

—¿Quién lo iba a pensar, que en entre todo los invasores iba a haber dos ejemplares tan interesantes? —Se arremangó el traje y, mientras pasaba a ponerse unos traslúcidos guantes de látex, se acercó a ellas a paso lento—. Tengo un par de contactos que estoy seguro que me pagarán una buena suma por ustedes dos…

Familia Benedetti.
Antiguo hombre de confianza, gestor de negocios y agente secreto bajo las órdenes directas del Sottocapo.
Nombre clave: Numerale Sei.
Especialidad: Proxenetismo y trata de personas.

—Claro que, como buen profesional que soy, es mi deber examinar a detalle la mercancía antes de poder evaluarla como es debido.

Paula y Tsugumi, ya entradas en completo pánico y de rodillas en el piso, se abrazaron la una a la otra. Parecían un par de indefensos corderitos que no paraban de temblar como si estuvieran hechas de gelatina. Sus bocas balbuceaban y sus ojos, enormes y con forma de huevos estrellados, brillaban como los de un bebé. Lo que fuera que aquel sujeto tuviera pensado hacerles, sin duda no iba a ser algo bueno. La sombra del malévolo hombre se fue cerniendo sobre ellas. Sus rostros palidecieron y un rubor de líneas azuladas se dibujó debajo de sus ojos.

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Raku azotaba el pavimento una y otra vez, con pisotones que le dolían, mas eso no le importaba. Corrió al golpear el enrejado, desquitando toda su rabia, hasta casi romperse los dedos.

—¡Maldito Bastardo! ¿Cómo te atreviste a hacerle eso? ¡BASTARDO!

Le hervía la sangre. En su corta vida jamás había sentido tanto desprecio a una misma persona. Su entrecejo completamente fruncido y la mueca torcida de sus labios lo hacían ver como a un poseso. Él, que siempre fue un joven muy noble, por primera vez en su vida experimentó en carne propia el verdadero significado de la palabra ‘odio’.

—¿Ahora lo entiendes? —Le dijo Hana, aún molesta con él, quien se sacaba otro cigarrillo y le prendía fuego con su pequeño encendedor plateado—. ¿Entiendes ahora todo lo que ha tenido que pasar Chitoge? ¿Lo mucho que ha sufrido por culpa de ese canalla sinvergüenza?

—¡Maldita sea! —Azotó la reja—. Ahora todo tiene sentido… ¿Cómo es que no se me había ocurrido? ¡Si todo era tan obvio! No se lo perdonaré, jamás. No permitiré que ese bastardo se salga con la suya. Tenemos que hallar la forma de…

En ese momento, se dio cuenta de lo poco racionales que habían sido sus últimos actos.

“Es verdad, estuve a punto de tirar todo por la borda. ¿Por qué lo hice? ¿Por qué estaba tan molesto? Le di la espalda a todas las personas que me ayudaron a venir hasta acá. No estaba siendo para nada racional. ¿En qué estaba pensando cuando huí?”

Recordó a detalle las palabras de Chitoge y la sensación que tuvo al momento de oírlas.

“¿Tanto me molestó el creer que Chitoge realmente quería estar al lado de ese sujeto? Pero incluso si fuera cierto, ¿qué tendría eso de malo? En cualquier caso, ¿no habría sido mejor sentirse aliviado, aceptarlo y ya? Incluso fui capaz de abandonar a Tsugumi sin decirle nada cuando…”

—¡Un momento! —Gritó de repente, exasperado, girándose hacia Hana—. Hana-san, ¿Qué hora es?

Hana miró su reloj de pulso—. Son las doce con quince minutos. ¿Por qué?

—¿QUÉ? ¡Maldición! —Se llevó las manos a la cabeza—. ¡El plan! ¡Se me había olvidado! ¿Lo habrán llevado a cabo sin mí? No, lo más seguro es que sí. ¡En estos momentos ya deben estar todos allá!

—¿De qué estás hablando, muchacho? ¿Cuál plan?

—Pero si lo que me dijiste es cierto… ¡Maldita sea! Tengo que hacer algo. Ellos no van a poder convencer a Chitoge de cancelar la boda, y si se la llevan a la fuerza ¡algo terrible va a pasar! Pero no voy a llegar a tiempo. ¿QUÉ PUEDO HACER?

—Muchacho, ¡cálmate! —Hana lo zarandeó agarrándolo de los hombros—. Cuéntame qué está pasando.

Raku respiró hondo y puso todo de sí mismo para guardar la compostura. Una vez logrado esto, pasó a contarle a Hana sobre su llegada a Sicilia y el plan del que hasta hace poco él era partícipe.

—Ya veo —dijo la empresaria—. Típico de Claude.

—Ahora me doy cuenta de lo tonto que he sido. Ellos confiaban en mí y los abandoné a su suerte. No tengo excusa, he hecho algo terrible. Fui un estúpido. ¡Pero no puedo darme por vencido todavía! No voy a cometer el mismo error dos veces. Debo hablar a cómo dé lugar con Chitoge y convencerla de que desista.

Hana soltó de un suspiro una fina bocanada de humo.

—Muchacho, ahora que ya sabes como está la situación, ya deberías saber que convencer a Chitoge no va a ser nada fácil. Dime: ¿En verdad crees que puedes hacerlo?

Raku abrió los ojos de par en par. Se puso a pensar en todo por lo que había pasado desde que tomó la decisión de venir a esta ciudad, en todo lo que estaba en juego, en el futuro de Chitoge, en sus amigos quienes esperaban su regreso, en las promesas. Tras unos diez o quince segundos de reflexión, encaró a Hana y le dijo:

—Te seré sincero. A decir verdad, yo ya no estoy seguro de qué es lo que podría pasar, o de si podré en verdad hacer algo. Pero… —Sacudió la cabeza.

»Si estoy aquí es gracias a todas y cada una de las personas que, de una u otra manera, me han ayudado. Son tantos a los que debo un gran favor que ahora mismo no puedo contarlos. Hubo una persona que creyó en mí aún cuando ni yo mismo lo hacía. Hubo alguien más que me ayudó haciendo a un lado todas sus diferencias conmigo. Incluso hubo alguien que aunque nunca estuvo de acuerdo con que yo viniera, de todos modos buscó la manera de ayudarme. Todos ellos depositaron toda su fe y su confianza en mí, y yo les prometí a cambio que regresaría con Chitoge. Ellos están esperando a que cumpla con mi promesa. Si me doy por vencido ahora, no sólo todos mis esfuerzos habrán sido en vano, sino también todos los sacrificios, todo el sufrimiento, las lágrimas y esperanzas de quienes me han ayudado, lo serán. No tengo ningún derecho a hacerlo, es por eso que no voy a rendirme. Pase lo que pase debo hablar con Chitoge y liberarla de esto a como dé lugar. No puedo darme el lujo de fracasar. No descansaré hasta lograrlo.

En los labios de Hana Kirisaki se dibujó una pequeña sonrisa. Con un gesto que parecía propio de alguien satisfecho y, en cierto modo, agradecido, posó su mano en el hombro de Ichijou.

—Muy bien, muchacho —le dijo—, si ya has tomado una decisión; entonces, yo también voy a depositar toda mi fe y mi confianza en ti.

—¿Cómo?

—Ven conmigo.

Caminaron y doblaron la esquina. Se metieron en un rincón de una angosta calle contigua, tan oscuro que no se veía qué había en él hasta que se acercaron.

Raku no dio crédito a lo que veían sus ojos: Un considerable número de coches yacían estacionados en fila, y alrededor de éstos aguardaban un gran número de hombres. La mitad de ellos tenían pinta de ser guardaespaldas y la otra mitad sin duda debían tratarse de gangsters, cuyos rostros se le hicieron familiares al joven. ¡Eran sicarios del Beehive! Muchos de ellos llevaban en brazos o bien bidones de gasolina, o bien mecheros, encendedores, antorchas y demás herramientas aptas para crear y manipular el fuego.

—Madame Flower —se dirigió uno de ellos a Hana—, ¿comenzamos ya?

—No, nada de eso, déjenlo así. Hubo un cambio de planes. No vamos a quemar la catedral, no por el momento. En cambio, necesito que me ayuden a escoltar a este jovencito a la mansión de los Benedetti. Dentro de poco habrá una fiesta y es importante que él vaya a hacerle una visita a su novia. ¿Quién está conmigo?

La mayoría de los gansters sonrieron de forma medio sádica, medio emocionada, y se llevaron la mano al saco en busca de sus armas. Los guardaespaldas, en cambio, asintieron estoicamente.

CONTINUARÁ…