FANFICTION: En mi mundo (Nisekoi) cap 21



En mi mundo.

Capítulo XXI



Había sido un día bastante duro para una impacientada Chitoge; todo un suplicio que no parecía tener fin. Desde muy temprano no había hecho otra cosa que estar al pendiente del regreso de Max, mismo que, para su gran desconcierto, jamás ocurrió. Desde la mañana hasta caer el sol intentó llamarlo a su celular, pero éste siempre estaba apagado.

Había llegado ya el crepúsculo y la preciosa rubia, harta de tanto esperar, salió a sentarse en una banca del jardín a tomar aire fresco. Comenzaba a preocuparse, a temer que algo hubiese pasado. Y podía notar muy bien que no solamente ella pues, cada vez que volteaba a mirar a su fría escolta (quien, como siempre, permanecía vigilándole a unos metros de distancia, con la mirada apuntando al vacío,) podía notar cómo dentro de toda aquella mesura en su rostro se alcanzaba a divisar, desde lo más profundo de su arisca mirada, una latente ansiedad. Después de todo, esta debía de ser quizás la primera vez que esos dos se separaban durante tanto tiempo, encima desconociendo su paradero. Karen, cada vez que se sentía siendo observada, le devolvía la mirada a Chitoge con un gesto de hostilidad y pesadez tan insoportable que obligaba a la rubia a girarse de inmediato hacia otra parte.

“¿Por qué me miras así? No es mi culpa. Yo no le dije a Max que te forzara a quedarte aquí…”

Uno de los mayordomos salió de la mansión y se dirigió a donde Chitoge. Llevaba consigo un teléfono inalámbrico en una bandeja.

—Es para usted, señorita.

Un poco esperanzada, la joven tomó el aparato. ¡Quizás se trataba por fin de él!

Pronto?

“Buenas noches, señorita. Usted debe ser Chitoge, la prometida de mi sobrino. Dígame: ¿me permitiría unos momentos?”

“Esa voz…” Chitoge se desilusionó. Cuando creyó haber reconocido a la persona detrás del teléfono, recordó de inmediato las advertencias de Max y se preguntó cuáles podrían ser sus intenciones.

—Disculpe, usted debe ser Paolo, el tío de Max, ¿no es así?

Una sobria carcajada se alcanzó a oír a través del auricular. “Lo lamento mucho, señorita, pero me temo que me está confundiendo con mi hermano menor. Mi nombre es Nestore Benedetti.”

La rubia abrió los ojos como platos. Aunque ya le habían hablado de él, esta sería la primera ocasión en que ellos conversarían directamente.

“Disculpe mi intromisión. En realidad había llamado con la intensión de hablar con mi sobrino. Es que… desde anoche he estado tratando de llamar a su celular, pero él lo ha tenido apagado todo este tiempo. Estoy comenzando a preocuparme, ¿sabe? Ahora mismo me acaban de confirmar que tampoco se encuentra en su casa. Pero a decir verdad, eso no es nada raro en él, Aunque sí que lo es que lleve así ya tanto tiempo. Le he preguntado a medio mundo y nadie ha sabido darme razón suya. ¡Ha estado así desde antier! A eso agreguémosle que él mismo me había dicho que no tenía pensado salir ni asistir a ningún compromiso hasta después de su boda. Eso me tiene un poco nervioso. ¿De casualidad usted sabe a dónde pudo haber ido, señorita?

—Lo lamento mucho. Él salió de la ciudad sin decirme nada.

Hubo un breve lapso de silencio que a Chitoge le pareció eterno.

“Ya veo, ya veo… Me imagino entonces que en estos momentos usted también debe estar un poco angustiada, ¿no es así? Pero pierda cuidado, mi niña, que esto es bastante común en personas como nosotros; ya debería saberlo muy bien. Hay veces en que un inconveniente o dos pueden surgir en el momento menos deseado y no se puede hacer nada. Son gajes del oficio. Lo mejor es que desde ahora se vaya acostumbrando y deje de lado toda clase de pensamientos negativos que no sirven para nada. ¿Sabe algo? Mi sobrino a veces tiende a ser un poco egoísta y desconsiderado con los demás. No es que él sea una mala persona ni nada, es sólo que desde siempre él ha sido ese tipo de gente que se desempeña con mayor facilidad desde la comodidad del aislamiento, de la soledad. Nunca ha sabido relacionarse correctamente con otras personas y es por eso que se le dificulta mucho el ser atento y considerado. Pero bueno, no sé por qué le estoy diciendo todo esto si de seguro usted ya debe de conocerle bien. ¿O me equivoco, señorita? Además, usted seguramente ya debe saber el cómo suelen ser las cosas en nuestro peculiar mundillo. Los inconvenientes están siempre a la vuelta de la esquina y no avisan. Uno nunca sabe a qué problemas se va a tener que enfrentar al día siguiente; todo lo que queda por hacer es afrontarlos. Pero pierda cuidado, señorita, que esto seguro se trata de un simple asuntillo que ocupó su tiempo más allá de lo que él habría deseado. Dudo que el destino, aún para usted, señorita, sea lo bastante cruel como para permitir que algo grave le pase a su prometido a tan solo unos escasos días de su boda…”

La mano de Chitoge sosteniendo el aparato comenzó a temblar. No le gustaba nada la manera tan sobreactuada, tan falsa de hablar de aquel hombre. El mal presentimiento que llevaba teniendo desde hace ya unas horas se intensificó. La advertencias de Max se hacían cada vez más vigentes dentro de su mente, taladrando su juicio. Su boca se resecó, su frente se fue llenando de sudor frío y su tez palideció.

“Aunque debo advertirle algo, señorita. Si nos ponemos a pensar un poco mejor las cosas, debemos hacernos a la idea de que es nuestra obligación el estar siempre preparados para cualquier cosa que se nos presente, sea buena o mala. Ya que si algo es innegable, es que las personas como nosotros no tenemos la vida comprada. Eso es algo con lo que tenemos que lidiar día con día y… ¡Oh, no, no! Espere, no me haga caso, señorita. ¡Que tonto he sido! ¡Perdóneme! Me dejé llevar por unos momentos y terminé diciéndole sinsentidos que no van al caso. Le pido una disculpa por mi falta de tacto. Estoy seguro que mi sobrino regresará en breve, sano y salvo. Ya no se mortifique. Le juro que si tan solo supiese adónde es que salió, yo mismo iría personalmente a buscarlo y le reprendería por la desfachatez de haberla dejado sola y preocupada. Por favor, olvídese de lo que acabo de decir y encomiende toda su fe a Dios. Ya verá que en cualquier momento él se pondrá en contacto con nosotros y…”

El sonido agudo e intermitente del auricular le indicó al mafioso que Chitoge le había colgado sin previo aviso. Nestore sonrió satisfecho y, por contener la risa, echó un fuerte y cínico resoplido.

—¿Y bien? —Interrogó otro siniestro hombre, quien aguardaba por él, de pie junto a su costado; mientras lo miraba guardándose su teléfono móvil. —¿Hay noticias de ese mocoso?

—Tal y como lo esperaba… —le respondió en lo que reacomodaba su enorme y entumida retaguardia en el elegante sillón de su oficina—, nadie sabe nada de su paradero. Ni siquiera su prometida…

Nestore tomó del escritorio un elegante estuche y sacó de éste un fino habano. Olisqueó su sabroso aroma por unos instantes antes de pasar a hacerle un corte en la punta con su cortapuros de plata. Luego se lo llevó a  la boca. Su mano se alzó arrimando la flama de su encendedor favorito a la punta del puro, dejando entrever sus regordetes dedos que estaban colmados de aparatosos anillos de oro con piedras preciosas incrustadas de todos tamaños y colores. El perverso hombre aspiró profundamente del tabaco y se tomó su tiempo para degustar su intenso sabor. Por último echó, satisfecho, una gran bocanada de humo. Y contempló, entretenido, cómo éste se difuminaba poco a poco en el aire hasta desaparecer por completo.

—Eso sería una estupenda noticia —le advirtió el temperamental sujeto, quien parecía recriminarle con la mirada su tan relajada actitud—, si no fuera por el pequeño detalle de que todos mis hombres están en la misma situación. ¡Con un demonio, Nestore! ¿Es que no te das cuenta?

—Ya lo sé… ¡Con un demonio, ya lo sé! —Contestó con todo su buen humor echado a perder—. ¿Pero qué más podemos hacer? Sus teléfonos han estado apagados desde anoche. Yo también me muero de ansias por saber qué mierda pasó. Si todo salió conforme lo planeado o…  ¡Maldita sea! —Azotó el escritorio—. Todo parecía estar marchando de lo más lindo. Con ese mocoso dejando a su perra de asalto y a la mayoría de sus hombres en la ciudad, tal y como previmos que haría. Era la oportunidad perfecta. No puedo esperar más, iremos personalmente a Corleone. Quiero asegurarme de una buena vez, mirar con mis propios ojos que el trabajo esté hecho.

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Chitoge pisaba con fuerza, casi azotaba el piso mientras recorría a paso veloz los extensos pasillos de la residencia. Karen le seguía muy de cerca.

—¿A dónde va, señora?

—Voy a salir.

La escolta de inmediato se le adelantó y le cerró el paso.

—Me temo que no se lo puedo permitir.

—¿Cómo dices?

—Las órdenes de mi señor fueron bastante claras. Usted no tiene por qué salir de aquí a menos que sea para cumplir con algún compromiso. Hasta el regreso de mi señor usted ya no va a ir a ninguna parte.

—¡Me importa un bledo! Max no está aquí —Reclamó sumamente molesta—. Tú me dijiste que a más tardar estaría de regreso hoy por la mañana. ¡Mira qué hora es ya! No voy a quedarme de brazos cruzados. —La rubia intentó pasar por un lado pero la guardaespaldas insistía con bloquearle el camino.

—Usted no va a ir a ningún lado.

—¡Te ordeno que me dejes pasar!

—No.

Chitoge rechinaba los dientes. Su paciencia estaba a una nada de colmarse. Todo ese enojo, toda esa cólera tan recalcitrante que aquella mujer le provocaba tan sólo con su simple presencia, hasta casi hacerla derramar por los poros; le daba la amarga sensación de que ya lo había sufrido hace tiempo.

—¡Con un demonio! ¿Es qué no lo entiendes? ¿No ves que a Max podría haberle pasado algo? ¿Te vas a quedar aquí parada sin hacer nada? Voy a salir a buscarlo yo misma. Así que hazte a un lado.

—No hay nada que usted pueda hacer —cabeceó—. Mi deber en estos momentos es protegerla. No voy a permitir que se exponga de manera innecesaria. Esa fue la tarea que mi señor me encomendó y voy a cumplirla.

—En estos momentos ‘tu señor’ no está. Así que hora mismo soy yo a la que tienes que obedecer, ¿entiendes?

Karen devoró con la mirada a Chitoge por tan tremenda insolencia—. No se haga una idea equivocada. Yo solo sirvo a mi señor y a nadie más que a él.

Chitoge por poco estallaba. Aquella sensación de pesadez, la indolencia y terquedad de esa mujer, le parecían cada vez más familiar, pero no podía ni tenía el humor para procesar el por qué.

—¡Escúchame muy bien! —Gritó con toda la potencia de su ser, dando un increíble pisotón contra el piso que hizo eco a lo largo del desolado corredor—: Dentro de poco yo voy a ser su esposa. ¡Así que, te guste o no, me vas a tener que obedecer también a mí! Max no está aquí, así que la va a dar las órdenes en esta casa, cuándo él no esté, soy yo. ¿Piensas desobedecerme? Dime de una vez si las cosas van a ser así. Porque si no vas a hacer lo que te ordene entonces le diré a Max que no te quiero cerca de mí. Que te quiero fuera de mi casa.

Karen no hizo ninguna otra reacción facial más allá de fruncir sus cejas. El silencio incómodo que se formó en aquel pasillo, así como el pesadísimo ambiente, volvería loco a cualquier otro mortal. El duelo de miradas era simplemente indescriptible.

—¿Vas a quedarte aquí parada sin hacer nada mientras él podría estar en peligro? —Agregó—. ¿No te interesa acaso saber si se encuentra bien? ¿Qué vas a hacer si no lo vuelves a ver?

Pero estas últimas palabras de la rubia lograron mover algo dentro de la asesina. Sus rencorosos ojos a medio cerrar se abrieron como platos por un leve instante. Inmediatamente se giró en sentido opuesto.

Despacio, Karen dio unos pasos hacia un costado. Ahora Chitoge tenía el camino libre.

—Gracias —susurró la chica con la voz tan tenue que se imaginó que quizás Karen no le había escuchado. 

Lo primero sería ir a buscar por la ciudad a los pocos conocidos del italiano que Chitoge recién conocía, hasta dar con alguien que le pudiera decir a dónde se había metido. Una extraña conversación que tuvo con él justo antes de que desapareciese se le vino a la mente. Recordó que en ella se le había escapado preguntarle de forma retórica si había realmente alguien de entre todos sus contactos al que pudiera acudir con confianza. “Ninguno, no debes fiarte de nadie” le había respondido.

Ya en el auto, Chitoge le preguntó a Karen si en realidad sabía a dónde había tenido que viajar el castaño hace dos noches. La guardaespaldas le negó con la cabeza, pero dijo que había alguien que quizás podría saber.

—Le recomiendo que lo cite en un lugar del centro de la ciudad, uno concurrido de preferencia —le decía mientras le pasaba su móvil, el cual ya estaba enviando la llamada—. Por lo poco que pude presenciar, sé que el conflicto que mi señor tuvo la necesidad de atender provino de una plática que sostuvo con esa persona. Quizá sólo él puede saber a dónde fue que se marchó.

—¿Cómo es posible que ni siquiera a ti te lo haya dicho?

—No lo sé —dijo apretando los dientes y estrujando con suma fuerza el volante hasta hacerlo crujir.

La rubia boqueó cuando miró en la pantalla del móvil el nombre de la persona en cuestión. Mas ya no tuvo tiempo siquiera de procesarlo, porque de inmediato la conversación dio inicio.

“¿Sí, dígame?”

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Miraba por la ventanilla del taxi, tratando inútilmente de poner su mente en blanco. Resultó imposible, pues mientras más trataba, más y más nerviosa se sentía. Tsugumi en breves momentos se preguntaba si de casualidad Raku la estaba observando, pero se contenía las ganas de girarse a verlo por miedo de que sus miradas se cruzasen. Se arrepentía en lo más profundo de su ser el haber tomado tremenda iniciativa aquella noche. Si tan sólo hubiera sabido que los dos volverían a quedarse solos, no habría actuado tan imprudentemente.

—Tsugumi —susurró Raku con timidez.

La sicario casi pegó un brinco en su asiento y se estremeció escandalosamente, ahogando un chillido.

—¡Guarda silencio! —Gritó con furia, sin voltearse.

—Pero yo sólo…

—¡Que te calles!

“¿Será que está así por lo que pasó anoche?” —. Tsugumi, yo sólo quería preguntarte qué significó eso que hiciste ano…

—¡No me preguntes nada! ¡No quiero hablar contigo de nada! ¡Lo único que importa ahora es que vayamos por la señorita! ¿Entendido?

—P-pero —Raku comenzó a tartamudear. Se tocaba con ansiedad el rostro y se rascaba la cabeza de los nervios—, Tsugumi, sobre lo que pasó anoche, yo…

—Te dije claramente que te olvidaras de eso si no quieres que te asesine…

—¡No puedo! —gritó con la mirada hacia el suelo y un dejo de angustia.

—¿Qué dices? —Finalmente se volteó a verle.

—Aunque me digas que me olvide de eso, simplemente no podría hacerlo. No me pidas que lo olvide; eso sería como si no le diera ninguna importancia a lo que hiciste o a ti. Acaso… acaso —el chico sintió un nudo en la garganta; quizás ninguna otra conversación en su vida le había resultado tan difícil de llevar pero estaba convencido que era su deber continuar—, Tsugumi, ¿es que acaso tú…?

—¡No, de ninguna manera, Raku Ichigo! —Su rostro había adoptado su ya conocida faceta de asesino serial. Raku se sintió amedrentado.

—¿Qué…? Pero si ni siquiera sabes qué iba a decir.

—No me importa. Lo que sea que vayas a preguntar la respuesta es: ¡NO!

—¿Pero entonces por qué hiciste eso?

Tsugumi se tiñó la piel de rojo y de su rostro tan acalorado comenzó a brotar vapor.

—¡Qué te importa! ¡Lo hice porque se me dio la puta gana! ¡Punto!

Raku se encogió de hombros y guardó silencio. Pero cuando parecía que la conversación había finalizado, dijo:

—Pero Tsugumi… yo… ¿acaso ese no fue tu primer…?

El rostro de la sicario estalló cual petardo y se llenó de toda clase de tics nerviosos. Casi por puro reflejo taponó la boca de Raku estrujando con fuerza sus labios.

—¿Y qué importa? —Gritó apenada, volteándose de nuevo hacia la ventanilla del coche—. Sólo es un insignificante beso, ¿no? ¿Por qué le das tantas vueltas? ¿Qué puede tener de especial un simple beso para alguien como tú?

El morocho arqueó desconcertado una ceja—. ¿Qué…? Tsugumi, ¿qué quisiste decir con eso?

—¡Claro, hazte el tonto, Raku Ichijo! —Bufó como si de alguna forma se sintiera ofendida—. Tú sabes muy bien de qué hablo. No pienses que me vas a seguir tomando el pelo.

—¿Eh? —ladeó la cabeza, un poco extrañado.

—Tú, Raku Ichijo. ¡Me engañaste! —Le acusó con el dedo—. Tu me dijiste hace un tiempo que la señorita y tú llevaban una relación pura. ¡Eres un bastardo mentiroso! 

—Tsugumi, ¿De dónde sacas eso? No entiendo nada de lo que dices.

Estuvo a punto de contarle lo que ella creía saber, pero se contuvo. Sin importar la situación, ella no tenía ningún derecho de revelárselo; solamente su señora podía.

—¡Nada! Cierra la boca.

Ya no dijo más palabras, por mucho que Raku le insistió. De todas formas ya faltaba poco para llegar al punto de la ciudad donde ellos habrían de avanzar por su propia cuenta. El joven Ichijo suspiró; entendió que por el momento lo único importante para ambos era el llegar a Chitoge. Ya habría tiempo después de insistir con el tema.

Cuando Ichijo pasó a pagarle al taxista, notó que este estaba que casi se moría de la risa. Tal parecía que no necesitaba entender japonés para darse una idea de la temática de su charla. Raku gruñó y mandó mentalmente al chofer a tomar por culo.

Se acercaron al lugar a paso cauteloso. Deseaban pasar lo más desapercibidos posible por si había alguien vigilando la zona desde la distancia. Tsugumi, con celular en mano, recibía las instrucciones de la voz de Paula, quien se encontraba en el departamento monitoreando vía satélite tanto a ellos como a Chitoge.

“En estos momentos la señorita se encuentra caminando rumbo a la zona oeste del parque, rumbo al palacio de Zisa. No sé muy bien qué es lo que ha pasado pero ha dejado atrás a los demás sujetos con los que estaba conversando. Black Tiger, esta es una oportunidad de oro. Las demás escoltas siguen estacionadas en el otro extremo del parque. Quizás aún no se han dado cuenta que la señorita ha comenzado a alejarse en sentido opuesto.”

—Ya veo. Si así están las cosas entonces tengo un plan. Raku Ichijo, presta mucha atención. Yo voy a ir por el lado este de la plaza y crearé una distracción para que todos me sigan. Entre tanto, tú te acercarás a la señorita por el lado oeste. Ten mucho cuidado, mantén tu distancia hasta que te hayas acercado lo suficiente y compruebes que no hay nadie cerca además de la señorita. ¡Démonos prisa!

Raku asintió. No había tiempo que perder. Tanto él como Tsugumi corrieron y tomaron caminos opuestos. Contaban con muy poco tiempo por lo que debían de actuar tan rápido como les fuera posible, si es que querían disminuir el riesgo de un imprevisto.

Tsugumi se situó en una azotea. Miró cautelosamente hacia abajo, en dirección a los coches negros estacionados. Preparó todo su arsenal. Su plan era muy simple pero, si lo ejecutaba correctamente, sería efectivo. Consistiría simplemente en crear una balacera que llamaría la atención de todos los guardaespaldas; procurando ser lo suficientemente escandalosa para que todos y cada uno de ellos fuesen por mero instinto detrás de ella. Después de todo, la gente tiende a ser estúpida si le metes la presión suficiente. Destruiría primero todos los coches con su lanzacohetes y después atacaría sin piedad desde un punto medio para darse a ver, para al final simular una huida. De esa manera podría entretenerlos, llevárselos tan lejos como le fuera posible. Si lo hacía bien, le daría todo el margen de tiempo necesario a Raku Ichijo para que pudiera escapar junto a la señorita Chitoge y perderse en medio del caos. Solo debía esperar unos cuantos instantes más; así Raku tendría el tiempo necesario para acercarse lo suficiente antes de comenzar la distracción.

Pero justo a unos instantes de decidirse a lanzar el primer cohete, Tsugumi presenció, a través de la mira telescópica de su lanzacohetes RPG7, un inesperado acontecimiento que la hizo estremecer por dentro.

—¡Paula! —Gritó desesperada y nerviosa a través de su celular—. ¿Puedes verlo tú también? ¿Qué demonios está pasando?

Una fila de imponentes automóviles, que eran casi el doble que los que ya estaban estacionados, acababan de llegar al lugar, rodeando y cerrándoles el paso a los demás coches. De inmediato bajaron de ellos un incontable número de sujetos de traje negro. Los soldati de los Benedetti de inmediato les cerraron el camino. Daba la impresión de que un conflicto armado entre ambas facciones estaba a punto de desatarse.

“Sí, Black Tiger, yo también lo veo. No tengo idea de quienes sean, pero trataré de…”

Paula pegó un gritó. No sonaba como algo grave, más bien era una especie de berrinche, una frustración; algo común en ella.

—Paula, ¿Qué ocurre? ¡Paula!

“Black Tiger, yo…” su voz se escuchaba temblorosa, como la de una niña a punto de llorar. “¡Acabo de perder la señal del satélite!”

—¿Qué? —Gritó con los pelos hechos punta, los ojos deformes y desorbitados, y la boca tan abierta que superaba en tamaño al resto de su rostro—. ¡Pero Paula, necesitábamos que vigilaras a la señorita y Raku Ichijo para que les ayudaras a planear una ruta de escape! ¿Cómo fue que esto pasó?

“No lo sé… yo… no estoy muy segura pero… pero… creo que los que están a cargo del satélite por fin se han dado cuenta de que lo estábamos hackeando y nos acaban de desconectar. ¡Maldita sea! Si tan solo el pervertido éste estuviera despierto…”

Sonó como si Paula hubiese dejado caer el teléfono al piso. A través del auricular ya tan solo se alcanzaban a oír pisotones, azotes y lo que parecía ser insistentes y recias bofetadas. A Tsugumi no le costó mucho imaginarse que no se trataba de otra cosa que Paula descargando toda su frustración con el inconsciente cuerpo de Oblivion, ‘por si así lograba despertarlo.’ También creyó haber escuchado de fondo la voz de un desesperado Migisuke tratando de calmar a la albina. Sabiendo que ya no se podía hacer nada, la sicario frunció el seño y colgó. Se dispuso a vigilar otra vez la escena. Quizás aún había algo que ella pudiese hacer. Quizás las cosas aún podían estar bajo control. ¿Qué importaba si ahora eran más? Ella, con tal de traer de vuelta a Chitoge, sería capaz de enfrentar a un ejército entero si fuera necesario. Pero todos esos pensamientos optimistas se le vinieron abajo cuando miró con atención a la persona quien acababa de abrirse paso en medio de todos los matones y guardaespaldas presentes, y se dirigía rumbo al centro de la plaza.

“¡Imposible!”

Su sangre se heló, su boca quedó deshidratada, sus brazos temblaron. No había forma alguna en que ella se atreviera a ejecutar su osado ataque con aquella persona presente. Incluso en su caótico estado anímico Tsugumi podía darse una idea de lo que podría estar a punto de pasar.

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Se notaba a leguas que aquel hombre apenas y podía contener sus ganas de reír. Incluso sus acompañantes parecían estarle secundando con sus irónicos gestos. Con cada palabra de Chitoge daba la impresión que alguien le estuviese haciendo cosquillas por dentro. Incluso se llevaba en ocasiones las manos a la boca. A su interlocutora obviamente esto le parecía por demás desvergonzado y cínico de su parte, pero no tenía tiempo para desviarse de la conversación. Ella necesitaba cada ápice de información que él pudiera entregarle.

—Señorita, ¿usted va en serio? —dijo el robusto señor, entre risas contenidas—. ¿Entonces en verdad usted me citó en este terreno sólo para que le dijera a dónde se fue sobrino? Esto es tan… ¡pff! —Se agarró su abultado vientre y, finalmente, se le escapó una carcajada.

Chitoge sintió un estupor, mas permaneció firme. No iba a dejarse intimidar por la actitud cínica de aquel hombre, quien se hacía llamar Oscar Benedetti, no mientras él fuese su única alternativa para dar con el paradero de Max.

—Hablo muy en serio. Por favor, tan sólo quiero que me diga dónde lo puedo encontrar. Eso es todo lo que necesito saber.

—Señorita, me va usted a perdonar pero… si usted no sabe nada de él ¿por qué espera que yo sí lo sepa?

—Sé de buena fuente que usted fue la última persona con la que Max habló antes de marcharse. Así que estoy segura que usted sabe la razón de su partida. Se lo suplico, tan sólo dígame a dónde fue. No me interesan los detalles.

El maduro hombre cerró los ojos y ladeó la cabeza—. Me temo, señorita, que quien haya sido la persona que le dijo eso, le ha visto la cara. Yo ni siquiera he tenido la oportunidad de ver en persona a mi adorado sobrino desde que volvió a la ciudad.

—Le ruego que no le falte el respeto a mi inteligencia. La persona que me lo informó estuvo presente la misma noche que usted llegó a la mansión. De inmediato pidió una conversación en privado con Max. Y fue después de eso que él decidió marcharse a quien sabe dónde. No me avisó por las prisas y porque en ese momento yo ya me encontraba dormida, pero dejó encargado a esa misma persona que me lo dijera cuando despertara. Así que no tiene caso que se haga el tonto conmigo. Sé que usted debe saber por qué Max se fue de la ciudad.

El mafioso enmudeció. Su semblante hasta ese momento burlesco se tornó más serio. No le costaba mucho trabajo imaginar quien debió haber sido el pájaro soplón que le había delatado. De todas formas, eso no importaba.

—Señorita —dijo luego de un leve suspiro—, supongamos que en verdad yo sé en dónde se encuentra mi sobrino. Supongamos que se lo digo y usted va a buscarle. Créame que usted no va a lograr nada.

—¿A qué se refiere?

—Si mi sobrino no le dijo a nadie a dónde se fue, y si desde que se marchó no se ha comunicado con nadie, ni siquiera con su prometida, y ha mantenido su teléfono apagado todo este tiempo, es más que evidente algo: él simplemente no quiere que nadie sepa en dónde está. Y eso la incluye a usted, señorita. ¿Qué caso tiene, entonces, ir en búsqueda de alguien que no quiere ser encontrado?

—¿Y qué si le pasó algo?

—¿Algo? ¿Qué? Él ya no es un niño, señorita; él ya sabe cuidarse solo. Entiéndalo por favor. En el remoto caso de que él se encontrara en aprietos, ya habría pedido ayuda, ya habría llamado a alguien de su confianza. Pero usted me dice que nadie sabe nada de él y que su teléfono ha estado apagado en todo momento. Si en verdad salió hacia algo tan peligroso como usted teme, ¿por qué no se lo dijo a nadie más? Y si en verdad él se encuentra en un predicamento, ¿qué podría hacer usted en su condición por él? ¿Cómo piensa hacer para dar con alguien que ha desaparecido así, sin dejar rastro? No tiene ningún caso preocuparse, Maximiliano se dará a saber cuando él así lo quiera y no antes. Hasta que eso pase, todo lo que podemos hacer es esperar. Seguramente él debe tener sus motivos para…

—¡No!

—Señorita, cálmese. Aunque usted no lo crea, mi sobrino es así. La última vez que desapareció hizo exactamente lo mismo. Nadie supo en días de él, a dónde se había ido o con qué motivo se había marchado. Pasaron los días sin saber de él, y de repente, ¡Puf! regresó. Entonces nos enteramos que todo ese tiempo él había estado en Japón y que había regresado ni más ni menos que con una prometida. ¿Puede imaginarse nuestras caras? Él es un chico bastante indolente que nunca le rinde cuentas a nadie. No espere que vaya a ser distinto con usted, porque le juro que no lo será.

—¡Cállese!

—Señorita, ¿A dónde va?

—¡Déjenme en paz! —Chitoge se hizo paso en medio de todos los asistentes del caporegime de la mafia y se retiró con prontitud.

Oscar la miró alejarse con una cínica sonrisa.

“¡Esto no puede estar pasando!” Chitoge se había echado a correr en sentido contrario a dónde sus escoltas le aguardaban. Quería estar sola, quería poner su mente en blanco antes que estallase; quería huir, aún a sabiendas de que ahora ella se encontraba más atrapada y perdida que nunca.

“Yo ya estoy muerto, Chitoge. Es por eso que ya no me importa si pierdo la vida. Morí hace muchos años. En estos momentos estás hablando con un muerto andante…”

—No tienes derecho —decía entre dientes, con la mirada fruncida y cargada de angustia—… ¡No tienes ningún derecho, maldito! ¡No te atrevas a dejarme ahora!

En frente de la fachada del palacio de Zisa, aquel antiguo castillo que en el presente no era otra cosa que un patrimonio histórico más de la vieja ciudad, una dolida y fastidiada Chitoge se detuvo a descansar. Le dolían un poco los pies —los tacones no eran precisamente un buen complemento cuando lo que se buscaba era correr lo más lejos posible. Levantó la mirada y contempló hasta la cima de la imponente construcción, con sus formas tan simétricas, sus pequeñas almenas en lo alto de sus muros, sus estrechas ventanas y su enorme marco en la entrada. Para ser un palacio, a ella le daba más la impresión de estar frente a una seca y rígida prisión ornamentada, una enorme jaula de oro, como en la que ella ahora estaba apresada. Tan sólo pensar que su vida se había convertido en la viva imagen de ese tétrico castillo le bastaba para que sus bellos ojos azules se llenaran de paño. El afrontar tan crudamente su maldita impotencia era la más grande de todas las penurias. Se acercó al muro del castillo y comenzó a golpearlo con rabia.

—¿En dónde estás, bastardo? ¡No puedes desaparecer! ¿En dónde estás? ¿En dónde…?

Arremetió hasta quedarse sin aliento. Luego permaneció quieta apoyando las manos en el muro, conteniendo los sollozos que amenazaban con escaparse. Ahora todo era silencio a su alrededor, hasta que el sonido de unos pasos acercándose lo quebraron.

—Chitoge.

De inmediato reconoció aquella voz y, buscándole, se giró. Quería asegurarse que no se trataba de una mera ilusión. Pero no. Ahí estaba él, de regreso, como el espectro de un insistente remordimiento, haciendo que su ausencia, que hasta ese momento parecía haber durado una eternidad, quedase reducida al tamaño de una breve anécdota.

—¡Estúpido! —Le gritó—. ¿En dónde te habías metido?

—Eso mismo iba a preguntarte —contestó Maximiliano, con ese porte estoico que le distinguía—. Me llevé una sorpresa cuando llegué a la mansión y vi que no estabas. Tuve que llamar a Karen para que…

Chitoge se acercó y le conectó una bofetada que resonó a lo largo y ancho del extenso patio. Max la recibió sin inmutarse.

—¿Por qué regresaste hasta ahora si dijiste que ibas a hacerlo más temprano? ¿Qué demonios estuviste haciendo todo este tiempo? ¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué apagaste tu teléfono? ¡Empezaba a creer que te había pasado algo!

—No seas ridícula. No hay manera en que me pueda pasar algo.

—Estuviste haciendo cosas peligrosas, ¿no es así?

—No, ¿cómo crees? Sólo fue un viaje para salvar un negocio.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué es esto? —Chitoge señaló la gasa que el italiano tenía pegada en la mejilla izquierda.

—¿Te refieres a esto? No es nada. Tuve un pequeño tropezón y me raspé. Eso es todo.

—¡No me mientas! —Trató de retirarle la tela para ver qué clase de herida se había hecho, pero él le detuvo la mano.

—Es la verdad.

—¿Por qué te tardaste?

—Sufrí un pequeño retraso. Las cosas no salieron como lo preví. Pero ya estoy de regreso.

—¡Nunca más vuelvas a hacer eso, me oíste! ¡Nunca!

Hubo unos instantes de silencio dónde la rubia se dedicó a regañar con la mirada a su desconsiderado prometido. Él por lado guardó la calma y dijo:

—Vamos a casa.

Chitoge, resignada, contuvo sus ímpetus y asintió—. Sí…

Pero justo cuando se disponían a marcharse, Maximiliano se dio cuenta, por la expresión desencajada de Chitoge, que había algo o alguien acercándose a ellos. Miró a dónde ella lo hacía topándose también con silueta cuyo rostro comenzaba a vislumbrarse en medio la oscuridad de la noche y la iluminación del sendero.

—No es cierto… —Chitoge no podía dar crédito a lo que veían sus ojos.

Incluso el propio Maximiliano sabía muy bien que la presencia de aquella persona no auguraba absolutamente nada bueno.

Aquella prominente mujer de negocios tomó con fuerza la manó de su hija y  jaló de ella. En ese instante Chitoge sintió su garganta cerrarse.

—M-mamá… ¿P-pero qué estás haciendo a…?

—Chitoge, ya es suficiente. Nos vamos de aquí ahora mismo. 

CONTINUARÁ…

Noticias.

Bueno, como ya algunos habrán notado, ya tengo subidos todos y cada uno de mis fics que tengo publicados en FF.net A partir de aquí ya solo iré actualizando la única historia que no tengo en hiatus.

Cosa curiosa que debo aclarar es que en un principio no tenía planeado que este blog se convirtiera en mi vertedero de fics, sino usarlo como mi nuevo blog personal ya que el otro lo había llenado de tanta mierda que google me lo marcó como 18+ con todo lo que eso conllevaba (risas.) Solo que ya no he subido otros post con temas diversos ya que entre el trabajo, los videojuegos y leer manga, lo que me queda de tiempo libre lo dedico a mi fic y ya no tengo tiempo de postear otro tipo de cosas.

Por el momento veré si puedo llevar a cabo mi objetivo de reeditar mis fics viejos y continuar algunos más en lo que termino de una buena vez mi fic de Clichekoi xD


Gracias por su atención. Seguiremos en contacto.

FANFICTION: En mi mundo. (Nisekoi) capítulo 20



En mi mundo.

Capítulo XX



—Muy bien, señores —exclamó Oblivion, el ahora líder táctico de la operación de rescate, tras haber dado un par de recias palmadas en el aire. La gran mayoría de los presentes, quienes se habían reunido en su departamento desde temprano, dejaron de chismear entre ellos y se giraron atentos hacia él—, quiero que ahora presten mucha atención a lo siguiente:

Las luces de la habitación se apagaron en el acto. Oblivion encendió el cañón proyector. En la enorme pantalla reflectora que yacía colgada en el muro comenzó a visualizarse la fotografía de una enorme y elegante residencia. Todos los reunidos miraron atentos.

—Esta, señores, es ni más ni menos que la mansión donde nuestra señorita se ha estado alojando casi desde que llegó a Palermo…

Oblivion caminó al frente. Sacó de su bolsillo y extendió una varita para exposiciones, misma que utilizaría durante el resto de la reunión para señalar, conforme desfilaban las imágenes y se adentraba en su discurso, algunos lugares clave del tan importante inmueble, tales como su entrada, las cuatro torres ubicadas en cada esquina, el enorme balcón del salón principal y el extenso jardín trasero.

—No se dejen engañar por su apariencia —agregó con ese tono medio bromista y ocurrente que lo distinguía—. Esta casucha, aunque parezca sacada del siglo XIX o de una de las muchas fantasías alucinógenas de Tim Burton, en realidad no tiene ni dos décadas de haber sido mandada a erigir.

»Ubicada en las afueras de la ciudad, sobre una extensa llanura a los pies del imponente Monte Cuccio, justo a un costado del antiguo poblado de Baida (ahora zona suburbana que  se localiza al oeste del núcleo de Palermo,) esta singular mansión ocupa, junto a todo el terreno de la propiedad circundante, un total aproximado de tres hectáreas. “38.113889, 13.283540” son sus coordenadas, por si un curioso al leer esto quiere saber dónde está ubicado. Sólo tienen que abrir Google maps, copiar y pegar.

—Oye, espera un momento —le interrumpió Paula desde el rincón—. ¿A qué viene esa estupidez sin sentido que acabas de decir?

—No lo sé, querida y dulce Paula —se llevó la mano al frentón y miró hacia el techo—. Supongo que debo ser ese tipo de personajes sabelotodo que los autores ponen en sus historias para dar a saber todo lo quieren que sus lectores sepan a través de sus tediosos diálogos y pensamientos —se aclaró la voz y volteó de nuevo hacia la pantalla—. En fin, como les iba diciendo…

—A este tipo ya se le zafaron todos los tornillos que le quedaban —masculló la albina con una mueca de repulsión—. ¿No lo crees, Black Tiger? ¿Eh? ¿Black Tiger?

Su compañera no le contestaba. Parecía estar completamente atenta a las explicaciones, ignorando cualquier distracción del resto del mundo. Su mirada profunda, con el seño fruncido reflejaba una seriedad y determinación apabullantes, así como también un dejo de rabia contenida. Paula, de lo mucho que se impresionó, se echó unos cuantos pasos atrás hasta tropezarse con Raku. Él, muy por el contrario de Tsugumi, se le veía tan cohibido, tan distraído; miraba hacia su costado como tratando de evadir a toda costa el contacto visual con Tsugumi, y se le notaban toda clase de tics nerviosos tales como golpetear su pierna con los dedos. En pocas palabras, se portaba como si en el fondo preferiría no estar presente pese a lo importante que era la reunión. Miró extrañada a ambos repetidas veces. Empezaba a sospechar que algo debió de haber pasado entre ellos.

—Toda la edificación en sí —continuaba, mientras tanto, Oblivion en su discurso— está hecha de hormigón armado de alta densidad reforzado con fibra de acero, y sus muros a su vez están engrosados con un doble revestimiento de CMC, material sintético que absorbe y mitiga las ondas de impacto y que brinda, por consiguiente, una resistencia increíble a las explosiones. Ya puedes estallarle hasta doscientos o más kilogramos de TNT en las narices a esos muros y estos seguirán en pie, incluso protegiendo de la onda sónica a los que se encuentren del otro lado pues este material también aísla la mayor parte del estruendo; que puede reventar los tímpanos y dañar los pulmones. Por si fuera poco, la misma densidad del concreto es efectiva para disminuir la radiación. ¡Carajo! Ya quisieran muchas prisiones tener la resistencia contra ataques terroristas de ese manicomio. Y todo esto sin perder el glamur, la elegancia —remató con tono irónico, burlesco, mientras señalaba las decoraciones y acabados de los balcones.

»¿Qué por qué les cuento todo esto? —La diapositiva cambió, mostrando ahora una imagen satelital enfocada en una de las torres de la mansión. Oblivion señaló con su varita hacia la ventana más alta—. Pues antes que nada, miren esto con atención. ¿Pueden decirme qué ven?

A Raku y Seishirou se les vinieron las quijadas abajo; sus ojos casi se les salían del rostro cuando se fijaron bien en la pequeña silueta de aquella persona asomándose. “¡No me digas que es...!” pensaron al unísono. Un buen puñado de los gansters presentes se les sumó cuando el hacker hizo varios acercamientos a la imagen, hasta que la identidad de esa jovencita de cabello rubio se hizo evidente.

—¡Así es, señores! —Gritó señalando con su vara la imagen de Chitoge, mientras señalaba hacia el techo y adoptaba una pose heroica—. Es en lo más alto de esta torre, la de la esquina trasera izquierda del edificio, dónde nuestra señorita, la hija de nuestro jefe se ha estado hospedando todo este tiempo. Y estoy completamente seguro de eso porque ella se ha asomado por esa misma ventana, una y otra vez, a la misma hora todas las mañanas y también por las noches desde que la comencé a monitorear. Al principio —reacomodó su gafas hacia atrás con la yema del dedo—, tenía mis dudas sobre cual de todos los posibles lugares sería en el que la señorita pasaría la noche en el momento en que ejecutáramos nuestro rescate. Pero ahora estoy completamente seguro de que ella va a estar presente en ese mismo lugar, incluso un día antes de la ceremonia, como lo ha venido haciendo todos estos días. Después de todo, todo parece indicar que ella no se encuentra hospedada en esa residencia por casualidad. ¡Qué mejor lugar que aquella fortaleza, que pareciera que fue mandada a hacer por un loco paranoico…! De todos modos, yo mismo me cercioraré que se la señorita esté presente en el lugar previsto antes de dar comienzo la operación. Es por esta razón que no he dejado de seguirle el rastro y no lo voy a dejar de hacer hasta que haya llegado la hora de proceder. Pero por si acaso, también tengo en mi poder toda la información necesaria de cada uno de los otros posibles lugares en los que la señorita podría pasar la noche de improviso, para que podamos operar de acuerdo al caso que se nos presente. Pero, dado que las probabilidades de que ella se va encontrar en este lugar cuando nos movamos, son prácticamente ya un hecho, vamos a enfocarnos en este sitio. Así que abran muy bien los ojos:

La imagen del proyector volvió a cambiar. Esta vez mostró en conjunto lo que parecían ser los planos arquitectónicos del sitio. Paula en sus adentros reconoció con un poco de asombro que toda la información que aquel sinvergüenza había reunido, aparentemente sin la ayuda de nadie, era sorprendentemente extensa, más si se tomaba en cuenta que una organización del crimen en teoría no se dejaría robar información confidencial tan fácilmente. Ichijo, Migisuke y Tsugumi, por su lado, se veían cada vez más interesados. A su manera trataban de descifrar por si mismos las imágenes, especialmente estas últimas, de las que intentaron memorizar cuanto les fuese posible.

—He aquí con ustedes cada uno de los planos  del lugar. —Uno de estos pasó a pantalla completa, aquel en el que se mostraban las dimensiones del exterior—. Como podrán apreciar, hay un total de más de sesenta metros de altura desde lo que es el suelo de la primera planta hasta la punta de cada una de las torres. Quizá algunos de ustedes se hayan imaginado, antes de saber esto, que lo más fácil y rápido hubiera sido escalar en sigilo desde afuera hasta llegar al balcón de la señorita. ¡No! Eso sería un puto suicido. Está demasiado alto por lo que nos llevaría un considerable tiempo el llegar hasta ahí y el sistema de seguridad nos detectaría. Eso sin contar que todas las ventanas del lugar están blindadas por lo que el derribar una para entrar desde lo alto sería muy complicado. No, no, no, sólo seríamos carne de cañón; nos acorralarían antes de poder siquiera llegar a nuestro objetivo. Lo mismo si intentamos llegar por paracaídas: vuestros cadáveres aterrizarían lentamente con decenas de hoyos en el cuerpo sobre el tejado.

»Tras haber estudiado minuciosamente todo el lugar, el sistema de seguridad, la ubicación del dormitorio de la señorita, pero sobre todo, al número y distribución de efectivos que asisten por las noches en esa residencia, llegué a la conclusión de que la mejor ruta para la infiltración es (y vaya que si es bastante irónico) entrar por la puerta del frente.

Algunos de los presentes se tomaron esta declaración como una posible broma de mal gusto. Las murmuraciones entre ellos no se dejaron esperar.

—Orden… orden… ¡Orden! —gritó Oblivion hasta hacerlos callar—. Dejen que les explique. Observen muy bien la distribución de cada una de las plantas primero:

Otro de los planos se mostró en pantalla completa. Se trataba del croquis de la primera planta.

—Como podrán apreciar, pese a lo que uno pudiese creer al ver la forma tan simétrica de la fachada, la distribución y tamaño de las habitaciones, pasillos y demás recintos dentro de la mansión es bastante irregular, como si no hubiese ningún patrón a seguir. Los corredores no guardan una disposición lineal que te permita avanzar y acceder rápidamente a los recintos, sino que te obligan a rodear y a veces tener que pasar forzosamente por ciertos salones para poder abrirte paso de un extremo a otro. Tan solo miren todo el jodido camino que hay que hacer para llegar de la entrada hasta las escaleras que se ubican casi en el costado derecho y hacia el fondo. —Cambió, en cuanto terminó de recorrer todo el camino con la punta de su vara, a otra diapositiva—. Llegas al segundo piso y te llevas la grata sorpresa de que las escaleras sólo llegan hasta ahí, y que para llegar a la siguiente planta debes ahora dirigirte a las escaleras que se encuentran casi al otro extremo del lugar, cruzando nuevamente por un sinfín de corredores van en zigzag, y que te pueden conducir, si no conoces el camino exacto, a salones cerrados que no te dan más opción que devolverte. Llegas a las escaleras, subes a la tercera planta y de nuevo tienes que lidiar con un camino tortuoso y confuso para llegar a las escaleras que conducen al cuarto piso. Llegas al quinto piso y… pff, creo que ya me entendieron… Llegan finalmente al quinto piso y pasan por unos cuantos corredores y salones hasta llegar al enorme salón de Banquetes: el recinto más grande de todos y que abarca la gran mayoría de esa planta. Este salón a su vez conecta con otros cuatro corredores más, que conducen a las escaleras de las cuatro torres de la mansión. Estas torres a su vez son tan altas como el resto de la edificación y agregan otros tres niveles más a escalar, dando un total de ocho plantas desde la entrada hasta la habitación de la señorita. Toda la puta mansión es, literalmente, un laberinto.

»Ya sé, ya sé… Dan unas profundas ganas de golpear en la cara al arquitecto responsable de semejante caos, ¿no es así? Pues así lo sería si no fuera por el pequeñísimo detalle de que el lugar está hecho así a propósito. De esta manera, una invasión, cualquier intento de atentado contra la mansión haría sumamente difícil a cualquier invasor abrirse paso a su objetivo, estando así en una gran desventaja en contra de sujetos que pueden moverse sin problemas por el lugar, y dando el tiempo necesario para la llegada de refuerzos; convirtiendo así este lugar en el refugio casi perfecto. Pero ese no va a ser nuestro caso, señores, porque para eso es que yo estoy aquí. Gracias a esta valiosa información que pude robar sabemos por dónde debemos ir para avanzar, y si lo hacemos en sigilo, adentrándonos lo más que podamos antes de ser descubiertos, podremos usar esta misma cualidad del edificio como ventaja a nuestro favor. Yo mismo he estudiado todo su sistema de seguridad ya que mi trabajo va a ser el abrirles un pequeño boquete para que puedan hacer su misión, además de dirigirlos y orientarlos ante cualquier inconveniente que se les presente durante el acto.

—¿Y cómo es que vamos a hacer todo eso? ¿Cuál es tu plan?—Cuestionó un Migisuke curioso y un poco escéptico ante lo pretenciosos que eran los planes del hacker—. Si se puede saber…

—¡Qué bueno que preguntas! Ya me estaba cansando un poco de la poca participación de ustedes.

Oblivion se sirvió un poco de refresco de cola en un vaso. Pasó a humedecer su boca con un profundo trago antes de proseguir en su discurso. Las imágenes mostradas en la pantalla cambiaron de vuelta, mostrando de nuevo aquellos burdos dibujos en caricatura hechos en paint que, se suponía, representaban a todos los participantes de la operación. La explicación dio comienzo, abordando temas, paso por paso, sobre el cómo se infiltrarían, los distintos roles que cada miembro ocuparía, los tiempos, los planes de contingencia y el equipo que se les proporcionaría a cada uno de ellos. Era un breve resumen teórico de cómo se darían las cosas en un caso relativamente moderado y controlado de acuerdo a sus expectativas y predicciones. Algunos de los gansters presentes sonreían emocionados cuando escuchaban los ases que el metódico agente guardaba en sus mangas; otros en cambio estaban un tanto confundidos o desilusionados con su rol asignado.

—Oye, espera un segundo, friki de mierda —un hombre corpulento, rapado y con tatuajes asomándose por su ramera sin mangas hasta llegarles al cuello, se pronunció—, ¿quieres decir que mientras nosotros nos vamos a partir el culo tú eres el único que va estar a salvo, escondido lejos del lugar y mirando todo desde un monitor?

Oblivion se rascó la nuca y suspiró—. A ver, déjame ver qué puedo hacer… ¿Sabes qué? ¡Tienes razón! —Gritó alzando los brazos de manera muy sobreactuada—. Voy a ponerme una gorra de beisbol y un pañuelo para cubrir mi rostro, voy a descargar todas mis aplicaciones mágicas de hacker en mi Smartphone —sacó su dispositivo del bolsillo y lo aireó de manera ridícula, haciendo toda clase de ademanes con él—, y voy a llegar en un coche robado hasta la mansión. Me voy a escabullir de cuclillas para que nadie me vea, lo suficiente para que mi teléfono pueda hackear el dispositivo de la alarma y ¡PUM! Desactivo las alarmas. Luego me acerco sin hacer ruido a uno de los muchos mafiosos que están de guardia y ¡Pum! Hago volar una tubería con agua caliente hackeando el sistema de agua y drenaje con mi celular mágico, y los dejo inconscientes. Me acerco a una puerta cerrada y ¡Zaz! Abro la cerradura eléctrica, que muy convenientemente también tiene una señal inalámbrica que puedo controlar desde mi teléfono gracias a mis aplicaciones de hackeo ‘for dummies.’ Luego, si me encuentro a mitad de una balacera, puedo hacer explotar algún aparato que esté cerca hackeándolo una vez más con mi celular para crear una distracción y así aprovecho para volarle los sesos a esos sujetos con mi escopeta recortada y… ¡MIS PELOTAS!

»Yo no estoy hecho para estas cosas. ¿Acaso es la primera vez que participas en una operación de este tipo, grandote? Es necesario que alguien más vigile y dirija todo desde un punto seguro y ese es mi trabajo. Los SWAT lo hacen, el ejército lo hace, las organizaciones no gubernamentales lo hacen y vaya que también lo hacemos nosotros cuando la misión es tan precisa y metódica como esta. Ya bastante he hecho yo con mi rol de robar información como para que todavía tenga que estar organizando y dirigiéndolo todo, ¿pero sabes algo? Igual tuve que hacerlo, porque no había nadie más lo suficientemente capacitado de los que lograron reunir. Ya quisiera verte a ti y a tus pocas neuronas haciéndolo todo y solo.

—¿QUÉ DIJISTE?

Migisuke tuvo un mal presentimiento y de inmediato corrió a interponerse entre ellos—. Tranquilos, muchachos, ¡vamos a calmarnos! —Sonrió con nerviosismo.

—Tú no te metas —el fornido hombre le empujó, pero el joven no se amedrentó.

—¡Quietos ustedes dos! —Oblivion aprovechó la confusión para sujetar de su musculoso brazo al agresivo hombre. Lo torció de manera hábil y amañada hasta obligarlo a caer de rodillas. Su víctima intentó zafarse pero por la manera en que le había aplicado dicha llave ya no podía hacerle nada. Terminó gritando, implorándole que lo soltara.

—¿Lo ves? La fuerza bruta no lo es todo. Es muy útil, sí. Pero más importante que la fuerza es el cómo la aplicas y dispones de ella. Ese es nuestro caso. Ellos nos superan en número, pero nosotros vamos a actuar de manera astuta pero sobre todo eficaz. Debo reconocer que mi trabajo nunca ha sido dirigir personalmente a un equipo. Lo mío siempre ha sido traficar con datos, monitorear y rastrear, pero siempre bajo la dirección de otra persona. Pero no estamos para ponernos exquisitos, lo quieran o no yo seré quién tome las riendas y ustedes me van a obedecer. ¿Están de acuerdo?

Los demás quedaron impresionados. Se miraron los unos a los otros y asintieron con timidez. El extravagante hacker sonrió satisfecho.

—Muy bien, muchachos. Esa es la actitud. Ahora, ¡vamos a probarles a esos come-pasta de qué estamos hechos! ¡Les demostraremos que uno no simplemente puede someter y humillar a nuestra banda sin sufrir su merecido castigo! Esos italianos no son más que un montón de mentirosos y buenos para nada, que se atrevieron a meterse con la hija de nuestro jefe. ¡Pero yo sé de donde vienen y quienes son, porque los he rastreado, conozco la identidad de quienes lo han hecho y no voy a dudar en denunciarlos con la cyber-policía! Si se atreven a hacer algo o hackearme de nuevo ¡serán ejecutados! Y si se atreven a meterse otra vez con la señorita Kirisaki, ¿adivinen qué? ¡Las consecuencias no volverán a ser las mismas!

Un silencio incómodo, en el que se podía incluso alcanzar a oír el ruido del tráfico por fuera del edificio, se formó luego de las últimas palabras del raro sujeto, ya que para todos los demás éstas carecían de total sentido. Oblivion experimentó aquella singular sensación que da al descubrir que uno simplemente acababa de hacer el ridículo; todo por tratar de ser gracioso mediante una parodia que nadie excepto él era capaz de entender.

—Olviden eso último —masculló cabizbajo y un aura de energía negativa rodeándolo. Caminó de regreso a la pantalla y continuó dando las indicaciones para la ejecución del plan.

No habría ensayos, por lo que todos debían memorizar tan bien como les fuera posible cada una de las indicaciones. Repasaron los pasos a ejecutar una y otra vez, durante todo el día hasta caer la noche. Cada uno de los posibles escenarios, los tiempos de ejecución, el recorrido que seguirían dentro de la mansión, los posibles hombres a los que podrían llegar a enfrentarse si algo salía mal y cómo debían actuar en caso de un imprevisto. Sin contarlo a él, los participantes de la operación de infiltración, búsqueda y rescate, eran un total de diecinueve miembros:

Migisuke, que por alguna razón desconocida para la mayoría de los presentes, había sido escogido por Oblivion para ser quien iría al frente dirigiendo a los demás. Con el apoyo de otros cuatro agentes, avanzarían unos metros por delante del resto del grupo, asegurando el sitio y haciéndose paso. Raku permanecería en el centro del grupo, siendo ‘Black Tiger’ y ‘White Fang’ sus escoltas personales, encargadas de protegerlo de cualquier peligro. Habría otros dos sicarios más en cada costado avanzando a la par del hijo del cabeza del Shuuei-gumi, listos para actuar ante cualquier situación, y por último otros cuatro miembros al final de la formación vigilando la retaguardia y cuyo objetivo sería retener cualquier inconveniente mientras el resto continua avanzando. Otro miembro más sería el encargado de tener preparado el vehículo que usarían para escapar, siendo respaldado por un compañero. Y, por ultimo, tres snipers vigilando y cuidando de este a la vez que esperan instrucciones en caso de alguna situación extrema.

—Bien, señores —dijo Oblivion luego de una atenuante sesión que parecía eterna—, creo que esto es todo lo que podemos repasar; ya no hay nada más que pueda prever por el momento. Así que espero que todo haya quedado lo bastante claro. Lo mejor será que descansemos. Hay que estar completamente descansados y en nuestra mejor condición posible. Mañana nos reuniremos en punto de las diez de la noche, y pasaré a proporcionarles el equipo que utilizaran para la operación. El asalto dará inicio a pocos minutos de la media noche por lo que todos deberemos estar en nuestras posiciones con antelación. Eso es todo, pueden retirarse.

Ya se había hecho de noche. Tanto Raku como el resto se sentían un poco cansados, pero su mente estaba tan saturada con información, que estaban seguros que no podrían dormir de inmediato. Oblivion les propuso dar una última cena y brindar por el éxito de la misión para despejarse un poco y todos estuvieron de acuerdo.

—Por cierto —se le ocurrió preguntar a Paula a mitad del festín, mientras devoraba un enorme cannolo—. Dijiste que nos darías todo el equipo necesario para la misión una hora antes de dar comienzo. ¿En qué momento vas a conseguir todo eso? Son muchas cosas. ¿Dónde las vas a conseguir en menos de un día?

—¿Pero de qué hablas, linda Paula? —Hizo un gesto bobo. Que su musa loli le dirigiese la palabra de manera tan casual le encantaba. La albina se irritó a ver su cara—. Ya hace mucho que tengo en mi poder todo lo que vamos a necesitar para la misión, desde las armas hasta el vehículo.

—¿En serio? —dijo Raku luego de haberle dado un mordisco a su emparedado—. ¿Y dónde los tienes?

—Pues el vehículo lo tengo aparcado en un estacionamiento privado que renté. Con las armas y demás equipo era mucho más complicado el tenerlas ocultas, por lo que opté por traerlas aquí.

—¿A-AQUÍ? —Gritaron Raku, Paula, Tsugumi y Migisuke.

—Sí.

—¿Pero en dónde? —Cuestionó la sicario de cabellos azabache—. En ningún momento he visto que tengas guardado nada de eso.

El hacker miró hacia el techo se rascó la sien con su dedo antes de contestar.

—Bien, si tanto lo desean saber, se los mostraré. Síganme.

El grupo caminó hasta la habitación donde dormían los varones. Una vez ahí Oblivion desprendió un poco el papel tapiz del muro del fondo descubriendo una pequeña chapa. Introdujo en ella una pequeña llave que llevaba consigo y la giró. La supuesta pared resultó ser una puerta corrediza que daba acceso a una pequeña. El resto miró sorprendido.

—¿Creyeron que el cuarto de chicos era mucho más pequeño que el de las damas por simple capricho? —Se jactó con una media sonrisa.

Metió la mano y presionó el interruptor. Las luces se encendieron revelando el interior del pequeño cuarto. Todos boquearon de la impresión. Pero a quien verdaderamente le brillaban los ojos era a Paula. ¡Casi toda una semana sin cargar armas consigo y ahora estaba frente a un paraíso!

—¡No puedo creerlo! —Gritó Paula con alegría mientras abría una a una las cajas y escrudiñaba el maravilloso surtido de arsenal que había en ellas. Raku al verla pensó en que su comportamiento y humor era equiparable al de una niña en una juguetería; comparación bastante macabra dado el contexto y la actitud a veces demasiado infantil de la sicario—. Pistolas semiautomáticas 9mm, Desert Eagle y revólveres de todo tipo de calibres; Carabinas M4A1 con lanzagranadas y visor ópticos integrados; Fusiles de asalto AR-15, AR-16 y AK-103 modificados, con mira óptica; fusiles de precisión Barrett M107CQ para francotiradores; escopetas regulares y recortadas, subfusiles automáticos Uzi, mini Uzi y micro Uzi, PP-19 Bizon y MP7A1 con silenciador y mira óptica, entre otros; granadas, explosivos plásticos y detonadores; granadas de luz cegadoras, gas lacrimógeno, equipos de visión nocturna…

Estuvo a punto de soltar un largo y escandaloso chillido cual fanática al ver pasar de lado a su artista favorito, pero contuvo su euforia al sentir la macabra presencia de cierto sujeto mirándole con una sonrisa mórbida desde atrás.

—¿Te gusta lo que ves, no es así? —Oblivion le acercó su rostro mientras le hacía ojitos—. ¿Eh? ¿Eh? ¿A que sí?

—Bueno —carraspeó, se cruzó de brazos y giró la cara hacia el lado opuesto—, n-no está mal, pero pudiste haber conseguido cosas mejores…

—Sabes que tú eres alguien muy especial para mí, querida Pauly. Por eso voy a hacer una excepción contigo y dejaré que tomes ahora mismo todo el armamento y munición que desees. Anda, que no te de pena. Coge todo lo que quieras —le susurró esto último al oído en un tono muy sugestivo.

La albina estalló en cólera, tomó del cuello a su acosador y comenzó a estrangularlo—. ¡Maldito pervertido! ¿Quién te estás creyendo? ¡Ya déjame en paz!

Por un momento los otros tres pensaron en detenerle pero supusieron que el tipo se lo tenía bien ganado, así que sólo observaron crispados.

—Por cierto… —musitó Oblivion con lo que le quedaba de aliento—, tengo algo especialmente para ti…

—¿Eh?

Cuando la albina por fin lo soltó, el hacker alzó su mano para alcanzar de un estante un enorme estuche de madera. Con un dejo orgulloso lo abrió frente a los ojos de Paula, dejando escapar un reluciente brillo que llamó la atención del resto.

—¿Qué es eso? —Preguntó Raku.

—¡Ta-da! Son ni más ni menos que dos preciosas Desert Eagle 6” calibre .357 magnum. Están chapadas en oro puro y tienen tus iníciales grabadas sobre en las culatas. Además vienen con un elegante set de cartuchos con balas de Plata. Yo mismo las mandé a fabricar como un presente especialmente para ti, mi bella musa lo… digo, mi querida y apreciada musa inspiradora. Espero que sean de tu agrado. Así, cada vez que las utilices podrás sentir como ellas te protegen como si mi propio cariño hacia ti lo hiciera y…

—¿Dices que tú las mandaste a hacer para mí?

Oblivion asintió con una sonrisa.

—Ya veo —devolvió el gesto, tomó el estuche y caminó hacia el baño, donde arrojó al retrete ambas pistolas. Todos los demás observaron desde afuera la escena: Tsugumi conteniendo lo más que podía las ganas de reír, Raku pensando en que había mil maneras mucho menos crueles de rechazar un obsequio, Migisuke preguntándose como era posible que semejantes armas pudiesen pasar a través del ducto de drenaje como si nada y Oblivion con la boca abierta, la mirada perdida y el cuerpo transformado en un pilar de sal que se deshacía poco a poco.

—Por cierto, se puede saber de dónde sacaste todo ese armamento —dijo Migisuke, quien parecía movido en su carácter de oficial encubierto.

—Así que te preocupa, ¿eh? —Oblivion caminó seguido por el resto de vuelta a la bodega—. Pues eso es lo más gracioso de todo. Verás, yo… se le compré todo a los Benedetti.

“¿Que tú Qué?” Gritaron todos con la piel erizada y los pelos de punta.

—Sí, lo sé. Es bastante irónico, ¿no? Me recuerda a cuando jugaba GTA-SA y por pura maldad mataba al vendedor de armas con las propias balas que me había vendido —sonrió de forma maliciosa—. Pero es que realmente no tenía otras opciones. El haberme traído todo este arsenal desde el extranjero habría sido sumamente complicado y tedioso, y el tráfico ilegal de armas en la isla de Sicilia es en la actualidad manejado casi en su totalidad por ellos. Así que realmente esto era lo más práctico y sencillo de hacer. ¡Pero no se preocupen, chicos! Todo lo hice con suma discreción, así que no hay nada de qué preocuparse. ¡Ah, por cierto! Raku…

—¿Sí? —Volteó confuso.

—Quiero que me digas si hay un arma en específico con el que tengas mayor experiencia o te sientas más cómodo.

—Realmente no tengo experiencia alguna.

—¿En serio? —Exclamó realmente asombrado—. Eso es un problema, pero veré que puedo hacer.

El experto en informática buscó entre todas las armas hasta que sacó una pistola semiautomática de tamaño mediano y se la ofreció al japonés.

—Toma. Es una Glock 22C. Es ligera y su fuerza de retroceso al disparar es muy baja, por lo que no se necesita mucha experiencia para poder dominarla.

—No la quiero.

—¿Qué dijiste?

—Que no la quiero. No uso armas de fuego. No va conmigo.

—Debes estar bromeando, ¿verdad?. Esto no es un juego, mozalbete. Por mucha protección que lleves nunca se sabe cuándo deberás defenderte por ti mismo. Tienes que pensar en las muchas cosas que podrían ocurrir si…

—Lo siento —Raku la empujó de vuelta a quien la ofrecía—. Aunque tú lo digas, yo no soy de los que usarían este tipo de armas para lastimar a otras personas. No la usaría así me la dieras. Así que no pierdas tu tiempo.

—Esto es problemático —se quitó sus anteojos, frunció el seño y se limpió el sudor de la frente pasando su mano. En su carrera dentro del bajo mundo era la primera vez que  veía al hijo varón de un líder criminal negándose a portar armas de fuego—. Pero por más pacifista que seas vas a tener que usar un chaleco antibalas. ¿De acuerdo? —Raku le asintió—. Déjame pensar en algo… ¡Ya lo tengo!

Oblivion volvió a hurgar entre todas las cajas hasta que sacó una de color negro y dimensiones un poco mayor a la de una caja de zapatos. La abrió y todos miraron lo que parecían ser unas pistolas de plástico un tanto extrañas. Cuando uno de ellos le preguntó qué eran, él respondió:

—Es una pistola de aire. Dispara dardos.

—¿Dardos? —cuestionó Raku confuso.

—Sí, dardos. Pero no cualquier tipo de dardos —contestó mientras mostraba uno de estos—. Son dardos tranquilizantes especiales. Estos bebés contienen una de las drogas somníferas más potentes y eficaces jamás creadas.

—¿En serio? —Paula parecía haberse interesado mucho—. ¿Puedo verla de cerca?

—Por supuesto, pequeña y dulce Paula. Toma. Bueno, como les decía, el efecto sedante de estos dardos es bastante efectivo: si le das de lleno a una persona con uno de estos, quedará irremediablemente dormida y fuera de combate. Y no importa lo que se haga, esta no despertará hasta después de las siguientes seis a doce horas a menos que se le administre el antídoto. Como podrán imaginar, la portación de este tipo de arma está completamente prohibida debido a que se le podría dar un mal uso como lo es el secuestro. Pero lo que convierte a estos dardos en un arma efectiva incluso para la defensa personal en situaciones de alto riesgo es que, a diferencia de las drogas que son comúnmente utilizadas para capturar animales, estas tienen un efecto instantáneo impresionante. Apenas pinchas a la victima y esta caerá al suelo.

—¿Oh, en serio es así de rápida? —Se escuchó la voz de Paula de alguna parte.

—¡Sí! La persona quedará inconsciente tan rápido que ni siquiera le dará el tiempo de darse cuenta que se está quedando dor…

Y de repente, Oblivion cayó contra el piso, revelando que Paula estaba detrás de él sujetando uno de los dichosos dardos.

—Dulces sueños, pervertido.

Tsugumi, Migisuke e Ichijo se horrorizaron ante lo que acababan de presenciar.

—¡P-Paula! —Gritó Raku entrado en pánico, agitando con pavor los brazos—. Qué… qué… ¿qué es lo que acabas de hacer?

—Lo mandé a dormir un rato porque ya me tenía harta. ¿No ves?

—¡No me refiero a eso! ¿Por qué lo hiciste?

Paula caminó de vuelta a la sala—. Ya mañana por la noche dará comienzo la operación. Por lo tanto esta es tu última oportunidad para buscar a la señorita Chitoge por tu propia cuenta y convencerla a tu manera que vuelva. ¿No es esto lo que tanto querías?
—Espera un momento —tanto él como Tsugumi quedaron pasmados—, ¿cómo es que tú sabes esto?

—No hay tiempo para explicaciones —la albina se sentó junto al enorme monitor en el piso y tomó el teclado y mouse—. La verdad es que no soy buena para estas cosas, pero creo que al menos deberí poder operar este satélite de rastreo y darte la ubicación actual de la señorita.

Todo este tiempo el hacker había estado consultando y siguiendo la ubicación de Chitoge desde su teléfono móvil, el cual usaba como medio de acceso remoto a su ordenador. Miraba constantemente y programaba la cámara para que siguiese su figura y cualquier vehículo que ella abordara a través de unos comandos que rozaban en la AI implementados por el mismo satélite. Tal y como había advertido en su discurso, él no le iba a quitar los ojos de encima hasta la hora cero.

—Parece que están de suerte —masculló Paula—. La señorita en estos momentos se encuentra fuera de la mansión.

Los tres japoneses se acercaron como bólidos al monitor. Observaron a Chitoge conversando junto a otros sujetos a quienes no pudieron reconocer, en lo que parecía ser una especie de parque. Pero lo que más llamó su atención era la ausencia de cierta persona.

—Qué raro —dijo la joven albina—. No veo al Sottocapo de los Benedetti.

Hizo un alejamiento del lugar, tratando de buscarlo. Notó que, efectivamente, Chitoge se encontraba dentro de un enorme parque y que sus escoltas estaban estacionadas en las afueras del lugar. Tras consultarlo con un mapa global de la red, identificaron el parque como El Jardín de la Zisa, una zona verde recreativa ubicada a un costado del palacio de Zisa, en la zona centro de la ciudad.

—¡Esta es nuestra oportunidad! —Gritó Tsugumi apretando los puños.

—Yo me quedaré aquí a vigilar los movimientos la señorita. Les avisaré por móvil si algo pasa, ¿entendido?

—¡Bien! —Gritó Tsugumi—. Entonces Migisuke-san y yo acompañaremos a Raku Ichijo y le ayudaremos armando una distracción para que pueda escabullirse hasta la señorita. ¡Démonos prisa!

—¡Espera, Black Tiger! —Con pequeñas lágrimas en sus ojos, Paula sujetó a del brazo a su colega.

—¿Qué te ocurre?

—Es que… es que… —Hizo un puchero. Se veía como una niña asustada—. ¡No quiero que me dejen aquí sola! ¿Qué tal si ese pervertido se despierta? De seguro va a estar muy molesto conmigo. ¡Tengo miedo!

—¿Estás de broma? —Tsugumi agitó su pierna tratando de liberarla de Paula, quien se había aferrado a ella con todas sus fuerzas—. Esto no es juego. Debemos escoltar a Raku Ichijo o de lo contrario…

—Lo sé… pero… ¡No me dejes sola con ese cabrón!

“¿Tanto miedo le tienes a ese sujeto?”

—Si ese el caso —se pronunció Migisuke—, entonces yo me quedaré con Paula-san.

—¿Qué? —Exclamó Tsugumi—. Pero Migisuke-san, ¿está usted bien con esto?

—Ella es su amiga —respondió echándole un vistazo a la pantalla—, así que lo mejor será que ustedes dos vayan y se reúnan con ella. Yo también estoy de acuerdo con esto. Si podemos solucionar las cosas sin necesidad de ser violentos, será lo mejor.

—Paula, ¿estás de acuerdo con esto?

La albina lo pensó por unos segundos antes de contestar—: Sí, supongo que mientras no me quede aquí sola.

—Bien, entonces ya está decido —sentenció Raku—. Tsugumi y yo iremos por Chitoge.

Tsugumi sufrió un sobresalto y todos sus músculos se tensaron. Tremendo nerviosismo que le invadió cuando cayó en cuenta que iba a quedarse una vez más a solas con Raku, luego de lo ocurrido apenas ayer. Con su rostro pálido y nadando en sudor frío, se apresuró a tomar cuantas armas, municiones y equipo le cupieron en su saco. Ambos japoneses salieron con presura camino al lugar señalado.

CONTINUARÁ…